Capitulo 25. Susurros de locura.
Agitada y horrorizada, Valquiria despertó de aquella pesadilla en medio de un grito ahogado. Su corazón latía frenéticamente mientras su mente era caos y desolación. Se sentó en la cama sumida en la confusión, recordando al demonio y a Caleb a punto de pelear. Miró a su alrededor y se vio en un sitio que desconocida. Era una habitación blanca y austera de decoración. Ella se encontraba en una cama mediana, y no había más nada allí que una pequeña mesa de luz y un pequeño mueble.
Perdida y desorientada, se levantó de un salto notando que su ropa había sido cambiada por un pantalón blanco y una camiseta azul. Sintió desenfrenó y algo le advertía que estaba ocurriendo algo. Buscó una ventana pero allí no había nada, solo lámparas que emitían una tenue luz.
Algo no andaba bien y podía percibirlo. Sus latidos no se calmaban y tenía la sensación de estar en una realidad paralela. Su cuerpo hormigueaba y su cabeza se sentía abombada. Poso sus manos en las paredes para buscar estabilidad.
Estaba experimentando una sensación que hacia un tiempo no tenía: miedo. Las emociones que estaban emergiendo de su interior no eran propias de un cazador ni de ella. Le faltaba el aire, y los sentidos que solía usar estaban magnificados, sintiéndose casi flotando. Un fuerte dolor cruzó por su columna para hacer eso en su cabeza, y gritó de dolor.
Para cuando el dolor cedió tuvo la necesidad de salir de allí. Vio la única puerta que había allí y salió a un pasillo que no reconocía a primera vista, y solo había más puertas. Comenzó a correr hacia uno de los lados hasta que cruzó un gran espejo y se detuvo allí.
El shock le heló la sangre. Nadie podría decir que Valquiria Von Engels podía sorprenderse, sin embargo lo estaba haciendo. Se paralizó horrorizada al ver su cara más pálida de lo habitual, habiendo perdido el matiz marfil. Su pelo tenía un tinte rojizo, y sus ojos brillaban.
Ellos eran el motivo principal de todo ese espanto. Sus ojos eran radioactivos y luminosos, con el gris de siempre tornándose plateado, y además, dorados. Sus irises eran de plata y oro, y eso la asustaba porque no sabía qué era lo que le ocurría.
«¿Qué me pasa?» se preguntó aterrorizada. No podía dejar de ver su cara y sus ojos con espanto, sintiéndose cada vez más débil. Quería gritar, maldecir y golpear algo pero no tenía fuerzas. Solo comenzó a retroceder hasta que chocó contra la pared. «Es hora de que tomes lo que te pertenece» susurraron en su mente. Ella gritó y apretó su cabeza deseando que todo aquello se detuviera.
— Valquiria —oyó y sintió la presencia de alguien a su lado pero sus esfuerzas estaban en callar esas voces que la atormentaban—. Valquiria, tranquilízate y mírame —le ordenaron. Tomaron con fuerza sus manos para alejarlas de su cabeza, pero comenzó a golpearse contra la pared con la necesidad de apaciguar el dolor—. ¡Deja de hacer eso! —le insistieron elevando la voz en un gritó que le dio escalofríos.
Ella abrió los ojos para encontrarse con los cristalinos ojos de Demyan. Él se veía con una preocupación y temor que le resultaba incrédula siendo que no la conocía.
— ¿Qué sucede? —le preguntó él aún sosteniendo sus manos.
Valquiria no pudo responder. Se mantenía quieta para poder tranquilizarse y no podía dejar de contemplar sus ojos celestes que le transmitían tranquilidad y confianza, algo que en ese momento no tenía.
— ¿Dónde estoy? —preguntó sin voz. Demyan suspiró, aflojando un poco con su agarre.
— Estas en nuestro refugio. Luego de que te desmayaste te trajimos aquí, y Leonardo nos dijo que estabas agotada y debías dormir —respondió suavemente. Valquiria asintió y volvió a ver el pasillo con otros ojos. Ahora notaba la familiaridad y eso la tranquilizó— Vamos de nuevo a la habitación —le recomendó Demyan soltando sus manos para poder sostenerla de la cintura.
Débil y agitada, Valquiria caminaba temblorosamente pero se detuvo para verse de nuevo en el espejo, y contemplo que todo el horror que había visto, ya no estaba allí. «¿Qué está ocurriendo?» se preguntó anonadada.
— ¿Sucede algo? —le preguntó Demyan con preocupación. Ella lo miró dudosa y negó.
Él sonrió débilmente ayudándola a caminar, y ella no se quejó por eso. Estaba demasiado ocupada deseando saber y queriendo asimilar lo que sucedía.
