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Capítulo 3: Circulo Cero

Pasos firmes y continuos resonaban en el mármol que cubrían los pisos del ilustre château. Sin esperanza y arrepentimiento, se adentró en aquel bestial emplazamiento. Todo era brillo e iluminación, excepto en los rostros de los inquilinos. Éstos eran pocos, pero los pobres desgraciados eran esclavos de los pecados de su vida. Sus ojos temerosos y recelosos se posaron en su figura, hasta que atravesó el vestíbulo y se encontró en el pasillo rumbo a su habitación.

Tenía muchas emociones encontradas, pero allí, tenía que fingir no sentir nada. Siguió por el camino hasta que se detuvo, y miró con curiosidad la puerta entreabierta de la habitación que simulada ser un estudio. Oyó voces y se acercó para vislumbrar dos figuras que estaban teniendo una desquiciada conversación.

- ¿Es por esto que no te he visto durante todo este tiempo? ¿Por la inmunda bastarda? -inquirió la joven, elevando la voz hasta transformarse en un grito infernal.

- Mis asuntos no son de tu importancia -respondió el hombre, sin elevar la voz, pero aún así se oyó firme y severo.

- ¿No son de mi importancia? ¿En serio? Déjame aclararte que me has incluido en la mayoría de tus planes. Me prometiste que te desharías de ella si yo me deshacía de su hermana. Me has mentido Mith -Merari golpeó con fuerza el escritorio, lo que ocasionó que él se pusiera de pie. Le dedicó una mirada venenosa, y su rostro se volvió una fría mascara de crueldad, que se desvaneció al ver la presencia de Valquiria en la puerta.

- ¿Qué haces aquí? -inquirió él, pero pese al enojo, su voz sonó amable.

Valquiria ladeó la cabeza, y abrió más la puerta para hacer acto de presencia. Sus gélidos ojos se posaron en Merari, grises y con un juramento de venganza latente. Luego volvió a mirar a Mith y se encogió de hombros.

- ¿En que otro lugar podría estar? -respondió, acercándose a ellos.

Los ojos rojos sanguinarios de Merari la recorrieron de arriba hacia abajo. La repulsión y el odio hacían ebullición en su mirada. Ella era hermosa y letal, un poderoso ángel de muerte y venganza que se sentía amenazada por una cazadora. Pensar en eso, hizo sonreír a Valquiria. Merari luchó para que su rostro siguiera viéndose delicado y esbelto, porque su apariencia lo era todo. Se volteó dramáticamente hacia Mith, y tras darle una mirada de caprichosa furia desapareció.

- Tu novia está loca; cualquier psicólogo o psiquiatra lo confirmaría -sentenció Valquiria, sonriendo mientras se sentaba en el sitio que antes ocupaba Merari.

- Ella no es mi novia -renegó Mith, deshaciéndose del mal humor y retomando su lugar del otro lado del escritorio.

- Oh... -Valquiria abrió su boca, fingiendo verse abatida-. ¿Y cómo se supone que los ángeles y demonios cortan sus relaciones? ¿También usan lo de "tenemos que hablar"? ¿O porque uno se fue al infierno se debe entender que todo se termina? -preguntó.

El azul hielo de los ojos de Mith brilló, y pese a que quiso verse fastidiado, Valquiria supo que aquello le hacía gracia. Ambos mantuvieron sus miradas firmes en el otro, hasta que él pispió el cielo nocturno que la ventana dejaba ver.

- Volviste a ver a tu hermana -murmuró él. Aquello no era una pregunta. Era una verdad, a la que ella no podía escapar.

- Hoy es su cumpleaños -comentó, su voz tenía matices de nostalgia. Jugaba con el anillo en su dedo, recordando la mirada de su hermana al recibir el suyo propio. La alegría y la congoja se removían en los grises ojos que antes eran tan vivaces.

Un sentimiento de amargo reproche la recorrió pulsátil y venenosamente

- Ella estará bien -dijo Mith, y Valquiria asintió.

Sabía que su hermana estaría bien, pero eso sería siempre y cuando, ella se encontrara junto a Mith. La realidad enfrío sus emociones. Suspiró pesadamente, y peinó su pelo hacia un lado para posar sus ojos firmes en él. Mith exudaba elegancia y poder, y poseía una belleza surrealista.

