Capítulo 08
Los dos subieron hasta el último piso de la gran estatua. Katheryn se aferró al brazo de Ethan al ver la altura en la que estaban, pero intentó disfrutar la vista.
-¿Es genial, no?—preguntó él, con una sonrisa.
-¡Estamos hasta arriba!—gritó ella, sonriendo.
-¿Estás segura de qué estarás bien aquí arriba?—la observó detenidamente. —porque podemos bajar, lo sabes.
-¡Estoy bien!—apretó los labios, aferrando más fuerte sus manos en el brazo de él. — ¡Disfruta de la vista!
Ethan la contempló maravillando, Katheryn miraba fijamente toda la estupenda ciudad. Había cambiado tanto, cuando ella aún era mortal, todo era diferente. Solo había unos cuantos rascacielos, pero no tan altos como los que había ahora.
Caminaron y observaron todo a su alrededor. Desde esa altura en la que estaban todo se miraba & las personas que estaban hasta el piso de abajo parecían pequeñas hormigas.
-Que pequeñas se ven las personas, ¿no crees?—preguntó ella, sonriendo mientras señalaba a un grupo de personas bajar del yate para subir.
-Falta un piso más, desde allá se verían más diminutos.
-¿Falta otro?—ella no pudo ocultar el horror en su voz. Ethan sonrió.
-No es verdad, solo bromeaba.
Ella se encogió de hombros para seguir observando la ciudad.
Cuando por fin bajaron a tierra firme, Ethan condujo a Katheryn de nuevo al yate pero había el doble de personas y era imposible subir.
Varios niños lloraban porqué estaban sudando y querían agua, pero todos tenían que esperar su turno para volver a la ciudad.
-Tendremos que esperar. —resopló Katheryn, se sentó sobre una pequeña silla de madera que estaba justo adentro del monumento. La orilla donde estaba el yate estaba lejos de ellos. Ethan se sentó a los pies de ella y recargó su brazo sobre ella.
Una hora y media más tarde, la mayoría ya se había largado. Era el turno de ellos abordar, ya que el sol estaba más fuerte y con solo estar unos minutos expuestos a él, quemaba la piel.
-¡Ahora o nunca!—gritó ella cogiendo la mano de Ethan. Los dos rieron y corrieron a formarse para subir.
Pero de la nada dos personas se adelantaron a ellos, bloqueándoles el ascenso al yate. Era una pareja, ambos llevaban gorros que ocultaban su cabello por completo, solo unas tiras de cabello negro dandole a azul sobresalían sobre sus cuellos.
-¡Nosotros vinimos primero!—exclamó Katheryn, llena de cólera. A su lado de ella, estaba Ethan. Él no dejaba de mirar a la pareja con los ojos desorbitados.
-Déjalos, Kath. —tiró de ella para atrás. —esperaremos otro.
-No, yo quiero irme ahora & unos idiotas no pueden meterse. —Se zafó del agarre de él y se acercó llena de ira hacia aquellas personas. — ¿Se podrían largar? Vinimos antes. —espetó.
La pareja se dio la vuelta y Katheryn los observó, contuvo el aliento por un segundo. Ella jamás había visto esos pares de ojos tan azules en toda su larga vida. Eran terriblemente hermosos, con el buen sentido de la palabra. Sus rasgos eran parecidos a ella y a Ethan.
-Oh, lo sentimos. —respondió la chica, con una voz cantarina. —adelante.
El chico le sonrió de una manera extraña, mientras que sus ojos azules bajaban y subían de su persona.
-Gracias. —espetó Ethan, detrás de ella y la empujó a que siguiera caminando.
Pero antes de subir al yate, Ethan los miró por última vez, y la chica le sonrió.
-Muy pronto, Ethan. —le susurró. Y él por poco tropieza, volvió la mirada a ellos pero ya no estaban.
Llegaron al pequeño Matiz de color vino de Ethan, que seguía estacionado en medio del tedioso tráfico.
-No puedo creer que aún estén los autos aquí, es una barbaridad. —rió ella, y se subieron al auto.
-Te lo dije.
Encendieron el aire acondicionado y esperaron.
-Quiero darme una ducha. —dijo ella, Ethan la miró.
-Son las tres de la tarde, enseguida saldremos de aquí. —apretó las bocinas y cientos de autos más, hicieron lo mismo.
Segundos después, todos avanzaron.
Algunos autos se desviaron a la primera esquina que encontraban para zafarse del tráfico & Ethan hizo lo mismo.
