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5

La noche anterior, Maxwell durmió como un rey. Dicho sea de paso, durmió mejor de lo que había dormido en muchísimos meses.

Salió del club casi media hora después de Abby, llegó a su casa y le envió un mensaje para avisarle que había llegado bien, además de desearle buenas noches. También estuvo a punto de escribirle que agradecía su compañía, que le había encantado charlar con ella y tener la posibilidad de conocerla mejor, pero descartó rápidamente esa idea. Maxwell no era un tipo cursi, nunca lo había sido y no cedería ante ello como un adolescente. Ella le respondió casi diez minutos después, diciéndole que ya estaba por acostarse. También le dijo que había pasado genial, le agradeció una vez más por haberla defendido de su tonto editor, y que estaba encantada por haberlo podido conocer. Maxwell entonces sonrió, se dio cuenta de que lo que él no había escrito por considerar demasiado cursi, ya lo había hecho ella. Entonces, con una sonrisa de oreja a oreja, se quitó el traje y se dejó caer encima de la cama.

Para cuando despertó a la mañana siguiente, lo primero que hizo fue revisar su teléfono celular. No tenía mensaje de Abby, seguramente estaba durmiendo la mona, o quizá consideraba que era demasiado pronto para escribirse a diario, por lo que el también se abstuvo de escribir. Ya habría tiempo para eso, y además, no quería hacerse ilusiones falsas, confundiendo simpatía con coqueteo. Lo que sí no podía faltar, obviamente, eran varios mensajes de Kevin. Una versión de Kevin super preocupada por el bombazo de anoche, mensajes como "Max, llámame cuando puedas", o cosas como "De verdad, no puedo creer que vas a abandonar la carrera luego de este libro, espero que lo estuvieras diciendo de broma, porque sería un crimen desperdiciar tu talento así como así" y demás tonterías. Simples adulaciones, pensó, mientras deslizaba los mensajes a un lado para ignorarlos. Palabrerío barato y nada más.

Durante los dos días siguientes escribió mucho más de lo que tenía pensado. No sabía si era por la motivación y el alivio de saber que luego de ese libro ya no escribiría más, o porque al fin tenía la mente despejada. En cualquier caso, disfrutaba de aquello, y casi que ni siquiera tenía que detenerse para corregir nada. Se tomaba sus tiempos de escritura y sus tiempos de descanso, para mirar alguna película o incluso comprar algo de comida chatarra, como pizzas recalentadas o hamburguesas al paso. Con respecto al alcohol, casi que ni bebía. Era duro, no iba a mentirse, pero al menos lo intentaba. En su lugar, se había aprovisionado de varios packs de bebida energizante Red Bull.

Tan absorto se hallaba en su nueva rutina, que fue el propio Joe, por mensaje de texto, que le hizo acuerdo acerca del cumpleaños de Rita. Maxwell acababa de despertarse hacía no más de quince minutos, y apenas había encendido la cafetera cuando vio el mensaje. Tenía dos, en realidad. Uno de Abby, para reunirse en el parque Winstone el lunes al atardecer. El otro era de Joe.

—Oh, mierda, no he comprado un puto regalo... —murmuró.

Le confirmó a Abby la cita, y se dispuso a desayunar lo más rápido posible, para tener tiempo de ir a una tienda de bazar antes de que se le hiciera tarde. Sabía que con la buena de Rita no había problema alguno, pero odiaba ser invitado a un lugar y caer con las manos vacías. Para colmo de males, era domingo, y los domingos todas las tiendas cerraban después del mediodía, al menos en la zona más céntrica. Debía apurarse si quería conseguir algo decente.

