
7
Arlene
Al llegar a mi habitación me encerré en el cuarto de baño. En aquel momento no podía pensar siquiera en ese lugar como mi lugar, no me pertenecía. Era como una extraña en suelo extranjero.
Los dueños de la casa sobrepasaban con creces mis niveles de entendimiento, por momentos creía que comprendía y me sentía segura, pero luego me daba cuenta de que no sabía nada y que era como una niña de pecho en una reunión de adultos.
Me senté en un rincón del suelo, con la mirada fija en la nada. Tenía mucho que asimilar.
Mentiría si dijera que no se me escaparon algunas lágrimas, me sentía triste como un animal en cautiverio. Recordé con tristeza al pequeño zorro que cazó mi padre cuando yo tenía doce años. Lo tuvo enjaulado por tres días, sin agua ni comida. El zorrito buscaba por todos los medios huir, yo intenté liberarlo y recibí una gran reprimenda. Desde el inicio estuvo condenado, desde el momento en que le pusieron una mano encima, su alma estuvo perdida. Días después lo mataron.
¿Sería ese mi destino también? al final del camino, ¿morir de todas maneras?. Me salvé una vez, no creo tener tanta suerte en la segunda. Además estaba fraternizando con el enemigo ¿por qué? ¿por qué no huir con mi padre?.
Todo era tan confuso en mi mente, tan difícil de comprender ¿quién era el bueno y quién el malo? que dudaba de mi misma, de mi poder de pensar.
Estaba viviendo con vampiros, ¡vampiros! Si me lo hubieran dicho unos días antes, no lo habría creído. ¿Cómo es posible que existieran esos monstruos entre nosotros y no nos diéramos cuenta? ¿Acaso había algún tipo de culto o algo así?
No sabía qué pensar ni qué hacer, es decir,...ya había establecido lo que haríamos pero yo realmente solo quería cerrar los ojos y que todo fuera un mal sueño y despertar en mi cama, en mi casa.
Golpearon la puerta.
—Mademoiselle, ¿está ahí?—era Bettly.
—Si—contesté y sequé mis ojos con la manga del vestido al tiempo que abrió la puerta.
—¿Está bien mademoiselle?—se sentó preocupada a mi lado—no se ve bien.
—Estoy bien, gracias.
—Bueno, pero sepa que puede contarme lo que quiera, yo soy muy buena escuchando y guardando secretos—me sacó una sonrisa.
—Gracias Bettly, es solo que me encuentro muy confundida—dije sin dejar de mirar el suelo.
—¿Por monsieur Demian?
—¿Cómo?—no comprendí su conclusión.
—¿La ha vuelto a molestar?—mostraba interés.
—No, él no me molestó—sonreí ante la ocurrencia, no todo giraba alrededor de él y entonces se me ocurrió que tal vez Bettly estaba prendada de él.—Dime Bettly, tu estás enamorada de Demian, ¿no es así?
Sus ojos se desorbitaron y su boca se abrió pero no salió nada de ella hasta unos minutos mas tarde.
—Mademoiselle, eso no sería correcto.
—Estamos en confianza, puedes decirme.—Ella entornó los párpados.
—Él no se fija en criadas, mademoiselle—su tono sonaba a derrota—solo en señoritas con clase, como usted.
—Bettly—la consolé—yo creo que él no se fija en los humanos, solo somos sacos de sangre para él. No hace diferencias de clase.
—No, él no es así—lo defendió—siempre ha sido muy amable conmigo y con todos aquí, no creo que nos vea como usted dice y además, yo veo cómo la vé a usted.
—¿Y cómo me ve?—cuestioné sabiendo que él solo quería asesinarme.
—Nada, el tiempo lo dirá.—finalizó Bettly, le sonreí y la abracé.
—Tienes que conseguir un buen chico para tí, no a Demian, uno bueno—ella asintió con la cabeza.
Nos pusimos de pie y salimos del cuarto de baño, la llama de la vela creaba sombras tenebrosas en las paredes. Por un instante sentí miedo pero luego me dije a mi misma que era por la casa, todo allí era tenebroso o daba miedo.
