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Capítulo 2. La llave del mañana

Deambulaba a través de los pasillos sintiéndose tranquila, como flotando. Observó su alrededor pero allí no había nadie. Aquello le pareció extraño, pero aún así siguió su curso. Por inercia, abrió una de las tantas puertas para sorprenderse ante la visión de un mundo caótico y devastado, sumido en la desgracia y acorralado por la oscuridad. La frialdad y crueldad se mezclaban con el iracundo fuego.

Lena quedó inmóvil allí hasta que cerró la puerta, reteniendo el aire. Luego, se dirigió a la siguiente puerta. Se encontró con la tranquilidad de un apacible mundo, lleno de esperanza y abastecimiento. Sonrió con tranquilidad, al mismo tiempo que oyó una voz detrás.

- Lo que ves, en ambas puertas, es el futuro -Lena se giró sin dudar. Frente a ella había un hombre, alto y hermoso, con expresión meditabunda- Te preguntarás, ¿Qué lo hace diferente, además de lo obvio? -Sus penetrantes ojos azules eran letales y fríos-. Bueno, en uno: tu hermana es la gobernante, mientras que en el otro, está muerta ¿Has adivinado cual es cual? -inquirió, acercándose aún más a ella. Él sonrió diabólicamente, produciéndole un escalofrío.

Sin poder hablar o moverse, Lena sintió un arrebato frenético de cordura, junto con desconsuelo y furia. Deseó golpearlo pero solo cerró sus ojos, y así despertó.

El grito quedó ahogado en su garganta y solo emitió un pequeño quejido. Con la mirada fija en el techo, sentía cada centímetro de su cuerpo alterado. Respiraba agitadamente sin poder despegar de su mente aquel extraño sueño que no era la primera vez que soñaba. Pero éste había sido diferente porque aquel hombre se encontraba allí, y le había hablado directamente a ella.

Lena cerró los ojos para intentar recordar su aspecto. Él poseía una belleza clásica y era joven, pero algo en sus ojos le advertían que siempre había sido así. Le daba la sensación que él sabía más de ella, que ella de él. Y eso le asustaba. ¿Él podía ser real? ¿Y cuál era la relación con Valquiria?

Otra sensación angustiosa la recorrió al pensar en su hermana. La extrañaba demasiado, y no soportaba no tener noticias de ella. Tenía el corazón partido y solo saber de ella podía hacer algo para que volviese a sanar, por eso, tenía la necesidad de encontrarla.

Lagrimas silenciosas comenzaron a caer a través de sus mejillas, mientras ella seguía aferrándose a los recuerdos de Valquiria. Ese día que estaba por comenzar iba a ser igual de desolado y sin sentido que los demás, pero al mismo tiempo sería tortuosamente diferente. Se acomodó en su cama para intentar recuperar el sueño. No quería pensar en nada de su vida ni recordar viejas cosas, así que en su mente, solo comenzó a repasar la última lección de Semiología hasta quedar dormida.

El día había comenzado hacía tiempo. La ciudad estaba en marcha, mientras las personas seguían con su rutinaria vida. El calor se percibía sutilmente en el aire y en el ambiente. Lena se acomodó en la cama, aparentando seguir dormida. Pese a eso, podía oír a los demás tras la puerta de su habitación. Ellos intentaban pasar desapercibidos pero sus oídos se habían desarrollado lo suficiente para poder oírlos bastantes metros a la lejanía.

Lena cerró los ojos con fuerza, deseando por volver las horas atrás. Quien le decía que también podía volver los días y meses. Daría lo que fuera por volver al momento de la desaparición de Valquiria, o quizás, a aquella noche oscura cuando ella fue a su habitación en la academia a despedirse. Se hubiese aferrado tan fuerte que le habría sido imposible que se fuera. Sin embargo, esa no era la realidad.

El picaporte se movió despacio y los pasos hicieron suaves ecos en el piso de madera. Todos se deslizaron por la habitación, a su alrededor mientras Newén movía sutilmente las cortinas en busca de mayor iluminación.

- ¡Lena! -susurró Therón, pero ella hizo de cuenta que no lo escuchaba. Nunca había odiado ese día, hasta ahora- Lena -repitió él.

