13. Porque he pecado, pero no me arrepiento. Final y Epilogo.
Mi vida como hijo de mis padres y de Dios, siempre estuvo encaminando mis pasos. Muchas veces me acerqué, muchas veces me alejé. Me convertí en lo que quise y no en los que querían. Aprendí a odiar, amar, respetar y aceptar.
Las cosas no venían faciles y a veces no continuaban siendolos, pero la resiliencia era algo que logré tomar de la palabra de Dios. Mi vida estaba plagaba de luz y oscuridad, de la dicotomia entre el bien y el mal, el placer carnal y del alma, de la furia y el perdón, el cielo y el infierno.
Crecí como un hijo rebelde de la vida, que aunque tuviese sus pasos predeterminados se encargó de borrarlos y comenzar nuevos caminos. Me perdí y volví a encontrar el rumbo, me alejé y volví a acercarme.
Reconocí que la familia es algo que se acepta y de la que uno puede alejarse si resulta toxica. Que las amistades a veces son fuertes y otras son debiles, pero que cuando necesitas a alguien se aparece una mano a ayudarte; aunque estes cegado y no logres verlo. Las aventuras abundan pero los amores no, y si eres afortunado de encontrar uno en tu vida, necesitas esforzarte para hacerlo crecer. Todos tenemos nuestros problemas, atravesamos situaciones negativas y la pasamos mal, la perfección es solo un embrujo.
Y la vida es de cada uno, y nadie es capaz de dar su opinión o hacer de ella su voluntad.
— ¿Amor, pasa algo? —le pregunté un día que volvía de la academia, notando como Ash continuaba con el traje del trabajo del estudio de abogados, sentado en el sillón y mirando su teléfono con rostro pálido.
Como si hubiese visto un fantasma, o una persona del pasado.
Él parpadeó con ojos vidriosos, mirándome con silenciosa esperanza y boquiabierto.
— Mi madre acaba de escribirme, quiere que nos encontremos para hablar en buenos términos —susurró, temeroso a que las palabras en voz alta cobraran más importancia, realidad y espanto.
suspiré, sonriéndole, con el corazón apretujado por verlo tan indeciso, temeroso e inquieto. Aún con su apariencia estoica, silenciosa y recta, él era un ser suave, amoroso y completamente sensible; contrario pero complementario a mi.
Dejé mis cosas con prisa, y me aceré a besar su frente, acariciando su rostro.
— Todo va a ir bien amor, dile que si —le respondí, pero sabía que su madre estaba pensando en ponerse en contacto con él; después de dos años, ella le hablaba a mi madre de cuanto extrañaba a su único hijo y se arrepentía de tantas cosas.
Yo en cuanto a mis padres, ambos lo había tomado mejor de lo que imaginé. Solo les tomó un par de meses escribirme para saber cómo estaba, al mes siguiente comenzaron a indagar más, y para el año, si bien continuaba un poco aprehensivos a la situación, al menos no me maldecían y se interesaban por mi salud.
— ¿tu crees? —preguntó inseguro, y le asentí, sentándome sobre él para contemplarlo escribiéndole a su mano. Sus dedos temblorosos escribieron rápidamente, y respiró hondo ni bien dejó el teléfono.
Enlazamos nuestras manos, con los anillos de casamiento haciendo juego y brillando en nuestras manos. Y como cada vez que veía nuestras manos con los anillos, permanecía embobado observando cuan increíble era que fuese cierto. Llevábamos un año de casados y diez años de relación.
Parecía ayer cuando lo odiaba por ser perfecto.
— ¿Confías en mi? ¿Me amas? —pregunté.
— Te confío mi vida y mi alma, y sabes que no hay palabras para expresarte cuanto te amo. Eres hermoso y mi sueño hecho realidad —respondió, posando su mano en mi mejilla, acariciando suavemente mi mejilla y tocando con su pulgar mis labios.
— Entonces habla con ella, sé sincero y no tengas miedo, todo va a ir bien —le dije sobre sus labios, sabiendo que si las cosas no salían bien, me encargaría personalmente de que fuese así.
Podía levantar el cielo o el infierno, si acaso él me lo pidiera.
El me sonrió antes de besarme, abrazados y en silencio, hasta que nuestros labios dolían, nuestros cuerpos pedían más y nuestros corazones se sentían a punto de explotar.
Perdóname padre, porque he pecado pero no me arrepiento, confesé, hundiéndome en sus caricias y en los besos que me llevaban a la perdición, a medida el ambiente se llenaba de gemidos y susurros. De palabras de amor y de placer.
Dios ya no me juzgaba pero me observaba en silencio, y aunque sabía que me juzgaría, ya no me importaba tanto su veredicto.
Con Ash en mi interior, rodeado de su calor, mientras buscábamos el estasis pedía por un poco de clemencia, porque mi perdición y condena era él. Era mi inicio y mi fin, y estaba completamente resignado a eso, desde el momento en que reconocí cuanto me gustaba.
No me importaba mi final ni tampoco vivir como un pecador, si era por él.
— ¿Me estás diciendo que soy un pecado? —preguntó Ash, sentado en la cama sobre el respaldar de la cama, una vez que nos preparábamos para dormir, mirándome con esa expresión que me pertenecía, abrió sus piernas para darme acceso a ponerme de rodillas frente a él.
— No, estás lejos de ser un pecado —susurré, sonriendo maliciosamente, con los ojos encendidos—. Eres mi Dios.
+Fin+
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