Rhett apretó con más ahínco el filo del cuchillo contra el delicado cuello de cisne de su víctima, retando con esa mirada enloquecida a cualquiera que se acercara.
Axel fue el primero en levantar las manos, para tranquilizarlo. Estaba acorralado y alterado y si algo le había enseñado la experiencia era que eso nunca era una buena señal.
Los demás lo seguían a él, así que no suponían una amenaza tan inminente. Aunque a Jacqueline no debían perderla de vista. Estaba al lado de su hermano, armada con un cuchillo idéntico al que él sostenía y parecía tan demente como él.
—Suéltala, Rhett. Todo ha terminado, lo sabemos todo. Tenemos las pruebas que nos has hecho llegar. Todas las iglesias y catedrales están ardiendo, en las noticias no se habla de otra cosa. Así que, por favor, deja que Emma se vaya —le habló con mucha calma, tratando de hacerlo deponer su actitud agresiva.
—Ella es inocente, no tiene nada que ver en esto —lo secundó Dalia, codo con codo con Axel. Allá donde iba uno, el otro lo seguía.
Rhett ladeó la cabeza como si estuviera interesado en calibrar si decía la verdad.
—¿Qué estarías dispuesto a hacer para que la liberemos? —tanteó, escaneándolo con esas pupilas vacías.
Axel avanzó unos pasos hacia él y abrió los brazos en cruz.
—Cualquier cosa. ¿Me quieres a mí? Entonces tómame a mí, sacrifícame, ábreme en canal para vengar a tu amigo Siloh si quieres. Solo déjala vivir —suplicó y Emma sollozó, porque Axel Wood; el subinspector con fama de ser un sabueso, un hueso duro de roer y un camorrista de cuidado, nunca jamás suplicaba. Pero lo estaba haciendo allí y ahora, por ella.
—¡Axel, no! —Dalia trató de detenerlo, a sabiendas de que si se entregaba ya no habría vuelta atrás.
Tenía que haber otro modo de salvar a Emma.
Los efectivos ya estarían a punto de llegar por aire, solo era cuestión de tiempo.
Pero Axel se giró hacia ella, firme e inquebrantable como una roca y repuso:
—Dalia, mantente al margen.
—No lo hagáis por favor, por mí no —suplicó Emma, que jamás podría vivir con el remordimiento de conciencia si a alguno de los dos le sucedía algo por intentar salvarla.
Si estaba en aquella situación era por su culpa, por haberse dejado engañar por Rhett. Jamás se lo perdonaría.
—Emma, daríamos la vida por ti. Eres nuestra hija, no importa lo que diga la sangre —aseguró Axel, provocando que se le saltaran las lágrimas.
Entonces, a una señal de Dalia, Angela Cox –a la que le habían encargado a sus compañeros traer con ellos para ver si conseguían ablandar a los mellizos- avanzó, sorteando a los efectivos, hasta hacerse visible para hablarles, con la voz entrecortada por el llanto.
—Vosotros tampoco sois mi sangre, pero os quiero como si yo misma os hubiera parido. Os conozco, no queréis hacer esto, así que os ruego que soltéis a esa pobre chica y os entreguéis. Todavía no es demasiado tarde —rogó, rezando para que recapacitaran.
Jacqueline, que no se había movido de al lado de su hermano para cubrirlo mientras él seguía presionando el filo del cuchillo contra la garganta de Emma, pareció ligeramente conmovida.
Sin embargo, Rhett permaneció impasible y con una mueca cínica en el rostro, antes de enfrentarla, dejando salir toda la rabia contenida.
—No, Angela, no es así. Creíste que nos conocías, pero nunca fue así. Nos encargamos de eso, de ser esos hijos perfectos que siempre soñaste. Fingimos, porque si hubieras sabido la verdad no nos habrías querido. Ni siquiera tenías idea de nada de lo que pasaba frente a tus narices —espetó, con amargura. —De lo contario, nos habrías desechado como a basura, como hizo tu marido. Como hicieron todos. Menos él; fue el único que nos abrió los ojos.
Se refería a Siloh.
La señora Cox negaba frenéticamente, con el rostro arrasado por las lágrimas. Kevin le puso una mano en el hombro, para consolarla.
—No, eso no es verdad. Yo os habría ayudado. Lamento que el trabajo me haya tenido tan ausente, siento mucho que tengáis este concepto de mí y sobre todo haberos decepcionado, porque os merecíais algo mucho mejor. Pero podemos arreglarlo, ¿verdad? ¿Me daríais otra oportunidad? —imploró, con la voz rota.
