Capítulo 28. Legado
Llevaba tanto tiempo ordenando y limpiando que sentía que había pasado una eternidad. Desde el momento en que se levantó, Lena los había obligado trabajar y nadie podía quedarse con los brazos cruzados. Valquiria dudó si podía haber muerto de nuevo, pero no. Oía la voz desafinada de Leonardo, cantando desde el vestíbulo con la música a todo volumen. Y deseaba que si acaso el día de su muerte llegara, no estuviese Leo arruinando la música de David Bowie.
Caminando por el pasillo, Newén pasó delante de la puerta de la biblioteca y le dedicó una expresión de terror. Él compartía el mismo pensamiento que ella. David no había pasado tanto tiempo creando arte con su música para que Leonardo lo derribara en pocas estrofas. ¿Pero qué podían hacer con él cuando ya habían tratado de domesticarlo? La risa de Lena les indicaba que ella estaba disfrutándolo, y probablemente estuviesen ambos bailando ridículamente mientras limpiaban.
Podía apostar cualquier cosa...
Valquiria sonrió para sí misma y continuó ordenando los libros de su biblioteca hasta que un repentino cosquilleo la recorrió transformándose en un mal presentimiento que la estremeció. Miró a su alrededor con precaución en busca de algún enemigo, pero allí no había nadie más. «¿Qué demonios sucede?» se preguntó, sintiéndose inestable frente a ese extraño sentimiento. Sin previo aviso, Valquiria se vio trasportada hacia otro sitio. Muy lejos de su hogar.
— Buenos Aires, Argentina —le dijeron antes de que tuviese oportunidad para formular la pregunta en su mente. La tranquilidad llegó al oír a su ángel, y se volteó hacia él con suspicacia. Eterno y hermoso, Caleb le sonrió; vestía un jean, remera lisa y la chaqueta de cuero que le otorgaban un aspecto de rebeldía—. Aquí es donde vive tu protegida, Nina Mendizábal —le explicó.
— Y ella está en peligro —afirmó ella con certeza, evaluando lo que la rodeaba.
— Nina no es un simple humano, sino un Aretai aunque no uno cualquiera. No tiene idea de su naturaleza, solo piensa que es un bicho raro —le dijo mientras Valquiria posaba sus ojos en la vasta flora de aquel parque—. Ya lograrás conocerla, pero tiende a ser un tanto inestable —le advirtió, y tras la expresión sombría de Valquiria, él le sonrió—. Nadie dijo que sería sencillo cuidarla.
— Sí, tendría que habérmelo imaginado —comentó con sagacidad, volviendo sus ojos hacia el parque.
En un solitario rincón, vislumbró la figura menuda de lo que parecía una niña. Aunque tras observarla, se dio cuenta que tendría la edad de Lena o quizás más, pero no lo aparentaba. Su cabello castaño brillaba con tintes rojos cobrizos, y sus grandes ojos castaños no se alejaban de sus manos. A pesar de que en un primer momento, creyó que leía, identificó pequeñas chispas de fuego recorriendo sus manos. Sin dañarla ni asustarla.
— Ella debería tener más cuidado sobre los lugares en donde juega con fuego —se quejó Valquiria, volteándose hacia Caleb pero él ya no estaba a su lado. Suspiró con resignación, ocultándose entre los inmensos árboles para analizar a la persona que debería cuidar por el resto de su existencia.
Nina se veía como una persona solitaria, y extraña en su propio cuerpo. La curiosidad resaltaba en sus ojos turbios, y un extraño sonido la sacó de la hipnosis de sus manos. Valquiria permaneció atenta a ella, invisible al ojo humano, hasta que vio algo que antes no. El castaño de sus ojos se habían esfumado y el color rojo como el fuego brillaban en sus irises inhumanamente.
Parpadeando, no pudo evitar comparar sus ojos con los de Merari. Pero aquel ángel era siniestro y su mirada era una promesa de sangre. En cambio, los ojos de aquella chica eran gentiles a pesar de la desconfianza, y la vida del fuego brillaba en ellos. Nina ocultó su rostro en una capucha y se levantó apresuradamente para alejarse de allí.
Valquiria estaba a punto de seguirla cuando el suave eco de una voz la obligó a detenerse. Entre los árboles, encontró a un chico de mediana complexión, espiando a Nina con sutileza. Él se encontraba solo pero hablaba con alguien por teléfono.
— Creo que he encontrado al tercer elemento —susurró en inglés, sin quitar sus ojos de Nina y moviéndose para seguirla—. Hay que confirmarlo, pero si es ella, hay que capturarla con mucho cuidado —agregó.
«¿Tercer elemento? ¿Capturarla?» Nada de esa conversación le agradó, y Valquiria se movió directamente hacia él. Se deshizo de su teléfono, rompiéndolo contra un árbol y lo arrastró lejos de allí donde Nina no fuese capaz de oírlos.
— ¿Quién eres y qué quieres con ella? —le preguntó, inmovilizándolo. Él intentó liberarse pero ella lo sostuvo con más fuerza.
— Nadie que te importe. Suéltame loca —exclamó, moviéndose inquietamente. Ella posó su mano sobre su cuello para exigirle una respuesta—. Solo me enviaron a investigar —respondió casi sin voz. Valquiria deseaba sacarle más respuestas pero él se movió una vez más y desapareció escurridizamente entre sus manos.
— Creador de dimensiones —explicó Caleb, materializándose tras ella. Ella golpeó el árbol con enojo, sintiéndose frustrada por dejarlo escapar y no le importó las heridas que podría haberse infligido.
— Oh, veo que has vuelto —comentó dedicándole a Caleb una mirada venenosa.
— Debes aprender por ti misma, yo solo soy un guía —Caleb se encogió de hombros ligeramente. Ella frotó sus ojos con impotencia y decidió no dejarse llevar por sus emociones. Al fin y al cabo, ella estaba a salvo por ahora.
