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Capitulo 3. Disciplina

Lena escuchó de repente. Ella miró a todos lados. «¿Dónde estoy? ¿Quién me llama?» Se preguntó No te asustes escuchó de nuevo, y como si le hubiesen sacado un velo de los ojos vio el lugar con claridad.

Se encontraba en la academia, en su habitación, y en su cama. Se sentó y observó con curiosidad a Marissa dormir. Pero ella se veía borrosa y distante, como si estuviese en otro lado.

Supongo que has tenido un día interesante escuchó una voz conocida y miró hacia los pies de su cama donde se alzaba una figura oscura por su ropa y pelo. Sus ojos brillaban en la claridad sobrenatural que bañaba la habitación. Lena sonrió y Caleb se acercó más a ella. Tenía una remera que dejaban al descubierto las marcas negras en la piel, en un idioma que ella no entendía.

Bastante reconoció¿Dónde estoy? le preguntó confundida. Caleb sonrió.

Esto es una dimensión paralela, es más fácil que puedas ingresar cuando estas dormida respondió.

Ella volvió a dar un vistazo hasta terminar en Caleb. Él se veía como siempre, joven, hermoso y misterioso. Recordaba cuanto había llorado en su sacrificio y el temor que tenia de no volver a verlo. Pero allí estaba, acompañándola a su manera.

Este lugar no es tan malo como parece, y en cuanto a ella, no creo que tengas muchos problemas para que terminen simpatizando comentó mirando a Marissa. Lena sonrió con ironía y levantó una ceja. «¿Cómo podía congeniar con alguien como ella?» Se preguntóEs solo una coraza, todos las tenemos a nuestra manera murmuró Caleb. Lena parpadeó, ¿él podía leerle sus pensamientos?Si piensas en mi, por supuesto que voy a saber tus pensamientos, aunque no lo necesito para saber cómo te sientes y que piensas dijo divertido.

Lena sonrió sintiéndose halagada por que hubiese alguien que la conocieran tan bien.

Solo vine a visitarte para recordarte que voy a estar cerca de ti, no tengas miedo. En ese lugar puede haber gente oscura pero también hay personas que valen la pena que conozcas le aconsejó. Ella asintió temerosa pero era algo que se había visto venir. De repente, un sonido extraño comenzó a sacarla de su estado de trance. El rostro de Caleb permaneció relajado dándole tranquilidadEres fuerte, Lena, no lo dudes suspiró él levantándose y acercándose a ella para darle un beso en la frenteAhora, necesitas despertar dijo posando sus manos en sus hombros y llevando su cabeza hacia la cama.

¿Qué? ¿Por qué? preguntaba Lena asustada. Él sonrió.

Despierta, y recuerda que la gloria del gran ángel corre por tus venas susurró.

Abrió los ojos con sobresalto. Miraba el techo agitada mientras escuchaba estruendosas sirenas. La adrenalina se disparó en su cuerpo y se levantó yendo hacia la cama de Marissa. Ella seguía dormida, hablando entre sueños palabras en español que Lena no entendía.

— Marissa, Marissa, creo que sucede algo —susurró Lena a su lado intentando no despertarla bruscamente.

Con la personalidad que tenía presentía que no era bueno para la humanidad despertarla violentamente. Ella se movió entre sus frazadas y siguió hablando.

Eres un gilipollas, tío —murmuró. Lena profundizó las líneas de su entrecejo.

— Marissa —dijo mas fuerte rosando su brazo y súbitamente ella se sentó en la cama con un cuchillo en su mano, en su más puro estado defensivo.

¿De dónde sacó el cuchillo? Lena la miró horrorizada cayéndose al piso. Marissa analizó el ambiente y dejó su cuchillo debajo de la cama.

— ¿Te asustaste por las sirenas?" preguntó Marissa sin molestia aparente en su voz.

— Si —respondió Lena tímidamente.

— Son solo el aviso para levantarse —explicó tirándose contra la cama nuevamente— Y la próxima vez que me despiertes no me toques, podría arrancarte el brazo con alguna maniobra —murmuró sin malicia pero advirtiéndola cuidadosamente.

