10. Circulo de la vida
La vida siempre da vueltas. Es una gran montaña rusa que a veces nos tiene en la cima del mundo, queriendo más, eufóricos, y a veces en el subsuelo, pidiendo por un poco de piedad. Y así como uno se aleja de las cosas, pueden volver del mismo modo.
La vida es un círculo, así como empieza, termina. Y esa fue una de las razones por la que regresé a Clemencia. Tenía casi 22 años cuando el padre de mi mamá se murió; fue un evento tempestivo, dramático y triste.
Más allá que la muerte siempre fue un tema que tenía presente en mi vida, no era algo que había vivido tan de cerca. Ver a las personas de mi familia morir, a las cuales no era cercano, era como un tramite. Sentir pena y tristeza por la vida que se fue, sin estar seguro si me sentía así, desearle los mejores deseos a los familiares que quedaron, y mantenerse diplómatico durante el funeral y actos velatorios.
Aún no sabía qué era para mi la muerte, no me resultaba chocante pero tampoco era algo que me agradara hablar o pensar en ella. Era como un fanstasma que sabía que algún día llegaría y había oido mucho de su presencia, pero nunca veía.
Volver a Clemencia durante esos días significaron varias cosas. Lidiar con mis propias inseguridades y emociones las cuales no eran muy claras. ¿estaba triste? ¿tenía miedo a la muerte? ¿extrañaría a mi abuelo? La respuesta de mi conciencia siempre era un incómodo silencio.
Sentía que debía importarme más allá de que algo en mi no lograba hacerlo funcionar.
Tenía que lidiar con mi familia, la cual estaba muy triste. Y si no sabía lidiar con la muerte, menos con las personas vivas que quedaban en medio del duelo. No solo había sentimientos de tristeza, de alguna forma, siempre aparecen otras sensaciones; amargura, rencor, ira, odio.
De alguna forma, en medio del duelo, las personas encontraban formas de pelear o negociar por algo. Era extraño verlo desde afuera, pero noté cómo mi madre con mis tíos pasaron por un periodo en el que todos estaban unidos por el dolor, hasta que el peso de la realidad volvió a todos contra todos.
Me sentía espectador de una serie dramática.
Durante el velorio que se hizo de mi abuelo, decidí permanecer lejos de su cuerpo y de la familia. Prefería retirarme al patio o habitación lejos de la sala principal, para tener espacio. Con el paso del tiempo fui viendo la solemnidad perderse hasta quebrarse; por momentos las personas olvidaban donde estábamos y en medio de qué situación. Incluso escuché algunas carcajadas que se apagaron estruendosamente.
— Allí viene tu amigo —dijo mi prima con falsa alegría e ironía. Tarde en reconocer de quien hablaba hasta que vi el cabello oscuro y la espalda de Ashton. La miré con curiosidad y cierto desdén la forma en la que ponía expresión burlona—. Por favor, todos sabemos que lo odias. En cada reunión familiar solo te la pasas alejándote de él, ignorándolo o huyéndole —agregó.
Estuve un tiempo para procesar que todo ese comportamiento era principalmente durante mis años de adolescencia, pero no iba a gastar mi tiempo explicando algo que no le interesaba ni le importaba. Ella aún continuaba resentida porque luego de ese primer beso cuando eran niños ninguno de los dos terminó siendo nada.
Suspiré entrecortadamente, apoyándome contra la pared mientras fumaba un cigarrillo y lo veía buscarme en esa habitación llena de personas. Mi prima siguió murmurando por lo bajo cosas que no escuché. Ash tardó unos minutos en encontrarme, con el fantasma de una sonrisa cruzando sus labios, siempre manteniendo su expresión y actitud estoica.
— Ugh viene para acá —se quejó ella, buscando hacia dónde huir.
— Deberías aprovechar y decirle cuanto extrañas sus besos de niños —canturreé por lo bajo maliciosamente, mirándola de soslayo. Ella lució ofendida, luego enrojeció, y se cruzó de brazos.
