—TOMA —AGATHA LE ENTREGÓ su varita a Ron.
El pelirrojo la observó con confusión impregnada en su rostro. Apenas podía conectar el hecho de que Agatha le hubiera entregado su propia varita.
—¿Para qué me la das? —interrogó, extrañado.
—Tortúrame con crucios y después me lanzas un avada —pidió, bajando su mirada al suelo de forma dramática para aceptar su castigo. No podía existir persona más dramática que ella, quizá su padre.
—¡Estás loca! —gritó James.
—Puede ser, pero todos sabemos que nadie le gana a Bellatrix Lestrange en la locura —acotó, arrastrando las palabras como solía hacer su padre. Causaba miedo cuando hablaba así. Podía hacer que sintieras escalofríos y que todos tus pelos se pusieran de punta de tan solo decir una oración.
A Hermione casi se le pone la piel de gallina al escuchar ese nombre e inconscientemente se llevó su mano derecha a su brazo izquierdo. Todos los recuerdos de aquella noche en la que fue torturada pasaron por su mente en cámara lenta. Cerró sus ojos con fuerzas para alejar los recuerdos de su mente. Era demasiado doloroso.
Agatha subió a las escaleras arrastrando a James inconscientemente, ya que el brazalete era lo que ejercía la fuerza necesaria para que no estuviesen separados. Cuando llegó a su habitación cerró la puerta sin dejar pasar a James y se le ocurrió una manera de molestarlo. Casi se podía ver el brillo de maldad cruzar sus ojos grises cuando decidió poner el plan en acción.
En la planta baja, Rose se encontraba fascinada con los brazaletes y lo que podían hacer. Era una magia extraña, pero efectiva y que quería aprender para superarse a sí misma. De algo debía servir ser hija de la bruja más inteligente de su generación, ¿no? Entonces un ruido en seco la sacó de sus pensamientos.
—¿Qué fue eso? —le preguntó a Albus, hundiendo su entrecejo para hacer denotar su confusión.
—Ni idea —respondió Albus encogiendo sus hombros. Volvieron a escuchar el ruido—. Vamos a ver.
Ambos subieron las escaleras con rapidez y vieron que James se golpeaba contra la puerta de la habitación de Agatha. Parecía algo completamente loco porque se alejaba unos centímetros para volver a estrellarse contra la madera. Lo miraron desconcertados, pero al recordar la magia del brazalete se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo.
—Agatha abre la puerta.
La rubia abrió la puerta tratando de contener la risa, aunque era casi inevitable, pues su rostro estaba adornado en una sonrisa de satisfacción. Su manera de molestar a James había funcionado. Lo sabía porque él la estaba matando mil veces con la mirada y tenía un pequeño chichón en la frente.
«Casi parece un rinoceronte», pensó Agatha mordiendo su labio inferior para no reír por su propio pensamiento.
—Te odio —espetó James en un tono amargo.
—El sentimiento es mutuo —aseguró la rubia chasqueando su lengua y enrolló un mechón de su cabello en su dedo índice.
El chico soltó un gruñido y miró hacia otro lado. «Todo esto es su culpa. Si no fuese tan insoportable no estaríamos amarrados ahora mismo», pensó James entrando a la habitación para que el incidente de unos minutos atrás no volviera a ocurrir. Apenas se dirigieron la mirada en todo el transcurso del tiempo.
Los minutos pasaban con lentitud, desesperándolos completamente. Se habían sentado lo más apartados que podían el uno del otro, pero aún era suficiente. En especial cuando Agatha se encontraba comiendo y masticando las chucherías de forma ruidosa solo por hacerlo cabrear.
El cielo se iba poniendo cada vez más oscuro, anunciando la llegada de la noche. Varias aves volaban casi pegadas al suelo, como cuando va a llover, persiguiendo insectos, zigzagueando por los árboles, pastos y flores del jardín.
Agatha escuchó que alguien subía por las escaleras a paso lento como si le cansara subir diez escalones. Una cabeza rojiza se asomó por la puerta llamando la atención de los chicos.
—Hoy hay una fiesta en mi casa por el cumpleaños de Harry, pero debido a su castigo ambos se quedarán aquí, solos —anunció Ginny recalcando la última palabra—. Pórtense bien, ¿quieren? No queremos que lleguemos a una casa en ruinas.
