5: Un tratado de paz
Días después…
22 de agosto de 2023.
Monterrey, Nuevo León.
Universidad Autónoma de Nuevo León.
Facultad de Contaduría Pública y Administración.
Era un nuevo día en la ciudad. El clima estaba cálido, pero el cielo estaba nublado, y algunas nubes eran grises. Parecía que estaba a punto de llover.
Había pasado casi una semana desde que Alonso había abusado sexualmente de Mateo, empeorando sus heridas psicológicas.
Mateo estaba en la Universidad de Monterrey, cerca de la biblioteca. Portaba una playera gris de mangas cortas, pantalón de mezclilla negro y un par de zapatos tenis negros, además de su mochila en su espalda.
El chico se encontró con Melissa en la entrada de la biblioteca. Ella portaba una blusa blanca de mangas cortas, pantalón de mezclilla azul, un par de zapatos tenis blancos y su mochila en su espalda.
Ambos empezaron a platicar.
—Hola, Mateo —dijo Melissa sonriendo.
—Hola, Melissa —dijo Mateo triste.
La tristeza de Mateo empezó a preocupar a Melissa.
—¿Te encuentras bien, Mateo? —preguntó Melissa preocupada—. No has venido a la escuela en días.
—No, no lo sé… —dijo Mateo con tristeza.
—Es que todos estamos muy preocupados por ti —dijo Melissa preocupada—. No sabemos qué te habrá pasado para que no vinieras a la universidad en días.
—No, no me pasó nada… —dijo Mateo con tristeza—. Estoy bien. Estoy bien, en serio…
—Mateo... —susurró Melissa.
—Lo siento, me tengo que ir... —susurró Mateo asustado.
Mateo empezó a alejarse de Melissa, quién inútilmente trató de detenerlo.
—¡Mateo…! —susurró ella.
Mateo volteó hacia Melissa.
—¡No puedo seguir aquí, lo siento! —exclamó, se volteó y se alejó de Melissa.
Todo fue en vano. Mateo ya se había ido hacia otro lugar, sin decir a dónde.
De repente, Isabela apareció y se acercó a Melissa para hablar con ella. Portaba una blusa gris de tirantes, pantalón de mezclilla negro, un par de zapatos tenis blancos y su mochila negra en su espalda.
—Está claro que Mateo no está bien… —dijo preocupada—. Yo diría que está mucho peor que nunca.
—¿Por qué lo dices, Isabela? —preguntó Melissa.
—Sólo míralo —dijo Isabela—. Mateo ha cambiado muchísimo desde que Alonso lo tiene cautivo en su mansión.
—Sí, tienes razón… —dijo Melissa.
—Y no es por nada, pero es ahora cuando tenemos que pensar en un plan para liberarlo —dijo Isabela—. No vaya a ser que Alonso llegue a otros extremos y le haga algo peor.
Isabela y Melissa sabían que no podían tolerar las actitudes de Alonso contra Mateo, y deseaban salvar a éste último del tormento en el que vivía.
Por otro lado, Mateo caminó hacia un estacionamiento y se encontró con un auto, un Audi R8 gris de reciente modelo. Alonso estaba adentro, portando un traje negro y zapatos negros.
—Hola, Mateo… —dijo Alonso burlón—. No esperaba verte tan temprano. ¿Te subes?
—¿Qué es lo que quieres, Alonso? —preguntó Mateo molesto—. ¿Cómo te atreves a mirarme a la cara, después de lo que me hiciste hace días?
—Deja de decir tonterías y entra al carro —dijo Alonso ya molesto.
Mateo no vaciló, entró al auto de Alonso y se puso el cinturón de seguridad. Alonso empezó a conducir.
El auto se dirigió hacia la avenida Alfonso Reyes.
—Ya deja de poner esa cara, Mateo —dijo Alonso molesto mientras conducía—. Deberías estar agradecido conmigo, después de que te hice hombre esa noche.
—¿Hacerme hombre? ¡Lo único que hiciste fue destruirme la vida! —exclamó Mateo molesto.
—Parece que no has aprendido nada durante el tiempo que llevas viviendo en mi casa, Mateo —dijo Alonso molesto—. Te dije que sufrirías las consecuencias si me llevabas la contraria, eso no está en discusión.
