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Capitulo 1. Esfuerzo, Honor y Lealtad

SEPTIEMBRE 2011

Entre las montañas rocosas y el macizo bloque de arboles se erigía el complejo de edificios que constituían la Academia Austriaca. Esa región era solitaria y nadie pensaba en la posible existencia de algún tipo de comunidad entre toda esa naturaleza salvaje. Solo un arco era la señal de que había algo allí, pero estaba tan oculto que solo podían verlo quienes conocían su posición. Palabras en latín sobresalían en la piedra a modo de bienvenida; Esfuerzo, honor y lealtad en nuestra sangre era el lema que profesaba cada uno de los integrantes. Inmensos bloques se disponían alrededor de un terreno fértil y extenso. Arcos ojivales precedían a las grandes puertas de hierro del edificio central, que se mantenían la mayor parte del tiempo abiertas, las ventanas con arcos apuntados con vidrios de colores jugaban creando distintos tipos de imágenes, y en lo alto del techo abovedado sobresalía una cúpula redondeada que le daba un aire tenebroso. El edificio central era el único que mantenía el estilo gótico por fuera, aunque por dentro había sufrido muchas transformaciones.

En medio de un suspiro, Lena observaba el edificio sumergida en su mente llena de imaginación. Le resultaba imposible no pensar en el jorobado de Notre Dame, preguntándose si habría alguien como él oculto en alguna parte de ese lugar. Apoyada sobre la puerta del auto dejó caer sus ojos hacia las personas que iban de un lado a otro del campo, personas de todas las edades, géneros y procedencias. Sentía miedo, nerviosismo y curiosidad. Tres meses. Ese era el tiempo que había transcurrido desde los sucesos en Noruega. Solo había costado una huida para que su vida diera un vuelco de 180 grados, y solo un par de días para tomar una de las decisiones más importantes. Tenía la seguridad de conocer solo una pequeña parte de un inmenso universo, pero no le importaba. Estaba decidida, como nunca antes, a seguir con el legado. Así era como había estado recibiendo todo tipo de clases; no solo debía profundizar sino también aprender otros totalmente nuevos y extraños. Por lo que los últimos meses en Aage habían sido más extraños que normales, pasando las tardes con sus amigos en el agua y bajo el sol, y las noches con Valquiria, Leonardo y Newén estudiando estilos de peleas y tipos de demonios.

Toda la nostalgia que había percibido cuando se levantó, en la mañana, se había hecho añicos cuando Augusta paró el auto en el estacionamiento. Había estado tomando demasiada fuerza para no caer en la tristeza de no ver a sus amigos, pero ellos no formaban parte del lugar a donde ella estaba queriendo ser parte. Extrañaría muchas cosas. Incluso las extrañaba estando junto a ellas. Veía a su abuela y sabía cuanto sufriría su ausencia; ella la educó, la crió y le dio todo el amor del mundo para tener que soltarla. Desprenderse de su vida era un sacrificio que tenía que hacer, y presentía que no iba a ser el primero.

Le costaba concebir una imagen de su hermana en ese inmenso lugar escalofriante. Sola, ella había estado sola allí. Pero no le sucedería lo mismo que a Valquiria; tenia la seguridad que su abuela no cometería el mismo error dos veces, y también sabía que su hermana estaría con ella junto a Newén y Leonardo, por lo menos un tiempo.

— ¿Lista? —preguntó Augusta acercándose a ella, tras salir del edificio central.

— Si —sonrió Lena llena de seguridad.

Augusta le devolvió la sonrisa pero en sus ojos podía verse la nubosidad de la nostalgia. Ella le cedió la carpeta entre sus manos, y dándole un rápido vistazo vio el programa académico con los horarios, materias, libros y salones. Lena torció el gesto ante la cantidad de cosas que tendría que hacer pero eso no era motivo para que se diera por vencida. Guardó la carpeta en su mochila en el momento en que su abuela agarró su bolso, y ambas emprendieron el camino hacia su habitación en el edificio residencial.

