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Capítulo 14. El templo y la capitana

Leonardo y Newén estaban sentados en una de las salas de la mansión. Miraban alrededor y conversaban sobre las posibles cosas que podrían haber ocurrido allí. Ninguno de los dos sacaba sus ojos guardianes de Lena, quien iba de un lado a otro. Aunque notaron la ausencia de Valquiria, ninguno decía nada; ya estaban acostumbrados a sus repentinas ausencias y sus nulas explicaciones. Pero cuando el tiempo en que se ausentó aumentaba, la duda los comenzaba a invadir. A su alrededor, tampoco estaba Caleb; curiosamente no habían notado el momento preciso en que se había ido. Ambos se pusieron de pie, y sin decirle a Lena, fueron en busca de Valquiria. Recorrieron las habitaciones de arriba, o por lo menos las disponibles. Mientras Newén se tomaba en serio lo de buscarla, Leonardo se ponía a jugar con todo lo que encontrara divertido y hacia bromas en todo momento.

¡Oh Dios!, dame paciencia. Se decía Newén una y otra vez, tanto mentalmente como en voz alta. Leonardo lo miraba pero no decía nada, solo se encogía de hombros y seguía con su comportamiento liberal. Newén aprovechó en algunos momentos para desquitarse y hacer bromas en las que Leonardo terminaba en el suelo. Él reía divertido y seguía caminando como si nada, mientras Leonardo se quejaba sin parar. Entraron a la galería solemnemente. Observaban los numerosos cuadros curiosos hasta que algo le llamó la atención. Leonardo miraba con los ojos entrecerrados el cuadro de Viveka. Se acercaba a él y se alejaba en busca de distintas perspectivas, y en todas ellas, la veía igual a Valquiria. Movió todo su cuerpo para sacarse consternación que le producía saber que existió alguien exactamente igual a ella, aunque notaba que la actitud no era la misma. Pensaba como seria eso pero su imaginación no lograba concretarlo. Se giró en busca de Newén pero él estaba absorto en una brillante y extraña espada colgada en lo alto. Cuando Leonardo se acercó, este suspiraba. Raro, murmuró mirando a todos lados y notando algo extraño en la cámara.

Lentamente se acercaron y se alarmaron cuando vieron a Valquiria en el suelo. Corrieron con los sentidos disparados hacia ella. Leonardo se fijo que tuviera pulso y respirara, y se tranquilizó cuando lo hacía aunque su pulso era muy débil. Newén la alzó con suavidad y la recostó en el sillón. La llamaban fuertemente y le despejaba el cabello de la cara. No paso mucho tiempo hasta que ella comenzó a reaccionar. Abrió los ojos y miró alrededor. Fijo su vista en la mirada de sus amigos, quienes estaban frente a ella y muy cerca. Se levantó precipitadamente y ellos tuvieron que correrse para que no se golpearan mutuamente. Sin decir palabra alguna, se acomodó y colocó su mano en la cabeza, donde había caído. Después fijo la vista en el cuadro, quedando pensativa.

— ¿Estás bien? —le preguntó sutilmente Newén sentándose junto a ella.

— Si, no se preocupen —comentó ella agarrando el diario de Enar y volviendo a leer, con el entrecejo arrugado.

— ¿Segura? —preguntó Leonardo y ella lo miró seriamente; no le gustaba que le preguntar dos veces las cosas como si estuviese loca— Perdón por preocuparme pero te desmayaste, y eso no es algo muy normal en ti —murmuró poniendo los ojos en blanco.

— Estoy bien, se los aseguro —asintió y le entregó el diario a Newén y le señalo el fragmento que la había hecho descubrir que los nobles noruegos son los Von Engels— Léelo en voz alta para Leonardo —le indicó.

Él le hizo caso y comenzó a leer el fragmento con cautela. A medida iba concluyendo las expresiones de los dos iba cambiando. No podía creer lo que oían como tampoco podía creer lo que Valquiria había descubierto en las últimas horas. Con torpeza y confusión, ella les explicaba minuciosamente todo; sobre los cuadros, los rostros de aquellas personas, sobre todo el de Viveka, las historias de vida, los objetos personales. La confusión que azotaba a los dos era grande aunque nada comparada con la de ella. A cada rato tomaba su pulso hasta que se normalizo y se quedó más tranquila. Veían que Valquiria no encontraba palabras para expresarse. Para narrar como ella y su hermana eran descendientes de una familia noble Noruega. De repente se quedó en silencio al nombrar el utensilio, y vieron como sus manos se cerraron y su cuerpo se tenso fuertemente. La conocían bien y sabían que pensaba en su abuela, quizás el rencor y el enojo era lo que la gobernada.