Lena asintió sintiendo su respiración entrecortada. Se mantuvo unos minutos sentada en el piso hasta que su corazón hizo un intento de normalizarse y ella se levantó para poder comenzar su día.

La noche anterior había sido más tranquila, a su manera, que todo el día. Cenó junto a Therón en una de las mesas desocupadas del fondo del comedor. Según se había enterado, el piso de arriba era usado por los cazadores que ya estaban recibidos, y una vez se iban, por los estudiantes avanzados. Y ambos, no solo eran principiantes, eran casi humanos. Por lo visto nadie pasaría de un lado a otro sin pagar derecho de piso. Había visto tantos estudiantes que no pudo identificar quienes serian sus futuros compañeros y quienes no. Cuando llegó a su habitación vio que Marissa no estaba, según le había dicho ella practicaba en las horas de la cena para aprovechar toda la maquinaria, y eso le dio un tiempo de necesaria soledad. Una vez se acostó en la cama, que era mas cómoda de lo que podría haber imaginado, se durmió instantáneamente.

Al salir del baño, Lena estaba más despierta que antes. Tenía el pelo atado en un rodete bajo y vestía el pijama, y mientras observaba a Marissa seguir durmiendo caminaba hacia su ropero para sacar su uniforme. Nunca se hubiese imaginado que en ese lugar vestirían un uniforme tan moderno. Siempre se imaginó a todos como militares moviéndose de un lado a otro, pero ese tipo de vestimento solo se usaba en las prácticas que eran en la tarde. Las prendas que podían usarse se limitaban a camisas, blazer, polleras tableadas o pantalones, pulóveres y zapatos, siempre guardando con el protocolo de que los colores sean: blanco, azul, rojo y negro. Para Lena, verse con la pollera azul profundo, camisa blanca de mangas cortas y cuello con volados, la hacía sentirse extrañamente bien. En el momento en que se soltaba el pelo y metía dentro de su mochila el horario y algunos libros y cuadernos, Marissa decidió levantarse. A diferencia de Lena, que hizo todo de manera casi metódica, se vistió en poco tiempo.

— ¿Todavía estas acá? —preguntó Marissa, despeinando su pelo, como si recién notado su presencia allí.

Lena estaba sentada en su cama mirando el uniforme de ella; camisa blanca, pollero azul y blazer del mismo azul profundo, sus medios llegaban hasta debajo de su rodillas y tenia puestos unos borceguíes negros bien gastados.

— Estoy esperando a alguien —respondió. Marissa entrecerró los ojos.

— ¿Tu novio? —preguntó. Lena sonrió, ruborizándose, y negó.

— Un amigo, un primo lejano —asintió levantándose para ponerse el blazer color rojo.

Esa había sido su primera elección pero tras ver la manera sombría en que Marissa vestía dudó si usarlo o no. Su batalla mental se hubiese extendido más de no ser porque se escuchó un suave golpe en la puerta. Marissa miró sagazmente hacia aquella dirección y como estaba más cerca abrió la puerta. Lena sonrió al ver la expresión de ella, llena de análisis y un poco de curiosidad. Therón se veía realmente bien con su uniforme, pantalones y blazer azul profundo y camisa blanca. Sus ojos se posaron en ella brevemente hasta que identificó a Lena de pie en el centro de la habitación. Sus labios se curvaron en una tenue sonrisa.

— Buen día chicas —saludó— ¿Lista? —preguntó.

Marissa asintió con solemnidad y fue hacia su cama en busca de la mochila.

— ¿Vienes con nosotros? —le preguntó Lena a Marissa. Ella sonrió con ironía, tirando su mochila sobre su espalda, y caminando hacia la puerta.

— Ni lo sueñes —murmuró por lo bajo alejándose de ellos.

Lena sintió como le brotaba la ira. ¿Qué le había hecho ella para que la tratara así? Cerró su mano con fuerza sobre la tira de la mochila y sus ojos se encontraron con los de Therón.

—Siempre podemos recurrir a tu hermana para que se vengue en alguna practica —él se encogió de hombros con soltura. Aunque no estaba del humor vibrante, al que solía estar, rió.

— Supongo que esto no es Aage —comentó mientras cerraba la puerta del dormitorio y ambos emprendían camino al comedor.

