Capítulo IX
La suave luz del amanecer se filtraba por las cortinas entreabiertas, eran aproximadamente las 4:00 A.M. de un día sábado cualquiera.
Sobre la cama deshecha yacían dos figuras entrelazadas, el eco de sus risas y susurros aún flotaba en el aire cargado de una atmósfera íntima y cómplice. Aunque las palabras habían cesado, el silencio estaba cargado de todo lo que se pudieran decir.
Una conexión efímera, pero intensa.
Los destellos de recuerdos fugaces se agolpaban en la mente de ambos, fragmentos de una noche que ahora parecía lejana pero aún palpable.
Abrieron sus ojos somnolientos, se vieron brevemente y sonrieron con una complicidad silenciosa que reconocía lo ocurrido sin necesidad de palabras.
No había promesas ni expectativas, solo el presente y la sensación de haber compartido un instante en el que los límites no existieron y el deseo se manifestó sin barreras. Con movimientos cuidadosos y silenciosos, cada uno se deslizó fuera de la cama.
Santiago se quedó aún unos segundos acostado, mientras que su furtivo acompañante recogía sus ropas dispersas por el suelo. Al terminar, únicamente le regaló una sonrisa y caminó en silencio hacia la salida.
Santiago, al ver que se iba, se levantó al instante y se apresuró para alcanzarlo.
La habitación quedó sumida en el silencio una vez más, testigo mudo de un encuentro que nunca será mencionado.
— Hey... ¿Por qué tan escurridizo? —murmuro Santiago tomando de la cintura del chico para jalarlo hacia él y arrinconarlo en la pared más cercana.
El chico solo sonrió y correspondió. Al separarse solo lo vio fijamente y dijo en un tono dulce.
—La noche terminó, ya es hora de irme.
—¿No quieres desayunar?
El chico negó sonriendo.
—No te tomes tantas molestias, podemos volver a quedar cuando quieras. Fue genial.
Santiago sonrió con picardía y asintió abriendo la puerta para despedir a su visita. El chico le tiró una mirada de complicidad y coqueteo, pero Santiago no lo pudo dejar ir sin volverlo a jalar y plantarle un beso de despedida para finalmente dejarlo ir.
Aquel encuentro dejó una huella imborrable en el recuerdo de aquellos dos chicos, quienes continuaron sus caminos por separado, llevando consigo el eco de aquella noche en la que se permitieron ser vulnerables, libres de ataduras y expectativas, simplemente viviendo el momento con intensidad y pasión.
Santiago entró a casa sin más, recogió sus alrededores, pues había un poco de desorden. Terminó de arreglar, se fue a bañar y cuando iba a empezar a preparar su desayuno sus hermanos entraron sin pedir permiso.
—Ya les dije que si entran sin pedir permiso un día de estos encontrarán algo que no será de su agrado, culpa mía no será. En guerra avisada, no hay muertos.
Los dos adolescentes solo lo vieron con un gesto de desagrado y se sentaron en las sillas al desayunador esperando que su hermano les sirviera el dichoso desayuno.
Santiago finalizó sirviendo el desayuno para todos y dejo a sus hermanos irse luego de pasar un tiempo juntos.
Era sábado al medio día. No iba a entrenar y tampoco tenía planes que hacer. Solo una cita de tatuaje que tenía que cumplir en una hora y de resto libre.
Tomó sus llaves y salió de camino al centro para cumplir con su compromiso.
No debió estar tan disponible esa tarde porque el universo le jugó en contra, pues mientras iba manejando entró un mensaje de su madre.
—Regresamos de viaje. Tus hermanos me comentaron que desayunaron contigo, ya no te encontramos en casa. Tenemos cena familiar a las 7:00 p.m. No faltes. Tu padre tiene cosas que decirte. Te extrañamos.
Santiago solo hizo un gesto de disgusto y de repente una migraña empezó a pronunciarse. Frotó su sien mientras se empezaba a estacionar y puso sus lentes de sol en su cabeza. Salió del carro y se dispuso a entrar al local demostrando de nuevo su encantadora personalidad.
El tiempo pasó y Santiago no quería salir de ese local. Suspiró y no tuvo otro más remedio que irse. De camino pasó al supermercado y compró una cajetilla de cigarrillos, los cuales no frecuentaba, pero dada la situación, necesitaba uno.
Se estacionó frente a un parque que quedaba frente a su residencial, dónde muchas personas iban y venían con sus mascotas, hijos o parejas, pues era un lugar agradable al aire libre donde se podía estar sin mucha gente o peligros. Cosas que en Madrid en plena época moderna se apreciaba con fuerza.
Se sentó en el césped, recostándose en un árbol y sacó la cajetilla viendo a su alrededor. Prendió un cigarrillo y empezó a fumar sin prisa, cerrando los ojos y anulando su mente por unos segundos mientras sentía en su cabeza la rugosidad del fresno a su espalda.
Mierda ... No los quiero ver.
Pensaba, estresado y molesto. Santiago odiaba el hecho de reunirse con sus padres, mientras más podía evitar esos momentos de incomodidad, lo hacía.
Y... sí, ¿simplemente no llego a dormir a casa hoy? No tendrían como decir algo.
A tomar por culo ...
Pensaba mientras seguía fumando el cigarrillo. Al momento que seguía pensando e inhalando toda aquella nicotina, recibió una llamada.
Nico
—Hey...
