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Capítulo 9. Bienvenida al oficio

— ¡Bienvenidos a Brasil! —exclamó Leonardo con dramatismo abriendo las puertas de su residencia familiar en Rio de Janeiro. Newén, Valquiria y Lena ingresaron detrás de él llevando las pocas pertenencias que tenían.

Habían dejado Aage muy temprano y usando el avión personal de Leonardo viajaron hasta Brasil lo más pronto que pudieron. Mientras ellos se acomodaban en la casa, Joshua estaba oculto en el avión y Caleb había desaparecido minutos antes de que ellos se fueran.

— No recuerdo la última vez que estuve acá —murmuró Leonardo acercándose a una tableta digital, donde ingresó unos códigos que permitió que las ventanas de la casa de despejaran mostrando el paisaje que los rodeaba, verde y montañoso.

— Posiblemente hayas estado muy alcoholizado para recordarlo —indicó Valquiria soltando el bolso con libros en uno de los largos sillones que había.

Aunque se veía tranquila, en su mente no podía dejar de pensar en Helder Mourinho y en la forma de contactar con él. Dio un vistazo a la sala en busca de su hermana; ella seguía algo dormida, sentándose en el sillón junto a Newén.

— Entonces, ¿ahora qué hacemos? —preguntó Leonardo posando sus ojos en Valquiria.

—Según he averiguado la única oportunidad que tendríamos de hacer contacto con él seria en una semana —intervino Newén; en su voz había un hilo de desilusión.

— No podemos esperar tanto —indicó ella acercándose a él— Hay que buscar otra forma.

Los tres se miraban en silencio mientras Lena se estiraba como si fuese un gato y los observaba con curiosidad.

— ¿Qué sabemos de él, además de que se cree filántropo por sonreír en fiestas de caridad? —preguntó Valquiria.

— Pertenece a una logia llamada "Los elegidos" —respondió Newén. Valquiria puso los ojos en blanco ante el pensamiento de que todas las sectas o logias tenían nombres demasiados dramáticos.

— Demasiado nombre para un grupo de viejos que seguro se junta a jugar a las cartas —murmuró Leonardo por lo bajo. Por un breve momento quedaron en silencio sumergidos en sus pensamientos.

— ¿Encontraste alguna dirección? —preguntó Valquiria. Newén asintió.

— Una de su casa y la otra del lugar donde trabaja, un instituto de alto prestigio —respondió.

— Genial —murmuró Valquiria.

Sus ojos tenían una tonalidad más vivaz y en su cara había una mueca de satisfacción que los demás de a poco iban comprendiendo.

***

Newén intentaba concentrarse mientras estaba sentado en un auto, a cierta distancia de un instituto que tenía una apariencia carcelaria pero que curiosamente le resultaba familiar. Sus ojos se veían opacos y movía sus manos con nerviosismo.

—¿Quieres que te repita algo de lo que haremos o lo entendiste bien? —él se giró hacia su lado, donde Lena lo miraba fijamente como si fuese algo en exhibición. Sonaba tranquilo y seguro pese a todo. Ella movió su cabeza afirmando dudosamente— ¿Qué es lo que vas a hacer? —le preguntó cauteloso. Lena cerró los ojos para recordar todo, intentando tranquilizarse respiró hondo.

— Somos dos hermanos que se mudaron acá desde Alemania, y quieres saber si es un lugar ideal para que vaya. No tengo que hablar ni hacer nada, solo acompañarte —respondió concentrándose en cada una de sus palabras. Él asintió y sonrió cálidamente. Lena suspiró intentando captar un poco de la tranquilidad que él poseía.

— ¿Nos creerán? No nos parecemos en nada —preguntó con curiosidad ladeando su cabeza.

— Varias veces nos hemos hecho pasar por hermanos con Valquiria; a veces decimos que somos adoptados, otras que somos hijos de distinto padre —sonrió él.

Lena intentó sonreír a modo de sentirse más segura. Era muy extraño como había llegado a esa situación; ayer era una chica normal y ahora estaba huyendo de algo que desconocía y se estaba metiendo en un mundo que desconocía mucho más.

— Tranquila, todo va a salir bien. Estaré a tu lado —murmuró él. Ella asintió y dio un último vistazo alrededor antes de que salieran del auto.

Lentamente, se iba dando cuenta que tanto su hermana como Leonardo y Newén estaban demasiados acostumbrados a estar en situaciones que parecían sacadas de películas post-apocalípticas o de espionaje. Tenía en su mente el momento en que Valquiria se apareció con ropa nueva para que todos pudieran estar más cómodos. Ahora ella vestía un jean y una camisa color crema. Un ligero estremecimiento la recorrió cuando atravesaron la puerta de la institución y caminaban directamente a la oficina de dirección.

