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Capítulo 10. Vive con coraje. Muere con dignidad

Lena se despertó con el movimiento del avión aterrizando. Abrió los ojos, exaltada, y lo primero que hizo fue buscar a su hermana. Aquel acto reflejo se le había quedado impregnado desde hacía tiempo, y se intensificó tras los sucesos en Noruega. Pero allí no estaba Valquiria y su corazón se sintió triste al recordarlo. Parpadeó y acomodándose en el asiento, y se giró para observar a través de la ventana. Estaban en un lugar destinado al despegue y aterrizaje de aviones.

La curiosidad la picó, y desvió sus ojos hacia el resto del lugar. Un nuevo día había comenzado, y el sol brillaba tenuemente, desplegando su luz a todos lados aunque el eje principal era una construcción que le quitó el aliento. En alguna parte de Barcelona y alejado del mayor afluente de personas, se encontraba lo que para Lena era un castillo.

Constituido por piedra con un diseño sencillo y armónico, la academia de cazadores ubicada en Barcelona era como un antiguo monasterio que había resistido el paso de los años y de las guerras. De constitución robusta y elegante, ocupaba un vasto espacio, con arcos y piedra esculpida en cada sector para dar paso a fuertes puertas de hierro y austeras ventanas. Entre los distintos niveles de altura de los techos, se extendía hacia el cielo dos torres idénticas con troneras y ventanales, y en el punto más alto se encontraba las campanas.

Alucinada y boquiabierta, Lena estuvo muda hasta que bajó del avión y permaneció de pie deleitándose con ese lugar que era tan distinto a su academia y al mismo tiempo tan similar.

- ¡Al fin en tierra! -exclamó Viridis dedicándole una sonrisa; se veía tan fresca que nadie creería que hasta hacía diez minutos dormía tan profundamente que llegó a roncar haciendo que la imagen etérea de Nayra diera paso a Viridis, quien era más real aunque igual de increíble. Lena asintió. Ella llevaba en sus manos su bolso y en su espalda su mochila con los diarios que no había podido dejar de leer hasta que el sueño la alcanzó.

- Este lugar siempre se ve como una maldita película de terror -se quejó Leonardo apareciendo del otro lado de Lena, pese a no haber dormido, el cansancio no se veía en su expresión. Lena lo miró con desdén y levantó sus cejas.

- La academia de Austria da más miedo que esta -retrucó y Leonardo resopló con evidente desacuerdo. Lena se volteó hacia él y se cruzó de brazos con actitud desafiante.

- Creo que tú y yo, no hemos visto las mismas películas de terror, en las que yo he visto, lugares como estos son lo peor: siempre hay mazmorras con dragones, momias en algún ropero, criptas satánicas, sótanos con experimentos y pedazos de cuerpos suspendidos en alguna clase de líquido viscoso. En cambio, nuestra academia no tiene nada de eso, puedes estar segura que lo he comprobado -explicó con aire sabiondo. Lena lo miró entre dudosa y preocupada por su estado mental pero decidió desistir de seguir discutiendo con él ya que parecía tener buenos argumentos.

- ¿Están todos listos? -inquirió Newén adelantándose a ellos, la solemnidad lo rodeaba como un manto de tranquilidad. Todos asintieron y él suspiró para luego erguirse con seguridad- Entonces andando, mi padre nos espera en su oficina -sentenció comenzando a caminar hacia la academia.

La academia estaba extrañamente silenciosa. Todos los alumnos estaban en sus clases y los pasillos del lugar estaban desérticos, permitiéndole a Lena tener una mejor visión del interior. Los techos eran altos y abovedados, había columnas dispersas en todos lados, dibujos esculpidos y suelos empedrados. En medio de toda la antigüedad, sobresalía la modernidad otorgándole más vida y color.

Una estrella de ocho puntas estaba inscripta en la doble puerta por la que ingresaron junto al lema que la academia profesaba: Vive con coraje, muere con dignidad. Los pasillos eran tan laberinticos como la academia de Austria y no poseía intrincables dibujos en el techo que le ayudaran de guía. Lena caminaba por inercia a través de la galería interior, igual de increíble que el resto de la construcción formada por pilares y arcos, siguiendo los pasos de Newén.