***

Los pasos resonaban de un lado a otro. Las voces se entremezclaban en distintos tonos, géneros e idiomas. Cada uno estaba sumergido en sus propias conversaciones y sus mentes ocupadas en sus asuntos. Nadie parecía notar al otro salvo que fuera su amigo o su enemigo. El color azul y rojo danzaba frente a sus ojos, mientras Lena sentía alivio de saber que no era la única que usaba chaqueta roja. Al parecer, los cazadores sabían tener estilo, algo que le recordó a Leonardo. Estaban los más rebeldes, los convencionales y los más osados en sus vestimentas. Algunos se dirigían hacia el edificio académico por la puerta de salida, quedándose en la fuente de la plaza conversando, mientras que otros tomaban los numerosos atajos que había. Therón sonreía con diversión mientras recorrían el pasillo hacia la galería. Una vez en el vestíbulo de la residencia cruzaron la estrella de ocho puntos, la misma que decoraba los botones de los blazer y era el escudo de alguna que otra chaqueta, y caminaron a paso rápido hacia las escaleras del este. Pero siguieron derecho las escaleras y Lena divisó una puerta abierta de par en par que filtraba la luz del exterior. Ella miró con curiosidad a Therón, que ampliaba su sonrisa. Junto a ellos dos más estudiantes, los pasaban, traspasando la puerta.

Aquella puerta llevaba a un nuevo patio. El verde de las enredaderas predominaba en las paredes laterales. El piso estaba cubierto de coloridos mosaicos y el techo abierto daba paso a los rayos de sol de entre las nubes. Lámparas futuristas jugueteaban dispersas entre las mesas y sillas. Ese sitio tenía la mezcla justa entre urbanismo y naturaleza. A Lena no le bastaban los ojos para ver a las personas allí. En ese corto tramo hasta ingresar en el otro edificio se encontró con miradas reprobatorias y otras simpáticas. Todo era diverso, nuevo y excitante, como si el miedo que la invadió el día anterior nunca hubiese existido. Para ella era un gran esfuerzo no verse tan maravillada como lo estaba. Ya sé cómo se sintió Harry Potter cuando conoció Hogwarts. El edificio académico tenía un gran contraste con la solemnidad lúgubre de la residencia, tanto que costaba reconocer todo como un mismo lugar. Sin saber bien a donde ir, Lena siguió a Therón que se movía a la misma dirección que el flujo de estudiantes.

— ¡Ey, Giraldo! Supe que te acobardaste con un demonio en Hungría —gritó alguien entre la multitud, a lo que le siguió una ola de silbidos y protestas.

— ¿A cuál Giraldo se refiere? —preguntó alguien, una chica a otra que se encogió de hombros.

— No me acobarde y tampoco creo que sea bueno que llames demonio a tu madre —contraatacó otro chico y las risas se dispersaron en el ambiente.

Lena sonrió por lo bajo al recordar ese tipo de conversaciones entre sus compañeros del instituto, con excepción de la mención de demonios.

— En el edificio hay tres pisos. En el primero está la cafetería, las aulas de baile y el salón multiusos. Y en el segundo y tercero las aulas magnas —le dijo Therón acercándose a Lena y haciéndola asustar. Se había perdido en el ruido de su alrededor y se había olvidado de la presencia de Therón a su lado. Él se dio cuenta de su reacción e intentó ocultar la sonrisa— Hacia aquella dirección se va al gimnasio —agregó apuntando al final del pasillo que parecía muy lejano.

Siguieron hasta encontrarse con la primera escalera en la que subieron de prisa. Aunque faltaba un poco para que fuese las siete de la mañana, Lena quería tomarse su tiempo para encontrar el aula y buscar un lugar. Solo se tomó un momento para darle un vistazo a la hoja que guardaba en la chaqueta, donde estaba escrito el numero del aula, y le llevó menos de lo que imaginó encontrarlo. Sintió el calor expandirse por su cara al ver la cantidad de chicos que ingresaban y la mayoría se veían muchos más jóvenes que ella.

