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Capítulo 25. Cantos de devastación y redención

Bajo un turbio cielo nocturno, dos figuras se contemplaban desde puntos lejanos. Evaluándose metódicamente. El deseo de venganza, el rencor y la soberbia danzaban junto con la promesa de justicia y redención.

La tensión era palpable y podía cortarse con un cuchillo, la expectativa de lo que vendría solo generaba inquietud y temor. Todos los ojos estaban puestos en las figuras del Arcángel Miguel y Lucifer, luciendo como parte de una obra de arte. El primer caído se veía imperturbable con su vestimenta intacta a pesar de la batalla previa y sus ojos dorados quemaban como el sol. Sus alas desplegadas se movían ondeantes, y solo generaba que se viese aún más magnifico. Miguel sostenía su espada tan fuerte y firme que podría haberse encarnado en su piel. Su inexpresividad y el filo de la amenaza en sus ojos plateados eran imperturbables, y al parecer se trataba de una característica que había traspasado a su linaje. Lucía mortal e indomable.

Runa respiró hondo para aplacar las emociones anudadas en su estómago mientras observaba como el pequeño círculo de ángeles de Miguel estaba formado tras él, como sus fieles soldados. Percibió movimientos hacia uno de los lados, y se giró con brusquedad. Sus sentidos estaban tan sobresaltados que solo se tranquilizó al reconocer a Lena entre el pequeño grupo que se acercaba con prisa. Sin dudarlo, corrió hacia ellos y se detuvo precipitadamente al darse cuenta quienes eran los que faltaban. La angustia la recorrió ponzoñosamente y a pesar de la costumbre del sentimiento, sintió pena y dolor. El alma en duelo de Lena se notaba en sus ojos opacos; había perdido a su hermana y con ella, la vitalidad que desprendía en cada respiro. Lena se detuvo junto a Runa solo para abrazarla. Las palabras sobraban en aquel momento, donde solo el silencio era la mejor compañía para el dolor.

A pesar del poco tiempo en que se conocían, Lena sentía un vínculo especial con Runa, casi tan profundo como con su hermana. Tanto Runa como Valquiria eran aguerridas y leales, seres un tanto incomprendidos y toscos, que solo necesitaban paciencia para penetrar la coraza y conocer su esencia. La esencia de Runa consistía en su desafío por los retos, y la de Valquiria, era su falta de temor por los riesgos.

— Tienes que ser fuerte —le susurró Runa a Lena, al oído. Y ella asintió porque lo intentaría, y sabía que no estaría sola a pesar de todo.

Con actitud maternal y conociendo el sentimiento de vacío tras la pérdida de seres amados, Runa se alejó apenas de Lena, sosteniendo su rostro entre sus manos, le sonrió para darle ánimos. Pese a la tristeza, Lena sonrió.

— ¿Cómo llegaron? —inquirió Runa.

— Gabriel nos indicó la dirección luego de que Miguel desapareciera —respondió, volteándose hacia Rafael y Gabriel, quienes contemplaban cuidadosamente a los dos ángeles en lo alto—. Nunca creí que vería algo así —agregó Lena con un susurro, viéndose sorprendida. Runa sonrió con tristeza, de acuerdo, y buscó los rostros de Newén, Leonardo y Viridis.

Ninguno de ellos estaba herido de gravedad en el exterior. Las lesiones más sangrantes y perpetuas estaban en sus corazones, y se vislumbraban en sus expresiones. La guerra en la que crecieron y vivían era una devastación continua. Quitando vidas jóvenes, deshaciendo el alma de personas de buen corazón, y envenenando con dolor e ira. Y si la guerra era devastación, lo que dejaba era desolación.

Ellos tres se acercaron a los demás y fue evidente para el resto que algo había sucedido. Viridis ocultaba sus ojos sollozos en el hombro de Newén; ambos aferrándose en el otro en busca de consuelo. Norbert y Hamish se adelantaron a los demás, sin poder encontrar el rostro de Valquiria entre ellos. Coordinadamente, buscaron en Leonardo alguna respuesta. Algo que les advirtiera que sus presentimientos eran mentiras. El rostro sombrío de Leonardo incrementó su palidez y cuando él negó, sintieron una punzada de dolor recorrerlos. Hamish cerró sus ojos con fuerza y se alejó bruscamente para luchar contra sus emociones en soledad. Norbert permaneció petrificado, alto y demencial, viéndose capaz de matar a alguien.

