
3
Para cuando Agorén llego a las afueras de Kantaaruee, las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer progresivamente. Los ejércitos de las Yoaeebuii salían poco a poco en tropas conformadas por pelotones de unos cien soldados cada uno, y las pisadas de sus patas invertidas hacían eco en el silencio de aquella mañana, augurando lo que vendría después. Un sonido le hizo mirar hacia atrás por encima del hombro de su armadura, viendo como las compuertas abovedadas en el techo de los hangares se abría, dejando salir a las naves de combate. Uno de los generales se acercó a él con rapidez, y habló.
—Señor, ¿damos la orden de preparar los campos de fuerza?
—Sí, pero no los activen aún —Agorén miró a su alrededor. Por delante de ellos estaban las trincheras, y todavía más adelante los campos minados. Las tropas de las Yoaeebuii caminaban en fila y a paso rápido hacia afuera, cargando sus rifles de antimateria—. Quiero una formación de tropas por el flanco derecho —ordenó, señalando con un gesto de la mano—. Otra en flanco izquierdo, y una línea de contingencia cerca de la trinchera. Que un tercio de las naves de combate se posicionen alrededor del arca, no podemos permitir que nuestra única escapatoria sea atacada. Las demás naves tomaran posición alrededor de la ciudad formando un perímetro alrededor del campo de fuerza.
—Sí, comandante —asintió el Negumakiano, y haciendo rápidamente el saludo con los dedos en la frente de su cráneo amarronado, se alejó vociferando órdenes. A lo lejos, vio a Sophia correr hacia él. Llevaba un carcaj de flechas repleto en cada lado de la cintura, por encima de la espalda sobresalía la punta de su arco, y en los brazos cargaba un rifle de antimateria. Su cabello rojizo se ondeaba en cada zancada, y en cuanto llegó a él, se situó a su lado.
—Miseeua y los pobladores de la ciudad están tomando refugio bajo el subsuelo del palacio. Dieron la alerta en cuanto se confirmó su llegada —dijo. Agorén asintió.
—Bien, serán los primeros en abordar el arca si algo llegara a salir mal.
En aquel momento, comenzaron a salir por las puertas de Kantaaruee los ejércitos de las razas aliadas. Los Yalpanes a cargo de Xyra tenían una vestimenta extraña, como el traje de neopreno de un buceador pero con hombreras y coberturas de un material muy duro y opaco, como si fuera un exoesqueleto artificial. Los Zorgonianos tomaron posición en los flancos derechos de la ciudad, junto con los soldados de las Yoaeebuii. Los Xalthorianos, sin embargo, tomaron su lugar en el lado izquierdo del extenso campo, mientras que los Valtorianos emprendieron el vuelo como un enjambre pálido y fantasmal, moviéndose en círculos alrededor de la ciudad y las naves de combate Negumakianas. Xyra se acercó hacia Agorén, y respiró hondo, mientras observaba hacia arriba.
—El momento ha llegado, mi amigo. ¿Tienes alguna indicación que quieras hacerme? Tú eres el comandante de tu planeta, estoy bajo tus ordenes —dijo.
—Solo trata de no morir.
Xyra esbozó lo que en sus facciones era una mueca de sonrisa, y asintió con la cabeza. Luego volvió al frente de sus tropas, hablando en su idioma natal. Ghodraan y Kiltaara, por su parte, también se acercaron al grupo. Él se posicionó junto a su padre, a su izquierda, y cuando notó que Kiltaara continuaba caminando, la tomó levemente de la mano, mirándola con aprehensión.
—¡Espera! —exclamó. —¿Adónde vas?
—Soy una soldado de las Yoaeebuii, mi lugar está con los ejércitos, y ni siquiera he ido a buscar mis armas todavía.
Agorén y Sophia contemplaron la escena sin decir nada, pero Ghodraan la miró de forma suplicante, casi hasta con tristeza en los ojos. Entonces negó con la cabeza, temeroso.
