Capítulo 7. 12 Horas
— ¿Segura que estás bien Lena? —le preguntó Viridis a Lena, observándola con preocupación. Otra oleada de emoción recorrió a Lena, al darse cuenta que ella sabía su nombre y quizás más de lo que podía imaginar. Asintió sin palabras, porque temía comportarse de manera vergonzosa frente a ella.
— Viridis, la has dejado muda. ¡Intenta tener cuidado la próxima vez! —la reprendió Leonardo con enfado, intentando hacer reaccionar a Lena, que estaba sentada en un sillón del vestíbulo de la casona. Tanto Viridis como Newén lo miraron venenosamente, pero él les hizo caso omiso.
— Ella es fanática tuya, tiene todos tus discos, ha visto cada película y presentación en la que has estado. Ni siquiera por alguno de los One Direction o Justin Bieber siente tanto amor como por ti, lo cual es extraño —reconoció Newén—. Y fue al concierto que hiciste en Viena. ¿Recuerdas? —le preguntó a Viridis; ella ladeó su cabeza con análisis y sonrió.
— Lo recuerdo bien ese concierto, luego de eso Joshua intentó matarme y Valquiria por poco acaba con su existencia —respondió risueña como si aquello no hubiese significado peligro alguno. Lena se horrorizó ante la idea de Josh matando a Nayra, o Viridis... aún estaba confundida de cómo llamarla.
— ¿Y se puede saber que haces aquí, Reina del drama? —inquirió Leonardo. Viridis le mostró el dedo medio de su mano, sin ganas de discutir sobre los apodos que le ponían en el mundo del espectáculo, y luego buscó en su saco dos cartas, una para Newén y otra para Leonardo, que estaban cerradas con sellos de cera y la sigla SF.
— Les he traído el correo, ahora márchense a leerlo —comentó moviendo sus manos, y al ver que ambos habían palidecido y se tensaron, resopló con impaciencia para empujarlos suavemente.
Tanto Leonardo como Newén continuaron caminando mecánicamente hacia las escaleras, con rumbo a la biblioteca. Viridis los siguió con la mirada, hasta que finalmente suspiró y se centró que Lena que parecía un poco más recuperada.
— Hace tiempo que quiero conocerte, pero tu hermana solo gruñía y se quejaba de que sería una distracción en tu vida —comentó Viridis, viéndose chispeante y desenvuelta como si ya estuviese acostumbrada a la presencia de Lena, aunque Lena aún no lo estaba con ella. De repente, Viridis observó la hora y miró a Lena con diversión—. ¿Qué te parece si tomamos un té? Así conversamos y nos conocemos mas —propuso.
— Yo ya te conozco —murmuró Lena, poniéndose de pie con torpeza.
— No cariño, tú conoces a Nayra, pero hay mucho por conocer de Viridis, por ejemplo, de la vez que Valquiria y yo nos escapamos de la academia para ir a una fiesta en Francia, Leonardo y Newén se enteraron tarde y estuvieron enojados con nosotras por dos semanas —se encogió de hombros con inocencia aunque en su expresión había una sonrisa divertida. Lena parpadeó aún impresionada de tenerle junto a ella; sonrió suavemente y asintió sin dudar. Viridis festejó como una niña y tomó la mano de Lena para arrastrarla hasta la cocina. «Ella realmente es real» pensó Lena sin poder borrar la sonrisa de su rostro.
***
«Se requiere su presencia en la dirección que se especifica abajo, con motivo confidencial.
Saludos atentamente.
SF»
Dos cartas enviadas a Newén Constantin Belisario y Leonardo Rogelio Gonzaga llegaron a sus manos y tras leerla ambos se miraron imperceptiblemente, mientras no oían nada más que el repiqueteo incesante del pie de Newén chocar contra el escritorio. Él recorrió con sus dedos su barbilla de líneas suaves hasta que detuvo su mano bajo su mentón, sosteniendo su rostro con expresión analítica y viéndose como una escultura. Sus ojos negros volvieron a fijarse sobre el correo, y la marea de pensamientos se detuvo cuando escuchó a Leonardo suspirar pesadamente.