—¿Va a darse un baño o va a cambiarse para bajar a comer?—me preguntó Bettly y no sabía la respuesta, no tenía hambre pero no había casi comido en el día y para el baño había tiempo luego, sin embargo no quería cruzarme con nadie en el camino.
—Me cambio la ropa, iré a cenar—dije y Bettly me ayudó a quitarme lo que llevaba puesto y a vestir nuevas ropas.
☩
Caminé por el pasillo con sigilo, no se oía ningún ruido. Pasé por el despacho de Demian, la lámpara estaba apagada y todo era oscuridad, aún no había subido. ¿Tal vez seguían hablando en la entrada? ¿después de tanto tiempo?
Deseché ese pensamiento y seguí mi camino, nadie apareció ni me dijo nada, bajé las escaleras que conducían a la sala y luego al comedor.
En el silencio de la noche oí las voces, hablaban calmadamente y apenas se podían oír. Provenían de la sala. Me pregunté si podría acercarme sin que me notaran.
Me apoyé de espaldas y pegué el oído a la puerta.
Demian
—¿Vas a dejar de dar vueltas y decirnos qué dice la carta?—dijo Lukyan exasperado sirviéndose licor en la sala.
—¡Ya dámela!—Astrid se abalanzó sobre mí pero levanté bien alto el brazo y no pudo alcanzar la preciada carta.
—Todo a su tiempo, querida. ¿No te enseñó Lukyan a esperar tu turno?—estaba furiosa y eso me hizo reír más de la cuenta, me dió un bofetón y me rompió el labio. Me lo tenía merecido así que no me quejé.
—Ahí tienes tu turno—me dijo sonriendo satisfecha.
—Repítelo cuando quieras, cariño—dije en tono socarrón.
—Ya basta de decirle "cariño" a mi mujer, Demian—me dijo Lukyan bebiendo un trago.
—Ya, a ver si se ponen y vemos lo que tenemos que ver—dije seriamente.
—Llevamos ya un buen rato y tú no arrancas, cariño—dijo Astrid burlonamente.
—Bien que te gusto—le guiñé un ojo y abrí la carta.—¿La leo en voz alta? ¿se las doy?—Lukyan se puso de pie y me la arrancó de las manos.
—Lo siento pero das demasiadas vueltas—inspeccionó su contenido y negó con la cabeza, luego suspiró.—Dice:
Monsieur Komarov,
Veo que no ha podido con la chica que le he ofrecido y sigue viva. Me consta que vive con usted. No quiero molestarlo, pero tiene hasta fin de mes para matarla o irse con ella del país y no regresar o lo delataré con las autoridades pertinentes.
Se produjo un silencio en la sala y creo que todos habríamos deseado que aquel día hubiera podido acabar con ella. Salvarla no había sido una buena opción, para ninguno, ni siquiera para ella. Constantemente quería escapar, huir a su antigua vida y ya no tenía esa vida, ya no existía y no volvería nunca. Un favor sería matarla y terminar con la tarea, ella dejaría de desear lo que no podía tener y nosotros estaríamos nuevamente a salvo y luego pensé...pensé que soy un cobarde. Nadie meramente valiente encontraría esa salida válida.
Arlene era una criatura frágil, una niña que había que proteger que quien sabe cuantas personas querían hacerle daño, yo incluído. No era justo lanzarla a los lobos, eliminarla a la primera.
Nosotros éramos fuertes, podíamos con la situación. Una cartita no nos iba a asustar.
—Antes de que digas nada fuera de lugar—me dice Lukyan—quiero decir que...
—Nada ¿como qué?—interrumpí.
—Nada como que hay que eliminarla y cerrar el caso.—me asombró como me conocía.
—No iba a decir eso—declaré—creo que debemos protegerla—los dos me miraban estupefactos—debemos protegerla también de sus malos modales como oír detrás de las puertas, por ejemplo.—Lukyan y Astrid voltearon a ver y Arlene apareció avergonzada en la puerta.