Solo por ahora.
A Valquiria le incomodaba la sensación de incógnitas alrededor de Nina, pero sabía que tenía mucho tiempo por delante para develarlas.
— Vamos Valquiria, hay una fiesta que preparar —canturreó Caleb, sonriéndole suavemente. Ella suspiró melancólicamente y aceptó la mano que él le tendía, para volver a su casa...
El cielo era un manto de oscuridad iluminado tenuemente por las estrellas que se infiltraban en el firmamento y que las luces de la ciudad dejaban ver. El viento era un suave susurro húmedo que se filtraba bajo la piel como un cosquilleo. La casona se veía imponente bajo las luces que se proyectaban hacia la fachada; siniestra y magnánima. La oscuridad de su exterior se contradecía con la luz del interior, donde todo era vida.
Las voces y la música recorrían el vestíbulo, la cocina, el comedor y el patio trasero. Hacía tiempo que la casona Von Engels no recibía visitas de aquel tipo; nada de invitados desconocidos que solo asistían para crear lazos sociales. No, allí había lazos forzados tras años de lucha, lealtad y sinceridad. Eran familia, a pesar de las diferencias de nacionalidad, género y color. Y todos festejaban el inicio de una era.
Los más inquietos bailaban en el vestíbulo con ánimo festivo para olvidarse de todo. Mientras que los más serios se encontraban en el comedor, sin poder evitar conversar sobre el trabajo. Los que poseían una personalidad entre ambos polos, preferían recorrer cada sitio conversando y riendo.
Desde el segundo piso, Valquiria contemplaba todo con su mirada de águila. Serena y analítica, reflexionaba sobre los cambios y evolución en su vida. No recordaba cuándo había sido la última vez que tuvo un cumpleaños de aquel tipo: rodeada de personas que le tenían cariño en medio de un ambiente alegre. Tenía la seguridad que ese tipo de festejo se realizaron cuando sus padres vivían, pero una vez ellos dejaron de estar con ella, sus cumpleaños eran solitarios. Solo Newén y Leonardo estaban a su lado. Byron le gustaba sorprenderla con algo que le ablandara el corazón, y Augusta enviaba regalos que ella tiraba a la basura sin siquiera ver.
fría, tormentosa y oscura. Así era su vida. Una vida que intentaba dejar atrás.
Cerró los ojos y respiró hondo, hundiéndose en las emociones que le erizaban la piel y a las que intentaba acostumbrarse sin que le repeliera. La gracia y la elegancia se entremezclaban con la serenidad de su actitud. Llevaba un vestido corto, rojo carmesí, con cuello cerrado y ajustado en su cintura. Su cabello estaba recogido en un moño y apenas llevaba maquillaje. Y por más que llevase todo eso, no necesitaba mucho para que aquella belleza sutil y fría llamase la atención.
Un hormigueo en su columna la recorrió y abrió los ojos lentamente, volviendo a contemplar el vestíbulo. En medio de aquel críptico lugar, se encontraba Lena junto a sus amigos. El vestido azul que usaba resaltaba su piel y su cabello castaño claro. La felicidad la volvía radiante y cálida, como el sol. Marissa, Giles, Dominic y Therón se divertían junto a ella. Valquiria los veía bailar y bromear. Los cinco eran diferentes pero de algún modo, formaban un equipo que se unía como un rompecabezas.
Cerca de ellos, Gianella y Aurora bailaban como en los viejos tiempos. Olvidándose que eran mujeres maduras con responsabilidades. Junto a Bernardo y Corney, volvían a ser los viejos adolescentes rebeldes y anárquicos. Valquiria sonrió sumida en la melancolía, teniendo la seguridad de que si acaso sus padres y su tía estuviesen con vida, Louis y Ernestina estarían alterando aquella fiesta mientras Sarah pedía un poco de seriedad.
— ¿Huyendo de tu propia fiesta? —inquirió una voz profunda y suave, muy cerca de ella. La sonrisa de ella se volvió arrogante y burlona.
— A veces, solo necesito un poco de espacio. Solo para mirar y procesar, es mi modo de disfrutar —respondió con solemnidad. Ragnar sonrió y se acomodó en la barandilla, junto a ella. Lucía normal y desamparado sin su traje de batalla ni sus armas.
— Somos más parecidos de lo que podemos imaginar —susurró él. Sus ojos grises plateados, sondeaban todo con evaluación y curiosidad.
Aún era extraño e incómodo para él ser parte de algo tras tanto tiempo alejado de todo atisbo de sociedad. Al despertar de la batalla con sus recuerdos indemnes, procuró el bienestar de su madre y por eso mismo le había devuelto los pocos recuerdos que les fueron modificados. Ella merecía la verdad como cualquier otra persona, y era la única persona que tenía en su vida. Runa podía llegar a ser caprichosa, rebelde y espontánea, pero era la mujer que le dio la vida, sacrificando todo y protegiéndolo con uñas y dientes. Ella estaba predispuesta a seguir adelante hacia el mundo que se abría frente a ellos, pero al que él temía.
Aquel era un mundo avanzado y tecnológico, que poco a poco se volvía más distante. Él no podía reinsertarse en algo que no era parte, como sí lo fue su madre. Pero si su madre hacía el intento, él también lo haría. Solo por ella.
— ¿Qué harás luego de esto? —preguntó ella.
— Recorrer el mundo, buscar un propósito, luchar batallas propias —respondió con convicción, y a Valquiria le agradó que sonara tan seguro y optimista.
— Me da gusto oír eso —dijo, y se volteó para mirarlo—. Has visto esta casa y quiero que sepas que tienen las puertas abiertas para vivir aquí siempre que quieran. Ustedes son una gran compañía —agregó, alegrándose de haberse oído tan estable y para nada torpe por demostrar lo que sentía.
