Os subo capítulo por regalo de navidad :D
Me gustaría poder deciros que hice lo correcto y me alejé de él, pero os estaría mintiendo. Con él no podía hacer lo correcto, sólo podía quedarme a su lado, porque mi vida sin él era aburrida y monótona, porque era el gran amor de mi vida, me había enamorado de él, como una tonta, y en aquel momento no sabía qué hacer para volver atrás.
Desperté con el sol colándose por las ventanas, abrazada a él, en el asiento trasero de su coche, en el mirador.
Giré la cabeza y le vi, dormido, descansando sobre mi brazo. Sonreí, como una idiota, porque verle allí, tan tranquilo, como si nada sucediese, como si estuviese a salvo, era lo más bonito que vi jamás. Quería quedarme a su lado y despertar cada día de mi vida despertando de esa manera.
- Sería más fácil si no nos hubiésemos enamorado – dije en voz alta, mirando cada detalle de ese hermoso rostro suyo – ojalá pudiésemos huir lejos, de todo esto... - abrió los ojos, empezando a despertar, hice el amago de levantarme, pero él me abrazo, aferrándome a su pecho, así que no tuve más remedio que aferrarme a sus hombros.
- No cambiaría nada – me dijo – aun sabiendo el final – dejé caer mis lágrimas en su camiseta.
- Me iré a Oropesa antes de que todo esto estalle – le dije, el dejó escapar las suyas, al darse cuenta de que aquello era una maldita despedida.
- Iré a buscarte cuando todo termine – prometió. Ambos nos sentamos en el asiento, observándonos. Apoyé las manos en su cuello y me acerqué a sus labios para besarle – no voy a usar esas pruebas – me dijo – porque mi guerra con David no es por ese tema.
- Charlie... - me quejé, más que dispuesta a quejarme.
- Encontraré algo para hacerle pagar por todo esto – prometió – Escucha, no quiero que pienses en todo eso, el miedo te hace pensar estupideces. Esto entre tú y yo no va a terminar – insistió – acaba de empezar. Acabo de enamorarme de ti, ¿crees que voy a dejarte escapar? – sonreí, enamorada de aquellas palabras – Voy a dejarte en casa de Lucas – añadió – y luego iré al Club, tengo algunos asuntos allí.
- No quiero ir a casa de Lucas – me quejé – quiero quedarme contigo – sonrió.
- ¿Crees que llevarme a mi novia al trabajo me dará buena imagen? – rompí a reír, entendiendo lo que quería decir – Iré a buscarte luego – asentí, besando sus labios después.
De camino a casa de Lucas le llamaron por teléfono, ya tenía el móvil casi cargado. Lo descolgó, tras pararse en el arcén.
- Dime Pituca – contestó, con mucho mejor ánimo que el día anterior – sí, estoy de camino. Retenla en la oficina, y sobre todo no saques tu arma, vas a poner perdido el suelo – bromeó.
- Ten cuidado – le dije, cuando se detuvo frente a la casa de Lucas. Sonrió – por favor, Charlie.
- Te lo prometo – contestó – esta vez tengo algo muy valioso que quiero seguir reteniendo a mi lado – insistió – no voy a dejar que nada vaya mal – asentí, besando su mejilla, para luego marcharme a casa de mi amigo, sin más.
Charlie.
De vuelta al club, por el camino, no podía dejar de pensar en ella, en lo mucho que sentía cuando la tenía cerca. No podía perder aquello, pero tenía razón, tampoco podía dejar de lado mi venganza, no cuando no lo hacía sólo por mí y mi familia, si no, también, por lo mucho que David le había jodido la vida.
Una bonita canción sonaba en aquel momento en la radio, inundando mis oídos. You are the reason de Calum Scott.
El club estaba cerrado cuando llegué, cosa completamente normal, con lo que tenían entre manos. Los gritos de dolor de una mujer se escuchaban en el local, pero los empleados hacían como si nada, excepto tres chicas que estaban sentadas al fondo, con el rostro plagado en lágrimas, asustadas.
Entré en el local, atravesé la sala y me detuve junto a las escaleras, siendo retenido por Deb, que no entendía lo que estaba sucediendo y venía a pedirme explicaciones a mí.