- ¡Despierta! -gritó Marissa impaciente. Lena se sobresaltó y miró a todos conmocionada, mientras algunos le dedicaban miradas en desacuerdo a Marissa- Feliz cumpleaños -exclamó Marissa, con una gran sonrisa que hizo sentir culpable a Lena de sentirse tan irritable y gruñona.

- ¡Feliz cumple! -gritaron los demás frente a ella; algunos de ellos sentados sobre su cama.

Marissa, Therón, Giles y Dominic comenzaron a cantar. Newén y Leonardo, estaban a un lado, observándolos analíticos y externo a todo, con expresiones que Lena no lograba codificar.

Dieciocho años. Esa cifra sonaba tan grande para ella, y a la vez pequeña. Era toda una vida, y al mismo tiempo no era nada. A los dieciocho ya estaba recibida de cazadora y médica, y hacía mis prácticas de traumatología durante la cruzada de África. Su hermana era una eminencia a esa edad, sin embargo, ella era un niña buena para nada. «No, eres más que eso» un susurro en lo profundo de su mente la hizo erizar, pero el abrazo de Giles amortiguo la sensación de inestabilidad que estaba sintiendo en ese momento.

Lena sonrió aparentando estar bien y radiante. Escuchó las ideas de sus amigos para ese día y asintió a todo por el solo hecho de complacerlos. Abrió los regalos y volvió a oír el feliz cumpleaños alrededor de tres veces antes de que Newén pusiera orden y le dejaran espacio para que pudiese levantarse.

- Te esperamos en el patio para el súper desayuno -gritó Dominic hacia ella, mientras Giles lo empujaba hacia el exterior. Lena sonrió espléndidamente, pero la calidez se empañaba al llegar a sus ojos grises y oscuros como el cemento.

- No es necesario que finjas más -susurró Leonardo cuando la puerta se cerró, acercándose a ella lentamente. Él se sentó a un lado de ella y depositó un beso en su frente-. Ya eres toda una anciana entre los cazadores -comentó él con humor, mirando de reojo a Newén.

- Gracias -dijo Lena; su voz era tenue y llena de emociones contenidas. Contempló a Leonardo y a Newén, deseando que aquella palabra expresase lo que realmente significaba; ellos la habían estabilizado en los momentos más horrendos que pasó, y tenía la seguridad de que vendrían muchos más en el futuro.

- No debes agradecernos nada -le aseguró Newén, acariciándole el pelo. Lena no estaba de acuerdo, sin embargo, no dijo nada.

- ¿Alguna novedad? -inquirió; aquella pregunta se había vuelta detestablemente rutinaria, casi como si estuviese preguntando por el clima.

Leonardo y Newén negaron, mecánicamente. Lena suspiró resignada, aunque había una pequeña parte que se revolcaba iracunda y triste. Ninguno de los dos chicos pudo evitar notar los gestos melancólicos de ella, y como se había vuelto una sombra de lo que era. Ellos intercambiaron miradas, antes de volverse de lleno sobre su figura.

- Andiamo. Debes desayunar para luego ir al sótano -Leonardo le palmeó la pierna con entusiasmo-. Los chicos no ven la hora de usar el simulador a su antojo -agregó. Lena lo miró fijamente, y sintió la mirada precavida de Newén sobre Leonardo.

- Solo espero que no sufran daños -dijo él, cruzándose de brazos, con voz firme. Leonardo puso los ojos en blanco dramáticamente y se levantó de la cama, dedicándole una gran sonrisa a Lena.

- No seas tan severo, déjalos divertirse por hoy -se quejó Leonardo. Newén lo meditó y finalmente resopló, totalmente vencido.

Leonardo sonrió victorioso. Movió juguetonamente sus cejas, y observó a Lena con aire de superioridad que la hizo sonreír. Cada día, ambos se comportaban como un matrimonio con hijos; uno ejerciendo el rol normativo y el otro siendo más permisivo.

- Solo intenta divertirte y no pensar tanto en lo que sucede -le dijo Newén, cediendo con sus esfuerzos de ser el monarca de las reglas. Con su cabeza, le hizo señas a Leonardo para abandonar la habitación.

Lena asintió. Y los contempló fijamente hasta que la dejaron sola y finalmente, volvió a recostarse en su cama pesadamente. Sus ojos sin vida se posaron sobre el techo, en el que ella dibujaba sus pensamientos. No pensar tanto en lo que sucede. Ella torció el gesto ante aquellas palabras, deseando no pensar tanto. Pero el mayor problema, era que no tenía ni idea de que era lo que sucedía.