Nuevamente en la cama, Valquiria permaneció sentada. Aunque se sentí medianamente bien aún percibía un ligero cosquilleo en su cuerpo que la debilitaba. Sentado junto a ella, estaba Demyan quien no dejaba de observarla.
— ¿Cómo está el humano? —preguntó Valquiria saliendo de su ensoñación.
— Su nombre es Sid —dijo con cierta molestia, y ella lo miró confundida—. Nos llamas humanos como si eso fuese una ofensa —reconoció, y ella respiró hondo.
— Lo siento —susurró levemente arrepentida. Él sonrió con la tristeza de verla tan apagada y decaída.
— Él está bien —respondió— Leonardo lo transfundió con su propia sangre ya que no sabía quién podía ser compatible. Y desde entonces se la pasa comiendo para recuperar energías. Creí que bromeaba cuando nos advirtió que comía mucho —sonrió divertido, y Valquiria sonrió débilmente. Los cazadores, de cualquier dinastía, eran dadores universales de sangre y eso permitía brindarles una gran ayuda a los humanos.
— ¿Y Newén? ¿Qué pasó con mi hermana? —preguntó buscando su celular.
— Newén se encargó de hablar con ella luego de que te desmayaste, y tras traerte aquí él se fue; dijo que debía hacer algo —se encogió de hombros. Valquiria lo miró llena de incógnitas y él meneó la cabeza—. Deja de preocuparte e intenta descansar —le aconsejó.
— No es tan fácil —comentó ella volviendo a pensar en Joshua, en Lena, y en lo que había visto en ese espejo. Demyan respiró hondo, mientras pasaba su mano por su pelo con agotamiento.
— No, no lo es pero tienes que hacer el intento—concordó—. ¿Qué fue lo que pasó allí dentro, para que salieras así? —preguntó. Sus ojos eran turbulentos y serenos al mismo tiempo. Valquiria rozó con sus dedos su frente con perturbación.
— Él me contó acerca de su pasado, y cuan metido esta en todo este asunto. Además, me explicó sobre quienes me han estado acechando —respondió. Demyan se tensó, evaluando las emociones de sus gestos.
— ¿Quién te ha estado acechando? —preguntó sonando alarmado. Ella lo contempló volviéndose inexpresiva, y ladeó su cabeza analítica.
De pronto, la puerta se abrió con lentitud y Leonardo hizo su acto de presencia. Él ingresó con curiosidad y se detuvo instantáneamente al verlos tan cerca. Sus ojos se entrecerraron sobre ambos con picardía.
— ¿Interrumpo algo importante? —preguntó con falso martirio. Valquiria puso los ojos en blanco.
— Si, planeábamos tu muerte —respondió sagaz, y Leonardo rió divertido acercándose a ambos.
— Veo que ya estás bien —comentó yendo hacia el otro lado de su cama. Demyan observaba con curiosidad su forma de andar tan despreocupada, y su oscuro humor que parecía ser algo usual entre los cazadores.
Leonardo posó el dorso de su mano en la frente de Valquiria, y tomó su cara para obligarla a verlo. Ella gruñó, en desacuerdo, pero aún así dejo que él revisara los reflejos de sus ojos.
— Estoy bien —dijo Valquiria impaciente, pero Leonardo le hizo caso omiso mientras revisaba su pulso. Finalmente, se alejó de ella un poco y sonrió.
— Lindo susto has dado, ¿eh? —Dijo sonriendo con malicia—. ¿Qué te dijo Joshua? ¿Qué le iban más los licántropos? —inquirió. Valquiria le mostró su dedo medio, y él rió—. Querida, no me trates así frente a él. Va a pensar que nuestra relación es un fracaso —exclamó. Valquiria gruñó y le golpeó el brazo con enojo.
— ¿Ustedes están casados? —preguntó Demyan confundido al ver la cercana conexión entre ambos, y sintiéndose levemente molesto. Valquiria y Leonardo lo observaron con pavor.
— ¿En serio, me ves casada? —preguntó ella con ironía.
— ¿Y a mi monógamo? —preguntó Leonardo horrorizado.
Demyan se encogió de hombros, mientras Valquiria meneaba la cabeza y Leonardo sonreía. Él le golpeó la espalda a Demyan con confianza.
— Pobre del desgraciado que decida casarse con ella. Y yo las prefiero más normales y divertidas —comentó. La expresión de Demyan no sufrió cambios, mientras Valquiria parecía perder más la paciencia.
— Gonzaga, deja de comportarte como un cretino —le dijo. Leo sonrió, despeinándola.
— Soy tu cretino favorito. Por cierto, Newén volvió y trajo a tu tío. Él desea verte cuando despiertes, y te recomendaría que sea pronto porque Hamish y Norbert no parecen llevarse bien, sobre todo al comprender que comparten una prima —agregó.