—No tienes por qué hacer esto, quédate aquí —Le imploró—. Estaré más tranquilo si luchas junto a nosotros, donde pueda cuidarte de cualquier peligro.
Kiltaara negó con la cabeza. Ghodraan estaba bellísimo, pensó, viendo como lucía por primera vez su más que merecida armadura de combate, en una batalla real y a gran escala. Su cabello castaño, el cual comenzaba a humedecerse con la lluvia, le daba el marco ideal a su rostro. Y temía por no volver a verlo, no iba a negarlo.
—Debo ir, y lo sabes, ya hemos hablado de esto. Es mi deber.
Ghodraan dio un suspiro, bajando la mirada, y asintió con la cabeza levemente. Entonces la envolvió en un abrazo, estrechándola contra sí mismo tanto como podía. Ella se aferró de su espalda y cerró los ojos, sintiendo que se le inundaban en lágrimas. Se separó un momento de ella, el tiempo suficiente como para enmarcarle el rostro entre sus manos y darle un profundo beso, luego apoyó la frente en la suya, y la miró directamente a aquellos ojos azules que tanto adoraba.
—Si nos superan, retírate. No importa lo que diga tu general, no importa lo que diga nadie, solamente corre y sálvate. Si debemos huir en las naves arca, quiero verte allí. ¿Lo entiendes? Quiero que me lo prometas —dijo.
Kiltaara dio un rápido asentimiento.
—Lo prometo.
Ghodraan entonces le dio otro beso rápido, respirando con fuerza, queriendo apreciar hasta la más pequeña sensación en su piel.
—Te amo, Kiltaara.
—Y yo a ti —susurró ella.
Se separó de Ghodraan y mientras caminaba hacia las puertas de la ciudad empezó a cambiar de forma, abandonando aquel aspecto humano, haciéndose más alta, incluso hasta más fuerte, y tan solo se volteó un segundo a verle. Él levantó su mano derecha en silencioso saludo, y ella también levantó la suya, con aquellos tres prominentes dedos escamosos y amarronados que caracterizaban a cualquier Negumakiano natural. Era imposible no amarla en cualquier forma y bajo cualquier circunstancia, pensó, dando un suspiro. Una vez que la vio desaparecer tras las puertas, se giró mirando hacia el frente, al igual que sus padres. Luego cerró los ojos y levantó el rostro hacia el cielo, sintiendo como las pequeñas gotitas de lluvia le tocaban al caer. Esperaba con todo su corazón el hecho de que pudieran vencer, que aquella no fuera la última sensación que le tocase vivir, si es que Woa así lo quería.
Ahora solo quedaba esperar por un nuevo amanecer.
*****
El día transcurrió lentamente. A medida que las horas pasaban, la lluvia se intensificaba de a ratos, luego parecía remitir para luego, entre truenos y ráfagas de viento, volver a arreciar. Finalmente, la noche cayó sobre el horizonte envolviendo el paisaje en una oscuridad opresiva, solamente iluminada por las luces de la ciudad y las naves de combate Negumakianas. Las nubes grises y cargadas creaban un ambiente sombrío y melancólico, al mismo tiempo que gotas frías se deslizaban por los rostros tensos de los soldados. Nadie hablaba, todos esperaban con el corazón inquieto debido a la tensión que los invadía, y claro ejemplo de esto era el propio Agorén. Erguido e inamovible bajo la lluvia, con el cabello empapado al igual que su armadura, su figura se recortaba majestuosamente contra el horizonte oscuro y tempestuoso.
Sus ojos, firmes y decididos, no habían dejado de otear el cielo ni un solo instante durante aquel día, mientras con cada minuto que pasaba, la ansiedad dentro de sí mismo se intensificaba cada vez más. Con la mano derecha aferrada a la empuñadura de su espada, observaba hacia el horizonte con ojos agudos, esperando, atento al mínimo sonido que pudiera notar por sobre el sonido de la lluvia. Hasta que por fin, los vio. En el cielo aparecieron un montón de puntitos blanquecinos, diminutos primero, pero cada vez más brillantes. Los reconocía a la perfección, los había visto en el ataque fuera del planeta y los volvía a ver ahora, ingresando a su atmosfera. Sabía que era un número reducido de naves K'assaries, ya que toda la flota de nodrizas debía distribuirse por todo el planeta para atacar en conjunto, pero no sabía cuántas con exactitud. Podían vencer, o podrían arrollarlos en cuanto tocaran tierra. Entre los ejércitos Negumakianos comenzaron a escucharse voces, al ver los puntos luminosos poblar el cielo, aún a una buena distancia.