***

Todo era pacifico e ideal en aquella tarde. Pero el sentimiento de falta se sentía en todo momento, aún cuando ponía todo el empeño para que no. Levantó la vista hacia el cielo azul y sonrió disimulando la tristeza que lo corroía. Se acomodó en la silla bajo la sombra del árbol y movió su mano sobre la guitarra para que su sonido saliese despedido, escabulléndose y mezclándose con el viento, y los sonidos de la ciudad.

Degustó el sonido y miró a su lado con expresión impaciente. Pero Newén solo estaba concentrado en Lena con sus amigos, conversando entre comida y bebidas. Leonardo parpadeó girándose lentamente hacia ellos, queriendo obtener lo que sea que sumergía a Newén en sus pensamientos.

Lena aparentaba verse bien, como había acostumbrado a hacer. Se veían lejanos los tiempos en que desbordaba de alegría y vitalidad, de manera espontanea. Leonardo torció el gesto con disgusto al ver el aura de nostalgia que la rodeaba como un suave manto. Pero él sabía que ella era fuerte, más de lo que demostraba y más de lo que ella misma se sabía.

- Deja de preocuparte tanto -le recomendó Leonardo a Newén, volviendo a posar los ojos en él. Newén mantuvo la mirada en el pequeño grupo durante unos segundos, antes de respirar hondo y refregar sus ojos.

- Lo que me pides es casi imposible -susurró Newén.

- Lo sé -asintió Leonardo, moviendo su mano sobre las cuerdas. La suave armonía vibró en el aire en aquel instante de silencio-. ¿Demyan ha vuelto a escribir? -inquirió, sin dejar de tocar la guitarra suavemente.

- Aún no -respondió Newén, cruzándose de brazos. Leonardo lo notó dubitativo-. No estoy seguro de que haya sido buena idea aceptar su propuesta -reconoció, pero Leonardo comenzó a negar con seguridad.

- No tenemos muchas opciones hoy en día. Las relaciones entre los cazadores son tensas y las alianzas inestables. No tenemos en quien confiar, y cuanto más alejado esté del mundo de los cazadores es mejor -explicó Leonardo. Newén lo miró con una sonrisa divertida tras aquella apesadumbres.

- ¿Cuándo te volviste tan sabio? -preguntó burlonamente. Leonardo rió, dejando de lado la guitarra.

- Siempre lo fui, solo que preferí dejar que ustedes dos hicieran todo el trabajo pesado -respondió.

Newén meneó la cabeza, sin poder borrar la tenue sonrisa dibujada entre sus labios, que lo hacían lucir joven y despreocupado. Pero aquella serenidad en su expresión no duró mucho. Sus ojos negros se posaron a un lado de Leonardo, directo sobre el umbral de la puerta. La pétrea expresión llamó la atención de Leo, y él se giró para identificar la figura oscura y rígida de Augusta.

Parecía que los años se habían acumulado precipitadamente en su aspecto, notándose en sus ojos el vacio de la inestabilidad y la desazón. La desaparición de su nieta la había afectado repentinamente y de una forma que ni Valquiria misma creería. Augusta llevaba un traje azul oscuro, lleno de insignias, con detalles en rojo y dorado; se trataba del uniforme de los cazadores de alto rango. Se veía abatida con la expresión en blanco.

Leonardo y Newén intercambiaron miradas antes de levantarse e ir hacia ella, en busca de nueva información que pudiese ayudarles a conocer la situación en el mundo kamikaze.

- ¿Ella está bien? -inquirió Augusta, tras saludarlos, volviéndose hacia el interior de la casona.

- Si. Los chicos han sido de gran utilidad para distraerla -respondió Newén, siguiéndola hasta la cocina. Augusta asintió, quitándose el saco y deshaciéndose del peinado formal-, ¿Cómo ha ido todo por allá? -preguntó él, con curiosidad pero intentando no sonar apresurado.

- La junta lleva reunida 6 días y aún no se han decidido a hacer algo -respondió, refiriéndose al conclave que reunía a todos los directivos de las academias del mundo-. Ellos siguen creyendo que la desaparición se trata de otro episodio de rebeldía de Valquiria, pero no es así -explicó, viéndose molesta y dolida-. Ella no sería capaz de huir -agregó, esforzándose para que su voz no se quebrara.