—¡Te juro que un día de estos, me voy a escapar, Alonso! —gritó Mateo molesto—. ¡Me voy a escapar de tu casa cuando tenga la oportunidad, y nunca más vas a volver a saber de mí!
Alonso soltó una carcajada.
—Sabes que será peor si te atreves a escapar, ¿verdad, Mateo? —dijo burlón—. Bien sabes cómo te voy a castigar si te atreves a escapar.
Mateo decidió tranquilizarse poco a poco, pues sabía que una mala jugada podía traerle graves consecuencias.
—Sí, está bien... —dijo ya tranquilo, pero aún molesto—. Te prometo que no me voy a escapar.
—Ándale, así me gusta —dijo Alonso con una sonrisa malévola—. Sabes que no te va a pasar nada si sigues cooperando como un buen chico. Sigue siendo un buen chico, y no tendrás de qué preocuparte.
—No te vas a salir con la tuya, Alonso. Te lo juro —dijo Mateo molesto.
A partir de este punto, Mateo no dijo ni una sola palabra. Estaba consciente de la maldad de Alonso, y sabía lo que le pasaría si se atrevía a contrariarlo.
***
Más tarde…
Guadalupe, Nuevo León.
Colonia Linda Vista.
Casa de Aquiles.
Aquiles vivía en la misma colonia que Melissa e Isabela (Colonia Linda Vista). Vivía en la calle Vista Sol, en una casa grande y marcada con el número 213.
Estaba en su habitación, sentado en su escritorio y haciendo su tarea. Portaba una playera guinda de mangas cortas, pantalón de mezclilla negro y un par de zapatos tenis blancos.
De repente, alguien tocó el timbre de la casa. Aquiles se levantó del escritorio y salió de su habitación, para acto seguido, caminar hacia la puerta principal de la casa y abrirla. Se indignó al saber que Alonso era quien tocaba el timbre. Él portaba una camisa a cuadros azul de mangas largas, pantalón de vestir negro y un par de zapatos negros.
—¿Qué es lo que quieres, Alonso? —preguntó Aquiles indignado.
—Vamos, no te voy a quitar mucho tiempo —dijo Alonso amablemente.
—Está bien… pasa, siéntete como en casa —dijo Aquiles sarcástico.
Alonso entró a la casa de Aquiles y caminó hacia el sofá beige para sentarse. Aquiles lo confrontó.
—Ya estoy enterado de algo que le hiciste a Mateo, Alonso —dijo molesto.
—Vamos, Aquiles. Yo no le he hecho nada al pequeño —dijo Alonso burlón—. Yo no le hice nada a Mateo, él fue quien me provocó.
—Yo sé que tú abusaste de él —dijo Aquiles furioso—. Estoy enterado de que le destrozaste la inocencia, ¿y ni siquiera te importa que sea menor de edad?
—Vamos, claro que no me importa —dijo Alonso ya molesto—. Si él quería salirse de la casa para entrar a un infierno más grande, él se lo buscó.
—¿Es que no tienes vergüenza? —preguntó Aquiles furioso—. ¿Eres consciente de que le estás destruyendo lentamente la vida a Mateo? ¿No te das cuenta del daño que le estás provocando al privarlo de su libertad de esa forma tan cruel?
Alonso soltó una pequeña carcajada, molestando más a Aquiles.
—Para empezar, Mateo no debió haberse metido conmigo —dijo ya serio, mientras se levantaba del sofá y se acercaba a Aquiles—. Él sabía lo que le iba a pasar si se atrevía a llevarme la contraria, y sin embargo, prefirió sufrir las consecuencias.
—¿Era necesario violarlo? —preguntó Aquiles molesto—. ¿Era necesario que siguieras con tus perversiones como lo hacías en España? ¿Acaso los demás están enterados de lo que le hiciste a otros chicos allá? ¡Sé muy bien lo que has hecho, Alonso! ¿Cómo puedes dormir tranquilo, aún después de todo lo que has hecho?
Alonso empezó a enfurecer en este momento.