Los pasos de Ash eran lentos y seguros, caminaba con seguridad y altivez como si casa espacio le perteneciera. Deteniéndose frente a nosotros, lo recorrí de pies a cabeza; lucía elegante, caro e inalcanzable.
— Lo siento mucho chicos —nos dijo a los dos, pero solo me miraba a mi. Asentí, terminando con mi cigarro, pisándolo con más fuerza de la que deseé.
— Gracias Ashton, y gracias por venir, él te apreciaba casi como un nieto más —le dijo con ese tono irritablemente falso. él también lo reconoció, así como la mentira. Mi abuelo materno le importaba solo dos cosas en la vida: que sus mandamientos se cumplan y que sus descendientes no lo ridiculicen.
— De nada, cualquier cosa que necesiten, saben que estoy aquí —le dedicó a mi prima una sonrisa diplomática que no llegaba a sus ojos, y estoy seguro que solo eso fue suficiente para hacerle olvidar su amargura anterior.
La forma en la que ella me miraba me daba a entender que quería algo, y moría porque lo dijese en voz alta, pero no era tan valiente. Ahogué una sonrisa y me aclaré la garganta.
— Voy a buscar algo para tomar, ¿alguien quiere? ¿no? bueno, en un rato vuelvo —pregunté y me respondí yo solo, alejándome hacia el punto más solitario. Era increíble mi capacidad de tolerancia en las personas. Llevaba dos horas ahí y quería arrancarme los ojos.
Los pasos de Ashton me siguieron, percibía su presencia como una calidad y tranquila energía. Evité la cocina, escondiéndome en una pequeña habitación lateral que servía para guardar la ropa. En medio de la oscuridad me metí, la puerta cerrándose tras Ash.
— ¿qué fue eso? —preguntó con calma.
— Mi prima queriendo coquetear contigo a solas —respondí, apoyándome sobre la puerta. él posó su mano cerca de mi rostro, su cuerpo muy cerca del mío.
Una sonrisa arrogante y burlona quebró su inexpresividad, meneando la cabeza con incredulidad.
— ¿Tan irresistible e inolvidable soy? El beso fue hace más de diez años —dijo, y yo sonreí.
— Eres eso y más, amor —respondí, posando mis manos por su cuello, acariciando suavemente su piel hasta subir a sus mejillas.
él me besó con lenta suavidad, como si fuese a desarmarme o quebrarme. Cuidando mi alrededor protectoramente. Yo me hundí en el beso, respirando hondo su perfume, abrazándolo por el cuello y sintiendo sus brazos rodearme la cintura.
— ¿cómo estás? —me preguntó, posando su frente sobre la mía.
— Bien, por un lado me da pena porque realmente no lo llegué a conocer muy bien, y por otro siento que podría estar más triste por perder a un familiar cercano, pero es como si me obligara a sentir algo que no siento —confesé, con un poco de culpa.
Dándome un beso en la frente, acarició mi piel bajo mi ropa con suaves masajes.
— No te obligues a sentir nada que no sientas, y espera, a veces estas cosas se procesan con el tiempo —sus palabras me hicieron sentir un poco más, más entendido y menos culpable. Pero más allá de eso, necesitaba salir de ahí.
— ¿puedes rescatarme de este lugar? —pregunté con un leve mohín y grandes ojos inocentes. Ashton sonrió con cariño, besándome con intensidad, casi sacándome el aliento.
— Dame media hora y te saco de aquí —me prometió, dándome un último beso.
— Gracias, por esto y más es que te amo —le sonreí, y su pequeña risa hizo eco en la habitación.
— También te amo —su voz hizo cosas en mi que nadie hacía, aún cuando habían pasado más de dos años que estábamos juntos.
Toleré el resto del tiempo como pude. Intentaba consolar a mi madre, pero Dios no me había dado el poder de ser una persona sentimental y reconfortante, por lo que hacía lo que podía con el talento que tenía e intentaba enganchar a alguno de mis hermanos para que ayudaran. Mis hermanos menores huían peor que yo mientras que los mayores preferían estar tomando café con sus parejas o hablando con algún familiar.