Hubo un instante de silencio plagado de dudas, pensamientos y análisis. Nadie entendía el motivo de la desaparición de Valquiria, pero sabían que algo importante debía haber. Sobre todo, ante aquella ultima visión de ella. Leonardo y Newén aún podían recordar con claridad el grito que emitió, el dolor en su cabeza y su aspecto. El pelo se le había tornado cobrizo, su piel pálida y ambos ojos eran anillos de plata y oro que daban escalofríos. Algo le había ocurrido, y ellos necesitaban saberlo...

- ¿Y ahora? -preguntó Leonardo, en un suave susurro.

- Solo resta esperar a que la junta se decida -respondió sentenciosamente, desplomándose pesadamente sobre la silla, y posando su rostro entre sus manos.

Tanto Newén como Leonardo suspiraron sin querer resignarse. Ellos no querían ni podían esperar y ser pacientes. Valquiria era su familia, y como tal, debía hacer lo posible por saber de ella. Cueste lo que cueste.

***

La estaba pasando bien. O por lo menos eso se estaba haciendo creer a sí misma. No podía quejarse de nada. Era un hermoso día de junio, soleado y con un suave viento. Había comida, y estaba rodeada de sus amigos. Era el primer cumpleaños que no festejaba con su grupo de amigos de Aage, pero ellos pensaban que aún se encontraba en algún colegio pupilo en Alemania. Usaba la misma mentira que Augusta había mantenido con Valquiria, y eso, le daba cierta credibilidad al asunto.

Lena sonrió y disimuladamente ingresó a la casona. No había tanta claridad y la temperatura era menor. Atravesó el pasillo y al pasar por la cocina, reconoció el saco de su abuela. Saber que ella estaría en su cumpleaños la alegró, y la hizo sentir un poco menos desdichada. Pero a su alrededor, no había más vestigios ni de ella, ni de Leonardo y Newén.

Suspiró y siguió caminando, oyendo el sonido de sus pasos sobre el suelo mientras se sumergía en el lúgubre vestíbulo. Un pequeño sonido la obligó a detenerse y tras reconocer la fuerte, siguió caminando hasta la puerta.

Una chica alta y delgaducha estaba del otro lado. Su piel era blanca como la porcelana, y se maximizaba con la palidez de su cabello largo y rubio. En su pequeño rostro ovalado, sobresalían un par de ojos celestes claros que se notaban dudosos hasta que se posaron en ella. La sonrisa de Lena se extendió y la alegría brotó inesperadamente en su ser.

- ¡Feliz cumpleaños! -exclamó la chica, abrazándola con confianza y familiaridad.

- Gracias Phoebe -respondió Lena, afianzando su abrazo, sin poder creer que su gran amiga estuviese con ella- ¿Cómo supiste que estaría aquí? -inquirió.

Phoebe se separó apenas de Lena y sonrió; una sonrisa desenvuelta y llena de confianza. Ella poseía un halo de virtuosa bondad y belleza. Y si Lena no estuviese tan segura de que Phoebe era una humana, hubiese creído que era una especie de ángel o hada.

- Leonardo, él me dijo que estarías hoy aquí -respondió-. Y por cierto, te traje esto -agregó dándole un pequeño presente.

Lena volvió a abrazar a Phoebe, sin dejar de pensar que tendría que agradecerle a Leonardo por hacerle aquel hermoso regalo. Y luego, la arrastró hacia el interior de la casona para presentarle a los demás y comenzar a hablar para ponerse al día.

- Tengo que reconocer que Leonardo se ha puesto muy guapo desde la última vez que lo vi, o quizás sea que ya no tiene barba -meditó Phoebe mientras Lena seguía indicándole el camino. Ambas travesaron la puerta y al salir al patio, ella quedó mirando fijamente a los demás alrededor de la mesa- ¿Y ellos quienes son? -preguntó con curiosidad, sin dejar de observar especialmente a los chicos.

Poniendo los ojos en blanco, Lena se preguntó cuál sería la mejor mentira para explicar que ellos estuviesen allí y que fueran de distintos lugares.

