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Capítulo 27. El Ángel de la Muerte

  —¿Vas a responder o no a nuestras preguntas? Podemos estar así mucho tiempo —amenazó la voz que salía de los parlantes.

Ella respiraba ahogándose con el agua que la empapaba. Sentía el dolor quemante de las sogas en su piel, el ardor de las heridas y la sangre que se acumulaba en su cabeza por estar colgada boca abajo. De pronto sonrió con ironía.

— Yo también —comentó disfrutando de sus patéticas ideas.

Era totalmente inútil torturarla el tiempo que quisiesen si ya estaba acostumbrada a eso desde hacía años. Aquella voz a través del parlante no le replicó nada, pero tampoco reaccionaron metiéndola dentro del agua.

Tras un breve silencio, las compuertas se cerraron y ella cayó al suelo bruscamente. La puerta de la habitación se abrió dando paso a dos hombres forzudos y cuidadosamente protegidos. Ellos tenían un gran conocimiento sobre los cazadores y no se dejarían burlar por ellos. Ambos hombres la levantaron por el brazo y se la llevaron arrastrando hasta su celda gris y vacía. El sonido de la puerta cerrarse herméticamente retumbó en su cuerpo y ella sonrió. No sabía cuánto duraría allí o si la matarían antes de lo que esperaba, pero solo deseaba que los demás llegaran antes de que lo hicieran. Ir a ese lugar para que atrapen a uno de nosotros es suicida; había dicho Newén en un primer momento, pero al fin y al cabo, todo lo que hacían en su vida lo era.

Movía sus manos de un lado a otro a la espera de poder desatar los nudos, mientras observaba con curiosa diversión las cámaras en la habitación. Pese a que todo iba según lo planeado, tenía la seguridad de que los hijos de la luz eran más astutos de lo que parecían. ¿Eres o no Valquiria Von Engels?; le habían preguntado, y aunque no quería crearse teorías locas, se preguntaba como sabían su nombre. Recordar el momento en que le dispararon, con sus ojos en aquella figura negra, le hizo erizar la piel junto con una extraña sensación de familiaridad.

Cerró los ojos, apoyándose contra la pared, y aumentando su audición para captar el alrededor. Respiraba con tranquilidad y su corazón latía a un ritmo tan lento que parecía dormir. Había pasado un buen tiempo cuando escuchó voces tras la puerta, quizás los dos guardias seguían ahí. Las voces desaparecieron y la puerta se abrió, oyéndose el sonar de pasos, haciendo eco en la habitación. Un escalofrío rozó su columna haciéndola erizar. Los pasos de alguien entrar, fue seguido por el cierre de la puerta.

— ¿Cómo estás? — preguntó. El corazón de Valquiria se encogió imperceptiblemente y apuñó sus manos, sin responder. Él suspiró y lo sintió más cerca de ella— Me pidieron que viniera a reconocer a Valquiria Von Engels —dijo, y ella sonrió con amargura. Como si estuviese muerta.

— Justo cuando crees que no podes sorprenderte con algo, otra cosa te golpea —murmuró, ocultando su rabia, y abriendo los ojos para ver a Joshua de frente. Él no sonrió ni respondió, sino que permaneció inexpresivo y con la mirada ensombrecida— Creí que estarías fuera de la ciudad — agregó ladeando su cabeza.

Joshua se agachó para estar al mismo nivel que ella. Lo estaba pero me obligaron a venir, ellos nos saben que estuve contigo todo este tiempo; susurró en su mente.

— No sé a qué te refieres —dijo en voz alta, muy diferente a su respuesta mental. ¿Te obligaron? Le preguntó ella con ironía. Puede que parezca que estoy en lo más alto de la jerarquía de este mundo, pero solo soy un soldado como tu;asintió.

— ¿Dónde estoy? ¿Y cuando piensan matarme? —preguntó con curiosidad. Él no dejaba de observarla de esa forma que tanto la dañaba.

—No sé esa respuesta —dijo. Ellos no pueden matarte, lo tienen prohibido; murmuró. Valquiria levantó una ceja llena de arrogancia y furia contenida.

—¿Por qué me quieren acá? —preguntó habiendo captado el ritmo de tener dos vías de conversación.