—Entonces... hoy en día serias princesa o tal vez reina —murmuró Leonardo con voz solemne.

Tanto Newén como valquiria lo miraron incrédulos. Sabían que era capaz de decir barbaridades pero no lo creían lo bastante idiota como para que lo dijera en un momento como ese. Para intentar pasar por alto eso, Valquiria nombró a Garín y Maud. Eso hizo que la conversación se desviara a otros temas.

Antes del atardecer, Leonardo, Valquiria y Newén salieron a la ciudad a buscar algo de información. Pese a que no quería, Lena se quedó en la mansión oculta y protegido por Caleb. El cielo estaba ocupado por densas nubes y el aire era fresco. Los tres caminaban relajados rumbo a la dirección. Tanto Leonardo como Valquiria se entretenían fácilmente con las personas que pasaban. Les era imposible no dejarse llevar por los rostros de quienes les atraían. Newén solía fijarse en mujeres que le resultaban cautivantes pero no era tan evidente como sus dos amigos a los cuales solía retar.

— ¿estás segura que la dirección es alemana? Ya veo que estamos acá y es en la otra punta del mundo. ¿Se imaginan que nos pase eso? Sería horrible, hubiésemos perdido tiempo valioso en vez de... —se quejó Leonardo.

— Gonzaga, ¡¿puedes callarte?! —Newén lo interrumpió cansado.

— Ok —dijo este con tono inocente.

Valquiria puso los ojos en blanco y leyó nuevamente la dirección mientras Newén la rastreaba por medio de su celular. Caminaron unos metros más hasta que se encontraron con un viejo edificio, de aspecto abandonado y deplorable. Siguieron andando hasta que fingieron cansancio y se sentaron a unos largos metros de la ubicación. Newén estaba internalizado en su aparato, buscando imágenes satelitales del edificio y todo tipo de información histórica; por su parte, Leonardo se puso de pie y entro a un negocio junto a ellos; y Valquiria miraba la zona. Se trataba de una vieja iglesia de arquitectura gótica. Poseía una torre principal de ubicación medial derribada y las otras parecían que haberse salvado.

— Destruida hacer algunos años y con puertas de accesos frontales, laterales y una subterránea. Pero no hay nada más —murmuró Newén mirando a Valquiria desilusionado.

— Algo tiene que haber, Augusta no lo hubiese puesto en la lista de sospechosos por nada —insistió ella.

— Hay historias que dicen que se juntan personas allí a hacer ritos espirituales —dijo Leonardo metiéndose entre Newén y Valquiria abruptamente.

— ¿Cómo lo sabes?— preguntaron ambos a la vez— La chica de adentro me lo dijo, ¿Qué se piensan que hago? ¿perder el tiempo? —rió divertido y se puso de pie.

Una vez estuvieron en la mansión, fueron en busca del equipo en el avión para poder ingresar a la iglesia, y revisarla más en profundidad y quizás encontrar algo. Valquiria, ya había terminado de cambiarse, y estaba terminando de armarse cuando Caleb la interrumpió.

— Me parece que es mejor que los acompañe —le dijo con serenidad. Ella lo miró fijamente, sin dejar de prepararse.

— No lo veo así. Tu te quedas con Lena, supongo que si necesito ayuda lo vas a saber. Ya lo has hecho —sonrió ligeramente.

— Pero... — murmuró.

— Pero nada —alzó su voz guardando su cuchillo en la pierna y levantando la cabeza hacia él— El plan está hecho para nosotros tres. Si por algún motivo no alcanzas a notar que estamos en peligro, buscaremos alternativas, somos buenos en eso. Además no es la primera vez que voy a estar sin un ángel guardián.

Caleb quedó en perpetuo silencio, inexpresivo, mirando a Valquiria guardar algunas cosas en su mochila y colocársela detrás de su espalda. Mientras tanto, Leonardo y Newén ya estaban listos, y caminaban rumbo al túnel.