- Compañeros de mi nuevo colegio -respondió Lena, haciendo contacto visual con Marissa, quien silencio inmediatamente a los chicos de cualquier cosa que pudieran decir que revelara su naturaleza.

Los ojos de los cuatro se posaron la intrusa humana, con curiosidad. La tensión en los cuerpos de Marissa, Giles y Dominic fue solamente reconocida por Lena y Therón, y se debía a la falta de contacto con los humanos. «Que ironía» pensó Lena, al darse cuenta que temían más de aquello que debían proteger con sus vidas que de demonios y criaturas horribles.

- ¿Compañeros de colegio? -Inquirió Phoebe- ¿Dónde es que quedaba? Estoy a punto de rogarles a mis padres que me anoten -rió divertida, y aunque Lena sonrió, no le resultaba tan buena idea.

- Chicos, ella es Phoebe, creo que les he hablado lo suficiente de ella -comentó Lena, observándolos a todos con advertencia. Todos asintieron, contemplando a la joven como un bicho raro al que tenían miedo de acercarse. Therón fue el único que se mostró tranquilo.

- Es un placer conocerte finalmente -la sonrisa de Therón junto a aquella mirada perlada, hizo que Phoebe se olvidara de respirar por unos segundos.

- Hola -dijo tartamudeando con torpeza, y Lena la miró divertida.

- Ella es Marissa, y ellos, Giles y Dominic -Lena presentó al resto que intentó disimular ser como humanos normales, pero solo se veían tan toscos como robots.

Phoebe esperó algún tipo de señal pero solo logró sentirse un tanto incomoda por las miradas. Se volteó hacia Lena que se veía divertida ante aquella situación, y que hundía a Phoebe en la incomprensión. Disimulando que no había nada extraño en todo eso, Lena se sentó e invitó a su amiga a sentarse a su lado, entre ella y Therón.

- Entonces, ¿todos ustedes van al mismo colegio pupilo en Alemania? -preguntó Phoebe, dirigiéndose a todos pero mirando a Dominic. Él estaba pálido y callado, algo sumamente extraño en él, pero aún así asintió, posando sus ojos en Lena en busca de algún tipo de ayuda.

Y así fue como Lena comenzó a conversar y a hacer hablar a Phoebe, quien no tuvo ningún problema en ser el centro de atención mientras contaba todas las andanzas del anterior año, sin omitir detalles de la vida de todos aquellos que tanto Lena como ella conocían, pero que mareaban a los demás en el transcurso del relato. Therón estaba cómodo ante la presencia divertida y desestructurada de Phoebe, que resultaba ser un soplo de aire fresco para los tiempos que estaban viviendo. Por su parte, Marissa intentó sentirse un poco menos amenazada por su presencia pero sin desistir de su actitud huraña. Giles y Dominic se fueron afianzando a la personalidad de Phoebe a lo largo de los minutos, observando cada cosa que hacía, cada gesto y cada palabra como algo nuevo y extraño en sus vidas. Y sin querer, todos terminaron hablando de temas tan banales que pensar en ángeles y demonios, sonaba de otro mundo. Un mundo del que ellos deseaban escapar por unos segundos...

La noche había caído. La llegada del verano se sentía cada vez más cerca, y mientras todos estaban en la casona, ella permanecía en una silla en el patio trasero. Sus sentidos en la academia habían mejorado drásticamente, y podía percibir cosas con tanta facilidad que le asombraba. Por lo que estaba allí disfrutando de aromas y sonidos que otros no podían percibir de igual forma. El aire traía consigo el aroma a las plantas aromáticas que rondaban la zona. Y detrás del sonido de la ciudad, oía a las luciérnagas, los animales y el crujir de las hojas.

Los ánimos habían decaído con la desaparición del sol. Se estaba yendo un nuevo día, y aún no había rastros de su hermana. Todo el día había luchado por no caer en los sentimentalismos. La compañía de sus amigos y la presencia de Phoebe, significaron su salvación. Ellos le habían otorgado un poco de felicidad en tiempos de crisis, y eso jamás lo olvidaría.

Lena respiró hondo, manteniendo el aire y cerrando los ojos para poder magnificar su percepción. Un extraño cosquilleo la recorrió, algo que nunca había experimentado y que la obligó a abrir los ojos y observar su alrededor. Pero allí no había nada, más que plantas y arbustos. Permaneció unos minutos intentando captar algo, pero solo se encontró con su abuela que se acercaba sutilmente hacia donde estaba.