— Supongo que acá nos separamos —exclamó Therón irguiéndose y acomodando la mochila negra sobre su espalda. Una oleada de desesperación hormigueo en su columna. No te vayas; tenía ganas de gritar— Nos vemos en la clase de Leyes —le sonrió dándole una palmada en su hombro. Lena suspiró sin salida aparente e intentó sonreír.

—Nos vemos entonces —murmuró yendo hacia la clase.

***

Cuando había escuchado que tendría una materia llamada introducción a la historia Lena había puesto los ojos en blanco dramáticamente y se había quejado en todo momento de tener que estudiar lo que ya sabía. Pero estaba muy equivocada. La historia que aprendería tenía que ver con la perspectiva de los cazadores. El profesor era un hombre morrudo y mediano, entrado en años, con un traje antaño y casi pelado, salvo por esos pobres mechones de pelo que acomodaba para reusarse a admitir su calvicie. Desde que había entrado al aula no había dejado de hablar. Se presentó a sí mismo como el profesor Olsen y tras dar una ojeada al listado de alumno comenzó a hablar de su materia.

Génesis Kamikaze. Ese era el nombre del primer libro que tendría que leer y deseaba desaparecer de la faz de la tierra con ver la cantidad de hojas que tenia. Y ese libro era solo por esta semana. Una mueca de incredulidad se paseaba por su rostro. Ella no era una de esas personas adeptas a la lectura aunque de vez en cuando se refugiaba en ella. Se preguntaba si habría alguna película que le hiciera todo más fácil pero estaba segura que eso no sucedería. Para el momento en que la clase terminó, su mente se había saturado con tantos nombres, batallas y enemigos.

De allí corrió a su próxima clase que era idioma. Ella había resuelto, junto a Augusta y Valquiria, que sería apropiado que se perfeccionara su inglés y que aprendiera francés, ya que Newén podía enseñarle sin ninguna prisa español, y Leonardo italiano. A diferencia de su anterior clase donde todos eran recién iniciados, en esa clase había más diversidad. Y aunque la curiosidad la gobernaba sabía que tenía que prestar atención a la clase, porque no tenía alguien que después pudiese pasarle las cosas, como Phoebe solía hacerlo. Así fue que pasó el tiempo, disfrutando de lo que sería su clase más normal de todas para después irse hacia Leyes Celestiales, donde esperaba esperanzada encontrarse con Therón.

Salió rápidamente en busca del aula de la próxima clase. Acomodaba su mochila sobre el hombro y giraba hacia uno de los pasillos que recorrían la planta cuando chocó estruendosamente contra alguien. La mochila cayó al suelo, y ella se apresuró a levantarla, mientras parte de su cuerpo dolía por la colisión.

— Lo siento, no te vi —dijo una voz cerca de ella.

Lena levantó la cabeza y se encontró con unos brillantes ojos color miel que le resultaron conocidos inmediatamente. Volviendo a acomodar la mochila sobre su hombre, se puso de pie sin abandonar los ojos de aquel chico, quien se resultaba ser el mismo con el que había chocado en el pasillo de la residencia.

— Te conozco —le dijo aturdida. Él pestañeó, saliendo de la obnubilación mientras sus mejillas se volvían rojizas. Un aura de timidez lo rodeaba, y miró a su alrededor, en la búsqueda alguna vía de salida— Ayer chocamos, accidentalmente, en el pasillo de la residencia —se explicó con una sonrisa que pareció aplacar los nervios que él tenía. Penosamente, él pasó su mano por su nuca.

— Si, suelo chocarme bastante a menudo. Lo siento por eso, también —murmuró en un tono bajo, pero el suficiente como para que Lena notara el timbre grave y un acento que no lograba ubicar.

— No pasa nada, a mi me pasa lo mismo —su sonrisa se hizo más pronunciada, y se dio cuenta que estaba hablando con alguien de quien no sabía el nombre— Por cierto, me llamo Lena —le dijo.

Los ojos de él, tras vagar por todo el lugar terminaron en ella. Con el ceño arrugado, se veía confundido.

—Collins —asintió con su cabeza y el cuerpo tenso, lo que le recordó a Lena que se encontraba en un sitio de enseñanza militar y no en su antigua escuela. Collins vestía el uniforme de la academia, como el resto de los chicos, eligiendo los tonos oscuros por sobre los más llamativos.

