Nostalgia.
Esa es solo una palabra. Lo que yo sentía iba mucho más allá de eso. Solo tenía ganas de dormir y dormir, y no despertar nunca más. Así es, estoy hablando de cuando vivía en la tierra.
A mis trece años, cuando llegué a la escuela para niños superdotados, pensé que sería igual al año anterior cuando intentaron incorporarme a una escuela normal: bully's, gente adinerada que se creía mucho, hormonas etc. Pero fué todo muy diferente. Es cierto que había bullying en muy pequeña escala y los chicos adinerados eran igual de insoportables, pero era todo más soportable y al menos podía ver que había más gente como yo que podía hacer cálculos enormemente grandes sin calculadora y les gustaba investigar y analizar a millón.
Uno de los niños ricos organizó una fiesta de bienvenida. Ese chico era Simon.
—¡Prince! —llamó él desde varios metros detrás de mí.
Mi hermana, Kira y yo íbamos camino hacia una panadería. Ya estábamos algo alejados de la escuela. Él estaba algo sudado y con la respiración agitada. No quiero imaginar cuánto corrió para alcanzarnos.
—¿Sí? —respondió Pink instintivamente.
—Hola, Pink. En realidad vine a buscar a tu hermano.
Yo miraba hacia el suelo hasta que sus zapatos negros escolares atropellaron mi campo de visión. Levanté la cabeza y sus ojos oscuros chocaron con los míos. Él puso sus manos sobre mis hombros y su boca comenzó a hablar con esa voz ronca.
—¿Cómo estás, amigo? —me saludó—. Olvidé decirte que estabas invitado a mi fiesta. Le dije a Pink y Kira, pero tú te fuiste muy rápido. Escribe tu número telefónico aquí —dijo entregándome su celular.
Marqué mi número y lo agregué como "Prince". Le devolví el celular rápidamente.
—Gracias —dijo guardandolo en su bolsillo—. ¡Los veo ahí!
Paró un un taxi con la mano y se subió.
—¡Simon! —lo llamé antes de que el taxi comenzara a moverse, él me miró sorprendido— Gracias a ti.
Él sonrió y se fué.
¿Por qué estoy recordando esto ahora?
***
Al día siguiente de nuestra llegada, todos nos dispusimos a aprender sobre la naturaleza con la ayuda de las ninfas. Azalea nos habló sobre la delicadeza de la vida.
—En este bosque, solo se permite matar a criaturas que sean necesarias para comer, no tomen demasiado, ni maten a los zufarus.
—¿Cómo sabremos que una criatura es un zufarus? —preguntó una chica que llevaba un arco y un carcaj de flechas improvisadas.
—Creeme —respondió Azalea—. Te darás cuenta con solo verlo. Ahora, que comience la cacería.
Después de eso, un grupo armado con lanzas y cuchillos para lanzar se dispuso a marchar hacia los adentros del bosque. Vanessa estaba con Floyd examinando la arquitectura de las torres y buscando restos de tecnología antigua. Nora estaba buscando agua con otro escuadrón y el resto estaban haciendo diversas actividades. Algunos hacían algo muy parecido al yoga, otros habían ido a recibir ayuda espiritual y psicológica de Sauce, otros estaban creando hechizos y otros estaban haciendo lo mismo que yo. Es decir, holgazaneando y observando a los demás.
Centré mi vista en una ninfa que se veía más joven que el resto.
Casi todas las dríades tenían el aspecto de una chica que está saliendo de la pubertad, pero a la que me refiero se veía más bien como una niña de trece años. Me recordaba a mi hermana, pero solo por el cabello. Su cabello estaba completamente hecho de flores color rosa que parecían rizos. El viento hacía volar algunos pétalos y regaba por los aires un olor muy dulce. Llevaba un vestido blanco, sus ojos eran tan rosas como sus flores y su piel era muy pálida y blanquecina. Me acerqué a ella para ver que hacía. Estaba haciendo brazaletes con lo que recogía del suelo: flores, musgo y pequeñas piedritas.
—Hola —dije haciéndola sobresaltar, dando un salto hacia atrás—. Perdón por asustarte, me gusta lo que haces ¿Te molesta si me quedo aquí un rato?
Ella balbuceó algo que no pude oír mirando hacia el suelo, pero, formó una pequeña sonrisa. Así que tomé eso como un sí. Me senté en el suelo junto a ella y comencé a tejer algunos tallos delgados de flores cuellos nombres desconocía.