- ¿Y qué hay de nuevo? -Preguntó Valquiria, acomodándose en la silla-. Hace seis meses que estoy en este sitio, y aún no he conocido a mi abuelo -murmuró con ironía. La mirada de Mith se oscureció, adoptando una postura más erguida.

- Él aún no confía completamente en que estas de nuestro lado -respondió Mith. Valquiria esbozó una pequeña sonrisa, y sus gestos tomaron un aire soberbio.

- Si, el primer caído es un sujeto muy justo y leal -ella puso los ojos en blanco. Mith suspiró, poniéndose de pie para deambular libremente por la habitación.

- El tiempo en este sitio te ha ayudado a usar tus nuevas habilidades, pero hay que esperar -dijo Mith-. Él ha aguardado demasiado a tu llegada, y no va a permitir que todo salga mal por apresurarnos -agregó.

Valquiria retuvo el deseo de gritar, posando su cabeza sobre el respaldar y dando suaves golpes sobre la robusta mesa de madera.

- Y que salgas de este sitio a tu antojo para hacer vaya a saber qué cosa, tampoco ayuda -Mith se acercó a ella, arrinconándola cuidadosamente. Sus miradas se mantuvieron firmes en el otro; intercambiando arrogancia, autoridad y desafío. Valquiria sonrió con diversión.

- Ahora entiendo que es lo que tanto enloqueció a Merari... -susurró ella, provocativamente. Mith se alejó repentinamente y volvió a retomar la caminaba por el estudio.

Él comenzó mover sus dedos sobre teclas invisibles, e instantáneamente se oía el suave sonido de un piano en el ambiente. Valquiria mantuvo la sonrisa condescendiente. Entre las cosas que había aprendido en su tiempo allí, era que cuando Mith se sentía frustrado o necesitaba pensar iniciaba una agradable sinfonía que se expandía por todo aquel château.

Estaban sucediendo muchas cosas, tanto en la tierra, como en el cielo y el infierno. Y aunque no estaba completamente segura, tenía una vaga idea acerca de cómo estaban encaminadas las cosas.

Valquiria desvió la mirada del ángel caído para observar el falso ocaso en el exterior. Y se engaño a sí misma, imaginándose que estaba en su estudio, cuando en realidad se encontraba en algún sitio entre la tierra y el infierno.

- Necesito que los próximos días acates mis recomendaciones -murmuró Mith, sin mirarla, y Valquiria puso los ojos en blanco-. Deja de visitar a tu hermana, y aléjate de todos los cazadores o de cualquier ángel que puedas llegar a cruzar. Y si es posible, no salgas de este sitio -agregó.

Ella elevó las cejas y abrió la boca para quejarse, pero él se giró y la miró severamente con aquellos ojos azules como el hielo, y los cuales podía llegar a matar o enloquecer a cualquier mente.

- ¿Por qué mejor no me llevas contigo y me dejas en el noveno circulo del infierno para que me pudra entre los traidores? -siseó con enojo. Sus ojos brillaron y por un breve instante se volvieron dorados.

Mith apretó su mandíbula y cerró los ojos, antes de negar y volver a su asiento.

- Me iré por unos días y tú te quedarás aquí, obedeciéndome. No se habla más -sentenció, presionando su mano sobre la mesa. Valquiria ahogó la rabia que la consumía internamente junto con el frenesí de lo incierto.

- Como digas -susurró poniéndose de pie, y caminando hacia la puerta-, y buen viaje -agregó, chasqueando los dedos. El sonido del piano se deshizo, y se reemplazó por la energizante canción de AC/DC, Highway to the hell.

Valquiria sonrió para sí misma, mientras Mith permaneció contemplándola con cierto aire de confusión, prestando atención a la letra de la canción. Ella volvió hacia el camino para dirigirse a su habitación, con la mente en lo que haría durante esos próximos días. «Él no habló nada acerca de humanos» pensó de repente.

***

Pese a que lo intentó, no aguantó mucho tiempo sin poder descubrir que era lo que guardaba aquella llave. Cuando tuvo la oportunidad, en el momento en que todos se encontraban durmiendo, ella se escabullo de su habitación y se escurrió hasta la biblioteca.