— No puede ser —dijo; su voz se quebró en el instante en que miró a Lena y tuvo que hacer frente que su prima, la única familia constante en su vida, había muerto. Sus ojos se enrojecieron de la ira y sostuvo su arma con fuerza, pero lejos de tener un ataque de violencia, solo se sentó en la tierra como si fuese un pequeño niño. Sufriendo silenciosamente.

A pesar del temor que solía tenerle, Leonardo se acercó a Norbert y posó su mano en su hombro. Haciéndole en compañía porque podrían no llevarse bien, pero Valquiria era lo único que los unía.

Desorientado y devastado, Demyan negó y negó. Acercándose a Lena con rapidez, con la mirada liquida por las lágrimas que se acumulaban.

— Ella no puede haber muerto —dijo casi sin voz. Lena respiró hondo y le tocó el rostro con suavidad.

— Lo siento —murmuró. Le resultaba extraño la forma en que él sufría por su hermana, en un corto tiempo habían creado un vínculo afín, que no era tan característico de Valquiria. Lena sonrió con tristeza, porque se dijo a sí misma, que al final de sus días, su hermana fue más noble y tolerante de lo que podría haber sido. Numerosas personas estaban llorándola, pese a que siempre creyó estar sola. Y eso la llenó de orgullo.

Demyan movió su pelo con brusquedad y restregó sus ojos para calmarse, pero la impotencia y la injusticia hervían como magma bajo su piel. No podía ni quería creerlo. No le resultaba fácil aceptar que la chica que había descendido al infierno para proteger a su hermana y a la humanidad, se hubiese ido sin siquiera despedirse. Le habían quedado tantas cosas por decir y por preguntar. Ella era un misterio que quería develar pero que nunca lo haría.

— Creo... —susurró Ragnar, con actitud solemne, aclarándose la voz—, que deberíamos prepararnos para lo que sea que venga —agregó.

Hubo un momento de silencio, y Demyan respiró hondo, volviéndose una vez más hacia Lena.

— Solo quiero saber una cosa, ¿ella luchó? —inquirió, sonando casi tímido.

— Hasta el final —respondió Lena, y él sonrió con ojos brillantes.

Ragnar y Runa comenzaron a moverse y el ambiente se volvió más activo que antes. Viridis palmeó sus mejillas y suspiró bajo la mirada atenta de Newén, quien lucía ojeroso y apagado. Se unieron a Lena y Demyan, al mismo tiempo que Ethan se unía al grupo y Leonardo ayudaba a Nobert a recomponerse. Se agruparon en un instante, y en posición defensiva, tomaron sus armas a la espera.

En el momento en que elevaron sus ojos hacia el cielo, notaron que Miguel y Lucifer danzaban en círculos, sobrevolando la zona con miradas intensas. Poco a poco, el pequeño ejército de Miguel se había dispersado, creando un círculo en torno a ambos ángeles para servir de contención.

— ¿En serio crees qué pueden detenerme? ¿Qué tú puedes detenerme? —inquirió desafiando Lucifer—. Soy el mejor, ¿aún no te das cuenta? —volvió a preguntar.

En la tierra, apoyado en uno de los pocos árboles que había en aquel campo, Rafael puso los ojos en blanco y Gabriel a su lado, suspiró exasperado.

Lucifer sacudió sus alas desplegadas con violencia y su mirada se volvió sombría. Hizo apenas un movimiento cuando fue apresado por el látigo de Selimá. A pesar de la juventud de su apariencia, se veía como una guerrera adiestrada y sagaz. Lucifer entornó los ojos sobre ella y fue rápido para agarrar el látigo, sacudiéndolo y enviando a Selimá lejos. Ella logró equilibrarse en el justo momento en que el resto del ejército intentó aplacarlo.

Yetsye con su vara, Ehud con la jabalina, Eitana con la espada y Caleb con su daga, inmovilizaron al primer caído con maestría, haciéndolo prisionero de sus armas. Mientras que Arelí apuntaba su arco y Xoan su ballesta hacia él.

El primer caído sonrió, el mismo modo que debió hacerlo al caer. Con soberbia y belleza, prometiendo en su mirada llevar todo el mal a sus enemigos.

