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Capitulo 11. Incognitas

—Ya te digo que ese nombre no me suena, y he vivido en esta habitación por más de diez años —dijo Marissa con la mirada en Lena, quien caminaba de un lado a otro en el medio de la habitación.

Ella tenía entre sus manos el localizador e intentaba enviar un mensaje a Valquiria pero la frustración la invadía al sentirse impotente.

—No me alcanza esto para decirle todo —se quejó—, ¿No hay ningún teléfono, computadora, o lo que sea? —se giró hacia Marisa, aún en su cama sentada con la guitarra entre manos.

—No pienso responderte, tu aún no me respondiste lo que te pregunte! ¿Quién es Caleb? —inquirió con curiosidad, su mirada de ojos oscuros y profundos eran aguda sobre ella.

Lena rascó su cabeza con nerviosismo y sacudió su pelo, desordenándolo. Su mente se estaba convirtiendo en una marea de incógnitas y no sabía cómo hacer frente a eso.

—Es solo un amigo por el que estoy preocupada —respondió—. ¿Tú no sabes de ningún teléfono? —le preguntó, volviendo a sentarse en su cama. Marissa elevó una ceja con condescendencia hacia ella.

—No creas que pienso ayudarte, solo hago preguntas porque estoy aburrida —comentó. La mirada de Lena se ensombreció, al igual que sus rasgos, con una mezcla de sarcasmo e impaciencia.

—¡Vamos! Compórtate, por una vez en tu vida, bien conmigo, y ayúdame —renegó, casi explotando de ira. Marissa cerró los ojos en busca de concentración y respiró hondo.

—Está bien, pero solo te ayudaré con esto —respondió en tono malhumorado levantándose de la cama. Agarró su chaqueta azul y se la puso, y miró impaciente a Lena que seguía observándola—. Muévete, no tenemos toda la noche —comentó. Lena puso los ojos en blanco ante el humor de perros de Marissa, y se apresuró a buscar un abrigo para seguirla.

Con Marissa a la vanguardia, Lena se movía silenciosamente tras ella a través de los pasillos iluminados tenuemente por candelabros. Los pasillos se veían escalofriantes ante tanto silencio, y las luces los hacían ver más siniestros de lo que en realidad eran.

— ¿A dónde vamos? —preguntó Lena en un susurro. Marissa se giró hacia ella para silenciarla.

De repente, se detuvo a mitad de camino y observó el pasillo que cruzaba perpendicular a donde iban. Dio un vistazo hacia el techo y giró hacia la izquierda; lo que Lena reconoció como una forma de ubicarse, gracias a los dibujos. Sus pasos se fueron hacían más lentos, mientras Lena se aseguraba que nadie las seguía o las observaba, hasta que se detuvo.

Lena prestó atención al sector en donde se encontraban. Era una zona un poco más oscura, y donde nunca había estado en ese piso. No parecía haber algo distintivo en ese tramo y alzó la vista para identificar la silueta de dos personas luchar contra una sombra oscura de aspecto amorfo. Ambas personas tenían fuertes armaduras, de las que ella solía ver en las películas de caballeros de épocas de antaño, y en sus manos empuñaban grandes espadas brillantes. Uno de ellos era un chico mientras que la otra figura era una chica, y ambos tenían rasgos similares.

Un sonido similar a un click, obligó a Lena a poner su atención en Marissa que acababa de mover uno de los candelabros. Asombrada, Lena vio un pedazo de la pared moverse a un lado, dejando a la vista una pequeña entrada hacia algún lugar. Atajos; pensó Lena con incertidumbre y curiosidad. Marissa movió sus manos para que ella la siguiera y sin rechistar, ambas se escurrieron a través del pasadizo desde donde se vislumbraba una fina escalera hacia arriba.

La pared se cerró tras ella, y Lena retuvo el deseo de gritar de pánico. Estaba junto a Marissa y aunque eso tenía desventajas, también significaba estar junto a alguien que sabia defenderse.

— ¿Quiénes eran ellos? Los de la pintura —preguntó Lena con curiosidad. Marissa suspiró y la miró para asegurarse que la seguía desde cerca.

— Ellos eran Garin y Maud, los leones alados, durante su pelea contra las sombras —respondió. Lena sintió un ligero estremecimiento jugando con su piel que se infiltró hasta su cuero cabelludo, haciéndola tensar. Garin y Maud Von Engels, recordaba sus retratos de la galería de la casa en Alemania.

