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Capitulo 26. El Linaje Oculto

Republica Checa. Junio 1986.

Todos los escuadrones estaban al tanto de lo que sucederían, y pese a las órdenes y demandas, los temerarios irían en busca del Duque. Solo restaba esperar al anochecer para poder actuar.

Hicieron el largo tramo que separa el refugia a las afueras de la ciudad para acercarse a la vecindad del gran complejo hotelero y de ocio en el que consistía El Imperio. Luces, belleza, elegancia y sofisticación gobernaban cada rincón de ese sitio. Podían notar la cantidad de humanos que había en el interior, allí disfrutando de la incredulidad de no verse en peligro al estar en un sitio peligroso con seres que querían hacerlos sucumbir en el pecado.

— Habla Atenea, ¿me oyen? —preguntó Solange en voz baja a través de la radio; aquel era su apodo luego de una larga lucha de egos entre todos.

— Si, habla Vikingo —respondió Martin, aún en contra de su alias, mirando con falso enojo a Ernestina que era quien se lo había otorgado. Ella se tapó la boca para no reír fuertemente.

— Los refuerzos me acaban de avisar que están cerca, mientras tanto sigo en corriente con las autoridades —explicó—. Sigan por esa vía que los demás se están acercando.

Martin asintió y miró a Ernestina, Sarah y Louis en busca de atención para dirigirlos. En otro de los flancos se encontraban Bernardo, Aurora, Byron y Gianella, mientras que en el restante Constantin junto a Mailén, Vicente y Corney.

Los cuatros se adelantaron sintiendo crujir las hojas bajo ellos. La música desde el interior sobresalía, y solo deseaban que los humanos no fuesen capaces de detectar lo que sucedía tras aquel muro de cemento y vegetación.

De repente, se detuvieron al sentir las sensaciones de su cuerpo teniendo la certeza de que no estarían solos en poco tiempo. Se miraron rápidamente antes de correr hacia lo que parecía un seguro modo de entrar pero a medio camino se encontraron con una jauría de licántropos que tenían intención de acabar con ellos. «Mierda» pensó Louis mientras sacaba su cuchillo de oro con la insignia de su familia.

Él se adelantó a Sarah, y no dudó en correr hacia el primer licántropo para saltar sobre él y cortarle la cabeza. Louis cayó de pie sobre el cuerpo muerto, y observó como Sarah sacaba su arco para comenzar a atacar. Mientras tanto, Ernestina desplegó su vara con amenaza para golpear y masacrar a todo aquel que se le acercase, y Martin no tenía mejor arma que su propio cuerpo. Los cuchillos y navajas era su gran aliado. Al ver que no tenían problemas, Louis comenzó a deshacerse de los demás.

— Soy demonio —llamó rápidamente—. Estamos siendo atacados, tengan cuidado —advirtió.

— Acá también —respondió Byron, con su alias cometa, ya que vivía en el aire.

— Lo mismo para nosotros —dijo Constantin.

Louis se sintió acorralado al dejar la radio a un lado, sin saber a cuál de los licántropos matar con más urgencia. Estaba a punto de decidirse en el momento en que ambos cayeron precipitadamente al piso. Louis sorprendido, vio flechas en su cabeza y buscó a Sarah para ver que no había sido ella quien lo había ayudado sino Edward, su hermano.

Edward bajando la ballesta, le sonrió con diversión. Sus ojos celestes verdosos indicaban la excitación que le daba estar en una verdadera pelea. Luego se giró hacia su hermana.

— Ve con él, nosotros nos encargamos —le ordenó viéndose más maduro de lo que era.

Tras él, se acercaban los demás cazadores que servían de refuerzo. Sarah se vio negada a eso, pero ante la insistencia de Edward ella se dirigió junto a Louis a aquella puerta. Ernestina y Martin una vez se deshicieron de sus contrincantes, siguieron de cerca a Louis y Sarah.

La fuerza de Martin sirvió para abrir aquella puerta que parecía imposible de acceder. Los cuatros sintieron un pequeño triunfo cuando atravesaron el marco, pero sus ánimos decayeron cuando notaron que los humanos allí estaban poseídos.

— Logramos entrar, pero tenemos otro problema —dijo Louis por radio—. ¿Alguien sabe hacer exorcismo? —preguntó.