— Los has entrenado bien —susurró con expresión burlona.

— Déjenlo —la voz de Miguel resonó estruendosamente en la noche, y los ángeles se giraron para contemplarlos con cierto asombro—. Esto es entre él y yo —agregó, y posó sus ojos plateados en el ángel que más sabía sus secretos y era su mano derecho. Caleb.

Éste asintió solemnemente, y con una mirada les comunicó a los demás que debían retroceder. El círculo alrededor de ambos volvió a formarse, y Miguel no esperó ni un segundo en atacar. Millones de años de furia, rencor y tormento se transformaron en la energía que lo impulsaba. Lanzó su espada directo a su eterno rival y a punto de colisionar, Lucifer materializó una espada de gran fortaleza que lo detuvo.

— ¿En serio, creías que me dejaría vencer sin pelear?—inquirió con burla.

— No, era lo que esperaba —respondió Miguel, y le dio un cabezazo que lo desestabilizó. Se alejó solo un poco y volvió a empuñar su espada hacia él.

Lucifer no se dejaba vencer con facilidad y jugaba bien el papel de víctima asustada, cada vez que Miguel amenazaba con exterminarlo. Las burlas y el orgullo solo enfurecían más a Miguel que se frustraba con cada intento fallido. Incluso las bromas de Rafael le parecían graciosas luego de escuchar a Lucifer.

— ¿Alguna idea o comentario? —preguntó Miguel con tono impaciente. Tanto Rafael como Gabriel se encogieron de hombros.

— Tú eres el guerrero, debes saber hacer tu trabajo —comentó Rafael airosamente.

— Yo soy mensajero, él vela por la salud... solo avísanos cuando termines —agregó Gabriel, no ayudando absolutamente en nada a Miguel. Éste puso expresión sombría mientras intentaba acabar con Lucifer, y se dijo a sí mismo, que eso le pasaba por no haber intentado arreglar las cosas antes—. Y por tener secretos durante cientos de años —gritó Gabriel, y Miguel le gruñó como respuesta.

— A ustedes los dejan leerse las mentes, y yo me tuve que ir del paraíso porque no me dejaban hacer eso con los humanos —se quejó Lucifer con tono infantil. Miguel se detuvo, a metros de él, y lo miró con ironía.

— Tú no te fuiste, te echaron, y no era lo mismo —exclamó. Lucifer puso los ojos en blanco.

— Me gusta más mi versión —admitió caprichosamente.

La pelea mano a mano entre ambos se reanudó con violencia y rapidez. Ninguna de los dos se daba por vencido y con cada instante transcurrido las ganas vencer se incrementaban, mezclándose con frustración e ira. Desde afuera, la pelea se contemplaba como un manojo de alas desplazándose de un lado a otro. Con idas y venidas. Gritos de guerra y golpes fallidos. Miguel podía ser un excelente guerrero, pero Lucifer le estaba haciendo frente de manera sin igual. Cientos de años cargados de celos, furia y sed de venganza se estrellaban contra la resistencia y el deseo de justicia y redención de Miguel.

— Sabes... —murmuró de pronto Lucifer, con la mirada encendida y sonriendo burlonamente—, siempre me dio pena que Dina no supiera quien realmente era yo aquella noche que la hice tan feliz. Fue bueno mientras duró, aunque en realidad, a quien quería era a Jane —agregó. Los ojos de Miguel se oscurecieron ante su nombre, y la tensión aumentó en su cuerpo, poniendo más fuerza en su mano aprisionando el cuello del primer caído— Dime Miguel, ¿en verdad era buena? ¿O era tan mojigata como la imaginé? A pesar de bueno... haberte dejado por otro de su especie.

Las cejas de Lucifer se movieron juguetonamente, y Miguel gruñó. Él era bueno en muchas cosas, pero no en ocultar sus sentimientos en torno a Jane. Ella había sido su elegida en muchos sentidos, y la había amado como nunca creyó posible. La cuidó y protegió, hasta que fue suya y ya no hubo marcha atrás. Solo había sido ángel queriéndose sentir humano, y lo hizo, en el sentido más puro.

— Cállate —siseó el arcángel, haciendo un esfuerzo interno para no salirse de su control. La sonrisa de Lucifer se incrementó y sus ojos ardieron como llamas.

