Capítulo XII - Una noche lluviosa y un relato estremecedor
La vida puede ser hermosa, pero también aterradora. Puede tratarte como a un rey, pero, al menor descuido, te traiciona. Tal vez Brown fue alguna vez un hombre decente, y fueron las circunstancias quienes lo moldearon en el monstruo que es ahora. O quizás la maldad ya lo acompañaba desde su nacimiento, y el deseo de asesinar y devorar, lo llevó por un camino sin retorno donde no solo perdió su cordura, sino que también su humanidad.
Un grupo de jóvenes ya conocía la verdad sobre él, y esa noche decidieron reunirse para intentar comprender lo que sucedía y, tal vez, evitar sus propias muertes.
Bren estaba a punto de salir por la ventana de su habitación cuando su hermano Daniel la sorprendió.
—¿Qué haces? —preguntó, desconcertado.
—Quedé en encontrarme con algunos amigos —respondió ella, evitando su mirada.
—¿A las diez de la noche?
—Sí, es solo por un rato.
—Dime qué está pasando, o les cuento a nuestros padres que te estás escapando.
Bren, quien ya tenía medio cuerpo fuera, suspiró y regresó al interior. Sabía que no le quedaba más opción que confesar.
—Descubrimos que hay un chico que sabe lo que ocurrió anoche. Puede ayudarnos a atrapar al asesino.
—¿Qué? ¿Por qué te metes en esas cosas? Eso es trabajo de la policía.
—Después de saber la verdad, iremos con ellos. Déjame ir, por favor.
Daniel la observó por un instante, pensativo, y finalmente cedió.
—Está bien, pero voy contigo.
Unos minutos después, ambos estaban listos para irse. Era la segunda vez que se escapaban en tan poco tiempo. Llegar a la plaza no fue complicado, pues su vecino y nuevo amigo los acompañaba. Finalmente lo lograron. La plaza estaba a unas pocas cuadras, y cuando llegaron, sus amigos ya los esperaban. El aire estaba cargado de electricidad; una tormenta se avecinaba.
—¿Por qué tardaron tanto? —preguntó Peter, impaciente.
—Lo siento —se disculpó Bren—. Estuve esperando a mi hermano, por eso nos atrasamos.
—Está a punto de llover, tenemos que irnos —dijo Natasha, mirando el cielo oscuro.
—Vayamos allá —propuso Iker, señalando una vieja caseta de guardia que, aunque antigua, se mantenía en buen estado.
Las primeras gotas comenzaron a caer antes de que llegaran, y todos corrieron hacia la caseta. Cerraron la puerta tras ellos, quedando sumidos en la penumbra.
—Busquen el interruptor de la luz —ordenó Peter.
No encontraron ningún interruptor, pero lograron encender una lámpara que iluminaría lo suficiente para mantener a raya la oscuridad. La lluvia golpeaba furiosa el techo y las ventanas, creando una atmósfera aún más inquietante, como si estuvieran atrapados en una película de terror.
—Vamos a estar aquí toda la noche, genial —murmuró Daniel, frustrado.
—Pero valdrá la pena —intervino Bren—. Él nos va a contar lo que vio anoche.
Todos dirigieron sus miradas al chico, quien, tras unos segundos de vacilación, se sentó sobre unas bolsas y comenzó su relato:
—Lo que vi fue aterrador. No podía moverme de lo asustado que estaba.
—¿Quién era? —preguntó Natasha, ansiosa—. Ya dinos.
—No puedo asegurarlo con certeza, había mucho humo, pero... no tenía un ojo, y era enorme. Era como mi madre lo había descrito.
—Eso no tiene sentido. Está muerto —replicó, escéptico—. Debe ser algún loco que lo imita.
—¡Sé lo que vi! Era Brown —insistió, poniéndose de pie, visiblemente alterado.