— Mierda, —exclamó Aurora—. ¿No me digas qué...? —Preguntó pero la oración no terminó de salir— Intentaré ir hacia allí —agregó luego.

Louis retuvo el deseo de hacer un chiste acerca de eso, aunque vio a Sarah esperar que lo hiciese. Ella lo conocía tan bien que le costaba que fuese cierto.

— Intentemos deshacernos de ellos sin que sufran mucho daño —comentó Ernestina tomando la vanguardia y jugando con su vara para inspirar temor. Luego comenzó a golpear sobre todo, a los no humanos.

Martin la acompañó de cerca junto a Sarah, mientras Louis permaneció unos minutos allí. De pronto, un escalofrío lo recorrió y sintió la tensión. Se volteó para encontrarse con Caleb.

— ¿Necesitan ayuda? —preguntó éste interesado. Louis asintió, intentado controlar sus emociones.

— ¿Qué haces aquí? —le preguntó. Caleb suspiró tomando su arma; él llevaba una remera azul oscuro y podían verse las marcas celestiales en sus brazos.

— Sabes que debo proteger tu línea de sangre, son mi responsabilidad —respondió con un encogimiento de hombros. Louis puso los ojos en blanco recordando todo lo él le había enseñado.

— Tu jefe se podría haber tomado más en serio su trabajo de crear soldados acá, y así no enamorarse de uno de ellos —se quejó con molestia. Caleb lo miró con advertencia—. Lo sé, los Engelson somos complicados y nos gusta quejarnos —meneó la cabeza y agarró su cuchillo para volver a la pelea. Caleb suspiró resignado; pese a su comportamiento, a veces infantil, Louis era uno de los pocos amigos que había logrado hacer con los años entre los humanos.

Con la seguridad que Ernestina, Martin y Caleb podían hacer frente a los ataques en el interior de aquel patio, Sarah y Louis se abrieron paso hacia el interior del edificio. Todo era caos y desastre. El brillo esplendoroso de ese sitio caro estaba acabado ante el descontrol de los demonios.

Ambos avanzaban a paso lento pero firme. Sarah utilizaba sus flechas con sabiduría, sabiendo que muy pronto se le acabarían y tendría que recurrir a las armas de fuego. Louis, con su cuchillo y su combate de cuerpo a cuerpo era tan eficaz como una bala. Abría puerta tras puerta, pero en ningún lado estaba la persona que deseaba ver.

En medio de lo gritos y el sonidos de pelea, Louis descubrió un pasillo y en él un cuarto que oscuro, solitario y libre de todo aquello. Él encontró cierto repelo de los demonios por aquel sitio, y obligó a Sarah a meterse allí. La sensación de sobresalto no los abandonó, sobretodo cuando oyeron una risa suave y ronca cerca de ellos.

La luz se creó con un chasquido, y ambos tuvieron que esperar a poder acostumbrarse a la claridad para identificar a un chico a un lado. Él se veía normal y sereno. Un rostro angelical y una mirada confiada.

— Supongo que han venido hasta aquí por mi —dijo él, sentado en un sillón junto a una mesa y varios libros. Sarah y Louis no dijeron nada, limitándose a contemplar a aquel ser que lucía tan inocente y jovial.

— ¿Tu eres el Duque? —preguntó Sarah. Él se puso de pie, con una suave sonrisa, y se acercó a ellos.

— Técnicamente, el Duque es mi padre. Si quieren pueden llamarme así o por mi nombre: Joshua Campbell —respondió. Sus ojos de un verde sin igual eran como piedras preciosas.

Ninguno de los dos dijo algo, mientras Joshua los contemplaba analítico. Posó sus ojos en él, y al ver sus ojos su sonrisa se volvió más profunda.

— Un Engelson —dijo con alegría. Louis dudó y miró a Sarah en busca de algún tipo de ayuda—. Hacía mucho tiempo no veía a alguien de tu sangre —reconoció con cierta melancolía. La expresión de Louis se volvió confusa, y su cuerpo se tensó—. Vamos, no me digas que no sabes lo que eres —comentó ladeando su cabeza con desafío. Sus ojos se afinaron sobre él, teniendo la seguridad que mentía.