La oscuridad se resquebrajaba suavemente donde las luces del exterior se filtraban tenuemente a través de las cortinas. Los ojos se Lena estaban amoldado a la poca visión, y no fue difícil llegar hasta el gran escritorio que ocupaba el eje central de la habitación.

Se sentó en la maciza silla de madera oscura y tapizado rojo vinoso. Recorrió con sus manos la textura de la silla y respiró hondo, antes de sacar del collar de esmeralda la llave que se había encontrado. Ésta era pequeña y antigua, casi oxidada, con un pequeño dibujo de un león alado en cada uno de sus lados. Insertó la llave en el cajón que tantas veces había intentado abrir, pero nunca había dado resultado. Sin embargo, esta vez abrió con rapidez.

Un suave clic se oyó y Lena abrió el cajón amplió con una serie de cuadernos, libros y objetos viejos. Cuidadosamente, sacó uno de los cuadernos de muchas hojas, tapa dura y de cuero negro. Acarició la tapa con la curiosidad cosquilleando su piel, y al abrirlo se encontró con la letra de Valquiria. «Este diario pertenece a Valquiria Von Engels. Si estás leyendo esto, probablemente estoy muerta... o quizás seas tú quien muera por meterse en mis cosas.» Lena sonrió ante la aclaración escrita, y no sabía porque, pero sentía que aquella amenaza podía llegar a dirigirse a alguien como Leonardo.

Avanzó a través de las hojas, los capítulos y el texto, encontrándose con una especie de diario de vivencias kamikazes, con anotaciones de las criaturas que cazaba, y otro poco de pensamientos personales que la sorprendieron. Su hermana era una persona atormentada y perfeccionista, pero también frágil. Y aunque pudiese haberlo notado en su forma de ser y como se comportaba, era allí donde podía confirmarlo, en sus pensamientos.

[...] Hoy es un día extraño. Byron me citó para hablar conmigo y me ha dicho que me han concedido el permiso para vivir fuera de este infierno. Sin embargo, no estoy tan entusiasmada como creí que lo estaría. Llevo esperando este momento doce años, y lo único que pude responder fue: okey.

¿Qué clase de persona lunática festeja lo que tanto espero con un okey?

Tengo una mezcla de cosas extrañas adentro que las personas suelen llamar sentimientos. Ellos me odian como yo los odio a ellos, y se confabulan para hacerme dudar, o por lo menos yo creo que es dudar.

Soy una Von Engels, no puedo dudar, no puedo llorar, no puedo gritar ni quejarme, no siento dolor, tampoco puedo ver a los ojos a mis superiores y mucho menos dirigirme a ellos con algo que no sea respeto. Esa es la mierda que Jules insertó en mi cerebro y no puedo sacarla.

Ahora bien. Mañana me voy del purgatorio hacia el lugar donde vivía cuando era "normal" y donde mis padres murieron. Que gratos recuerdos. También voy a volver a ver todas esas personas que dijeron mierda de mí y de mi familia, al igual que a quien se hace llamar abuela, y a mi hermana.

Lena debe tener 15 años, y no creo que sepa quién soy. Maldición. ¿Cómo rayos voy a hacer para presentarme ante una niña humana siendo lo que soy? ¿Qué es lo que sabe de mí? ¿Qué va a pensar cuando me vea? ¿Seré una extraña? ¿Y si no le agrado? ¿Y si no me agrada?

Esto apesta.

¿Qué demonios es lo que me sucede? ¿Cómo puedo hacer tantas preguntas sin respuesta? ¿Voy a extrañar la academia?

Bueno, la última pregunta no estoy segura si quiero responderla. Y de todo esto, solo sé que me llevó conmigo a Newén y a Leonardo. No sé si es algo bueno, o algo malo. Ellos estarán allí, molestando, y ayudándome a comportar como una hermana mayor. Maldición, esto va a ser más duro que intentar matar un ciclope [...]

Lena sonrió al terminar de leer ese fragmento. Sus ojos estaban brillosos y sentía en su interior, algo parecido a la esperanza. Y no era otra, que la esperanza de saber que su hermana no estaba tan perdida como todos creían. No era un monstruo desalmado, sin sentimientos ni conciencia. Lo único que hacía falta, era ayudarla a que aprenda cómo salir de aquella oscuridad.