—¡Firmes! —exclamó Agorén, en el apacible sonido de la noche lluviosa. —¡Firmes ahora! ¡Con coraje!
Sophia sintió que comenzaba a temblar como una hoja al viento, víctima de la adrenalina y el miedo que la invadía a partes iguales. Rápidamente preparó el rifle de antimateria, respirando agitada, y esperó. Agorén aún no se movía de su posición, los ejércitos tampoco. Los puntos lumínicos comenzaron a descender a ras de suelo, en la distancia, perdiéndose en la oscuridad de los bosques naturales de Negumak. Luego de ello, la nada misma.
Esperaron un momento, luego más, luego mucho más, pero nada ocurría. Hasta que de forma repentina, todo frente a ellos pareció iluminarse de repente, seguido de un estallido que hizo tronar el aire a su alrededor. Los K'assaries corrían en una gigantesca horda hacia ellos, pero las primeras líneas de bestias atacantes salieron volando despedazadas por los aires, al pisar las bombas ocultas a ras de tierra. Todo se tiñó de flamas azules, y el resplandor que se elevó por los cielos mostró entonces las naves de combate que avanzaban raudas hacia ellos. Aún así, los K'assaries continuaban avanzando como una gigantesca masa negra dispuesta a arrasar y destruir con todo lo que se encontrasen a su paso, sin importarles que muchos de ellos estaban siendo masacrados por las minas ocultas. Agorén desenvainó su espada y la levantó, empuñándola.
—¡Activen el campo de fuerza! —gritó. —¡Artilleros, listos!
Los generales que estaban cerca de su posición repitieron sus órdenes. Al instante, los enormes cañones de plasma que custodiaban la ciudad se encendieron con un zumbido particular, girando sus torretas hacia la dirección de donde provenían las naves. Detrás suyo, el gigantesco campo de fuerza comenzó a materializarse desde arriba hacia abajo como si fuera una gran malla lumínica de color blanquecino, apenas perceptible, pero que bajo la noche podía verse perfectamente. El líder Valtoriano descendió en vuelo rasante hacia él, plegó las alas grises y membranosas alrededor de su cuerpo en cuanto tocó tierra junto a Agorén, y lo miró directamente.
—¿Enviamos las naves?
—Sí, ustedes los interceptarán por los flancos, yo daré la orden de que nuestras naves ataquen por la vanguardia —respondió.
El alienígena entonces asintió con la cabeza, volvió a desplegar las alas y levantando vuelo, desapareció de su rango de visión. Agorén miró hacia la flota de naves Negumakianas, que levitaban encima de la ciudad, y moviendo su espada hacia adelante dio la silenciosa señal. Sin tardar ni un solo instante, las decenas de naves de combate surcaron el cielo con una rapidez vertiginosa, impulsándose hacia adelante a velocidades increíbles, mientras abrían fuego contra las capsulas de combate K'assaries. El cielo se llenó de luces, Sophia ya había visto eso antes. Los disparos de energía de las naves centelleaban de un lado al otro, y las naves que eran dañadas reventaban en medio del fragor de la batalla o caían desplomadas a tierra, envueltas en una nube de fuego y desechos. Los K'assaries, sin embargo, atravesaron el campo minado aún a costa de perder una buena parte de sus fuerzas, y en cuanto llegaron a las fosas estilo trinchera, ocultas en el suelo gracias a la hierba, comenzaron a caer muriendo atravesados por las estacas metálicas. Pero eran tantos que poco a poco comenzaron a llenar las fosas, y más pronto de lo que Agorén creía, comenzaron a cruzar aún si eso implicaba pisar los cadáveres de sus compañeros. Al ver que no tardarían en cernirse sobre ellos, empuñó la espada con ambas manos y cambió su aspecto al de un Negumakiano común, aumentando de altura y fuerza. Sophia, por su parte, hizo lo mismo ya que necesitarían toda la ventaja que pudiesen conseguir. Cuando las bestias ya estaban a una distancia más que suficiente, respiró con fuerza el aire cargado de humo, y dio la orden.