Como Louis no respondió, Joshua se volteó a Sarah con curiosidad. La recorrió de pies a cabeza, para luego hacer una leve reverencia.

— Es un placer ver a una Dunstan —comentó con atrevimiento. El ceño de Sarah se arrugó, y se aferró a la mano de Louis ante el temor que le daba que aquel extraño supiese el nombre de su dinastía. Joshua sonrió jovial—. La Dinastía menos conocida de los Madison, sin embargo, la más importante —murmuró casi para sí mismo volviendo a su lugar.

Tanto Louis como Sarah se tardaron en reacción, tras aquella primera impresión. Saliendo del aturdimiento, se acerco a él con más seguridad que antes.

— ¿Qué demonios intentas hacer con estos ataques? —inquirió Louis iracundo.

Joshua sonrió levemente y tomó un trago de su bebida que reposaba sobre la mesa.

— Solo sigo órdenes —respondió—. Me dijeron que debía coordinar varios ataques y así descender el número de cazadores. Es una buena época para hacerlo, porque no hay muchos y quizás se cumpla el deseo de todos de que se extingan —comentó tan fría como perversamente.

Louis agarró su cuchillo, sin embargo, Sarah lo detuvo con convicción. Se adelantó a él para asegurarse que no haría nada hasta tener respuestas.

— ¿Estás seguro que es solo eso? —preguntó. Joshua se encogió de hombros.

— Como dije, solo sigo órdenes —comentó, y permaneció mirándolos un breve tiempo—. Nunca creí que vería nuevamente a un Dunstan y Engelson juntos —dijo al ver el íntimo contacto entre ellos.

Ambos se miraron, y Louis gruñí con enfado.

— ¿Cómo sabes de nuestras familias? —preguntó él.

— Se de muchas cosas —suspiró Joshua—, como por ejemplo, que ambos tienen sangre de ángeles —agregó sabiendo que sus palabras tendrían gran repercusión.

Louis se vio sorprendido de aquello, no tanto por él mismo sino por Sarah, quien estaba horrorizada antes aquel descubrimiento. Su rostro palideció y sus ojos se estaban opacos de incredulidad.

— Estas mintiendo, eso no puede ser... —dijo casi sin aliento, apretando aún más a Louis. Él la sostuvo con fuerza, impidiendo que se desplomara. La sonrisa de Joshua se extinguió, volviéndose solemne.

— Yo no miento —aseguró—. Tienes sangre de ángel y eso cualquiera que sepa degustar el aroma a sangre podría reconocer —respiró hondo en dirección a ella y asintió—. Tú no podrías nunca saberlo, pero puedes resaltar en una multitud fácilmente: carisma, inteligencia, gracia, agilidad y fuerza —agregó, mirando a Louis—. Tú me entiendes, ¿no?

Louis no supo que decir. Ella sabía gran parte de la verdad de su familia, pero había aprendido todo poco a poco, y sabía que Sarah escuchando aquello de esa forma podía impresionarla demasiado.

— Tranquila —le susurró él, sobre su pelo. Los ojos de ella se mantenían en el suelo, con un enigma gutural, y entumecida en pensamientos. Su mano reposaba sobre su boca, y su respiración se notaba agitada.

— ¿Descendemos del mismo ángel? —preguntó ella en un débil susurro. Joshua negó rotundamente, y Sarah se sintió tranquila al oírlo—. No me interesa más nada de lo que tengas para decir —dijo luego, tornándose con más seguridad que antes—. Debemos acabar con esta guerra.

— Matándome no acabaran con esta guerra, solo es una batalla —dijo. Sarah negó, con los ojos sollozos.

— No me importa. Necesito que esto acabe para tener la vida que deseo —exclamó observando a Louis con ternura. Él le sonrió con tristeza.

Joshua se mantuvo seguro contemplándolos. Luego bebió un sorbo de su bebida, y se puso de pie.

— Quizás —dijo captando la atención de ellos—, podríamos hacer un trato —suspiró, teniendo la seguridad que aquello podría desencadenar muchas cosas en el futuro.

***

Aage. 12 Agosto 1990.

