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Capítulo 5

—Hola, me gustaría hablar con la dueña del negocio —solicito amablemente. El hombre de piel morena, se baja un poco sus lentes oscuras para analizarme. Sonríe tras verme de arriba abajo.

—Y a mí me gustaría un helicóptero —se burla, junto a su compañero, que se ríe del comentario de su compañero.

—Soy periodista —le comento, sin dejarme intimidar por este par de matones.

—Nosotros somos guardias de seguridad —habla el de pelo rubio, como si de una presentación se tratara.

—Tan solo he venido para solicitar una entrevista con la dueña del burdel —aclaro, sin mostrar un ápice de molestia. Esto de que me traten como a un tonto no me gusta.

—Y yo necesito más horas de descanso. —Vuelve a abrir la boca, mientras trata evitar un bostezo que le traiciona.

—Es mejor que te marches, chaval —aconseja el de tez oscura.

—Lo siento, pero necesito concertar una entrevista con la dueña —digo, negando su consejo de la forma más educada que sé—. Me han pedido que haga un reportaje sobre este club nocturno.

—Entonces vuelve más tarde, actualmente, se encuentra cerrado para todo tipo de público — me explica, sin cambiar de postura.

—¿Entonces, si se encuentra cerrado por qué estáis custodiando la entrada? —interrogo, dejándome guiar por mi intuición como periodista. Para esta profesión no solo vale saber redactar una buena noticia, sino también tienes que ser avispado.

—No tenemos por qué darte explicaciones —rebate el rubio enfurecido.

—No creo que os haga falta mucho el sol, además de que hoy no es un gran día para tomarlo —les vacilo un poco, mirando al cielo nublado.

—Chaval, no sé qué quieres que te diga, pero lo que vienes a buscar no lo va a conseguir. —Trata de mantener un lenguaje formal y amable, el de piel morena—. Vuelve más tarde, a ver si encuentras una posibilidad.

—Más tarde esto estará lleno de clientes ¿No crees que molestaré más si vengo luego? —Alzo la ceja. Sí, he venido a por algo y no me voy a ir sin ello.

—Eres como una puta mosca —escupe con maldad el otro— ¿No te puedes ir a zumbar a otro lado?

—¡Vale! No hace falta que te pongas así —le digo, mostrando mi ofensa—. Me iré, pero no muy lejos de aquí, pienso esperar a que alguien salga.

—Espera donde quieras, pero deja de molestarnos. —Pide el moreno.

Me alejo unos metros de la puerta del burdel, manteniendo la distancia entre los groseros guarda espaldas. Mientras espero, puedo ver que durante su jornada no tienen gran cosa que hacer, solo se mantienen en su postura y de vez en cuando intercambian algunas palabras entre ellos.

El tiempo atrae nubes cada vez más oscuras, amenazando en dejar caer la llovizna del año y algún que otro rayo. Espero que puedan resistirse hasta que pueda llegar a casa, en el caso contrario me empaparé.

Las horas pasan, no le quito de vista la entrada del club. En ocasiones puedo ver como los matones de la puerta me lanzan miradas poco discretas. Realmente, lo siento por ellos, pero yo nunca me rindo, a menos que no sea necesario.

A pasar un rato más, contemplo como se produce un milagro, la puerta se está abriendo desde dentro. Me levanto del casual banco en el que me encontraba sentado, con todos mis sentidos alerta. Puedo ver que salen tres mujeres y que los guardas que protegían la puerta, ahora es a ellas a quienes protegen.

Corro hacia ellas como nunca antes lo había hecho. Sé que sus guardas espaldas no me lo pondrán fácil, pero si no se intenta, las posibilidades de conseguirlo son bajas.

—Disculpad, señoritas —grito agitado, mientras me acerco cada vez más a ellas. El moreno se interpone en mi camino, pero ellas se dan cuenta y se voltean.

—¿Qué es lo que ocurre? —cuestiona la pelinegra de pelo lacio.

—No es nada, señoritas. Yo me encargo —le asegura el escolta que tengo enfrente.

—¿Usted es la dueña del club? —pregunto apurado, luchando contra el empuje del guarda.

—Sí —responden a unísono las tres mujeres. El hecho que hayan contestado al mismo tiempo, me sorprende.

—¿Qué es lo que deseas? —interroga la de cabello ondulado.

—Soy periodista del periódico "La Lupa" y me han encomendado hacer un reportaje sobre su burdel —le explico.

—Es un oportunista, señoritas —suelta el rubio egocéntrico.

—¿Qué es lo que necesitas? —cuestiona la mujer de piel africana, ignorando a sus escoltas.

—Me gustaría solicitar una entrevista, si no es un inconveniente. —Aunque el guarda moreno no me deja acercarme más de un metro a ellas, estoy consiguiendo mi objetivo.

—De acuerdo. Denle, nuestro número para que se ponga en contacto con nosotras de forma directa —ordena la pelinegra—. Responderemos en la mayor brevedad —me asegura, antes de ponerse de nuevo en marcha acompañada de las otras dos mujeres y el idiota de su segurata rubio. En cambio, el moreno que me sostiene para que no me acercara, hace lo que le ha pedido su jefa.

—Enhorabuena, has conseguido lo que querías —me felicita con cierto sarcasmo.

Este me da una tarjeta donde están los datos de contacto del club. Luego, se dirige al coche oscuro, para reunirse con su compañero y las tres mujeres. Por otro lado, yo me pongo en marcha con mi bicicleta.

Por las horas que son, me voy directamente a casa, rezando por que el cielo no empiece a tronar, pero antes lo pienso, antes comienza. Pedaleo lo más rápido posible, tratando de llegar lo más pronto posible.

Una vez que llego, dejo la bici de cualquier forma en su lugar y me voy directamente a quitarme toda la ropa mojada. E intercambio la lluvia natural, por la artificial de agua caliente que me proporciona la manguera de la ducha, tratando de que esto me ayude a no enfermar. Durante el rato que paso en el baño, mi mente se dirige a lo vivido hoy.

Son tres las mujeres que ponen orden en ese club nocturno. Si ya me parecía llamativo que una mujer dirigiera un burdel, ahora no sé como analizar que tres mujeres lleven este tipo de negocio. Lo que sí puedo decir, es que son más majas e inteligentes que sus guardias.

Las tres mujeres tienen una apariencia joven, de seguro que solo me sacan un par de años. En cuanto a su belleza, pienso que engatusan a cualquiera que le echen el ojo, supongo que por eso van con un par de hombres que las protejan de cualquier maníaco. Por su vestimenta he podido deducir que tienen una buena vida.

Ósea, que a pesar de ser ricamente bellas, económicamente también. Aunque no sería de extrañar, según el tipo de negocio no tienen mucho que perder. De seguro que van la mayoría de hombres solitarios o infieles de Barcelona, en busca de una aventura nocturna.

Mi jefe ¿Se referiría a eso? Espero que detrás de todo esto, pueda descubrir algo más allá. Cunado salgo del baño con ropa seca, envío un mensaje al número que hay en la tarjeta que me han proporcionado para poder solicitar una entrevista.

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