—Mi nombre es Alek. ¿Y el tuyo...? —volvió a hacer ese balbuceó inaudible—. Perdón, no pude oírte. ¿Lo puedes repetir un poco más alto, por favor?
Al acercarme pude oír un poco mejor.
—Mi... Mi nombre es... Cerezo.
Esta niña era muy callada, balbuceaba mucho y siempre miraba hacia el suelo cuando hablaba en su idioma silencioso. Oh no. Acabo de describir a mi yo de trece años.
Después de hacer un par de brazaletes más, me levanté del sitio algo incómodo por la falta de comunicación que se habría paso entre ambos. Decidí dar un paseo por el bosque, mientras intentaba recordar aquél hechizo de brújula. Luego recordé algo más divertido.
Pensé en volar y, mis alas amarillas y traslúcidas se hicieron ver. Me elevé sobre el bosque para tener una mejor vista. Para mi infortunio, no se veía nada por lo grandes y frondosos que eran los árboles. Pero pude identificar un sitio. El río a ciento cincuenta metros del campamento. Volé hasta ahí y aterricé con cuidado de no estamparme contra el suelo. Habían algunas mujeres y un par de hombres en aquel lugar. El agua se veía tan limpia que casi se me hacía irreal.
Alguien me puso una mano en el hombro.
—¿Te gusta lo que vez? —preguntó la ninfa de piel, cabello y ojos azules a mi lado.
—El agua se ve muy bien —respondí sin más. La examiné de pies a cabeza. En lugar del vestido que había visto en otras ninfas, esta llevaba un traje de baño que parecía hecho con algas de río. Habían otras ninfas parecidas hablando con los adultos que nadaban en el río— ¿Eres una dríade?
—¡No! —contestó riéndose—. Somos náyades, ninfas de agua. Las dríades son ninfas de las plantas. Estamos aquí desde hace más tiempo que las dríades. Pero antes de que lo preguntes, nosotras tampoco conocimos a tus ancestros. Estás ruinas son más viejas que nosotras.
—Pero tú no te vez vieja.
—Gracias, las ninfas normalmente no envejecen físicamente. A pesar de eso nuestro aspecto puede cambiar si nuestra fuerza vital es perjudicada.
—¿Este río es tu fuerza vital? —pregunté instintivamente.
—Precisamente. Por lo mismo no podemos alejarnos de él. Ahora sí me disculpas, debo informarles a mis compañeras de río abajo que compartiremos el agua con humanos. Suelen molestarse si no les contamos esas cosas.
Después de eso, fué como si se hiciera una solo con el agua y no la vi más.
El resto del día fue bastante aburrido.
***
Ya había pasado una semana desde que comenzamos el supuesto safari invernal.
Aprendí a cocinar carne de ciervo, aprendí a cazar y a convertir cualquier material en un arma letal sin necesidad de usar magia. No tengo idea de cuando usaría estos conocimientos pero algún día sería. También hice brazaletes de flores con cerezo todos los días.
Aparte de todo eso, había algo sucediendo en mí. Me estaba cuestionando muchas cosas a mí mismo. Unos días atrás estaba dudando de si seguir con lo de la rebelión, cuando en un principio todo había sido idea mía. El gobierno de la nación de cristal está muy ordenado, pero las acciones y aptitudes de la dictadora Mariah me ponen en duda. Ella parece una mujer de veinte años común y corriente que simplemente hace su trabajo, su apariencia no va acordé a su edad real, se desconoce el año de su nacimiento y hay un vídeo de ella en un mercado de vampiros grabado en el último verano, se comporta de una manera muy amable y le llaman dictadora porque está dispuesta a cambiar las leyes si es necesario. Es justa con los ciudadanos de cristal, pero aún mantiene a raya a los destinados. Como si no quisiera mezclarlos demasiado con los demás humanos. Incluso mantiene a media población de destinados por fuera de la nación durante diciembre. Es como si solo buscara tener a los ciudadanos en su control, incluyendo a los destinados, dándoles los derechos básicos de un ser humano: hogar, comida y trabajo. ¿Pero por qué? ¿Cual es el propósito de mantenernos a raya? Solo le interesa tener el control de todo y no morir. Por eso hace todo lo que hace y es un propósito muy egoísta.
Finalmente llegué a la conclusión de que sí seguiría con lo de la rebelión para bajarla del poder. Pero después quedaría la monarquía cómo el poder absoluto. ¿Era eso algo bueno?
Caminé por toda la ciudad abandonada.
El grupo de cazadores estaba de descanso, por lo que se habían tomado el día para crear nuevos hechizos con la magia del bosque. A pesar de que estaban conscientes de que no funcionarían en la nación de cristal. Habían algunos chicos jugando voleibol con un balón mágico hecho de hojas de árbol.