— Recuerda que ellos no saben quiénes somos, ni qué somos —le dijo Newén antes de llegar a la puerta y le mostró disimuladamente un par de cuchillos que ocultaba debajo de su camisa. Saber que había alguien armado a su lado antes le hubiese parecido algo espantoso, pero en ese momento le daba tranquilidad.

***

Focalizándose en lo que tenía que hacer no podía alejar la imagen de su hermana de la cabeza. Ella estaba con Newén, y aunque sabía que no corría peligro junto a él, seguía teniendo la necesidad de tenerla junto a ella. No es de cristal; se dijo a sí misma. Sacudió la cabeza prestando más atención frente a ella pero otra vez Lena volvía. Acababa de abrirle una puerta gigante y no sabía que podía pasar de ahora en más. Pero el hecho de saber que ella podía estar en peligro la hacía sentir enferma.

— Podrías haber esperado hasta después de comer algo, ¡estoy muriendo de inanición! —exclamó Leonardo infantilmente.

Ella volvió a la realidad y lo miró dedicándole una de sus miradas de pocos amigos y él se calló. Solo pasaron unos segundos para que volviera a quejarse pero esta vez no era tan evidente.

Ambos se encontraban en el techo de un edificio alto y viejo, con la vista fija en una casa de apariencia simple y rustica a unos metros de distancia. Se trataba de la casa de Helder Mourinho, donde vivía con su esposa y sus dos hijos. Caminando de un lado a otro, analizaba una forma de llegar allí y poder entrar.

— Si saltamos hacia aquella casa, creo que nos sería más fácil —murmuró Valquiria señalando el camino mental que había creado en su cabeza con los techos del vecindario.

— Sería más fácil para ti, Valquiria Von Engels, ganadora de todos los juegos habidos y por haber de gimnasia. No para mí —dijo con malhumor. Ella lo miró cínicamente.

— Te estás comportando muy dramático por no haber comido una sola vez. Y si quieres volver a comer más vale que vayamos a ese lugar, porque te voy a matar de hambre por el resto de tu vida si no logramos llegar —lo amenazó manteniendo la tranquilidad. Leonardo la miraba pensativo por un tiempo hasta que bufó por lo bajo.

— Podríamos disparar una estaca directamente hacia la casa y hacer que no nos vean por media del dispositivo multiusos —propuso mirando el escenario frente a él. Ella negó con suavidad.

— No sería tan divertido —torció el gesto aunque estaba de acuerdo con su idea. Los dos se miraron.

— Entonces saltar hasta acercarnos y disparar haciéndonos invisibles; estaríamos usando las dos maneras —murmuró Leonardo. Ella lo pensó y sonrió ligeramente de acuerdo.

***

En el instante en que la puerta se había abierto una ráfaga de calor la golpeó. Se sintió enrojecer y desvió sus ojos hacia sus manos.

— Boa tarde —escuchó una voz ronca y Lena levantó sus ojos con curiosidad hacia un hombre alto y canoso. ¿Este es Mourinho? Pensó ella al verlo tan común que le parecía poco probable que se tratara de un villano como en las películas.

— Boa tarde —respondió Newén viéndose simpático. Él se veía confiado y amable. Lena no podía dejar de pensar como alguien como él podía llegar a matar vampiros o lobos. Newén y aquel hombre intercambiaron palabras que ella no entendía para luego ingresar a la oficina y tomar asiento.

Según todo lo que rodeaba el lugar, aquel sujeto robusto, de tez morena y de pelo canoso era Helder Mourinho. Newén hablaba en un fluido portugués lo que Lena suponía que era la historia familiar. Ella miraba a Helder con disimulo en busca de algún gesto que le dijera que no creía nada de lo que él decía, pero no parecía ser así. Con una complaciente sonrisa y brillantes ojos cafés escuchaba a Newén y asentía de vez en cuando. Pensándolo bien, Lena no sabía porque dudaba de él; con su personalidad y su aspecto de chico bueno era imposible no creerle.

En un momento llegó a la parte más actual de la historia, o eso Lena creía cuando le pareció oír el nombre del país. Se entretenía mirando los cuadros, las fotografías y toda aquella cosa que hubiese en la oficina. Como una especie de hechizo, se vio atraída hacia una pintura vieja. En ella había una casa grande y rustica, con personas que rodeaban el lugar de rasgos indescifrables y trajes de siglos antaño.

— Lena —escuchó la voz de Newén que la sacó de su ensoñación. Ella se giró hacia él rápidamente.

— ¿Qué? —preguntó desorientada.