— Es un gusto conocerte Collins. Eres una de las primeras personas que conozco en este lugar —murmuró Lena echándole un ojo al reloj en su muñeca; tenía solo unos minutos para llegar a su próxima clase.

— ¿Eres nueva? —preguntó él.

— Si, por lo que he oído no es algo muy bien visto con la edad que tengo —hizo una mueca de disgusto, pero sin perder del todo la diversión, y levantó sus ojos hacia él— Por cierto, ¿no tenés idea de donde es la clase de Leyes Celestiales I? —preguntó ladeando su cabeza.

Collins dio un vistazo a su alrededor donde los estudiantes y profesores se movían cada uno en sus asuntos.

— Esa es una materia bastante avanzada para alguien que recién arranca —comentó él, pensativo. Lena se limitó a encogerse de hombros; sus clases y horarios habían sido el eje central de las reuniones de su hermana y su abuela— Voy allí, si quieres, puedes venir conmigo —comentó él no del todo seguro, lo que hizo que Lena dudara.

Sin pensar mucho en su comportamiento, ella asintió y empezó a caminar junto a él, en dirección contraria a la que iba en un primer momento.

No muy lejos de donde habían chocado, se encontraba el aula asignada a Leyes Celestiales. Detrás de otros alumnos, ambos entraron. Lena se quedó de pie, echándole un vistazo al salón en busca de Therón.

— ¡Collins! —escuchó que alguien llamaba al chico a su lado.

Él la miró con duda y se despidió torpemente para caminar hacia el fondo del salón. Siguiéndolo con la mirada, se encontró con el rostro familia de Therón en una de las sillas el centro. Sus miradas se encontraron, y él le sonrió con entusiasmo mientras le hacía señas. Sin perder tiempo, ella caminó hacia Therón para sentarse a su lado en medio de un suspiro.

—Cómo va el primer día? —le preguntó acercándose a ella. Al contrario a ella, él se veía fresco.

— Agotador, pero es porque no conozco nada ni a nadie —respondió con una mueca de disgusto mientras se sacaba el saco y lo colgaba en su silla. Therón posó su mano en su hombro y le sonrió con entusiasmo.

— Es solo hasta acostumbrarte. Además, al parecer ya has hecho conocidos —murmuró dando un vistazo hacia el fondo del salón.

Lena no miró, pero estaba segura que observaba a Collins. Sus ojos grises perlados se volvieron a posar en ella y Lena sonrió intentando verse optimista.

En ese momento, mas alumnos entraron seguidos por un hombre alto, mediano y de cabello rubio oscuro. Se trataba del profesor Warner, el encargado de esa clase. Therón y Lena tomaron distancia para sacar sus libretas de apuntos.

— Buenos días alumnos —los saludó el profesor, y todos les respondieron en coro. Mientras se tomaba el tiempo para acomodar sus cosas, Theron se acercó sutilmente a Lena. Con sus finos dedos movió el pelo de ella que parecía una muralla.

— Espero que no estés demasiado agotada cuando llegue la mejor parte del día... los entrenamientos y las peleas —le susurró con picardía.

Lena levantó los ojos hacia él justo en el momento en que le guiñaba el ojo. Ella rió tontamente al mismo tiempo que un murmullo rojizo se extendía por sus mejillas. No seas tonta Lena, es tu primo; se decía para intentar no caer en la tentación. Uno lejano; le dijo una parte de su consciencia que desconocía. En su mente puso los ojos en blanco e intentó volver a concentrarse y estar optimista... porque ese día iba a ser más largo de lo que había supuesto.

***

Levantó la cabeza ante un cielo que anunciaba lluvia. Sus ojos estaban aún húmedos y no dejaba de llorar. Tenía miedo. Su abuela la había sacado de su casa y no sabía a dónde la llevaba. Quería a sus padres pero ellos no estaban y su abuela parecía estar enojada. Pero, ¿por qué? ¿Qué hice? Se preguntaba. Ella seguía conduciendo con la vista en el camino. Sus ojos eran glaciales y desde que habían salido no había hablado. Sus manos estaba fuertemente agarradas del volante y en su mandíbula sobresalían sus músculos. Quería estar con su hermana, con la pequeña Lena pero no podía. Se la había llevado su abuela y ahora estaba al cuidado de su tía Ernestina.