- ¿Por qué le estás haciendo esto? – preguntaba, fuera de sí, con el rostro lleno de lágrimas – Ella es tu amiga, ¿por qué?
- ¿Mi amiga? – pregunté, echándome a reír, sin ganas, llevándome de regalo una buena bofetada por su parte. El resto de las chicas la agarraron del brazo, evitando que pudiese volver a golpearme – Ese es mi puto problema en este mundo – contesté, molesto – confiar en la gente equivocada, llamarles "amigos", y llevarme una buena puñalada por la espalda.
- Ella es el topo – se percató Pam, en cuanto se percató de que era lo que ocurría.
- ¿De qué estás hablando? – se quejaba Carla.
No tenía tiempo para aquella mierda, y menos para explicarles la situación. Tenía trabajo que hacer.
- Chicas, me encantaría quedarme a charlar, pero tengo negocios – me abrí paso entre ellas, dejando que hablasen con su amiga al respecto, mientras subía a la segunda planta. Entrando en el despacho del fondo después.
Rita estaba atada a una silla, con el rostro plagado de lágrimas, varios cortes de navaja en su rostro, la blusa abierta, y varios cortes más en su pecho.
- ¿De verdad había necesidad de esto? – me quejé, molesto, observando aquella degradación al ser humano. Pituca le había cortado los pezones, dejándolos en carne viva y sangrantes. Saqué mi pañuelo del bolsillo, presionándolo sobre la hemorragia de cada uno de sus pechos, intentando retener la hemorragia, pero era en vano – te dije que no quería derramamientos de sangre, joder.
Rita me observó, agradecida por aquel gesto de compasión por mi parte.
- No lo he hecho por David – prometió la mujer, agarrándome del brazo, incapaz de dejarlo ir, suplicante – él no me ha ordenado nada, ni siquiera sabía de la existencia de esto.
- Puta mentirosa de mierda – espetó mi socia, dándole un puñetazo en toda la cara, rompiéndole la nariz, haciéndola gritar de dolor, de nuevo - ¿por qué coño lo has hecho entonces? ¿eh?
- Quería usarlo para recuperarte – dijo hacia mí, entre sollozos – pensaba obligarte a dejar a esa zorra a cambio de estos papeles – rompí a reír, sin poder evitarlo. La situación me hacía demasiada gracia. Me puse en pie y miré hacia Pitu – Esa niña pija te está cambiando, Charlie, tú no eres... - se detuvo tan pronto como la agarré de la camisa y la atraje hacia mí.
- ¡DIME ¿DÓNDE COÑO ESTÁ EL CONTENIDO DE LA CAJA?! – Grité, soltándola, echándome hacia atrás, pasándome las manos por la cabeza, intentando recuperar la compostura, sin poder hacerlo, al pensar en lo que esa puta loca estaba haciendo para joderme la vida – te mataré yo mismo, ¿lo entiendes? – la mirada que eché sobre ella fue tan aterradora, que, si las miradas matasen, ella habría muerto – Si no me lo dices...
- Está en mi casa – contestó, sin necesidad de haber tenido que torturarla mucho más. Parecía derrotada, al verse descubierta por mí – detrás del cuadro del caballo cojo, en la cocina.
- Si me mientes... - levanté el dedo para amenazarla - ... si voy allí y no está... - Ella sabía que conmigo no se jugaba.
- Está allí, lo juro – prometió.
Caminé hacia la puerta, la abrí, más que dispuesto a largarme, escuchando a mi socia detrás de mí.
- ¿Qué hago con ella?
- Retenla hasta que tenga la caja – contesté, saliendo a paso ligero del despacho, bajando las escaleras con rapidez, observando como Poli se ponía en mi camino – ahora no es un buen momento, tío – me quejé.
- Tu teléfono – levantó el alto el recado que le había pedido. Sonreí, aceptándolo, marchándome sin más.
Puse rumbo a casa de Rita, a tanta velocidad, que por un momento parecí un verdadero piloto de carreras. Derrapando en las curvas, dejando atrás al resto de los coches, poniendo al límite el coche, sin detenerme hasta haber llegado a mi destino.
Salí del auto, deteniéndome frente a la puerta de aquel adosado que antaño encontré para ellas. Fui yo, la persona que las sacó de la calle, que dio la cara por ellas para liberarlas de su chulo, que las ayudó a buscar un buen trabajo en el club y les enseñó los trucos básicos para sobrevivir. Y era justo así como me lo pagaban, con traición, justo como David.