Jacqueline tragó y miró a su hermano, claramente en busca de ayuda. Era obvio quién estaba al mando.
Él se quedó escrutando en silencio a su madre adoptiva durante unos segundos que les parecieron una eternidad, pero enseguida torció el gesto y sonrió, con malicia. Sus ojos parecían los del mismo diablo y Angela sintió escalofríos al mirarlo. Aquel no era el hijo que ella había criado con todo el amor de su corazón.
—Estás mintiendo, sabes perfectamente que no habrá otra oportunidad para nosotros —apostilló, para acto seguido encogerse de hombros. —Pero no importa, no te culpes. En realidad está bien, la muerte es algo que llevamos anhelando demasiado tiempo.
—La cuestión es, ¿nos llevamos a Emma con nosotros o la dejamos vivir? —canturreó Jacqueline, quien ya había superado sus dudas y se mostraba de nuevo resuelta.
—Dejadla marchar, por favor —intervino entonces Dalia, dispuesta a arrodillarse si hacía falta con tal de que liberaran a la chica que quería como a una hija.
Pero Rhett tenía la mirada desenfocada y una expresión enloquecida. A aquellas alturas, solo quería hacer el mayor daño posible antes de morir.
Así que Axel comprendió que tenía que intervenir y solo había una cosa que podría funcionar para aplacarlo: un intercambio.
—¿Quieres un sacrificio, Rhett? Sientes que alguien tiene que pagar por la mierda que tuvisteis que vivir, lo entiendo. —Se acercó muy despacio para no alterarlo todavía más. Estaba tan frenético que temblaba de furia y a consecuencia, Emma gimió cuando le hizo un pequeño corte con el cuchillo en la piel tierna del cuello. Axel apretó los dientes y continuó persuadiéndolo. — Te lo he ofrecido antes y me reitero: me cambio por ella. Yo encerré a Siloh, por mi culpa murieron muchas chicas inocentes, porque no lo trinqué antes. Así que venga, estoy aquí.
—¡Axel, no lo hagas! —chilló la chica, mientras un hilo de sangre manaba de su herida.
—Cállate —siseó Jacqueline, agazapada como una pantera junto a su hermano y lista para saltar si alguien intentaba algo.
—¡Que bajen todas las armas o la mato! —bramó él.
La señora Cox tuvo una crisis nerviosa y Kevin tuvo que apartarla de la escena, con delicadeza.
Axel levantó las manos para calmarlos a los dos y Dalia y el resto lo imitaron, pues sabían que hasta que no los vieran desarmados a todos no soltarían a Emma.
Lo peor vendría después.
—Está bien, deja la pistola en el suelo y acércate muy despacio —le ordenó y él obedeció sin rechistar. —¡Vosotros también! —rugió, con ojos salvajes.
Axel asintió, haciéndoles ver que asumía la responsabilidad, así que todos dejaron sus armas en el suelo.
—Ya está, ¿lo ves? Tranquilo, ahora suéltala —le pidió, manteniendo las manos en alto.
Rhett y Jacqueline se miraron.
Todos sus seguidores estaban o bien muertos o heridos o los habían detenido. No les quedaba nada que perder, así que esbozaron una sonrisa espeluznante y asintieron, hablando en un lenguaje que solo ellos entendían.
—Muy bien —accedió él, bajando el arma y empujando a Emma hasta Dalia con tanta brusquedad que ambas cayeron al suelo.
De ese modo, su camino quedó despejado frente al subinspector. Y todavía empuñaba el cuchillo, con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.
Su mirada diabólica y enajenada estaba fija en él, desprendiendo pura maldad.
Y fue como una revelación; Axel supo entonces que así era como estaba destinado a ser desde un principio.
Sus pesadillas.
Los problemas con el alcohol y el insomnio.
Los remordimientos de conciencia por no haber podido salvar a su hermano y por poner en peligro a Emma, por no poder cuidarla como ella se merecía.
Nunca sería el padre que necesitaba porque no sabía cómo ser uno.
No había podido salvar a su hermano, pero la salvaría a ella y también a Dalia.
Lo entendió todo con claridad meridiana; él tenía que morir para que ellas vivieran.
Rhett cargó hacia delante soltando un rugido animal y levantó el puñal con un frenesí homicida, rasgando su carne sin piedad. Hasta en tres ocasiones.
—¡¡Nooo!! ¡AXEL! —se desgañitó Emma.