A veces, en momentos como ese, los odiaba a todos ellos.
— Alexander, me voy a ir pero necesito que cuides a mamá —dije agarrando a mi hermano por el cuello y llevándolo hacia un lado. Ash y Nik me siguieron de cerca, pendientes de que no asesine a nadie.
Lex me dio esa sonrisa burlona y desdeñosa que me recordaba a mi.
— ¿Qué gano a cambio? —preguntó. Parpadeé, esperando que él mismo se diera cuenta de la situación.
— ¿respeto? ¿dignidad? ¿amor por el prójimo? ¿estar más cerca a Dios? —pregunté con ironía, pero no sé a quién engañaba, él era lo más parecido a mi que había ahí. Era infernal—. Te doy mil pesos —negocié.
— Cuatro mil —dijo él. Contuve un grito y cerré mis manos en puños. Me di cuenta que Ash hizo un paso adelante, pero no golpearía a mi hermano, porque no era una persona violenta y nunca había golpeado a alguien.
Por lo menos no en la adultez.
— Dos mil y me encargo que nadie se entere del porno, las salidas nocturnas o las aventuras que tienes por ahí —bajé mi voz, con amenaza y una sonrisa que probaba que si él era un maldito bastardo, yo lo era aún más porque los pasos que daba, yo los había dado tiempo atrás.
él palideció, miró alrededor, y asintió. Y yo sonreí feliz de saber que lo tenía a mis pies.
— Gracias hermanito, eres un encanto —canturree, dándole una pequeña palmada en las mejillas—. Y haz lo que te digo, mira que tengo ojos en todos lados —agregue, saludándolo.
Me fui con la conciencia medio tranquila, y el alma un poco más oscura, pero no me importaba. Sentándome en el asiento de atrás del auto de Nik, me recosté pesadamente. Sentí la vibración del motor y la voz de Nik empezar a quejarse de lo molesto que era ver como las personas terminaban olvidando la razón por la que estaban allí.
— Nunca me imagine que Lex se convertiría en la versión malvada de Cam —dijo ella, y oí el eco de la risa de Ash.
— Creí que yo era mi propia versión malvada —confesé herido.
Con los ojos cerrados, disfrute de la tranquilidad de saber que me alejaba de todo eso. Pero como todo en la vida, no se puede huir demasiado.
Al entierro le siguió una misa, y con ello significaba que tenía que entrar a una iglesia después de tantos años. La iglesia se veía menos gigante de lo que la veía al crecer, menos terrorífica y más mundana.
Ingresé escoltado por Nik y Ash, nervioso e inquieto, mirando el alrededor como si la gente supiese lo que pensaba o creía. Como si cada uno de ellos pudiesen ver mis pecados escritos en mi piel y rostro. Los pasos hacían ecos que repercutían en mi corazón, y a medida veía las paredes con las mismas imágenes intactas, las estatuas con el mismo rostro inmaculado, y la cruz con Jesús en ella sin cambiar su expresión, se sintió de alguna forma como volver a una casa que nunca cambiaria.
No por mi, no por nadie.
Respiré hondo cuando me senté entre ellos dos, en uno de los bancos más lejanos. Allí me sentía menos asfixiado y visto, menos interrogado por Jesús en la cruz que murió por los pecados de la humanidad. Mis pecados. Las imágenes del vía crucis continuaban allí, compartiendo una historia que no olvidaba, un sufrimiento que no padecí, y un final que era consecuencia del hombre.
Yo le había fallado a Dios, pero aún así, sentía que una parte de mi estaba más liberada, más consiente de lo que era en años. Esa lucha entre lo que quería ser, lo que querían que sea y lo que era, con los años continuaba ya fuese en máxima o mínima expresión. Era una guerra silenciosa que a veces me afectaba un poco más o un poco menos.