James abrió los ojos con horror, negando repetidas veces con la cabeza. Se puso de pie.
—Por favor no hagas eso mamá, te lo pido —suplicó James, desesperado.
—La decisión está tomada, James —concluyó Ginny, dándole una mirada severa a su hijo y desapareció.
Luego de unos minutos la Madriguera quedó en un completo y profundo silencio. Solo se escuchaba el tic tac del reloj que se encontraba en la sala, acompañado del ulular de Pigwidgeon, la lechuza de Ron, y de Katniss, una lechuza blanca que le regaló Draco a su hija. En el cuarto de Agatha se escuchaba el pasar de las páginas del libro «Hogwarts: Una Historia» y las respiraciones de los chicos. Una más ruidosa que la otra.
La rubia cerró el libro y se dispuso a pararse de la cama. Tomó algo de ropa y caminó hasta el pasillo llevando a James a rastras.
—¿A dónde demonios vas? —Preguntó James, fastidiado con la chica.
—Voy al baño gran genio —respondió con obviedad mientras abría la puerta y la cerraba para que James no entrara.
El chico quedó completamente pegado a la puerta y agradeció en su mente que el baño no fuera tan grande como para sobrepasar la distancia que les habían proporcionado. Definitivamente su tía lo había pensado todo antes de colocarles los brazaletes.
—¿Sabes? —comenzó a decir, haciendo una pausa—. Deberías abrir la puerta así ahorramos agua —mencionó con un tono seductor, aunque estaba claro que se trataba de una broma porque él no se acercaría a Agatha de ese modo ni con una escoba de tres metros.
—Asqueroso —murmuró la chica.
Entonces escuchó el agua correr dentro del baño y James suspiró, sentándose en el suelo para esperar a que Agatha terminara de bañarse. Esperaba que no se le ocurriera tardarse demasiado porque el suelo no era muy cómodo que digamos.
—Maldita sea —susurró James.
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Hermione pasó sus manos por su cabello por enésima vez en la noche viéndose incapaz de disfrutar de la fiesta, pues estaba intranquila y preocupada. Tenía miedo de dejar a su sobrino y a su hija solos. Sabía que ese par juntos eran una gran amenaza para el mundo mágico y no en el buen sentido de la palabra. Nunca se sabía qué estaban tramando y sabía que podían volver a una casa consumida en fuego.
Con un suspiro, se acercó a Ginny, quien bebía tranquilamente una copa de vino y se preguntó cómo hacía para estar tan tranquila.
—Herms ellos estarán bien —aseguró Ginny adivinando sus pensamientos.
No era necesario ser auror para saber que Hermione se solía preocupar más de lo normal.
—¿Tú crees? —Preguntó, insegura y arrugó su nariz en una mueca.
—Estoy segura. Además, hice un hechizo que me avisará si algo malo sucede —sonrió para reconfortarla—. Puedes estar tranquila. Disfruta de la fiesta.
Hermione sonrió sin enseñar sus dientes y miró el cielo. Tenía un presentimiento de que algo iba a pasar. Estaba segura de que algo iba a pasar, pero no sabía que era lo que ocurriría. Solo podía sentir ese mal presentimiento en su pecho que no se iba.
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La Madriguera estaba sumida en la oscuridad y en un profundo silencio. Ambos chicos dormían en la misma habitación, aunque claro está, Agatha en la cama y James en un colchón en el suelo. Estaban ajenos al desastre que comenzaba a hacer aparición con el clima.
Comenzó a tronar y los rayos hicieron acto de presencia. Pocos segundos después unas gruesas gotas de agua empezaron a caer del cielo, golpeando las ventanas con fuerzas y el viento rugía. Una ventisca abrió una de las ventanas y se coló en la habitación. Esto permitió la entrada de una sombra en la habitación.
Agatha se removió en la cama y se quejó por lo bajo. La sombra que entró a la habitación por la ventana rozó su pálida piel y la chica soltó un gemido de dolor. Era como si la hubiesen quemado, pero aun así no se despertaba; no podía. James abrió sus ojos confundido al escuchar la chica quejarse y la observó, todavía soñoliento como para captar lo que estaba sucediendo. El cuerpo de Agatha estaba cubierto por una ligera capa de sudor, se removía cada cinco segundos y se quejaba.
Un poco molesto por ello, se puso de pie, acercándose a la cama y asumió que la chica estaba teniendo una pesadilla.