— ¿Cómo pudiste ser tan débil para enredarte con un humano, con lo magníficos que somos nosotros? Ahora entiendo porque te volviste cercano a Él luego de mi caída. Los prefieres sobre nosotros, pero ellos son inmundos, efímeros y débiles. No son nada, así como Jane lo fue. Ella murió como lo que era: una abominación —insistió.

Miguel no pudo más. Gritó enfurecido para descargarse contra Lucifer. No soportaba oír que ofendieran a la mujer que lo había sido todo, y le había otorgado algo que nunca nadie le daría: un hijo. Su lado más humano salió a relucir cuando comenzó a golpear, y Lucifer simplemente se dejaba golpear. A pesar del dolor físico, sentía el alma de Miguel oscurecerse. Él quería destruirlo, sucumbiendo a su debilidad y llevándolo hasta la caída.

— ¡Miguel! —una voz se elevó en tono de mando. Todas las miradas se dirigieron hacia Gabriel, quien observaba a su amigo con severidad y prudencia.

El arcángel parpadeó y se alejó inmediatamente del primer caído. Contempló con horror lo que estaba intentando hacerle. Se sintió asqueado al verlo sonreír bajo la máscara de sangre. Y negó, sin palabras, ante la idea de ser echado del paraíso por dejarse llevar. Cualquiera menos él podía hacerlo.

— ¡Vamos Miguel! —Vociferó Lucifer, abriendo sus brazos con desafío— ¡Destrúyeme y véngate de una puta vez por todo lo cometido! Por contaminar tu sangre, por traer el infierno a la tierra y por querer destruir a tus cazadores. Deshazte de mí, y termina con todo —agregó.

Miguel respiraba agitadamente. Hacía mucho tiempo no usaba su cuerpo humano y luchaba por tranquilizarse para tomar decisiones certezas. No podía errar, no de nuevo. Sabía a lo que se enfrentaba. Si lo destruía dejándose llevar por sus emociones primitivas, se iría al infierno. Sin embargo, si lo mataba a Lucifer guiado por sus doctrinas, él saldría vencedor.

Pero, ¿cómo estaría seguro de cuál lado prevalecería cuando lo atravesase con su espada?

****

Respiró una bocanada de aire con violencia y se despertó desorientada. La confusión latía en su mente, percibiendo el hormigueo de su cuerpo. Un hormigueo suave que la hacía sentir como que su cuerpo estaba dormido. Todo era brillante y no lograba divisar nada. Se sentó lentamente, refregando sus ojos con sus manos, intentando identificar si aquello era un sueño.

No recordaba nada, ni siquiera su nombre.

— Valquiria —escuchó una profunda e intimidante voz, tras su espalda. Ella dudó, hasta que un ligero recuerdo la azotó y supo que la llamaban.

Se puso de pie, rápidamente, y quedó congelada, contemplando al hombre frente a ella. Alto, con la piel pálida cubierta de pecas, cabello castaño con ondas desordenadas, rasgos precisos y ojos rasgados de color celeste verdoso. Sus ojos eran brillantes y únicos; los más bonitos que había visto en su vida.

— ¿Estamos muertos? —preguntó ella, dubitativa, volviendo a mirar a su alrededor.

— Nos encontramos en el limbo —respondió él con una suave sonrisa. Valquiria sintió sus emociones encogerse, al ver a su padrino sonreírle, de manera tan vivaz. La última vez que lo había visto, se encontraba postrado en una cama en estado de coma.

— ¿Por qué? —preguntó, acercándose a él; se detuvo a observar su vestimenta, que parecía ser su equipo de cazador: pantalones negros, botas, una camiseta gris y una chaqueta larga. Edward se encogió de hombros.

— Quizás aún hay planes que necesitan de nosotros —respondió.

— ¿Hablas de la guerra? —preguntó, nuevamente, sintiendo que había demasiadas incógnitas tras sus palabras. Edward le sonrió con pesar y acarició su pelo.

— No todo es guerra y muerte. También hay vida, amor, amistad y esperanza. Y muchas cosas más, cosas que aún te falta descubrir —le dijo él. Valquiria torció sus labios con disgusto, sintiendo que todo eso eran cosas que no iban con ella. Había nacido y crecido en la guerra, y no conocía otra cosa más que pelear—. La vida está hecha para equivocarse, caer y aprender; descubrir el mundo y enamorarse de lo nuevo; esperar lo que está por venir, aceptando el pasado como lo que es... el pasado —insistió. Valquiria asintió, perdida en los ojos de su tío—. Tienes que dejar de vivir en el tormento, y encarar el futuro, sin miedo.