— ¡Estamos jodidos! —dijo éste, hablando en español, con preocupación. Escurrió sus manos por su pelo, alborotándolo aún más y cambiando su postura a una más desestructurada.
Por lo visto, la Sociedad Fantasma estaba requiriendo su presencia y no podían negar la invitación. Primero, porque ellos formaban parte de una extensión de ella, y segundo, porque su propia familia estaría allí.
El enojo se filtró en Newén, en forma de una punzada fría y de mal augurio. Sostuvo con firmeza la cadena que colgaba de su cuello, canalizando las fuerzas necesarias. Por su parte, Leonardo intentó asesinar la sensación de asfixia que lo sofocaba. Ambos, tenían el presentimiento que el motivo confidencial no era otro que Valquiria.
Mentalmente tuvieron que reconocer que habían tenido bastante tiempo para ocuparse del asunto en sus propias manos.
— Debemos ir —murmuró Newén, con poco ánimo. Leo asintió, de acuerdo, y se puso de pie con la necesidad de buscar un poco de aire para deshacerse de los sentimientos oscuros que lo acechaban.
— Viajaremos mañana a primera hora, lo que nos da algo de 12 horas para organizar todo —comentó, mirando el reloj de su muñeca. Luego estiró todo su cuerpo como si fuese un gato que recién se levantaba de su siesta.
—Si —respondió Newén, meditabundo.
— No hay nada de qué preocuparse —insistió Leonardo, más que nada, aquellas palabras eran para él mismo—, después de todo, vamos a tu casa —agregó, girándose para ir hacia la biblioteca, mientras se deshacía de su camisa bordó, y se dejaba ver en una musculosa que dejaba ver la musculatura firme de sus brazos.
Newén no respondió. Se aferró al colgante con más fuerza, y su expresión se volvió sombría, atormentada. Respiró hondo, sin quitar sus ojos de la dirección en Barcelona, donde en ese momento estaban sus pensamientos. Ni siquiera, se dio cuenta que Leonardo se había ido.
El tiempo se volvió líquido mientras Newén continuaba inmerso en sus pensamientos. Su cuerpo se sobresaltó al oír un ligero golpeteo que lo obligó a elevar sus ojos e irremediablemente vio el rostro de Viridis, contemplándolo con análisis. Ella se había deshecho de su abrigo, y se veía como otra chica normal de su edad, con un jean entallado y una holgada camiseta rosa pálido. Se adentró en la biblioteca y cerró la puerta tras ella, maravillándose con ese lugar que le transmitía una extraña y cautivante energía melancólica.
El sonido de las botas de Viridis repercutió en cada sitio a medida se acercaba al escritorio, y escudriñó su mirada directamente a la expresión atormentaba de él. Sus ojos se oscurecieron con empatía y suspiró.
— Supongo que ya han leído la carta —murmuró, su voz era melodiosa y hablaba tan hipnóticamente como cuando cantaba.
Newén dio un leve asentimiento, en el momento en que ella se sentó frente a él. Ella se acomodó rápidamente y cruzó sus piernas y brazos, mientras él descargaba su frustración contra su pelo.
— ¿Cuándo te llegó la carta? —inquirió él, en voz baja y suave, casi como un susurro.
— Byron me entregó las cartas ayer —respondió—, y le confirmé que iríamos, sabes que una vez que te llega la invitación no puedes negarte a ella —agregó con una mueca de disgusto.
Él estaba de acuerdo con ella. La Sociedad Fantasma era una organización importante pese a estar escondida entre los tantos secretos de los cazadores, y era prácticamente un negocio familiar del que no podían renegar. Pero eso no era lo que realmente preocupaba a Newén, y Viridis lo sabía. Ella lo conocía demasiado, aún cuando era tan difícil sumergirse en la austeridad y templanza de su personalidad.
— ¿Desde hace cuanto que no vas a tu casa? —preguntó ella, agarrando un bolígrafo y jugando con él.
— Un poco más de cuatro años —respondió melancólicamente, sin soltar el colgante en donde se vislumbraba un zorro, un campo de tierra fértil y un sol naciente.