Bebió su café rápido, no se preparó un sándwich como de costumbre, ya compraría algo por ahí, se dijo. Se cepilló los dientes, se vistió con sus clásicos pantalones negros de jean, una camiseta de manga larga, un suéter de lanilla y su chaqueta de motorista, la cual comenzaba a presentar algunas peladuras en el cuero, cerca de los hombros y la parte baja de la espalda. Por si acaso, se enrolló una bufanda gris de punto, el ultimo regalo de Elizabeth, alrededor de su cuello. Según el parte meteorológico de la noche anterior, comenzaría a estar más fresco de lo habitual, y no quería pillar un catarro.

En cuanto tuvo todo listo, llaves del coche, de la casa y la billetera en el bolsillo, salió al patio y cerró la puerta tras de sí. Efectivamente, la nube de vapor que salía por los orificios de su nariz le indicaba que aquel día iba a estar más frío de lo común. De todas formas, a Maxwell no le disgustaba. Podría quedarse hasta tarde de la noche en uno de sus planes favoritos: encender la estufa a leña, recostarse en el sillón envuelto en sus mantas de lana tejida, y hacer una maratón de películas hasta que se durmiera. Sonrió, pensando en esto último, mientras caminaba hacia el coche, con cuidado de no resbalarse por los restos de nieve. Sonreía por estar imaginando ese plan junto a Abby. Era una locura, le parecía sumamente extraño estar pensando en aquello con una chica que acababa de conocer hacía no mucho tiempo. Pero al mismo tiempo le causaba cierta diversión, y además, tampoco era que pudiera contenerse mucho. Abby era una mujer que irradiaba calidez y buenas vibras, todo en ella era digno de generar cierta ternura, y no había dejado de pensar ni un instante en su sonrisa mientras charlaban, en la forma en que lo miraban aquellos ojos color ámbar y en lo sonrosadas de sus mejillas.

Controlando la línea de sus pensamientos, negó con la cabeza al mismo tiempo que intentaba disimular la sonrisa, como si sintiera vergüenza de ello o temiera que alguien lo descubriera en aquel momento, y subió al coche del lado del conductor. Encendió el motor y la calefacción, junto al desempañante de los cristales, y en cuanto el motor ya había entibiado lo suficiente, giró en U por la calle hasta enfilar el camino hacia la avenida principal. No tardó demasiado en llegar a la zona más céntrica de Detroit, apenas veinte minutos, ya que por lo general no había demasiado tráfico a esas horas. Toda la gente estaba en sus trabajos, aprovechando que había menos concurrencia de personas, se dirigió directamente a la ubicación del centro comercial más cercano, en la avenida Wesmile. Allí dejó el coche en un estacionamiento reservado, apagó el motor y bajó del mismo, recogiendo el ticket al pasar por la salida.

El centro comercial no era un lugar de agrado para Maxwell. Ese tumulto de gente yendo y viniendo, mirando las vidrieras de las tiendas como si la vida les dependiera de ello, eran cosas que le crispaban los nervios. Sin embargo, aquel día había gente, es cierto, pero muy poca. Aquello lo puso de muy buen humor, y con las manos en los bolsillos de su chaqueta, se dedicó a recorrer a paso lento por todos los pasillos del primer piso, ya luego recorrería el segundo. Aún no sabía qué era lo que buscaba, o que le regalaría a Rita, pero seguro que le encontraría algo sencillo. La esposa de Joe no era una mujer codiciosa, eso lo sabía bien.

En la primera planta no encontró nada adecuado. En su mayoría solo había tiendas de lencería, musicales, productos gaming y telefonía celular. Tomó las escaleras mecánicas, subió al segundo piso, y comenzó a recorrer de nuevo. En una tienda de ropa casual, encontró un estilo de ropa que seguro le podría gustar, así que entró un instante para mirar los precios, la calidad de la tela, y casi enseguida se acercó a él una vendedora. Maxwell optó por elegir una chalina de tul y un suéter en tono beige, con bordado a mano. Pagó todo con efectivo, ya que hasta no cobrar las próximas regalías de su más reciente libro, su tarjeta de crédito estaba en cero, y luego se dirigió a las escaleras, para bajar al primer piso y buscar la salida.