— ¿Pero cómo lo hago? —inquirió. Estaba tan dudosa y confundida, que parecía una niña con curiosidad por el mundo.

— Ama y déjate amar, confía en las personas y cree en ti misma. No puedes pretender que los demás te acepten si no lo haces contigo —añadió.

— Pero estoy muerta, ya es tarde —reconoció Valquiria, suspirando con tristeza. Edward sonrió y extendió sus brazos a su alrededor para abrazarla. Ella disfrutó ese pequeño instante de confort.

— No es tarde para ninguno de los dos —le susurró su tío al oído—. Tenemos sangre de ángeles, tú más que yo. ¿Sabes qué sucede con los ángeles cuando mueren? —le preguntó.

— Si han hecho las cosas bien en su existencia, vuelven a vivir —respondió, y Edward asintió.

— Solo hay una condición —le indicó, y Valquiria lo miró con precaución—, debes hacerte cargo de un alma en peligro. Sería una forma de purgar tus errores. Volverás a ser una cazadora, pero mantendrás tus dones para comportarte como su ángel guardián. ¿Aceptas? —agregó.

— Si —respondió sin dudar, al pensar en su hermana. Su tío sonrió brillantemente, y le dio un beso en la frente.

— Tus padres estarán orgullosos de oír eso —murmuró, y Valquiria los buscó—. Están a salvo y felices, deja de preocuparte por ellos —insistió su tío—. Tu alma a cargo se llama Nina —agregó.

— ¿Cómo la encuentro? ¿Y qué sucederá contigo? —preguntó.

— La encontrarás, ya verás —sonrió y le guiñó un ojo—. Aún no es mi momento, pero el tuyo sí. ¡Regresa! —dijo, y Valquiria sintió que fue expulsada con violencia.

Lo próximo que sintió, fue la adrenalina recorriéndola y se despertó agitadamente, como si hubiese vivido un aterrador sueño. Todo a su alrededor daba vueltas, mientras su cuerpo se acostumbraba a volver a respirar y su corazón latía de nuevo con fuerza. Su mente estaba cubierta por un manto de oscuridad hasta que se fue aclarando poco a poco. Sentía sus emociones a flor de piel, estaba segura si llorar o reír.

Percibía la humedad de las lágrimas silenciosas caer por su rostro, y miró alrededor, sorprendiéndose de verse sobre su cama, en la casona Von Engels. Rozó con suavidad el acolchado, sintiendo placentero el contacto de algo conocido y real. Contempló el cuarto y su diseño de influencias barroca, hasta que se detuvo en la persona que estaba sentada en una silla. Joshua se encontraba con el cuerpo encorvado, con su rostro hundido en sus manos, viéndose miserable.

Valquiria sonrió al verlo expresar algún tipo de emoción pese a estar muerto. Tan muerto, como ella lo había estado hasta hace unos minutos.

— Josh —lo llamó, y él se movió sobresaltado, para mirarla con horror y asombro.

— ¿Qué demonios...? —inquirió mirando a todos lados, y corriendo hacia ella para asegurarse que sus ojos no lo engañaban. Tocó su rostro sin ningún tipo de tapujos, y ella sonreía, divertida por su reacción— Estas...

— Si, estoy viva —asintió ella, y se abalanzó sobre él para abrazarlo.

Cerró los ojos y lo apretó tanto que si sintiese algo, quizás se hubiese quejado. Pero ella estaba feliz de estar viva, y él no podía pedir más nada en su existencia. Con Valquiria, Joshua abrazaba su lado humano. Él no se arrepentía del camino tomado; amaba la juventud y el poder que se le otorgó junto a la eternidad, el vivir sin límites y la ferocidad de su lado primitivo. Pero también, le gustaba recordar la humanidad que una vez tuvo. Simplemente, la melancolía de ese pesar era parte de él, y disfrutaba de ello.

— ¿Cómo es posible? —inquirió Joshua, alejándose un poco pero no demasiado. El sentimiento de pérdida aún se sentía como un molesto hormigueo.