Yo tuve una idea.
Me elevé en el cielo con mis alas y busqué cierto árbol característico. Volé en un radio de 300 metros hasta que pude verlo bastante lejos de la ciudad abandonada. Finalmente aprendí a aterrizar sin que el calambre en la espalda me tomara desprevenido. Lo busqué con la vista y no lo encontré, así que recurrí a medidas desesperadas.
—¡Sauce! —lo llamé con un grito.
Una figura envuelta en cabellos verdes salió del árbol como si se tratara de un fantasma. Bostezó y comenzó a buscar con la mirada a quién había perturbado su sueño.
—Estoy aquí —le dije haciéndolo volverse hacia mí.
—Ah, hola... ¿No te conozco?
—No. Te ví el día que llegamos todos y dijiste que cualquiera podía venir a buscarte en caso de ayuda psicológica y espiritual.
—Oh, claro. Toca el árbol.
Dudé por un momento, luego simplemente lo hice. Sauce solo hizo un chasquido de dedos y lo siguiente que supe es que estaba en el jardín abstracto. Se sentía igual que cuando entré con el profesor Dimas, pero no estaba ninguna de las flores de mi hermana. Miré a ambos lados hasta que ví un sauce justo a mis flores de la consciencia. Hice lo posible por no pisar ninguna de las flores. Llegué hasta el árbol y lo toqué como si fuera una puerta. Sauce salió flotando del tronco.
—Bienvenido a tu jardín abstracto —dijo con un micrófono flotando frente a él—. Es un lugar que solo existe cuando tú entras a él o cuando duermes.
—Ya he entrado aquí. Alguien me trajo una vez por un problema mágico.
—Dejame adivinar —pidió secamente y el micrófono se desvaneció—. Héctor Dimas.
—Sí. Ahora dime cómo lo supiste.
—Porque yo fuí quien le dió esos poderes a su gato hace unos años. En realidad, ese gato era más confiable que su dueño. Tuve que mentirle diciendo que estás flores eran recuerdos.
—¿No es así? —pregunté disimulando mi asombro.
—No. Los jardines abstractos no están en los cerebros de las personas, están en el espacio abstracto y todo esto es solo una especie de simulación. Aún así no está hecho para destruir lo que hay aquí. Es un sitio de descanso. Ahora cuéntame tu problema.
Comencé a contarle mi vida desde mi nacimiento. Le hablé de la muerte de mi tía, de mi padrastro John, de mi admisión en la escuela para jóvenes superdotados. Le conté acerca de la investigación que hicimos Kira, mi hermana y yo para descubrir todo lo relacionado con mi padre, la empresa que usó la familia Freeman cómo fachada para ocultar sus crímenes, cuando encontramos los diarios, los planos del portal, las piedras preciosas con la energía extraña que pagamos con toneladas de dinero y la construcción del portal con ayuda de la NASA. Luego le hablé de mi llegada al planeta vida y el como los últimos tres meses nos habían afectado a mí y a Pink. Incluyendo a Oliver, lo de la rebelión y todo lo relacionado.
Se sintió como si me quitará un gran peso de encima y el tiempo se fue tan rápido que comencé a sentir hambre.
—Vaya historia. Hace veinte años conocí a una chica de tu planeta.
Me dolió la cabeza de repente haciendo cálculos.
—¿Enserio? ¿Cómo es posible?
—El espejo de los dioses de cristal. Un espejo mágico, te contaré esa historia mañana. Ahora te diré una cosa.
—¿Que?
—Lo más importante es tu felicidad. Ayuda a tu hermana. Ella quiere volver a la tierra y eso es más que evidente, pero no te esfuerces más de lo que deberías. Puede dañarte. No te das cuenta, pero tienes un aura muy agradable. Es densa y pesada para la mayoría de las personas, pero es porque no comprenden de qué estás hecho. Lo más importante para ti en estos momentos es que conserves tu estabilidad.
—¿Cómo se supone que lo haga liderando una rebelión?
—No hace falta que la líderes, para eso está tu hermana. Tú solo se un apoyo para ella sin cargar con tantas responsabilidades. Luego construyan su portal y déjala volver a la tierra a recobrar su propia estabilidad. Ahora toca el sauce para salir de aquí.
Hice lo que me dijo. La oscuridad invadió mis ojos y el olor a bosque mis fosas nasales. Era de noche.
Sauce me puso una mano en el hombro.