—¡A la carga, ataquen! ¡Ahora! —gritó.
Como una marea implacable, avanzaron haciendo una formación de pinza, atacando por ambos flancos y frontalmente a los ejércitos K'assaries. Las gotas de agua golpeaban en su rostro escamoso, y los relámpagos intermitentes en el cielo le daban la visibilidad justa para ver lo que se cernía frente a ellos. Entre el fango que comenzaba a formarse debido a la copiosa lluvia, las patas invertidas de los Negumakianos salpicaban a medida que corrían, y en cuanto ya estaban casi frente a frente, Sophia apuntó hacia adelante, y comenzó a disparar.
El choque de ejércitos fue brutal. Agorén blandió la espada de abajo hacia arriba, cortándole el vientre a un K'assari que arremetía frente a él, mientras que los proyectiles de antimateria de los ejércitos Negumakianos acribillaban a tantas bestias como podían. La sangre verdosa de los K'assaries asesinados le salpicaba en el rostro y en la armadura, pero aquello no le importaba, solo estaba concentrado en combatir tanto como fuese posible. Atravesó a dos bestias golpeando con la espada hacia adelante, una tercera junto a él intento atacarle por la espalda, pero Agorén lo pateó con rapidez, mientras que Ghodraan, a su lado, lo remató de una estocada.
Una horda de al menos quince Valtorianos hizo un vuelo rasante en la contienda, cerca de Agorén. Debido a la lluvia, la oscuridad de la noche y el fragor de la batalla, no pudo verlos, tan solo sentir el aletear a su lado. Al instante, varios K'assaries fueron levantados por el aire y luego los dejaron caer, precipitándolos desde una gran altura. Los Yalpanes, quienes tenían excelentes habilidades psíquicas, no peleaban cuerpo a cuerpo como Ghodraan, o con armas como el resto de los Negumakianos, sino que lo hacían modificando la materia a su alrededor. Con gestos de sus manos, hacían levitar los escombros metálicos y las esquirlas de las naves destrozadas por el combate, y utilizándolas como armas arrojadizas, las lanzaban contra tantos K'assaries como fuese posible. Provocaban que la tierra se hundiera bajo las patas de las bestias, desmembraban algunos de ellos, incluso hasta los repelían como si los empujaran con telequinesis, haciendo una increíble demostración de fuerza mental.
Sin embargo, el número de los ejércitos enemigos no parecía disminuir. Las naves nodrizas de las bestias comenzaron a acercarse a la lucha, y disparando sus cañones, comenzaron a quemar a los Negumakianos en los ejércitos. Su rayo calórico era cegador, un destello blanco que apenas se podía ver por algunos segundos sin dañarse la vista, y a su paso no solo pulverizaba la carne de los cuerpos, sino que además dejaba un rastro quemado y profundo en el suelo fangoso. Los árboles que eran tocados por aquellos rayos parecían cortarse a la mitad, derrumbándose al suelo con gran estrepito, al mismo tiempo que comenzaban a incendiarse.
Agorén miró aterrado como la noche comenzaba a parecerse al día. Era tal la iluminación entre las naves que luchaban en el aire, estallando y disparándose mutuamente, los rayos calóricos de las naves nodrizas enemigas quemándolo todo por doquier, y las flamas que predominaban en el campo a su alrededor, que podía ver todo con claridad absoluta. De un golpe, le cortó el cráneo a un K'assari, giró sobre sus patas y blandiendo la espada apuñaló a otro, hasta que de forma repentina fue derribado al suelo. Cuatro K'assaries saltaron hacia él, arrastrándolo y hundiéndole el rostro en el barro. Agorén golpeó a uno de ellos en cuanto se giró boca arriba, apartándolo de encima, y miró hacia su derecha con prisa en alcanzar su espada, la cual había caído a unos metros de su posición.
