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Capítulo XXIX - El comienzo del fin

   A veces no hay justicia en la vida, y Rubén lo sabía muy bien. A menudo, las circunstancias son tan caprichosas que algunos logran salir adelante mientras que otros, como él, quedan atrapados en la trampa del destino. Las sorpresas del mañana son impredecibles, y aunque la preparación es fundamental, nada podría haberlo preparado para la situación que enfrentaba esa noche. Se sentía como si estuviera a la deriva, ahogándose en un mar de sensaciones horrorosas, con Josh como el tiburón que pone en peligro su existencia.
   Eran ya las ocho y media, y la familia del muchacho aún no regresaba. La tenebrosidad del caníbal se cernía sobre él, y Rubén sabía que pronto podría derribar la puerta. Allí estaba, parado frente al chico, respirando de manera acelerada. Rubén se dio cuenta de que no tenía escapatoria; la otra puerta estaba demasiado cerca del monstruo.
    Solo podía rogar por su vida; no había más alternativas.
—No me hagas nada, por favor. Yo no te hice daño.
    Brown avanzó, empuñando una navaja que brillaba a la luz tenue de la habitación. Aún parecía molesto, mientras el joven daba pasos hacia atrás, intentando poner distancia entre ellos.
—Te lo ruego, no me hagas daño.
   Rubén finalmente comprendió que rogar no cambiaría su destino. Con determinación, agarró una lámpara e intentó usarla como arma, intentando romperla contra la cabeza de su agresor. Pero Brown detuvo el golpe con su brazo, y el objeto no se quebró contra su cráneo. Un instante de silencio se hizo presente, hasta que el hombre comenzó a reírse, una risa malévola que resonó en la habitación. Luego, con una rapidez sorprendente, agarró a Rubén por el cuello. Su final estaba cerca. Con un cuchillo, lo mató.
    Justo en ese momento, la madre y la hermana de Rubén regresaban de la iglesia. Se encontraron desconcertadas ante el portón, que estaba cerrado con candado. Josh escuchó cuando la madre dijo:
—Rubén, ¿podrías explicarme por qué le pusiste el candado al portón?
    Nadie respondió. La joven Ana asomó su cabeza por encima de la entrada, tratando de ver dentro, pero todo estaba en silencio, nada se escuchaba.
—Por suerte, siempre tengo conmigo la segunda llave —mencionó la madre mientras metía la mano en la bolsa—. ¿Qué habrá pasado?
    Entraron en la casa. Ana notó lo mismo que había visto su hermano antes: el alumbrado de la esquina estaba apagado.
    Procedió a comentar:
—Qué extraño, la luz de la esquina nunca se había apagado.
—Seguramente está descompuesta. Vamos, entra, está empezando a hacer un poco de frío —comentó la señora.
    Al abrir la primera alcoba en la parte superior del hogar, justo detrás se hallaba la habitación de Rubén, ya que ambas estaban en la misma estructura y separadas por una pared. Los focos estaban encendidos en los primeros dos cuartos; sin embargo, el de Rubén permanecía a oscuras.
—¿Por qué todo está oscuro en tu habitación? —interrogó la señora casi gritando al llegar donde debía estar su hijo.
    No escuchó respuesta. Lo único que le quedaba era encender la lámpara y descubrir qué estaba sucediendo. Cuando la luz iluminó la habitación, se encontró con Rubén recostado en la cama, tapado con una manta de un marrón oscuro. Solo su cabeza asomaba, y su rostro estaba orientado hacia la pared. La madre, al ver a su hijo en esa posición, pensó que había caído en un sueño plácido y que sería mejor dejarlo descansar para que mañana despertara con más energías. Con un suspiro, apagó la lámpara y regresó a donde estaba su hija, que se preparaba para dormir.
—Duerme bien, mañana será un largo día —le dijo la madre a su hija, sonriendo con ternura.
—Está bien. Oye, mamá, ¿puedo ir mañana a la fiesta que harán en la plaza por la noche? —preguntó Ana, su voz estaba llena de expectativa.
—Si me ayudas con los quehaceres del día siguiente.
—Lo haré, te lo prometo.
—¿Es un trato?
—Trato.
—De acuerdo, ahora duérmete.
    Después de aquel intercambio, los minutos pasaron lentamente. Ana cerró los ojos y se acomodó en la cama, lista para descansar, pero su tranquilidad pronto se vería interrumpida. A las 10:10 p.m., sonó la alarma de Rubén. La había programado para esa hora, con la intención de ver una película en la televisión. El sonido la despertó abruptamente. A duras penas, se levantó y se dirigió a la habitación de su hermano.
—¿No escuchas la alarma? Seguramente no la oyes por el sueño tan profundo que tienes.
    Apagó la alarma y, al regresar a su habitación, no se percató de que Josh estaba en un rincón del dormitorio, observándolo todo. La chica se acomodó en su cama, ajena a la presencia del extraño en la casa.