La tía estaba enojada; pensaba la pequeña Valquiria de tan solo ocho años. Desde los sucesos de la noche anterior, su tía había estado llorando todo el tiempo y no dejaba de pelear con su abuela. ¿Por qué pelearían? Ella no lo sabía, pero había llegado a oír algo como que su abuela estaba tomando decisiones que no le correspondían. No dejaba de llorar esa mañana cuando Augusta la metió en el auto, y Norbert estaba triste; ya no iban a jugar juntos. Valquiria respiraba hondo intentando dejar de llorar pero no podía.

Miraba hacia afuera y sus lágrimas caían sin esfuerzo; permanecía silenciosa por miedo de que su abuela le gritara. Era pequeña para alguien de su edad, se veía frágil, su rostro era pálido y pecoso, y sus ojos eran grises como las nubes de lluvia. Su pelo estaba trenzado rubio rojizo y muy largo.

— Abuela, ¿a dónde vamos? —le preguntó cuando la incertidumbre había llegado a la cima. Ella no le respondía, estaba pensativa.

—A un lugar —respondió por fin entre suspiros— Te quedaras allí hasta que las cosas se solucionen —le explicó sin mirarla. Valquiria se encogió en el asiento. Tenía miedo y estaba triste, lloraba imaginándose lo peor.

Su abuela siguió conduciendo hasta que se fueron acercando a un lugar lleno de edificios y personas. Tenía aspecto terrorífico. Valquiria abrió los ojos y se retrajo en el asiento, mirando a su abuela. ¿Allí era donde voy? No, por favor, no. Se decía mentalmente aterrorizada. Al entrar leyó unas palabras que le parecían extrañas. El motor del auto se paró y se encontraban detrás de un gran edificio. Su abuela estaba silenciosa. Seguía agarrando con fuerza el volante y apoyó su frente sobre sus manos. Estaba triste y enojada. Tenía los ojos cerrados con fuerza. Respiró hondo y se volvió hacia atrás, para girarse hacia Valquiria y mirarla con una tenue sonrisa mientras le acariciaba el pelo.

—Espero que un día sepas entenderme —murmuró bajándose del auto. Fue hacia atrás a buscar el bolso y la hizo bajarse.

A medida caminaban, Valquiria veía muchas personas y muchos tenían su edad. ¿Es una escuela? Pensaba, pero veía a muchos con uniforme militar. Las dos entraron al primer edificio y caminaron hasta una oficina. Valquiria se quedó sentada afuera mientras su abuela ingresaba. A través de la ventana podía ver que hablaba con un hombre alto y grande. Se veía serio y atemorizante. Sus ojos eran del color del cielo y tenía cierta tristeza. Le dio un abrazo prolongado a su abuela, y cuando se alejó la observó a través de la ventana. Valquiria se intimidó y se encogió. Quería llorar pero había demasiadas personas a su alrededor, y muchos la miraban con melancolía. ¿Ellos me conocen? Parecía que sí, o tal vez conocían a su padre. Él trabajaba fuera de la casa, y pasó por su mente la posibilidad de que ese fuese su lugar de trabajo. ¿Dónde estoy? De repente la puerta se abrió y su abuela la llamó para que entrara. No quería entrar pero lentamente se puso de pie.

En la oficina estaba ese hombre de apariencia seria. Intentaba estar calmada y le veía los ojos. Son como el cielo, me gusta. Él se acercó a ella, era muy alto. Su abuela estaba junto a la puerta, mirándola con tristeza.

— Hola pequeña princesa —la saludó con una con una sonrisa pero sus ojos eran tristes— Has crecido desde la última vez que te vi y eres muy parecida a tu madre —comentó. Pero ella no lo recordaba, quizás la había visto cuando era mucho más pequeña— Sin dudas eres una Von Engels, tienes los ojos de tu padre —quedó en un brusco silencio; estaba intentando ser fuerte— Mi nombre es Byron, un amigo de la familia. Te vas a quedar acá, todo va a estar bien ¿Sí? —le dijo.