Ragnar la miró por un instante; un poco sorprendido y otro poco curioso. La inexpresividad se resquebrajo y una sonrisa se dibujó en sus labios, iluminando su rostro con amabilidad.
— Gracias —dijo, y tras un breve silencio, preguntó— ¿Y tú qué harás?
— Por lo pronto, disfrutar de esta fiesta. Luego, seguir aprendiendo a vivir —respondió con un ligero encogimiento de hombros. Él asintió, y ella se alegró de oír una canción que le gustaba. Lo agarró del brazo, obligándolo a descender las escaleras para volver a escabullirse entre los invitados.
Solo estuvieron un instante y huyeron cuando comenzaron a sentir que aquello era demasiado para ambos. Quizás los cambios no aparecerían aquel día, pero en el futuro sí. Tarde o temprano.
— Si tuvieran que decir una breve oración que nos describa a cada uno, ¿cuál sería? —preguntó Therón con aire pensativo. Las miradas arrogantes y burlonas no se hicieron esperar, pero él ni siquiera les prestó atención.
— A ti te iría perfecto: Habilidoso para meterse en problemas y volverse loco por nimiedades, si no hace ninguna de las dos cosas, es porque duerme —respondió Dominic, riéndose con malicia.
Los ojos grisáceos de Therón se posaron en Dominic con ironía, pero no se quejó porque sabía que había cierta verdad en sus palabras. Lena le sacudió su castaño cabello con diversión, y Therón le sonrió. Ambos se llevaban tan bien que les resultaba asombroso que se hubiesen desconocido la mayor parte de sus vidas, y ahora fuesen la fuente de equilibrio para el otro; la energía inquieta de él se amortiguaba frente a la calma de ella.
— Arrogante y desafiante como el infierno, hormonal y desatado todo el año —sentenció Marissa, observando a Dom con provocación. Sus ojos negros resaltaban en su rostro de rasgos bien marcados y preciosos.
Dominic se echó a reír divertido y su actitud se volvió aún más pedante. Sus ojos verdes se oscurecieron ante la lucha de egos. Pelearse con Marissa era una de las cosas que más disfrutaba, porque podía ser tan fría como pasional.
— Diría algo de ti, pero debe ser breve —comentó, desairándola. Una sonrisa curvó los labios de ella, y puso los ojos en blanco.
— Perfeccionista y sagaz que esconde nobleza y lealtad —murmuró Giles con actitud despreocupada; con el pelo un poco más largo y sin el uniforme militar, se veía más desenfadado y joven. Sus ojos almendras estaban posados en sus manos mientras el resto lo observaba con curiosidad porque parecía ser algo que decía sin siquiera pensarlo, pero así no era Giles. Él era metódico y lógico, y nada salía de sus labios sin haberlo pensado.
Marissa parpadeó, sin saber qué decir y sintiéndose nerviosa ante aquella realidad que quería desconocer. Ya no era la chica huraña que se rehusaba a que alguien se acercara a ella, pero continuaba igual de precavida y férrea que siempre.
— Yo creo que para Giles sería: —murmuró Lena, para que el ambiente dejara de ser tenso y Marissa saliera del asombro— Brillante y humilde —agregó mirándolo; Giles le sonrió agradecido sintiendo sus mejillas enrojecer. A pesar de que se sentía nervioso al ser juzgado, le agradaban las personas que podían decir mucho con pocas palabras.
— Y para ti —exclamó Therón e movió sus manos como si tuviese un tambor bajo ellas— Un arma de doble filo; parece tranquila y dulce pero si la molestan puede sacar la mierda de una persona para hacerla su esclavo —sentenció.
Lena permaneció enmudecida unos segundos hasta que su risa explotó, rodeándolos con su buen humor. Nunca en su vida creyó que podían a describirla de ese modo; siempre había sido la huérfana, la que era demasiado alta y torpe para el resto, la aniñada. Definitivamente, aquella descripción era su favorita y siempre intentaría hacerle justicia.
— ¿Y por qué querías describirnos a todos? —preguntó Dom con curiosidad, moviendo sus rulos dorados a todas las direcciones.
— Solo quería un poco de pelea —admitió, encogiéndose de hombros.
Los cinco rieron y rápidamente la conversación se desvió hacia los planes para las vacaciones. Algunos pensaban volver a sus países por un poco de distracción y otros continuarían entrenando para poder recibirse.
Lena permaneció un momento en silencio, disfrutando todo desde afuera. Sonrió ante Bernardo y Aurora bailando mientras Gianella intentaba hacer mover a Corney. Víctor, Byron, Solange y Martín se acercaron a ellos para intentar divertirse un poco más. Aurora no tardó en regañarlos por hablar de trabajo, pero allí estaba Bernardo para hacerla olvidar el enojo. Incluso Constantin y Vicente se unieron a ellos, junto a sus esposas. El grupo de temerarios estaba reunido una vez más, pero ésta vez por algo que traía felicidad y no más dolor.
Las secuelas físicas y psicológicas de aquella guerra eran olvidadas, por lo menos por aquel instante.
Bebiendo un poco, Lena posó los ojos hacia el pasillo que dirigía al patio. Bajo arco de la puerta, se encontraban un par de figuras que aunque intentaban pasar inadvertidos era imposible. los rasgos filosos, la intensa mirada celeste verdosa y la actitud enigmática, hacía que los hermanos Law resultasen magnéticos. La diferencia entre ambos recaía en sus personalidades; Hamish era oscuro, soberbio y solitario, en cambio Gaillhard era noble, medido y sociable.
— ¿Aburridos? —inquirió Lena, acercándose a ellos con precaución. El aire meditabundo en ambos se esfumó al verla, y sus rostros se iluminaron.
— Para nada, pequeña prima —respondió Hamish sonriéndole con confianza, apoyado holgazanamente sobre la pared. Él parecía tener un don para transmitir simpatía y temor con la misma facilidad. Y aunque apenas se conocían, Hamish trataba a Lena como si nunca hubiese habido años de separación entre ellos.