—¡Basta, no aguanto más! —gritó furioso—. ¡Más te vale que no se te ocurra decirle a alguien lo que solía hacer en Europa! ¡Ni se te ocurra decir una sola palabra acerca de todo lo que hice allá!
—¿O qué? —preguntó Aquiles ya serio y cruzando los brazos—. ¿Qué me vas a hacer? ¿Vas a matarme? ¡Haz lo que quieras, hijo de puta! ¡No te tengo miedo!
—Más vale que no te atrevas a retarme, Aquiles. Y mucho menos se te vaya a ocurrir intentar ayudar a Mateo —dijo Alonso molesto—. Porque si no, vas a saber de lo que soy capaz. No me va a alcanzar la vida para destruirte a ti y a toda tu miserable familia.
Aquiles quedó sorprendido después de haber escuchado las palabras de Alonso.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó sorprendido—. ¡No te metas con mi familia, infeliz!
—No olvides que tengo a tu familia en mis manos, Aquiles —dijo Alonso ya serio—. Será mejor que no te atrevas a delatarme. Porque si no, tus padres serán quienes sufran las consecuencias. Así que mejor calladito y cooperando.
—¿Cómo es posible que tengas a mi familia en tus manos, imbécil? —preguntó Aquiles molesto y sorprendido ante la fuerte amenaza de Alonso—. ¿Sabes de lo que soy capaz, si te atreves a tocar a un miembro de mi familia?
—Sí, y no te tengo miedo —dijo Alonso burlón—. Pero te voy a hacer sentir lo que es el terror, si te atreves a mencionar algo de lo que hice cuando estaba en Europa. Así que mejor, mantén la boca cerrada si no quieres problemas.
Tras esa seria amenaza, Alonso se alejó de Aquiles y se fue de la casa, para después dirigirse hacia otra parte. Aquiles se quedó solo en la casa, lleno de ira y sin saber qué hacer al respecto.
—Eres un monstruo, Alonso… —susurró molesto.
Sufría de impotencia al no poder hacer nada contra Alonso, mucho menos podía pensar en cómo salvar a Mateo de sus garras.
***
Más tarde…
San Pedro Garza García, Nuevo León.
Casa de Alonso.
Alonso ya estaba en su casa con Mateo. Los dos estaban en la habitación de Mateo, sentados en la cama y platicando como dos personas civilizadas.
—¿Sabes una cosa, Mateo? —preguntó Alonso tranquilamente—. En estos últimos días, no me he portado tan bien contigo. Siento que he sido muy grosero contigo.
—Sí, lo sé… —dijo Mateo tranquilamente—. No te has portado bien conmigo. Yo sólo quería que nos lleváramos bien, que conviviéramos en paz, tranquilamente.
—Así es, Mateo —dijo Alonso amablemente—. Y es por eso que quiero fumar La pipa de la paz, que hagamos las paces.
Mateo no sentía nada malo en el discurso que Alonso le estaba haciendo, por lo que quiso aceptar esa pequeña oferta de paz.
—Sí, está bien… —dijo tranquilamente—. Yo también quiero hacer las paces contigo, y que llevemos una relación cordial.
—Tienes razón, Mateo —dijo Alonso tranquilamente—. Te prometo que de ahora en adelante, todo será mejor, todo va a cambiar entre nosotros.
—Entonces, ¿eso significa que sí podré salir con amigos? Digo, así como lo haría un adolescente normal… —dijo Mateo nervioso.
—Sí, puedes ir con tus amigos, si así lo prefieres —dijo Alonso amablemente—. Hago esto para recompensarte lo mal que me he portado contigo en estos últimos días. Y quiero que veas que no soy tan malo como creerías.
Tras haber escuchado las palabras de Alonso, Mateo empezó a sentirse un poco más tranquilo. Era obvio que estaba pensando que Alonso había cambiado, al menos un poco.
—No tiene caso que sigamos peleando como perros y gatos, Mateo —dijo Alonso amablemente—. Así que hay que empezar a dejar todo lo malo atrás y llevemos una relación cordial. Convivamos como dos personas civilizadas.
—Sí, tienes razón, Alonso… —dijo Mateo tranquilamente.
