Capitulo 10. Señales del más allá.
El día había amanecido entre nubarrones y lluvia. El cielo se veía brumoso y opaco, y resaltaba el verdor de lo silvestre, volviéndolo casi radioactivo. La lluvia repiqueteaba saltarinamente en una suave melodía embriagadora. Por un minúsculo momento, los alrededores de la academia estaban silenciosos y solitarios.
Los cazadores estaban en sus propios universos; algunos estudiaban solos o en grupo. Podían verse en los salones de la biblioteca, en algún salón de la biblioteca, en alguna que otra habitación o en el comedor y la cafetería. Otros, se encontraban en sus momentos de socio, donde pocos disfrutaban de la normalidad de la sala de cine.
«Todo parece tan normal» pensó Lena en medio de un suspiro tras recordar las horas previas. Pero allí no había nada normal y esperaba el momento en que eso se notara. Con la mirada perdida en la ventana, vio el tenue paisaje teñido de gris y verde. Llevaba ya un tiempo en la academia, y aunque ya no era el mismo lugar desconocido tampoco tenía la seguridad que fuese a llegar a acostumbrarse a él.
- ¿Sucede algo Lena? -le preguntaron sacándola de toda ensoñación.
Lena se giró hacia el escritorio frente a ella, y miró al profesor Kenway quien la observaba con suspicacia. Su rostro era apacible aunque en sus ojos azul zafiro eran serios.
-No, nada -respondió rápidamente volviendo la atención al libro que tenía entre manos.
Él no retrucó nada pese a que sus ojos permanecieron en ella, que volcó su atención en intentar que semiología entrara a su cabeza. El estudio de símbolos era muy importante para los cazadores y ella quería esforzarse en ser una buena cazadora algún día.
La imagen de su hermana peleando en Noruega llegó de repente. Ella era fuerte y aguerrida, y parecía que no había nada que pudiese contra ella. «Nunca seré como ella» pensó desilusionada. Valquiria había estado durante años perfeccionándose en el arte de la caza, y ella estaba apenas comenzando. Se preguntaba como estaría y que estaría haciendo su hermana.
-Eres igual a ella... -murmuró pensativo el profesor Kenway. Lena levantó la vista hacia él con la mirada desorientada. Él sonrió apenas, y movió su mano con desdén-. Piensas demasiado en las cosas y no puedes concentrarte en el verdadero objetivo.
Lena lo miró atenta, sintiendo sus mejillas entrar en calor.
-No sé a qué se refiere profesor -dijo ella, y él sonrió, con una mezcla de satisfacción y provocación.
-Puedes llamarme por mi nombre -le advirtió y se acomodó en su silla con aire pensativo-. La primera vez que te vi me resultó extraño ver a alguien tan parecida a ella, y más me sorprendió encontrar a alguien tan distinta al mismo tiempo -habló en voz baja y calma, pero aún así Lena se sentía acorralada-. Sabes que me estoy refiriendo a tu hermana, y puedes estar tranquila que tu secreto está a salvo conmigo -agregó.
Ella no supo como reaccionar a eso, pero un ligero suspiro se escapó de entre sus labios. Llevó sus ojos hacia sus manos, buscando algo que pudiese ayudarle. Pese a que el tono de voz del profesor podía hacerlo sonar enojado, él estaba sereno.
-Ella quiere protegerme -susurró ella con el corazón disparado. Él asintió suavemente.
-Lo sé. Ella nunca pediría ayuda, sin embargo lo hizo por ti. Nunca creí que podría descubrir otra faceta de una persona que conocí tan bien -comentó.
Lena reparó en la frase: «conocí tan bien», y lo miró con curiosidad. Una pequeña pero suficiente sonrisa picara brotó de los labios de él, y fueron segundos en los que él lució tan joven como en realidad es.
-Fui novio de tu hermana durante un tiempo, y le enseñé un par de cosas que sabe hoy en día. No creo que haya hablado de mi -comentó, y Lena pudo reconocer un poco de recelo en su voz. Su mirada se ensombreció sobre él, y ella sonrió con astucia.
-Eres quien le enseño a manejar ¿no? -preguntó tras recordar. Los gestos del profesor Kenway cambiaron mínimamente y sus ojos se oscurecieron, para finalmente sonreír.
-Sí, soy el culpable de crear ese monstruo sobre ruedas, lo siento -murmuró viéndose relajado.