Valquiria asintió pero tenía miedo y quería seguir llorando. ¿Por qué se tenía que quedar? ¿Hasta solucionar que cosa se quedaría ahí? ¿Y porque su abuela deseaba que algún día la entendiera? ¿Y su hermana?

Su abuela se acercó a ella y le dio un abrazo prolongado. Ella parecía querer llorar, pero se alejó dándole un beso y salió rápidamente de allí. No tuvo tiempo ni de hablar que ya se encontraba sola. Estaba sola, sin padres, sin hermana y sin abuela. ¿Por qué? ¿Qué hice? Se preguntaba mientras sus lágrimas caían sobre sus mejillas frías.

—Quiero a mis papás —le dijo a Byron quebrada, llorando.

Él no sabía cómo reaccionar. Se acercó a ella suavemente y la acercó a sus brazos. Ella no lo conocía pero era uno de los primeros a lo que le interesaba como estaba. Era cálido y protector. Pese a su aspecto serio se dio cuenta que era bueno, o por lo menos con ella. Cuando se tranquilizó, él le explicó lo que haría allí pero ella no entendía mucho. ¿Qué era un cazador? ¿Ejercito? ¿Entrenamiento militar? Eran palabras que simplemente no comprendía en su totalidad. Él en persona se encargó de llevarla a una habitación. Por lo visto, esa sería su casa de ahora en más. Estaba sola en una habitación muy grande. Byron se fue y Valquiria quedó en el centro de la habitación mirando la nada misma. Estaba débil y cansada de tanto llorar. ¿Y ahora qué? Se preguntaba confundida.

Durante la primera semana no había dejado de llorar. Había sido maltratada por profesores, alumnos y nadie le hablaba. Por lo menos pasaba desapercibida y eso era bueno. Quería irse a su casa pero no podía, estaba ahí encerrada sin alternativa alguna. Nadie la miraba con melancolía y tristeza, primero porque nadie la notaba y segundo porque muchos como ella habían perdido a sus padres. Odiaba tener que ser obligada a aprender cosas que no entendía. ¿Por qué tenía que pelear y usar armas? La comida era horrible y nadie le ayudaba. Ella quería a su familia pero ellos parecían no quererla a ella. A muchos lo visitaban sus parientes, en cambio ella, se quedaba a la espera de su abuela pero nadie llegaba.

Un día lloraba en uno de los pasillos. Estaba agachada con la cabeza entre las piernas. Era tarde y estaba sola.

— ¿Estás bien? —Escucho una suave voz pero no sabía si era a ella, probablemente no.

Siguió con la cabeza agachada hasta que sintió una presión cálida en su hombro. Si, le hablaban a ella. Levantó su cara y vio a un chico. Lo reconoció de algunas clases en la mañana; era de su edad, tez morena y rulos bien definidos negros, su sonrisa era tímida pero alegre.

— ¿Por qué lloras? —le preguntó.

Valquiria lo miraba fijamente, sin poder creer que alguien le hablaba. Secaba sus lágrimas y las palabras no le salían. Respiró hondo.

—Extraño a mi familia y quiero irme a casa —respondió con voz quebradiza. Él se sentó junto a ella con familiaridad.

— Yo también pero no podemos irnos hasta que vengan a buscarnos —Comentó. Pese a su edad se veía muy maduro y sereno.

— A mí nadie me va a venir a buscar, a mí nadie me quiere —Las lágrimas caían nuevamente.

— No digas eso, si quieres podemos ser amigos —murmuró apoyando su mano en su hombro. Valquiria lo miraba fijamente, intentando dejar de llorar. Él le sonreía.

— Mi nombre es Newén, ¿tu cómo te llamas? —le pregunto.

—Valquiria —respondió dudosamente.

—Qué lindo nombre —exclamó mientras se giraba a ver a un chico que se acercaba; parecía estar bailando. Tenía el pelo muy corto de color oscuro. Él vio a Newén y se acercó, prestando más atención en Valquiria.

—¿Por qué lloras? ¿Eres demasiado bonita para llorar? —le preguntó preocupado.