De pronto, un rayo iluminó el cielo, y todos se estremecieron. El viento aullaba fuera, y los truenos hacían vibrar las paredes de la vieja caseta. Fue en ese preciso instante cuando la puerta se abrió de golpe. Todos se quedaron paralizados, incapaces de reaccionar. A través del umbral, todo era oscuridad, hasta que un relámpago reveló la silueta de un sujeto que se acercaba lentamente.
Cerraron la puerta de un golpe y la atrancaron con una tabla. Unos segundos de tensión extrema se apoderaron del lugar. Entonces, un golpe resonó contra la madera, y una voz grave se hizo escuchar:
—¡Déjenme entrar!
—¿Quién eres? —preguntó Iker, intentando mantener la calma.
—Soy el guardia. Los vi entrar. Por favor, abran la puerta.
—Déjalo entrar —dijo Bren.
El hombre, que se presentó como Luis, entró empapado y exhausto.
—¿Qué hacen aquí a estas horas? —preguntó, frunciendo el ceño.
Los chicos intercambiaron miradas nerviosas. Sabían que estaban en problemas, pero mencionarlo podría empeorar las cosas. Báez tomó la palabra.
—Nos agarró la tormenta de camino a casa y decidimos refugiarnos aquí.
Luis los miró, suspicaz, antes de asentir.
—De acuerdo, pero tengan cuidado. Josh Brown ha sido visto de nuevo.
El silencio fue total. Las palabras del guardia resonaron como una sentencia de muerte.
—¿Cree que sigue vivo? —preguntó Bren, con la voz temblando.
—Sí, muchacha. Ese hombre sigue caminando entre nosotros. Quédense un rato más, hasta que la tormenta pase.
Los jóvenes se sentaron en círculo mientras Luis les contaba una historia que los dejó helados. Una leyenda que muchos en el pueblo habían tratado de olvidar.
Los jóvenes se acomodaron en el frío suelo de la caseta mientras Luis, el guardia, se sentaba frente a ellos. La tormenta fuera no daba tregua, y el crujido del viento contra las ventanas hacía que cada uno de ellos sintiera el peso del miedo.
—¿Y cuál es la historia? —preguntó Daniel, cruzado de brazos, todavía sin creer del todo en lo que estaban a punto de escuchar—. ¿Por qué todo el mundo en este pueblo dice que está muerto?
Luis entrecerró los ojos y suspiró, como si ya hubiera contado la historia demasiadas veces, pero aun así se preparaba para narrarla una vez más.
—Muchos piensan que fue, en algún momento, alguien decente. Se decía que tenía una familia, una vida tranquila... pero algo cambió en él —comenzó el guardia, con tono sombrío—. Un día, empezó a aislarse de todos. Los vecinos decían que lo veían menos; su actitud se volvió errática. Nadie lo veía fuera de su casa, excepto para ir al cementerio, donde trabajaba como guardia nocturno.
El aire dentro de la caseta se tornó más denso, cargado con las palabras de Luis. Todos permanecían en silencio, expectantes.
—Lo peor de todo —continuó el guardia—, es que un día, encontraron a Josh muerto en el cementerio, en la cabaña donde trabajaba. Y su esposa a su lado, también muerta. Él confesó haberla matado, y que también se comía los cuerpos que llegaban al cementerio. La única que escapó fue su hija, que años después tras la muerte de su padre... desapareció junto a la hija del comisario.
—Pero murió, ¿no es cierto? —interrumpió Natasha, frunciendo el ceño.
—Eso es lo que dijeron —asintió Luis—. Cuando la policía registró su cabaña, encontraron algo mucho peor que un cadáver. Había cuerpos por todas partes... algunos en el sótano, otros cocinándose en una olla. Era una escena tan grotesca que muchos abandonaron la ciudad para siempre.
—Y supuestamente él estaba entre esos cuerpos, ¿verdad? — preguntó Daniel, aunque su tono dejaba claro que ya conocía la respuesta.
—Eso fue lo que dijeron —repitió Luis—. Pero si eso fuera cierto, ¿cómo explicas lo que ha estado pasando? La gente lo ha visto. Mi propio hermano fue testigo de un asesinato y vio al responsable. Era el caníbal, estoy seguro.