— ¿Y qué eran esas sombras? —preguntó. Marissa se encogió de hombros.

— Algunos decían que eran demonios en su forma de sombra, otros que eran fantasmas, y unos pocos decían que eran Ángeles que querían sus almas en busca de venganza —explicó.

— ¿Venganza de qué? —preguntó.

— No lo sé —dijo Marissa bruscamente—, son solo leyendas que se cuentan —agregó deteniéndose en lo que parecía ser una pared sin salida.

Su lánguida mano recorrió la fría pared de piedra oscura y maltratada, y en medio del musgo y las grietas ella presionó sus dedos sobre un pequeño pedazo de piedra que sobresalía tenuemente. Unido suave y casi inaudible, fue el indicio de que algo había sucedido.

Marissa respiró hondo y se movió en busca de una pequeña abertura que se había descubierto, y tras eso, comenzó a mover la pared hacia un lado. Ella atraviesa la abertura y tras dejar pasar a Lena, mantuvo el hueco abierto para cuando salieran.

Lena se sorprendió al notar como la textura de lo que la rodeaba cambiaba poco a poco, pasado de la gruesa y áspera piedra a la suavidad de la madera esculpida.

Su alrededor también se modificó tenuemente, porque aunque la frialdad de las escaleras se perpetuaban en sus huesos, podía percibir el resguardo de un lugar bien calefaccionado.

Ella seguía a Marissa desde cerca hasta que de pronto no la oyó mas, y el miedo la sacudió. Pero tan de pronto como el temor llegó, también se fue en el instante en que todo se llenó de luz.

Para el momento en que sus pupilas se acomodaron a la lucidez, Lena reconoció a Marissa a un lado de ella. Marissa se veía precavida, dando un paneo general por el ambiente antes de acercarse nuevamente a ella.

— Vamos, tenemos que hacer esto rápido —comentó yendo hacia el escritorio. Lena asintió torpemente al verse en un estudio, y el lugar por el que acababan de entrar era un lateral de un enorme mueble lleno de libros, recuerdos y antiguas fotos.

— ¿Dónde estamos? —preguntó en voz baja.

— En el estudio del director —respondió.

— ¿¡De Byron!? —exclamó preocupada, y notó unas líneas de desentendimiento en la expresión de Marissa. «Dije Byron» pensó inmediatamente—. Perdón de Warren, ¿Qué hacemos acá? —preguntó agazapándose en un fuerte susurro.

Marissa puso los ojos en blanco y se dirigió hacia el escritorio para levantar el teléfono y alcanzárselo.

— Vamos que no tenemos todo el día —murmuró. Lena no podía creer cuanta tranquilidad había en Marissa pese a que se encontraban en un lugar peligroso.

Lena respiró hondo y tomó el teléfono para marcar rápidamente el número, bajo la firme mirada de Marissa. Cuando terminó y escuchó el sonido de llamada, rezó internamente para que su hermana la atendiera.

— Byron —escuchó la voz de Valquiria del otro lado, tras la espera, y respiró hondo.

— Eh... no —respondió Lena sintiéndose en problemas—. Soy yo, Lena —agregó. Valquiria se tomó su tiempo para responder, y Lena podía oír en el fondo que había personas hablando.

— Lena, ¿Qué haces llamándome del despacho de Byron? ¿Estás con él? —preguntó.

— No, él no lo sabe y no se lo puedes decir, pero no tuve más alternativa —se explicó—. Tuve un sueño, Caleb se apareció y me dijo lo de las academias, ¿Sabes lo que está sucediendo? —preguntó. Valquiria tomó otro segundo de espera que comenzaba a impacientar a Lena.

— Si, lo sé. Tú no tienes que preocuparte por nada, estas protegida —murmuró con tono firme. La desesperación corría en el cuerpo de Lena, mientras veía a Marissa observar el alrededor por si llegaba a entrar alguien.

— ¿Cómo puedes estar tan tranquila que todo estará bien aquí, sabiendo que ya han atacado otras academias? —preguntó realmente molesta en el preciso instante que Marissa quedó inmóvil observándola.

— No estoy tan tranquila, solo confío en que allá sabrán cuidarte —exclamó su hermana en un suspiro frustrado.

— Valquiria, ¡tú no confías en nadie! —se quejó Lena, explotando contra su hermana como no lo había hecho antes.