— Lo obligué a callarse porque no deja de hablar un minuto —comentó Gail suspirando con cansancio y mucho dramatismo, mirando a su hermano. Hamish se mostró sarcástico y burlón mientras bebía de su copa.
La similitud entre las personalidades de ellos y la de ella con su hermana, la hizo sonreír aún más.
— ¿Lo de hablar mucho lo saqué de los Law, entonces? —preguntó con curiosidad. Ella vio a Hamish negar y a Gail asentir.
— Es una variante rara de los Law —comentó Hamish—, algo así como una anomalía.
— Por favor, hermano, no hables mal de ti mismo. Ella quiere saber lo de hablar, no la anomalía de ser una diva egocéntrica como tú —murmuró Gail, sonriéndole maliciosamente a su hermano mayor. Hamish parpadeó y tras procesar la broma de su hermano, rió para sí mismo y le dio una suave cachetada.
— Todos creen que el perverso de la familia soy yo pero creo que se equivocan de integrante —canturreó desafiante. Lena ocultó la sonrisa bajo su mano e intentó eliminarla rápidamente.
— Debo aprender mucho de los Law —aseguró para sí misma.
— Nunca se termina de aprender cosas —admitió Hamish, mirando a su hermano.
— Eso es verdad —asintió Gail, sonriéndole a Lena—. Debes conocer a nuestros hermanos mayores, y a nuestros primos, los hijos de la tía Earleen. Vas a querer huir tan rápido como puedas —bromeó.
Lena rió a carcajadas, acompañada de Gail, sintiendo intriga por conocerlos. Sabía que los Law eran una familia pequeña, pero eran muchos más que los Von Engels. Pronto sería el cumpleaños de su tío Víctor, y ya tenían planeado ir a Londres junto a Valquiria. Tenía temor pero al mismo tiempo muchas ganas de conocer a su abuelo Edward, a su tía y a sus primos. Deseaba oír hasta el último detalle de la infancia y adolescencia de su madre. Lo necesitaba. No para poder definir quién era, sino para poder tener una imagen completa de Sarah.
La testaruda, inteligente y protectora Sarah Law.
— Eso sí, antes de conocerlos vas a tener que ser advertida —Hamish torció sus labios con disgusto, y Lena podría haberse arrepentido de aceptar la invitación sino fuese por la expresión divertida de Gail— ¿No es cierto, Valquiria? —preguntó Hamish, silbando.
— ¿Qué cosa? —preguntó Valquiria distraídamente, apareciendo de repente.
— Alessa y Steven —comentó Hamish. Valquiria hizo la misma expresión de disgusto que él y posó sus ojos con complicidad en Lena.
— Son realmente malvados: ella te roba los juguetes, y él, los novios —se quejó con oscuro rencor. Hamish sonrió victorioso, sintiéndose menos solo en el sentimiento, y Gail puso los ojos en blanco.
— Creo que primero los conoces y luego, sacas tus propias conclusiones —le recomendó Gail a Lena con optimismo. Ella asintió, y ambos chocaron sus manos porque sentían que eran un equipo entre los Law, sin importarles que sus hermanos los miraran como raritos.
Valquiria y Hamish continuaron hablando de sus familiares en Londres con Gail agregando sarcásticos comentarios para burlarse de ambos. Lena los oía con fascinación mientras contemplaba la serenidad del patio en aquel momento. En la galería que bordeaba el patio, divisó a un pequeño grupo de personas. Eran antisociales y huraños, pero ellos se entendían y se llevaban bien. Eleonora, Martiniano y Norbert preferían relegarse al exterior.
Eleonora parecía menos terrorífica y mortífera sin su ropa de cazadora; un vestido largo cubría su cuerpo y su cabello ondulado oscuro estaba atado en un desordenado rodete. Sus ojos grises resaltaban por su tez bronceada, y Lena divisó como las heridas en sus brazos habían sido cubiertas por hermosos tatuajes. Algo que no comprendía, era cómo podía ser que Martiniano continuara viéndose misterioso y melancólico aun cuando se divertía. Y la ropa casual le sentaba tan bien como el uniforme. Norbert, por su parte, continuaba bajo la coraza de amenazadora calma y soledad. Sin embargo, no era el mismo y Lena podía notarlo en su trato.
No había desprecio ni rencor, solo una ligera calma que les permitía dialogar e intentar conocerse. Lena tenía la esperanza que algún día pudiesen ser más cercanos de lo que eran, aunque sabía que con Norbert no podía pedir demasiado.
Suspiró soñadoramente ante la ola de recuerdos que se estrellaban en su mente. Recordaba cómo estaba hacía un año y eso la emocionaba. Su vida estaba abierta a cambios y oportunidades. Ser una buena cazadora era su última preocupación, sabía que lo sería en algún momento. Tenía una hermana y amigos que la ayudarían, un novio que entrenaría día a día para perfeccionarla, un tutor que le exigiría al máximo, y todo un conjunto de personas que la respaldarían. No estaría sola, y así como la protegieron a ella, Lena haría lo mismo con los demás.
— Lena —escuchó su nombre, y sacudió su cabeza para volver a la realidad. Miró a su alrededor y se vio en el pasillo del segundo piso, junto a Runa y su abuela. Estaba tan ensimismada en sus pensamientos que simplemente vagaba por su casa sin prestar atención a dónde estaba y qué decía.
Los ojos de Runa eran brillosos y poderosos, resaltando en su rostro pálido. La jovialidad y el buen humor destellaban en cada expresión. Llevaba un vestido entallado verde que atraía miradas y admiración. Y su belleza era aniñada y al mismo tiempo madura, sin poder precisar qué edad tendría cuando se volvió inmortal. Aunque algunos tenías dudas sobre su identidad, no podían negar que era una Von Engels. Ella le sonrió a Lena, quien se movió torpemente hacia su abuela. Augusta la contemplaba con curiosidad, luciendo tan normal como solía recordarla; nada de armas, nada de uniforme militar, nada de capitana. Solo era su abuela, la segunda madre que tuvo y quien la protegió siempre.