***

El caos se alzaba en medio de la oscuridad reinante. Ráfagas de luz, producto del fuego cruzado entre las líneas enemigas, iluminaban intermitentemente el escenario. El aumento, en los últimos meses, de las legiones oscuras en todo el mundo cobraba mayor ferocidad en cada nueva ola de ataques. Ya nadie estaba a salvo; pequeñas y grandes ciudades intentaban ser capturadas por cientos de criaturas monstruosas solo para que los ángeles caídos pudiesen vanagloriarse de ello. El sufrimiento y horror de las personas los sumergía en la vorágine del desconcierto y la duda de no saber a qué se debía el repentino descontrol en sus vidas. Los humanos temían sufrir físicamente, pero era su mente el verdadero objetivo y el manjar de los caídos.

Los cazadores se habían visto obligados a elevar las defensas de las ciudades y los humanos. Cada vez más cazadores eran enviados, de distintas regiones, hacia los puntos de caos. Las academias se encontraban en alerta naranja, y eso significaba que los estudiantes con más condiciones eran enviados a misiones junto a cazadores ya egresados. Y pese a la renuencia de pedir ayuda a otras razas hermanadas en la comunidad, podía ser posible que ese momento no tardase en llegar.

- ¡Derecha! -gritó Neryan, elevando su voz para que sus compañeros pudiesen oírlo mientras disparaba contra un enemigo. Su hermano Demyan derribó a su oponente blandiendo su espada en su pecho y se volteó para ver al monstruo que se acercaba por ese lado; un ser amorfo que parecía haber sido un humano hasta poco tiempo.

El horror y el asco se cernieron en el rostro de Demyan. Sus ojos se oscurecieron y sin dudar apuntó hacia aquella cosa que se acercaba con más velocidad. Dudó por un momento, sosteniendo con fuerza la espada y el cuerpo tenso. Parpadeó y respiró hondo; llevaban un tiempo luchando junto a los cazadores pero aún costaba habituarse, tal como ellos, a la idea de que esos seres ya no eran humanos.

- ¿Qué haces que no lo atacas? -preguntó impacientemente Neryan, acercándose a él, y quedando espalda con espalda.

Demyan torció sus labios en una mueca de disgusto, y bloqueando todos sus pensamientos, guardó su espada para utilizar el arco que descansaba en su espalda. Aquella criatura gritó agonizando a medida numerosas flechas lo penetraban mortalmente, hasta que Neryan le disparo en la cabeza, otorgándole la muerte.

- ¿Qué mierda te sucede? -le preguntó Neryan, observándolo con el juicio en la mirada igual de celeste que la de él.

Ambos eran muy parecidos físicamente, aunque Neryan poseía un físico más ancho y formado, y Demyan era más alto y estilizado; el cabello de Neryan era rubio como el trigo, y el de Demyan era un tono más oscuro; y mientras los rasgos de Neryan sobresalían con rudeza, los de Demyan lo hacían con gracia. Además de su físico, diferían en su personalidad; mientras uno era más conciliativo, el otro era más iracundo.

Esas diferencias le habían valido los sobrenombres que les otorgaron entre los integrantes del escuadrón de sombras: la fiera y el gladiador. Algo que realmente ayudaban a quien no sabían diferenciarlos entre ellos o se confundían los nombres.

- Nada -respondió, austeramente, Demyan prefiriendo deshacerse de los demás atacantes en vez de tener otra discusión con su hermano. Apuntó con su arco a otro sector y continuó disparando.

- Deja de pensar en tu noviecita, lo único que has hecho desde que se fue, es suspirar como un idiota -se quejó Neryan, con la expresión oscurecida, tras contemplarlo por unos segundos, antes de continuar defendiéndose y dando órdenes a los demás.

Aquel grupo perteneciente al escuadrón de sombras, se encontraba en uno de los puntos más atacados de Londres. Y a diferencia de otras veces, habían sido llamados rápidamente cuando los ataques comenzaron. Al parecer, tener a Víctor Law como aliado, significaba más de lo que creían en su lucha por querer imponer que los humanos podían cuidar de ellos mismos.