Augusta depositó un beso en la cima de su cabeza antes de sentarse en la silla a su lado. Ella respiró hondo y contempló los alrededores, como si fuese la primera vez que los veía. Los ojos de Lena se posaron en ella, a la espera de que dijera algo, e involuntariamente su mirada cayó hacia el pequeño paquete que tenía entre sus manos.

- Todo va a estar bien -dijo Augusta, saliendo de su ensoñación y mirándola-. No sé cómo, pero todo va a salir bien -reconoció. Toda esa autoritaria presencia que irradiaba temor e intimidaba, estaba desvanecida ante incertidumbre.

- Lo sé -Lena asintió. Augusta suspiró, aliviada ante la confianza de Lena, y le alcanzó aquel pequeño paquete que le daba tanta curiosidad a Lena.

- Valquiria lo encargó en el momento en que volvió a Aage, y lo guardó en la caja fuerte -le explicó Augusta, mientras se deshacía del envoltorio y abría la caja de terciopelo roja-. Ella quería esperar a que cumplieras 18 años para contarte la verdad y dártelo.

La voz de Augusta se apagó en el instante en que Lena identificó un macizo anillo de sello, bañado en oro, con el emblema de los Von Engels. El corazón de Lena se apretujó bruscamente dentro de su pecho, mientras un nudo de desolación se formó en su garganta. Intentaba ser fuerte, pero le estaba costando demasiado. Mantuvo sus ojos fijos en el anillo, y pese a todo, lagrimas silenciosa y sin esfuerzo caían por sus mejillas.

Cerró los ojos, llorando con desconsuelo, sintiendo los brazos de su abuela rodearla con fuerza. Se sostuvo a su abuela hasta que sintió que el dolor cedía un poco y el llanto se aplacaba. Augusta le secó el rostro, mostrándose fuerte para que Lena no cayera.

- La vamos a encontrar -le dijo una y otra vez. Lena asintió, mirando el anillo y colocándoselo en el dedo anular.

Contempló su mano con el anillo. Era un gran halago tenerlo, pero también era una responsabilidad que debía saber llevar. Respiró hondo, y no dijo nada estaba que sus emociones lograron estabilizarse.

- Gracias -susurró. Augusta le sonrió, peinando su pelo con suavidad.

Un gritó desde el interior de la casona les advirtió que la cena estaba lista. Augusta decidió darle unos instantes de soledad a Lena para calmarse y entrar. Le dio un suave apretón en su mano, y se alejó lentamente.

Lena sacudió su cabeza queriendo volver a crear el muro de estabilidad que día tras día aprendía a formar. Se puso de pie, y se mantuvo allí mirando la nada misma. Un cosquilleo extraño la recorrió, pero sus sentidos seguían estando normales. Con curiosidad, dio un rápido vistazo. «Estoy enloqueciendo» se dijo a sí misma. El viento se aceleró de manera repentina, rodeándola protectoramente como una suave caricia.

- Donde quieras que estés, espero que sigas con vida y a salvo -dijo al aire, como si él fuese capaz de transportar sus palabras hacia donde estaba su hermana.

«Lo estoy» escuchó entre el aire. Lena sintió su sangre helarse, mirando nuevamente todo en busca de algún tipo de compañía. «¿Valquiria?» preguntó en su mente, pero no hubo respuesta. La fría la realidad de creerse desvariando la golpeó con desilusión. Bajó sus ojos hacia el suelo, pero su mirada se volcó hacia la silla.

Como por arte de magia, allí había una pequeña llave sobre un papel. Feliz cumpleaños, te amo. La letra era elegante pero un tanto desprolija. Reconocía esa caligrafía. Valquiria, ella había estado allí, de alguna forma que ella no podía entender.

Una ráfaga de adrenalina inundó a Lena. Su corazón bombeaba frenético y más vital que antes, porque tras aquella situación sin explicación, había esperanzas. Su hermana estaba bien, y debía buscarla. Tenía la seguridad de que eso debía hacer, pero antes tenía que saber de que era aquella llave. Y en el fondo de su mente, tenía la ligera sospecha acerca de que podía llegar a abrir.

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