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3

Tarde por la noche, mientras lejos de allí Maxwell y Abby dormían a pierna suelta, el hospital se hallaba en el más completo silencio. Dentro del mismo solo quedaban los pacientes, quienes en su mayoría dormían tranquilamente por sus propios medios, algunos sedados, otros pocos inconscientes, y los médicos en turno de guardia, junto con las enfermeras. Siempre se quedaban un promedio de veinticinco o treinta especialistas, por si aparecía alguna emergencia, y casi el mismo número de enfermeras. En los pasillos perfectamente iluminados no había nadie, tampoco en las habitaciones de los pacientes. Los monitores y aparatos electrónicos hacían lo suyo, si alguien se descompensaba o tocaba al timbre de enfermería, entonces un médico revisaba que todo estuviera en orden con el paciente, y todo seguía su curso normal.

Randall, sin embargo, se sentía como si se hubiera fragmentado en diez millones de pedazos luego de caer en un agujero negro. A decir verdad, nunca se había sentido de aquella manera tan dolorosa y extraña. No estaba despierto, pero tampoco inconsciente. Oscilaba entre un estado de percepción de la realidad bastante disminuido, y la inconsciencia absoluta, además que la cabeza le dolía como los mil demonios. No podía moverse, y aunque lo hiciera, seguramente el hecho de girar el cuello le haría estallar en un grito de dolor, obviamente, si pudiera emitir una palabra. La única percepción que tenía de sí mismo era que para él, su cabeza parecía un globo de helio, demasiado hinchado y febril, que reventaría en cualquier momento. Estaba mal, lo sabía, podía sentirlo dentro de sí mismo. Veía destellos de colores en los pocos segundos que abría los ojos, como si sus pupilas o nervios ópticos funcionaran de forma defectuosa, y también tenía un montón de sueños confusos, como si su mente fuera una fosa séptica completamente desbordada, derramando cada momento de su vida, bueno y malo. Lo único que recordaba, al menos de aquel día y de forma completamente borrosa, era que su padre había venido a visitarlo. Al principio lo confundió con él, con aquel ser con la forma de su padre que lejos estaba de serlo realmente, y su instinto le hizo sentir miedo. Luego le escuchó la voz, le hizo preguntas, y aún impactado por lo que había visto, intentó decirle lo más importante que pudo.

En el silencio, Randall escuchó un paso, más que un paso en realidad sonaba como si algo pesado y blando cayera al suelo. Su cerebro dañado le hizo ver, en la marea negra y amorfa de su semi inconsciencia, un paquete de harina cayendo y desparramándose en algún sitio. Luego otro golpe sordo, esta vez mucho más cerca. Hizo un esfuerzo e intentó abrir los ojos, y aunque el cuarto se hallaba en penumbras, lo cierto era que las pantallas de los monitores cardiográficos daban la iluminación suficiente como para poder ver las siluetas a su alrededor. Le costó unos pocos segundos enfocar la vista, vio manchas negras en sus ojos, producto del derrame de sangre en el cerebro y los vasos sanguíneos de la arteria oftálmica. Y entonces, al fin lo vio.

La silueta de su padre asomaba desde la pared opuesta a la cama, atravesándola, avanzando poco a poco, y el ruido que escuchaba no era otra cosa que sus zapatones en el lustrado suelo blanco. Al principio tardó algunos segundos en reaccionar, pero cuando lo hizo, los monitores cardiográficos se alteraron cuando entró en pánico absoluto. Sin moverse, sus ojos saltaron hacia los costados de la camilla, buscando el botón para llamar a enfermería. Sin embargo, no se lo habían acercado porque ningún médico consideraba que fuera a despertar de su letargo casi comatoso. La sensación que le invadió, en cuanto volvió a mirar aquella cosa con forma a su padre, fue atroz. No podía moverse, no podía gritar, ni hablar, mucho menos pedír ayuda aporreando el timbre de la enfermería aunque sea con los dedos. Era como estar prisionero dentro de su propio cuerpo, casi claustrofóbico.

El olor fétido a podredumbre y muerte fue lo primero que sintió, y era tan penetrante que aún respirando el oxígeno limpio que le suministraba la sonda traqueal, lo percibía a la perfección. El tulpa terminó de asomar por la pared, y caminó lentamente hacia él, mirándolo con aquel rostro carente de expresiones humanas. Randall lo miró, sin poder evitarlo y quizá como instinto animal, por el borde del ojo derecho se le resbaló una lágrima, la cual se deslizó hasta el cartílago de su oído y cayó reposando en la almohada.

La criatura entonces levantó una mano, y sin ningún tipo de remordimiento ni cuidado tomó el tubo de la sonda traqueal y se la quitó, tirando hacia arriba. Randall hizo un sonido gutural con la garganta, casi flemático, como si se ahogara. Por dentro, sentía como el caño de goma se deslizaba por las profundidades de su garganta, haciéndole raspar y casi provocándole el vómito, hasta que finalmente lo extrajo todo. Al principio, el pánico no le permitió darse cuenta de la falta de oxígeno, hasta que con horror, comenzó a sentir como le ardían los pulmones, empezando a ahogarse.

Para asegurarse de su muerte —tal como le había ordenado su creadora—, tomó con una mano una de las dos almohadas de la camilla, y la retiró sin cuidado. Los monitores cardiográficos pitaban insistentemente, y aunque cayó en algo blando, cuando la cabeza de Randall se dejó caer encima de la almohada baja cerró los ojos por el dolor tan inconmensurablemente atroz que sintió, como si un rayo hubiera caído directo del cielo golpeándole en el medio del cerebro, quemando todo su sistema nervioso de forma instantánea.

Luego de eso, negrura absoluta. Su rostro fue cubierto por la almohada y dos potentes manos hicieron presión sobre ella. Randall no se movió, tampoco gimoteó ni emitió algún sonido. Lo único que se sacudieron fueron sus dedos unos breves instantes, hasta que por fin, el dolor y el ahogo cesaron. El último sentido que se pierde al morir, según los científicos, es el oído. Y justamente lo último que pudo escuchar fueron los monitores pitando, cada vez más y más lejanos, hasta que la oscuridad le invadió, y los restos de su conciencia se perdieron en un vacío absoluto, sin dolor, emociones ni sensaciones. Solo calma, quietud, oscuridad y frío, mientras se veía a sí mismo desde un rincón del techo, hasta desaparecer en el infinito. El tulpa entonces le quitó la almohada de la cara, dejándola caer al suelo, y lo miró durante unos instantes apreciando su gesto de horror y desespero, con la boca y los ojos abiertos.

Solo en aquel momento se giró sobre sus pies, y avanzando hacia la pared, se desvaneció.


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