Gracias a su rapidez de reflejos, pudo apartarse y evitar que lo alcanzara en el corazón, que era su objetivo. Pero lo hirió en un hombro, en la espalda y el costado.
Y entonces...
Una detonación ensordecedora.
Axel tirado en el suelo, sangrando a causa de las puñaladas.
Rhett y Jacqueline –a quien había perdido de vista, pero que había tratado de atacar a Emma mientras ella colapsaba al ver la violenta escena- estaban tendidos sobre un charco de su propia sangre, con las manos entrelazadas y sendas sonrisas de triunfo en sus enloquecidos ojos sin vida después de que Dalia y Michael se vieran obligados a dispararles hasta conseguir abatirlos.
No perdieron tiempo y corrieron junto a él, agachándose para socorrerlo y comprobar sus constantes vitales.
Estaba perdiendo mucha sangre y el pulso era débil, pero aguantaría. Tenía que aguantar.
—Os quiero...a las dos...y os he salvado. Solo por eso ya puedo morir en paz —farfulló, tosiendo y gruñendo por el dolor atroz que sentía.
—No vas a morir, ¿me has oído? Por encima de mi cadáver, Axel Wood —le recriminó Dalia, con tono que no admitía réplica.
Pero le estaba haciendo presión en las heridas y a pesar de las lágrimas, el cansancio y la suciedad, luchaba por no desmoronarse. Porque sabía que si lo perdía ella tampoco podría seguir viviendo. Y se negaba a que tuvieran un final tan injusto. No cuando acababan de aniquilar a los monstruos.
A pesar de que las fuerzas se le acababan, Axel sonrió al verlas a las dos allí con él, luchando por mantenerlo con vida.
La escena era un auténtico caos.
Luego, no supo exactamente cuánto tiempo había pasado, pero le pareció oír un aviso de radio que alertaba de que los refuerzos aéreos ya estaban a punto de llegar.
Lo demás lo recordaría borroso más tarde.
...
Axel despertó de sopetón y lo primero que se encontró al abrir los ojos fue una luz cegadora sobre él.
Empezó a renegar entre dientes y entonces, al ir enfocando la vista se percató de que era una enfermera, que lo estaba examinando.
—Sus constantes vitales están bien y parece que va respondiendo. No obstante, permanecerá en observación estos días —oyó que le decía a alguien más, que se encontraba allí también, con él.
En una habitación blanca con olor a antiséptico.
Comprobó así que estaba en el hospital y los recuerdos de lo sucedido en el pantano le fueron llegando a ráfagas.
Rhett presionando un cuchillo contra la garganta de Emma.
La desesperación y la culpabilidad en los ojos de la chica.
Las negociaciones infructuosas.
Él cambiándose por ella.
La hoja afilada cortando su carne.
Los ojos maníacos de Rhett.
Los gritos de Dalia y Emma.
Disparos.
Los mellizos muertos.
Oscuridad.
Y silencio... por fin el silencio en su cabeza.
—Eh, ¿cómo te sientes? —la voz dulce de Dalia fue como música para sus oídos, a pesar del timbre consternado que se apreciaba en su tono. Estaba muy preocupada por él, igual que una Emma que lo miraba con los ojos abiertos de par en par, aprensiva.
Se obligó a sonreír para tranquilizarlas.
—Os dije que era duro de pelar —soltó, jocoso. Sin embargo, era verdad; lo peor ya había pasado, por fortuna.
—Te das cuenta de que Marjorie estuvo en lo cierto con su predicción, ¿no? Y mi sueño... ha sido un milagro que no te desangraras por el camino —constató Dalia, estremeciéndose a causa de un escalofrío antes de inclinarse con mucho cuidado para depositar un tierno beso en la frente de Axel.
—Será que tengo algún ángel de la guarda —trató de restarle importancia, aunque en el fondo sabía que tenía razón. Empezaba a asumir que, después de todo, había cosas que escapaban a la razón.
—No vuelvas a darnos un susto como este nunca más —intervino entonces Emma, secándose las lágrimas con gesto acongojado.
Tomo su pálida mano entre las de él y asintió, con una media sonrisa.
—Está bien, pequeña, pero cuando te digamos que se acabó lo de la investigación amateur haznos caso, ¿vale?
Muy a su pesar, sus palabras le arrancaron una débil risa a la chica, que asintió, solemne.
—Lo prometo y siento mucho lo que ha pasado —se disculpó, compungida.
