
| 09 |
No lo podía creer, era imposible que estuviera ocurriendo.
¿Quién lo habrá hecho? Si llegaba a descubrirlo, juro que lo mataría sin pensarlo dos veces.
—¿Dónde están? ¡¿Dónde están los animales?! —preguntó Abby, jadeando.
Apuntaba su teléfono en todas direcciones, pensando que solo así podría traerlos de vuelta.
—No lo sé —le dije—, no lo sé.
—Pero ¡si estaban aquí, los acaba de ver! —gritó.
Era evidente que estaba conteniendo las lágrimas, pero sus ojos delataban el miedo y la preocupación que se había instalado en ella.
Se acercó a mí y dijo:
—¿Qué vamos a hacer, Sherman?
Oculté los ojos en las manos y empecé a llorar.
Mis hombros y el resto de mi cuerpo se sacudían conforme dejaba escapar aquello que no pude contener más. Sentía que todo se derrumbaba dentro de mí… mis animales… alguien se los había llevado.
¿Cómo no me di cuenta? ¡Si estaba a tan solo unos metros de distancia!
Debieron haber hecho ruido o mínimo algo de escándalo mientras eran agredidos, eran animales después de todo y tenían instinto de supervivencia, no se dejarían vencer tan fácilmente como lo harían otras especies.
No vi el momento en que Abby se alejó, solo sabía que no tenía remedio.
Mi padre estaría muy enojado conmigo por la forma en que no pude proteger a sus animales, él hubiera hecho lo posible por mantenerlos seguros.
Y me aseguraré de que el culpable sufriera demasiado cuando lo atrape.
Tras unos minutos llenos de desconsuelo, descargando toda mi frustración a través del llanto, sentí cómo unas manos trataban de levantarme bruscamente. Hice un intento de alejarme, pero fue inútil.
Era Abby, quien estaba de nuevo a mi lado.
—¡Ven a ver! —su rostro estaba pálido de miedo—. ¡Ven a ver! Los caballos… ellos... será mejor que vengas a ver esto.
Me tomó por los hombros, yo protesté, sin embargo, llegó un punto que me sentía sin fuerzas y ella logró sujetarme nuevamente.
Abby, siendo una mujer obstinada, estiró una de sus manos y me llevó a rastras.
Y cuando apuntó uno de los compartimentos aparentemente vacíos, vi algo tendido en el suelo. Al principio pensé que era heno que había traído la semana pasada, sin embargo, cuando mis ojos escocidos se adoptaron mejor al entorno, me di cuenta que, en realidad, era el cuerpo sin vida de uno de mis caballos.
—¿Quién sería capaz de hacer algo así? —susurró Abby sin aliento. Se llevó una mano al pecho, profundamente consternada, igual que yo—. ¿S-seguirán vivos? ¿Todos?
—No lo creo —dije, tras una sepulcral pausa—. Si es así, lo sabría… lo sentiría.
De pronto la energía dentro del establo se empezó a mover; era extraña y muy fuerte, como si tuviera vida propia.
No pude soportar más y aparté la vista, sintiendo nauseas.
No estaba en mis planes ver a los demás animales, pues sabía que todos estaban en el mismo estado: muertos.
Mientras me alejaba, solo podía pensar en una cosa.
Venganza.
Y antes de acercarme a la salida, todo el establo sufrió una fuerte sacudida.
Trozos de madera del techo se desprendieron en el proceso y empezaron a caer sobre nosotros. Abby chilló y se apresuró en acercarme a mí, tratando de esquivar el material disparado.
Alguien tenía intenciones de enterrarnos vivos en el interior del establo.
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