Demyan lo miró de reojo y gruñó molesto. Odiaba a su hermano comportándose como un cretino sin corazón. Él no tenía ninguna clase de relación con Valquiria, y no pensaba tenerla. Lo único que sentía por ella era curiosidad y una extraña necesidad de comprender su comportamiento, además de interés por saber el motivo de su huida. Nada más. No entendía porque nadie podía comprenderlo.

«Y no estoy suspirando por ella como un idiota» se dijo a sí mismo, recelosamente.

- Gladiador, te necesitamos un poco más al sur de donde estas -oyó la voz de Sid en su oído. Demyan se detuvo para acomodarse el auricular y escuchar las indicaciones de aquel sujeto que hacía seis meses había estado a punto de morir y que Valquiria había salvado.

Aún nadie podía comprender como era posible que su recuperación se hubiese dado de forma tan exitosa y rápida, aunque Demyan tenía algunas teorías. Una de ellas y la que sonaba más factible, era que la sangre de cazador tenía más propiedades que la de los humanos. Lo que no recordaba con certeza era si la sangre había sido de Valquiria o de Leonardo, la que habían transfundido. «No creo que haya alguna diferencia» se dijo Demyan. Lo único que sabía con seguridad era que Sid estaba en mejor estado que todos los demás.

- Estoy en camino -respondió Demyan, y tras darle aviso a su hermano, comenzó a correr.

Se deshizo de algunos enemigos y se trepó a un árbol para ver cuánto daño había en la zona. Fue de rama en rama hasta que se bajó y acortó el tramo que lo separaba de un gigante de piel morena y cabeza rapada.

- ¿Qué sucede? -preguntó a Sid, chocando sus manos y poniéndose en guardia. Los ojos negros de Sid flamearon con ira hacia el monstruo ubicado a un lado de ellos, al que varios de ellos estaban atacando.

- No podemos matarlo -respondió con pesar. La expresión de Demyan se arrugó y giró hacia el monstruo alto y alargado, deforme y de piel amarillenta que daba manotazos a diestra y siniestra.

- ¿Cabeza, corazón, pecho? ¿Nada? -preguntó.

- Nop, incluso recurrimos allá abajo -dijo señalando a su propia entrepierna con un gesto de dolor.

- Ouch -murmuró Demyan. Miró alrededor, viendo que no había más atacantes que ese monstruo, y que los pocos luchadores que habían quedado estaban ocupados en la bestia. «Hay que desmembrarlo y quemarlo» dijo la voz de su conciencia, que sonó extrañamente diferente a lo habitual.

Demyan se tensó y volvió a mirar a su alrededor, quizás a la espera de que hubiese alguien más que dijo eso. Pero allí no había nadie. Dudó acerca de aquella idea, pero no parecía ser una mala opción. «Desmembrar y quemar» volvió a insistir su mente, sonando más autoritaria que nunca.

- Hay que desmembrarlo y quemarlo -ordenó Demyan y recibió una extraña mirada de Sid, que pese a parecer renuente con la idea, lo acompañó hacia el último ataque.

Entre los demás miembros del escuadrón, se encontraba Amelia, o Amy como era llamada por todos, con su característico pelo rojo atado con una coleta. Ella era uno de los pocos miembros femeninos que había en el escuadrón. En cuanto ellos se acercaron, ella se lo observó con duda pero abierta a cualquier opción que fuese posible.

- ¿Es eso posible? -pensó arrugando su entrecejo. Demyan se encogió de hombros, sabiendo que era la única opción que les quedaba por probar.

Así que los tres se prepararon, y les dieron la orden a los demás para coordinar el ataque. Y cuando Demyan contó hasta tres, todos atacaron. Entre treinta y cuarenta minutos tardaron en separar cada miembro del demonio, y cuando quedaron sus partes, las cuales algunas aún se movía, varios se encargaron de dispersarlas para quemarlas lejos de la naturaleza y las casas.

- Por hoy esto ha terminado -sentenció Neryan, acercándose a sus compañeros que descansaban en el suelo, rodeados de cuerpos, sangre y asquerosos fluidos.