—Nos vemos luego, bro. Me caes bien —después de decir eso, se dió la vuelta y entró a su árbol de nuevo.
Volví volando hasta el campamento. Ya mucha gente estaba durmiendo, debía de ser media noche. Entré al sótano en el que estaban mis cosas y pensé que todos estarían dormidos pero...
—¡Por fin llegas! —dijo Vanessa aliviada abrazando una de mis piernas como un koala. Algo que pensé que nunca vería en una chica como ella.
—Pensé que te había comido un lagarto —dijo Floyd haciendo lo mismo que Vanessa con mi otra pierna—. Avisa cuando vayas a desaparecer así.
—Ya íbamos a salir a buscarte —dijo Nora sin moverse de su sitio con las piernas cruzadas.
—¿Que hora es? —inquirí sin poder moverme.
—¡SON LAS CUATRO DE LA MAÑANA! —me gritaron los tres al unísono.
—Lo siento. Mi cita psicológica duró más de lo que pensé. Perdón por preocuparlos —les di palmaditas en la cabeza como si fueran niños. Eso los tranquilizó pero también los hizo molestar.
—Idiota —comentó Vanessa.
—El peor —continuó Nora.
—¿Ya qué? —se rindió Floyd— Nos desvelamos y volviste a salvo.
Vanessa fué a buscar algo en una bolsa de tela y Floyd me tapó los ojos.
—Chicos, no me gustan las sorpresas.
—Esta te va a encantar —dijo Vanessa.
Cuando abrí los ojos miré extrañado el objeto entre las manos de Vanessa.
—¡Feliz cumpleaños! —me dijeron los tres.
Era una esfera del tamaño de una pelota de ping pong, plateada con unas runas mágicas escritas alrededor de toda su estructura. Aún así, no tenía idea de lo que era.
—Gracias, pero... ¿Qué es?
—Una reliquia sagrada —explicó la albina de ojos azules—. La encontramos el día que exploramos. Fueron olvidadas por los cristalences hace siglos, cuando todos hacían magia. Está tan bien conservada que aún debe funcionar.
—¿Y como la activo?
—Eso debes averiguarlo por ti mismo —dijo Floyd—, pero creo que no podrás usarla hasta que tu magia madure.
—Entonces me llevará un tiempo —suspiré—. ¿Crees que pueda decodificar las runas?
—Es cristalés antiguo en escritura runica —advirtió Nora—. Será una tarea casi imposible y muy estresante. Pero, inténtalo.
—En cuatro días volveremos a casa —dijo Floyd—. Espero que no nos encontremos con una catástrofe social. No dejamos las cosas muy bien cuadradas.
Los tres suspiramos. Nora nos miró con rareza.
—Es hora de dormir —dijo sin más.
Al día siguiente estuvimos durmiendo hasta las dos de la tarde y, los siguientes cuatro días fueron increíbles.
Ví un zufarus con mis propios ojos. Parecía un venado común, excepto por lo verde de sus pupilas y la manera en que nos miraba a los demás con tanta superioridad. Emanaba un aura relajada y llena de salvajismo a la vez. Me recordaba a los Téras de la nación de cristal, pero sin tanta violencia y no tan grandes. Aún así, los zufarus tienen una energía muy agradable.
El día que nos fuimos, cerezo me buscó antes de irnos volando.
—Alek —pronunció tartamudeando un poco.
—¿Sí?
—Hice esto para ti por hablarme —dijo mostrando un brazalete distinto a los demás.
Me agaché hasta quedar a su altura. Cerezo era realmente chiquita, su tamaño podía compararse con el de una niña de seis años. Ella puso el brazalete en mi mano izquierda.
—Gracias, te lo agradezco mucho.
Ella sonrió mirando al suelo con algo de vergüenza.
—Este brazalete no se marchita, es mágico. No lo pierdas, es la primera vez que uso mis poderes para algo. Adiós.
Después de eso los demás se despidieron de las ninfas y las ninfas estaban suplicándole a Azael que se quedara. Él les dijo que tenía compromisos en la nación pero que las visitaría en primavera. Luego de que todos ya se habían despedido, despegamos hacia el norte. Olvidamos un detalle muy importante. ¡El frío que hacía! Por suerte llevaba ropa abrigada en mi bolso deportivo. Los Topacieses se quedaron en su ciudad. Floyd y Nora se fué directo a su montaña con los demás Rodonitas. Vanessa y yo volamos junto con el resto a la capital y los que vivían en las ciudades de más al norte siguieron de largo.
No tenía idea de la pesadilla con la que me encontraría.
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