Y por fin pudieron abrir los cristales, dejándose envolver por el fresco aire de septiembre.
Katheryn permaneció visualizando todos los rascacielos, personas y autos. Aquella era su ciudad de nacimiento y estaba profundamente enamorada de Nueva York. Pensaba en tal vez quedarse de por vida ahí.
-Hay un hotel muy confortable cerca, iremos allá.
-Bien...—rebuscó en su bolsa y sacó gran cantidad de dinero. —toma.
-¿Qué es esto?—preguntó él, con el ceño fruncido.
-Dinero.
-Pero, ¿para qué?
-Para pagar mi estancia en el hotel. —le sonrió. Pero Ethan no movió ningún músculo para coger el dinero, sus manos siguieron sobre el volante y sus verdes ojos mirando al frente. —cógelo.
-No es necesario, Katheryn.
-Ethan, será mejor que lo tomes o ya verás. —intentó ponerse seria. Pero Ethan le sonrió y ella le sonrió de vuelta. —no me hagas sonreír, hablo en serio.
-Bien, pues no tomaré tu dinero. —arqueó las cejas.
-El hecho de que los dos estemos conectados con lo de aquel rayo, no significa que tengas que mantenerme. —se cruzó de brazos y él se echó a reír. —no veo lo gracioso en nada.
-No te estoy manteniendo, solo quiero ser cortes.
-No me gusta que las personas paguen cosas por mí.
-No soy cualquier persona.
-¿En serio?—lo desafió, interesada en sus palabras. —Entonces, ¿Qué clase de persona eres?
-Soy Ethan Quin, la persona de la cual estás loca. —las comisuras de sus labios se elevaron con elegancia y ella se ruborizó.
-No es verdad. —sacudió su cabeza. —toma el dinero, lo digo en serio.
-De acuerdo, lo tomaré. —resopló y a regañadientes cogió los billetes y los guardó en el bolsillo. — ¿feliz?
-Sí.
-Harás que me asesinen por ti, pero valdrá la pena. —susurró para sí mismo. Ella miraba a la ventana sin darle importancia a nada.
El hotel era grande, no era necesidad si quiera de estacionar tú mismo el auto. Había personas encargadas para ello. Ethan se adelantó a pedir dos habitaciones, pero juntas. Pero no lo logró, todas estaban ocupadas.
-¿No puede hacer una excepción? Necesito que las habitaciones estén pegadas la una y la otra. —insistió él. —no puede darnos habitaciones en diferentes pisos.
-Las otras que tenemos son de pareja. —respondió la recepcionista, sonriéndole atrevida pero Ethan pareció no darse cuenta.
-¿Qué pasa?—terció Katheryn. La recepcionista dejó de sonreír.
-Las habitaciones que yo quiero están ocupadas. —refunfuñó.
-¿Qué habitaciones hay?—le preguntó a la recepcionista.
-Las habitaciones 399 y 41O, la 399 está en el sexto piso y la 41O está en el séptimo.
-¿Lo ves?—interpuso Ethan, con exasperación. —¡Estaremos lejos!
-Solo por un piso, relájate.
-¡No!
-Queremos las habitaciones. —se apresuró a decir ella con una sonrisa. Ethan le lanzó una mirada fulminante.
-Pero Katheryn…
-Tranquilízate, en cuanto hayan habitaciones juntas tal vez podríamos cambiar, ¿verdad?—le lanzó un guiño a la recepcionista y ella asintió titubeante.
A regañadientes, Katheryn obligó a Ethan a subir a su habitación. Estaban solo a un piso de distancia, y con el ascensor solo estaban distanciados cinco segundos.
Los dos guardaron sus maletas en sus respectivas habitaciones. Sin mencionar que ninguno de los dos tenía cabeza para salir de nuevo.
Katheryn se despojó de su sudorosa ropa y se metió a la regadera sin titubear. La fresca agua la limpió de pies a cabeza, sus mechones plateados se adhirieron a su cuello, espalda y rostro. El shampoo era de calidad al igual que el jabón. Más allá de la regadera había una tina llena de agua y de esencias perfumadas.
Emocionada por aquel servicio, se metió sin dudarlo en la tibia agua de la tina. Presionó un botón y las esencias de olor a rosas y a frutas se dejaron caer sobre el agua, luego una suave espuma la cobijó.
Ese era el paraíso, según Katheryn.
Pero por otro lado, Ethan peleaba con su ropa.