- ¿Cuántas bajas hubo? -preguntó Demyan, aunque no quería oír la respuesta; le resultaba doloroso estar consciente de los integrantes que ya no estarían con ellos.

- Muchas, entre ellos tu prima -respondió mirando a Amy con tristeza. Ella ahogó un grito de dolor entre sus manos, y se encogió sobre sí misma, viéndose más pequeña de lo que era. Sus ojos verdes se volvieron líquido, y comenzó a llorar desconsoladamente.

Los hermanos Archibald de miraron con melancolía, y aliviados de saber que el otro aún seguía vivo. Haber llegado al mundo al mismo tiempo, hacia que su relación fuese aún más cercana. El consuelo llegó en forma de palabras hacia Amy, y solo Sid fue quien se animó a abrazarla para que su pesar fuese un poco menor. «La guerra es así» escuchó Demyan en su mente, y su cuerpo se irguió con peligrosidad.

Un escalofrío le tensó la espalda y le erizó el pelo. Sus ojos sondearon todo sigilosamente, y regalándole un momento de privacidad a Amy, él aprovechó a deambular por la zona que había quedado devastada por el caos. Entre todo eso, veía a los cazadores y humanos tratar con las consecuencia de aquella lucha, sumidos en un estado de letargo.

Poco a poco y sin darse cuenta, Demyan se fue alejando más de todo eso, hasta que llegó a lo que hasta hacía unas horas había sido el hogar de una familia, y ahora eran ruinas.

- ¿Me estabas buscando? -escuchó aquella voz que hacía meses no oía pero que, sin embargo, no olvidaba. Se volteó hacia un lado, y vio a Valquiria apoyada sobre una de las paredes que aún se mantenían en pie.

Se veía igual que la última vez que la vio, hermosa y atormentada. Vestía de negro, y un saco que llegaba casi hasta el suelo. Su pelo largo estaba suelo, del color del caramelo aunque con tintes más cobrizos, y sus ojos eran plateados y serenos.

- ¿Qué haces aquí? -preguntó confundido, aún sin saber si aquello era una alucinación.

Demyan se acercó lentamente a ella, temiendo ser rechazado y que ella huyera como la última vez que la vio. Pero Valquiria se mantuvo ahí, observándolo analíticamente con expresión pétrea. Un aura de amenaza y diversión jugaba a su alrededor, y al estar frente a ella, Demyan tuvo la necesidad de tocar su pelo para estar segura que era real.

- No abuses de tu confianza -se quejó ella, cuando él dejó su pelo y estaba a punto de tocar su mejilla.

- ¿Estoy muerto y fui al cielo? -preguntó, ladeando su cabeza. Valquiria puso los ojos en blanco y sonrió.

- No estás muerto, y si lo estuvieses no me encontrarías en el cielo -respondió ella sombríamente.

Él quedó detenido observándola, y ella se veía tranquila siendo vista de aquel modo, que a otra persona perturbaría. Tantas preguntas se habían formulado cuando ella se fue, y otras más se formaron cuando un día recibió la llamada de Newén para que pudiese ayudarlo. Ni quisiera ellos sabían que había ocurrido, y por lo que sabía, se levantó un alerta en caso de que alguien la viera o tuviese información. Pero ella prácticamente, se había esfumado de la faz de la tierra.

- ¿Todo este tiempo has estado en Londres? -preguntó Demyan. Ella negó, sin palabras- ¿Y dónde estás? -volvió a preguntar. Una sonrisa de diversión se formó en sus labios, aunque sus ojos se veían oscuros como un cielo tormentoso.

- En el infierno -respondió ella. Demyan suspiró, cansado de las incógnitas, y con ganas de respuestas certeras-. No puedo responder a la totalidad de tus preguntas, porque eso te pondría en peligro -comentó ella. La expresión de él se volvió burlona pero al mismo tiempo dudosa.

«Por lo menos sé que se preocupa por alguien que no sea ella misma» pensó él. «Si no me preocupara por los demás, no estaría en mi situación» murmuró aquella voz en su mente que antes le había hablado. Demyan se erizó como un gato y notó como la mirada de Valquiria era soberbia y desdeñosa.