Se arrastró hacia ella pero un dolor inconmensurable le hizo dar un alarido ronco y extenuado. Uno de los K'assaries lo había tomado con sus fauces del costado del tórax, cerca del vientre, y lo jalaba hacia atrás. Ghodraan fue el único que escuchó aquello, ya que Sophia estaba un poco lejos atacando con su rifle de antimateria, por lo que se volteó a verle.
—¡Padre! —exclamó.
Corrió en su ayuda con la espada en alto, el cabello latigueando en cada zancada, y la expresión de temor pintada en el rostro. De un golpe rápido le cortó el brazo a una de las bestias, apuñaló a otra directamente en el cráneo y desclavando con rapidez la espada del hueso, le cortó el cuello al K'assari que sujetaba a su padre entre los dientes. Apartó de una patada el cadáver de la criatura, recogió la espada del suelo y entonces se acuclilló a su lado acercándole su arma, viendo como Agorén tenía un agujero sangrante en la armadura.
—Gracias —dijo, aceptando la mano que le ofrecía, y poniéndose de pie.
—¡Estás herido, debes retirarte! —exclamó Ghodraan, viendo cómo se agachaba con cierta dificultad para tomar la espada del suelo fangoso.
—Aún no... —Agorén miró rápidamente hacia su derecha, y entonces gritó. —¡Cuidado!
Apartó de forma abrupta a un lado a Ghodraan, ya que un K'assari había saltado hacia ellos con las garras por delante, y con un movimiento ágil y efectivo detuvo el ataque con un golpe de puño. El guantelete impactó de lleno en la mandíbula de la criatura, fracturándosela a un lado, el cual rugió y chilló revolcándose en el suelo, dándole tiempo más que suficiente para girar la espada y ejecutarlo de una estocada.
Padre e hijo volvieron a la batalla nuevamente, mezclándose entre los Negumakianos que disparaban y caían al suelo. El ummapentio con el que estaba forjada la hoja de sus espadas reflejaba las explosiones de las naves de combate, haciendo que el acero refulgiese en cada golpe, mientras que Sophia agotaba el último cargador de su rifle de antimateria. Cada disparo que efectuaba valía, ya que era un K'assari muerto con un gran hoyo tanto en el pecho como en su cráneo. Sin embargo, más pronto que tarde se quedó sin cargas suficientes, por lo que de forma determinada arrojó el rifle vacío a un lado, y tomando el arco de su espalda, lo giró con maestría impecable en sus manos.
Un K'assari arremetió contra ella al ver que había soltado su mejor arma, pero Sophia blandió el arco como si de un mazo se tratase para golpearlo en la cabeza, haciéndolo caer al suelo. Antes de que siquiera pudiera erguirse, tomó una flecha de su cintura y tensando el arco con una rapidez brutal, le atravesó el cráneo con un chasquido seco. Tomó tres flechas más, las colocó en el arco poniendo los dedos entre ellas y las disparó a la vez en forma de abanico, impactando en el tórax de tres bestias más.
Sophia corrió esquivando los cuerpos en el suelo, dos K'assaries la persiguieron al ataque, y uno de ellos llegó a alcanzarla con sus garras de un zarpazo, golpeándole en el muslo y dejándole un profundo surco sangrante. No pudo evitar gritar de dolor, al mismo tiempo que caía al suelo. Sin embargo, en cuanto vio que se abalanzaban hacia ella giró con rapidez, golpeó con el arco en la mandíbula del K'assari y pateó al segundo que se arrojaba hacia ella, para morderla. Tomó una nueva flecha de su carcaj, pero sin poder cargarla en el arco, la usó como un cuchillo para apuñalar a una tercer bestia directamente en el ojo, arrancándoselo. La criatura dio un chillido, y aprovechando que había retrocedido algunos pasos, se puso de pie con agilidad y tensando el arco, le disparó la flecha a quemarropa en el cráneo.