Valquiria cerró los ojos deseando obtener fuerzas de lo que fuese. «Santo cielo» pensó internamente.
***
Republica Checa. Junio 1986.
Amanecía un nuevo y devastador día. Por más hermoso fuese el paisaje y el clima fuese favorecer, lo días resultaban eternos llenos de la poca certeza de saber que vendría.
El mundo despertaba y dormía con tranquilidad, y mientras se ocupaban de sus vidas quizás buenas o malas, reprochándose lo que hacían y tomando medidas rotundas, había personas que no dejaban de luchar por su bienestar.
Ese era el deber del cazador. Luchar contra la oscuridad para brindarle luz a la humanidad. Ellos eran la espada y la balanza de Miguel, eran tormentas de furia y desenfrenó que chocaban contra los demonios como kamikazes celestiales otorgando justicia e impartiendo condena.
Numerosas bajas se registraban en el mundo, y podía ser más si eso se prolongaba. Los demonios de todo tipo iban al ataque, totalmente azarosos y sin sentido.
En uno de los refugios, estaba un grupo de personas reunidas bajo los vestigios de ruinas que pasaban inadvertidos por las líneas enemigas. En medio de la tierra y la soledad, Louis, Bernardo, Aurora y Martin repasaban todo lo sucedido. Estaban solos allí, aunque sabían que los demás cazadores no estaban lejos.
— El tipo que encontramos nos dijo que El Duque estaría allí —insistió Louis señalando el mapa. Bernardo y Martin se vieron escépticos, mientras Aurora lo miró con altanería.
— Te creí más inteligente como para creerle al primero que te encontraras —se quejó ella, y él la miró molesto.
— Esto es serio —dijo—. Ese tipo estaba poseído y cuando logramos manejarlo lo reconoció como El duque, e insistió en que se encontraba en un lugar llamado El Imperio —agregó.
— Pero parece ser un sitio que nada tiene que ver —comentó Martin. Louis se encogió de hombros.
— A veces, los sitios de apariencia más confiables son los más engañosos —murmuró. Nadie se atrevió a decir más nada, y en ese momento, Corney ingresó a la sala.
Él hacía poco tiempo había llegado de Sudáfrica y poco a poco parecía ir acostumbrándose a aquel sitio.
— Tenemos compañía —murmuró sombrío adentrándose. Detrás de él, apareció inesperadamente Ernestina.
Louis quedó anonadado contemplándola. Ella se veía adulta y estilizada, pero con el mismo aura juvenil de siempre. Su pelo rubio era largo y sedoso, y los rasgos de su cara se habían vuelto más bonitos. Su sonrisa se expandió y sus ojos brillaron en el momento en que Louis fue a abrazarla.
— Has debido extrañarme supongo, ¿no? —preguntó ella entre risas en brazos de su hermano. Louis asintió, sintiendo la melancolía de no verla hace mucho tiempo y habiendo perdido el momento de su egreso.
Ella se alejó de él y posó su mano por su cara llena de emociones. Bajo aquel caparazón de suficiencia y terquedad, se ocultaba la persona más sensible del mundo y con un corazón de oro.
— No vine sola —Ernestina le guiñó un ojo y volteó a su lado para ver a Sarah que se unía a ellos.
Louis sonrió inmediatamente, olvidándose de todo el mal que los rodeaba porque en ese momento era dichoso, y poco le importaba si era egoísta. Se separó de su hermana y caminó directamente a ella, que lo observaba con una sonrisa cariñosa como si él fuese aquello que daba vida eterna. Y quizás pudiese, porque lo que ella le pidiera él no dudaba en hacer.
No dudó en besarla cuando la tuvo a solo centímetros. Una suave sonrisa precedió el instante en que sus labios se encontraron con la urgencia de la distancia que la vida les había puesto en medio, pero teniendo la certeza que una vez estuviese juntos no había mas nada que los separase.
Sus corazones latían al mismo ritmo, sumidos en un íntimo abrazo donde sus bocas expresaban cosas que las palabras no lograban definir.
— ¡Por favor, consíganse una habitación! —gritó Aurora, haciendo de sus manos un megáfono. Sarah y Louis se alejaron entre risas vergonzosas para permanecer mirándose un instante.
— Te extrañe —le susurró él.
— Yo también —suspiró ella.
Louis miró a su lado y reconoció a Gianella, Vicente y Byron. Le dio un suave beso en la frente a Sarah para ir a saludarnos con alegría. De los tres, Gianella era la que más cambiada estaba. Se había vuelto alta y más curvilínea. Su pelo llegaba hasta la altura de su hombro, lacio y oscuro con ese aire rebelde que la caracterizaba. Sus rasgos se habían acentuados y la mirada sombría aún tenía intacta la audacia desenfrenada de su personalidad.