Lena sonrió ante la imagen que se creó en su cabeza de su hermana y él. Pese a que nunca los había visto juntos, podía darse una idea de cómo podría haber sido. Pero ahora, él estaba casado, y aunque nunca lo había dicho ella había notado la alianza en su mano.
-No debes preocuparte por Valquiria, ella está bien... siempre lo está -murmuró-. Y de ti tampoco debes preocuparte: eres una buena estudiante y puedes mejorar -agregó. Ella sonrió llena de inesperado optimismo-. Ahora deja de pensar, y vuelve concentrarte en el libro -le ordenó. Ella suspiró con resignación y volvió sus ojos hacia las hojas del gran libro.
El símbolo del pentagrama invertido ha sido asociado con el misterio y la magia. Su antigüedad es vasta y es reconocido en la tradición pagana, aunque puede verse en ritos satánicos. Puede ser considerado un talismán de protección.
Para los hebreos, representa la verdad y los 5 libros de pentateuco; para gaianos, representa el orden real del planeta tierra, considerando las puntas superiores: aire, fuego, tierra y agua, y la punta inferior al ser humano; para las druidas era el símbolo de la cabeza de Dios; los cristianos lo atribuyeron a los cinco estigmas de Cristo; en la edad media era un símbolo de verdad y protección contra los demonios; mientras que en la inquisición representaba la cabeza del chivo.
Este símbolo tan controvertido en la cultura humana, es utilizado en el arte de la magia para dar protección y control. El arte de la hechicería ha sido retratado en miles de textos pero el más conocido ha sido el Compendium Malefirarem. Su vigencia se ha prolongado con los años y se han encargado de perfeccionar el arte de la estrella de cinco puntas nada más ni nada menos que sus seguidores, conocidos como los hijos de la vida y la muerte.
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La estrella de cinco puntas estaba marcada en la pared con maestra precisión y gran poder. La habitación era especialmente creada para todo tipo de prisioneros, incluso demonios. Y se encontraba en los subsuelos de la academia de Londres, a kilómetros de distancia del edificio de entrada.
En la celda de máxima contención, el demonio estaba quieto en una esquina, con los pies y las manos apresadas con fuertes y grandes grilletes. Se veía pequeño, tranquilo, incluso humano pero ya no lo era más. Sus ojos estaban cerrados y no podía verse lo eyectado de sangre que estaba, turbios y oscuros. Su piel amarillenta y seca estaba cubierta por vestigios de su ropa, y de su pelo ya poco quedaba en su cabeza.
Un panel de cristal unidireccional recubría uno de los lados de la celda abarrotada. Tras él, un pequeño grupo de personas lo observaban con análisis. Víctor Law se veía inquieto bajo la capar de estabilidad y armonía. Abría y cerraba sus manos ligeramente, dirigió su mirada a su lado, hacia una pequeña niña. Ella se veía delicada y frágil. Su pelo caía ondeante hasta la mitad de su cintura, color rojo fuego. Sus ojos eran verdes como el pasto, y su rostro, era un pequeño corazón de tez pálida y pecas. Detrás de su apariencia inocente e infantil, se ocultaba una personalidad sombría y voraz, con gran conocimiento.
La niña suspiró, cruzando sus brazos y mirando a reojo a Leonardo y Newén. Ambos, esperaban indecisos y nerviosos la llegada de Valquiria. Y sobre todo el segundo, se sentía inquieto ante la mirada de la pequeña bruja.
- ¿Los hechizos de retención serán suficientes? -preguntó Víctor con temor. La pequeña niña lo miró con seriedad y desdén.
-Voy a hacer de cuenta que nunca escuché eso, la simple duda me ofende -suspiró, y se giró hacia atrás, donde el eco de pasos se hacían más evidentes.
Valquiria y Hamish se acercaban a paso lento y firme. Se veían tranquilos, sobre todo ella, con una máscara de inexpresividad en su rostro. Y en poco tiempo, estuvieron junto a los demás.
Mientras Hamish se acercó a su padre, Valquiria miró a Newén y Leonardo con un ligero asentimiento de cabeza, queriendo hacerles saber que todo iba bien, y por último, sus ojos cayeron hacia la pequeña niña junto a Víctor.