Tras un largo tiempo de lluvias, el sol brilló en Aage para permitir disfrutar aquel día. La ciudad emitía un aura de tranquilidad ante el resplandor de su clásica belleza. Calles de cemento y los edificios modernos se volvían escasos a medida que se avanzaba hacia la casona Von Engels.

Ésta se erigía virtuosa y demencial como una especie de palacio antaño, dentro de una ciudad donde no muchas construcciones llamaban la atención. Sus altas torres destacaban entre el mural de vegetación que la rodeaba y que hacía que fuese imposible ver a sus habitantes allí.

Dentro de la casona, las puertas y las ventanas se encontraban abiertas en su mayoría permitiendo el acceso de luz y calor, además del flujo de personas que circulaban ese día en la casa. Hacía mucho no se respiraba un aire tan festivo en ella. Todos se veían felices y gozaban ese tiempo que tenían para permitirse ser normales.

En el vestíbulo, donde la música resonaba más fuerte, Bernardo y Aurora bailaban sin parar, entre risas y bromas. Con ellos, se encontraban un par de niños pequeños de aproximadamente tres años. Ella era pequeña, de pelo oscuro y lacio como su padre, y la misma tez morena y ojos grises que su madre. Mientras que él, tenía rulos oscuros bien definidos y grises ojos como Aurora, y el rostro anguloso de Bernardo. Eleonora y Martiniano parecían ser felices de estar con ellos pero pronto abandonaron la fascinación por sus padres cuando Ernestina se acercó con Norbert entre sus manos.

Ayudándolo a caminar, Ernestina sonreía al ver a su hijo dando sus primeros pasos. Martin se encontraba tras ella, siguiéndola protectoramente con su mirada brillante ante la vida que él le otorgaba. Norbert se veía más grande de lo que en realidad era, y casi tenía la misma altura de Martiniano. Se movía torpemente, viéndose como un ángel gordo y risueño. El pelo rubio casi no se veía con la luz, y poseía mejillas sonrojadas con permanentes hoyuelos ante su sonrisa. Sus ojos brillaron perlados con excitación al ver a otros de su misma edad, deseando poder llegar a ellos.

— Ten cuidado con ella —comentó Bernardo señalando a Eleonora, sin dejar de bailar con Aurora—. Golpea fuerte —le advirtió con una divertida sonrisa. Ernestina miró con curiosidad a Eleonora que se veía tan pacifica.

— ¿Parecida a su madre? —preguntó Martin irónico, reteniendo la sonrisa. Bernardo se rió a carcajadas. Aurora se vio con falsamente ofendido y lo golpeó con suavidad.

— Cariño, si sigues golpeándome solo estas confirmando todo —se quejó Bernardo.

— Ella es mi princesa, no me importa el carácter que tenga —murmuró ella airosamente, extendiendo sus manos hacia Eleonora pero su atención fue captado por Gianella que se acercó a ellos inesperadamente con un niño en brazos.

Todas las miradas y sonrisas cariñosas se dirigieron a ella.

— Mi hermano no deja de llorar, creo que comió mucho —rió con un poco de preocupación mientras lo hamacaba de un lado a otro; se veía pequeño y cachetón, con el pelo negro corto y hermosos ojos color café. Ernestina levantó a Norbert y se acercó a su amiga para hacer entretener a Leonardo.

Ambas habían perdido todo resabio de niñas. Se habían vuelto adultas tan lentamente, que nadie que había dado cuenta hasta que comenzaron a reconocer su madures en las decisiones y actitudes, aunque nunca habían perdido esa rebeldía y entusiasmo que emanaban.

— Mamá —llamó Ernestina a Augusta, cuando ella pasó a lo lejos. Augusta se acercó con una tenue sonrisa. Le agrada ver a todos aquellos niños convertidos en adultos, y mucho más ver tantos niños a su alrededor—. Tiene sueño —dijo con inocencia besando ruidosamente la mejilla de Norbert.

— ¿Que voy a hacer contigo? —meneó la cabeza Augusta con falsa molestia. Su sonrisa se profundizó cuando tuvo a Norbert entre sus brazos, quien no pareció notar el cambio de brazos. Augusta le besó la frente mientras él se acomodaba en su pecho, y con un guiño, ella se alejo de ellos.