Finalmente, los cuatro se detuvieron frente a una puerta que indicaba la dirección general del lugar. Un extraño sentimiento recorrió a Lena al leer el nombre del director. Constantin Belisario era un completo extraño que le era familiar por todo lo que Byron había contado acerca de él. Recordaba la enemistad con su padre, su actitud austera, la inteligencia y oscura diversión que podía llegar a tener, y la peculiar amistad que había logrado entablar con Louis Von Engels a partir del amor que tenía hacia Mailén, una chica fuera del mundo kamikaze pero de la cual no podía alejarse. Lena respiró hondo al ver que Newén se adelantaba para golpear la puerta y finalmente la abrió.

Los cuatro ingresaron a la oficina en un silencio sepulcral, y se encontraron con la figura de Constantin que los esperaba sentado tras su escritorio. Al verlo, a Lena se le vino a la mente el día que lo cruzó afuera de la oficina de Byron; él le había dado miedo con su intimidante porte, sus rasgos precisos y sobresalientes, y la mirada melancólica de ojos pardos. Su pelo castaño estaba perfectamente peinado a un lado, pero aún así lo acomodó antes de ponerse de pie para acercarse a ellos.

- ¡Hijo! -sonrió Constantin, deshaciéndose de la solemnidad. Extendió sus brazos y estrechó a su hijo en un abrazo. Newén se empequeñeció a su lado, volviendo a ser un niño por un instante hasta que se alejó de él- Niños, espero que hayan tenido un buen viaje -dijo Constantin mirando a Lena, Viridis y Leonardo. Sus ojos se quedaron en Lena un tiempo mayor que al resto, y en su mirada había una mezcla de alegría y conocimiento.

- Lo fue, realmente extrañaba volar -comentó Leonardo torpe ante su presencia. La sonrisa de Constantin se profundizó y centró su atención en Lena.

- Es un placer volver a verte Lena, una de las últimas veces que te vi te encontrabas caminando por la academia con un cuchillo y tu madre te perseguía totalmente espantada -le dijo; sus ojos brillaban con diversión y añoranza. Lena lo miró boquiabierta ante aquello que no recordaba. Sintió sus mejillas encenderse y se encontró con Newén sonriéndole con timidez.

- También es un placer volver a verlo señor -murmuró ella; su voz sonó quebradiza al principio pero luego tomó mayor seguridad.

- Puedes llamarme Constantin, como los demás aunque nunca lo hacen... creo que solo quieren hacerme sentir viejo -comentó sombríamente, dedicándoles una rápida mirada a Viridis y Leonardo. Lena asintió con respeto y sonrió, mientras Viridis y Leonardo cruzaban miradas inocentes-. Vamos, creo que primero necesitan desayunar y descansar antes de que comencemos -agregó. Todos estuvieron de acuerdo, aunque sintieron la tensión de la anticipación de los eventos.

****

Los ataques continuaban en todo el mundo, y las academias no eran vulnerables a esto. Ya se contaban varias bajas, y que todo estaba por ponerse peor estaba dejando de ser un rumor. Todo era calmo por el momento, pero esa calma había sido impuesta a regañadientes. Nadie podía notarse tenso o nervioso, eso solo alteraría el clima de estudio y tampoco era propio de los cazadores. Los estudiantes iban y venían de sus clases al dormitorio, y de estos al comedor. Allí era el sitio principal donde las noticias se escurrían resbaladizamente entre susurros y conversaciones privadas.

«Academias de Asia han sido atacadas. Oceanía y América central han visto como sus instituciones han sido desmoronadas por fuerzas demasiados poderosas»

«Estudiantes son trasladados a instituciones con mayor seguridad»

«Se necesitan más cazadores, y por eso hay más egresados para combatir contra las líneas enemigas. Los vampiros están azotando la costa oeste de Estados Unidos»

«Se cree que en la base militar Atenea se harán reuniones entre kamikazes y aretais. Los licántropos se rehúsan a unirse a los cazadores»

«¿Otra vez se va a reunir la junta? ¿No es demasiado pronto?»