Sin embargo, ni Axel ni Dalia pensaban permitir que siguiera cargando con unos remordimientos de conciencia que no le correspondían. No cuando solo había intentado hacer lo correcto.
Se había equivocado, sí, pero no por eso debía machacarse.
—No digas eso, no ha sido culpa tuya. Rhett y Jacqueline estaban trastornados por todo lo que les pasó... lo siento por su madre, que está destrozada —replicó Axel, apiadándose de la señora Cox. Había perdido a dos hijos de la peor manera posible y el golpe emocional era tremendo.
—Sí, pobre mujer —coincidió Dalia, deseando de veras que con el tiempo pudiera superarlo. Pero no iba a ser fácil.
Entre las dos ayudaron a Axel a ponerse más cómodo y Dalia le sirvió un poco de agua en un vaso, que él bebió, agradecido. Sentía la garganta tan áspera y reseca que parecía que había ingerido cristales astillados.
—¿Habéis soltado a Edmund? —le preguntó a Dalia, cayendo en cuenta entonces de que realmente había dicho la verdad y era inocente. Dalia asintió y él se quedó conforme.
—¿Edmund? —quiso saber Emma, extrañada.
—Es una larga historia cariño, ya te pondremos al día —le prometió Dalia, a lo que la joven asintió, pues tenían mucho de lo que hablar. Pero eso podía esperar; lo importante era que estaban juntos los tres.
Sin embargo, había llegado el momento de abordar otro tema, por mucho corte que le diera.
—Vale. Ah, otra cosa...hay algo que tengo que contaros —introdujo el tema de forma sutil, pues Axel estaba convaleciente y sabía que había una gran posibilidad de que se alterara con lo que estaba a punto de decir.
—¿De qué se trata? —inquirió, suspicaz.
Haciendo de tripas corazón, Emma compartió una mirada cómplice con Dalia –que ya estaba al tanto de todo- y se dirigió hacia la puerta, abriéndola para darle paso a un Paul visiblemente nervioso.
—Puedes pasar —le indicó, dedicándole una sonrisa tranquilizadora.
Este se alisó la arrugada camiseta. Se había pasado toda la mañana en el hospital con Isa, a quien le habían dado puntos por una brecha en la cabeza que, por fortuna, no revestía gravedad, y sabía que su atuendo no era el mejor para causar una buena impresión, pero aun así se esforzó.
—Paul —Axel pronunció su nombre con cierta sorpresa al reparar en él y sus ojos sagaces lo escanearon de pies a cabeza, atando cabos.
—Axel, digo, señor Wood...me alegra verlo consciente. Quiero decir, que espero que se recupere pronto —farfulló, maldiciendo para sí por lo mucho que le imponía aquel hombre.
—Ajá, esa es la idea. Gracias —terció, algo cortante. —¿Y bien, Emma? —añadió, dirigiéndose a la joven que se retorcía las manos, un tanto inquieta.
—Sí, eh...Paul y yo estamos juntos. Queremos intentarlo y, bueno, a ver qué pasa. No quería ocultaros nada, así que por eso le he pedido que viniera —explicó y con cada palabra que pronunciaba iba adquiriendo más y más seguridad.
No iba a mentir; al principio pensó que inconscientemente su corazón lo estaba utilizando como parche para suplir el vacío que le había dejado Carlos, pero enseguida se dio cuenta de que nada más lejos de la realidad. Se había enamorado de él por quién era.
Y tras una conversación en la que se había sincerado con Paul como con ningún chico antes, quedó claro que él lo entendía y que la correspondía plenamente.
Por tanto, la decisión estaba tomada.
—Claro, bien hecho, Emma. Hacéis muy buena pareja. —Dalia salió en su ayuda, guiñándole un ojo con disimulo y añadiendo —: Paul, bienvenido a la familia.
—Gracias, señora...digo Dalia —se corrigió rápidamente él y la inspectora asintió con aprobación.
Axel, sin embargo, había permanecido con una expresión ilegible que lo hizo tragar saliva cuando se aclaró la garganta y le preguntó, con voz fuerte y clara:
—¿Estás fuera de los Blood?
—Todavía no, pero quiero salir, y sé que lo haré —garantizó, sin un ápice de duda en el rostro.
Iba tan en serio que incluso se había sincerado con sus hermanos, quienes de primeras –como era de esperarse- pusieron el grito en el cielo. Sin embargo, acabaron aceptándolo porque vieron que realmente se había enamorado y lo querían tanto que estaban dispuestos a respetar su decisión, aunque no les gustara.