— El momento que mas necesitaba un ángel guardián ya lo pase —murmuró ella hiriente— Cuida a mi hermana —sonrió y se fue.

Él estaba confundido ante lo dicho. Sabía que no había estado en gran parte de su vida y que había corrido peligro pero creyó que nunca lo había hecho de manera grave. Se sentía culpable y mal consigo mismo. Mientras Valquiria corría para alcanzar a sus amigos con la imagen fija en su mente de aquel demonio que casi acaba con su vida.

A través del túnel salieron al exterior. Caminaron un par de metros hasta poder encontrar algo que les sirviera como un auto. Y eso fue lo que robó Leonardo a las afueras de la ciudad y sin llamar la atención de nadie. No paraba de regocijarse en su habilidad hasta que Newén lo intentó calmar. Se estacionaron a unas calles de la iglesia, metiéndose en un callejón apartado. Los tres se bajaron y se colocaron unos dispositivos que Newén configuro con rapidez para ayudarlos a ser invisibles a ojos los demás humanos. Ya listos, caminaron hacia la iglesia en dirección a una de las puertas laterales y forzándola pudieron ingresar. Activando sus dispositivos de visión, los tres comenzaron a explorar el lugar minuciosamente. En apariencia todo era normal; estaba vacío y deplorable. Newén buscaba rastros de todo tipo de actividad pero no había rastro alguno. Se sentían defraudados pero aún si seguían con la búsqueda de algo, por mínimo que sea.

Estaban seguros de que ahí no había nada pero sospechaban que ese lugar era solo una fachada a otra cosa. Leonardo con énfasis movía las pocas cosas que había mientras Newén seguía con la exploración por medio de su aparato. Valquiria, por su parte, se limito a estar de pie y mirar todo en perspectiva. Rodeando la iglesia con su vista llegó a Leonardo, que movió el altar y encontró un agujero. Frenético se puso de pie y comenzó a festejar por el descubrimiento.

— Soy genial, ¡vengan acá lacayos! —gritó llamándolos y mirando la expresión de enojo de los dos.

Sin esperar a que llegaran, Leonardo se agachó a inspeccionar el agujero con su linterna y debido a su torpeza cayó en él dando gritos de auxilio. Valquiria al verlo corrió rápido hacia él, y de un atlético salto, ingresó a la fosa para aterrizar en el suelo de pie.

—¿Leo? —lo llamó despacio con una sonrisa divertida pero preocupada a la vez.

— Acá —escuchó su voz dolorida. Cuando lo ubicó, él estaba poniéndose de pie e intentando sacarse la suciedad de encima.

— ¿estás bien? —le preguntó ayudándole.

— Todos tenemos distintas formas de bajar, tu saltas y caes de pie, yo tropiezo y caigo de cara —exclamó con una mueca.

— ¿Valquiria? ¿Leonardo? —se escuchó la voz preocupada de Newén acercándose a la luz.

— Está todo bien —grito Leonardo pero Newén no escuchaba— Que está todo bien —repitió el otro con énfasis y Newén volvió a preguntar.

— Newén, estamos bien— dijo con tono tosco Valquiria por medio de su micrófono y tapándole la boca a Leonardo— Baja si es posible porque hay que explorar acá —Leonardo la miró encogiendo se hombros. Él siempre hacía lo mismo, olvidadizo.

Por medio de una cuerda, Newén bajo ágilmente y se unió a ellos. Miraron rápidamente todo antes de que Leonardo les indicara hacia donde debían ir. Caminaban rodeados de una humedad solemnidad en la que no había nada hasta que se detuvieron en un pequeño vestíbulo apenas iluminado por piras y rodeado de espeluznantes esculturas de monstruos que parecían cuidar del lugar. Rápidamente les llegó el recuerdo de una pasada misión en Francia durante el año 2002.

— Gran misión, sobre todo, gran fiesta —comentaba Leonardo sobre esa misión husmeando alrededor mientras Newén y Valquiria se acercaban a una vieja puerta para intentar abrirla.