— El señor Mourinho quiere mostrarnos el establecimiento —le dijo con una mueca en sus labios, reteniendo una sonrisa. Asintiendo con torpeza se levantó al mismo tiempo que ellos dos. Acomodándose la ropa se volteaba para seguir a Helder Mourinho cuando este se detuvo mirándola con curiosa tranquilidad.

— ¿Te gusta? —le preguntó señalándole la pintura que había estado observando. Pese a que no sabía alemán, manejaba un buen inglés.

— Si —respondió en un tono suave. Helder sonrió y movió su mano para que se acercara a él y a la pintura. Mientras tanto, Newén estaba detrás de Mourinho. Antes de posar sus ojos en la pintura, Lena lo vio rígido y sombrío.

— Hay una vieja historia sobre esta casa. Que dice que allí, la familia dueña de ella, guardaba todos los secretos, además de joyas y los restos de sus integrantes en las catacumbas. Era una casa donde ellos se distraían y se refugiaban en tiempos revueltos —hablaba observando la imagen con solemnidad— La localización es desconocida aunque muchos dudan que en verdad exista —agregó.

Tanto Lena como Helder parecían compartir ese hechizo ilógico hacia esa pintura. Pestañeando un par de veces para volver en sí y no sumergirse en raras teorías sobre ese lugar, Lena miró a Newén. Él acaba de hacer un movimiento que a ella le llamo la atención. Por un momento sus miradas se encontraron, y él le sonrió como si eso significara algo para ella.

— Una historia muy interesante ¿Quién era esa familia? —preguntó él con un tono vivaz, como si acabara de aparecer en la habitación.

— Los Engelson, un antigua dinastía —respondió Helder con buen humor y Newén asintió— Bueno, ¿les muestro el lugar? —preguntó Helder mirando alrededor y alejándose de la pintura. Newén y Lena se miraron asintiendo.

***

Dando un último salto llegaron al techo más cercano a la casa de Mourinho. Valquiria y Leonardo aterrizaron rodando. Energéticamente se pusieron de pie sin prestar atención a su ropa sucia y un poco rota. Solo Leonardo miró sin ganas su ropa oscura antes de acercarse a Valquiria.

— ¿Entonces, activamos el dispositivo, nos volvemos invisibles y vamos hacia la casa? —preguntó él para ver si había olvidado algún paso. Valquiria soltó su pelo y volvió a hacerse el rodete antes de mirarlo.

— Te falto la parte de disparar hasta la casa —sonrió divertida. Leonardo puso los ojos en blanco en busca de la pistola que contenía la estaca.

— En momentos como este, extraño tu humor sarcastico —indicó él sintiéndose perturbador con el sentido del humor de ella. Valquiria abrió la boca y sus ojos imitando una expresión llena de horror— ¿Ves? —insistió él infantilmente.

Haciendo caso omiso a los comentarios de Leonardo, Valquiria sacó la pistola y se acomodó para poder disparar.

— Dispara hacia los arboles junto a la ultima ventana, así no dejamos marcas en la casa y no sospechan —comentó. Leonardo observó a la lejanía y ladeó la cabeza. Ella intuía que estaba por decir algún comentario muy propio de él pero antes de que pudiera hacerlo puso en marcha el siguiente paso.

— ¿El que dispara más cerca de la ventana puede tener algún premio? —preguntó él. Valquiria dudo.

— Un disparo en la pierna —dijo con seriedad hasta que él bufó— Está bien. El que pierde paga las cervezas y la comida —respondió.

— Estoy de acuerdo —comentó Leonardo acomodando la pistola para poder disparar y al cabo de unos segundos una estaca con un soga salió en dirección a los arboles.

Ambos admiraron el disparo hasta que Valquiria supo que era su turno. Sin muchos preámbulos disparo en sentido a los arboles y la estaca quedó clavada en un árbol. Instantáneamente los dos se miraron.

— Por algo soy el especialista en armas —sonrió Leonardo con autosuficiencia. Ella puso los ojos en blanco, volviendo de a poco a su humor cotidiano.

Estuvieron un tiempo asegurando las sogas y cuando terminaron sacaron de sus bolsillos unos dispositivos parecidos a celulares. Tenía forma irregular con una pantalla mediana y botones con distintos tamaños. Lo programaron con rapidez y volvieron a depositarlos en sus bolsillos. A partir de que activaran la invisibilidad tendrían poco tiempo. Agarraron las barras de hierro que habían llevado y se acomodaron frente a la soga.

— Código 187 activado —murmuraron ambos al mismo tiempo que se tiraban sobre la soga para saltar hacia los arboles.