Ella parpadeó, y asintió silenciosamente, deseando poder deshacerse del ambiente de tristeza que los rodeaba pero la torpeza la gobernaba y prefería hacer las cosas bien. Toda la inexpresividad se quebró, y sonrió suavemente cambiando el ritmo del golpeteo del bolígrafo entre sus dedos.
— Lena es realmente increíble —comentó, cambiando de tema—. Solo me tomó contarle una historia vergonzosa sobre Valquiria para poder ganarme su total confianza, y a partir de ahí, no dejó de hablar un minuto. Incluso me preguntó si era cierto mi romance con Michael Fassbender. Creo que me cae mejor que su hermana —murmuró chispeante.
Newén sonrió a pesar de su mal humor, y la miró con picardía, olvidándose de todo lo que antes lo torturaba.
— ¿Eso es cierto? —inquirió él. Viridis le sonrió y su expresión se lleno de desafío.
— ¿Mi romance con Michael? Quizás —respondió con aire de suficiencia, moviendo su pelo con dramatismo. Newén puso los ojos en blanco pero su sonrisa no desapareció, y eso, ella lo tomó como una pequeña victoria personal—. Y lo de Lena, claro que es verdad, aunque nada se compara a la satisfacción que tengo cada vez que Valquiria se enoja por algo que hago o digo... o cuando no hago nada. Es peor que aquel chico con el que salí un par de veces que se enojaba porque hablaba demasiado y pero que él tampoco hablaba mucho —murmuró. Él afinó los ojos sobre ella con malignidad, y ella rió divertida.
— Ese chico era yo —dijo Newén con indignación.
— Lo sé —comentó Viridis con una sonrisa. Bajó la mirada de los ojos de Newén para observar el reloj en su muñeca, y volvió a mirarlo—. Deberíamos comer, ¿Me ayudas con la comida? Sabes que se me quema todo con facilidad —ensanchó su sonrisa y puso mirada inocente.
Newén fingió meditarlo, pero no había muchas cosas que le hicieran negarse a lo que Viridis le pidiera; así había sido todo desde que se conocían: ella le sonreía y él aceptaba.
— Esta bien —refunfuñó poniéndose de pie y Viridis aplaudió con entusiasmo, dándose prisa para seguirlo.
*****
Jadeos, sonidos del acero chocar y gruñidos resonaban junto a la música que invadía el cuarto de entrenamiento. Leonardo se movía como un leopardo, observando todo y analizándolo para poder plantear el siguiente movimiento. Pese a estar conteniéndose, estaba mostrándose en toda su naturaleza de cazador: provocador, desafiante y meticuloso. Blandía su vara como si se tratase de una extensión de sus manos, mientras luchaba contra Lena que cada vez se volvía más habilidosa.
Una sonrisa juguetona se formó en los labios de Leonardo, luego de que ella lo golpeara en un ataque que él no vio venir. Pero una vez podía sucederlo eso, dos veces jamás. Y al ver que ella intentaba hacer lo mismo, Leonardo se agachó y la vara pasó por encima de su cabeza, cortando el aire y emitiendo un silbido. Lena se quejó por la falta de rapidez, y él aprovechó la distracción para blandir la vara en sus piernas y así desestabilizarla.
En su caída hacia atrás, Lena profirió un grito que alertó a Leonardo. Él estiró su mano con la suficiente rapidez para sostener su mano y evitar la colisión. Ella volvió a su posición, y Leonardo sonrió triunfal, estirando sus manos en señal de victoria mientras imitaba a personas coreando su nombre.
— Von Engels 3- Gonzaga 5 —exclamó dichoso. Lena puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos.
— Eres un presumido —murmuró, dejando su vara sobre el suelo y yendo hacia la pequeña cocina en busca de agua— ¿No es cierto Violet? —inquirió.
— Si, señorita Von Engels —respondió la voz automática, y Lena miró a Leonardo con soberbia y una pícara mueca que lo hizo sonreír.
Limpiando el sudor de su frente, Leonardo sacudió su cabeza y se acercó a la cocina. Dejó la vara sobre la mesa y quedó detenido contemplando a Lena beber aguar y convidarle a él. Ella estaba agotada pero aún así se veía radiante, con el pelo castaño claro trenzado y la mirada brillante.