Tenía que dejar de confiar en la gente de ese puto mundo, porque siempre acababa en el mismo lugar.
Miré hacia la maceta que colgaba del techo, sobre la puerta, era un hermoso poto. Metí la mano entre sus hojas, agarrando la llave con un llavero de lana y abrí la puerta. Caminé hacia la cocina, dejando atrás el salón, donde tan buenos momentos había pasado, mirando hacia el cuadro del caballo cojo. Lo descolgué, dándole la vuelta, encontrando un sobre marrón sujeto a este. Lo arranqué de golpe, volví a colocar el cuadro en su lugar y me marché sin más.
Dejé el sobre sobre el asiento del copiloto, con una gran sonrisa, al fin volvía a tener la sartén por el mango, al fin podía volver a mi idea de venganza.
Mi teléfono comenzó a sonar cuando conducía de vuelta a la ciudad, lo descolgué sin tan siquiera ver de quién se trataba, poniendo el altavoz para escucharlo por los auriculares del coche.
- Un pajarito me ha dicho que has perdido algo – resonó la voz de David. Sonreí, divertido – el pequeño piolín está asustado ¿eh?
- Eso del pequeño piolín lo dices por ti ¿no? – contesté, sin el más atisbo de preocupación en mi voz – debes de estar asustado porque entré en tu club y te quité el pen drive.
- No vas a hacer nada – aseguró, fingiendo una confianza que no le pegaba en lo absoluto – porque lo que hay dentro de esa memoria destruiría a tu novia – rompí a reír, sin poder evitarlo, dejándole algo desorientado.
- ¿Quién te ha dicho que todo esto no es parte de mi plan? – pregunté. Sabía que las inseguridades recorrían su cuerpo, siempre fue demasiado ingenuo. Un tiro se escuchó al otro lado, un grito de dolor y un golpe sordo, de alguien cayendo al suelo – Pobre Pepe. Siendo fiel a ti hasta el final, para acabar de esta forma.
- Mira maldito hijo de puta... – empezó, altamente molesto por el tono confiado de mi voz, cuando había esperado tenerme temblando, suplicándole por mi vida.
- Relaja esos humos, David – le corté antes de que hubiese dicho nada más – no querrás poner de mal humor al tío que te tiene agarrado por los huevos ¿no?
- ¿Qué quieres? – sonreí, al fin había captado su atención. Pero no iba a dejarme vencer por él, no cuando me había quitado tanto.
- Si me hubieses echo esa pregunta antes de empezar esta guerra... quizás te habría salvado y perdonado tu osadez, pero ahora no. Te destruiré, cueste lo que cueste.
- ¿Aunque te la lleves por delante a ella? – porfió, intentando hacerme perder la paciencia, darme dónde más me dolía. Pero yo tenía la suficiente confianza en mí mismo cómo para saber que esta vez nada me haría perder.
- Todo es parte de mi plan, David – insistí - ¿qué te hizo pensar que tenía algún tipo de interés en ella? – porfié, divertido – Sólo quería quitártela, y lo hice.
- Sucia rata... - colgué el teléfono, sin decir una sola palabra más, no necesitaba seguir hablando con ese capullo para darme cuenta de que había vencido aquella vez.
Leo.
Me di una ducha, lo necesitaba, después de pasar toda la noche en la intemperie. Luego escuché a Lucas hablando sobre su último ligue, sentada en el sofá, pero en algún momento de la explicación me quedé dormida.
"Seré un piloto de carreras" – resonó, su voz, mientras recordaba aquel momento en la playa. Y unas risas envolviéndolo todo.
- ¿Te has dormido? – preguntó Lucas, frente a mi cara, asustándome de golpe. Me toqué el pecho, acelerada.
- ¡Qué susto, Lucas! – me quejé, mientras él rompía a reír.
- ¿Qué te parece si vamos por un helado? O quizás... ¿podríamos ir al a piscina de Sergio?
- Yo paso – contesté, poniéndome en pie, buscando entre mi ropa, colocándome una faldita corta, con vuelo, y una camisa blanca – he quedado luego con Charlie.