Cuando la misa comenzó, me llamó la atención no ver al antiguo sacerdote. Ahora ahora un chico más joven, alrededor de sus 30, que le daba un aire más jovial y renovado a la ceremonia.
Con el tiempo, mi tensión se fue disipando. La presencia de Nik era calma y la mano de Ash disimuladamente sobre mi mano era seguridad. Los latidos de mi corazón fueron disminuyendo, el caos en mi mente se fue tranquilizando, y fui sintiendo una sensación de paz al oír al sacerdote hablar con animo de historias que ya conocía pero dándoles todo un nuevo significado.
Escuché la palabra de Dios más interesado de lo que estuve en años, y cuando llegó al final, tuve un hormigueo inquietante en mi cuerpo. Como si estuviese deseoso de escuchar más.
Las personas se levantaron para irse, y yo quedé de pie a mitad del pasillo. Sabía que mis amigos se preguntaban cómo me encontraba, pero estaba bien, tranquilo y sin sentirme como algo anormal y fuera de lugar.
— Ya vuelvo —murmuré, caminando hacia el frente. Más cerca de las estatuas que me miraba fijamente, probablemente sabiendo mis pecados, más cerca de Jesús en su eterna cruz, más cerca de un Dios que no sabía si me rechazaría pero que ya no lo veía como un enemigo—. Buenos días padre, soy Cameron, es un gusto conocerlo y haber oído su palabra —le sonreí ni bien me presenté.
Él asintió, dándome una expresión de diplomacia y tranquilidad.
— Es un gusto conocerte —respondió—. Me alegra que te haya gustado, ¿es la primera vez que vienes aquí? —me preguntó, y negué.
— Ahora vivo en Bahía Azul, así que no suelo venir acá, pero pronto me gustaría volver, siento que debo ponerme al día con él —dije con cierto tono bromista.
— él siempre nos da la bienvenida, aunque a veces seamos un poco rebeldes y nos alejemos —se rió.
— ¿Hay más como yo? Me alegra saber eso, aunque no sé si él será capaz de perdonarme —le aseguré, mi expresión entre broma y seriedad. Él me dio una sonrisa gentil, no había ningún tipo de juicio o malicia, tampoco había reproche o rencor.
— Dios siempre nos va a dar la bienvenida. Él es un padre, amigo y consejero, hay que dejar esa imagen de rectitud y severidad que siempre nos han impuesto —su palabra me dio seguridad y confort. Hizo que mi interior fuese más cálido, menos amargo y oscuro. Quizás tenía razón y debía dejar de verlo con la imagen que me impusieron de él por años.
Después de todo, ahora era lo suficientemente grande como para creer de la forma que quisiera y tomar la religión a mi modo. Tenían que dejar de importarme las personas con sus reglas religiosas y creencias que me afectaran, solo debía centrarme en él, en aprender lo bueno y obtener lo que me sea útil.
— Tienes razón, gracias padre —le dije antes de irme.
Caminé por el pasillo de la iglesia con la cabeza más alto, la actitud mas segura, y mi corazón menos pesado. Incluso mi alma se sentía más liviana. Tal vez no estaba del todo perdido, porque mi fe y mi vida podían ir de la mano de alguna forma u otra.
***
El segundo reencuentro con mi pasado fue cuando volví a Clemencia durante unas breves vacaciones de la universidad. Para ese momento, ya me había acostumbrado a tener una vida en Bahía y otra en Clemencia.
En una vivía con mi novio luego de idas y venidas de una casa a otra, estudiando dos carreras que eran un dolor en los testículos pero que me gustaban; a una la amaba, y a la otra la aprendí a querer. Y en la otra vida, era un ejemplar hijo que nunca se metía en ningún problema pero tenía una boca que a veces lo llevaba por mal camino, y una actitud que de vez en cuando ganaba una reprimenda.