— Haz mejorar pero debes ser más firme y no repetir el mismo ataque. Ser impredecible —dijo tras tomarse todo el agua del vaso de una sola vez. Estaba más sediento de lo que creía, pero todo fue útil para que el mal humor de antes se esfumara.
Ni siquiera la comida que Lena le había alcanzado para que cenara había apaciguado la sensación oscura y hosca que lo recorría. Aquella carta les había cambiado el panorama de lo que harían de ahora en más, y tendrían que enfrentarse a lo que sea que les deparara el futuro. Tendrían que alejarse de Aage y de Lena, y eso era lo que más le molestaba a Leonardo. No dudaba de que ella fuese capaz de protegerse sola, pero sentía mayor seguridad estando él a su lado.
Lena asintió ante el consejo de Leonardo y lo atesoró en alguna parte de su cerebro. Con un movimiento ágil soltó su pelo y volvió a trenzarlo con ligera maestría. Ella llevaba puertas unas calzas deportivas y una remera holgada, que moldeaba su figura y la hacía ver mayor. Los ojos de Leonardo la recorrieron sutilmente y la incomodidad lo cosquilleó repentinamente. «¿Qué mierda me pasa?» se preguntó, desviando la mirada lejos de Lena y mirando con exagerada curiosidad el reloj que colgaba de la pared.
Era tarde, y no se había dado cuenta cuán rápido transcurrió el tiempo. Parecía que cada vez que estaba con Lena, los minutos se consumían como brasas.
— La carta que recibieron, ¿Es de la Sociedad Fantasma? —inquirió Lena, observándolo con detenimiento. Leonardo se volvió hacia ella, con desconcierto.
Su expresión se arrugó y la oscuridad de sus ojos se hizo aún más profunda.
— ¿Cómo sabes de la Sociedad Fantasma? —preguntó confundido. Una pequeña sonrisa se formó entre los labios de Lena, mientras observaba sus manos.
— Encontré un mensaje bajo mi cama con la leyenda "Vive cum ímpetu animi" y la palabra Eve, que resultó ser la sigla para Ernestina Von Engels, y así terminamos encontrando cosas que nos llevó a Marissa, Therón y a mí, a recurrir a Byron. Él nos contó todo —respondió con un encogimiento de hombros.
Inexpresivo, Leonardo se mantuvo mirándola por unos minutos, hasta que una arrogante sonrisa se formó en sus labios y entornó sus ojos sobre ella.
— Eres increíble; no sé cómo te las ingenias para saber todo. Debe ser por esa apariencia de niña buena y linda que tienes —la apuntó con diversión. Lena percibió sus mejillas enrojecer ante el halago y se volvió torpe cuando quiso verse abatida para poder quejarse. Leonardo sonrió aún más ante su respuesta—. Haz logrado averiguar de qué se trata en menos tiempo del que le llevó a tu hermana —agregó. Lena parpadeó ante aquellas palabras y quedó con el rostro en blanco.
— ¿Valquiria sabe qué es la Sociedad Fantasma? —preguntó.
— Claro, aunque no estaba enterada de todas las cosas —respondió volviéndose sombrío repentinamente—, como una Von Engels y Law forma parte de ella como tu padre y madre lo hicieron —insistió. Lena continuó viéndose confundida y sacudió su cabeza para salir de la estupefacción—. Demonios, ¿acabo de decir algo que no debía? —preguntó Leonardo tapándose la boca con la mano. Se veía temeroso, pero aún así con una pizca de diversión.
— Yo diría que sí —una voz resonó en el cuarto de entrenamiento. Leonardo saltó espantado mientras giró hacia atrás. Tanto él como Lena, vieron a Newén acercarse a ellos con ánimo melancólico, aún más de lo que solía ser.
— Ops —exclamó Leonardo, y miró a Lena con la esperanza de que pudiese ayudarlo de alguna forma.
Newén se acercó a ellos a paso lento, y Leonardo aprovechó para moverse de sitio hasta quedar junto a Lena; como si realmente ella pudiese hacer una diferencia con Newén. Pero Leonardo nunca perdía las esperanzas, y no temía en usar todo tipo de recursos para zafarse de la furia Belisario.