Le resultaba caricaturesco ver a alguien con su complexión, vistiendo como una adulta: jean, camisa y zapatos de tacón. Nunca demostró en sus gestos lo que pasaba por sus pensamientos, pero aún así recibió una mirada de advertencia por parte de la niña. Los hijos e hijas de la vida y la muerte; ese era uno de sus tantos nombres plagados de dramatismo y sobriedad por estar situados en los polos de la vida: el bien y el mal, la vida y la muerte, la oscuridad y la luz.
-Sé cómo piensan y actúan, ustedes los descendientes del ángel -le dijo la niña. Valquiria sonrió tenuemente, pero sus ojos se mantenían oscuros e impenetrables.
-No sabía que también leían las mentes -comentó Valquiria mostrándose relajada, aunque podía sentir el cosquilleo en su cuerpo la presencia de la pequeña bruja y del demonio dentro de la celda.
- No te burles Valquiria Von Engels, porque se de ti, más de lo que quisieras -amenazó.
Toda la diversión y desdén se borró de los rasgos etéreos de Valquiria, y se reemplazaron por una oscura seriedad capaz de espantar hasta el demonio más poderoso.
-También se de ti Zoe Douglas, no lo olvides -le dijo con la impronta de una clara advertencia.
Zoe no dijo nada, cruzándose de brazos y decidiendo dejar para otro día esa batalla. Valquiria, por su parte, suspiró irguiéndose y echando una mirada hacia el interior de la celda.
A medida que se acercaba al vidrio, notaba la pequeña sonrisa que se hacía más evidente en los labios del demonio. Valquiria se detuvo, observándolo con quietud y desconfianza, al mismo tiempo él levantó su mirada de ojos eyectados. Y aunque no podía verla, ella podía sentir su mirada inquietante.
- ¿Estás segura de esto? -le preguntó Newén acercándose a ella. Leonardo estaba del otro lado, y se veían tan dudosos como ella en su interior. Movía su anillo de sello, y no rompía la conexión visual con el demonio. ¿Qué querría? ¿Por qué ella? ¿Quién estaba detrás de todo? eran algunas de las preguntas que se hacía.
-Si -respondió tras meditarlo.
-Valquiria -la llamó su tío, y ella se giró hacia él para verlo tenso y pálido-, no creo que sea necesario... -comenzó a decir pero ella lo detuvo con su mano.
-Quiero hacerlo -le aseguró, y pese a la tormenta de contrariedad que había en los ojos de Víctor, él asintió.
Víctor se separó de Hamish y se acercó a la puerta de la celda, hacia el dispositivo de acceso, y espero a que Valquiria estuviese a su lado para poder ingresar el código de acceso.
-Ten cuidado -murmuró él antes de abrir la puerta, ella levantó su mirada hacia él y asintió-. Estaremos preparados ante cualquier cosa -advirtió al mismo tiempo que Valquiria cruzaba el umbral para ingresar a la celda.
El sonido de la puerta cerrarse retumbó en su cuerpo con una sensación opresora. Y aunque dudaba, no tenía miedo porque la curiosidad era más fuerte. Sus pasos retumbaron en el interior, y los ojos del demonio brillaron con expectación. Él respiró hondo, reteniendo y saboreando el aire que aspiraba.
-Hmm... el aroma de los ángeles -gruñó excitado.
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Con ánimo desganado abrió la puerta de su habitación y caminó directo a su cama, tirando la mochila de paso y recostándose en su cama pesadamente. El colchón rechinó mezclándose con el sonido de la lluvia golpear con las ventanas y las melodías que se desprendían de la guitarra de Marissa.
Lena disfrutó de la música y de la tenue luz por un momento, antes de girar su cabeza hacia un lado, para observar a Marissa sentada en su cama con la guitarra entre brazos, tocar alguna canción con los ojos cerrados. Se veía tan serena que si no la hubiese visto el suficiente tiempo, Lena hubiese dudado que fuese su compañera de cuarto. Vestía un jean y una camiseta color ladrillo, y llevaba su pelo recogido en rodete desordenado.
-¿Dónde aprendiste a tocar la guitarra? -preguntó Lena en voz baja.
-Mi padre me enseñó, y luego me especialicé aquí -respondió tras un momento de silencio, manteniendo sus ojos cerrados y el movimiento ligero y preciso de sus dedos sobre las cuerdas.
-¿Y qué canción es? -volvió a preguntar Lena sumergida en un estado onírico, con el rostro sobre sus brazos y los ojos cerrados. Lentamente, podía oír como su corazón se acompasaba a la música.