Por medio de un empedrado camino recorrieron el lateral del edificio central hasta llegar al resto de campo. Lena no podía creer como pudiese existir un lugar tan grande en medio de la nada. Chicos y chicas se arremolinaban alrededor de una plaza, donde una fuente era su epicentro, para conversar y entretenerse. Ella podía oír a su abuela hablarle pero en realidad ninguna de las palabras llegaba a su mente. Su atención estaba centrada en toda esa diversidad. Llevando sus ojos a otro lado, identificó dos edificios muy parecidos, aunque uno de ellos, el más alejado de donde estaba Lena, tenía un estilo más actual y no tan anticuado. El primero, era alto y grande, de cuatro pisos, con paredes compuestas de eslabones de piedras oscuras que sobresalían como almohadas. No había mucho dramatismo y ostentosidad en el emplazamiento, solo grandes ventanas que se volvían ovales en la parte superior y una serie de gárgolas en el techo que custodiaban hacia todas las direcciones. El otro solo se diferenciaba en el tipo de materiales en que estaba construido y en los ventanales rectangulares que daban espacio a que un gran flujo de luz ingresara.

— Lena, ¿Me estas escuchando? —preguntó Augusta de repente. Lena se sobresaltó dejando de observar minuciosamente los edificios por un segundo para prestarle atención a su abuela.

— Eh... no —respondió dubitativa, formándosele una pequeña sonrisa traviesa. Augusta movió la cabeza sin perder el buen humor y conociendo bien el comportamiento de su nieta.

— Te estaba diciendo que este es el edificio residencial, y más allá, tienes el edificio académico —respondió señalando las dos construcciones. Lena asintió volviendo a mirarlas por un momento antes de que Augusta reclamara su atención nuevamente— Tu habitación esta en el tercer piso. Puedes tomar el camino largo para ir a tus clases por medio de la salida, o sino los atajos, los cuales son muchos —comentó acercándose a la escalinata previa a las amplias puertas de la entrada.

Atajos. Esa palabra le gustó a Lena porque también había un poco de misterio. Se preguntaba qué cosas habría detrás de esas paredes, que historias contaría y cuantos secretos protegería. Eso le recordaba a su casa, la casona Von Engels, un lugar tan gigante que nunca logró conocer en profundidad pero que tampoco su hermana se lo permitió. ¿Y si hay fosas, esqueletos, momias o un gran tesoro? Había preguntado Phoebe, su mejor amiga, un día que había pasado la noche allí. Lena se había reído desestimando sus palabras, pero, ¿Y si tenía razón?

— Lena, ¿Me estas escuchando? —la voz de Augusta la volvió a sacar de sus pensamientos.

Las dos estaban atravesando las puertas y se asomaban en un vestíbulo que se asimilaba a un corredor. Las paredes eran blancas con diversos tipos de detalles en mármol y otros materiales, había recuadros y figuras esculpidas que adornaban el lugar. Hacia ambos lados se erigían escaleras que llevaban hacia la parte superior. Lena se encontraban en medio, de pie sobre una estrella de ocho puntas, de la cual la flecha que parecía indicar al norte era más larga que las restantes. Directamente frente a ella se abría un arco que daba paso a una galería a techo abierto y desde donde se filtraba el aire húmedo y templado, y la vista de la vegetación que rodeaba la fuerte y otras esculturas.

— No, es imposible que me concentre viendo todo esto —le declaró a su abuela. Ella rió, entendiéndola, y se acercó más.

— Ya tendrás tiempo para recorrerlo y conocerlo —murmuró con un tono de voz bajo y melancólico. Lena asintió intentando que la tristeza no la alcanzara, y desistirse de todo eso por temor a romper el corazón de su abuela.

Aunque a Lena le hubiese gustado recorrer la galería, siguió a su abuela en el recorrido hacia su habitación. Tomando el lateral derecho subieron las robustas escaleras de mármol hasta llegar al tercer piso. En la planta de abajo no se notaba, pero caminando hacia la habitación número 416 se dio cuenta cuan laberinticos eran los pasillos. Con paredes de madera oscura, lámparas antiguas, y pinturas cada ciertos pedazos de tramos que acompañaban a las pocas ventana que permitían que ingresara luz allí. Las características de todo el lugar eran tan parecidas que no le iba a costar mucho perderse.