- Te odio – bromeó él. Rompí a reír, agarré mi mochila y metí en ella algunas cosas, quería ir a tomar un helado con Lucas – pero al helado si vienes ¿no?
- Si – contesté.
Bromeaba con él, de camino a casa, después de un rico helado de chocolate, sin poder dejar de reír, hablando sobre la universidad, justo cuando le vi, dejado caer sobre su coche, cruzado de piernas y brazos, mirándome. Sonreí, como una idiota.
- Luego nos vemos, Luc – me despedí de él, crucé la calle, llegando hasta él. Sonrió, me besó y me hizo sentir a salvo – pensé que tenías cosas que hacer – me quejé – apenas ha pasado... - me detuve al ver como ponía a mi disposición un teléfono de prepago.
- Me está matando que estés incomunicada – añadió. Sonreí – También he venido a traerte esto – se subió la camiseta y sacó un sobre marrón que tenía escondido y sujeto en sus pantalones – quiero que me lo guardes tú.
- ¿Qué es? – quise saber, agarrándolo.
- Guárdalo, Leo – me pidió, mirando hacia ambos lados de la calle. Asentí. Me quité la mochila, más que dispuesta a guardarlo, pero él me detuvo – No – me quitó los botones de la camisa, hasta el pecho. Estábamos en medio de la calle, y estaba preocupada al respecto. Guardó el sobre bien sujeto en mi falda y mi sujetador, y luego volvió a vestirme – es importante, princesa – asentí – Necesito pedirte un favor. Siento meterte en todo esto, pero David vigilará mis movimientos a partir de ahora, no quiero que sepa lo que estoy haciendo – añadió.
- ¿Qué quieres que haga? – quise saber.
- Quiero que vayas a la comisaría de policía de la plaza – le miré, sin comprender – quiero que preguntes por el inspector Méndez. Dile que vas de mi parte y entrégale el sobre. Él sabrá que hacer.
- Son las pruebas contra David – me percaté - ¿también están las que van en contra de mi padre?
- No – contestó – no voy a usar eso, ya te lo dije – sonreí – Dile a Lucas que te acompañe, no quiero que vayas sola – asentí – Te quiero.
- Y yo a ti – volvimos a besarnos entonces.
- Escucha, ahora tengo que ir a casa – me dijo – mi hermano va a matarme, anoche dormí fuera de casa.
- ¿De quién será la culpa? – bromeé, haciéndole sonreír – Tienes una novia muy persistente que quiere pasar cada momento del día contigo, vive obsesionada con tus besos y ...
- Soy el camello al que eres adicta, ¿no? – sonreí, ya volvía a bromear – Ve ahora, a comisaria – asentí – Llama a Lucas y dile que salga, no voy a irme hasta no haberte visto irte con él.
- Eres demasiado paranoico – me quejé.
- Tengo mis motivos – contestó. Así que no me quedó de otra. Llamé a Lucas.
- Soy yo, Leo. Vuelvo a tener móvil – le escuché bromear al respecto – baja, y trae las llaves del coche, tienes que llevarme a un lugar – volvió a quejarse, pero colgué el teléfono antes de escuchar nada más – Charlie yo ...
- Todo va a salir bien – me calmó – nos libraremos de ese cabrón y nos iremos lejos, tú y yo. Puedo ser piloto de carreras en cualquier parte – sonreí de nuevo – seguro que puedes seguir tus estudios en otra universidad, fuera de aquí.
- Ten cuidado, Charlie.
- Lo prometo – me dijo, justo cuando Lucas salía de su casa, abriendo su maravilloso cuatro por cuatro, haciéndome una señal para que me acercase a él.
- ¿Te veré luego? – pregunté.
- Avísame cuando lo hayas hecho – pidió – y ya lo vamos viendo, hoy tengo un día movidito.
Me monté en el coche junto a Lucas, y este puso rumbo hacia la comisaría del parque, tal y como le indiqué. No dejaba de preguntar al respecto, pero yo no podía contestar nada, no cuando sólo pensaba en el final de todo aquello, en una vida junto a aquel hombre maravilloso al que amaba.
Era atípica a las chicas de mi edad, siempre pensando en chicos, en fiestas y en tonterías. Siempre fui demasiado madura para mi edad, y en aquel momento tenía las cosas muy claras, sobre lo que quería en mi vida.
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