En el patio, alrededor de una de las mesas allí dispuestas, se encontraban Solange, Corney, Vicente y Byron. Jugaban a las cartas con un vaso de vino a su lado.

— Todas mis cartas son buenas, lo sé —exclamó Vicente con una sonrisa divertida. Sus ojos se posaban en los tres, aunque en verdad no lo veía perfectamente. Solange pareció no saber cómo reaccionar frente a sus bromas, nunca lo sabía. Corney rió despeinándolo, y Byron aprovechó para ver sus cartas.

— Si, te vas a llevar todo y luego podrás comprarte esa lancha que tanto deseas —comentó él con diversión.

Luego de la batalla, la visión de Vicente no había sido la misma tras una explosión. Había perdido gran parte de ella, pero pese a eso quedaban ciertos resabios que le permitían poder manejarse. Tenerlo allí había sido bastante dificultoso ante sus usuales negativas, y habían tenido que recurrir al buen samaritano de Corney para convencerlo.

— Entonces —murmuró Solange, intentando cambiar de tema—, ¿Cuál es tu siguiendo paso? —le preguntó a Byron. Los ojos de él recorrieron los alrededores, y se posaron en ella con análisis.

— Norbert me dijo que ve potencial en mi, así que haré lo que él me ordene —respondió con un encogimiento de hombros. Los tres sonrieron con orgullo.

— Byron Warden, Director de la Academia de Austria; suena bien —comentó Corney levantando su vaso de vino a modo de brindis y luego miró a Solange—. ¿Y Directora de la Academia de Paris? —inquirió con curiosidad. Ella rió sonoramente.

— Eso nunca se sabe —murmuró y se giró hacia un hombre sentado en una mesa junto a un grupo de personas. Tenía el pelo y ojos castaños, con un aire de autoridad y mirada en permanente evaluación—. ¿Oyeron que Victor Law asumirá el cargo en Londres? —preguntó. Los tres asintieron mientras bajaban sus cartas.

— ¿Y qué pasó? ¿Gané yo? —preguntó Vicente risueño.

Solange meneó la cabeza con un poco de reproche pero en el fondo se alegraba ese espíritu guerrero que tenía. Corney y Byron intercambiaron miradas.

— Si, definitivamente has ganado esta jugada Guerrero —respondieron los dos. Vicente se apoyó sobre la silla y rió sonoramente; su carcajada era melódica y se filtraban en el aire.

En la cocina, Louis y Sarah estaban inquietos por intentar que todos estuviesen a gusto. Traían y llevaban comida, asegurándose que las bebidas no faltasen.

En un momento decidieron tomar un descanso, y permanecieron sentados en la mesa de allí con vistas hacia el exterior donde todos la estaban pasando bien. — Esto es más agotador que una misión —comentó Louis ladeando su cabeza hacia Sarah. Ella sonrió y tomó su mano con fuerza.

— La próxima contrataremos a alguien para que haga todo el trabajo —dijo ella con tranquilidad. Louis se vio horrorizado.

— ¿Tiene que haber próxima? —preguntó infantilmente, y ella asintió.

— Va a ver muchas próximas de hoy en más —le aseguró, y él puso los ojos en blanco.

Ambos disfrutaban de la tranquilidad en aquel silencio, y de ese instante de soledad. Sus manos entrelazaban no podían permanecer separadas. De repente, una niña ingresó a la cocina rápidamente y se detuvo al verlos allí. Su rostro redondeado era enmarcado por espeso cabello negro ondulante, su tez morena brillaba radiante y sus ojos negros tenía un carisma sin igual.

— ¡Aliwe! —oyeron un grito y la niña miró hacia atrás con urgencia, y se escondió con torpeza detrás de Louis y Sarah.

Constantin atravesó el umbral con presencia, trayendo consigo un aura de reserva y templanza. Sus ojos pardos recorrieron la cocina con cuidado. Cuando miró a Sarah y Louis ladeó la cabeza, y una media sonrisa se formó entre sus labios.

¿Está atrás de ustedes? —preguntó en alemán.

Sarah intentó disimular su sonrisa, y Louis asintió en silencio. Constantin se vio vencido y tras hacerse el desentendió, logró captura a la pequeña niña para alzarla entre brazos y hacerle cosquillas. Ella reía sin parar, dulce y melódicamente.