— Ella ya lo sabía, y no por mi —canturreó como si se tratara de un niño echándole a culpa a otro frente a sus padres. Lena le dedicó una mirada de advertencia.
— Byron me lo contó todo —explicó Lena, volviéndose a Newén—. Sé sobre la Sociedad Fantasma y es hora de que sean abiertos conmigo en el tema. Soy una persona grande, y debo adquirir las responsabilidades que me tocan como tal —insistió.
— Tu responsabilidad es estudiar para ser una cazadora —sentenció Newén, levantando su cara adquiriendo altivez y una seriedad que era demasiado incluso para él. Sus palabras sonaron agresivas y cortaron el aire como si se tratasen de un cuchillo.
Lena sintió su corazón sacudirse, y se irguió con seguridad. Percibió a su lado a Leonardo moverse más hacia ella, con postura protectora y mirada de águila sobre su amigo.
— Si, esa es mi responsabilidad y por eso mismo entreno y estudio todos los días, puedes preguntarle a mi tutor si acaso está disconforme con los exámenes que me ha tomado —le retrucó firme.
Newén sonrió sin humor, y eso hizo erizar la piel de Lena, y a Leonardo prepararse para lo que sea que fuese a decir.
— Puedes decir lo que sea sobre eso, pero no lograras convencerme, debes ir a la academia, e iras así tenga que llevarte a la fuerza —amenazó. Lena se tensó, y Leonardo abrió la boca para quejarse, pero Newén levantó su mano para silenciarlo—. No. Ella debe estar allí, es la única forma de que esté segura y permanezca con vida. Estamos en guerra y no se trata de un juego de niños —dijo aumentando el volumen de voz, pero sin dejar de oírse seguro y tranquilo.
— No, no y no —gritó Lena, golpeando con su puño la mesa y la mirada enfurecida sobre él—. Quiero ir con ustedes, es mi responsabilidad. Al igual que mi hermana, yo también pertenezco a la Sociedad Fantasma y sea lo que sea que se diga allí merezco saberlo. Sobre todo si es por ella —explicó.
La respiración de Lena era desigual, con la furia en su mirada, tenía el rostro enrojecido. A diferencia de ella, Newén continuaba viéndose tranquilo y sin una pizca de remordimiento por sus palabras. Leonardo era testigo de una pelea complicada, en donde no sabía cómo actuar, ya que el pacificador solía ser Newén.
El aire era tenso y sombrío, con una puja emocional y mental que se quebraba por nada. Finalmente, Newén miró a Leonardo y con una súplica en sus ojos le dijo:
— Déjanos solos, por favor.
Leonardo dudó y buscó en Lena aceptación. Ella posó su mano en su brazo y con un suave apretón asintió silenciosamente. Aún sin sentirse seguro, decidió irse.
— Si se pone bruto, dale una patada en la rodilla izquierda, es su punto débil —susurró un poco más alto de lo que debía, para que Newén oyera la advertencia en su voz. Lena intentó asentir, y suspiró cuando lo vio alejarse, hasta que finalmente quedó a solas con una faceta de Newén que desconocía.
— ¿Por qué insistes tanto en protegerme? —le preguntó ella, con voz débil.
— Nadie sabe quiénes tienen a Valquiria ni tampoco que quieres, tú puedes ser el próximo objetivo. —respondió. Ella quiso poner los ojos en blanco, pero no tenía el ánimo suficiente.
— Podrían haber llegado a mí en estos 6 meses. Es hora de que salga y busque por mi misma. ¿Acaso no puedes entender? —preguntó con desesperación, que la recorría en lo profundo de su ser.
— Claro que te entiendo —dijo, dando un paso más cerca—, pero intentamos hacer lo que tu hermana haría, no me culpes por intentarlo —siseó, pasando las manos por su pelo, desordenándolo para canalizar el enojo, que era tan desentonante con su comportamiento habitual.
Sus miradas se encontraron; la desesperación y la angustia los rodeaba. Lena se sentía confundida porque podía observar el tormento que poseía.