— Tampoco se esa respuesta — dijo.

Intenta responder a sus preguntas así no te harán daño, y podrás escapar; le recomendó pero sus palabras ya habían perdido todo el sentido de una vez habían tenido. Los dos se miraban tensamente, sin pestañear ni desviar sus ojos. La puerta se abrió dando paso a los guardia, y detrás de ellos Amaro Harvey los observaba. Puedes aborrecerme, pero siempre serás mi debilidad; habló tan despacio como un susurró pero chocó contra ella como una piña directamente a sus emociones. Joshua se puso de pie, acomodándose el sacó gris, un color que siempre le quedaba bien. Pasó entre los guardias y se detuvo en Harvey para inclinarle la cabeza e irse, esfumándose en el aire.

—Así que tengo frente a mí a la flamante Valquiria Von Engels —exclamó Harvey, sonando victorioso, acercándose a ella. Ambos guardias la levantaron con extrema suavidad, a comparación de hacia un momento—Espero que esta vez, decidas cooperar con nosotros —murmuró. Valquiria sonrió simulando simpatía, con sus ojos oscurecidos por la furia.

— Nunca me negaría a cooperar siempre y cuando me desaten —respondió mostrando la cuerda que rodeaba sus muñecas.

— Por supuesto que te vamos a desatar pero no te creas que te podrás ir fácilmente de este lugar — sentenció.

La habitación era pequeña y alta, con paredes de madera oscura trabajada. Las lámparas se veían antiguas como el resto de la decoración, y la cama que descansaba en un lateral estaba cubierta de un grueso acolchado color rojo tierra. Valquiria le dio un rápido vistazo a sus heridas antes de poner su atención en la puerta cerrada bajo llave, y custodiada por guardias. Recorriendo la habitación buscó una ventana o alguna vía de salida alternativa a la puerta, pero no había nada.

De repente, la puerta se abrió permitiéndole el ingreso a Harvey. Él sonreía y vestía una sotana oscura.

— Espero que estés cómoda —murmuró pero Valquiria no respondió. Llevaba, lo que creía, una hora en ese lugar y en lo que menos se había preocupado era en su comodidad.

— ¿Dónde estoy? —preguntó permaneciendo en el centro de la habitación. Los ojos azules de Harvey centellearon excitados y en sus labios se mantenía la mueca llena de satisfacción.

— Eso no te lo puedo decir, pero, puedes sentirte como en casa —respondió.

Las cejas de ella se elevaron con prepotencia y desdén. Él caminó la distancia que los separaba, primero despacio y precavido, y luego con más seguridad. De entre las telas negras sacó un objeto punzante, con una hoja de plata brillante y mango de oro con inscripciones y dibujos.

— Creo que esto es tuyo, no quiero que pierdas un legado familiar —indicó estirando su mano para devolverle el cuchillo que le habían quitado antes de la tortura.

— Veo que se dejan llevar mucho por los legados —masculló Valquiria agarrando el cuchillo.

— Más de lo que crees — reconoció él.

Nos volvemos a encontrar. Le vinieran las palabras a la mente y la duda se hizo insoportable. Frente a ella, Harvey la observaba como un objeto que merecía ser contemplado con total devoción. Sus ojos se ensombrecieron mientras guardado su cuchillo en su borceguí.

— ¿Quien era esa persona frente a mi cuando me atraparon? —preguntó. Él arrugó su frente por un instante, quedando serio y sombrío.

— No había nadie cuando se logró capturarte, solo estabas rodeada por mis hombres —respondió.

Valquiria dudó trayendo a la memoria cada paso en esa escena. Ella había girado y se había encontrado con alguien, una figura alta y negra que le habló en su mente; no conocía criaturas que pudiesen hacer eso, con excepción de un ángel o un demonio.

— ¿Qué fue exactamente lo que viste? —le preguntó Harvey con obvio interés.

— Solo alguien alto y vestido de negro, habló en mi mente —respondió sin pensar que le estaba confiando algo tan ilógico a un humano. La palidez inundó el rostro de Harvey y su columna se estiró, haciéndolo ver más alto.

— Será mejor que descanse, mañana tendrá un día largo — le ordenó alejándose.