Entró al parking, subió a su coche luego de guardar las bolsas en el asiento trasero, y entonces deslizó el Citröen suavemente hasta la barrera de salida, no sin antes presentar el ticket en el lector del código de barras. El camino de regreso lo hizo sin música, solo prestando atención a la carretera y al hecho de que por primera vez en su vida, su cerebro estaba completamente adormecido, envuelto en la rutina del día a día sin pensar en nada más. Y aquello le gustaba bastante. 


*****


Ni bien llegó a su casa, lo primero que hizo fue dejar las bolsas encima de uno de los sillones, quitarse la chaqueta y subir las escaleras rumbo a su habitación, para darse una ducha. Obviamente, antes de ello revisó el teléfono celular por si tenía mensaje de Abby, pero no había nada. Kevin continuaba insistiendo con dos llamadas perdidas, al carajo, pensó. En su dormitorio, se desnudó y luego se metió al baño, directo a la ducha con el agua lo más caliente posible. La muda de ropa que tenía puesta estaba limpia, la había vestido solo aquella mañana y no estaba mal, por lo que podría usarla de nuevo. Permaneció bajo la ducha más tiempo del necesario, con las manos en la nuca y los ojos cerrados, apreciando el agua que le golpeaba el rostro. Cuando sintió que ya comenzaba a enfriarse, cerró los grifos y se secó.

Al terminar de vestirse se roció un poco de desodorante por encima, de forma descuidada, y luego bajó las escaleras de dos en dos, volviendo a tomar las llaves de la casa y la bolsa de la ropa que había comprado. Podría ir en coche, pero por dos calles y media no valía la pena, y además, le apetecía caminar. ¿Cuándo había sido la última vez que salió a caminar como rutina de ejercicio? Se preguntó. Quizá diez o doce años, puede que incluso más. Negó con la cabeza en silencioso gesto, a la par que sonreía. Todavía no era muy tarde para retomar aquella costumbre de caminata, se dijo, incluso hasta podría serle de utilidad para pensar nuevas ideas en la trama de su libro.

Cerró la puerta con llave y metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta, emprendió el camino calle abajo, rumbo a la casa de Joe. El frio del aire le hacía doler el tabique de la nariz, pero no le importaba, era una sensación agradable, y aunque había un resplandor tenue de sol, lo cierto era que la nieve de los arboles ni siquiera comenzaba a derretirse. Le encantaba el barrio cuando estaba coloreado por esos matices, como si una postal de otoño se hubiera colado en el clima del invierno para el deleite de personas simples como él. Por el camino, también se encontró con algunas personas que conocía, y que se alegraron de verle, asombrados por ver a Maxwell fuera de su casa: Richard Munniel, el repartidor del periódico semanal; Betty Winston, la anciana viuda del rancho de la esquina con techo a dos aguas; Patrick Casey, el mecánico donde siempre le llevaba el coche cuando había que reparar algo; y Judith Towers, una vecina que le caía bien, pero que sospechaba algún tipo de atracción hacía él. Judith no era mala, pero no era su tipo, y además, lo que menos quería hacer era involucrarse en la vida de una mujer soltera con cuatro hijos de diferentes padres.

La casa de Joe era pequeña pero acogedora. El techo estaba cubierto de tejas rojas, aunque no se veía su color ya que las cubría la nieve. Las ventanas tenían postigos de madera, que habían sido barnizados el verano anterior, y el patio tenía el césped corto, prolijamente bordeado donde el suelo de layota comenzaba a marcar el sendero hasta el pequeño portoncito de madera. La casa daba todo el aspecto de una residencia inglesa de clase media, y bien sabía que todo eso era gracias a Rita. A Joe le importaba tres cominos el hecho de mantener y cuidar un jardín. Se acercó a la puerta, llamó tres veces con los nudillos y esperó. Desde adentro, le llegaba el suave murmullo de conversaciones y risas, que se interrumpieron en cuanto sintieron la puerta. Al poco, Joe mismo fue quien le abrió.