- Eras tú... -murmuró inaudito señalándola como un bicho raro, y luego apuntó a su mente hasta que Valquiria asintió con solemnidad- ¿Cómo?

- Si te lo digo, debo matarte y no serías de utilidad -comentó, y luego se encogió de hombros-, aunque quizás más adelante podría -agregó con aburrimiento. Demyan entrecerró los ojos con impaciencia.

- ¿Y se puede saber cuál es tu situación? -inquirió, irguiendo su postura para verse más seguro. Ella pareció meditarlo un momento.

- Hipotéticamente, la situación sería algo así como: he traicionado todas mis creencias y valores morales, cambiando de bando, para que otra persona no sufriera las consecuencias que hoy estoy pasando yo -dijo-. Pero como te dije: todo es hipotético.

- Ajá -asintió Demyan, cruzándose de brazo y adquiriendo una postura casi altanera-. Y en toda esta hipotética situación, ¿Cuál es mi papel? -preguntó señalándose a sí mismo, juguetonamente.

- Digamos que tu hipotético papel es ser mi espía entre los kamikazes -respondió.

- ¿Por qué? -Demyan se vio completamente confundido por aquella propuesta- ¿Por qué necesitas un espía? ¿Por qué yo?

- ¿Alguna vez te han dicho que haces muchas preguntas? -preguntó impaciente, y él la miró con enfado. Valquiria resopló-. Eres lo más cercano a alguien de confianza que tengo fuera de la comunidad kamikaze, y solo quiero hacerlo porque necesito saber que esperar de los cazadores -respondió. Los ojos de Demyan se iluminaron y sonrió de lado; una sonrisa tranquila y divertida. Ella lo vio y comenzó a negar, mostrándose arisca.

- Con que alguien de confianza ¿eh? -canturreó Demyan.

- ¿En serio? ¿Solo esa parte te pareció remotamente importante? -preguntó ella. Él suspiró pesadamente, volviendo a la seriedad.

- Eres realmente una persona difícil de tratar -comentó él, meneando su cabeza-. ¿Y qué vas a hacer con la información que obtenga? Porque me acabas de decir que has cambiado de bando, así que en teoría seriamos enemigos -dijo.

- Haré lo que sea necesario para salvar a mi hermana -respondió firme y autoritaria, volviéndose peligrosamente inestable.

Demyan cerró los ojos, aspiro el aire que los rodeaba y pensó seriamente aquella propuesta. Una parte de él le advertía que corriera muy rápido lejos de ella y todo eso, y otra parte, pequeña pero fuerte, quería ayudarle. Había prometido a Newén que los ayudaría, ¿y porque no podía ayudar a Valquiria también? Si estaba recurriendo a él, era porque realmente necesitaba su apoyo y dejaría de estar sola en su lucha.

Algún día se arrepentiría, lo sabía, pero aún así, tomó coraje y abrió los ojos. Sintiéndose impactado una vez más por la belleza ella, y la fuerza torrencial que emitían sus ojos.

- Voy a ayudarte -respondió finalmente. Ella asintió, y aunque por fuera pareció no sentir nada, en su interior sintió una pequeña victoria personal.

- Demyan, ¿Con quién hablas? -escuchó la voz de Neryan, y se giró con brusquedad ante aquel arrebato de privacidad.

- Yo -comenzó a decir dudoso, posando sus ojos en el sitio donde Valquiria había estado pero ahora era un sitio vacio. «Santo infierno» pensó sintiéndose completamente loco, al imaginar que todo lo que había vivido era solo una alucinación-... solo pensaba en voz alta -respondió con duda. Su hermano no se vio muy convencido, pero sin embargo no preguntó más nada.

- Estamos yéndonos -le advirtió. Con torpeza, Demyan se alejó de la pared, y siguió a su hermano, con la sensación hormigueando de la inseguridad. «¿Estoy loco?» se preguntó.

«No, no lo estás» susurró Valquiria en su mente, y pudo reconocer unas notas de diversión en su tono. Demyan se frenó por unos segundos sintiendo la piel erizada, pero con la seguridad de saber que había sido real. Sonrió ante lo absurdo que era todo, e intentó que su hermano no lo notara. Vaya locura era en la que se había metido.

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