— Leonardo —lo llamó Newén— Ella es Valquiria, ahora es amiga nuestra —dijo y Leonardo torció el gesto y miró fijamente a Newén.

—¿Qué te dije? No conviene tener muchos amigos acá, este lugar es un loquero y todos se odian. Es mejor que seamos pocos —le decía en voz baja. Newén lo miró seriamente.

—Ella nos necesita, además es bueno tener una amiga mujer —Leonardo quedó en silencio mirándolos pensativo.

— Está bien, pero solo nosotros tres. Como los tres mosqueteros —sentenció.

Newén sonrió y miró a Valquiria. Los dos chicos la observaban fijamente con la esperanza de que fuera su amiga. ¿Acaso era verdad? ¿Había gente a quien podía interesarle? Su corazón bombeaba fuerte y las ganas de llorar habían desaparecido súbitamente. Ellos la miraban a la espera de una respuesta.

—Acepto —respondió con una tímida sonrisa.

El silbato en una de las canchas aledañas hizo que las escenas pasadas se fueran y volvieran al presente. Valquiria, Leonardo y Newén, reposaban sobre el pasto del campus. Observaban el movimiento de estudiantes y profesores, de un lado a otro. Grupos de cazadores corrían, otros practicaban lucha y otros simplemente se divertían compitiendo entre ellos. Con la mirada perdida en la lejanía, Valquiria no dejaba de pensar en su hermana. En cada momento del día se preguntaba si se arrepentiría de la decisión elegida, y deseaba tener la seguridad de que si así fuese, ella seria la primera en ayudarla en lo que fuera. Sabía que tenia que dejarla ser, no era una niña ni tampoco un objeto al que era posible protegido en un cofre, pero temía por Lena. Rememoraba sus sonrisas y sus gestos, aquella personalidad vibrante y fresco, y pedía que sucediese lo que fuese, nunca dejase de ser ella. Todo eso, le traía a la mente las imágenes de su propio pasado, al cual detestaba pero formaban parte de ella.

— Es más fuerte de lo que parece —murmuró Newén.

Valquiria no necesito hacer contacto visual para saber que la miraba con aquella expresión de seguridad paternal. Ella suspiró resignada, peinando los mechones de su pelo que se salían del rodete en lo alto de su cabeza.

— Solo espero que no sea como yo —comentó Valquiria con seriedad. Leonardo y Newén se miraron.

— No tienes nada malo para no querer que sea como tu —le dijo Leonardo, y recibió una mirada venenosa por parte de ella— Y aunque lo tuvieras, ella no es tu —agregó con tal de que no esté de malhumor.

— Eso espero —susurró casi para sí misma, recostándose contra el pasto para mirar el cielo azul que se llenaba de densas nubes.

El viento trajo consigo un murmullo silencioso. Valquiria cerró los ojos, despejando su mente, queriendo deshacerse de todas sus preocupaciones y olvidando los hechos pasados. Yo no voy a matarte, lo harás tu misma; recordaba claramente todo sobre esa noche. No recordaba haber tenido alguna vez miedo como en su encuentro con Merari, aquel ángel devastadoramente hermoso pero también cruel. Se preguntaba cómo podía ser que siguiese estando en el paraíso, pero no había tenido el suficiente tiempo para conversar con Caleb acerca de eso. Y aunque las cosas terminaron aquella noche, algo le decía que solo era el comienzo.

La hora se está acercando; escuchó una suave voz que la obligó a abrir los ojos. Leonardo estaba enfocado en un grupo de estudiantes mujeres que conversaban mientras Newén leía. Ninguno había hablado, sin embargo, escuchó aquella voz con demasiada claridad. ¿Caleb? ¿Estas ahí?;lo llamó, pero él no respondió de ninguna forma. Se estaba volviendo loca, o eso era lo que se decía. Las pesadillas persistían, y cada vez, se volvían más complicadas y realistas. A eso, se le sumaban la paranoia que la rodeaba. Ella temía sentirse débil e influenciable, aunque no se considerase así.

— Es hora de volver —indicó Newén mirando su reloj. Valquiria intentó no verse aturdida y asintió para ponerse de pie e irse a las próximas prácticas.

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