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7.Regreso a Seattle

    Abrió la mano observando la menuda pastilla. Sopesaba la idea de tomársela y cabrear a Jayden, que viera que nadie podía mandar sobre él, además de romper la promesa que se hizo, o no tomarla, ser buen chico y seguir tragando la protección en exceso que se le estaba otorgando. «No soy un buen chico», mencionó en su cabeza. Pinzó el puente de su nariz cerrando los ojos. Podía ser malo, si quisiera. Corromperse. Marear a la prensa y llevarse una exclusiva. ¡Sí! Por supuesto. Pero eso quedaría marcado en su historial como famoso, y no podría borrarlo nada después de salir su cara en todas las revistas y medios de información, como el famoso que no supo controlarse e hizo cosas tan malas que acabó en comisaría por, incluso, partirle la nariz a alguien, cuando iba colocado y borracho. Ese no quería ser él. Por divertido que pareciera. Miró la pantalla de su teléfono. No había ningún mensaje de Ámbar. No había dado señales de vida. Quizá, y era mucho más rara que el mismo. Igual, ni le había gustado. «Si le dices que eres el verdadero Seth caerá rendida a tus pies». En el momento en que se lo dijera cambiaría, no sabría decir si para bien, o para mal. Aunque normal no se comportaría. No. Tenía que seguir actuando como Brayden. Abrió Wasap.

   Brayden

    •«¿Cómo lo llevas? Yo ya he terminado mi jornada por hoy»


    No tardó en responder.


  Ámbar

•«Cansada. Pero bien. He pensado que mañana podrías venirte al concierto. Estaría bien»


  Brayden

    •«¿Y así que Daria vea que no mientes sobre mi parecido con ese vocalista de tu grupo favorito? ¡Cómo te encanta fardar! Pero no, gracias. Me perseguirían haciéndome fotos, o gritándome eufóricas, o yo qué sé, por parecerme tanto. Además, no sé cuándo regresaré a la ciudad»


  Ámbar

    •«¿Le has cogido gusto a la ciudad donde has ido? ¿O todavía tienes mucho trabajo ahí?


  Brayden

    •«Ambas cosas, creo»


    Aporrearon la puerta. Gritaron su nombre repetidas veces. Era Michael.

    —Nos vamos. Muévete, tío.


  Brayden

    •«Por hoy estoy muy cansado. Ya hablamos más otro día. Casi ni puedo leer bien lo que pongo, con el sueño»


  Ámbar

    •«Siendo así, no te molesto más. Descansa bien»


 Brayden

    •«Tú también. Y disfruta del concierto. Haz fotos. Las quiero ver. Hazte fotos. Seguro que te pones guapa»


  Ámbar

    •«Tú no me pasas de las tuyas. Por lo que estamos en paz»


  Brayden

    •«Eres mala»


  Ámbar

    •«Donde las dan, las toman, querido»


  Brayden

    •«Ja. Muy graciosa. Pues nada. Disfruta del concierto mañana»


  Ámbar

    •«Seguro que sí»


                                                                                 ****

    Era tarde. Ámbar se acostó llevándose consigo el teléfono a la cama para ver si ya habían subido el concierto a YouTube. Encontró grabaciones sueltas de gente a la que la cámara del teléfono era malísima y se veía borroso, o no tenían el pulso firme y la imagen vibraba. Logró encontrar un par más aceptable. Se encontró con un atractivo Seth que mostraba gesto cansado. «Debe de ser dura la vida de un famoso» había musitado frente a la pantalla sin perder detalle de los movimientos de Seth.

    —Joder, cómo se parece a Brayden. Salvo por los tatuajes. Bueno, no lo he visto con camisetas sin mangas con este frío —bromeó consigo misma. Bueno, eso sería lo que los diferenciara. Aunque ambos me parecen guapos. Con o sin tatuajes. —Torció una risilla lobuna—. Con, o sin camiseta.