-Don't look back in anger de Oasis -respondió suavemente y así, Lena se acomodó hundiéndose en el letargo.
De repente, abrió los ojos y notó algo distinto en el ambiente. Marissa seguía tocando la guitarra pero se veía lejana, como en el sueño en que Caleb se apareció. Se sentó en su cama y observó a su alrededor. No tuvo la necesidad de buscar mucho porque enseguida se vislumbro una oscura figura encogida sobre los pies de su cama.
Pese a la suave luz, Lena pudo distinguir los rasgos cincelados de Caleb. Tenía el pelo despeinado, y vestía, como siempre, de negro. Ella notó su arma tirada en el suelo, y se dio cuenta de cómo sostenía su brazo con fuerza con expresión dolorosa.
-Caleb -lo llamó ella acercándose a él. Él la miró con una sonrisa dolorosa.
-No tengas miedo, todo está bien -murmuró en un tono de voz quedado y armonioso, que la hizo sentir inesperadamente segura.
-¿Qué te pasó? ¿Y no te aproveches de tus poderes para hacerme no sentir preocupación? -lo retó cariñosamente queriéndole ver el brazo. Caleb sonrió al mismo tiempo que bajó su chaqueta dejando a la vista una herida grande y profunda que iba desde su hombro hasta casi llegar al hombro.
Lena dio un vistazo a las marcas que poseía Caleb en un idioma que ella no podía codificar, y sus ojos volvieron a la herida que parecía grave. Instantáneamente, deseó poder saber algo de todo el conocimiento de Valquiria en el arte de curar.
-Pronto sanará -dijo-, en este plano mi cuerpo terrenal cura con mayor rapidez y casi no hay dolor -explicó encontrándose con la mirada desorbitada de Lena. Sus ojos de un gris tormentoso, le recordaron momentáneamente a Valquiria. «Todos los Engelson tienen los ojos grises» se dijo a sí mismo, pero en vez de tranquilizarlo, lo tensó mas.
-¿Me puedes decir qué fue lo que te sucedió? -preguntó inquieta.
-Gajes del oficio -comentó-. Proteger Engelson, combatir demonios, liderar tropas de ángeles -respondió con cierto humor. Lena afinó su mirada viéndose casi amenazante... casi-. Últimamente ha habido más ataques de los promedios, y pese a que los cazadores pueden hacer su trabajo no son infinitos, y nosotros como ángeles debemos ayudarles pero no todo ángel es un soldado -comentó haciendo catarsis.
Caleb se acomodó para apoyar su espalda y su cabeza en la pared. Y Lena lo miró atenta, mientras que en su cabeza intentaba procesar todo.
-¿Y a qué se debe eso? ¿Desde cuándo? ¿Es por eso que casi no apareces? -le preguntó sentándose con las piernas cruzadas. Caleb sonrió mirando el techo.
-Había olvidado cuantas preguntas haces -murmuró divertido, y la mirada amenazante de ella volvió enseguida-, ahora estoy hablando como Valquiria, ¿no es cierto? -preguntó, a lo que Lena asintió sin palabras. Caleb pareció meditar y suspiró-. El incremento ha sido progresivo, curiosamente desde los acontecimientos de hace unos meses. No sabemos por qué, y si... me ha mantenido ocupado -explicó.
Lena hizo una mueca de disgusto, y se acomodó contra la pared a su lado. Ambos miraban a Marissa tocar la guitarra, y aunque la música no era tan clara como antes aun podían escucharla. «Ver a alguien que piensa que duermes roza lo espeluznante» pensó Lena y Caleb rió de acuerdo. Ella lo miró avergonzada tras olvidar que podía leer su mente.
-¿Y te puedo ayudar de alguna forma? -preguntó. Caleb negó rápidamente.
-Solo debes cuidarte, y tener precaución. No se sabe el por qué y estamos intentando averiguarlo, y no tenemos la seguridad de saber qué es lo que podrían hacer -respondió.
Lena quedó pensativa. Si no hubiese estado en ese plano se encontraría con miedo y nerviosa, quizás enloqueciendo, sin embargo se sentía calma y medida con la mente clara. Y así fue como una pequeña idea brotó en su mente. Una idea que deseó descargar demasiado fácilmente, pero algo en su instinto le decía que podía ser.
-¿Ellos podrían atacar las academias? -preguntó.