— Se dice que para saber dónde está el sur hay que mirar la cruz del sur. En este lugar, la clave también es mirar hacia arriba —comentó Augusta doblando por el pasillo y evitando chocarse con un pequeño grupo de chicas de una edad cercana a la de Lena. Ella las observó minuciosamente hasta que desaparecieron; se veían como ella pero mucho más maduras y centradas, como su hermana lo era.

— ¿El techo? —preguntó Lena levantando la cabeza sin dejar de caminar.

De pronto se detuvo para poder contemplar la imagen de unos guerreros a caballo blandiendo sus espadas a grandes criaturas amorfas que se precipitaban hacia ellos. Esto es increíble; pensó ella moviendo sus ojos más allá donde las escenas seguían una tras otra, mostrando batallas, acontecimientos y héroes importantes. Con una sonrisa incrédula movió sus pies para seguir caminando pero un sonido secó y brusco fue precedido por el dolor que la recorrió en la cabeza. ¡Oh por Dios!; pensó y abrió los ojos para ver que era el objeto con el que había chocado.

Para su curiosa sorpresa, no era un objeto sino un chico. Él tenía los ojos cerrados con fuerza, y su mano apretaba la parte de su frente que había chocado contra ella. Parpadeando, como si saliera de un sueño, Lena notó un robusto anillo en sus dedos. Un cazador; pensó Lena para después llamarse tonta ya que todos allí eran cazadores.

— Disculpa, no fue mi intensión. Estaba mirando el techo y... —empezó a explicarse ella, pero sus palabras murieron en sus labios cuando el chico sonrió divertido.

— No pasa nada, yo también estaba distraído —comentó abriendo los ojos y mirándola pasmado, como si hubiese visto un fantasma.

Su pelo era corto castaño oscuro, con un rostro ovalado con pómulos que sobresalían y una fina barba de pocos días e irregular. Sus ojos eran de color miel oscuro que se volvieron líquidos cuando Lena sonrió.

— Gracias —dijo Lena ladeando la cabeza para ver a su abuela que llevaba un largo recorrido— Disculpa, me tengo que ir —comentó sonriendo de nuevo y alejándose corriendo. La palidez en la que se había vuelto el chico se cubrió de un suave murmullo rosa pálido, mientras miraba a Lena correr a través del pasillo.

En uno de los tantos pasillos que habían recorrido, la habitación numero 416 era la última. Lena vio a su abuela dudar frente a la puerta. Sabía que se debatía si entrar y ayudarla a ordenar, haciendo las cosas más lentas y dolorosas, o irse rápido para evitar toda tristeza que pudiese reflotar en ese momento. Estaba a punto de preguntarle a su abuela si estaba bien, cuando ella golpeó la puerta y tras ninguna respuesta ingresó. Por lo que parecía iba a ser las cosas más largas, pero eso a Lena le agradaba porque sabía que le costaba por la despedida y también por recordarle lo que no pudo hacer con Valquiria cuando llegó a ese sitio. La habitación era bastante simple: paredes blancas, dos ventanas mediadas, dos camas sobre laterales contrarios de la habitación, un ropero gigante, dos escritorios, y una puerta que le indicaba a Lena que ese era el baño privado. Había algo en toda esa austeridad, en las dimensiones de la habitación, las macizas paredes, y en las lámparas y recuadros anticuados que le recordaba a la casona, haciendo que el temor a lo desconocido se reemplazara por un poco de esperanzada familiaridad.

No fue difícil identificar su lugar. El lado contrario estaba repleto de las adquisiciones de su compañera de habitación. Había posters de bandas colgados en las paredes, fotos familiares y una guitarra sobre la cama que le llamó a Lena la atención. Ella escuchó el suspiro de Augusta cuando dejó el bolso sobre su cama de acolchado rojo oscuro. Lena hizo una mueca de lado, intentando no sentir la melancolía. Aunque en ese momento todo parecía ajeno, pronto habría más cosas de ella; tenía la noción de que Valquiria tenía las cajas con varias cosas. Y pensar en su hermana le recordó que ella estaría allí por un tiempo, en el periodo de reentrenamiento, y eso le dio una luz de alegría.