    Ensanchó aún más su sonrisa, embelesada. ¡Ay, si lo tuviera delante, las cosas que le haría! Pero lejos de miradas cotillas. Que la prensa era muy mala. Y podía hacerle a uno la vida imposible si se lo propusiera. Se dio unos golpecillos en la barbilla. ¿Cómo sería eso de ser la pareja de un famoso? Al instante sintió un escalofrío. No sería agradable con la prensa detrás todo el tiempo, huyendo constantemente de ellos. O soportando noticias que tiraban su dignidad por el suelo, aunque fuera invención, solo por la pasta. No. Para nada sería divertido. Salvo cuando se podía disfrutar de la opulencia de sus mansiones, del lujo de restaurantes y otros lugares de alto standing, incluso de recibir regalos caros con los que alardean. Trató de imaginar una balanza. «¿Qué preferirías?», se interrogó. «Mi privacidad. Voto por mi privacidad. Aunque tenga que estar lejos de mi ídol, desde luego».

    Lanzó un suspiro al aire. De todas maneras nunca lo sabría. Esas cosas no sucedían. Dejó el teléfono sobre la mesilla de noche. Intentó dormir. No dejó de dar vueltas a un lado y al otro de la cama desvelada.

   —Vamos, chica. Necesitas dormir —se regañó.

    Pero los nervios del concierto la traicionaban. Y para colmo, Abie estaría allí con sus amigas, bajo riesgo a cruzársela y tener otra de sus escenitas dramáticas e hirientes. «Ah. ¿Pero con su agrio carácter tiene amiga?». «¡Y yo qué sé! Que haga lo que le venga en gana». Suspiró profundo enervada con solo recordarla. ¡Menuda cruz!


    Había dejado preparada la ropa que se pondría para el concierto la noche anterior. Descansaba sobre la silla que hacía compañía al pequeño escritorio que había colocado en su habitación. Allí tenía el ordenador de sobremesa. El portátil lo usaba para llevárselo a cualquier lado del piso. Lo observó con inquietud. Notaba la boca seca. El cuerpo le temblaba. ¡Condenados nervios! «Voy a pasarlo genial», rezó al intento de tranquilizarse.

    Tomó aire haciendo el ademán de ir calmando las partes de su cuerpo a medida que las sacudía al subirlas y bajarlas. Ya estaba. Estaba todo bien. Y no había motivo para estar nerviosa. O sí.

    —Todo estará bien. Lo pasaremos genial. Seth estará muy guapo. Cantará genial. —Recordó la propuesta de Brayden sobre hablar con su colega y meterlas en un buen lugar cerca del escenario. Sintió un escalofrío—. Y vamos a estar cerca de él. Voy a estar cerca de él. Otro escalofrío la invadió dejando salir un gemido. Su cuerpo se estaba revelando.

    —Vale. Ya me detengo. Ya me centro —se alentó, levantándose de la cama buscando espabilar.

    Misha entro, cola en alto, contoneándose y maullando.

    —Ya voy. Ya voy. Mamá ya se mueve —fue hablando, buscando dentro del armario la ropa para el trabajo, y la bolsa con el uniforme que había dejado a los pies de la cama.

    Se vistió con prisas. Se agachó a rascarle la cabecita al menudo minino que seguía pidiendo atenciones.

—Eres un espabilado. ¿Lo sabías? —Él la observó con sus enormes ojos azules—. Pues lo eres —afirmó, moviéndose hacia el exterior de la estancia. Él le iba detrás.

    Mientras preparaba el desayuno, y después de atender al pequeño gatito que ya comía de su cuenco, empezó a cantar una de las melodías de los Electrocuted. A veces, el minino la observaba extrañado. Otras, la ignoraba, relamiéndose para limpiarse las sobras que habría dejado sobre su pelaje la comida que acababa de engullir, y sobre su cara. Era un minino de lo más aseado.