— Necesitamos... necesito que estés a salvo —dijo tras corregirse, sin quitarle los ojos de encima; poseía la mandíbula apretada y los ojos enrojecidos—. Significas mucho para tu hermana y ella no me lo perdonaría si te pasara algo, y yo tampoco me lo perdonaría, no de nuevo —susurró tomando entre sus manos el colgante y apretándolo.
Lena se sintió confundida, y dudosa, caminó hacia un Newén abatido y torturado.
— ¿Hay algo que yo no sé? —inquirió, temerosa de la respuesta. Newén cerró los ojos y sus manos estaban aferradas a la puerta.
— Lihuén —dijo en voz baja, pero lo suficientemente alto como para que Lena lo escuchara. Había oído ese nombre antes, y según recordaba ese era el nombre de su hermana menor—. Mi hermana siempre se destacó por ser la luz de los ojos de todos, sobre todo los míos. Ella era bonita, fresca y juvenil, como tu —explicó mirándola a los ojos. El corazón de Lena se retorció al ver el dolor en Newén hasta que una palabra resonó en su mente. «Era»
— ¿Ella? —intentó preguntar Lena, sin poder decir las palabras en voz alta.
— Lihuén fue asesinada cuando tenía 16 años —respondió, aferrando a su colgante al que Lena nunca había prestado atención. Era un círculo con la imagen de un zorro frente a un sol naciente y la tierra, y en el centro había una L de Lihuén—. Ella se enamoró de un licántropo de la facción celestial pero quedó en medio de una pelea entre estos y los licántropos oscuros. Yo no estaba ni cerca de ella para poder protegerla —explicó y tras un instante, sonrió tristemente—. Hoy en día tendría 20 años. Quizás ustedes serían amigas; estoy seguro que se hubiesen llevado bien —murmuró acongojado y esforzándose para no llorar a pesar de que sus ojos eran vidriosos.
La fortaleza y el hermetismo Belisario se estaban disolviendo, y se quebró cuando Lena lo abrazó con fuerza por la cintura. Newén cerró los ojos, tensándose hasta aquella muestra de afecto. Él no estaba acostumbrado a eso a pesar de todo el sentimentalismo en el que se había criado.
En el momento en que le habían dicho que su hermana había muerto su corazón se quebró y no volvió a ser lo mismo. Su pequeña y consentida hermana pequeña simplemente había desaparecido, y la única forma de mantenerla con vida en sus recuerdos estaba abrazándolo. Lena le recordaba a Lihuén, o eso prefería creer. Y esa, era la segunda oportunidad que la vida le había dado de hacer las cosas bien, protegiendo a una hermana menor.
— Lo siento mucho —susurró Lena acongojada, y Newén con torpeza le devolvió el abrazo—, pero tengo que ir con ustedes. Así como tú querías proteger a tu hermana, yo quiero proteger a la mía; ya no me queda familia —la voz de ella se quebró y se esforzó para no llorar.
Todo el empeño puesto en hacer que ella desistiera de ir lo había cansado. La entendía completamente pese a no estar de acuerdo, pero decidió darse por vencido de una vez por todas. Su actitud se decayó, volviendo a ser el Newén de siempre: tranquilo y melancólico, sin oscuridad ni amargura.
— Solo debes prometerme que intentarás estar siempre junto a nosotros y si es que te damos alguna orden, las seguirás —le dijo, aún permaneciendo abrazados. Lena sonrió, diciéndose a sí mismo que al menos había que intentarlo.
— Lo prometo —le aseguró.
Newén suspiró profundamente, sacando de su sistema todas las emociones negativas que lo habían gobernado. Lena se alejó de él, y lo vio torpe ante aquel torbellino de sentimentalismo. Él pasó sus manos por su pelo, y sus rulos se alborotaron hacia todas las direcciones.
— Lihuén fue muy afortunada de tenerte como hermano mayor —murmuró Lena, con la mirada brillante. Newén titubeó y sonrió con tristeza.
— Gracias —susurró, mirándose las manos con timidez. De pronto, quedó inmóvil y ladeó su cabeza a un lado para observar de soslayo hacia la puerta del cuarto de entrenamiento—. Viridis y Leonardo, pueden dejar de esconderse, ¡ya está todo arreglado! —elevó su voz para ser oído desde el otro lado.