Estaban a punto de lograrlo cuando notaron un ligero cambio en el ambiente y sintieron la tensión inconsciente de sus cuerpos. Newén giró, precavido, y profirió un grito de alerta al ver a las esculturas tomando vida. Súbitamente los tres se reunieron haciéndoles frente y pensando alguna estrategia para defenderse. Agazapados como animales de caza observaban los bloques de piedra moverse con lenta torpeza, pero los tres sabían que solo era al principio hasta que cobraran más fuerza y agilidad.

— Nueve, doce y tres, ¿entendido? —dijo Valquiria, los dos asintieron y ante el grito de guerra de Leonardo los tres empezaron a correr.

Las figuras de piedra eran altas y voluminosas, su torso era humano pero comenzaba a desfigurarse en sus extremidades; su cabeza parecía la de un toro, sus manos terminaban en garras afiladas, y sus piernas eran fuertes y largas. Leonardo les disparaba con la esperanza de que alguna de las balas lo llegara a destruir, pero aquella cosa era fuerte. A un lado, Newén peleaba con sus espadas intentando cortarles la cabeza a sus contrincantes pero le costaba huir de las garras afiladas. Por su parte Valquiria, recurrió a su cuchillo para poder deshacerse de ellos.

La pelea se estaba tornando complicada pero no imposible. Ellos eran más y más fuertes, pero los tres habían recibido un excelente entrenamiento y no eran novatos en estas cosas. Valquiria evitaba los golpes de su atacando cuando observó a su lado, Newén había logrado vencer a uno pero aún le quedaba otro, y Leonardo estaba siendo acorralado contra una de las paredes. Acababan de agotarse sus balas y con una expresión de desafío le tiró el arma por la cabeza para escabullirse por debajo de sus piernas.

— A mí no me vas a ganar grandulón —exclamó furioso dando un salto hacia su espalda, sentándose sobre sus hombros e intentando arrancarle la cabeza. Valquiria sonrió divertida volviendo sus ojos hacia su objetivo.

Estaba a punto apuñalarlo en su pecho cuando una figura ágil se interpuso. Deshaciéndose de la bestia de piedra en solo segundos y recorriendo el críptico recinto para acabar con los demás. Leonardo y Newén se veían verdaderamente sorprendidos mientras que Valquiria estaba furiosa. Cerrando sus manos en puños y colérica recorrió la distancia que la separaba de la figura mediana con ropa militar.

— La próxima que quieras intervenir no lo hagas con mis contrincantes, Augusta —siseó entre dientes mirándola directamente a los ojos. Augusta suspiró acomodando su pelo, vestía un viejo uniforme militar y estaba rodeada de armas, lo que la hacía distar mucho de su apariencia suave y tranquila.

— ¿Se puede saber que hacen acá? —preguntó enojada repasando los rostros de cada uno y deteniéndose en su nieta.

— Supongo que lo mismo que tu —comentó ella volviendo a su frialdad.

—¿Y cómo es que llegaron a este lugar? —preguntó Augusta, pero ninguno respondió.

El silencio los rodeó creando un ambiente incomodo, y por un instante Leonardo se debatía en responder pero tenía la seguridad de que lo pagaría caro con Valquiria. Él y Newén intercambiaban miradas dudosas ante la actitud de Valquiria y Augusta. Ambas continuaban observándose, inquisitivamente, sin romper contacto visual.

— Deberíamos proseguir con la misión —murmuró Newén tras aclararse la garganta a lo que ambas asintieron continuando con las miradas.

Newén y Leonardo se acercaron a la gran puerta de hierro para abrirla. Detrás de ella había un austero templo, el eje central estaba ocupado por un bloque de piedra que solía ser usado como una mesa de sacrificios, cientos de imágenes y símbolos plagaban las frías paredes, y la figura de un hermoso ángel se erigía en lo alto. Adentrando allí, Valquiria, Newén y Leonardo no sacaban sus ojos de aquella imagen hipnotizante de rasgos perpetuos y rectos, ojos amplios y labios gruesos, como si un hechizo los obligara a mirarla. Las fuertes pisadas de Augusta se movieron inquietas hasta que se detuvo frente a ellos.

— Chicos, suponiendo que estamos todos acá por lo mismo ¿podrían dejar de mirar al primer caído y centrarse en la búsqueda de algo que nos ayude? —inquirió con poca paciencia.

— ¿Él es...? —Leonardo no terminó de formular su pregunta pero Augusta le entendió y asintió.

