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P8C4. Como golpear el suelo

─Mira, ahí viene.

Fue lo primero que oí al cruzar aquella gran puerta de la sala de abajo. Y lo primero que vi fueron unas luces altas frente a mí, que me deslumbraban y no me dejaban ver lo que había detrás. El negro me hizo avanzar hasta que subimos sobre una especie de tarima de madera, redonda y pequeña, muy baja. Allí las luces quedaban encima de nosotros y ya pude ver el resto de la sala. Era como si estuviéramos en un pequeño escenario, pero aquello no era ningún teatro.

Un bar. Eso parecía aquel "club". Muy bien decorado, con mucha madera, como si fuera un pub irlandés. Pero un simple bar.

Era rectangular y no muy grande. Un corto espacio frente a la tarima y una barra de bar a la izquierda hasta el fondo, con mesas frente a ella. Y en la pared del fondo una pantalla parecida a la de arriba pero mucho más grande, donde me veía yo misma en directo, con el negro a mi lado.

Y frente a mí, un poco a la izquierda, una butaca con el viejo sentado en ella, otra vez inclinado hacia delante y apoyando la barbilla sobre sus manos, que volvían a sujetar el bastón. Y de pie junto a él, y sentado en las mesas... estaba mi público. Bastante gente, hombres y mujeres, todos de mediana edad. Y super bien vestidos, parecía una boda. Todos me miraban fijamente, como estudiándome, callados. Ahora sólo oía una música de fondo muy baja que no podía identificar.

Y yo ya sabía que mucha de esa gente iba a ser algo más que simple público. Pero el efecto de las pastillas ya era fortísimo, y ya no distinguía el miedo del ardor. Cuando el negro empezó a hablar, casi pegué un bote del susto.

─Esta noche les quiero presentar a Alba. Tiene sólo trece años, pero ya habrán visto en el vídeo que...

Y mientras él me presentaba el corazón seguía martilleándome el pecho con fuerza, y me sentía como si estuviera otra vez a punto de saltar, paralizada al borde del vacío. El negro hablaba de una forma culta y segura, como un elegante comercial presentando un nuevo producto en una exposición. Y cuando me hizo la primera pregunta a mí tardé un poco en contestar, pero pronto empecé a recitar con voz tímida todo lo que el viejo me había dicho.

─¿Y lo has hecho alguna vez con un hombre?

─Sólo una vez.

─¿Y cuántos años tenías?

Y me volvió a costar, pero contesté la edad que me había dicho el viejo. Aguantándome el asco y sintiéndome aún más sucia. Y hubo algunos murmullos, pero esa gente me miraba sonriendo, e incluso vi a alguno negar con la cabeza, como si ya supiera que no era verdad y no le importara. Al principio eso me hizo sentirme mejor, pero luego no.

─¿Y cómo fue eso? ¿Te gustó? Explíquelo...

Lo dijo una mujer que se me acercó de pronto, hablando con un marcado acento argentino. Debía rondar los cincuenta y llevaba un vestido muy elegante, azul oscuro, largo hasta los tobillos. El negro se apartó cuando ella vino y no dijo nada. Y yo tampoco. Eso no estaba previsto, el viejo no había llegado tan lejos. Y esa mujer me miraba sonriendo. Enseguida lo vi: Ella sabía muy bien que yo no sabría qué decir.

─Por favor, reina... ─Me dijo ─ Quítate la ropa... me agradaría verte desnuda mientras lo cuentas...

Y era a lo que había venido, pero odié a esa mujer. Profundamente. Miré al negro y él asintió. Ya está... Ufff... Y empecé a quitarme la ropa ante aquellos desconocidos, muy despacio, y aquello sí que no me costaba nada. El sofoco y los latidos del corazón seguían siendo insoportables.

─¡Oye! ¿Por qué no juegas un poco con la Nuria? Me gustaría verlo.

Ése era un hombre que estaba de pie al otro lado. Alto y delgado, con un bigote feísimo. La argentina le miró con cara de rabia y yo sonreí, pensando que podría librarme de contarle a aquella bruja lo que fuera que quisiera oír. Y miré hacia el principio de la barra. Ahí estaba Nuria. El negro había ido hasta su lado y me miraba muy tranquilo, pero ella estaba muy seria. Y la oí decirlo. Fue sólo un susurro, pero la oí perfectamente:

─No pienso ponerme con ella delante de éstos...

Y el negro también lo oyó, pero no dijo nada. Totalmente impasible, volvió otra vez a mi lado.

─Lamentablemente Nuria tiene que atender otros asuntos ahora ─Dijo ─. Pero a la chica podrán hacerle todo lo que quieran.

¡Ostras! ¿Todo lo que...?

─¡Venga! ¡Venga! ¡Que empiece ya! ─Exclamó alguien desde las mesas del fondo.

Y cuando el negro me cogió del brazo y me hizo bajar de la tarima yo le seguí como un robot, notando que me temblaban las piernas. Pero justo al pasar junto a la argentina, ella me miró con malicia. 

─Una última pregunta antes de empezar... ─Dijo. El negro me hizo detenerme y pude ver cómo me miraba ella. Dios... había odio en sus ojos...

─Supondré que de verdad tienes trece añitos. ¿Te vino ya el periodo, reina?

Y ahí todo mi globo explotó ¡Estúpida! ¡¡Estúpida!! ¡¿No habías pensado en eso?!

Miré su sonrisa de odio. ¿Qué le había hecho yo? Y mientras el negro me llevaba hacia aquella gente, doliéndome los latidos del corazón, todo mi ardor convertido en pánico, me sentí ya cayendo al vacío.

Y cuando todo empezó me abandoné, dejando fluir ese vértigo, pensando que la caída no iba a acabar nunca. Y cerré los ojos. Y así, con los ojos cerrados, vino por fin mi primer orgasmo. Aquel orgasmo fue como golpear el suelo después de la caída. Y aquel golpe fue como el pistoletazo de salida, para que aquella gente tan bien vestida empezara a perder su elegancia.





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