— Es inquieta como su madre —dijo Sarah con diversión. Constantin sonrió dichoso.

— Tengo que agradecer que Newén es tranquilo por el momento —comentó él. Él se giró para ver a Mailén acercarse con él entre brazos. Él era una mezcla perfecta entre ambos; fuerte y tranquilo, y tan hermoso como un pequeño ángel.

Sarah se acercó a él para verlo con entusiasmo. Sus ojos negros no dejaban de observarla, y ante cualquier cosa que ella hiciese él sonreía.

— No llora, no se queja, es como si nada le molestase —dijo Mailén jugando con sus mejillas. Louis rió divertido uniéndose a ellos.

— Digno Belisario, casi un tempano —bromeó. Mailén se rió y observó a Constantin; él podía parecer un tempano por fuera, pero internamente poseía un encanto sin igual y gran lealtad por todo aquel que lograra ganarse su cariño y respeto.

— Necesito ayuda, no deja de llorar —exclamó Gianella entrando allí. Louis chocó su mano con su frente, ante los pocos exitosos intentos de ella por ser maternal.

Sarah tomó entre sus manos a Leonardo y se movía danzarinamente para calmarlo, mientras Newén no dejaba de contemplarlo. Louis se divertía viéndolos a ambos hasta que vio algo que le llamó la atención en el pasillo.

— Edward, ven aquí de inmediato —ordenó.

Con aire inocente, un Edward entrado en los 20 años se volvió hacia atrás. Aunque su cara podía darle un aspecto de ángel, en el fondo era un pequeño diablillo. Sus ojos verdes-celestes flamearon con picardía e intentó disimular una sonrisa, al mirar a la pequeña Valquiria entre sus manos.

— De antemano, me declaro inocente —comentó ya sin poder dejar de reírse del aspecto de Valquiria. Llevaba un pequeño traje de payaso, una nariz roja, y una peluca multicolor—. Yo deambulaba por la casa sin destino aparente, y de pronto, la encontré así —explicó. Louis afinó sus ojos con él, con deseos de ahorcarles mientras el resto no dejaba de reírse, incluso Sarah.

Le sacó la peluca para dejar a la vista su fijo pelo rubio rojizo, se deshizo con cuidado de la nariz, y sintió alivio de ver su rostro tan armonioso y delicado.

— Ven con papá, porque el inútil de tu tío solo quiere divertirse contigo —le dijo él intentando consolarla, aunque no le entendía.

La rodeó con sus brazos con mucho cuidado, como si fuese un pequeño trozo de cristal frágil, y así lo era para él. Un pequeño ser lleno de vida que él y Sarah habían creado. Él la acercó más así mismo, mientras Edward reía divertido junto a Gianella, y ambos terminaron siendo echado de allí por Louis.

— Esos dos nunca dejaran de ser niños —comentó sin dejar de verla. Ella tenía los mismos ojos grises de todos los Von Engels, que podían brillar aún en la mas profunda oscuridad.

El silencio emergió sin que ellos lo percibieran, observando a aquellos tres niños llenos de vida y con un prometedor brillante. Había algo que ninguno de ellos podía percibir, y era la conexión que se estaba construyendo en ese momento.

Caleb sonrió siendo testigo de aquello, manteniéndose invisible de sus ojos y sentidos. Estaba apoyado sobre una pared, con sus brazos cruzados, contemplándolos con optimismo. «Von Engels, Belisario y Gonzaga» habló en su mente una voz femenina. Él no tuvo la necesidad de voltearse para ver a Areli a su lado, con sus ojos puestos en Constantin y Newén. «Supongo que ellos serán los que nos harán trabajar duro dentro de un par de años» torció el gesto Xoan con disgusto. «Quizás no» pensó Caleb. Areli y Xoan rieron divertidos. «A todo Von Engels lo persiguen los problemas, y cada Belisario es tranquilo hasta se rebela» dijo Arelí. «Y los Gonzaga siempre encuentran un momento para meterse en peligro. Lo sé» reconoció Xoan mirando a Leonardo. «Supongo que no nos han tocado las dinastías más tranquilas» reconoció Caleb suspirando; su mirada oscura permaneció en Valquiria, mientras Xoan y Areli se mantuvieron en silencio percibiendo aquella vibra melancólica.