Los oscuros y sagaces ojos de Marissa se pasaron inadvertidamente por todo el comedor, antes de ingresar a aquel sitio plagado de dudas y temores que nadie se atrevía a aceptar. Veía a todos discutiendo en vez de estudiar o alimentarse. Las conversaciones y bromas de antes habían sido reemplazadas por los pensamientos que cada estudiante tenía sobre la situación actual. Proponían teorías, se abarajaban miles de tácticas y procedimientos que podrían aplicarse, soñaban con una buena pelea e incluso se atrevían a proponer la mejor sentencia para los culpables, fuera quien fuera.

Allí no había nada de juegos de niños. Ser cazador conllevaba la responsabilidad de ser un adulto antes de tiempo y pensar como tal. Nacidos en una raza donde la guerra los perseguía a donde fuesen, no les quedaba más alternativa que ser parte de ella o morían en el intento.

Marissa tomó asiento en su apartado lugar de siempre. Se estiró contra la silla, desde donde tenía una excelente visión de cada rincón de la habitación, y llevó hacia sus labios el café que calentaba sus manos. En su mente, pensaba en cuan distintas se habían vuelto las cosas en el último tiempo. Hasta hacía un tiempo, no dejaba de quejarse y aburrirse de la vida de la academia. A pesar de que varios podían llegar a comportarse con madurez, ninguno dejaba de ser un adolescente; incluso los más niños se comportaban como atolondrados adolescentes. Ahora la solemnidad y el análisis invadían absolutamente cada faceta de la vida en la academia.

- Te ves como si planearas asesinar a alguien -una suave y armónica voz llegó hasta sus oídos, sin tanto humor como el que solía tener.

Los ojos de Marissa se posaron a un lado, donde Dominic estaba sentado, reposando su cara sobre sus brazos cruzados. Él lucía apagado; el cansancio se vislumbraba en forma de ojeras bajo sus ojos verdes opacados por el poco dormir y el cabello estaba más desordenado de lo habitual. Los numerosos exámenes junto al exhaustivo entrenamiento avanzado estaban haciendo desastres con la comunidad estudiantil, especialmente con él.

Marissa se encogió de hombros con aburrimiento.

- Quizás te asesine a ti, creo que te haría un gran favor, luces horrible -murmuró. Dominic sonrió, observando de soslayo a Giles, quien leía uno de sus libros de leyes celestiales.

- ¡Mira Giles! Al parecer ya no nos ignora -exclamó Dom entusiasmado, como un niño. Giles hizo una mueca con sus labios, sin quitar los ojos del libro.

- A ella le encanta ignorar a todo el mundo, así que no te entusiasmes -comentó con tono sombrío. Dominic no dijo nada pero volvió a mirar a Marissa, moviendo sus cejas y sonriéndole con provocación. Al parecer, ni siquiera el sueño podía hacer que él dejara de ser un cretino.

Ella puso los ojos en blanco, sin entender siquiera como era que había llegado a la instancia de juntarse con ellos pero no soportarlos la mayor parte del tiempo. «Lena» pensó inmediatamente. Ella había sido la culpable de haberse vuelto más accesible a algún tipo de socialización, y ahí estaba, pagando la condena de haber intentando aplacar su mal humor por el mundo entero.

- ¿Sabes? El otro día estaba estudiando para un examen y me acordé de ti -dijo Dominic con tono sentimental, y ella entornó sus ojos con precaución-. Decía que existen tipos de demonios que viven entre los humanos y son de los más pacíficos porque no intentan matarlos, solo alimentarse de la oscuridad de sus almas y también esparciendo oscuridad para volverse más fuertes. Y concluí que se asemeja mucho a ti -él sonrió y Marissa gruñó, sin notar la sonrisa que Giles estaba intentando hacer desaparecer.

- Si realmente fuese un demonio al primero que liquido es a ti -lo amenazó ella, sin dejar de verse calmada. Dominic meneó la cabeza, sin darle importancia.

- Tú te haces la reina malvada de la oscuridad y el terror pero duermes con un osito cuando te encuentras nerviosa por los exámenes -exclamó él. Ella abrió los ojos con horror y se giró bruscamente hacia un Giles que tiraba rayos laser a Dominic.