—¡Eh, que tal amigo! —Le saludó, con un abrazo. Maxwell sonrió mientras se lo retribuía, palmeándole un hombro.

—¿He llegado en hora? —bromeó.

—Siempre a tiempo —Joe se hizo a un lado para que Maxwell entrara al living—. Adelante, pasa. Debes estar congelándote.

Sentados alrededor de la mesa, se hallaba Rita con sus familiares. Si bien no era tan mayor, llevaba puesto el clásico vestido hasta las rodillas que toda señora de avanzada edad vestía, de forma incondicional. Aún tenía vestigios del color castaño de su pelo natural, pero las plateadas canas ya comenzaban a ganarle terreno. Estaba acompañada por dos mujeres, una que no parecía tener más de dieciocho o veinte años y la otra de quizá unos veinticinco cuando mucho. Al lado de estas chicas, también había un hombre, de aproximadamente la edad del propio Maxwell. Por supuesto, los conocía a todos. Las jovencitas eran sus sobrinas, Patty y Helena. El hombre era su hermano y padre de las chicas, pero hacía por lo menos diez años o más que no los veía. Hasta donde Maxwell sabía, había acontecido una pelea familiar por la cual todos se habían distanciado, y si estaban sentados allí, era porque habían podido solucionarla o al menos eso quería pensar. Se alegraba por Rita, de corazón. Hacía mucho tiempo que no la veía sonreír de aquella forma.

—¡Max, que alegría verte! —saludó ella, al verlo junto a Joe. Entonces se puso de pie y salió a su encuentro, para darle un beso en cada mejilla y un abrazo.

—Feliz cumpleaños, querida Rita. Cincuenta tacos eh, ahora vamos a por los otros cincuenta —Le sonrió. Entonces le extendió la bolsa—. Esto es para ti.

—Ah, no tenías que haberte molestado.

—Olvídalo, espero que sea de tu agrado.

Rita sacó la chalina y el suéter, extendiéndolos frente a sí, maravillada. Entonces, luego de admirar las prendas de ropa por unos breves segundos, volvió a abrazarlo.

—Están bellísimas, me encantan —Volvió a meter todo dentro, y le extendió la bolsa a Joe, quien la llevó hasta su dormitorio—. ¡Siéntate con nosotros, ponte cómodo! He preparado pastel de manzana, y en el refrigerador hay algunas cervezas y sidra, enseguida le digo a Joe que traiga algo de beber.

—Hola, ¿cómo están? —saludó Maxwell, ofreciendo la mano. Primero saludó al hombre, luego a las chicas.

—Todo en orden, no valía la pena perder más tiempo en tonterías intrafamiliares. Los años pasan, los rencores quedan, y las oportunidades se pierden. No tiene ningún tipo de sentido.

Rita entonces miró a su hermano con nostalgia dolorosa, y asintió con la cabeza.

—Fueron tiempos duros, pero gracias a Dios, Vernon es un hombre diferente.

—Bueno, es un excelente motivo para brindar doble, entonces —consintió Maxwell.

Como si sus palabras lo hubieran llamado, en aquel preciso instante Joe aparecía de nuevo en el living. Al verlo, Rita le señaló a la cocina.

—Querido, ¿podrías traer un par de cervezas?

—Enseguida.

Maxwell sonrió, hacia varios días que no tomaba una gota de alcohol, y se alegró porque en su mente no apareciera la imagen de Daniel mirándolo con reproche. Al menos era un avance, se dijo. Joe volvió de la cocina un momento después, con un pack de seis latas de cerveza, que depositó encima de la mesa y abriendo el empaque, le dio una a cada uno. El único ruido que se sintió a coro, después, fue el de las propias latas al abrirlas, con un chasquido. Entonces extendieron los brazos al centro de la mesa, y se miraron entre sí.