—Sí. Como sea, voy a bañarme un rato —dijo Alonso amablemente.
Alonso se levantó de la cama y salió de la habitación de Mateo, para dirigirse hacia el baño. Mateo estaba muy tranquilo después de haber escuchado el discurso de Alonso.
—¿Qué está pasando con Alonso…? —preguntó confundido
Simplemente se quedó en su habitación. Abrió su mochila y sacó unos libros y libretas para empezar a hacer su tarea.
***
Esa noche...
Monterrey, Nuevo León.
Estación del metro Y Griega.
Ya era de noche, el cielo estaba ya despejado. Todo se veía tranquilo y en orden.
Ricardo se alejaba de la estación del metro Y Griega, en la avenida Colón. Caminaba hacia su auto, un Ford Figo blanco. Portaba una playera blanca de mangas cortas, pantalón de mezclilla negro y un par de zapatos tenis blancos.
—De verdad que no puedo creer que un lunático tenga secuestrado a mi hermano... —susurró mientras sacaba las llaves de su auto del bolsillo derecho de su pantalón.
Abrió la puerta y entró a su auto. Lo encendió con tal de empezar a manejar.
—Tengo que salvar a mi hermano de ese encierro... —dijo mientras ponía sus manos en el volante—. Por mucho que lo odie, no puedo dejar que Alonso Armendáriz lo mantenga encerrado en su casa. Nadie se lo merece.
Alonso, quien portaba traje y zapatos negros, con corbata azul, estaba caminando hacia la estación del metro. Ricardo al verlo, bajó del auto y se dirigió hacia él para enfrentarlo.
—¿Así que tú eres el que tiene secuestrado a mi hermano, Alonso Armendáriz? —dijo Ricardo molesto.
—Vamos, tú debes ser el hermano de Mateo... —dijo Alonso burlón, mientras veía a Ricardo de reojo.
—Sí, di lo que quieras… —dijo Ricardo molesto, mientras veía de reojo a Alonso.
—Como verás, Ricardo, yo tengo secuestrado a tu hermano. Y no voy a dejarlo ir tan fácilmente —dijo Alonso—. Me gustaría dejarlo ir, pero no puedo hacerlo. Sabes que se perdería por toda la ciudad.
—Vaya, qué cinismo... —dijo Ricardo molesto—. Nunca creí que fueras tan idiota, Alonso.
—Supe que odias a tu hermano, así que decidí llevármelo a mi casa, para que viva conmigo —dijo Alonso tranquilamente—. No sé si te moleste saberlo, pero mi casa le gusta. Y mucho.
—Sí, cómo no... —dijo Ricardo molesto—. Ya sabía yo que mi hermano iba a caer en manos equivocadas. Yo no quiero estar perdiendo el tiempo contigo, así que sé un buen hombre y deja ir a mi hermano.
Alonso se echó a reír.
—¿De qué te ríes, imbécil? —exclamó Ricardo, mientras Alonso dejaba de reír poco a poco.
—No son manos equivocadas, Ricardo —dijo Alonso burlón—. Simplemente te quiero contar que podría dejar ir a tu hermano, pero tienes que cumplir con una cosa.
—¿Qué clase de cosa? —preguntó Ricardo molesto.
Alonso se quedó pensativo por unos segundos.
—Quiero que hagas todo lo posible por conseguir una fuerte suma de dinero —dijo tranquilamente, dejando pasmado a Ricardo.
—¿Una fuerte suma de dinero? —dijo Ricardo sorprendido—. ¡Pero yo no sé de dónde sacar tanto dinero!
—Vamos, sólo te voy a fijar una fianza —dijo Alonso burlón, mientras se preparaba para alejarse de Ricardo—. Nada más y nada menos que 100 mil pesos.
Ricardo palideció horriblemente.
—¿100 mil pesos? ¿Te has vuelto loco? —preguntó sorprendido.
—Vamos, tú ganas buen dinero, eso no te afectará en nada —dijo Alonso mirando de reojo a Ricardo—. Tómate tu tiempo y consígueme ese dinero. Y te aseguro que liberaré a tu hermano, tienes mi palabra. Pero si me acusas con la policía, te devolveré a tu hermano en pedacitos.