Hubo un día en que decidí dar un paseo solo por la ciudad. Me gustaba caminar durante el atardecer por la ciudad, recorrer calles que no conocía, maravillarme con casa que me resultaban interesantes, visitar el parque o el lago que lo lindaba. Clemencia era hermosa, tan o más que Bahía, y tenía su propio encanto. Un encanto que veía mejor con la lejanía.
Me detuve en la vidriera de un local de ropa, cuando miré a mi alrededor, encontrándome con la persona que menos pensé volver a ver. Sostenía la creencia que la ciudad era lo suficientemente grande como para no cruzarlo nunca, por la eternidad.
Eric detuvo su andar solo por una fracción de segundo, palideciendo como si hubiese visto a un fantasma, y su camino en dirección a donde estaba. Iba acompañado de una chica que llevaba un niño entre bazos, y como al menos sabía hacer matemáticas básica, la imagen que vi cerró en mi mente.
— Hola Cameron, ¿Cómo has estado? —preguntó, mirándome de pies a cabeza como si hubiese algo raro en mi. Lo único raro que tenía era que mi pelo se había ondulado por la humedad que había. El resto de mi imagen era perfección y estilo, de eso me aseguraba cada vez que posaba un pie en la calle.
— Eric, tanto tiempo, muy bien ¿y tu? —pregunté con una sonrisa, notando la forma en que la chica me miraba; no me resultaba conocida así que dudaba que fuese a la academia. Su aspecto era más descuidado, sin la cara de niño, manteniendo esa expresión odiosa que me asqueaba la cual no sabía si era la repulsión que tenía hacia los demás o ya era natural en su cara.
— Bien, pensé que te habías ido de la ciudad —murmuró, mi sonrisa se profundizó mientras jugaba con el niño, mirando con encanto a la chica que se sonrojo con mi presencia. Me alegraba saber que los demás estaban mas pendiente de mi de lo que yo estaba de ellos.
— Me fui a estudiar a Bahía, pero siempre vuelvo, como todo en la vida —canturreé, volviendo a posar mis ojos con intensidad sobre él. Sonrió con incomodidad, buscando en su familia algo que no le podían dar, y eso era una conciencia limpia.
En el pasado me había golpeado, arrinconado, acosado y tratado de un modo que nadie lo merecía. Aún así, ahí estaba yo frente a él, sonriéndole, sintiéndome mejor de lo que creí, sabiendo que aunque nunca me había pedido disculpas y nunca lo haría, yo sería mejor que él. Era mejor persona por hacer lo que no haría, por ser diferente, y por dejarlo en el pasado donde estaba. Yo no necesitaba darle ninguna lección, consejo o someterlo a una venganza. La vida misma pondría todo en su lugar como siempre pasaba.
Todo volvía, todo era un circulo que iniciaba y terminaba. Y no era mi tarea castigarlo, mi tarea era liberarme de él.
— Un placer verlos, espero que estén muy bien —exclamé, alejándome de ellos para caminar lejos. Los saludé con una sonrisa y mi mejor humor, escuchando a medida me alejaba cómo ella preguntaba quien era.
— Alguien de la escuela que conocí —respondió él con tono malhumorado. Y claramente me había conocido, porque la persona que era en la academia no era la misma de ahora.
Y me hundí en la noche, respirando el aire de la ciudad, dirigiéndome al lugar que siempre volvía porque con el tiempo reconocí que aunque uno se alejaba la vida se encargaba de hacerte volver.
— Ma, esta noche me quedo con Ash y Nik —dije entrando a la habitación donde ella estaba mirando televisión. Ella asintió, dándome una de sus sonrisas sinceras que guardaba para pocas personas y situaciones.
Me senté a su lado hasta que me recosté sobre su brazo, sentí que dejó un beso sobre la cima de mi cabeza. Era extraño estar así con mi madre en mis 22 años, luego de la etapa de la rebeldía, el distanciamiento y la crisis. De alguna forma, con los años, llegaba a la conclusión que todo pasaba por algo y nos ayudaba a aprenderlo que éramos, para terminar donde empezamos, en los brazos de nuestra madre.