-Sí, y ya lo han hecho -respondió Caleb. Lena cerró los ojos negándose a la idea de que esa academia fuese atacada.
-¿No se puede hacer nada? -inquirió inquieta, y Caleb la miró con una suave sonrisa.
-Solo esperar -susurró, pero Lena no quería esperar y quería decirlo pero no podía.
Algo no andaba bien en ese sueño, porque todo de repente se volvió oscuro y molesto. Su cuerpo hormigueaba y buscaba alguna salida, una luz en la oscuridad pero lo único allí era ella.
-Caleb -lo llamó-, Caleb, ¿Dónde estás? -dijo en un grito. Pero allí no había respuestas.
Mientras tanto, en su mente se formaban imágenes de cazadores peleando contra demonios y ángeles negros. Edificios destruyéndose ardiendo en el fuego. Gritos, y llantos de miedo y angustia. Y tras todo eso, pudo distinguir el sonido de un trompeta resonar como un llamado de ayuda y de advertencia al mismo tiempo, y la tierra vibraba al compas del eco de las pisadas de caballos.
En medio de todo, Lena sintió escalofríos al presentir que estaba observando el apocalipsis que se acercaba. Cerró los ojos con fuerza, encogiéndose diminutamente. ¿Por qué estaba viendo eso? ¿En qué lugar estaba?
-¡Caleb! -gritó abriendo los ojos con lagrimas. Estaba agitada, sudorosa y con miedo. El corazón le palpitaba, a ritmo frenético, desentonando con la lluvia. Y aún podía recordar todo lo que había visto.
-¿Quién es Caleb? -escuchó, y levantó la vista de su almohada para ver a Marissa observarla con curiosidad pero también preocupación.
Los latidos le hacían eco en los oídos, mientras una voz le susurraba: «debes cuidarte, y tener precaución».
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El ambiente era tenso, y todas las miradas estaban puestas en Valquiria y el demonio. Afuera de la celda el aire podía cortarse con un simple movimiento o un suspiro. Víctor bajo su caparazón de hermetismo y serenidad se veía nervioso, no solo porque había un demonio allí dentro, sino porque estaba con su sobrina. Había una tormenta de brillo y oscuridad en sus ojos cristalinos. Aún la veía como la pequeña niña rubia y pecosa de ojos perlados, pero sabía que ya hacía mucho tiempo había dejado de ser así.
-Intenta verla como la cazadora que es. La leyenda de la cruzada de África, la reconquista centroeuropea, el gigante oriental, y la batalla de los 12 días -dijo Hamish a su padre con la mirada celeste verdosa en su prima. Contrario a su padre, él estaba calmado. Quizás, era porque conocía lo suficiente a su prima pese a la distancia entre ambos y no dudaba de que las proezas que se contaban acerca de su valentía, bestialidad y precisión fuesen ciertas.
Más allá de ellos, Zoe descansaba en una silla. Observaba la escena con expectación, con las piernas cruzadas y detestando la presencia de los guardias a su alrededor. La duda brotaba de todos ellos y ella sabía que no era quien para poder gozar de su confianza.
Con un suspiro nervioso y profundo, Newén intentó sacar un poco de ese peso que lo torturaba. Pero nada servía. Él y Leonardo se encontraban frente al cristal, mirando y analizando todo. Vieron a Valquiria quedarse detenida frente al demonio y él dijo algo que ellos no pudieron entender. El demonio sonrió, y ella se acercó aún más haciendo que los nervios de todos estuviesen en vilo.
El demonio se veía animado frente a ella, que mantenía el estado de alerta. Nadie parecía entender lo que el demonio decía, pero Valquiria. De repente, el demonio pareció más excitado y se sacudió en su propio lugar obligando a Valquiria a dar un paso atrás. Newén y Leonardo se miraron moviendo sus manos directo a las armas que tenían más cerca. Una sonrisita divertida flotó por el ambiente y todos se giraron hacia ella.
-¿Entiendes lo que dicen? -le preguntó Víctor a Zoe, ella meneó su cabeza y cruzó sus brazos.
-No logro codificar lo que dicen, pero conozco ese lenguaje -respondió con misticismo, y ante las continuas miradas ella suspiró-: el idioma de los ángeles. Pero yo que ustedes no me cuestionaría qué es lo que dicen, sino... cómo es posible que ella lo entienda -sentenció.
***
Su sonrisa le provocaba rechazo y una ira que la recorría fríamente como un cuchillo filoso. Sus ojos brillaban con devoción y se comportaba como si la conociese.