— ¿Sucede algo? —le preguntó ella.
— No, solo quedé tildada con la pintura —dijo, un poco de razón había en aquellas palabras. El recuadro que tenía en frente era el de un hombre anciano con semblante tenaz. Se veía distante y frío pero sus gélidos ojos transmitían dolor.
Runa y Augusta volvieron a admirar el recuadro.
— Él tuvo una larga vida, más que el resto —murmuró Runa, con melancolía y solemnidad. Aquel anciano era uno de los ancestros más antiguos de Lena, y el primer Von Engels que decidió marcharse de Alemania para radicarse en Austria. Uno de los fundadores de Aage y creador de los intrincables túneles que estaban bajo la ciudad.
Roderick Von Engels había sobrevivido demasiadas guerras con valentía, pero la destrucción de su familia le había deshecho el corazón y el alma.
— El día que mi hermano murió, estaba acompañándolo. La demencia le arrebató la memoria pero un instante antes de morir, me reconoció y murió sonriendo —explicó; no había tristeza ni dolor en ella, sino una virtuosa calma que había adquirido con los años. No recordaba el pasado como la muerte de su familia, sino como la vida que dejó atrás. Y sabía que el único modo de homenajearlos no era llorar, sino luchar, intentar y vivir.
— Él tuvo mucha suerte de tenerte a su lado —susurró Lena, con su voz entrecortada, enlazando sus dedos con los de ella. Runa asintió y la miró con cariño, sonriéndole.
— Gracias —respondió, con la sensación de bienestar y seguridad rodeándolas a las tres. Runa suspiró para amortiguar sus emociones; era una nueva etapa, con una nueva familia que le daba la bienvenida, en un mundo donde las mujeres podían conquistar lo que quisieran. Aquella era su oportunidad, de ser lo que siempre había deseado—. ¿Qué les parece un brindis? —preguntó con tono juguetón, cambiando bruscamente el ambiente.
No esperó la respuesta, solo suspiró y comenzó a caminar de vuelta al comedor. Atrayendo a Augusta y Lena hacia ella, para olvidar la tristeza y brindar por la vida que todos merecían.
Los ánimos habían aplacado un poco y algunos ya se habían retirado de la casona cuando Valquiria caminaba a través de los pasillos. Estaba un poco cansada pero feliz en el instante en que sintió que tiraron de su brazo para ser arrinconada contra la pared con suavidad.
Lejos de verse enojada, Valquiria recorrió con mirada provocadora a Demyan y él sonrió aún más. Su belleza se incrementaba cuando sonreía y ella aprovechó la cercanía para recorrer sus rasgos con lentitud. Él la miraba como si no hubiese nada más que importara, y se acercó precavidamente hasta su cuello para aspirar su perfume mientras la sostenía con firmeza.
— ¿Cuándo vas a aceptar mi oferta? —inquirió él con voz profunda. Valquiria sonrió, disfrutando las sensaciones que él despertaba.
— No estoy segura aún —respondió enigmáticamente, y él se alejó apenas solo para que ella pudiese ver cuán irónico se mostraba.
— No te estoy pidiendo casamiento, solo salir a algún lado —se quejó, y ella puso los ojos en blanco. El silencio los rodeó y permanecieron contemplándose fijamente por un momento, con sus respiraciones acompasadas y sus cuerpos pegados.
— ¿Y qué propones hacer? —preguntó Valquiria, con curiosidad. Demyan sonrió por el desafío y sus ojos turquesas la encandilaban.
— Podría ser una cena o una película, pero tú no eres así —respondió, ladeando su cabeza. Sus manos recorrían la espalda de Valquiria, haciéndola tensar placenteramente y ella hundió sus dedos en el espeso cabello de él—. ¿Alguna misión de incognito? ¿Cazar demonios? ¿Destruir algún plan malvado? —preguntó y aunque parecía seguro, había cierta duda que lo obligaba a permanecer mirándola para saber su reacción.
Valquiria se mantuvo inexpresiva solo para ponerlo nervioso hasta que se rindió a su mirada y sonrió.
— ¿Misión de incognito, cazar demonios y destruir un plan malvado? Acepto —respondió—. En verdad, sabes lo que una chica quiere —agregó. El rostro de Demyan se iluminó cuando sus ojos se encendieron y se acercó a besarla lentamente, disfrutando cada instante.
El sonido de unos pasos que se acercaban iba haciéndose cada vez más fuerte. Pero eso no fue lo que obligó a Demyan a detenerse, sino oír a Leonardo hacer bromas a mayor volumen para llamar la atención. Demyan y Valquiria intercambiaron miradas impacientes antes de volverse hacia un lado. Leonardo caminaba holgazanamente con su brazo alrededor de Lena, quien miraba a su hermana con felicidad e inquietud.
— ¿Él siempre es así? —preguntó Demyan, susurrando. Valquiria suspiró profundamente, recordando cada momento compartido con Leonardo.
— Me gustaría decirte que te acostumbraras, pero quizás sea mentira —reconoció rendida. Se volvió hacia Demyan para contemplarlo un instante más, rodeada de serenidad y confianza— ¿Es hora, Gonzaga? —inquirió, elevando su voz y cambiando a una actitud más altanera.
— Sí, esto cada vez es peor —se quejó él, crípticamente. Tanto Demyan como Lena los miraron dubitativamente, pero ellos continuaban viéndose muy preocupados por la situación.
— Es solo cuestión de tiempo, quizás no es necesario —comentó Lena para intentar evitar todo lo que vendría, pero Valquiria y Leonardo negaron firmes con sus sentencias. Ambos se veían sombríos y decididos, y es hizo a Lena poner los ojos en blanco mientras que Demyan sonreía divertido y burlón.