***

El silencio se expandía por cada sitio de la casona. Ya no había música, ni personas, ni fiestas, solo tranquilidad. La noche hacía un buen tiempo se había asentado, y las tenues luces iluminaban la biblioteca.

En medio de la habitación, en el escritorio y rodeado de centenares de libros, donde tantas veces se había encontrado con su abuelo, Louis escribía en su agenda con perspectiva a nuevos desafíos.

Un frio estremecimiento recorrió su columna y concentró en su nuca, haciéndolo eriza y tensar de manera sobresaltada. Louis respiró hondo y miró hacia adelante para encontrarse con un par de ojos inhumanos. Él se sorprendió y miró a su alrededor.

— ¿Qué haces aquí? ¿Cómo pudiste entrar? —le preguntó. Él sonrió desenfadado y fríamente.

— Hace ya muchos años era un invitado recurrente, cuando las personas se movilizaban en carruajes, vestían elegantemente y se disfrutaba en exceso —respondió Joshua observando cuidadosamente la biblioteca. Louis no supo que decir ante aquel arrebato de sinceridad—. Solo he venido a ver cómo estaban —comentó Joshua, posando su cara sobre sus largos y pálidos dedos.

— ¿Por qué? —preguntó con desconfianza Louis. Las comisuras de los labios de Joshua se elevaron, en una tranquila sonrisa.

— Me preocupo por ustedes, por más extraño que parezca —reconoció él—. He estado ligado a tu familia por muchos años, y debo lealtad a la Dinastia Dunstan —agregó. Louis se alejó de su agenda y se apoyó en el respaldar de la silla con análisis.

Había algo en Joshua que pese a su naturaleza le daba seguridad. Su mirada no daba dudas de lo serio que era al hablar. Y recordaba aquel día en Republica Checa como si hubiese sido ayer. Ellos habían hecho un trato, del cual no se arrepentía por el momento porque la batalla había terminado en el momento en que se dio por muerto al Duque.

— Sabes que solo estamos prolongando algo que tarde o temprano sucederá, ¿no? Los cazadores caerán —dijo Joshua, y Louis asintió—. Extrañamente mi padre no tuvo quejas en que se terminara aquel revuelo —comentó pensativo.

— ¿Quién es él? —preguntó Louis.

— No lo puedo nombrar, eso haría solo ponerlo de mal humor al molestarlo en sus deberes —respondió.

En ese momento la puerta se abrió y Sarah ingresó con Valquiria entre brazos. Ella miró son asombro a Joshua, sin embargo, la mirada de Louis de decía que todo estaba bien. Sarah se adentró acercándose con duda, mientras los ojos de él no abandonaban a la criatura entre brazos.

— Supongo que ella es Valquiria —murmuró él sumido entre pensamientos. Sarah asintió sin dejarla de abrazar protectoramente. Joshua sonrió ante aquella actitud guardiana, sin saber que entre brazos tenía a un ejemplar único de cazador—. Se ve como un ángel —dijo con ironía.

— ¿Viniste a buscar la otra parte del trato? —preguntó ella. Y él negó.

— Aún no, falta mucho para eso —respondió poniéndose de pie con un elegante movimiento. Louis también se puso de pie, acercándose a Sarah. Joshua les dio un último vistazo—. ¿Nunca te has preguntado de qué ángel desciendes? —le preguntó a Sarah.

— No es algo que me resulte imprescindible —respondió ella. Joshua sonrió con entendimiento; esa verdad era demasiado oscura y no sería fácil para asimilar.

— Que tengan una buena vida, y espero no encontrarme con ustedes en un buen tiempo —los saludó solemnemente, bajando sus ojos hacia ella—. Feliz cumpleaños ángel —susurró, cuando Louis y Sarah quisieron quejarse él ya no estaba con ellos.

Ambos respiraron aliviados y cruzaron miradas.

— Él es extraño —susurró Sarah.

— Si, pero no me arrepiento de lo sucedido —dijo él.

— Yo tampoco —sonrió ella, acortando la distancia para besarse—. Te amo.

— Yo te amo más —respondió él juguetonamente, olvidándose de toda esa oscuridad tras su vida.

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