— Lena —Valquiria dijo su nombre en un tono suave y neutral que le inspiró tanto temor como un grito, a veces olvidaba la personalidad que ella poseía—. Puede que tengas razón, pero intento confiar. Tu cree en mi cuando te digo que estas protegida —dijo esto último en un tono casi de suplica y cansancio.

Algo en su forma de hablar le advertían a Lena que su hermana no estaba pasando el mejor momento, y quizás, no había sido el mejor momento para intentar contactar con ella. Cansada, Lena pasó su mano por su cara y respiró hondo para concentrarse.

— ¿Cómo esta todo por allá? —preguntó.

— Por ahora bajo control —respondió su voz en una nota más baja, transmitiéndole tanta sinceridad en su voz que le hizo ablandar el enojo que tenía. Lena asintió, dada por vencida en el deseo de poder hacer que su hermana le diera pistas para hacer lo que fuese necesario— ¿Por allá?

— Todo bien —respondió Lena—. Una última pregunta —le dijo a Valquiria en el instante en que aquella frase cruzó su mente—, ¿Alguna vez has oído la frase: Vivi cum ímpetu animi? —preguntó.

— Hmm.. si, es una frase que solía usar la tía Ernestina —le respondió con rapidez. Lena se sorprendió y retuvo el aire. «Ernestina Von Engels; E.V.E» pensó inmediatamente— ¿Por qué?

— Que casualidad. Hoy encontré aquella frase tallada bajo la madera de mi cama —explicó, y escuchó la risa de Valquiria; una risa fresca e inesperada.

— Debo irme Lena —advirtió Valquiria volviendo a su seriedad de siempre—. Estate tranquila, confía en mi y estudia —le advirtió.

— Esta bien —asintió Lena un tanto en desacuerdo.

— Y una última cosa: en este mundo, las casualidades no existen —sentenció sombríamente despidiéndose con un sonido de beso, y lo siguiente que oyó fue el sonido de la llamada finalizada.

Lena dejó el teléfono sumergida en la desesperación de verse sin salida, sin poder entender bien cuál era la situación y sin saber cómo poder lograr entenderla, y ayudar si era posible.

Levantó la vista hacia Marissa que se veía aturdida y por primera vez la vio sorprendida.

— ¿Sucede algo? —le preguntó preocupada.

— ¿Acabas de decir que están atacando las academias? ¿Y hablabas con Valquiria Von Engels? —preguntó. Lena sintió el calor subir por su cuerpo hasta su rostro.

— Eh... si a ambas cosas —respondió con inseguridad.