Leonardo besó a Lena tiernamente para despedirse. Y Valquiria depositó un breve y tímido besó en la mejilla de Demyan, antes de alejarse de él. Y los dos se movieron rápidamente a través de los pasillos en dirección a la cocina. Allí se encontraba Newén, quizás desde hacía un tiempo, inexpresivo y analítico observando a través de la ventana. Parecía una escultura que se había detenido en el tiempo, con la mirada perdida y la mente caótica. Valquiria y Leonardo se miraron mutuamente antes cerrar la puerta de la cocina, para dar privacidad. Y él avanzó rápidamente para tomar el hombro de su amigo y obligarlo a sentarse en una silla. Y junto a Valquiria, lo arrinconaron cuidadosamente.
— Newén, tenemos que hablar —dijo Leonardo con solemnidad; sus ojos cafés eran serenos y oscuros. Newén posó sus ojos en Leonardo y en una Valquiria que se veía un tanto burlona por la frase elegida. La duda se reflejaba claramente en los rasgos de Newén.
— ¿Qué? ¿Van a romper conmigo? —inquirió dudoso. Leonardo puso los ojos en blanco, y Valquiria sonrió divertida.
— Algo así —susurró Leo—. Hoy necesitamos que dejes de lado la templanza, la observación y todo el bla bla bla de los Belisario. Estamos cansados de verte así, y si no haces algo, probablemente te rompamos algo. No sé, quizás una mano —respondió Leonardo. Newén se llenó de horror, y buscó en ella algo de claridad.
— Él solo quiere decir que es hora de que te enfrentes a tus miedos, porque ya no soportamos verte suspirar como un idiota, por miedo a fallar —murmuró—. Llevas enamorado de Viridis desde los 9 años más o menos, y pese a que salieron un par de veces, aun tienes miedo de que no le gustes —agregó. Newén abrió la boca para replicar algo, pero Leonardo rápidamente tapó con su mano su boca—. A ella también le gustas, y creo que el sentimiento es mutuo. Solo debes hablar con Viridis y dar un paso más. Estoy segura que no saldrás lastimado, pero solo debes enfrentarla. Sí, ella habla mucho, es demasiado feliz y a veces dan ganas de sedarla, pero no es que estemos hablando de un demonio mayor que quiere tu sangre para que el primer caído vuelva a la tierra —dijo Valquiria. Las expresiones de Newén y Leonardo le indicaban que su chiste no tenía gracia, pero a ella no le importaba—. Sé lo que ella piensa y siente —agregó.
— ¿Cómo? —preguntó Newén, deshaciéndose de la mano de Leonardo.
— Porque ella es mi... —respondió Valquiria con cierto titubeo, mientras los demás la incitaban a seguir hablando—. Ella es mi amiga —respondió al fin, dándose por vencida. Tanto Leonardo como Newén sonrieron, y éste último asintió para sí mismo.
Dando un profundo suspiro, Newén se puso de pie. Dijo algo por lo bajo para tranquilizarse, y sus dos amigos le dieron ánimo para dirigirse hacia el patio. A medida se alejaba, Valquiria se hizo la desinteresada por la situación hasta que corrió hacia la ventana para pispiar lo que ocurría. Leonardo se acercó a ella, y juntos contemplaron como Newén se acercaba a Viridis torpemente. Ella conversaba con su tío Corney, y se giró hacia Newén, cuando él llamó su atención con timidez. Corney sonrió con disimulo ante su actitud y sin esperar a su sobrina, decidió alejarse para darles intimidad.
Newén no dejaba de mover sus manos, inquietamente, y miraba al suelo en vez de contemplar la sonrisa que Viridis le dedicaba. Sus ojos eran brillantes a la expectativa de lo que Newén tuviese para decir. Ni Leonardo ni Valquiria tuvieron la mínima idea de lo que dijo, pero fue lo necesario para que Viridis fuese hacia él para arrebatarle un beso apasionado.
— ¿Qué hacen? —preguntaron tras su espalda.
Tomados de sorpresa, Leonardo emitió un suave grito y Valquiria se sobresaltó. Byron se rió a carcajadas ante sus reacciones, y la malicia brilló en sus ojos verdes. Sin nada de trajes formales o vestimenta militar, él se acercó a ellos no como un superior sino como una persona que los había protegidos desde niños. Él se había convertido en una figura paterna más en sus vidas, sin darse cuenta.
— ¿Newén y Viridis? —inquirió con curiosidad, acercándose a ellos para espiarlos.
— Sí —respondieron ambos al unísono—. Tuvimos que hacer una intervención —le comentó Leonardo. Los tres permanecieron un instante observando como Newén y Viridis hablaban mientras se sonreían empalagosamente, hasta que se aburrieron y se alejaron de la ventana.
— Veo que cada uno fue encontrando y luchando por su otra mitad —murmuró Byron, con orgullo, mirando a Leonardo. Él sonrió felizmente, viéndose inquieta y vivaz. Unos segundos después, los ojos se dirigieron a Valquiria pero ella se cruzó de brazos con actitud despreocupada.
— Yo me encontré a mí misma, que es más importante —se quejó. Leonardo meneó la cabeza y se acercó a Byron con secretismo.
— Pronto tendrá una cita con Demyan —le susurró. La sonrisa de Byron se extendió aún más, sin quitar su mirada de la niña que había visto crecer y que cada día se parecía más a su padre; terca, temeraria y rebelde.
— ¡Gonzaga! ¿Qué te he dicho de oír conversaciones ajenas? —gritó ella ofendida, pero a Leonardo le daba igual lo que ella dijese.
— Estoy diciendo la verdad, cuñada —dijo desafiante él. Valquiria abrió su boca con incredulidad y si acaso no estuviese Byron frente a ellos, lo habría apuñalado con los numerosos cuchillos que había allí.