Un tronido se escuchó en el cielo. Uno de los cañones de plasma había derribado una de las enormes naves nodrizas K'assaries, la cual se partió en dos y comenzó a caer precipitadamente a tierra. Al desplomarse, la tierra pareció retumbar y envolviendo a ambos bandos por igual en una nube de humo, aplastó bajo sus restos tanto a Negumakianos como a K'assaries. Sin embargo lo peor fue cuando el núcleo de energía que impulsaba a la nave estalló ante el impacto. Una bola de fuego azul, resplandeciente y enceguecedora, se elevó con un estruendo colosal. La onda expansiva derribó a todos cientos de metros a la redonda, incluso hasta algunas naves Zorgonianas se vieron afectadas, cayendo a tierra y estrellándose. Todos sintieron como un violento empujón los azotaba, haciéndolos rodar por el fango y los charcos de agua y sangre, y al instante el calor de las llamaradas los invadió. Muchos Negumakianos corrían despavoridos al ser alcanzados por ellas, consumiéndose a medida que se quemaban, mientras que los K'assaries se retorcían y chillaban. Los que no habían sido alcanzados por el fuego, estaban heridos por las esquirlas de metal y fragmentos de la nave destruida.
Agorén miró a su alrededor mientras se ponía de pie tan rápido como podía. A su lado, había un Valtoriano que se retorcía de dolor, con un ala y una pierna amputadas. Negumakianos por doquier consumidos hasta los huesos ennegrecidos por las llamas, K'assaries desmembrados, todo era un completo caos. Cuando fue a dar el paso, dio un quejido y trastabilló, mirándose sin entender. Tenía un trozo de garra K'assari atravesándole la pata, por lo que haciendo un esfuerzo y apretando los dientes debido al dolor intenso que sentía, se agachó para quitársela. Eso era un problema, pensó, porque ahora estaría cojo durante toda la batalla y podía ser un potencial peligro para su vida.
Sin embargo no había tiempo para dudas. Más naves nodrizas se acercaban, y en cuanto comenzaron a soltar las capsulas de combate, Agorén vio con horror como las mismas se estrellaban sistemáticamente contra el campo de fuerza que protegía la ciudad, desintegrándose en cuanto impactaban contra él. Al escuchar las explosiones, algunos Negumakianos se voltearon a ver lo que sucedía, incluidos Ghodraan y Sophia. Ella vio a Agorén con expresión confundida, parecían aves furiosas lanzándose contra los cristales de una ventana hasta morir. Él también cruzó miradas con ella, jadeando extenuado, con el rostro lleno de sangre y fango.
—¿Qué está pasando? ¿Qué mierda hacen? —preguntó, atónita.
—¡Quieren romperlo a la fuerza! —respondió. Luego miro al líder de los Yalpanes, que estaba igual de asombrado que ellos. —¡Xyra, deben contenerlos! ¡Si rompen el campo de fuerza estamos acabados!
Lo vio asentir con la cabeza, y dando órdenes a sus tropas, comenzaron a manipular la materia y energía de las capsulas, haciendo que implosionaran entre sí o se chocaran mutuamente. Por desgracia, los ejércitos K'assaries continuaban atacando sin parar, despedazando con sus garras a todos los que se pusieran por delante. En aquel momento fue cuando los Xalthorianos arremetieron contra los invasores. Ubicados en la retaguardia de los ejércitos, eran la última línea de contingencia en caso de que los Negumakianos fuesen vencidos, pero era tal el grado de saña y brutalidad con el que atacaban aquellas bestias, que debieron abandonar sus posiciones.