Vicente lo abrazó a Louis brevemente, sin parar de hablar con los demás y se unió a Martin en la lectura del mapa. Alto y con un cuerpo más entrenado, mostraba una agilidad elegante su andar.
— ¡Amigo! —exclamaron Byron y Louis al unísono en el momento en que se abrazaron. Louis sonrió al verlo tan bien, y con una actitud decidida pero manteniendo su usual serenidad.
— Me alegra que estés bien —comentó Byron evaluando que su amigo se viese saludable, y así lo era—. Vinimos a ayudar. Solange permanece en Francia, pero se mantendrá comunicada con nosotros por radio —dijo. Louis asintió dichoso de tener a sus amigos allí, pero al mismo tiempo triste del inminente peligro que eso suponía.
— ¡Hola a todos! —oyeron una voz profunda que los obligó a girarse.
Constantin atravesó el umbral de la puerta como nadie más podía hacerlo. Su presencia era notoria por su altura y su contextura física. Su pelo negro lucia desalineado y sus ojos brillaban con un optimismo jamás visto. Una inquietante sonrisa se dibujaba entre sus labios, sobre todo en el instante en que contempló a la muchacha que se aferraba a su mano.
Todos quedaron enmudecidos ante la presencia de ella. Era como una imagen onírica de un ángel. Su pelo negro y ondulado caía suavemente, y en su rostro redondeado sobresalían sus pómulos esculpidos y una fina barbilla que se acentuaba con su sonrisa. La negrura de sus ojos era eterna y despampanante, al igual que su actitud que emanaba gracilidad y fuerza. Era una mezcla perfecta entre diosa guerrera y una delicada princesa.
Louis fue el primero en acercarse a ellos, aun sorprendido de verla allí. Le dio un abrazo a Constantin y se dirigió a ella con una simpática sonrisa.
— Es un gusto conocerte Mailén —dijo él. La expresión de ella se vio horrorizada y miró a Constantin con enojo.
— ¿Quién es Mailén? —preguntó en castellano. Louis sintió un balde de agua fría golpearlo y se giró hacia él con vergüenza, pero se encontró con un Constantin risueño—. Lo siento, siempre quise saber cómo era decir algo así —dijo ella en medio de una sonrisa, ya sin aquella martirizada expresión. Louis respiró aliviado, mientras refregaba su mano en su cuello con nerviosismo.
— Me asustaste —comentó éste en medio de risas, y le tendió su mano a Mailén que respondió con tanta familiaridad y confianza que admiraba.
Las horas habían pasado rápidamente rodeado de aquellas personas que tanto quería, oyendo historias y recuerdos que solo lo alegraban. Ernestina y Gianella se intercalaban para hablar sobre el último tiempo en la academia. No podían faltar los chismes sobre los profesores y estudiantes conocidos. Las aventuras amorosas del hermano de Sarah eran su principal diversión, mientras seguían haciéndole la vida imposible al profesor Edison y Olsen.
Byron había tomado un momento para comentar acerca de los avances de su aprendizaje y como estaba siguiendo los pasos de Solange, con la perspectiva de un futuro brillante como parte de la dirigencia. Constantin también estaba haciendo meritos para llegar a aquello, pero antes, había decidió tomar una de las decisiones más importantes de su vida al contarle la verdad a Mailén y decidiendo crear con una familia al casarse.
La alegría de aquella noticia estaba llena de la melancolía de una promesa que les aseguraba que luego de todo eso, todos podrían disfrutar de una fiesta que lograra reunirlos y poder celebrar como era debido, aquella unión. Mailén se veía una persona fuerte y decidida, y así era como había elegido acompañara Constantin a ese lugar más allá del peligro que suponía.
Las aventuras de Corney con su hermano en Sudáfrica habían desembocado en sus numerosos líos amorosos y peleas con aretais, y tras eso, terminó reconociendo que desde hacía un tiempo salía con una chica Bosnia. Las risas y el pudor de contar parte de su vida privada, lo habían obligado a complicar a Vicente y su reciente amor por una joven española que había conocido en una de sus últimas misiones.
Mientras tanto, Ernestina se pasaba molestando a Martin que no hacía otra cosa que reírse como si fuese un niño. Louis y Sarah los observaban analíticos sin separarse entre sí; él con recelo y ella con júbilo. A su lado, Aurora permanecía sentada sobre Bernardo fundidos en un abrazo escuchando las historias con satisfacción.
Lentamente a medida asomaba la tarde los ánimos cambiaron y el ambiente de guerra emergió con solemnidad. Manteniéndose como estaban, la conversación tomó otro aire mientras planeaban lo que vendrían, y una vez estuvieron de acuerdo en lo que harían, solo tuvieron que esperar a poner las cosas en marcha.
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