La sonrisa torcida de Leonardo se extendió más, y ella se mordió la lengua para no decirle algún improperio pero que se vengaría de algún modo en el futuro, eso era seguro. Por lo menos una venganza más sana de las que vivió en el pasado.
— Aquí estás, te estaba buscando —canturreó Gianella apareciendo en la cocina.
Su pelo negro estaba recogido en lo alto de su cabeza, despejando su rostro armonioso. Un vestido veraniego le moldeaba el cuerpo, dejando al descubierto la prótesis mecánica que reemplazaba su pierna izquierda a partir de su rodilla; su pierna ortopédica que era tan real, que solo quienes tenían conocimiento de eso se daba cuenta. Aquel era un recordatorio de aquella guerra que llevaba con orgullo a pesar del dolor que conllevaba, porque era la prueba de que había luchado y sobrevivió.
Se la veía radiante y esbelta, y a pesar de que Leonardo la miró pensando que le hablaba a él. Su hermana no reparó en su presencia y corrió hacia Byron para besarlo tiernamente.
— Ew, asco —se quejó Leonardo, y Valquiria lo miró con provocación—. Es distinto —comentó éste, queriendo zafarse pero ella negó rotundamente, sintiéndose poderosa al verlo sentir lo mismo que ella.
— Aurora sigue insistiendo que vayamos de vacaciones a Brasil, dijo que nos cocinaría —sonrió Gianella a un Byron que la observaba como si fuese lo más preciado que poseía.
— Me imagino cuan feliz debe estar Bernardo al oír eso —respondió mientras ella, movía sus dedos a través de su pelo. Gianella rió divertida, dejando de ser el desafiante soldado y solo siendo una mujer enamorada.
Ya sin poder aguantar más la situación, Leonardo se aclaró la garganta y movió sus manos en busca de un poco de atención. Su hermana se volteó hacia él, y se mantuvo contemplándolo con desdén e impaciencia.
— Nella, me estás ignorando —le advirtió su hermano, sonando como un nene.
— Leonardo, ¿Puedes intentar ser maduro por una vez en la vida? —inquirió. Solo trascurrieron unos minutos para que las risas de Valquiria y Byron llenaran la habitación. Leonardo no podía más de incredulidad, y Valquiria entre risas tomó su brazo para obligarlo a alejarse de allí.
— Deja de hacerte problemas y piensa en las vacaciones que se acercan. Creo recordar que me dijiste que querías unas vacaciones muy alejado de demonios o vampiros —comentó, intentando devolverle el buen humor. Y solo costó aquella oración para que su rostro se iluminara.
— Quiero mar, necesito surfear —exclamó. Valquiria sonrió, enlazando su brazo con el de él.
— Tendrás todo lo que quieras —susurró.
Los invitados se habían retirado, y la casona había sido invadida por el silencio. Todo era calma y soledad. Valquiria reposaba en la silla tras el escritorio de su biblioteca, con la mirada perdida en la nada misma, tras estar un tiempo escribiendo en su diario. La ensoñación la abrazaba como un manto hasta que la tranquilidad se hizo añicos al sentir su cuerpo y mente en alerta.
Su piel se erizó, la tensión de su columna se extendió hasta su nuca y sus ojos se volvieron una fina línea plateada. Una vez que percibió la familiaridad en el aroma que la alcanzaba, intentó tranquilizarse suavemente. El aroma dulzón que ocultaba el tiempo que el cuerpo llevaba muerto, se le impregnó rápidamente.
— Sabes —la voz de Joshua chocó contra las paredes tan suavemente, que era como una caricia— el día en que te conocí, estabas en esta misma habitación en los brazos de tu madre mientras tu padre acababa de levantarse de ese mismo escritorio, un día como hoy —agregó Joshua; a medida se acercaba a ella, su voz se volvía más nostálgica.
Ella sonrió suavemente, admirándolo; exudaba elegancia en cada paso y eso incrementaba su belleza. Lentamente se acercó a ella, ubicándose a su lado. La cercanía con Valquiria, le permitió recorrer su cabello suelto con gentileza y contemplarla con riguroso análisis.
— Creí que no te vería más —dijo ella. Los ojos verdes de Joshua brillaban como gemas, sobresaliendo inhumanamente en su piel marfil—. Espero que no te hayas comido a ningún invitado —le advirtió, y él le dedicó una de sus arrogantes sonrisas torcidas.
— Si hiciera eso sería dirigirme directamente al fin de mi existencia —comentó divertido. Valquiria se encogió de hombros, y ambos permanecieron observándose por un largo instante.
— Tu padre murió —recordó ella con solemnidad, y él torció sus labios.
— Y agradezco que mi existencia no terminó con su muerte —admitió él, sentándose sobre el escritorio para mirarla cara a cara—. Al parecer sigo siéndoles útil, mi existencia ahora depende de otro ángel negro. Uno que me da más libertades y me deja seguir siendo el duque en la tierra, pero debo pasar una temporada en el infierno. Tú sabes cómo es Adok —agregó con la soberbia camuflando su tristeza.
— ¿Qué se supone que significa eso? ¿Adok es tu nuevo jefe? —inquirió ella. Joshua sonrió, moviendo su pelo con arrogancia.
— Considéralo como mi castigo por lo que he hecho, por lo que te he hecho. Y sí, él va a ser mi nuevo pesar —reconoció—. Solo quiero que sepas, es que si acaso las cosas hubiesen sido distintas, tú y yo...
— Nada —lo detuvo ella determinante—. Las cosas fueron así y permanecerán así. Si algo aprendí es que si uno piensa en lo que podría ser, hay más daño. Quedémonos con esto y vivamos con lo que nos tocó —agregó, enlazando sus dedos con fuerza—. Yo te perdoné, ahora perdónate tú mismo —le dijo. Joshua elevó su rostro con suavidad, admirándola minuciosamente.