— Ya no hay vuelta atrás —murmuró Augusta casi para si misma.

Lena caminó hacia su lado, y sonrió con seguridad sabiendo que no había vuelta atrás pero la decisión ya estaba tomada. No quería volver a sentirse débil, indefensa e inútil. Augusta la analizó cuidadosamente antes de asentir. Ella la respetaría y la apoyaría en lo que fuera, y nunca la abandonaría porque no cometería ese error nuevamente.

— ¿Entendiste todo lo hablado? —le preguntó Augusta.

Lena asintió recordando las charlas que había tenido las noches anteriores; le habían explicado cómo se manejaban allí, las actitudes de profesores y alumnos, como debía actuar y tratar a las personas, y lo más importante para su protección, el nombre que debía usar. Lena Law, el apellido de su madre. Se había estremecido cuando escuchó sobre la fama de los Von Engels en ese lugar, y aunque estaba orgullosa temía tanto como los demás las cosas que podrían hacerle.

— Clarísimo —indicó ella. Su abuela asintió y lo que le siguió fue una despedida en donde las emociones estaban contenidas y la torpeza sobresalía.

— Cualquier cosa que necesites no dudes en llamarme, o a tu hermana —murmuró Augusta en su oído.

Lena asintió sin palabras. Temía hablar por temor de dar marcha atrás. Su abuela se alejó, observando sus ojos tan parecidos a los de su difunto esposo, sus hijos y a los de Valquiria. Esos ojos siempre transmitían más de lo que ellos se imaginaban. Le besó la mejilla con cariño, y estrechándose en un breve abrazo, ella se fue rápidamente. La puerta se cerró, dejando a Lena sola con sus pensamientos, sus decisiones de las cuales no se arrepentida por el momento... simplemente, dejándola sola, independiente, por primera vez en su vida.

***

Para canalizar sus emociones ordenó sus pocas cosas en los estantes vacios del ropero y acomodó unas viejas fotos de ella con sus amigos sobre la mesa de luz y una de ella con su abuela. En ese momento se dio cuenta que no tenía ninguna foto con su hermana que no fuese de cuando era una bebe. Después agarró la carpeta con los horarios y analizó las materias que tendría. Al siguiente día tendría que levantarse a las 5 de la mañana para arrancar con la rutina diaria a las 7. Torciendo el gesto dejó todo sobre la cama, sentándose para fijar sus ojos en el poster de un grupo de música en español. Sentía curiosidad por su compañera de habitación aunque su hermana la había prevenido que ahí la gente no era tan amigable como lo esperaba. Los pensamientos se agolpaban poco a poco en su mente hasta que un suave pero firme sonido la sacó de toda ensoñación. Levantó los ojos hacia el origen del sonido: la puerta. Frunció el ceño, confundida, sin estar segura de que lo que había oído era real. Unos segundos después el sonido volvió a repetirse. Lena se puso de pie, dudosa, para ir hacia la puerta.

— ¿Quién es? —preguntó mientras abría la puerta cuando ya no era necesaria la respuesta.

Se encontró con unos brillantes ojos oscuros y una alegre sonrisa, de esas sinceras y no de las que dedica para conquistar chicas. Ella nunca había sido tan observadora para darse cuenta que los ojos de Leonardo eran del color del café, y lo segundo que notó, tras eso, fue el diferente aspecto que tenía. Usaba un pantalón estilo militar color verde oscuro y una remera azul profundo, a diferencia de lo que solía usar en Aage que eran jeans y camisas o chombas. Además, tenía el pelo más corto por lo que no se veía tan salvaje, y su barba estaba prolijamente recortada.

— Buenas tardes soldado Law —murmuró.