    Engulló prácticamente el desayuno tomándose el vaso de leche con cacao casi de un solo trago. Estaba emocionada, ilusionada, fuera de sí, de alegría. Hoy vería a Seth. Aunque fuera a lo lejos, diminuto, saltar y vocear melodías increíbles. A través de las enormes pantallas lo vería mejor. Se tocó las mejillas dándose unas palmaditas. Ya estaba enardecida. La ponía a cien. Y se avergonzaba de reaccionar así a su edad, pero, caray, lo adoraba. Aunque fuera un amor platónico e imposible de alcanzar.

    Después de asearse en el baño y maquillarse, apartó unos cosméticos que se llevaría esa misma tarde-noche para el concierto. Los colocó en una bolsita y loas colocó ya dentro de la bandolera que se llevaría luego.

    Y salió a la calle en busca del coche.

    Le llegó un mensaje de Daria.


  Daria

  •«Nos vemos a las cuatro. Es pronto. Y siento cargarme la siesta. Pero prefiero pillar un sitio más o menos decente para ver algo mejor el escenario».


    Podría contarle a Daria que Brayden le facilitaría ese lugar privilegiado. Pero, ¿y quién sabe si iría de farol?


  Ámbar

    •«No importa. De acuerdo»


  Daria

    •«Pues nos vemos luego»


  Ámbar

    •«Sí»


  Daria

    •«¿No estás nerviosa?»


  Ámbar

    •«Demasiado»


    ¡Que si lo estaba! Se percató de que le temblaba la mano con la que sujetaba el teléfono. Se la sujetó con la otra.

    —Va. No exageres —se regañó.

    Abrió y se metió dentro del coche. Todavía le quedaba la mañana. Tener que soportar de nuevo la petulancia de esa niña tonta con la que, por desgracia, tenía que compartir el trabajo. Puso en marcha el coche. Y salió hacia el asfalto urbano.

                                                                              ****

    Seth había dormido algo en el avión, de regreso. Volvían a casa. Harían el próximo concierto en Seattle. Eso era una gran ventaja. Podía regresar al apartamento y sentirse como en casa. Allí estaban sus cosas, salvo las que se había llevado con él de viaje. Pero podría darse una buena ducha en su apartamento. En la intimidad del hogar que significaba seguridad para él.

    A casa... En la ciudad que compartía con Ámbar. ¡Ámbar! En su estómago estalló el vuelo de cientos de mariposas. Más abajo experimentó otra cosa distinta. Tenía que distraer esa otra reacción. No podía ocurrirle allí, delante de todo el mundo. Pero sí. Ella estaría allí. Y ya sabía dónde encontrarla. ¿Y si fuera a verla? ¡Podría ir a verla! Quería verla.

     Además, conocer a esa desquiciada de Abie. Ojalá pudiera colocarse delante del rostro de esa desquiciada y decirle sin tapujos: «¡Eh! Soy Seth, ese tío que cantas y al que adoras tanto. Lo siento. Pero me gusta Ámbar». Sonó divinamente. E imaginó la cara de estúpida y de decepción que pondría ella. Sacudió la cabeza borrando la arriesgada idea de la cabeza. Se negaba a confesarle a Ámbar que sí era Seth quien la visitaba. Quien la había besado. Entonces, adiós privacidad; hola, complicaciones. Y no iba a cabrear a Jaxon que ya había alzado la alerta imaginando que haría travesuras de regreso a casa. Se lo olía, a juzgar por la mirada que le estaba echando.

    Para colmo, recordó que allí también tenía a su madre. Y que podría ser una posible y obligatoria visita. Al mencionarla en su cabeza, la ira se incrementó, lanzándole una mirada ácida a Jayden. Seguro que él la visitaría. Y con unas intenciones que no le gustaban nada. «Son adultos, tío. Y primero fue tu padre. Tu madre lo siguió, no sabes hasta qué punto habrá tenido relación con Jayden antes de que ella perdiera la consciencia de sí misma». Prefería no imaginarlo porque le entraba la repugnancia. Exhaló con exageración. Notó una palmada en la espalda.