—Hola Santiago, ¿qué haces?
—Fumando un cigarro en el parque, ¿y tú?
—Y no invitaste... —rio suavemente. —No, pero en serio, ¿desde cuándo fumas?
—Desde que mis padres regresaron de su viaje eterno. —dijo Santiago con un tono de desgano.
Era la primera vez que Nico escuchaba así de desganado a Santiago, podía jurar que tenía incluso una sonrisa forzada que se había convertido en mueca.
—Oh...
—Exacto... En fin, ¿necesitabas algo?
—Uhm... solo te quería decir que acabo de terminar de leer el tercer libro de la saga.
—Santiago solo rio en un tono grave. —¿Sí?, eres de gustos extraños. Yo leí ese libro a los 12 años.
—¿Qué estás intentando decir? —se escuchaba como progresivamente, Nico empezaba a irritarse.
—Qué pareces un niño de 12 años. Aunque yo a los 12 años ya estaba bastante desarrollado.
—Te voy a colgar. —sacó un suspiro sonoro Nico con un tono irritado.
—Solo digo. —sonrió Santiago.
—Adiós.
—Bye~ —dijo Santiago en un tono burlón.
Nico colgó, y esa llamada fue suficiente para alegrar a Santiago y darle los ánimos para levantarse e ir a enfrentar a sus padres. Tiró la colilla del cigarro y se subió al carro para ir a su casa.
Al llegar se estacionó en su garage. Dejó sus cosas en la mesa de la entrada y se quitó la chamarra. Se dirigió a la puerta de conexión y vio la hora.
6:40 pm.
A tiempo...
Pensó.
La servidumbre lo esperaba en la puerta. Saludó cordialmente y se encontró con su madre saliendo de la sala de estar. Ella extendió sus brazos y lo abrazó, dándole un beso en cada mejilla.
—Mírate, mi hijo es todo un galán. ¡Qué te has puesto más guapo! Mira que bien cuidado estás, no me extrañaría que tengas a medio Madrid bajo tus pies.
Santiago sonrió de lado y abrió su boca para responder el halago de su madre, sin embargo, una voz masculina y estruendosa invadió el espacio y lo interrumpió.
—Pues claro, Patricia es un Andrade.
Santiago sonrió de cortesía y se acercó a su padre para saludarlo.
—Buenas noches, padre.
—Santiago, hijo, me da gusto que puedas acompañarnos el día de hoy.
Asintió Santiago y respiró profundo.
—Señores, la cena está servida. —dijo la servidumbre.
El señor Andrade vio su reloj y asintió.
—Justo a tiempo. Vamos.
Cada quien se sentó en su debido asiento. Inmediatamente, salieron corriendo los adolescentes a sentarse junto a su hermano mayor, ambos estaban emocionados de tener a toda su familia reunida. Hablaban animadamente con sus padres, poniéndolos al tanto de todo lo que les había sucedido, mientras Santiago únicamente tomaba de su agua pura en silencio escuchando todo.
—Percibo cierto olor de cigarro... ¿estás fumando, Santiago? —dijo su madre.
Mierda ...
—No... yo-...
Empezaron a servir la comida, dónde la chef de la casa empezó a explicar el menú de la noche.
Había olvidado esto... extravagante...
Empezaron a comer en silencio todos, disfrutando la comida.
—Santiago —pronunció su padre limpiando su boca elegantemente mientras lo veía.
Santiago lo volteó a ver y se puso atento.
—¿Sí?
—¿Cuándo empezarás a estudiar en serio en la universidad?, ¿No te has cansado ya de estar jugando?
Santiago lo vio fijamente por unos segundos y sonrió.
—Uhm... No sé padre, sinceramente no sé cuando dejaré de jugar, pues no sé para ti que significa jugar en la universidad.
—Déjate de gilipolleces, sabes a qué me refiero. ¿Cuándo harás la transferencia a Stanford?
—¿Stanford!, ¿Qué demonios haría yo en Estados Unidos?
Su padre estrella los cubiertos.
—Necesito que empieces a tomar las cosas en serio y vengas a tomar posesión de tu puesto en la empresa.
Santiago tiró los cubiertos.
—Pues lo siento papá, pero creo que había quedado lo suficientemente claro en decirte desde que entré a la universidad que no iba a seguir ciencias económicas en ninguna universidad de tu gusto, tampoco iba a tomar tu puesto en tu compañía.
—Y a continuar con tus estupideces... Suficiente tengo con que andes de promiscuo en las calles de Madrid.
Santiago rio amargamente.
—¡Alexander! —amenazó su madre, pero era demasiado tarde.
Santiago corrió la silla para atrás y tiró la servilleta en la mesa, deja su comida sin acabar.
—Supongo que, así, termina la cena familiar. —bufó con burla. — Vaya circo que se han montado. Buena noche.
Vio a sus hermanos con vergüenza, quienes lo veían con tristeza y se fue. Sin voltear atrás, como se había obligado muchas veces más en el pasado, una vez más no le haría daño.
Estrelló la puerta atrás de él y tomó sus llaves largándose de aquel complejo. Necesitaba estar lejos de aquel lugar tan plástico y superficial que le llamaba hogar.
Sacó otro cigarro con torpeza y lo encendió para comenzar a fumarlo de forma desesperada.
¿A dónde iba?
Ni él sabía, solo sabía que no sería una noche que recordaría... O al menos, no que quisiera recordar.
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