Con sus mentes claras en el objetivo, comenzaron a explorar el templo con cuidado. Leonardo silbaba entusiasmado mirando con curiosidad el recinto y caminando de un lado a otro en busca de algo interesante. Valquiria, intentando evitar el vínculo con su abuela, buscaba pistas en soledad. Y Newén se encontraba cerca de la mesa de sacrificios junto con Augusta. Él fue quien encontró algo, un libro. Se acercó a la mesa y comenzó a leerlo rápidamente.

— ¿De qué trata? —preguntó Leonardo una vez a su lado.

— Un libro de ritos con sangre Engelson —respondió analítico. Sus oscuros ojos repasaban las hojas con cuidado— Según dice, se utiliza la sangre como canalizador —agregó mientras rosaba con su dedo el papel, y Leonardo y Valquiria leían el párrafo que él marcaba.

— Pero, ¿para qué?— preguntó ella, a lo que él negó. Los tres permanecieron en un solemne silencio cuando Augusta rompió con su concentración.

— Eso no nos interesa, nosotros no somos Engelson —dijo ella.

En un sereno movimiento, los tres levantaron sus ojos hacia los oscuros ojos de Augusta. Una expresión de impaciencia rodeaba sus rasgos avejentados. Valquiria levantó una ceja escépticamente y esbozo una suave sonrisa; solo ella podía verse tan amenazante con una sonrisa.

— Creo que la actuación no es para ti —murmuró viéndose en calma. La arruga en la frente de Augusta se hizo más pronunciada y sus ojos se enfocaron de lleno en su nieta.

— ¿Qué quieres decir con eso? —inquirió entrecerrando los ojos y endureciendo sus rasgos; Valquiria sabia que esa expresión la usaba cuando quería poner orden, hacerse respetar o cuando estaba realmente enojada. En ese momento había una mezcla de todas esas situaciones.

— Sé todo— respondió haciendo su voz más profunda. O por lo menos la mayoría; pensó inmediatamente— Fui a buscarte a tu casa, encontré el sótano, los libros, y todo lo demás. No mientas mas Augusta —aumento el volumen de voz haciendo que retumbara por todo el recinto. Acababa de liberar solo un poco de toda esa furia que contenía en su interior hacia su abuela.

— ¿Tu fuiste quien revolvió todo el sótano? ¡¿No te parece demasiado atrevimiento?! —exclamó furiosa adelantándose. Pero Valquiria no movió ni un solo pelo para defenderse; intentaba controlar el impulso de envestirla en ese preciso momento. Augusta suspiró cansada desviando la vista hacia la lejanía.

— La biblioteca era privada de tu abuelo, yo tenía prohibido husmear en ella y como era voluntad de él, la seguí cumpliendo aun después de muerto. Y no soy experta en la familia Von Engels —explicó acomodándose el pelo.

El rostro de Valquiria se mantuvo inexpresivo pero la oscuridad en sus ojos daba a entender que no estaba convencida. Hombre sabio como ninguno; pensó ella volviendo la atención a algo más interesante, como lo era el libro. Deseando mantener la diplomacia, Newén le cedió el libro a Valquiria para que pudiese memorizarlo mejor, y se alejó de ella y de Augusta llevándose consigo a arrastras a Leonardo.

— Ey, bruto —se quejó él al ser alejado sin previo aviso. Valquiria empezó a leer el libro, moviendo las hojas hasta llegar al final donde estaba inscripta una dirección.

—¿Piensas explicarme algo de todo esto? —preguntó Augusta interrumpiendo su concentración cuando los chicos se alejaron.

Acortó la distancia que la separaba de Valquiria y la observaba con esa mirada que había intentando hacer antes. Leyendo las palabras con rápida atención, Valquiria rió fríamente. Su carcajada chocó contra las paredes creando un ambiente cínico y oscuro, como lo eran sus ojos al volver a mirar a su abuela.

— Cuanta ironía —murmuró— ¿Sabes cuantas veces he hecho la misma pregunta? —agregó cerrando el libro y dejándolo donde Newén lo había encontrado. Volviendo a la neutralidad, ella se giró y se alejó sin nada más que decirle— No se ustedes pero yo he acabado —comentó a sus amigos que estaban a la lejanía, cerca de la gran escultura.