Su piel se veía un poco más tostada que de costumbre, de un tenue dorado. Lena tardó en reaccionar. Llevaba días sin ver a su hermana y a sus amigos, que de a poco también iba considerando propios, además, ya se sentía perdida entre tantas caras desconocida. Leonardo movió sus cejas juguetonamente a la espera de alguna reacción. Finalmente, ella sonrió y abrió sus brazos para ir hacia él a abrazarlo. Él la rodeó con los brazos mientras su risa gutural salía de su pecho resonando en el pasillo. Diversión, alegría y unas piscas de sorpresa rodeaban a ambos. Sonriendo con sus brazos alrededor de su cuello pensó en lo raro que era estar abrazándolo, ella no solía ser tan efusiva con chicos, aunque él no era como los demás que conocía.

— ¿Cómo sabías que estaba acá? —preguntó Lena alejándose de él torpemente. Acomodó su pelo que se había revuelto dentro del broche que llevaba recogiendo parte de él.

— Me encontré con Augusta afuera —respondió pasando su mano por su barba. Ella asintió sintiendo la tristeza de imaginarse a su abuela yéndose de nuevo a Aage en soledad— Ella se veía bien —comentó Leonardo.

Lena dudó sin saber a qué se refería pero al ver su expresión analítica entendió que hablaba del estado de su abuela al irse, que era lo que tanto a ella la preocupaba. Sonrió mirando el pasillo donde las personas pasaban de un lado a otro sumergidas en su propio mundo y sin importarle lo demás.

— ¿Y cómo te está tratando la academia? —le preguntó él sacándola de su ensoñación. Lena hizo una mueca de disgusto.

— Este lugar es gigante, no creo poder llegar a conocerlo todo, y la gente... bueno, era tal cual me lo describieron —respondió. Leonardo rió divertido y poso su mano en su hombro.

— Lograras adaptarte, todos lo hacemos —indicó con optimismo. Lena quiso creer esas palabras y suspiro sacando la melancolía y la soledad de su interior — Ahora, quiero ver una sonrisa así puedo llevarte por un recorrido personalizado alrededor de la academia —dijo acercándose a ella sonriendo.

Ella no podía entender como una persona tan divertida y optimista como él podía ser amigo de su hermana, pero quizás era porque en el fondo compartían cosas en común.

— Está bien —dijo cerrando la puerta detrás de ella.

***

Ambos caminaban por los pasillos de la residencia, recorriéndola tranquilamente, Lena observando todo sin querer perderse un detalle y Leonardo hablando de sobre las particularidades del lugar. Las habitaciones se asignaban según escala jerárquica y edad, así era como los cazadores con más experiencia ocupaban los pisos de más arriba y los estudiantes los más bajos, intentando agruparlos en edades similares. Según Leonardo, los cazadores ahora parecían no preocuparse tanto por los límites entre las habitaciones entre hombres y mujeres como antes lo hacían, aunque nunca faltaban los conservadores. Aún así, las habitaciones del este eran ocupadas por los hombres y del oeste por las mujeres.

— Hay que tener en cuenta que en la antigüedad las familias para conservar la estirpe kamikaze y además la pureza de la dinastía a la que pertenecían se emparejaban entre ellos —comentó él moviendo sus manos como solía hacer en todas su conversaciones; Lena pensaba que era por su origen italiano y porque le gustaba hacer las cosas un tanto dramáticas. Con un gesto de asco ella lo miró con curiosidad.

— ¿Dinastías? ¿Has mas además de la Engelson? —preguntó. La sonrisa de Leonardo se amplió y asintió mirando el frente donde se abrían paso entre los estudiantes para dirigirse hacia las escaleras. "Por supuesto" respondió sombrío.

— ¿Cuánto sabes sobre los siete primeros? —le preguntó mirándola por una fracción de minutos y ella se encogió de hombros no muy segura — Miguel descendió y adiestro a siete personas que él creyó capaces: Armín, Naomi, Arek, Dina, Zuriel, Jane y Uziel. Ellos fueron los primeros guerreros celestiales. Pero cuando Miguel volvió a los cielos, ellos se separaron tomando distintas direcciones; eso es lo que representa la estrella de ocho puntos en la entrada de la residencia —explicó animadamente. Lena asintió, entendiendo la historia y recordando la estrella sobre la que se había detenido — Ellos se emparejaron y se reprodujeron creando seis dinastías: Armín y Naomi, la Dinastía Collins; Dina creó la Dinastía Madison; Arek, la dinastía Alcander; Zuriel, la Dinastía Geert; y Jane y Uziel, la Dinastía Warren —dijo quedando en silencio.