—¿Sabes lo que les hacen a quienes intentan dejar la colonia? —aventuró entonces Axel, calibrándolo.
Paul asintió, muy serio.
—Yo mismo he tenido que participar en las palizas a los desertores. No me importa, prefiero morir antes que seguir allí dentro —sentenció.
—No digas eso...—lo reprendió Emma, que no quería ni pensarlo siquiera. Si le pasaba algo, no podría soportarlo. No después de todo lo que había vivido.
—Todo saldrá bien, tranquila. Isa, Miguel y Diego me han dicho que harán lo que puedan para evitarme lo peor. Sé que no dejarán que me maten —aseguró, tratando de ofrecerle un poco de consuelo a su novia.
—Sabes que podemos otorgarte protección, o presentarnos allí y meterlos a todos entre rejas —le ofreció Axel, con tono más suave. Con eso, el chico se había ganado su respeto y su aprobación, pero su respuesta no hizo sino reafirmarlo.
—¿Y convertirme en un soplón? No, prefiero echarle huevos —rebatió, provocando que el subinspector le dedicara un asentimiento de aprobación.
—Entonces eres digno de salir con mi hija —concedió y la aludida se le echó a los brazos con tanta efusividad que le arrancó un gemido de dolor.
Inmediatamente, se deshizo en disculpas y todos rieron. Por fin, la felicidad llamaba a su puerta.
...
Axel estaba siendo un enfermo algo gruñón, pero no había parado de recibir visitas.
Ray el primero; se había pasado con su mujer a saludarlo y desearle una pronta recuperación.
Le siguieron Michael y Kevin, que hasta le trajeron un ramo de flores de parte de todo el equipo del Departamento de homicidios, deseándole una rápida mejoría. Se mantuvo estoico, pero no pudo ocultar cuánto lo había emocionado el gesto.
Y finalmente, Dylan y Meghan hicieron acto de presencia. Traían, además, excelentes noticias que no tardaron en darles en cuanto Dylan se hubo metido un poco con el "aspecto de mierda" que tenía Axel, ganándose un corte de mangas por toda respuesta.
—Quería ser la primera en daros la noticia; os han aprobado la solicitud de adopción —anunció Meghan y Dalia soltó un grito de júbilo, abrazando a una Emma que no cabía en sí de dicha.
—Entonces, ¿soy oficialmente una Wood? —se atrevió a preguntar, con miedo a hacerse ilusiones demasiado pronto.
—Sí, cariño —confirmó Dalia y entonces sí, la abrazó con el mismo ímpetu.
Axel se incorporó un poco, con una sonrisa plena en el rostro al ver a sus dos chicas tan contentas. Por fin lo habían conseguido.
Y no se le ocurría mejor momento que aquel para hacer algo que llevaba mucho tiempo planeando, pero que nunca había terminado de llevar a cabo.
Se aclaró la garganta, captando el interés de todos los presentes.
Se dirigió a su mujer, con el tono algo trémulo. Era increíble, se había enfrentado a dementes armados sin parpadear siquiera, pero para pedirle matrimonio a la mujer que le había robado el corazón le entraban los nervios.
Ironías de la vida.
—Y tú, Dalia, pronto serás oficialmente la señora Wood. ¿Quieres casarte conmigo? Si todavía me quieres, claro —aventuró, con algo de ansiedad. Lo cierto era que entendería que lo mandara a paseo, pero si no lo había hecho ya...
—Oh, ven aquí, claro que quiero. Solo a ti se te ocurriría pedirme que me case contigo en el hospital, después de que casi te maten —rezongó, pero estaba llorando de felicidad y se inclinó sobre él, atrayéndolo hacia sí en un beso apasionado que hizo que todos les silbaran y vitorearan.
—Bueno, en mi defensa diré que llevo meses pensando en cómo pedírtelo y nunca surgía nada. Este soy yo —se excusó, cuando se hubieron separado para tomar un poco de aliento.
Dalia estaba pletórica y tenía las mejillas sonrojadas, lo que la hacía más atractiva que nunca. Era el hombre más afortunado del mundo por tenerla.
—Y por eso te amo —declaró ella, sin el menor tipo de pudor por todo el público que tenían. Él, por toda respuesta, la atrajo hacia sí de nuevo.
—Idos a un hotel —soltó Dylan, jocoso, a lo que su amigo le enseñó el dedo corazón. Había cosas que nunca cambiaban.
Parecía que iban a tener mucho que celebrar durante los próximos meses.
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