— A veces creo que hay un cordón que los une a los tres, pensar que cuando eran niños no se querían mucho —dijo, y reí por lo bajo—. Haz lo que quieras eres grande, solo avisa que haces así no nos preocupamos. La ultima vez tuve que detener a tu padre para que llame a la comisaria —comentó, y puse los ojos en blanco, sabiendo que eran capaces de hacerlo.
— Mañana guarda un tiempo para mi, iremos a una cita —le dije, mirándola desde abajo. Su rostro se iluminó, haciéndome sentir orgulloso.
— ¿Qué hacen? —preguntó mi padre entrando a la habitación, encontrándome en brazos de mi madre como un niño.
— Robándote a tu esposa, mañana va a merendar conmigo —le dije, poniéndome de pie, besando a mi madre en su mejilla para irme—. No te pongas celoso, un día nos ponemos al día con unas cervezas —sonreí.
Mi padre permaneció mirándome incrédulo; no sabía si era el vinculo que le faltaba completarse o si en verdad yo era un extraño que no era comprendido. Al final, asintió con una media sonrisa, conforme con mis palabras.
— Me gustaría eso —dijo, dándome paso, y saludándolos con tranquilidad, agarré mis cosas para irme.
No sabía si era algo en el aire o era yo el que estaba de buen humor. Me sentía más liviano, menos oscuro y mas sarcástico. Me rodeaba una serenidad envidiable, como si tuviese todo lo que necesitaba, aunque claro, yo siempre quería más.
La ambición me recorría la sangre.
Llegué a la casa de Ash por el patio de atrás, refugiándome en su habitación que se trataba de una especie de loft separado de la casa principal, donde él pasaba la mayor parte del tiempo cuando estaba en Clemencia.
— ¿Ash? —pregunté al entrar, cerrando la puerta y tirando mi bolso al piso. Si algo no había cambiado en mi, era la tendencia al desorden. él salió del baño, vistiendo un pijama negro, secando su pelo. Sus ojos se encontraron con los míos, suavizándose inmediatamente—. ¿me extrañaste? —pregunté, ladeando mi cabeza.
— Siempre te extraño —canturreó caminando a mí, rodeando mi cuello con la toalla para acercarme a él. Su beso fue lento, intenso y embriagador.
Gemí en su boca, enterrando mis dedos en su pelo mojado, necesitando tenerlo lo más cerca que podía. Aún cuando pasaban años de nuestros primeros besos o caricias, siempre se sentía como algo nuevo, y me daba felicidad. La pasión del inicio se fue moldeando con el cariño, y lo que quedaba continuaba generando un incendio en mi interior.
— Te noto de muy buen humor —dijo riendo alejándose apenas de mi para ver mi rostro. Parpadeé entre un profundo suspiro.
— Dame dos orgasmos y te cuento —bromeé besando su cuello, haciéndolo reír aún más.
Mis besos se transformaron en mordiscos y marcas en su cuello, acariciando su cuello y bajando hasta abrir su pijama para tenerlo en su esplendor frente a mi. Su respiración se agitaba al mismo tiempo que sus manos comenzaban a recorrer mi cuerpo. Enterró sus dedos en mi culo cuando mordí su pezón, y reí maliciosamente.
— Cama —susurró él en mi boca antes de besarme.
Caminamos lentamente y con torpeza hasta donde creímos que estaba la cama. El ambiente era cálido y ni siquiera tenía idea de la hora que era, solo sabía que lo necesitaba.
Ahogué una queja cuando me alzó, rodeando su cintura con mis piernas, besándolo hasta que estuve tirando en la cama con él sobre mi.
— Amo verte de buen humor —susurró, desvistiéndome, besándome, acariciándome.
Reía, gemía, rogaba en cada instante que él seguía estimulándome, llevándome al delirio. La necesidad de tenerlo dentro de mi se tornó menos demencial cuando comenzó a moverse en mi interior. Había días en que podíamos tomarnos todo el tiempo del mundo, y en otros como ese, necesitaba que fuese rápido y duro, que diese todo para saciar mi apetito.
