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X CAPÍTULO 31: La furia del infierno X

El padre Isaiah Tolbert caminaba con prisa por las calles de Nueva Orleans, rumbo a su casa.

Todavía tenía el susto en el cuerpo y eso que había transcurrido ya casi un cuarto de hora desde que la policía acudiera para pedirle que cerrara la iglesia con carácter inmediato, pues la misa había sido cancelada por peligro de atentado.

Por lo poco que había conseguido averiguar, esos radicales de las sectas estaban atacando las iglesias de la ciudad; ya habían ardido cuatro, las habían quemado con los feligreses dentro y aunque gracias a Dios no había que lamentar ninguna muerte sí que había heridos.

Apenas llegara a la seguridad de su hogar, el sacerdote rezaría una plegaria por todos ellos, para su pronta recuperación.

El hombre no sabía qué estaba pasando en la ciudad, pero las últimas semanas habían sido un infierno.

Desde el asesinato de la pobre Victoria, hasta la muerte en extrañas circunstancias de su difunto amigo, el obispo. Aunque con los últimos años debía admitir que se habían distanciado bastante pues, al igual que le sucedió con Marguerite, tenía la impresión de que guardaba muchos secretos y su sexto sentido le advertía de que sentía remordimientos de conciencia.

Sí, la horrible muerte que había tenido lo confirmaba. Y ya no sabía qué pensar acerca de ello.

Iba tan ensimismado en sus pensamientos, que no se percató de que la gente se dispersaba en corros, espantada, hasta que no fue demasiado tarde y se tropezó en el bordillo de la acera por culpa de un obstáculo en el camino.

Se echó hacia atrás cuando algo cayó a sus pies y al mirar hacia abajo para ver de qué se trataba soltó un grito de espanto. Era una cabeza humana que pertenecía, además, a una chica joven que le resultaba vagamente familiar, aunque no podía precisar de dónde.

Tal vez de haberla visto en las noticias. Sí, eso era.

Se santiguó repetidas veces, congelado e incapaz de apartar la vista de aquella macabra visión que le provocaría pesadillas durante el resto de su vida.

No supo cuánto tiempo permaneció allí, inmóvil; en shock, hasta que un hombre joven se le acercó y le puso una mano en el hombro.

—¿Se encuentra bien, padre? ¿Necesita ayuda? —inquirió, preocupado, y de repente al reseguir la dirección de su mirada se estremeció de horror y exclamó —: ¡Joder!

—Es demasiado tarde, hijo, todos estamos condenados —fue la respuesta del sacerdote.

Se alejó de allí con el estómago revuelto y sintiendo que, por primera vez en sus más de setenta años, había perdido la fe.

Aquella ciudad estaba destinada a arder en las llamas del infierno y solo esperaba no tener la desgracia de vivir para verlo.


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