   —Te estresas constantemente demasiado, tío. Vive la vida. Si quieres te doy algo para solucionar tus dolencias de corazón.

    —Lo que me vayas a dar, más bien hará por reventarlo.

    Michael estalló en una sonora carcajada.

   —Mejor eso, que sufrir en una larga tortura como andas sufriendo.

    —Mejor, déjalo estar. Puedo soportarlo.

    Michael se puso serio.

   —Tío, sufro de verte así. Y podría afectarte, no solo a nivel emocional, sino también al sentimental. Así que haz por cambiar el chip. Porque nos arrastrarás contigo —le propuso muy serio antes de marcharse hacia la salida del avión.

    Jayden lo miraba desde donde estaba parado. Seth arrugó la nariz advirtiéndole que no se acercara a preguntarle. Este lo respetó.

    Noah pasó por su lado. Le dedicó una mirada cínica que le devolvió. Jayden estaba creando un monstruo con sus privilegios hacia él, sin cortarse a la hora de dárselos delante de todos. Él quería ser igual que todos. Quería que lo tratase como a uno más del grupo para le que había sido contratado. Nada más.

    Jayden pasó cerca. Seth iba a adelantarse para distanciarse de él antes de que llegara a su altura, pero aprovechó la ocasión. Frenó a este agarrándolo fuerte por el brazo.

    —No quiero que vayas a ver a mi madre —musitó en un tono casi inaudible.

    —Es asunto mío. Necesita nuestro apoyo. Tú deberías ir.

    —¿Después del repertorio que me soltó la última vez? ¡Ni de coña! —siseó.

     —Ella te necesita. Nos necesita.

    —Ella solo quiere a Cameron. De mí está pasando hasta el culo. No existo para ella. Más bien me confunde con mi hermano. Así que...

    —No se lo tengas en cuenta. No está bien.

    —Yo tampoco —siseó para soltarlo, coger de mala gana la funda de la guitarra española y la bolsa que tenía allí y salir huyendo de hablar largo y tendido con él, con una conversación que no le apetecía nada tener.

   —Maldito cretino... —fue murmurando mientras andaba.



    Se le caía todo de las manos. Le temblaba todo el cuerpo por los nervios. Se estaba secando el cabello después de una ducha cuando se oyó el teléfono sonar. Fue en su busca. Contestó.

    —¿Sí?

    —Deséame suerte.

   —Hola, Brayden. ¡Suerte! ¿Para qué la necesitas?

    —Para todo. Para todo lo que vaya a hacer hoy y en adelante.

    Sonó bastante triste.

    —¿Qué ocurre?

    —Nada. No te preocupes. Es solo que te echo de menos.

    —¡Exagerado! Esto es más un amor platónico que nada. Casi ni nos conocemos.

    —Eso es cierto. No nos conocemos lo suficiente. Quizá y hasta te enfadarías si me conocieras bien.

    —¡Qué tontería! ¿Cómo va todo en el lugar de tu nueva estancia? ¿Y el trabajo?

    —No me puedo quejar. O quizá sí. No sé. Llevo un día raro desde que me desperté.

    —Vaya. Lo siento.

    —Eh. Disfruta del concierto. He hablado con mi amigo...

    —Ah, no te preocupes por eso. No deseo crear un conflicto entre las fans porque me otorgues ese privilegio.

    —Pero eres una fan incondicional de Seth.

    —Eso es verdad.

    —Considéralo como un regalo. Un regalo de un amigo.

    —Los amigos no se besan —bromeó ella.

    —¿Y cómo qué me quieres considerar?

    Ámbar buscó cambiar de tema.

    —No es necesario. De verdad —siguió insistiendo.

    —No me creo que lo estés rechazando.

    —No quiero deberte nada. Solo es eso.