- Eso no lo tenías... -comenzó a decir.

- ¿Por qué demonios se lo dijiste? ¡Creí que teníamos un trato! -se quejó ella, interrumpiéndolo, al recordar que él dormía a veces en la cama de Lena siempre y cuando él mantuviera en secreto sus hábitos para dormir.

- Fue sin querer, se me escapó -se excusó él, olvidando por completo su libro-. Yo solo intentaba defenderte -dijo sintiéndose tan raro de decirlo como ella de escucharlo.

- Eso es verdad. Yo había terminado de leer eso y estaba diciendo que no tenías corazón ni sentimientos, y que probablemente tampoco tenías almas aunque un vampiro no eres -explicó Dominic a una Marissa que en la mirada le prometía a Giles venganza. Y como él ya estaba resignado a ser el centro de su odio, suspiró pesadamente.

- ¡Necesito ayuda para estudiar! -Therón se unió a ellos, sonando un tanto desesperado. Sus ojos grises se posaron en los tres y como ninguno respondió, movió sus manos con énfasis- ¡Ayuda! -insistió.

Dominic, Giles y Marissa intercambiaron miradas silenciosas, antes de posar sus ojos en él. La desesperación se había vuelto un rasgo más de Therón aquellos días, y nada tenía que ver la guerra que se estaba iniciando. Mientras el resto estaba con la mente en posible escenarios caóticos, él tenía la cabeza en los exámenes que debía pasar para seguir en carrera y no defraudar a su familia, sobre todo a su abuelo Wenceslao Colette, quien una vez había sido profesor en aquella institución.

- ¿En qué necesitas ayuda? -preguntó Giles, ya que lo demás no hablaban.

- En todo -respondió sonando drástico. Giles elevó sus cejas con evidente sarcasmo, y Therón intentó ser un poco más conciso-. Lo más urgente es Demonología -respondió. Dominic estiró su cuerpo e hizo una mueca de desagrado.

- Podemos estudiar eso juntos -comentó, y poniendo una expresión de cachorro abandonado miró a Giles en busca de apoyo moral y logístico.

- Entonces yo también -dijo Giles en tono monótono, sabiendo que tendría que prepararse para una ardua noche donde debería luchar contra el infantilismo de Dominic y la neurosis de Therón-. Esta noche en nuestra habitación -sentenció.

Therón pareció calmarse y buscó en Marissa algún indicio de que se uniría a ellos en el estudio.

- Oh no. Yo estoy avanzada en demonología, y lo de ustedes esta noche suena a una genial fiesta que quiero perderme -dijo sonrió de lado y contemplando a Giles con oscura diversión-. Vas a tener mucha diversión -asintió directamente a él, quien la miró con los ojos entrecerrados. Sus ojos almendrados se oscurecieron con reproche, pero no dijo nada.

- ¿Alguno sabe algo de Lena? -inquirió Therón mirando a todos. Giles negó y Dominic se encogió de hombros, mientras que Marissa se movió inquieta en su silla.

- Me mando un testamento a mi email, contándome como pateó el culo de su ex novio, conoció a Viridis y viajaría a España para encontrarse con los temerarios -respondió. Giles y Dominic se miraron confundidos, y Therón abrió su boca con asombro. Él movió sus manos como queriendo señalar algo y Marissa tomó aquello como falta de certeza- Es en serio -dijo intentando no gruñirle.

Él pasó sus manos por su pelo y sacudió la cabeza. A ella también le había parecido extraño que Lena conociera a los temerarios, aquel grupo de alumnos que se habían unido hacía muchos años para estudiar y combatir. Una sensación agridulce la recorrió cuando lo leyó, porque que los temerarios estuviesen en España, significaba que su padre estaría allí. Hacía tanto tiempo que no lo veía que se preguntaba si acaso lo reconocería si lo viera.

Los molestos sentimientos que la embargaban en torno a la figura de Vicente Guerrero la incomodaban, así que intentó poner la mente en blanco y erguir su cuerpo como si acaso fuese a luchar contra un gran demonio. Pero eso era su vida familia, un demonio al que tenía que enfrentar y no se animaba.