— Por mi sangre —respondió Valquiria respirando hondo, con sus emociones y sentidos más estables. Él asintió desorientado, sin poder quitar sus ojos de ella y sonrió logrando que su belleza incrementara de algún modo—. ¿Qué ocurrió? ¿Dónde están los demás? —inquirió ella, tras recordar sus últimos momentos.

Joshua dudó y suspiró con cierta resignación.

— Lucifer está en la tierra —respondió. La seriedad de Valquiria produjo que sus ojos se volvieran sombríos—, y los tres arcángeles también —agregó. Quedando muda, ella permaneció con la mirada perdida; estaba sorprendida de cuán lejos habían llegado las cosas y temía que más cosas podían suceder.

— ¿Lena está allí? —preguntó en un susurró. Joshua asintió con precaución y ella posó sus ojos grises sobre él.

— Gracias por traerme a un sitio seguro —le dijo, y sonrió suavemente—, debo cuidar a mi hermana —agregó. Joshua suspiró y aprovechó aquel instante para darle un último beso; sus labios se fusionaron un breve instante con gentileza. Él tenía la seguridad de que luego de todo habría un nuevo comienzo, y dependería absolutamente de ella que sea lo que suceda con su vida. Nada de emisarios enviados para torcer su destino y hacerla víctima del mismo.

Su destino, sus decisiones y consecuencias, dependerían absolutamente de Valquiria.

— Recuerda que él está aquí porque estaban enlazados. Tú moriste y él resurgió —le dijo Joshua.

— Ahora que estoy viva, él no sería tan fuerte para permanecer aquí —murmuró.

— Y al morir, la conexión se ha roto —agregó, guiñándole un ojo con complicidad—. Ahora vete, y patéale el culo. Yo estaré aquí —insistió con una sonrisa. Ella le agradeció una vez más y desapareció.

Valquiria se materializó en el campo de batalla a una corta distancia de su hermana. Sus ojos se tornaron brillosos al verla pendiente de la pelea que se llevaba a cabo en el cielo. Un conjunto de sentimientos de abarajaban en sus rasgos y Valquiria quería correr hacia ella para que viera que estaba viva, deseaba abrazar a su hermana y pedirle perdón por tanto sufrimiento. Pero nada de eso pudo ocurrir.

— Mira que tenemos aquí, Miguel —canturreó Lucifer, y Valquiria sintió una fuerza invisible aprisionar su cuello con firmeza, elevándola a pesar de la resistencia que ponía.

La expresión de Miguel de contorsionó de sorpresa e incredulidad al ver a Valquiria. Ambos cruzaron miradas, y ella tuvo la certeza de que Miguel tenía gran conocimiento acerca de ella.

En medio de la tensión, un conjunto de gritos se alzaron. Lena se sostenía de un Leonardo boquiabierto, que protestaba al ver a su amiga prisionera. Newén y Viridis palidecieron, y no había seguridad sobre quién sostenía a quién. Runa estaba sorprendida y aterrada, sensaciones que le recordaban a cuando su madre tomaba las decisiones por ella. Ragnar intentaba usar sus dones para liberar a Valquiria mientras que Hamish y Nobert se miraban en busca de orientación. Ethan, por su parte, se veía sarcástico ante la expresión de Demyan que llevaba sin parpadear un instante, por miedo a que la imagen de Valquiria desapareciera.

Entre los ángeles, solo Caleb se encontraba realmente pasmado y le costó unos minutos procesar lo que ocurría, antes de comenzar a realizar su trabajo. Él hizo girar su daga y la envió directamente hacia el pecho de Lucifer. Pero éste estaba lo suficientemente atento a todo como para detener el arma, y dedicarle una mirada venenosa a Caleb. Lucifer hizo una mueca con sus labios e inmediatamente, Caleb comenzó a gritar del dolor. Su cabeza dolía pulsátilmente, su cuerpo quemaba y todos los recuerdos de su existencia se estrellaban hirientemente, recordándole cuan oscuro era su pasado. Caleb gritó aún más. Yetsye y Selimá se acercaron a ayudarlo, mientras que Xoan y Arelí tomaron la vanguardia. Ambos comenzaron a atacar con sus flechas a Lucifer, acercándose a él, y siendo seguidos de cerca por Ehud y Eitana.