La adrenalina y el aire que golpeaba contra sus cuerpos se sentía cada vez mejor a medida se acercaban. Habían quedado a unos metros del árbol y tenían la seguridad que la invisibilidad se iría pronto. Se balancearon sobre ellos para luego saltar y aferrarse a unas ramas. Respiraron hondo una vez de pie sobre las robustas ramas.

— Podrían intentar hacer que la invisibilidad durara mas —se quejó Leonardo por lo bajo. Valquiria no dijo nada, ella sabía que la tecnología que poseían los cazadores era avanzada pero todavía no era lo suficiente.

Abrieron la ventana y se metieron deprisa a la habitación. Se trataba de un dormitorio y al ver las fotos se dieron cuenta que podía ser de Helder. Acercándose con curiosidad observaron los retratos de donde aquel hombre de aspecto simplón.

— Andiamo —dijo Leonardo alejándose para echar un vistazo a las pertenencias.

Valquiria se irguió y sonó los huesos de su mano antes de dirigirse hacia la puerta. Miró a todos lados, en el pasillo, asegurándose que no hubiese nadie para poder ir hacia las demás habitaciones. Abriendo cada una de las puertas se desilusionó de no encontrar nada que le llamara la atención y fuera útil. Solo una simple casa; pensó recordando los pasadizos secretos de su casa. Volviendo a donde estaba Leonardo lo encontró queriendo abrir uno de los cajones, cerrados con llave. Sacó del cinto de pantalón un cuchillo largo y fino que lo introdujo en la abertura, y logró abrirlo.

Entre las cosas que había dentro se encontraba una agenda y un libro de apariencia tétrica: mediano, con escrituras en un idioma que suponían que era hebreo y repleto de dibujos raros. Leonardo tomó la agenda y ella estiró su mano hacia el libro. Pero cuando su piel rozó la piel que cubría al libro, sintió un gran calor que emanaba de allí y que la recorría como si la hubiesen incendiado. Conteniendo las ganas de gritar sacó la mano cerrándola en puños.

— ¿Qué paso? —preguntó Leonardo al ver su reacción. Ella lo miró perdidamente, con los ojos desorbitados.

— No lo sé, solo me quemó —murmuró pensativa, volviendo a estirar la mano para agarrarlo con fuerza.

Pero nuevamente sintió su mano arder y como el calor se expandía. El libro cayó en el suelo haciendo que se abriera. Quería correr las hojas cuando la mano firme de Leonardo detuvo la suya.

— Estás loca si piensas que voy a dejar que te quemes de nuevo —dijo con fuerte amenaza en su voz cediéndole la agenda para luego agarrar el libro. De mala gana aceptó la agenda. Buscaba información en ella sin dejar de prestar atención en libro que tenía Leonardo.

— Encontré la dirección de donde se juntan — susurro Valquiria memorizando las palabras y cerrando la agenda. Miró hacia atrás entrando en la cuenta de que pronto necesitaban irse.

— Creo que encontré algo —susurró Leonardo leyendo cuidadosamente. Valquiria volvió la vista al libro, acercándose a él para poder ver bien.

En una de las hojas estaba dibujado el escudo de la familia Von Engels rodeado de palabras en latín que ella reconoció como los valores familiares: Disciplina, Honor, Justicia y Valentía.

— ¿Qué mierda hace esto acá? —preguntó arrugando el entrecejo y queriendo correr las hojas pero Leonardo golpeó suavemente su mano, que ella alejó molesta— Deberíamos llevarnos el libro —inquirió Valquiria. Algo a lo que él negó rotundamente.

— Nos estamos tomando demasiadas molestias en que no nos vean para llevarnos esto y poner en duda que hubo intrusos en esta casa —dijo moviendo las hojas.

La mirada de Valquiria estaba llena de curiosidad. Esta siendo lógico y maduro; pensó. ¿En qué momento cambiamos de rol? Iba a darle algún comentario malicioso cuando él le apuntó con el dedo un fragmento de texto. Leyéndolo pensativos escucharon un ruido que los sacó de concentración. Ambos se miraron con el mismo pensamiento.

Leonardo cerró el libro, guardándolo en el cajón y se puso de pie coordinadamente con Valquiria. Dieron un vistazo alrededor en busca de un lugar donde ocultarse pero estaban decididos a escapar por la ventana cuando la puerta se abrió dando paso a una mujer mediana y morena, con el pelo castaño y brillantes ojos pardos. De repente ella de detuvo, mirando fijamente hacia ellos quienes se daban cuenta que haberse entusiasmado en la lectura les había jugado una mala pasada. Ahora estaban ahí, frente a la esposa de Helder Mourinho siendo descubiertos.

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