- ¿Quiénes son los temerarios? -inquirió Giles.

- ¿Lena tiene un ex novio? -Dominic preguntó al mismo tiempo.

Marissa emitió un chillido de impaciencia y le agradeció internamente a Therón cuando intervino:

- Fue un grupo de cazadores que en el año 1983 lucharon en una gran batalla. Estuvo formado por personas que conocemos, pero todo es muy largo así que a la noche se los explico -respondió él mirando a Giles y luego se volvió a Dom-. Y sí, ella tenía un novio. Me contó un poco sobre él un día, y en conclusión: es un idiota -dijo sentencioso-. ¿Y te dijo con qué motivo iba a esa reunión? -le preguntó a Marissa con el mismo entusiasmo de un niño por una piñata.

- Nope, el motivo era confidencial y logró ir porque pudo convencer a Leonardo y Newén -explicó, y se puso de pie antes de que ellos quisieran seguir haciéndoles preguntas que no tenía ánimos de responder.

Se despidió de ellos austeramente con un movimiento de manos y se apresuró a deslizarse fuera del comedor, para estar en la soledad de los estrambóticos pasillos. Se pregunta, internamente, qué estaría haciendo Lena en ese instante a medida atravesaba los pasillos y se entretenía con la visión del cielo oscurecido. Intentó no pensar mucho acerca de lo que conllevaba que ella estuviese con los temerarios, y mucho menos en la presencia de su padre allí.

Molesta con sus propios pensamientos, se obligó a poner la mente en blanco para intentar estudiar pero cuando llegó a su habitación percibió una extraña presencia que la hizo tensarse. Irguió su cuerpo y sus ojos se afinaron sobre la habitación en penumbras hasta que se dirigió hacia su cama donde una sombra se ponía de pie. Como si estuviese a punto de enfrentarse a un demonio, Marissa se volvió estoica. Cerró la puerta detrás de ella y encendió la luz que su padre no necesitaba.

Eso era algo que ambos tenían en común: se sentían cómodos en la oscuridad y soledad.

- ¿Qué haces aquí? -preguntó ella en tono tajante.

El esbozo de una pequeña sonrisa se formó en los labios de Vicente Guerrero. Él estaba sentado en una de las camas con la mirada en el suelo, con las piernas y brazos cruzados. Hacía mucho tiempo que no estaba frente a su pequeña niña, pero al parecer nada cambió, solo su personalidad se tornó más tosca y huraña; una interesante mezcla de la personalidad de él y de su madre cuando la conoció; ella había sido en su época, la mujer más hermosa y también la más testaruda pero aún así la había amado hasta el día de hoy. Pensar en ella le recordaba todo lo bueno en su vida, pero también todo lo que no podía ver y lo que había defraudado.

- Ha sido un largo tiempo desde la ultima vez que nos hemos visto -respondió Vicente, acomodando los lentes de sol que llevaba puesto todo el tiempo.

Marissa puso los ojos dramáticamente en blanco, ante aquella broma personal que no le causaba ni un poco de gracia. Permaneció en silencio y se cruzó de brazos con actitud impaciente, como si su padre fuese capaz de verla aunque tenía sus otros sentidos tan desarrollados que no le sorprendería que él supiese exactamente lo que estaba haciendo.

Su padre meneó la cabeza, descendiendo la cabeza y rascó rápidamente la incipiente barba de su mandíbula, con nerviosismo. Pese a los años que no lo veía, él se encontraba igual; el pelo castaño peinado a un lado que enmarcaba sus rasgos ahora más profundizados por la delgadez, los ojos oscuros y sagaces como los de ella, y las suaves arrugas junto a sus ojos y frente.

- No has ido a casa últimamente y tu madre ha comenzado a preocuparse. Ni siquiera tu hermano sabe de ti -murmuró él, ladeando su cabeza. Marissa volvió a poner los ojos en blanco, porque aquella conversación era una completa tontería- ¿Puedes dejar de poner los ojos en blanco? Puedo sentir el aire que viene para este lado cada vez que los ruedas -comentó mordazmente, girándose hacia ella y mirándola como si realmente la viera.