La habitación se llenó de nuestros sonidos, el choque de los cuerpos, mis reclamos y gemidos, las palabras de Ash que a veces se tornaban más pornográficas que nuestras sesiones de sexo.
— Te comería si acaso pudiera —susurró en mi oído y yo reí.
— Puedes comerme más tarde y darme el segundo o tercer orgasmo —respondí, sosteniendo su rostro por la barbilla y mordiendo sus labios, observando sus ojos oscurecerse.
— Cuanta ambición —murmuró y no pude estar más de acuerdo, pero aún quejándose, esa noche fue más prolífica de lo que imaginé.
Estábamos tirados en la cama, enredados entre nosotros y las sábanas, permanecimos allí unos minutos que decidimos cenar pizza mientras mirábamos una película en la cama.
— Hoy me encontré con Eric en la calle, tiene pareja y un niño —dijo en medio del silencio, miré sobre mi hombro hacia él, que estaba recostado sobre el respaldar de la cama, siendo me almohada favorita. Su expresión se oscureció un momento hasta que me miró dudoso—. Me pregunto como estaba, le dije que bien, los salude y me fui como si nada. Me sentí mejor de lo que creí después, me di cuenta que supere todo eso y no sirve de nada continuar enfrascado en ese momento de mi vida —le expliqué, su cuerpo se relajo bajo el mío y las caricias sobre mi piel reiniciaron suavemente.
— Estoy orgulloso de ti —me dijo con una expresión de satisfacción—. Ojala yo pudiera decir lo mismo, pero a veces lo recuerdo con rencor, sabiendo que podría haber hecho algo pero no lo hice, o al menos podría haberlo enfrentado —me explicó.
— No hubiese servido de nada, amor, al contrario, podrías haberlos hecho poner en tu contra. Hiciste lo que pudiste en el momento en que se vivió. Siempre me ayudaste de algún modo u otro —le aseguré girándome levemente para besarlo.
— No te merecías nada de lo que te hizo —dijo, la mandíbula contraída, los ojos turbulentos y brillantes.
— Aprendí de eso y me sirvió, aunque no lo merecía. Además, ahora te tengo a ti, esa es la mejor recompensa —intenté sonreírle para hacerlo sentir mejor. No me gustaba verlo oscuro y solemne. Lo bese en los labios son suavidad, sin quitar mis ojos de los suyos—. ¿Sabes que te amo no? Por estar conmigo, ser paciente, ser mi amigo y confidente, quererme por lo que soy, ayudarme y aconsejarme. Eres lo mejor que me pasó, y de lo que jamás me voy a arrepentir —le aseguré, tocando su rostro, besándolo, queriendo que comprenda la magnitud de mis sentimientos.
Si Eric me hubiese dañado demasiado, no sería capaz de sentir todo eso. Y solo Ash podía darme la chispa que necesitaba.
— No hay nada que ame más en esta vida que a ti —susurró, con la voz ahogada, los ojos brillantes—. No concibo una vida sin ti, así como no me imagino amando a alquilen más que no seas tu —agregó—. Sé que no soy bueno con las palabras, pero decirte te amo a veces es poco en comparación de lo que siento —confesó casi tímido. Sonreí feliz, tranquilo y radiante.
— Creo que por eso te odiaba —dije entre risas haciéndolo confundir—. Siempre creí que lo que quería era tu vida, cuando en verdad lo que quería era a ti —lo besé una, dos, tres veces.
Ahogue sus quejas, quité las pequeñas lagrimas que se acumulaban en sus ojos, le dibuje una sonrisa, alejé sus dudas y entibie su corazón. Esa noche dormimos abrazados, respirando la piel del otro, moviéndonos en conjunto, con la conciencia tranquila sabiendo cada día mas que éramos nuestro inicio y nuestro fin.
Como otro circulo de la vida.
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