El primer caído gruñó enfurecido por la desfachatez que poseían un grupo de ángeles de menor rango. Dejó de lado el resto para ocuparse de ellos. Desvió las flechas con maestría y se desplazó sobre ellos. Arelí y Xoan aumentaron los ataques, y Eitana junto a Ehud se abalanzaron hacia él para atacarlo. Todo sucedió a pesar de lo desacuerdo que estaba Miguel con que ellos participaran.

Valquiria gritó mientras caía, buscando estabilizarse hasta que Ragnar la ayudó. Ella lo miró con agradecimiento, y luego buscó a su hermana. Valquiria le guiñó un ojo con encanto, y Lena sonrió como si acaso nada malo realmente sucediese. Luego volvió su vista a Miguel y le silbó, buscando su atención.

— Quizás debas dejarte ayudar, me han dicho que no es tan malo como parece —comentó, ladeando su cabeza. Miguel suspiró y asintió, dándose cuenta que por el camino que transitaba no le daba ningún resultado.

Ragnar se unió a Valquiria en lo alto. Ambos intercambiaron un breve saludo, sin ser tan emocional pero que dejaba al descubierto que estaban felices de verse el uno al otro. Ellos aguardaron hasta que Lucifer estuvo a punto de llegar a los ángeles y le hicieron frente, deteniéndolo tanto como el límite de sus poderes lo permitiesen. Desde la tierra, también había ataques aéreos por parte de Hamish y Runa, mientras el resto observaba sintiéndose impotente.

Lucifer gruñía de furia y se sacudía con violencia; no solo Valquiria y Ragnar usaban sus dones, también el resto de ángeles, inclusive Gabriel. Él había desistido de hacerse el difícil y se encontraba junto a Miguel, mientras Rafael asistía a Caleb junto a Yetsye.

— Tienes que hacerlo, hermano. Es tu deber como el príncipe guerrero de los cielos —le susurró Gabriel a un Miguel que permanecía con los ojos cerrados. Él asintió con solemnidad y respiró hondo, recordando sus valores para el momento en que deba empuñar su arma.

— ¡Suéltenlo! —gritó Miguel abriendo sus ojos, e instantemente todos le despejaron el camino.

Él y Lucifer se encontraron, luchando una vez más mano a mano. Midiendo su fortaleza y su cansancio, resaltando los principios de cada uno, dejando en evidencia quien realmente merecía su puesto en el paraíso. La crueldad de Lucifer contrastaba con la feroz valentía de Miguel. Solo hubo un par de movimientos más, y el sonido de una espada insertarse en un cuerpo resultó escalofriante.

La espera se volvió eterna y algunos contuvieron la respiración. Todo se sentía al filo del abismo. El bien le dio pelea al mal, y solo restaba esperar los resultados.

— Creo... —susurró Miguel dubitativo— que aquí está mi redención —agregó, separándose Lucifer y sacando su espada de él. Los emblemas de su arma resaltaban de color plateado, y el primer caído las miró con horror.

— No creas que esto vaya a terminar —susurró Lucifer. Miguel sonrió con amargura.

— Lo sé, pero estaré en paz con que no puedas volver a la tierra —respondió. Ambos se contemplaron en silencio. El dolor se dibujaba en el rostro de Lucifer, pero su soberbia le impedía sentirse defraudado. Su arma de desintegró y percibía como la poderosa espada de Miguel, estaba terminando su trabajo.

— Eres patético, y algún día sucumbirás al pecado —insistió el primer caído.

— Bueno, mientras tanto, tú vete al infierno —sentenció el arcángel Miguel, alejándolo con una patada y enviándolo a otra dimensión.

A la dimensión a la que pertenecía; el noveno círculo del infierno, dónde moraban los traidores como él. Era una pena que lo arcángeles no fuesen tan fáciles de deshacer, porque por más que haya caído, él continuaba siendo igual de poderoso como lo era en el paraíso. Pero así era su existencia; el bien y el mal, entremezclando en el mundo, jugando con la vida y la muerte.

A pesar de todo, Miguel estaría siempre protegiendo a la humanidad, y con él, su ejército en el cielo y en la tierra. Suspiró con cansancio, sintiendo la victoria y los cantos que provenían del cielo, anunciaron el fin del apocalipsis.

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