— ¡Oh... mierda! —exclamó Marissa llevando sus manos hacia su pelo en señal de desasosiego.

~~~

El ambiente era extraño y palpable, sumergido en una tensa solemnidad. El sonido de la lluvia hacia apenas eco en el interior, donde todos estaban dispersos en sus mentes y preocupados por los hechos que estaban aconteciendo. Pero por supuesto, siempre manteniendo aquella calma que a algunos tanto les había costado adquirir.

Pese a la oscuridad, la ciudad seguía viéndose gris bajo el manto de neblina que se esparcía con sagacidad. La soledad de las calles transmitía la fuerte sensación de melancolía.

— ¿Cómo te encuentras? —Valquiria escuchó la voz de Hamish detrás de ella, y apenas se giró para vislumbrar como, en el fondo de la sala, Víctor conversaba con Larsson y el pequeño grupo de exorcistas.

Apretó su móvil que aún permanecía entre sus manos y volvió la vista hacia la ventana que daba hacia las calles londinenses. Aún permanecía en la academia, sin la compañía de Newén ni de Leonardo, y no estaba segura de cuánto tiempo estarían impidiéndole seguir con su trabajo.

— Bien —respondió austeramente. Hamish asintió sin palabras y se acercó lentamente hacia ella, para detenerse a su lado con sus ojos azules verdosos en la lejanía de la ciudad.

Tanto él como ella vestían prendas normales; jeans, camisetas y suéteres, viéndose más normales que otras veces y sin recurrir a los colores oscuros que tanto atraían a los cazadores.

Hamish se cruzó de brazos haciendo que su cuerpo se irguiera, y suspiró profundamente antes de que sus labios se torcieran en una mueca de poca animosidad.

— ¿Qué fue lo que te dijo el demonio? —le preguntó tras unos segundos de silencio, en un tono de voz tan bajo como un susurro. Valquiria se tensó y negó con la cabeza, con la mirada oscurecida por la ira y la confusión.

— Nada de importancia —respondió. Los ojos de Hamish se posaron en ella, cristalinos y expresivos. Transmitiéndole lo poco de confiaba en que aquello fuese verdad.

— No te veías como si fuese algo de no importancia —sentenció echándole un vistazo a los tres exorcistas junto a padre.

Uno de ellos, quien parecía ser el líder, conversaba con él de manera diplomática y cordial. Era alto y de cuerpo delgado. Su pelo negro brillaba ante la luz de la habitación y sus ojos eran tan claros como el agua. Cedric era el más experimentado de los tres pese a la juventud que poseía.

A su lado se encontraba Kevin, el único que era un sacerdote erudito de los tres. Sus brazos se abrazaban a una biblia de apariencia antigua, y observaba a Víctor sobre el marco de sus lentes. Kevin tenía el pelo castaño claro y su mandíbula estaba rodeaba de una gruesa barba que le otorgaba mas edad de la que poseía.

El último de los tres era Samuel, el más joven de los tres. Solía ser conocido como el más liberal de los tres. Alto y de cuerpo fuerte, Samuel tenía gran carisma y una belleza tan exótica como peligrosa. Su pelo rubio oscuro bien corto enmarcaba un rostro expresivo y picaresco, y sus ojos negros parecían ocultar un secreto infernal.

Los tres vestían con prendas normales, y se veían tan ordinarios que cualquier humano podría creer que eran un grupo de humanos más.

— ¿Sabes quienes son ellos? —le preguntó su primo. Valquiria se tomó unos segundos en voltearse para ver donde se encontraban los ojos de Hamish.

— La trinidad preferida entre los descendientes de Rafael —respondió Valquiria con soltura. Hamish asintió de acuerdo.

Los exorcistas eran descendientes del Arcángel Rafael, el ángel de la salud quien había logrado impartir entre los humanos la forma de sanar el cuerpo y el alma. Ellos pertenecían a otra rama de aquella elitista descendencia celestial, pero en el fondo no eran tan diferentes a los cazadores.

Valquiria y Hamish cruzaron sus miradas. Parecía haber un duelo de emociones y pensamientos que se deseaban intercambiar pero que ambos se negaban a hacerlo. Ella permanecía atormentada mientras que él tenía una actitud neutral con respecto a todo. El duelo de egos pareció disminuir un instante y Valquiria notó en Hamish aquella incomodidad de querer decir algo que no se animaba. Ella retuvo el deseo de sonreír, al pensar que tras tanto tiempo su primo seguía siendo casi el mismo con el que había pasado tantas horas jugando y practicando cuando eran más jóvenes.

— Von Engels, Law —los llamó Larsson, y ambos se dieron vuelta para volver a ser los soldados de siempre—. Se los necesita en una de las áreas, prepárense de inmediato y vayan —sentenció.

Ambos asintieron y tras despedirse de la manera mas cordial posible, se dirigieron a través de los pasillos para correr hacia la camioneta que estaba estacionada fuera.

«Mi musa, deja de torturarte. Quien soy no tiene importancia, lo que si es importante es quien eres tú. Solo tienes que dejar de luchar y abrazar tu destino» Valquiria escuchó aquellas palabras en su mente, tan claras como si las hubiese dicho Hamish. Se detuvo experimentando un escalofriante estremecimiento. Cada musculo y cada centro nervioso de su cuerpo se alteraron con pavor.

Su expresión se horrorizo al darse cuenta que aquellas voz que a veces le hablaba era el amo de aquel demonio. Y ahora más que nunca deseaba saber quién era y que quería con ella. ¿Qué podía tener que ver ella con un demonio mayor? «Demonio, dime tu nombre» pensó mirando a su alrededor, justo bajo el umbral de la academia de cazadores. «Tu sabes mi nombre, quizás, solo no lo recuerdes» susurró aquella voz tan profunda e hipnotizante que la hacía sentir insignificante y extrañamente torpe.

— Valquiria —la voz de Hamish fue una cachetada a aquella realidad subalterna que estaba experimentando. Él la esperaba desde la camioneta, con expresión seria— ¿Todo bien? —preguntó. Y ella asintió, insegura incluso de sus propios pensamientos.

~~~

—¿Cómo sabías que era Valquiria Von Engels? —preguntó Lena confundida una vez estuvieron, de nuevo, en su habitación.