Lena se movió para contemplar la puerta que se abrió, mostrando a una Viridis y Leonardo que intercambiaban miradas cómplices.
— Ella me obligó —canturreó él. Viridis lo miró venenosamente, y luego se giró hacia Lena y Newén, dedicándoles una sonrisa amistosa.
— Quiero creer que ya son amigos de nuevo, y que Newén va a dejar de comportarse como Valquiria —comentó ella. Lena sonrió, oyendo a Newén gruñir por lo bajo y a Leonardo reír de acuerdo—. No es que hayamos oído algo... porque no lo hicimos, pero, ¿Lena entonces va con nosotros? —inquirió.
— Así es —dijo mirando el reloj en su muñeca—. Es hora de que preparemos todo e intentemos dormir un poco. Mañana va a ser un día largo y quizás complicado —sentenció Newén, y nadie pudo negar que tuviera razón.
Horas más tarde, con el equipaje completo y totalmente decidida, Lena subió al avión que era propiedad de Leonardo, y en el cual no se subía desde hacía un año cuando había viajado a Alemania. Siguió los pasos de Viridis y se sentó en el asiento detrás de ella. Dejó su mochila cerca y se dedicó a observar todo con análisis. Newén entró al avión y se sentó en uno de los asientos al otro lado del pasillo, mientras que Leonardo se tomó su tiempo en revisar todo e ir a la cabina de piloto. Él era quien se veía más entusiasmado, y Lena suponía que se debía a que podría volar su avión.
— Despiértenme cuando lleguemos —exclamó Viridis, acomodándose en el asiento para dormir. Newén asintió silenciosamente y sacó uno de los libros que había llevado para leer. Él miró a Lena para asegurarse que estaba bien, y una vez que ella le sonrió, él se dedicó de lleno a la lectura.
Una mezcla de ansiedad y nervios invadía a Lena al pensar que conocería a los integrantes de la Sociedad Fantasma, pero se dijo a sí misma que tenía que estar tranquila, y para eso, sacó los diarios de su hermana. Llevaba leído más de la mitad de uno de ellos, y allí se encontraban volcados tantos sus pensamientos como conocimientos. Su mente era increíble y complicada, pero al mismo tiempo practica. Ni siquiera los manuales de estudio para la academia daban tantas descripciones e indicaciones acerca de demonios, licántropos, vampiros y otras criaturas; con metodismo, explicaba su comportamiento y todas las técnicas que había usado para doblegarlos y aniquilarlos.
Los diarios de Valquiria eran una fuente de conocimiento mayor de la que creyó.
Lena suspiró al observar el amanecer en Aage, y tomó uno de los diarios antes de que la melancolía la recorriera ponzoñosamente. Se recostó sobre el asiento y notó, con curiosidad, que el diario que había agarrado era distinto a los demás; éste se veía más antiguo, con una tapa de cuero oscuro y extraños dibujos que estaban desteñidos. Lo abrió y en la primera hoja se encontró con una escritura a mano que la leyenda "La tormenta", escrita en alemán y con caligrafía que reconocía como torpe y rápida.
Ojeó las primeras páginas, dándose cuenta que eran las memorias de alguien. Siguió avanzando hasta que se topó con el indicador que habría dejado Valquiria en su intento de leerlo, y allí mismo era donde decía:
«Esta inmunda sociedad en la que vivo, se la da de aristocrática, refinada y pura, pero solo son un grupo de ignorantes que no ven más allá de sus narices.
Pedazos de ingratos, no saben realmente todo lo que cuesta mantenerlos con vida y alejarlos de todas las fuerzas oscuras que quieren llevarlos a la perdición.
Demasiado es el desconsuelo en mi vida. Nací parte de una sociedad sublime pero con la desgracia de no tener el género necesario para ser una más en la legión del gran ángel. Malditas sean las imposiciones de la sociedad, y malditos aquellos que se niegan a tener una mente abierta.
Sueño con un día en que las mujeres seamos iguales a los hombres. Pero mientras tanto, juro que nunca caeré en la vorágine social que estoy obligada a tener por ser una mujer de alta sociedad. Lo juro como que mi nombre es Runa Von Engels, también conocida como La tempestad.»
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