El retumbar de los pasos era lo único que se oía en el túnel, cada vez más cerca de la cámara. Valquiria caminaba en la vanguardia con la vista puesta en el suelo. Serena y pensante parecía no darse cuenta de su aspecto sucio y ensangrentado, o simplemente era que ella se sentía bien estando así. A su lado, Newén la observaba analítico sin ser demasiado evidente y al mismo tiempo cuidando de Leonardo, unos pasos más atrás de ellos y ocupado intentando sacarse parte de su equipo.

— Supongo que de algo nos va a servir lo que hemos encontrado —comentó Newén despacio para que su voz no sonara con rudeza en medio de ese lugar.

Valquiria asintió sin decir palabra alguna. Ella sabía bien que él estaba intentando hacerla hablar de lo que le sucedía, quizás de sus sentimientos hacia su abuela pero no podía hablar y tampoco lo quería, mucho menos si ella se encontraba tan cerca.

— ¿En dónde estamos? —preguntó Augusta impaciente sin tener conocimiento de nada.

Valquiria miró fijamente a Newén, con la seguridad de que él entendería su estado de ánimo. La oscuridad y brillantes de sus ojos le respondían que si, y sus labios curvándose en una paciente sonrisa se lo confirmo. Ella siguió caminando mientras Newén se quedó atrás para seguir el mismo ritmo que Augusta. Valquiria podía oírlo explicarle más o menos todo lo que sucedía y antes de oír los comentarios de ella, decidió desviar la atención en su mente. Atravesando la puerta de la cámara se encontró con su hermana. Ella se veía radiante y hermosa, con sus ojos puestos de lleno en su dirección.

— ¡Llegaron! —exclamó Lena levantándose de uno de los sillones largos y antiguos para correr hacia su hermana— ¿Como les ha ido? —preguntó.

Valquiria sonrió pero no había emoción alguna, solo inercia. Antes de que respondiera, la figura de Augusta traspasó la puerta y el rostro de Lena se iluminó por completo al observarla. Sonriente y solloza fue en buscar de un abrazo de su abuela, algo a lo que Valquiria prefirió ignorar y seguir su camino. Inclusive ni siquiera observó a Caleb, quien la miraba expectante donde momentos antes Lena había estado sentada.

Caminando a pasos fuertes y rápidos Valquiria recorría la galería sintiendo la presencia de Caleb detrás de ella pero no tenía la intención de detenerse y mucho menos de hablar con él. Repentinamente la tensión en su cuerpo se evaporó pero volvió segundos después, encontrándose con Caleb interrumpiendo su paso.

— ¡Mierda! —exclamó ella saltando de la sorpresa.

— ¿A dónde vas? —le preguntó.

— A darme un baño ¿Por qué? ¿Quieres bañarte conmigo? —inquirió con una maquiavélica sonrisa. Caleb se tensó pero vio que los ojos de Valquiria estaban opacos. Ella estaba enojada, quizás enfurecida o más. Veía la inquietud de sus dedos.

— ¿estás bien? —preguntó preocupado.

— Magníficamente —respondió irónica intentando seguir caminando pero él no se lo permitió.

— ¿podemos hablar? —preguntó.

— ¿Tiene que ser ahora? —preguntó con desgano y él asintió.

En medio de un suspiro lleno de resignación elevó su mano e indicó el final de la galería. Ambos se dirigieron hacia la cocina en silencio. Ubicándose en una de las sillas, se sentó y sacó de su mochila su libreta. Caleb la miró indignado al verla hacer otra cosa que no fuera prestarle atención. No pasó mucho tiempo para que ella dejara la lapicera a un lado y lo mirara con descaro.

— ¿No querías hablar? —le preguntó con pocas pulgas. Él no le respondió, solo se limitó a mirar el cuaderno con una expresión de confusión en su rostro; a Valquiria le divertía verlo así pero no estaba con el ánimo necesario para disfrutarlo— Soy mujer, puedo hacer muchas cosas al mismo tiempo —aclaró señalándole una de la sillas para que se sentara.

Ella seguía escribiendo todo lo que había memorizado en su diario, al mismo tiempo que Caleb la observaba meticulosamente. Valquiria se preguntaba porque hacia esas cosas como observarla o sorprenderse con ciertas reacciones, pero se aseguraba que era porque él no la conocía; nadie lo hacía.