-Es un placer tener su presencia, mi señora -dijo el demonio. Valquiria elevó una ceja con curiosa ironía. «¿Mi señora?» pensó ella con extrañeza.
-¿Qué es lo que quieres? -le preguntó Valquiria con poca paciencia.
El demonio se encogió y la miró como si fuese una criatura indefensa, pero sus ojos rojos eran tan inhumanos que no producían nada más que repulsión.
-Yo... yo... yo quiero su protección -respondió. Una pequeña y efímera sonrisa cruzó por sus labios de ella antes de que la inexpresividad volviera. ¿Estaba bromeando?
-¿Y quien dice que puedo brindarte protección? Creí que sabias que quien soy -murmuró Valquiria en voz quedada, adelantándose un poco más cerca de él, pero el demonio se levantó de su esquina para moverse compulsivamente hacia ella.
-Mi señora -dijo tras tranquilizarse, y sus ojos llenos de sangre se fijaron en ella-, sé acerca de usted y es por eso que le pido protección. Tengo que salir de acá y volver con mi señor -explicó.
-¿Quién es tu señor? -le preguntó ella, y el demonio sonrió. Un estremecimiento cosquilleó por su columna.
-Él es uno de los mayores, y de él aprendí el idioma de su anterior vida -habló en voz baja, volviendo a encogerse poco a poco contra la pared-, y por eso, puedes entenderme porque lo llevas en la sangre -agregó. Valquiria se tensó. Había estado más preocupada por saber que era lo que tenía que decir aquel demonio que no se percató de la forma en que se lo estaba diciendo.
Parpadeó y miró a su alrededor. Fijó la mirada en el vidrio pero no podía ver nada ni a nadie. Sus ojos oscurecidos como el cemento volvieron al demonio encogido sobre la esquina, y hablaba despacio, casi para sí mismo.
-Respóndeme: ¿A qué se deben los ataques? ¿Qué quieren? -Preguntó, pero él parecía no oírla- ¿El ataque a la academia de Israel está relacionado? -inquirió.
Despacio como un murmullo, él seguía hablando. Sus ojos deambulaban por la habitación, perdidos y desquiciados.
-No, usted no puede hacerme esto -exclamó el demonio en un ataque de ira.
Valquiria llevó su mano hacia su cuchillo, lista para sacarlo en cualquier momento. Aquella mirada se posó en ella una vez más; se veía temeroso y paranoica, y se levantó de un salto para acercarse a ellos con rapidez. Valquiria desenvainó el cuchillo, y el filo dorado flameó como el fuego en los ojos del demonio.
-Debes protegerme -dijo el demonio en un fuerte susurro-, él lo sabe y no quiere hacer nada -abrió los ojos y se acercó tanto que ella mantuvo el aire en sus pulmones por el olor a putrefacción que emanaba.
Su actitud paranoica y temerosa le trajo el recuerdo de Merari. «Él se enteró que estaba por matarte, no es justo» había dicho aquel ángel tan hermoso pero tan cruel.
-¿Quién es él? -preguntó.
-Él es mi señor, y él... él... -respondió y volvió a mirar a todos lados con paranoia. Se tapaba los oídos y susurraba despacio-. Me dijeron que no podía venir a ti, nadie puede, está prohibido pero... -al demonio se le pusieron los ojos en blanco y comenzó a convulsionar.
Los ojos de Valquiria se expandieron y apretó con fuerza el cuchillo sin saber que hacer. Olvidando la precaución y todo el protocolo, corrió hacia el demonio y lo obligó a mirarla.
-¿Quién es él? -le preguntó pero no recibía ninguna respuesta- ¿Quién es? -volvió a preguntar, pero la puerta se abrió y junto a Newén y Leonardo ingresaron un par de personas más que fueron directo al demonio.
-Valquiria -la llamó Newén mientras la sostenía con fuerza, queriéndola obligar a salir de la celda pero ella estaba empecinada en obtener lo que pudiese de aquel demonio.
-Necesito saber quién es -exclamó ahogadamente ella. Leonardo y Newén cruzaron miradas luchando con la fuerza de ella mientras un par de hombres sostenían al demonio contra la pared donde lentamente la marca de la estrella se desvanecía.