Marissa cerró la puerta detrás de ella y la miró con advertencia.

— Es la única Valquiria en esta academia —respondió—. ¿Pero por qué hablabas con ella? Me dijiste que hablarías con tu hermana —se quejó enojada, y Lena no supo que decir.

Ya había hecho demasiado para meterse en problemas y no estaba segura si decirle la verdad a Marissa era algo bueno o malo. De pronto el sonido de la puerta dispersó todos los sentimientos y ambas quedaron en silencio observándose mutuamente.

— ¿Quién es? —preguntó Lena.

— Soy yo, ábreme —dijeron del otro lado, y Lena respiró hondo para correr hacia la puerta y abrirla.

— ¿Qué haces aquí a esta hora molestando? —le preguntó Marissa, en medio de la habitación, cruzándose de brazos con la mirada iracunda en Therón.

— Me dijo tu hermana que la llamaste desde el despacho de Byron, ¿Estás loca? —preguntó Therón a Lena, omitiendo la pregunta de Marissa. Lena frustrada pasó su mano por su pelo y tuvo ganas de gritar.

— No estoy loca, es solo que están sucediendo cosas y quiero ayudar. Pero Valquiria no quiere que haga nada, como en Noruega —se quejó caminando por la habitación al borde de las lágrimas.

Therón respiró hondo y miro el techo en busca de algún tipo de ayuda celestial, mientras Marissa poco a poco parecía ir comprendiendo el panorama.

— ¿Valquiria es tu hermana? —preguntó ella desencajada. Lena la miró anonadada para luego volverse hacia Therón y golpearle el brazo con fuerza.

— Lo siento, metí la pata —exclamó este sobándose el brazo.

— ¿Pero cómo es posible? Creí que ella... Y tú te apellidas... —murmuró confundida. Lena puso los ojos en blanco, y vio a Therón sonreír pese a la desorientación.

— Es gracioso verla así —le susurró, pero el humor de Lena no parecía apto para bromas.

— Mi nombre es Lena Von Engels, solo uso Law para pasar desapercibida —respondió Lena con pocas ganas—. Te diría que por favor guardes el secreto, pero tú no haces nada por favor ni por agrado, así que haz lo que quieras —suspiró tirándose boca abajo sobre su cama. Sentía su cuerpo débil, su mente confundida, y percibía que ante cualquier cosa lloraría.

La cama se hundió en sus pies, pero se negaba a hablar con alguien más porque nadie la entendía. Abrazada a la almohada escuchaba el silencio de una academia que dormía.

— ¿Cuáles son los problemas que dices? —le preguntó Therón. Ella se encogió de hombros, negada a cualquier cosa pero él parecía no darse por vencido— Dale Lena, respóndeme.

— Han atacado varias academias y nadie piensa decirnos nada. Caleb me dijo que no debo preocuparme, igual que Valquiria, pero no puedo estar tranquila —explicó—. Además, encontré un extraño mensaje bajo mi cama que resulta que fue escrito por mi tía.

— ¿Tu tía se llama Eve? —preguntó Marissa con curiosidad, sentándose en su cama con toda su atención en Lena, quien negó.

— Esas son las iniciales de Ernestina Von Engels —respondió.

— Que casualidad —exclamó Therón con una sonrisa a lo que Lena negó.

— Ella me dijo que las casualidades no existen —sentenció.

— ¿Y qué quieres hacer? —preguntó Therón. Lena miró el cielo a través de la ventana.

— No lo sé, ayudar de alguna forma y no quedarme con los brazos cruzados —declaró. Sus ojos se posaron en una Marissa tranquila e incluso con más empatía que antes. Sus hombros estaban caídos y sus manos entrelazadas.

— Yo te ayudaré —dijo Marissa para sorpresa de los dos. Lena parpadeó para intentar despertar de aquello por si se trataba de un sueño, y Therón quedó boquiabierto hasta que sacudió su cabeza.

— Esta bien, y sé que esto me meterá en problemas. Yo también voy a ayudar —dijo firme.

Lena no supo que decir. Se sentó en su cama y evaluó la situación. Insegura sobre qué era lo que venía, y aturdida por lo que sucedía. Finalmente sonrió tenuemente, y movió su cabeza con la afirmación de poder sellar un pequeño pacto. Solo ellos tres contra lo que fuese.

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