Lena bajaba las escaleras procesando la información. Ella era de la dinastía Engelson, creada por Jane cuando tuvo un hijo con el Arcángel Miguel, un linaje secreto y muy bien protegido.

— ¿De qué Dinastía eres? ¿Y Newén? —preguntó.

— Pertenezco a los astutos, la Dinastía Geert. Mientras que Newén a los temples, la Dinastía Warren —respondió.

Lena rió ante los sobrenombres de las Dinastías y cuan perfecto se aplicaban a sus integrantes. Leonardo definitivamente era una persona astuta, divertida y de esas que cuando no tiene otra alternativa se las rebusca para poder lograr lo que quiere, mientras que Newén, él era el que tenía toda la tranquilidad de los tres, inclusive más tranquilo que Valquiria, siempre pensativo, leyendo y haciendo cosas que eran muy contrarios a su comportamiento en una pelea.

— ¿Y como se supone que se les llamaría a los descendientes solamente de Jane? —preguntó. Leonardo dudó moviendo las comisuras de sus labios de un lado a otro.

— No estoy muy seguro. Jane fue una cazadora con mucha gracia, no la mejor pero su prodigiosidad para aprender fue única, y su lealtad, pese a todas las circunstancias que vivió, fue grande —comentó mientras se seguían deslizando por las escaleras casi llegando al piso de abajo.

— Pero ella abandonó a su hijo —reclamó Lena confundida.

— Puede que lo haya abandonado, pero lo hizo por una causa noble y eligió a personas que ella misma entrenó para su cuidado —comentó pasando su mano por su pelo.

— hmm, entonces puede ser... —murmuró pensativa mirando a su alrededor. Ya se encontraban en el piso de abajo y pensaba tomar el camino hacia afuera cuando la mano de Leonardo le sujeto el brazo y la desvió hacia otra dirección.

— Queda mucho por ver —comentó alejándose de ella un poco y señalándole el camino a seguir.

Los pasillos y las galerías en la planta baja no eran tan laberinticos como el resto de la residencia. Sus pasos resonaban sobre los suelos de mosaicos con extravagantes dibujos, creando un gran contraste con la decoración rudimentaria que los rodeaba. Según Leonardo, toda la residencia se había erigido alrededor del gran patio. Éste consistía en una especie de museo de esculturas que se ubicaban en cada rincón, rodeadas de arbustos y coloridas plantas que le daban un poco de vida al ambiente, y en el centro una fuente de agua. A través de numerosos arcos, el patio se abría hacia la galería que la rodeaba y que llevaba hacia los pasillos que permitían cruzar la residencia de un lado a otro.

— Tenes que recordar que una vez estas frente a la fuente, el pasillo que va al norte lleva a la comedor, el de la oeste lleva al salón multipropósito, el del este al hacia los pisos de arriba y al edificio académico, y el del sur hacia la salida —Leonardo le guiño el ojo a Lena con una confiada sonrisa.

Ella tragó saliva para bajar todo el nerviosismo y la confusión que se anudaba en su garganta. Pese a todas las indicaciones de Leonardo, a los consejos y a los atajos, estaba segura que terminaría perdiéndose de todas formas. Una presión calurosa en la espalda la sacó de sus pensamientos. Leo la miraba con una inquieta sonrisa y los ojos brillantes.

— Pones la misma expresión de enojo que tu hermana cuando están pensando demasiado —repuso haciéndola olvidar momentáneamente de todo. La expresión seria y la arruga en su entrecejo se evaporaron cambiándola por una mueca sonriente; le gustaba saber que tenía cosas parecidas a ella — Mejor vamos a encontrarnos con los demás —agregó metiendo sus manos dentro de los bolsillos de sus pantalones holgados y caminando hacia la salida.

«Los demás, eso quiere decir Valquiria y Newén»; pensó desistiendo de su esfuerzo por recordar cada cosa que él había dicho, en ese momento ver a su hermana era más importante.

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