—Agatha —la llamó lo suficientemente algo como para despertarla. Sin embargo, eso no ocurrió.
Decidió hacer lo que no quería hacer desde el principio: tocarla. La zarandeó un poco, pero al hacerlo pasó algo que no esperaba.
Un torbellino lo haló del estómago como cuando viajaba por medio de aparición, haciendo que todo a su alrededor se volviera borroso. Sintió como su cuerpo cayó y le dolió cuando chocó con algo duro, golpeando su espalda contra el suelo. Quizá sobre una piedra. Ya no se encontraba en la habitación de la Madriguera, sino que parecía estar en una especie de bosque que no pudo reconocer.
Estaba confundido, mareado por la sensación que no pudo reconocer. Escuchó un grito desgarrador y sintió como caía de nuevo. La sensación volvió a invadir su cuerpo.
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El callejón Knockturn se encontraba en tinieblas, luciendo cada vez más vacío, pues no muchas personas se encontraban en ese lado oscuro a tantos años de la guerra. Pocos seguían interesados en esos caminos y creencias. La mayoría se trataba de viejos cascarrabias que no soportaban la forma de gobierno en la que vivían. Otros que visitaban el callejón eran aficionados a los objetos oscuros.
Nadie vio la cabellera rubia platinada cubierta por una capa negra que impedía que las personas le vieran el rostro y lo identificaran. Tenía suficiente luego de los castigos impuestos por el Ministerio que estuvo pagando hasta unos años atrás.
Lucius Malfoy se encontraba de camino a «Borgin y Burkes» por cuarta vez en lo que iba de semana, aún no encontraba lo que estaba buscando. Él sabía que era de la magia más oscura, pero tenía que hacerlo. No iba a parar hasta conseguir lo que quería.
Con parsimonia, entró a la tienda. La campana que se encontraba en el borde del marco de la puerta tintineó anunciando su llegada. Unos segundos después un hombre viejo apareció frente a sus ojos con una sonrisa maliciosa que le repugnó a Lucius.
—Buenas noches, señor Malfoy —lo saludo el dueño.
Lucius desfiguró su rostro en una mueca de asco y quitó su capa, pero mantuvo sus guantes puestos. No sabía qué clase de alimañas habían estado en ese lugar.
—¿Tienes lo que te he pedido? —preguntó, yendo directo al grano. No tenía tiempo que perder.
El dueño asintió, sacando una bolsa de cuero negra y la colocó sobre el mostrador. Lucius sonrió con satisfacción, dejando unos galeones y cogió la bolsa. Después desapareció sin dejar rastro de que alguna vez estuvo allí.
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Astoria resopló por enésima vez en la noche, removiéndose en la cama sin poder dormir. Ya era algo que le pasaba muy seguido desde que Scorpius había empezado su segundo año en Hogwarts. Le atacaban los miedos e inseguridades, los celos que no la dejaban dormir y le robaban el sueño todas las noches. Las voces de los recuerdos de las peleas y discusiones que mantenía casi a diario con su esposo.
Relamió sus labios y volvió a removerse en la cama, acomodándose para quedar frente a frente con su esposo. Draco dormía plácidamente a su lado, se veía tan relajado, parecía un mismo ángel. Instintivamente pasó sus dedos por los mechones de cabello rubio que caían por la frente de él, acariciándolo y admirándolo como si fuera lo más valioso de su vida.
Su pecho se contrajo al pensar que podría perderlo para siempre. Temía que un hombre como Draco siendo tan guapo y elegante la dejara por alguien más. Ella lo amaba, realmente lo amaba, y haría cualquier cosa porque él se quedara por siempre a su lado.
Las dudas e inseguridades volvieron a cruzar su mente.
—Si no eres mío, no serás de nadie —susurró, dejándose llevar por el sentimiento de celos e inseguridad sin saber que eso mismo podría ser lo que la destruyera.
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James abrió los ojos y se dio cuenta de que seguía en la habitación como si nada hubiese pasado. Estaba confundido. Era como si hubiera estado en otro lugar en su mente, pero luego hubiera regresado sin saber cómo ni porqué. Solo estaba consciente de que había dejado de tocar el hombro de Agatha y notó como una sombra se acercaba peligrosamente a ella.
