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X CAPÍTULO 12: INFORMACIÓN CLASIFICADA X


Nadia temblaba a causa del pánico que la estremecía cuando – tras un buen rato vigilando los alrededores hasta asegurarse de que Rhett y Jacqueline se marchaban y la casa estaba vacía – se coló en casa de los Cox, dispuesta a cumplir la misión suicida que había aceptado aun cuando su instinto más primario le gritaba que aquello era una pésima idea y más les valía salir corriendo ahora que aún podían.

Francis se había quedado en el descansillo para vigilar, tal y como habían acordado.

Aquel era un vecindario tranquilo y acaudalado, de buena posición. Era una suerte que los Cox no contaran con sistema de seguridad, porque de lo contrario su plan se habría ido al traste antes de empezar siquiera.

Tal y como acordaron, le mandó un mensaje a su amigo en cuanto estuvo en la habitación de los mellizos -le resultó un poco extraño que a su edad todavía compartieran cuarto, pero qué se podía esperar viniendo de aquellos chalados- y se puso manos a la obra.

Cuanto menos tiempo estuviera allí, mejor.

Aquel lugar era espeluznante; cientos de pósteres siniestros empapelaban las paredes, tenían un antiguo vinilo y una estantería repleta de volúmenes que, aun en la oscuridad casi total que solo se veía mitigada por el fugaz resplandor de la luna llena, parecían satánicos y lo peor de todo...una máscara grotesca de payaso cuyos ojos amarillos parecían estar posados en Nadia con abierta hostilidad. Intrusa, casi podía escuchar que le gritaba, si hubiera tenido voz.

Un escalofrío se apoderó de ella, al tiempo en que la voz de su conciencia no dejaba de repetirle que aquello era un error, que tenía que salir de allí ahora que todavía estaba a tiempo.

Pero luego se acordó de Patricia, de esa lealtad casi inquebrantable que seguía sintiendo hacia ella a pesar de que ya no estaba, de todas las pobres mujeres asesinadas que merecían justicia... y de las propias secuelas que Francis y ella arrastraban.

No podía simplemente marcharse, no después de haber llegado tan lejos.

Así que hizo de tripas corazón y empezó a rebuscar en cajones y armarios, ayudándose de la linterna de su móvil para iluminar un poco la estancia.

Emma tenía razón al pensar que lo tenían todo meticulosamente ordenado. Encontró carpetas, libros y apuntes del instituto.

Decidió probar suerte en los armarios. No cabía duda de que la ropa de Jacqueline era sugerente.

Pero aparte de algunos juguetes sexuales un tanto retorcidos, no halló ni rastro de lo que estaba buscando.

Comenzaba a agobiarse. No hacía más que echar fugaces ojeadas a su alrededor, temiendo que en cualquier momento alguien fuera a sorprenderla in fraganti.

Su lado racional le decía que era ridículo y que en la casa no había nadie, pero se sentía tan paranoica que recelaba hasta de la máscara que colgaba de la pared.

Tragándose el nerviosismo, palpó bajo la cama y en las tablas del suelo por si había alguna suelta que albergara un escondite, pero nada.

Empezaba a pensar que se había equivocado en sus pesquisas cuando de súbito la asaltó una intuición y decidió seguirla, pues no tenía nada que perder.

Con sumo cuidado, descolgó la máscara y ahí, justo entre los ojos, encontró un diminuto USB negro. No podía negar que aquel era un escondite ingenioso.

Temblando de anticipación y de temor por lo que aquel aparato pudiera contener, encendió el ordenador portátil que descansaba sobre la mesa del escritorio, rezando porque no tuviera contraseña y le permitiera visualizarlo. O de lo contrario no le iba a quedar más remedio que llevárselo.

Parecía que la suerte estaba de su lado aquella noche, porque se encendió sin pedirle dato alguno y ella, todavía sin poder creerlo, introdujo el pendrive en la ranura correspondiente, a la espera de que mostrara todo su contenido. Para lo cual tuvo que esperar un poco.

Al parecer había muchos archivos y algunos eran muy pesados. Empezó a morderse las uñas y recibió un mensaje de Francis, que le preguntaba si todo iba bien.

Se apresuró a teclear una rápida respuesta afirmativa para tranquilizarlo y fue ojeando las distintas carpetas, ordenadas por orden alfabético.

Todas contenían el nombre de distintas mujeres. Fue bajando, pero ninguno le sonaba, hasta que...

Nadia Foster.

La sangre se le congeló al leer su nombre allí y se le revolvió el estómago, aquejada por un presentimiento terrible.

A duras penas supo cómo consiguió armarse de valor para reproducirlo y mucho menos para soportar todo el horror que aquel vídeo contenía, un horror que se arraigó en lo más profundo de sus huesos, dejando una huella indeleble, y que ya nunca más la abandonaría.

Porque la verdad era mucho peor de lo que jamás se habría atrevido a imaginar.

En cuanto hubo terminado, extrajo a toda prisa el USB, apagó el ordenador y tras guardar aquel aparato endemoniado donde lo había encontrado, se secó las lágrimas que manchaban todo su rostro y salió a trompicones hacia el frío aire del exterior, donde la aguardaba un inquieto Francis.

—¿Nadia? ¿Estás bien? —inquirió el chico, preocupado al percatarse de su expresión turbada y pálida como la de un fantasma.

Ella no atinó a pronunciar una sola palabra.

En lugar de eso, negó con la cabeza y se inclinó sobre el seto más cercano, vaciando todo el contenido de su estómago.

Su amigo se apresuró a ayudarla, acercándose con la silla de ruedas y extendiendo las manos hasta poder alcanzar su pelo para retirárselo de la cara hasta que hubiera terminado.

Luego le frotó la espalda y la consoló con su mudo apoyo hasta que estuvo preparada para hablar.

—Tenemos que irnos de aquí ahora mismo —musitó, con la voz teñida de pánico puro y visceral. Su piel había adquirido un tono enfermizo y los sollozos la estremecían.

Acongojado por no saber qué podría haber visto para encontrarse en ese estado, Francis asintió y ambos se alejaron en el silencio de la madrugada como un par de espectros amparados por la oscuridad...una oscuridad que había llegado a sus vidas para quedarse. 

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