—Espere, ¿Qué van a hacer conmigo? ¿Y cómo es que matan a los Engelson? —preguntó sintiendo la desesperación de no poder tener respuesta estando casi en la punta del iceberg. Harvey se detuvo girándose para verla.

—Nosotros solo recibimos ordenes, y se nos pidió que la custodiemos hasta el día de mañana. Con respecto a lo otro, no tengo la respuesta —respondió. Valquiria vaciló, deteniendo sus pensamientos para procesar lo que había acabado de oír.

— ¿¡No sabe la respuesta!? ¿Cómo es que no sabe como matan a las personas? Usted ordena esas muertes, usted es el jefe de esta logia perversa —exclamó sacada de quicio. Sus ojos eyectados de rabia miraban de frente a Harvey, con la máscara de satisfacción a punto de romperse.

— Nosotros... nosotros solo somos el escalón más bajo de la gran escalera que es esta organización. ¿Te piensas que yo no tengo preguntas después de tantos años en este lugar? Pero espero, espero porque sé que al final voy a ser recompensado por mi lealtad y coraje —dijo entre dientes, conteniendo su enojo.

Valquiria sonrió amenazante.

— Ustedes son todos unos cobardes —escupió abalanzándose sobre él y tirándolo al piso. Posó el filo de su cuchillo sobre la piel pálida y arrugada de su cuello. Harvey no se rehusó ni rechistó, solo la observaba con quietud— ¿No tenés miedo que te mate? —le preguntó.

— Puedes hacerme lo que quieras, pero habrá consecuencias —murmuró lleno de seguridad.

— Ustedes no pueden matarme — indicó recordando las palabras de Joshua. Una leve mueca atravesó la cara de Harvey pero rápidamente volvió a la inexpresividad.

— No, pero a tu abuela y a tu hermana si —susurró. Valquiria vio su mundo detenerse. ¿Augusta y Lena?

— Imposible — rechistó creyendo todo parte de un gran engaño.

— Fueron capturadas por mis hombres en el hospedaje en que se encontraban — dijo. Ella no reaccionaba.

Aún procesando sus palabras, sintiéndose culpable y responsable de su hermana. La había dejado en manos de su abuela con la esperanza de sacarla de cualquier peligro pero solo lo había empeorado. Perdón; se decía una y otra vez con el pensamiento de su hermana siendo lastimada. Sus ojos estaban desencajados y vidriosos, y a punto de perder todo atisbo de condura.

Bajo ella, Harvey la miraba sin remordimiento. Y una pequeña parte en su interior, se sintió identificada con esa falta de sensibilidad. Ella no conocía el arrepentimiento ni la culpa, pero en ese momento lo estaba experimentando. Apretó con más fuerza el mango de su cuchillo, esforzándose para no clavarlo en la piel y atravesar su cuello.

— Hijo de perra — gruñó golpeándolo con el cavo. La puerta se abrió repentinamente y los guardias se levantaron en armas hacia ella. Valquiria los miró desafiante, poniéndose de pie y corriendo hacia ellos. Los dos hombres cargaron las armas apuntándole con inseguridad.

— No le disparen — gritó Harvey malherido. Ambos hombres se abrieron y ella les sonrió victoriosa.

El pasillo, de madera oscura y con decoración similar a la habitación, era tan o más laberintico que los pasillos de la academia. No sabía dónde estaría su hermana y su abuela pero solo corría, alejándose, revisando todas las puertas con las que se topaba. Se sentía mareada y confundida de tanto dar vueltas. Se había cruzado con más de un guardia pero ninguno de ellos podía hacerle algo. ¿Pero porque? Se preguntaba mientras abría otra de las puertas. Estaba a punto de dejar atrás ese lugar cuando reconoció la figura alta y oscura de antes. Su cuerpo se alteró dramáticamente y su mente sufrió una especie de congelamiento. Oía risas, en su cabeza, llenas de diversión.

Con su hermana y su abuela como su objetivo, no podía dejar de pensar que estaba nuevamente frente a esa figura misteriosa. De pie, con la mano sobre la perilla de la puerta intentaba reflexionar sobre qué hacer.