Era parecido a un dementor, solo que era una sombra. No tenía ni huesos, ni nada algo corpóreo. Solo era eso: una sombra. Esta lo miró durante un segundo y volvió a tocar la piel de la chica, que soltó un grito de dolor. James se asustó, pero no se alejó.
Por más que la detestara no la dejaría sola ante ello. No sabía lo que era y resultaba aterrador porque todo estaba oscuro, pero Agatha no estaba consciente y la sombra parecía estarla torturando.
—Agatha, despierta.
La chica abrió los ojos de golpe, sentándose en la cama y vio a la sombra, la cual parecía haber recuperado un poco de consistencia, haciendo algo parecido a una sonrisa y se adhirió al cuerpo de Agatha. La chica gritó de forma desgarradora y quedó inconsciente.
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Hermione se estremeció por el frío que corrió por su espalda dándole una sensación extraña. Un nudo de nervios se posó en su estómago impidiéndole estar tranquila y cuando giró sobre sus talones, chocó con Ginny.
—Ginny, creo que... —la pelirroja la interrumpió.
—Algo malo está pasando —anunció casi sin aire—. Hice el hechizo para que si algo pasaba la piedra de mi pulsera brillara, pero mira ahora.
Señaló su muñeca en donde había una pulsera y en el centro de esta una piedra de color negro.
—¿Negra? —Preguntó Hermione más para ella que para los demás.
—Magia negra. Una magia que ninguno... —la castaña la interrumpió.
—Ninguno de ellos puede hacer, lo sé. Esta es diferente —Ginny frunció el ceño algo confundida—. Probablemente una magia muy antigua. Creo que la última vez que se vio ese tipo de magia fue hace más de quinientos años.
—¿Cómo sabes todo eso con solo mirar el color de la piedra? —Preguntó Ron, quien se encontraba junto a Harry a ambos lados de Ginny.
—¿Ves cómo el color se mueve ligeramente? —Preguntó enseñándoles la piedra. Ellos asintieron—. Es como una niebla, eso significa que es magia muy antigua o que alguna presencia antigua hace que se vea así. Ahora vámonos.
Se tomaron de las manos y aparecieron a unos cuantos metros de la Madriguera. Al escuchar un grito salieron corriendo hasta la puerta. No tenían tiempo que perder.
—¡Alohomora! —exclamó Hermione apuntando la cerradura con su varita.
Rápidamente entraron y subieron las escaleras con las varitas en alto.
En la habitación, James se encontraba desesperado por no saber qué hacer. Quería ayudar a Agatha, pero no sabía cómo o qué hacer. La chica gritaba como si le estuviesen lanzando crucios sin parar y lloraba del dolor. Hacía unos cuantos minutos que había despertado y no de la mejor forma.
—Potter, haz algo —pidió, mejor dicho, suplico en un susurro.
Ya no podía más, dolía demasiado. Si tuviese fuerzas le habría pedido al chico que le lanzara un avada, pero no podía. Estaba demasiado débil como para hablar.
La puerta se abrió dejando ver al Trío de Oro y a Ginny con las varitas en alto.
—Ella viene —anunció Agatha con una voz espeluznante que obviamente no era de ella, sino de la sombra que tomó control de su cuerpo.
Entonces sucedió.
Su cuerpo se elevó un metro del suelo y sintió que le estaban quemando la piel, mientras que la sensación de que miles de cuchillos se enterraban en su cuerpo. Agatha soltó un grito desgarrador y cayó al suelo inconsciente.
La sombra salió del cuerpo de la chica y flotó en el aire. Cuando Hermione la vio inmediatamente supo qué era. Con un movimiento de varita hizo que la sombra desapareciera, aunque solo podía hacer eso. Desaparecerla. No tenía el poder o el conocimiento suficiente como para desintegrarla por completo.
—¡Agatha! —Ginny zarandeó un poco a Agatha, tratando de que la chica recuperara el conocimiento.
Agatha abrió lentamente los ojos y vio que su madre estaba allí. La castaña se acercó a ella y la abrazó. Un nudo se posó en su garganta y tuvo que reprimir las ganas de llorar al ver a su hija de esa forma. Lo disimuló perfectamente.
—¿Estás bien? —Preguntó, preocupada.
—¡Qué pregunta, Herms! —dijo con algo de burla—. Creo que si estuviese bien este idiota no tendría esa cara de preocupado —señaló a James con su mentón y su rostro se contrajo en una mueca de dolor al moverse. Sus músculos dolían como si hubiera hecho demasiado ejercicio y apenas pudiera moverse.