Si no fuese porque él probablemente se diera cuenta, habría puesto los ojos en blanco nuevamente pero solo resopló antes de acortar el espacio que la separaba de la cama de Lena para sentarse allí. Evaluó a su padre, quien continuaba posando sus ojos en ella. Desconfiaba de él, y odiaba sentir todos esos sentimientos que la invadían cuando estaba junto a él: rencor, ira y también amor. Ella amaba a su padre como al resto de su familia, pero odiaba como se habían distanciada por un sentimiento de lástima que no existía. Vicente se mantuvo por un momento en silencio hasta que suspiró profundamente.

- Lo siento mucho -dijo en voz baja y pensativa. Marissa se rió a carcajadas irónicamente, y su expresión se tornó sombría.

- ¿Lo sientes? ¿En serio? ¿Y qué lo que precisamente sientes? ¿Sentir lastima de ti mismo? ¿Alejarnos de ti y desaparecer? ¿Hacernos creer que nosotros hacíamos algo mas respecto a ti? -Preguntó cínicamente- Tu, tu y tu. Todo era alrededor de tu persona, ¿y qué de los demás? ¿Alguna vez piensas en alguien que no sea en ti mismo? -insistió.

- Esas son muchas preguntas para responder -susurró él, pero ante la ira de Marissa que enviciaba el aire, él se aclaró la garganta y se movió incómodamente en la silla- Siento mucho absolutamente todo. ¿Eso sirve? Siento ser un idiota, haber sido un mal padre y esposo, haberme dejado llevar por mis problemas y no aceptar ayuda, siento que ustedes hayan tenido que pagar las consecuencias de mi falta de autoestima y haber sido con ustedes que me desquite de mis problemas. Creí que porque me amaban serían más fácil pedir perdón por mi errores, pero me di cuenta tarde de los errores y me atrasé en pedir perdón. No pido que se empecemos de cero y hagamos de cuenta que nada sucedió. No, solo quiero ser capaz de ganarme la confianza y el perdón de la mejor forma. ¿Me entiendes? -terminó su discurso sediento pero sintiéndose más liviano.

Con lentitud, Marissa largó el aire que llevaba conteniendo sin darse cuenta. Confuso e indecisa, refregó sus ojos deseando poder tener más convicción como para renegar absolutamente de su padre y alejarlo completamente. Pero resultaba ser, que su padre estaba tan lejos que no había lugar a donde mas correr. Lo que él pedía era aceptable y tras dar el primer paso, quedaba en ella dar el siguiente. Tantas veces había soñado con el momento en que él aceptaba su parte de la culpa y pidiera perdón, que ahora que sucedía le resultaba surrealista. En algunas de sus ensoñaciones ella le echaba en cara todas las cosas que había hecho mal hasta que él se retractaba con dificultad. Ahora todo parecía más fácil.

- ¿Por qué ahora? -preguntó ella en tono monótono.

- Porque me he dado cuenta que he perdido el tiempo en peleas que no valen, y que ahora es cuando necesitamos estar unidos para ser más fuerte -respondió.

- ¿Y qué hay ahora? -inquirió ella; Vicente pudo sentir la curiosidad en su voz y la pérdida de la austeridad que antes tenía. Sonrió suavemente, más optimista que antes.

- Una guerra ha comenzado hace años, y está a punto de desatarse en su máxima expresión -explicó-. Es hora de que tu también sepas de que va esto, y es por eso que necesito que me escuches. Te voy a hablar de algo que no muchos son parte aunque todos tienen sus teorías. La Sociedad Fantasma, ¿sabes que es? -preguntó.

Marissa dudó, recordando a Los temerarios y lo que Lena le había contado.

- Si -susurró. Su padre sonrió.

- Bien, eso me ahorra mucho tiempo -sentenció.

****

En un solitario sitio en alguna parte de Londres, el ambiente podía cortarse con solo un movimiento de pestañas pero allí nadie se movía, ni hablaba y tampoco respiraban. No es que fuera necesario que lo hicieran pero sus cuerpos mortales siempre los obligaban a comportarse como humanos.