Ricardo volvió a palidecer.
—¿Qué cosas dices…? —dijo aterrado.
—O me pagas, o nunca liberaré a tu hermano —dijo Alonso burlón—. 100 mil pesos, tú dirás. Y como ya te lo dije, será mejor que no me acuses, si no quieres que te lo devuelva sin vida. ¿Entendiste?
Después de esas palabras, Alonso se alejó de Ricardo y se fue caminando lejos del lugar. Ricardo se quedó solo, pálido y sin saber qué hacer. Estaba fuertemente impresionado después de haber escuchado las palabras de Alonso, y por la fuerte suma de dinero que tenía que pagar si quería ver a Mateo libre.
—¿100 mil pesos...? —susurró.
Se quedó en el estacionamiento sin saber qué hacer, pero debía actuar antes de que fuera demasiado tarde.
***
Más tarde...
San Pedro Garza García, Nuevo León.
Casa de Alonso.
Tras haber discutido con Ricardo en Monterrey, Alonso volvió a casa. Furioso, caminó hacia la habitación de Mateo y lo encaró. Mateo estaba aterrado al ver la mirada tan atroz de Alonso. Mateo portaba una playera azul de tirantes, short deportivo negro y un par de zapatos tenis blancos.
Alonso empezó a gritar.
—¡Eres un maldito imbécil, Mateo! —gritó Alonso lleno de ira.
—¿Y ahora qué hice? —preguntó Mateo asustado.
—¡Pasa, que alguien más se enteró de que te tengo viviendo aquí! —gritó Alonso lleno de ira—. ¡Y es nada más y nada menos que tu maldito hermano!
—¡No sé cómo se enteró mi hermano, pero te juro que yo no tengo nada que ver en esto! —exclamó Mateo asustado.
Alonso le dio una fuerte cachetada a Mateo, tirándolo a la cama.
—¡Cállate, no quiero seguir escuchando tonterías! —gritó Alonso furioso—. ¡Yo te voy a enseñar a no volver a andar de metiche!
—¡No, no me hagas esto, por favor! —gritó Mateo ya llorando.
Cegado por la ira, Alonso sometió a Mateo contra la cama y empezó a besarlo en el cuello violentamente. Mateo gritaba y lloraba mientras trataba de zafarse de Alonso.
—¡No, suéltame! ¡Suéltame! —gritó Mateo mientras trataba de zafarse de Alonso.
—¡Cállate, imbécil! ¡Cállate! —gritó Alonso mientras seguía besando en el cuello a Mateo—. ¡Y olvídate del maldito tratado de paz que hicimos aquella tarde!
Alonso se bajó el pantalón con todo y calzones, sacó su pene erecto y le bajó el short a Mateo bruscamente, con todo y calzones blancos. Volteó al pobre chico boca abajo, abrió sus nalgas y metió su pene en el ano, provocando que el chico gritara del dolor. Acto seguido, le dio varias embesitdas violentas.
—¡Sácalo, sácalo! —gritó Mateo de dolor.
—¡Que te calles, imbécil! —gritó Alonso mientras le daba violentas embestidas a Mateo—. ¡Tan bien que iba nuestro tratado de paz, y tú te encargas de tirarlo todo a la basura!
Alonso seguía penetrando a Mateo violentamente, provocando que llorara gritara de dolor. Conforme pasaba el tiempo, las embestidas eran mucho más fuertes. Y los gritos de dolor de Mateo eran más fuertes. Mateo sólo imploraba que todo se detuviera. Gritaba y lloraba, pero eso sólo empeoraba la furia de Alonso.
Ese acto sexual duró cinco minutos, hasta que Alonso eyaculó dentro de Mateo. Sacó su pene del ano de Mateo y se volvió a vestir. Hacía como si nada hubiera pasado.
—A partir del próximo lunes, tus putas clases ahora serán en línea —dijo Alonso furioso, mientras se vestía.
Después, se fue de la habitación. Mateo estaba acostado en la cama, y con las sábanas blancas manchadas de sangre. Lloraba y lloraba, horrorizado al saber que Alonso lo había violado por segunda vez.
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