—¿Cómo lo haces? —Preguntó Harry, refiriéndose al humor de la chica. Había sido técnicamente torturada por una sombra y cuando despertó volvió a tener su humor.
—He estado en situaciones peores —aseguró—, aunque ahora no recuerdo ninguna —añadió. En el fondo sí recordaba cuándo estuvo en una situación peor.
—¿Qué era eso? —Preguntó Ron, refiriéndose a la sombra.
—Eso era un Oastori —habló Hermione—. Son una especie de fantasmas, solo que de brujas o magos que fueron demasiado poderosos y vienen en busca de algo o alguien. Mayormente vienen en busca de venganza, ya que casi siempre los han matado injustamente en su pasado —explicó, relamiendo sus labios un poco. Suspiró antes de continuar hablando—. Son peligrosos puesto que, pueden hacer magia negra, por eso fue por lo que la piedra se puso de ese color. Lo que los hace aún más peligrosos es que buscan a su doble para obtener el control de su cuerpo —volteó para ver a su hija—. Agatha tú eres la Doppelgänger de ese Oastori.
—¿Esa merde que por poco me mata era igual que yo es un pasado? —Preguntó Agatha, horrorizada.
—¡Esa boca! —La regañaron al unísono.
—Por favor díganme que eso no es cierto. Ahora jamás me podré librar de esta rubia. —Se quejó James.
—Eran iguales físicamente, no en la personalidad. ¿Acaso ustedes no han leído el libro que dice todo sobre los Doppelgänger? —cuestionó Hermione, con un rastro de indignación en su voz.
—Oh, lo siento por no haber leído un libro, estaba demasiado ocupada tardando de soportar el dolor que no tuve tiempo de leerlo. —Respondió Agatha todavía en voz baja, puesto que no tenía muchas fuerzas. El sarcasmo fue notable en sus palabras.
—Lo siento —formuló Hermione, bajando un poco su mirada.
Todos se pararon y caminaron a la puerta con la excepción de James que ayudó a Agatha a pararse. No era como si tuviera mucha opción, pues tenían los brazaletes que los mantenían unidos.
—Em... Gra...Gr...¡Agh! No puedo decirlo.
Maldijo entre dientes y miró hacia otro lado de la habitación.
—De nada —respondió James encogiendo los hombros—. De todos modos, solo quería dormir sin escucharte gritar.
—Imbécil —masculló Agatha.
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Durante el resto de las vacaciones ninguno se hablaba realmente. Tampoco hubo bromas, venganzas, ni discusiones. Agatha tardó una semana en recuperarse del todo, pues se sentía como si Bellatrix Lestrange la hubiese torturado hasta el cansancio. Ninguno de los presentes tocó el tema de lo que había sucedido aquella noche, ya que había sido algo un poco traumatizante para ellos, en especial para James que todavía podía escuchar los gritos de Agatha cada vez que cerraba los ojos e intentaba dormir.
Ahora mismo se encontraban en la estación King's Cross despidiéndose de sus familiares para irse a Hogwarts. Era el día esperado para Agatha y James, quienes por fin podrían quitarse el brazalete y dar por terminado la tortura.
—Agatha, quiero que tengas cuidado. Por favor si vuelve a suceder lo mismo de aquella noche, busca a James. Él te podrá ayudar —pidió Hermione al despedirse de su hija mayor.
—¿Pedirle ayuda a Potter? —se detuvo cuando vio la mirada reprobatoria de su madre—. Está bien, lo haré —aceptó, en un susurro para que nadie más la escuchara—. ¿No me puedes quitar esta mierda? —señaló su brazalete.
—¡Esa boca! —La regañó.
—Comprende que decirme que no diga palabrotas hace que las diga más rápido —le explicó encogiendo sus hombros—. Por favor quítame el brazalete. No me quiero sentar con Potter, eso es una tortura.
—No te preocupes solo faltan unas horas para que llegues a Hogwarts.
Se despidió con un beso en la mejilla y se alejó de ella dejándola con lo que pensaba que era su peor pesadilla.
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Aclaración: la criatura denominada Oastori, sus características, historia, y poder, son de mi completa autoría. Queda completamente prohibido utilizarla.
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