—Lo siento—dijo—¿Cómo supiste?
—No lo sé todo, pero casi—sonreí—ahora pasa y siéntate, estábamos hablando de...ah perdón, ya sabes de qué porque lo oíste todo.—Se sentó avergonzada en el sillón que le indiqué.
—¿Se van a deshacer de mí?—preguntó en tono asustado.
—No—la tranquilizó Astrid tomándola de la mano—acá estábamos diciendo que no, veíamos otras alternativas.
—No hay opciones—sentenció Lukyan y todos lo miramos sorprendidos.
—¿De qué hablas?
—Es jugar su juego o no jugarlo. Yo decido no jugar, ¿ustedes?
—Pero—dijo ella asustada—si no hacen lo que él dice los va a descubrir—busca ayuda en la mirada de los demás.
—No si sabemos ir más rápido—sonrió satisfecho—él nos da un mes, en ese mes podemos descubrir quién es y nos ahorramos todo el problema. No digo que sea fácil, pero yo prefiero luchar que darme por vencido ante un hombre que siquiera da la cara y viene a amenazarme.
—¿Estás seguro?—preguntó Astrid dudosa.
—Yo estoy de acuerdo—dije.
—Claro que estoy seguro—reafirmó Lukyan y Astrid asintió entonces.
—Yo haré lo que me digan—dijo Arlene desde su asiento. Se veía tan débil bajo aquella luz. ¿Cuántos años tenía? ¿quince, dieciséis? diecisiete cuando mucho. Me acerqué a ella y le tendí mi brazo.
—¿Te acompaño a tu cuarto?—me miró con los ojos vidriosos, estaba conteniendo el llanto. Asintió y tomó mi brazo.
—Adiós, buenas noches—dijo despidiendose.
—Buenas noches Arlene, que descanses—le contestaron y nos alejamos camino a las escaleras. No dijo nada mas la presión de su mano en mi brazo aumentó, posé mi mano sobre la suya tratando de apaciguarla pero en el descanso de la escalera se quebró, ya no pudo contenerse más y lloró sobre mi hombro sin llegar yo a detenerla. No sabía bien cómo reaccionar a tal situación, imaginé que debía abrazarla, contenerla y acaricié su pelo. Se descargó todo lo que pudo y se alejó un poquito, la miré a los ojos, los tenía rojos e hinchados.
—Gracias—me dijo—ya sé que no te agrado así que gracias por el gesto—con su mano derecha acarició mi mejilla y mi cuerpo se tensó, el calor de sus dedos contra mi piel fría, me produjo una extraña pero placentera sensación que nubló mi mente por unos instantes.
—No es cierto que no me agradas—le dije una vez repuesto, ella me miraba llorosa—es solo que no me llevo con humanos, la última vez que tuve uno como amigo fue hace cerca de cien años.
—¿Tan viejo eres?—sonaba sorprendida.
—Si—sonreí—como verás, los años lejos de sociedad me tienen un poco oxidado en cuanto a relacionarme con la gente, pero te prometo que voy a hacer un esfuerzo para ser amable contigo.—¿Por qué le estaba prometiendo eso? ¿ya de pronto me caía bien? ¿o es porque se había quebrado en mis brazos y en parte me sentía culpable de tal desazón? Quería que se recompusiera, que fuera la chica valiente que me parecía había sido antes de intentar matarla y arrastrarla a este mundo. Me sentía culpable de haber arruinado todo.
—¿De verdad?—me dijo esperanzada.
—Mírame—tomé su rostro entre mis manos—todo estará bien, no dejaré que te hagan daño, ¿está bien?—ella asintió con la cabeza y sonrió levemente—ahora andando—terminamos de subir las escaleras y llegamos a su habitación.
—Espera—me dijo antes de irme—yo había bajado al comedor y al final no tuve tiempo de ir.
—No te preocupes, ahora pido que te suban una bandeja.
—Gracias, eres un ángel—sonreí porque no supe cómo reaccionar ante ese cumplido y la sonrisa me pareció lo más cercano.
—Que descanses Arlene, nos vemos luego.
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