—Por Rita, y sus cincuenta —declaró Joe, y todos brindaron al unísono. Silencio después, mientras bebían, y al final, fue la propia Rita quien sacó de nuevo un tema de conversación.

—¿Qué tal van tus cosas, Max? Hacía mucho tiempo que no venías a visitarme. Parece que quieres más a Joe que a mí.

—Como para no hacerlo, si cada vez que nos juntamos a charlar lo único que hace es hablarme de ti y de como lo maltratas —bromeó, con una sonrisa. En su defensa, Joe levantó las manos como si no tuviera nada que ver, en silencioso gesto. Luego Maxwell continuó—. Aún recuerdo que si no fuera por mí, ustedes nunca hubieran comenzado a hablarse.

Rita miró a Joe un instante, con ojos soñadores. Entonces le tomó una mano por encima de la mesa, y se rio.

—Lo recuerdo, último año de la universidad. Estaba cansada de esperarlo, si hubiera demorado una semana más en invitarme a salir, creo que me hubiera casado con Fred.

Joe la miró con sorpresa.

—¿Fred Milawee? Anda, no me jodas...

—Tuve que literalmente empujarte encima de ella, por aquel entonces eras más tonto que una piedra —dijo Maxwell, conteniendo la risa. Joe puso los ojos en blanco.

—En aquella época tú solamente tenías chochos y tetas metidas en la cabeza, todo el tiempo —Le recriminó, y luego miró a las jóvenes sentadas frente a él, señalándolas con el índice—. Ustedes hagan de cuenta que no han oído nada de esto, ¿estamos? —Ambas se miraron entre ellas y asintieron con una sonrisa divertida por el sarcasmo de sus palabras, como si no fueran ya suficientemente grandes para escuchar esos temas. —Yo, por el contrario, era mucho más caballero, y tenía la mente ocupada en otras cosas. Cosas mucho más sanas.

—Ya, como el equipo de futbol, el cual hacía cinco campeonatos no ganaban una mierda —dijo Rita, mirándolo de forma socarrona.

—Siempre te decía que Rita te miraba mucho cuando nos cruzábamos en la cafetería, o en los pasillos. Incluso hasta averigüé con sus amigas si realmente tú le gustabas, tuve que pagar precios muy altos por esa información —comentó Maxwell.

Al nombrar aquello, Rita comenzó a reír a carcajadas.

—Tuviste que darle un beso a Natasha.

—Bendito Dios y la virgen, ese aliento no me lo olvidaré nunca en la vida, era como estar besando a un perro —Maxwell cerró los ojos y sacudió la cabeza de lado a lado, como si acabara de tragar un jarabe espantoso.

—Está bien, ya paren con los chismes —comentó Joe, asintiendo con la cabeza de forma resignada—. Quizá era un poco más lento que los otros chicos, lo reconozco. ¡Pero al menos era un buen tipo!

—Aún lo eres, amigo —Maxwell le guiñó un ojo, levantando su lata de cerveza en silencioso brindis.

—Bueno, aún no me has contado, ¿cómo van tus cosas? ¿Qué estás escribiendo ahora? —Le preguntó Rita, mirándolo interesada. Maxwell se encogió de hombros levemente.

—Bueno, no contaré toda la trama porque no quiero horrorizar a nadie, o que me crean un puto demente. Pero es una nueva historia de terror, aunque voy avanzando a los tumbos. Este último tiempo he luchado contra un bloqueo de escritura terrible.

—Doy fe de eso —opinó Joe.

—De todas maneras, será mi último trabajo.

Al escuchar aquello, Rita lo miró con cierta congoja.

—¿En verdad? ¿Y eso por qué? —preguntó.

—Estoy cansado de escribir, quiero dedicarme a mí, a pasar tiempo conmigo mismo, salir por ahí, qué sé yo.