— ¿Quién eres? — le preguntó. No hubo ninguna respuesta, sin embargo las risas no se detenían. Valquiria cerró con fuerza sus ojos deseando sacarlas de su cabeza. No luches contra lo que no puedes; un suave murmullo, como una corriente de aire, la rodeó— ¿Dónde está mi hermana? — volvió a preguntar, ahora tomando más seguridad y enfrentado aquella figura oscura.

Intentaba darle un género a esa voz pero no podía. No lo sé, ni me importa; respondió desapareciendo. Los ojos de Valquiria de ampliaron del sobresalto. Giraba sobre sí misma en su búsqueda.

¿Me buscabas? Preguntó el espectro negro duplicándose alrededor de Valquiria. Ella detuvo su andar, sintiéndose inestable.

— ¿Quién eres? ¿Un ángel o un demonio? — preguntó confundida.

—Quizás un poco de los dos —le susurraron muy cerca de su oído. Ella se giró, bruscamente, pero no había nadie allí.

— Eres una mujer — exclamó observando una nube negra moverse a su alrededor, algo que le recordó los espíritus que habían querido atacar su casa.

—Puedo ser lo que quiero que tu creas — exclamó, con fuerza, llena de júbilo.

Cansada de sus estúpidos juegos, Valquiria empuñó el cuchillo hacia la nube negra que la rodeaba pero no había nada allí más que aire. No me puedes matar; canturreó.

—A mí tampoco — gritó ella enfurecida clavando el cuchillo en todos lados. Nunca se había sentido tan desesperada y débil como ese momento. La risa la volvió a recorrer como el aire.

—Los idiotas de la logia no pueden matarte, yo si — su voz se alzó frenética.

Por primera vez en mucho tiempo, Valquiria temió por su vida, pero no por ella misma sino por su hermana. Porque si ella no podía escapar y encontrarla, ¿Qué le depararía a Lena? Como una correntada tormentosa de aire, ella se vio impulsada hacia una de las paredes de esa vieja biblioteca vacía.

Aguantándose el dolor que la recorría abrió los ojos. Frente a ella y a pocos centímetros, el espectro negro se erguía, y lo único que pudo diferenciar en la negrura fueron dos círculos rojo fuego.

—Es una lástima que no me recuerdes —murmuró, estirando lo que sería su mano hacia ella, toda oculta en la tela negra. Valquiria intentó moverse pero una fuerza superior le impedía cualquier movimiento. ¿Por qué me querés matar? Pensó sin siquiera poder hablar. ¿Por qué? Preguntó casi para sí misma— Me has robado lo que era más importante para mi — gruño, y Valquiria vio en esos ojos del color de la sangre una furia más que irracional.

¿Robado? ¿Estás loca? Dijo inaudita, si ni siquiera conocía a esa persona oculta allí atrás. Un gritó sónico retumbó en su cabeza, recorriendo todo su cuerpo como un desgarro doloroso. No me faltes el respeto; gruñó. Hago lo que yo quiera; amenazó Valquiria en medio del dolor. Aquella figura rió con ironía. Aún cuando eras pequeña y sumisa, siempre fuiste altanera; murmuró. Valquiria dudó, porque si en verdad la conociera nunca la olvidaría. En su conciencia, las risas se iban desvaneciendo y se sentía sumergirse en un profundo sueño.

La misma noche tormentosa, el mismo pasillo oscuro y los mismos gritos detrás de la puerta. Esa escena, era la escena de la muerte de sus padres. La confusión y el miedo la inundaban, siendo solo una niña. Podía oír los ruidos del interior, donde había una pelea. Desesperada, tocó la perilla y abrió la puerta. Su padre, alto, grande y rubio, yacía en el suelo. Delante de él, su madre empuñaba su cuchillo haciendo frente a un grupo de hombres de rostros desconocidos. Ella se veía fuerte, como siempre lo había sido; mediana, de pelo castaño claro, y ojos castaños. Su semblante sereno, pese a la situación, se vio quebrado cuando la vio en el umbral de la puerta.

—Valquiria —susurró desestabilizada, con sus ojos sollozos. Los hombres que apuntaban a su madre también posaron los ojos en ella, que estaba dudosa.