— Quería hablar sobre lo que me dijiste hoy temprano —comentó despacio pero con voz firme.

— ¿específicamente hablé sobre? —ella arrugó la frente.

— Que cuando mas me necesitaste yo no estaba —respondió. Valquiria se encogió de hombros y asintió.

— Así como lo dije: cuando más te necesite no estabas. Mis primeros años en la academia no fueron fáciles, se que estabas cuidando de mi hermana y quizás de otros también, así que te entiendo —el tono de su voz no reflejaba lo mismo que decía. Caleb tragó saliva con dificultad.

— Se que te descuide mientras estabas allí. Yo seguía tus pasos siempre, aunque no con la frecuencia con la que seguía los de tu hermana y otros de tus familiares —dijo con remordimientos.

Él se veía consternado y sus ojos brillaban. Sin levantar la vista de la Valquiria no apreciaba su expresión pero podía codificar su voz. Quizás otra persona hubiese sentido pena ante un Caleb así pero ella no, y muy en el fondo se alegraba que él estuviera así.

— ¿Hubo algún momento que estuviste en mucho peligro? —preguntó temeroso de su respuesta.

Abruptamente Valquiria dejó de escribir por unos minutos, su cuerpo se volvió rígido y sus ojos se oscurecieron. Caleb notó la fuerza con al que sostenía la lapicera antes de volver a escribir. Una vez que terminó cerró el cuaderno y lo miró a los ojos con una sonrisa.

— Eres un ángel, guardián y protector, tu más que nadie debe saber algo como eso. Así que responde tu mismo —exigió con rudeza. Si; la voz de Caleb inundada de dolor retumbó en su mente y en la de él mismo.

Ella fijo sus ojos en los de él. La oscuridad plagaba sus irises y en ellos se dibujaban miles de imágenes proveniente de los pensamientos de Valquiria. Ella se remontó once años atrás, trayendo el recuerdo de una época aún más oscura en su vida y aferrándolos en su mente porque sabía que Caleb se encontraba allí. En ese momento no era ni la mitad de bueno que soy hoy en día; comentó en su mente acerca de aquella misión en el extranjero. Ella había sido enviada con un batallón de pocos soldados y el objetivo era que pudiesen sobrevivir sin armas. Caleb cerró los ojos como si estuviese meditando hasta que dio un salto al ver un enorme demonio; grande, deforme y bestial. Tenía forma a muchas cosas y al mismo tiempo a nada, aquella cosa se veía verdaderamente despiadada.

La siguiente imagen fue de una pequeña y lánguida niña, de rasgos suaves, llena de pecas, cabello color cobrizo y ojos grises. Sucia y ensangrentada, estaba siendo acorralada por el demonio en el suelo. Sus garras estaban sobre su tórax, y se clavaban en la carne con facilidad y entusiasmo. Le encantaba el sonido de mis gritos y el de mis huesos romperse, y se volvía loco con el olor de mi sangre. Ella lo vio estremecerse, no tenía ni idea que los ángeles pudiesen sentir así pero lo estaba haciendo, casi como si fuese un humano. En medio de todo el sufrimiento apareció una figura veloz que se interpuso entre Valquiria y el demonio, deshaciéndose de él en un instante. Boquiabierta, Caleb tenía los ojos en Valquiria, quien lo seguía observando inexpresiva. En medio del caos, un par de ojos verdes como esmeraldas se posaron en ella para admirar su frágil estado. Hermoso y benevolente, como si se tratase de un ángel, Joshua se acercó a ella. No sé que habrá visto para haberme salvado, pero lo hizo; pensó, y las palabras fueron como latigazos para Caleb.

Los ojos de Valquiria brillaban con fuerza mientras ponía su mente en blanco para concluir con su relato mental. El silencio se dispersó entre ellos cuando ella desvió su mirada de él.

— Perdón —dijo Caleb sonando como un ruego. Pero aunque lo dijera miles de veces y se sintiera mal, sus palabras no tenían sentido para Valquiria.

— No hay nada que perdonar —suspiró ella— De las cosas se aprenden y yo aprendí a no depender de nadie, ni siquiera de un ángel que no sabía que tenía —sentenció.

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