El armario era bastante reducido y toda su ropa estaba regada en el suelo.
Dejó a un lado aquella batalla fallida y se quitó la ropa. Se dedicó a observar toda la habitación y después se metió al baño.
A diferencia de Katheryn, él solo se duchó con la regadera y al cabo de unos minutos, salió rebozando de limpio.
Cogió el teléfono de la habitación y marcó a la habitación 399. Una, dos, tres, nada. Intentó otra vez, uno, dos, tres, nada.
Repitió un par de veces más pero no obtuvo respuesta.
Sacó lo primero de ropa que encontró en el suelo y a tropezones salió al pasillo en dirección al ascensor. Pero se dio cuenta que estaba atiborrado de gente y giró en dirección a las escaleras. Bajó trotando tratando de encontrar la habitación 399, se había pasado de largo pero logró apoyarse en la perilla de la puerta. Se dobló poniendo sus manos sobre sus rodillas para tratar de llevar aire a sus pulmones.
Cuando por fin pudo respirar y hablar, tocó la puerta un par de veces.
Ninguna respuesta.
-¿Katheryn?—preguntó, elevando el temor en su voz.
De pronto, la puerta se abrió y el rostro de Katheryn contraído por la perplejidad se asomó, su cuerpo estaba envuelto con una toalla.
-¿Qué ocurre?—frunció el ceño.—estaba tomando un baño de burbujas.
-Lo siento, solo quería decirte que si querías… ir a cenar en la noche.—el alivio en su voz lo revelaba. Estaba actuando como un loco.
-¿Por qué no llamaste al teléfono de la habitación?
-Lo hice y no respondiste, por eso estoy aquí.—embozó una sonrisa. Ella se ruborizó.
-Al parecer te diste una ducha rápida. —elevó una ceja.
-¿Qué te hace pensar eso?
-No llevas zapatos. —Le señaló sus pies desnudos y sus cabellos goteaban sobre su playera.—en un par de horas nos vemos. Quiero descansar, Ethan.
Ethan estaba actuando extraño desde que habían regresado de la estatua de la libertad. Hacer todo un alboroto para invitarla a cenar no era normal. ¿Pero, qué era normal ahora?
Había descubierto que Ethan era como ella. Era guapo, inmortal, y que le había alcanzado un rayo. Era algo aterrador pero excitante.
Pasaron las horas, eran exactamente las ocho de la noche y los dos estaban tratando de ponerse alguna ropa decente, pero al final escogieron ropas cómodas.
Ethan llegó justo a las ocho con quince, Katheryn aún seguía peleando con sus vestidos que casi nunca usaba, pero por fin encontró uno cómodo y para la ocasión.
-¿Ya estás lista?—oyó la voz de Ethan del otro lado de la puerta.
-En un segundo.—gimió alterada. No encontraba su cepillo de dientes.—puedes pasar, está abierto.
La puerta se abrió y él entró sin decir nada, mientras que Katheryn se cepillaba furiosamente los dientes procurando no perder tanto tiempo.
-Haz ordenado la habitación, que bien.—le oyó decir Ethan desde el pequeño recibidor de la habitación.—la mía está desordenada, mi ropa no cabe en el armario.
-Trajiste maletas que pesan más de una tonelada, ¿Qué esperabas?—salió del baño, intentando sujetarse el cabello rebelde con una liga.
-Ese vestido te queda bien.—sus ojos la barrieron de arriba abajo. Sonrió complacido.
Katheryn se aventuró a sonreírle coquetamente, pero estaba segura de que estaba siendo ridícula pero aun así no dejó de sonreírle. Ethan le devolvió el gesto, con sinceridad.
Ella no entendía que iba a suceder entre ellos después del viaje, ¿Qué pasaría cuando regresaran a su departamento? ¿Seguirían hablándose igual que siempre? ¿O se mirarían un par de veces con vergüenza? Pero eso no lo sabía y no estaba dispuesta a mantener esa frustrante idea en su mente durante todo el viaje.
Acataría lo que el destino quisiera sobre ella.
Por fin, Ethan logró persuadirla para salir de una vez por todas del hotel. Katheryn estaba sonrojada por qué pensaba que el vestido que andaba era estúpido y nada atractivo.
La pulsera que él le había regalado, la guardó en su maleta para no perderla.