Entre manotazos y patadas, lograron retener a Valquiria contra una pared fuera de la celda. Ella tenía la mirada perdida y el corazón disparado, al mismo tiempo que dentro de la celda parecía haberse provocado un gran revuelo. Valquiria pudo identificar a los hombres que ingresaron como exorcistas, y tras ellos, Zoe intentaba restaurar el poder de la estrella.
-Necesito saber quién es... -susurró ella en un hilo de voz observando la escena pasar frente a ella.
Dos de los exorcistas retenían al demonio que pareció enloquecer nuevamente, rompiendo con una de las cadenas y deshaciéndose de unos de sus represores tras impulsarlo contra la pared. Sus ojos deambularon por la habitación y se dirigió directamente hacia Víctor pero este sacó del cinto de su pantalón una daga larga color plateado que apunto hacia el demonio sin temor.
El demonio pareció concentrar su mirada en Víctor, y como si algo en él hubiese llamado su atención, profirió un grito dispuesto a ir por él. Las cadenas que quedaban estaban a punto de ceder cuando el silencio se instaló de repente.
Todas las miradas se dirigieron a Hamish, quien bajaba la ballesta y observaba lo que quedaba del demonio al que acababa de atravesar con tres flechas. Él suspiró y peinó su pelo hacia un lado con soltura. Su mirada celeste-verdosa era oscura y fría, y tras asegurarse de que todos dentro de la celda estaban bien se giró hacia atrás.
-¿Él te hizo algo? -preguntó mirando fijamente a Valquiria. Ella negó sin poder hablar, y teniendo la mente desbordada de preguntas que se quedaron sin respuestas tras el exterminio de aquel demonio.
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Buscaba por todos lados pero no tenía éxito. Revisó en su ropero, la mesa de noche y el baño. Había revuelvo casi todo el dormitorio bajo la precavida mirada de Marissa, quien seguía con la guitarra entre sus manos y de vez en cuando tocaba alguna canción. El desorden habitual de Marissa era orden en comparación de todo lo que Lena llevaba revolviendo.
-Espero que tú seas quien ordene todo, porque no pienso ayudarte -comentó Marissa, pero Lena omitió su comentario y siguió buscando el localizador-. Si me dijeras que es lo que buscas podría...-murmuró Marissa, y Lena la miró con advertencia, lo que solo produjo una risita divertida por parte de ella-. Está bien, solo siento curiosidad -agregó encogiéndose de hombros. Lena se sentó en el suelo, en medio del desastre, y suspiró.
-Busco el localizador que me dio mi hermana, necesito saber de ella -respondió. Marissa la miró con seriedad.
-No sabía que tenías una hermana -comentó.
-Tú no sabes nada de mí, ya que me evitas la mayor parte del tiempo -le dijo en tono de protesta y enojo. Marissa no dijo nada. Su rostro se volvió inexpresivo y volvió su atención a la guitarra.
Inmediatamente Lena se sintió culpable por haberle hablado así. Si, quizás, ella merecía lo que le había dicho pero no merecía cargar con un enojo que no iba hacia ella, sino a nadie en particular.
Frustrada y deseando olvidar todo, miró la cama y fue hacia allí. La revolvió por completo y como no encontró nada, se decidió a buscar por debajo. Y tomando la fuerza necesaria, movió la mesa de noche y la cama. Sus ojos recorrieron la madera del suelo y sonrió al encontrar el localizador, pero la sorpresa inundó sus gestos al notar la madera cortada.
Palabras en latín estaba esculpidas con torpeza, y aún no había recibido las suficientes clases de latín para decodificarlo. Lena pasó sus dedos suavemente por el contorno de las letras. «Vivi cum ímpetu animi» lo leyó mentalmente. Había algo en esa frase que la hacía sentir inquieta.
-Marissa -llamó, y levantó su vista sobre la cama hacia ella-, ¿Qué significa "Vivi cum ímpetu animi"? -le preguntó. Líneas de confusión se dibujaron en el rostro perpetuo de Marissa y con un rápido movimiento dejó la guitarra para acercarse a ella.
-¿Tú hiciste eso? -preguntó sentándose sobre sus rodilla sobre la cama de Lena, con la mirada en aquella frase. Lena negó-. Significa: vive con pasión -respondió, y tras evaluar la madera apuntó con su dedo debajo de la frase- ¿Quién es Eve? -preguntó viendo aquel nombre. Lena lo miró con estupefacción.
-Si tú no lo sabes... mucho menos yo -respondió.
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