—Afuera no hay más peligro —dijo una figura oscura apareciendo de la nada. Sarah lo vio con horror, y él pareció entender la situación.

—Sálvala — le dijo, y miró a Valquiria con una sonrisa llena de dolor. Las lágrimas caían a través de sus mejillas y sus ojos brillaban de la angustia.

—Mama y papa siempre estarán contigo —susurró, y lo siguiente que vio fue simplemente oscuridad.

Valquiria no entendía porque su madre le había hablado así, ni tampoco porque su papa estaba inmóvil. Cuando sus ojos se amoldaron a la oscuridad se dio cuenta que estaba en su habitación, decorada con cosas rosas, con su cama y junto a ella, la cuna de Lena donde ella dormía.

— Quédate acá, ya vuelvo —le dijo la figura oscura. Vestía de negro, y su pelo y sus ojos eran tan oscuros como el alrededor. Del mismo modo que él apareció, desapareció. Se sentía sola y desesperada buscándolo a su alrededor.

—Hola linda — escuchó una voz de mujer, melódica y hermosa. Giró a un lado para encontrarse con una figura alta y oscura que se agachaba hacia ella.

Con un chasquido, la habitación se iluminó tenuemente y Valquiria se alejó precavida.

—¿Quién eres? — le preguntó.

—Tu ángel de la guarda — dijo entre risas acercándose como un espectro.

—¿Qué quieres? — preguntó con curiosidad ante esa imagen que la asustaba.

—Voy a hacerte el mayor favor de tu vida, y voy a acabar con tu existencia — murmuró.

—¿Y si no quiero? — se encogió de hombros acercándose hacia la mesa de luz, donde agarró la lámpara y la tiró directamente hacia el espectro que desapareció.

Eres más problemática de lo que creí; escuchó en su cabeza asustándola. Ella corrió hacia la cuna de Lena para buscarla y huir pero una presión en su espalda la empujó hacia atrás, y la arrastró por el suelo. El espectro negro se materializó y recorría la habitación hacia ella. Llena de miedo, cerró los ojos esperando lo peor, pero nada pasó.

—¡Merari! — gritó alguien. Valquiria abrió los ojos, viendo la figura oscura, que la protegió, interponiéndose en medio de ella y del espectro—¿Qué haces? ¿Estás loca? —preguntó lleno de furia. El espectro se detuvo a pasos de él.

—Ella merece morir — gritó.

— ¿Morir? ¿Te estás escuchando? ¿Dejarías el paraíso por seguir tus impulsos irracionales? —le preguntó haciéndola entrar en razón, pero no hubo respuesta— ¿Podes mostrarte como es debido? No necesitas ocultarte si no vas a cometer ningún delito. Y sabes, que tarde o temprano, todos lo sabrán en el cielo — inquirió.

El espectro tampoco respondió pero la oscuridad que la rodeaba se deshizo mágicamente, dejando mostrar la imagen etérea de una mujer alta y hermosa de cabellos rojizos, piel olivácea y ojos rojos como el fuego.

— Nadie tiene porque saber esto —murmuró acercándose mas a él, seductoramente. Un aura de misteriosa letalidad rodeaba su actitud altiva y magnética. El chico vestido de negro titubeó, viéndose tenso e inseguro.

—Vete y no vuelvas —le ordenó entre dientes. Un extraño brillo atravesó sus ojos rojos.

— ¿La vas a proteger a ella? ¿La eliges por sobre nuestra especie? —preguntó esforzándose para que su perfecto rostro no se desfigure de la rabia.

—Protegerla es mi deber, y nunca la voy a abandonar — susurró él. Una fuerte tensión los rodeaba, ambos aguantándose cualquiera impulso.

De pronto, la hermosa mujer se deshizo de la nada y el chico se giró hacia Valquiria.

—¿Estás bien? ¿Te hizo daño? —le preguntó preocupado. Ella negó con palabras pensando en sus padres— Ellos están en un lugar mejor, pero podes estar tranquila que nunca vas estar sola. Te lo prometo —dijo con una sonrisa tímida.

— ¿Cómo te llamas? — preguntó Valquiria observando las marcas de sus brazos y el anillo extraño que usaba.

— Caleb — respondió peinando pelo de ella hacia atrás.

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