Los ojos del séquito de ángeles estaban puestos en la pequeña criatura que yacía en el suelo con expresión contorneada. Ya nada quedaba de vida en ese ser, solo su envoltorio que parecía un muñeco; hermoso pero grotesco ante la expresión de horror y odio con la que quedó tras su muerte.

Observaban, sin asimilarlo, las consecuencias de la falta de cordura de uno de ellos. Las palabras parecían no poder explicar la inquietud que sentían, porque ni ellos mismos lo sabían. Solo uno podía describirlo pero él fue quien apareció último. El estupor y la incredulidad nublaron la mirada de Caleb cuando se hizo presente.

- ¡Por dios! -exclamó, tensándose y mirando a los demás en busca de alguien que se viera como él, pero solo contemplaban el cuerpo de la pequeña niña con el rostro en blanco.

Cerró los ojos con enojo y se recordó a sí mismo que era el único que había vivido entre los humanos el tiempo suficiente como para sentir y comportarse como ellos. En momentos como ese, se daba cuenta que aquello tiene tanto ventajas como desventajas.

- ¿Alguien sabe quién es? -inquirió respirando hondo para luego abrir los ojos y volver a fijarse en la niña.

- Zoey Douglas, una bruja -respondió Areli, que estaba a un lado del cadáver, inspeccionándolo con curiosidad; llevaba puesta ropa mundana y tenía su pelo castaño rojizo recogido-. Pese a su aspecto, llevaba muchos años recorriendo este planeta.

Caleb meneó la cabeza y posó sus ojos en Xoan. Sus rasgos suaves y hermosos no reflejaban ningún tipo de emoción, hasta que sus ojos verdes se posaron en Caleb. Él pudo sentir la severidad de su mirada, y no fue necesario preguntarle nada para que él le dijera:

- Fue Merari, al parecer la bruja no quería cooperar con ella -dijo en un susurro que sonó aún más fuerte debido al imperturbable silencio. Las manos de Caleb se cerraron con fuerte, y sintió sus propias uñas clavarse en su piel. Ella estaba loca y desvariando. Que fuera un peligro no era novedad pero nunca se había descontrolado, hasta ahora.

- Es necesario detenerla -sentenció. Nadie dijo nada, porque aquello era cierto.

- A partir de hoy, Merari tiene absolutamente prohibida su entrada al reino de los cielos y es considerada un caído -la voz de Yetsye, sonó brutal y concisa. Sus ojos blanquecinos eran como el acero. Ella podía dar esperanza pero también condena. Ni siquiera Ehud fue capaz de decir algo para defender a su antigua amante, porque sabía donde eran los límites, algo que Merari no logró manejar.

- ¿Quién se va a ocupar de su dinastía, los Madison? -preguntó.

- Lo haré yo -respondió Ehud, con su aspecto de príncipe egipcio, irguiéndose para demostrar cuan seria iba a tomarse su tarea de guardián. Caleb dudó, sin embargo, no dijo nada.

- Con respecto a lo demás -Eitana elevó su voz para ser oída, aunque eso no era necesario-, los cazadores están a punto de entrar en crisis y creo que es hora de entrar en acción. Y tú, ¿sabes algo de tu protegida? Porque he oído bastante hablar acerca de ella -sus ojos turquesas se fijaron en él.

- Aún no -susurró, pensando en todos los momentos que estuvo cerca de encontrarla; percibiendo destellos de su presencia que se evaporaban rápidamente. La mirada de Eitana se volvió más rígida pero se suavizó cuando él dijo-, pero intentaré encontrarla, es mi prioridad -aseguró, recordando las palabras que Merari le había dicho la última vez que se vieron.

- Si esta reunión concluyó, ¿podemos darle un buen descanso? -inquirió Selimá, refiriéndose al cuerpo de Zoey. Su aspecto general era aniñado, con el pelo negro y ojos castaños pero su actitud era madura y reservada.

En el momento en que todos asintieron, ella chasqueó sus ojos haciendo que Zoey dejara de verse terrorífica, volviéndola inexpresiva y calma como si durmiera. Con su tamaño mediano, Selimá recogió el cuerpo de la bruja entre sus brazos y sosteniéndola cuidadosamente simplemente desapareció para llevarla algún sitio donde pudiese descansar en paz por el resto de la eternidad.

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