—Bueno, eso es cierto, apenas sales de tu casa más que para hacer las compras. ¿Y sabes qué? Me parece una decisión acertada. Ya has pasado por demasiadas cosas como para no cambiar de rumbo, Max —Rita asintió con la cabeza mientras decía esto último, y Maxwell a su vez también. Aunque no lo había dicho explícitamente, entendía por lo que se refería con aquella frase. Habían conocido a Elizabeth, y también habían sido testigos judiciales del divorcio.

—Ojalá mi editor pensara lo mismo que tú, Rita. Está hecho un loco desde que le comenté esto.

—Bah, mándalo a la mierda. La vida es demasiado corta como para privarte de hacer lo que quieras —opinó Vernon, el hermano de Rita.

—Y yo que tú, trataría de apurarme, Max. Los años pasan volando, y cuanto antes puedas jubilarte, tanto mejor. Si lo haces a buen tiempo, podrías comenzar a ir a algunos clubes musicales, respirar un poco de aire nocturno, y bailar un poco. ¿Quién sabe? Tal vez termines encontrando una chica que te acompañe en tu soledad —añadió Joe, con una sonrisa pícara. Maxwell se rio al escuchar esto.

—Bueno, podría decirse que ando en algo así.

Joe y Rita se miraron con los ojos grandes, luego volvieron a observarlo a él.

—¿En serio? —preguntó ella.

—En serio. Se llama Abigaíl, pero le gusta que le digan Abby. Un encanto de chica, y muy bonita, además.

—Vaya, esto es increíble, Max —dijo Joe, sonriendo—. Cuéntanos más.

—La conocí ayer, en una reunión de editores y escritores en el club Grand Ritz. Iba caminando por uno de los pasillos cuando la vi, ella charlaba con un tipo, aunque el no me generó confianza. Estaba encima de ella, parecía como si la estuviera acosando de alguna forma, ¿saben? Así que me acerqué e hice lo que toda persona de bien haría en mi lugar, preguntar si todo estaba en orden. El tipo estaba muy borracho, se lo tomó a mal, y hubo una pelea. Ni siquiera sé si decirle pelea, lo dejé despatarrado encima de un sillón con un solo golpe.

—Oh, sí. La damisela en apuros, ese es el estilo de Maxwell Lewis, por un carajo —Joe rio y luego bebió un sorbo de cerveza. Iba a decir algo más, pero Rita le palmeó los brazos con insistencia para que se callara.

—¿Y entonces que pasó? —preguntó, ansiosa por saber más.

—Bueno, le pregunté si estaba bien, ella me dijo que sí, me dio las gracias por haberla ayudado y nos pusimos a charlar. Es escritora, un poco amateur, pero escritora al fin. Nos fuimos al patio, a conversar y respirar aire fresco. Le presté mi chaqueta para que se abrigara, y la hora se nos pasó volando. Cuando se fue, me dio un beso en la mejilla y su número de teléfono. Desde ese entonces nos escribimos alguna que otra vez en el día, y mañana iremos a tomar un café, para continuar charlando.

—Vaya, que maravilla lo que cuentas, Max —Los ojos celestes de Rita chispeaban de la alegría y la ilusión, quizá recordando épocas pasadas donde el amor era joven, febril y lleno de romance—. ¿Y tú que tal te sientes con todo esto?

—Bueno, me siento muy bien, a decir verdad. Hacía muchísimo tiempo que no esperaba un mensaje de texto de alguna fémina, no te voy a mentir —dijo Max—. Abby parece ser una excelente persona, y me gusta. Creo que yo a ella también.

—¡Oh, sí! —exclamó Joe, rascándose la poblada y canosa barba. —¡El temible escritor de terror Maxwell Lewis ha caído victima en los embrujos del amor por segunda vez, vaya ironías más graciosas nos pone Dios en el camino! —Entonces levantó su cerveza y se puso de pie. —¡A brindar, para que sea mucho mejor que la tonta Elizabeth!

Maxwell fue el primero en levantar su lata de cerveza, y asentir mirando fijamente a Joe.

—Eso espero, mi amigo. Eso espero... —comentó.

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