    Pasaron unos minutos y la calma de la noche dominaba el ambiente. Pero esa calma se rompería pronto; la ventana justo encima de su cabeza se abrió lentamente.
    Ana alzó la mirada hacia la ventana con reja, sintiendo que alguien estaba ahí. Lo presentía. Se levantó e intentó ver, pero la oscuridad lo impedía. Tenía una lámpara cerca, así que la encendió, pero solo logró vislumbrar de manera confusa la alcoba de su hermano. Convencida de que nada extraño había allí, decidió apagar la luz. Pero cuando lo hizo, un leve respiro resonó muy cerca de ella.
    Con un escalofrío recorriendo su espalda, volvió a encender la luz, y se encontró con la aterradora figura de Brown mirándola fijamente desde el otro lado. La chica gritó, y su voz resonó en la casa como un ruido de terror. Corrió hacia donde estaba su madre, la despertó y le dijo:
—¡Mamá, vámonos de aquí, ya viene por nosotras!
—¿Qué te ocurre?
—Está en la habitación de Rubén, ¡tenemos que irnos!
—¿Quién está en la habitación de tu hermano?
—Un hombre con un solo ojo.
—¡Qué!
    La madre, alarmada, se precipitó hacia el dormitorio de su hijo, y Ana, aterrorizada, la siguió sin pensar en el peligro.
—No hay nadie aquí. Seguramente viste mal —argumentó la señora, buscando calmar a su hija.
—Yo estoy segura de lo que vi. ¡Por favor, despierta a Rubén y vámonos! —insistió Ana.
   Al intentar despertar al chico, se dieron cuenta de que no estaba ahí; su cuerpo había cruzado la línea entre el sueño y la muerte. Ana retiró la sábana para intentar despertarlo, pero lo que encontró fue una escena aterradora: su hermano yacía muerto, con los ojos completamente abiertos. Ambas gritaron desmesuradamente, el horror llenaba el aire con sus alaridos desgarradores.
    La mayor equivocación fue no revisar las otras habitaciones antes de dirigirse directamente a la de Rubén. En una de esas habitaciones estaba escondido Brown, y cuando vieron el cuerpo de Rubén, él salió de las sombras. Intentaron escapar por la puerta del cuarto, pero el caníbal ya se encontraba allí. Sin poder resistir, las asesinó con una facilidad aterradora. Así marcó su primera noche asesinando a esta familia, dejando atrás el dolor y la desesperación. Tan solo era el esbozo de su dibujo; pronto llenaría de sangre su obra, marcada por el sufrimiento que causaba.
    Brown, como un fantasma, trasladó los cuerpos al 206, su guarida, sin que nadie lo notara. Mientras cargaba el cuerpo de Ana, su mirada se detuvo en un periódico que reposaba en la sala. En la portada, aparecía Bren Henderson. Aunque la noticia tenía meses, lo que leyó removió en él antiguos rencores. Recordaba claramente cómo Brenda casi lo había matado. Con una furia renovada, tomó el periódico junto al cuerpo de Ana y continuó su marcha, sus pensamientos oscuros girando en torno a lo que haría con la joven si alguna vez la volvía a ver.
    El silencio de la casa era absoluto, pero la sensación de que algo profundamente perturbador había quedado atrás persistía. La luz de la lámpara de la alcoba de Rubén titilaba, como un faro lejano, que nunca encontraría el camino de vuelta a la calma. Cada rincón de esa vivienda se impregnaba de un miedo indescriptible, un miedo que no era solo la respuesta a lo que acababa de suceder, sino la oscuridad misma que había tomado posesión del lugar.
    Y, sin embargo, ¿quién podría entender la naturaleza de ese terror? La mente humana busca explicaciones lógicas, intenta comprender lo incomprensible, pero es en esos momentos en los que la realidad se quiebra, que el ser humano se enfrenta a su propia insignificancia. La crueldad de los actos humanos, tan distantes de la razón, nos recuerda lo frágiles que somos ante el caos, ese mismo caos que, como una serpiente, se desliza entre los pliegues de la existencia, esperando el momento preciso para atacar.
    Mientras Josh caminaba con las sombras que se mezclaban con su figura, sus pensamientos recorrían los caminos oscuros de la venganza y el resentimiento. La verdad, tan clara para él, se ocultaba a los ojos de los demás, y quizás, en un nivel mucho más profundo, se preguntaba si alguna vez podrían comprender el origen de su locura. Quizá no había origen. Quizá solo existía un vacío, un hueco dentro de él, que nunca sería llenado.
   En su andar solitario hacia la guarida, con el cuerpo de Ana colgado de sus brazos como una grotesca marioneta, Brown no se dio cuenta de la historia que estaba a punto de escribir. Porque la muerte no es solo la culminación de una vida, sino el principio de otra.
   Quizás lo peor de todo, lo más inquietante, es que este relato no hace más que empezar. Y el próximo capítulo ya está escrito.

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