    —No te pediré nada a cambio. Quédate tranquila.

    —Hablo en serio. Aún es pronto para regalos y un trato especial.

    —¿Después del beso? —insistió ahora él.

    —Fue la emoción del momento.

    —¿Es lo que piensas?

    Ámbar suspiró.

    —Brayden, que te vaya bien en el trabajo hoy. Tengo que terminar de secarme el pelo. Tengo frío. Y no llegaré a tiempo a colocarme en un lugar tolerable en la fila. Al menos, siempre me quedarán las pantallas grandes del estadio —relató en un suspiro, como si se tratara de un discurso, aunque las palabras salieron disconformes.

    —Pásatelo bien. Quiero fotos. Fotos tuyas pasándotelo bien.

    —En tus sueños... Eso quisiera yo; fotos tuyas y fardar que eres el verdadero Seth. Harías incluso feliz a Daria. Y cerraría la boca de la gilipollas de Abie. En fin. Yo no soy tan cabrona.

    Lo hizo reír al otro lado del auricular.

    —Ya me encantaría verle la cara de decepción a esa chica.

    —Y yo. Créeme.

    Otras risas compartidas. Y una pausa.

    —Eres increíble, Ámbar. Y te doy las gracias.

    —¿Por qué?

    —Por hacerme reír en momentos complicados.

    —¡Exagerado! Te lo estás tomando todo a la tremenda.

    —Eres estupenda, Ámbar. Aunque te haya tratado poco, me pareces estupenda.

    —¿Incluso cuando te he tachado de gigoló?

    —Mejor, no me lo recuerdes. Hablamos. Y me cuentas.

    —Claro.

    Colgó la llamada sonriendo. Se tocó las mejillas. Ardían. «Lo conoces de nada y ya estás exagerando. Eres mucho peor que él». «Soy más bien una enamoradiza». Lo reconoció. Y al instante se sintió molesta por ello.


    Jaxon había ido en su busca. Había llegado en el momento adecuado de escuchar toda la conversación. No estaba bien que lo hiciera. Pero es que ese chico necesitaba que alguien le bajase al suelo. Aunque fuera con una torta verbal a mano abierta.

    —¿Has pensado bien lo que quieres hacer?

    —¿Qué haces escuchando las conversaciones de los demás? Es de muy mala educación hacerlo, ¿lo sabías? —replicó Seth cabreado.

    —¿En serio estás convencido de meterla en este meollo? ¿De verdad quieres privarla de su libertad? Una vez sepan que se relaciona contigo, la prensa no la dejará en paz.

    —¡Lo sé! No soy estúpido.

    —¿Le has consultado si le parece bien?

    —¡No! Claro que no.

    —En una relación amorosa la sinceridad es algo muy importante —advirtió Jaxon cruzándose de brazos y alzando el mentón con altivez.

    —Oye, ¿a qué viene el sermón de padre?

    —Aún no te he hablado de tu padre.

    —Jayden ya lo hace. No, gracias.

    Jaxon se rio.

    —Lo sé. No soy tan aguafiestas como tu mánager.

    —Hay... cosas de él que no me gustan. Pero no tengo otro remedio que tragarlo.

     —Sé a qué te refieres.

    Seth se quedó níveo.

    —¿Qué? ¿Qué sabes?

    Jaxon negó.

    —Mejor no hablar de tu padre. Mejor no hablar de Jayden. Y como no muevas el culo hacia tus obligaciones, quien va a darte una patada en esa zona seré yo. Que soy el que se lleva las broncas.

    Seth puso los ojos en blanco.

    —Ya voy.

    —Muévete ya. Están pensando que te has fugado. Y paso de perder mi empleo. Así que regresa a la mesa y termina de comer con le resto. Nos queda por delante una apretada agenda antes del concierto.

    Hizo un ademán militar desganado y fugaz.

    —Ya he dicho que me muevo.     



https://youtu.be/QOg4pimY6PA




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