— Estoy orgulloso de ti, supongo que lo sabes —admitió él. Valquiria asintió, y ni siquiera se movió cuando el sonido de la puerta resonó.
— Valquiria —dijo su hermana ingresando a la biblioteca, y en lo que dura un látido, Joshua ya se encontraba frente a ella para recibirla tan galante como siempre—. Josh, ¿qué haces aquí? —inquirió, buscando en Valquiria alguna pista.
— Solo pasó a saludar —dijo Valquiria, levantándose ágilmente para ir hacia ellos. Lena le dio un breve abrazo que lo hizo alegrar y olvidarse de todo el tormento que lo seguía.
— Voy a irme de viaje por un tiempo, así que espero que la próxima vez que nos veamos, estén tranquilas y no se hayan metido en tantos problemas —comentó, mirándolas con picardía a ambas. Valquiria elevó sus cejas con desdén mientras que Lena sonrió divertida.
— Aquí el único que nos mete en problemas eres tú —reconoció Valquiria con cierto cinismo, y aunque recibió una mirada de advertencia por parte de Lena, no dio marcha atrás.
— Eso es verdad, por eso me voy a ir al infierno —canturreó, guiñándole un ojo con complicidad. Valquiria suspiró, ya rendida de que él pudiese cambiar. Aunque vaya a saber cuánto lo podía afectar el infierno a Joshua—. Ustedes chicas Von Engels, siempre serán mis debilidades —sentenció, acercándose sutilmente a ambas.
Besó sus mejillas con caballerosidad, sin ningún tipo de diferencia. Y tras una elegante reverencia, les sonrió por última vez. Prometiéndoles que nunca las olvidaría, y estarían cerca de su frío e inmóvil corazón.
Para siempre.
— ¿Crees que lo volveremos a ver? —preguntó Lena, observando el sitio donde hacía unos minutos se encontraba Joshua. Viéndose un tanto confundida y triste por la despedida.
— Por supuesto, no es algo sencillo poder sacarse de encima a Joshua Campell —respondió Valquiria, acercándose a su hermana para abrazarla. Lena sonrió, teniendo la seguridad de que Valquiria llevaba la razón.
Ambas permanecieron enlazadas hasta que sus brazos comenzaron a hormiguear. Rodeadas se recuerdos y experiencias; crecieron físicamente, maduraron, aprendieron, amaron y odiaron. Atrás quedaron muchas cosas, pero muchas más estaban por venir.
Valquiria fue al infierno y volvió por ella. Se sentía como Dante Alighieri, atravesando el infierno guiado por Beatriz. Las tinieblas desaparecieron, y ahora viviría en la luz.
— Entonces, ¿Por qué me viniste a buscar? —preguntó Valquiria con curiosidad.
— Los chicos nos esperan —respondió, y agarró su mano para llevarla hacia una de las torres de la casona.
Atravesaron la escalera de caracol y salieron hacia el balcón con vista hacia la parte de atrás de la casona. Allí se encontraban Newén y Leonardo; ambos habían decidido deshacerse de las corbatas y sacos, arremangando sus camisas y luciendo más informales pero aun así esbeltos y atractivos. Newén mantenía controlado su pelo negro repleto de rulos, pero Leonardo ya se había despeinado para sentirse libre.
Lena, quien había pasado toda la noche admirando a su novio, parpadeó para no dejarse llevar por sus pensamientos y se acercó a él para sentarse a su lado. Valquiria se acomodó en el lugar que Newén le dejó entre él y Leonardo, y los cuatro permanecieron en silencio con sus ojos puestos en el cielo nocturno.
El silencio no los molestaba y la falta de palabras no los perturbaba.
Con serenidad, Leonardo se tomó su tiempo en abrir una botella para continuar brindando hasta que el sueño los alcanzara y se fuesen a dormir. Pero veía poco probable que ese momento llegase pronto. Le alcanzó una copa a la chica que no podía dejar de observar y la que ocupada todos sus pensamientos. Y Lena le sonrió con ternura. Aquella amistad se había transformado en un cariño que no podían disimular ni querían evitar.
Una vez que Valquiria y Newén tomaron sus copas, los cuatro elevaron sus bebidas con picardía para luego beberlo. Sutilmente el ambiente se volvió más enérgico y Leonardo no pudo evitar empezar a recordar historias. Historias de tres chicos que no tenían en común la nacionalidad, ni el lenguaje, ni la personalidad. Sin embargo, se volvieron amigos de hierro que luchaban batalla tras batalla con ferocidad y vivían a su modo. Amigos que se volvieron familia. Una familia que daría la vida si uno estaba en problemas. Una familia que le dio la bienvenida a otro integrante que nada tenía que ver con ellos, pero que la aceptaron.
Eran tres mosqueteros que encontraron a su D'Artagnan. Y los cuatro lucharían muchas más batallas de ahora en más. Como un equipo. Como una familia. Una chica que creció con la humanidad, y encontró poder en sus palabras y acciones. Un diplomático y sereno joven perteneciente a dos antiguos linajes, que sabía que batallas valían la pena defender. Un rebelde y astuto chico que hacía cualquier cosa por su familia y amigos. Y una chica que se perdió en la oscuridad, pero encontró la luz tras luchar con su propio destino.
Ser un cazador es más que ser un guerrero habilidoso e inteligente. Se necesita moral, diplomacia, unión y comunicación. Un cazador es un kamikaze: un viento divino protector de la humanidad. Ellos continúan una misión antigua y eterna, heredada o adquirida por vocación. Un cazador puede ser cualquiera con la convicción necesaria.
Es un estilo de vida y muerte en el que se lucha a diario, se enfrenta con valentía a los demonios para alejar a todos de la oscuridad, y es superarse siempre. Es pelear contra todo y todos. Especialmente con uno mismo.
Ser un cazador es un legado.
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