Ethan la llevó por las calles transitadas de Nueva York, las luces radiantes de los rascacielos iluminaba el rostro de ella al mirar por la ventana. Y tampoco tenía la más mínima idea de a donde se dirigían. Y tuvo que morderse los labios para no preguntarle, pero después de todo no pudo resistir la curiosidad.
-¿A dónde vamos?
-A cenar.
-Sí, eso lo sé. Pero, ¿A dónde?
-A un restaurante, ¿O piensas que cenaremos en el auto?—apartó los ojos de enfrente para sonreírle.—era broma.
Katheryn rodó los ojos exasperada.
-Iremos a un restaurante acogedor, solo puedo decirte eso.—dijo, su rostro se puso serio. Y ella se lamentó por ser tan idiota con él. Ethan solo quería bromear con ella pero justamente eso era lo que ella odiaba. Las bromas o los comentarios sarcásticos.
-Odio las bromas y los sarcasmos, lo siento por ser tan imbécil.—susurró.
-¿Qué?
-Lo has oído.
-Lo he oído pero tenía la esperanza de que retiraras lo dicho.—apretó el volante con fuerza.—no eres imbécil, discúlpame a mí por querer bromear, no sucederá de nuevo.
-¿Estás enfadado?—frunció el ceño, él la miró con sus hermosos ojos verdes esmeralda.
-No, ¿Por qué debería de estarlo? Solo estamos hablando.—elevó las comisuras de sus labios hacia un lado.—¿Tú lo estás?
-No, claro que no.
Ni una palabra más salió de los labios de Ethan y tampoco de los de Katheryn.
El silencio revuelto con el sonido de las llantas y bocinas de los autos que pasaban junto a ellos, era ensordecedor.
-Bien, hemos llegado. —había aparcado dentro de un estacionamiento privado. Hasta ese entonces Katheryn se percató que Ethan iba vestido aún más elegante que siempre y lucía más guapo que de costumbre.
-Espera. —Jadeó ella, sosteniendo el brazo de Ethan con fuerza.—¿Qué clase de restaurant es este?
-¿Eso importa?—arqueó las cejas, incrédulo.
-Sí, importa.
-Es un restaurant normal. —Rodó los ojos, sus mechones dorados se alborotaron cuando sacudió la cabeza.—hay gente común y ya. No hay nada de diferente a ningún otro que hayas ido.
Katheryn lo soltó a regañadientes. Su vestido no daba la talla suficiente para entrar en aquel restaurant tan elegante. Ahogó un grito de desosiego al entrar en la estancia del lujoso lugar.
Personas vestidas con una elegancia elevada estaba sentadas en las mesas, conversando con naturalidad. Ethan podía mezclarse entre ellos sin ningún problema, pero ella no.
-Deberíamos de regresar, Ethan.—susurró.
-Tonterías.
Tiró de su mano de ella y se aproximaron a una mesa. Para suerte de Katheryn, ninguna persona levantó la mirada cuando ellos atravesaron el vestíbulo para sentarse.
Llegó un mesero de edad madura a ofrecerles la carta del menú. Ethan pidió algo que ella ni si quiera sabía que existía y se vio obligada a pedir lo mismo.
Mientras esperaban, Katheryn tenía deseos de escabullirse e huir. En cambió Ethan, estaba relajado y con una brillante sonrisa en su rostro.
-¿Qué tanto piensas, florecilla?
-Pienso en qué no debo estar aquí.—espetó.
-¿Por qué no?
-Por qué no encajo aquí. —rodó los ojos.—mírame, Ethan. Mi ropa no es la adecuada para cenar aquí.
-Oye, hemos vivido por más de un jodido siglo, somos mayores que estas personas, ¿Y eso te preocupa?—arqueó las cejas. —somos superiores a estas personas, Katheryn. Entiende.
-Tu eres superior a todos, hasta de mí. —titubeó, avergonzada. Él era demasiado para ella.
-¿De ti? ¿De qué hablas?—arrastró la fina y elegante silla hacia ella, pasó su brazo por encima de sus hombros de Katheryn.
-¿A dónde va todo esto, Ethan? ¿Qué quieres de mí?—lo miró a los ojos, recelosa. —entiendo que somos parecidos en todo, pero… ¿Por qué estás conmigo?
-Por qué me gustas, ya te lo he dicho más de una vez—sus labios se convirtieron en una fina línea recta.
-¿Estás seguro que solo por eso, Ethan? ¿No por otra cosa?
Por solo unos segundos, lo vio vacilar antes de responder.
-Estoy seguro. —mintió.
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