Como si fueran una carga de caballería, corrieron de frente hacia la oleada de criaturas que se cernía sobre ellos, y luego se dispersaron hacia los flancos. Sus exoesqueletos eran ideales para detener a los K'assaries, ya que no podían morderlos ni destrozarlos con sus garras. Los Xalthorianos eran feroces a la hora de atacar, ya que podían hacer crecer púas de sus extremidades para utilizarlas como lanzas óseas, atravesando y asesinando a cuanta bestia pudiesen. Agorén sintió que sus fuerzas se renovaban al ver como todos trabajaban en conjunto por un bien común, y sujetando con fuerza la espada, corrió hacia ellos lo más rápido que podía, para ayudarlos a combatir.
Por desgracia, una pequeña flotilla de veinte capsulas K'assaries se dirigió hacia las tropas Yalpanes y haciendo un vuelo rasante, soltó una gran descarga de disparos encima de ellos. Agorén se cubrió como pudo, ya que algunos proyectiles pasaron muy cerca, y al girar hacia sus aliados vio con profunda tristeza como eran acribillados por las naves. Casi todos los Yalpanes cayeron desplomados con varios agujeros en el cuerpo, incluido el propio Xyra. Más K'assaries se acercaban por el flanco izquierdo, y corriendo deprisa, se trabó en lucha con varios de ellos intentando proteger a su compañero tanto como fuese posible.
Agorén atacó a golpes de puño contra un K'assari, haciéndolo retroceder. De un golpe certero le rebanó una pata, apuñaló a una segunda criatura y evitó que una tercera la mordiera, dándole una estocada con su espada en cuanto lo vio abalanzarse hacia él con sus fauces abiertas. Se tardó sus buenos minutos en reducir a las bestias, pero en cuanto tuvo un momento para detenerse y mirar hacia el suelo, vio como Xyra aún estaba luchando por vivir. Tenía el torso y parte del vientre repleto de agujeros ennegrecidos, una espumeante sangre blancuzca salía de su boca, y parecía no poder hablar, haciendo sonidos gorgoteantes y espasmódicos. Se acuclilló junto a él, clavando la punta de la espada en el suelo de tierra, y le sujetó la cabeza. Quería levantarlo en brazos y alejarlo de la contienda, pero Xyra le sujetó de las muñecas escamosas, mirándolo fijamente con expresión de dolor.
—¡Debo sacarte de aquí, tienes que resistir! —Le gritó, por encima del sonido de la batalla. —¡Aguanta, Xyra!
Sin embargo, él no le respondió. Poco a poco, Agorén sintió como la presión de su mano se hacía cada vez más y más floja, hasta que finalmente dejó de respirar, muriendo con los ojos abiertos fijos en los suyos. Agorén lo soltó, entonces, con lentitud. Miró por encima de su hombro, viendo como las capsulas de combate K'assaries continuaban estrellándose contra el campo de fuerza, buscando romperlo a punta de embestidas. Vio a su hijo, como blandía la espada de forma impecable y ágil, tal y como él mismo le había enseñado, asesinando a cuanta bestia podía. Vio a Sophia disparando con el arco, ejecutando a aquellas malditas criaturas con una puntería perfecta. Ya había vaciado un carcaj, le quedaba el otro junto al lado izquierdo de su cintura, pero sus flechas no tardarían en acabársele. Sus ojos recorrieron a grandes rasgos el campo de batalla, apreciando como los soldados de las Yoaeebuii y los Xalthorianos combatían juntos, resistiendo. Sin embargo eran demasiados, las naves de combate eran cada vez menos, y los ejércitos no tardarían en ser diezmados. Quizá no aún, pero en algún punto acabarían por vencerles en número, y entonces solo quedaría esperar el fin.
Como si fuera una silenciosa confirmación del desastre, el cadáver de un Valtoriano cayó desplomado a pocos metros frente a él, con las alas rotas y el cuerpo lleno de proyectiles de las capsulas K'assaries de combate. Dispuesto a morir de pie si era necesario, Agorén se irguió, abandonando el cuerpo inerte de Xyra. Tomó la espada por su empuñadura, la desclavó del suelo lleno de barro, y sin pensar en nada más corrió hacia adelante, para continuar luchando tanto como sus fuerzas le permitiesen.
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