Daniel negó con la cabeza, claramente escéptico.
—Todo esto suena como un cuento para asustar a los niños. Ese tipo está muerto, ¿cómo va a seguir vivo después de tantos años?
Luis lo miró fijamente, con una expresión severa.
—Escucha, muchacho, el diablo se disfraza de muchas formas. A lo mejor piensas que lo sabes todo, pero te aseguro que cambiarás de opinión cuando te enfrentes cara a cara con el monstruo. Ya verás si sigues tan incrédulo cuando te esté mirando con ese único ojo que le queda.
Bren se estremeció al escuchar eso.
—¿Qué quieres decir con "un solo ojo"? —preguntó, intentando contener el miedo.
Luis entrecerró los ojos, como si reviviera una imagen espantosa en su mente.
—Brown, en su última locura, se arrancó un ojo él mismo. Decía que quería saborear cada parte de sí, que no dejaría nada sin probar. El hombre se comió su propio ojo, y desde entonces, solo tiene una cuenca vacía. Pero esa cuenca te sigue, te observa... aunque no esté completa.
El silencio dentro de la caseta se hizo más pesado, solo roto por el golpeteo constante de la lluvia en el techo.
—Todo esto es demasiado, ¿no? —susurró Natasha, estremecida—. ¿Cómo es posible que nadie haya hecho nada al respecto?
—Los que han intentado... —Luis bajó la mirada— No han vivido para contarlo. Lo mejor que pueden hacer es mantenerse alejados, o, mejor aún, irse de esta maldita ciudad antes de que sea demasiado tarde.
Los chicos intercambiaron miradas. La gravedad de lo que estaban escuchando comenzaba a asentarse. No era solo una leyenda urbana. Esto era real, o al menos, lo era para ellos en ese momento.
—Creo que deberíamos irnos ya —dijo Iker, mirando por la ventana, donde la tormenta comenzaba a calmarse—. Ya es muy tarde y nuestros padres notarán nuestra ausencia.
Luis asintió y les entregó una linterna.
—Tengan cuidado. Usen esto para alumbrar el camino. No se detengan, y en ninguna circunstancia miren hacia atrás.
Los jóvenes se despidieron del guardia, agradecidos por su advertencia, pero aún llenos de dudas. La Henderson tomó la linterna y, con el resto de sus amigos, comenzó a caminar bajo la tenue luz hacia sus hogares. La lluvia se había suavizado, pero el aire seguía cargado con el peso de las historias.
Cuando ya estaban a cierta distancia, Bren no pudo evitar girarse y observar la caseta una última vez. A lo lejos, bajo las sombras de los árboles, le pareció ver una figura alta, inmóvil, que los observaba.
—Vamos, Bren, no te quedes atrás —susurró su vecino, dándole un pequeño empujón para que siguiera caminando.
Sin decir nada, siguió adelante, pero la imagen de esa figura quedó grabada en su mente. ¿Era real o solo su imaginación? Una pregunta que probablemente ninguno de ellos querría responder pronto.
El sonido de la lluvia menguaba con cada paso, pero en el grupo de jóvenes nadie parecía aliviado. Bren, con la linterna en mano, avanzaba sin decir palabra, sintiendo cómo las miradas de los demás se clavaban en su espalda cada vez que su paso se ralentizaba.
El relato de Luis había plantado una semilla de inquietud en cada uno de ellos. El joven Henderson, quien solía mostrarse escéptico y confiado, ahora caminaba con las manos en los bolsillos, echando vistazos furtivos a los lados del camino. Giménez parecía querer romper el silencio con algún comentario casual, pero su boca permanecía cerrada, y su respiración era audible entre los susurros del viento.
—¿Qué creen que quiso decir Luis con eso de "el diablo se disfraza"? —murmuró Peter, incapaz de contener más tiempo sus pensamientos.
—Que tenemos que dejar de preocuparnos por cuentos de fantasmas y pensar en algo más lógico —replicó Daniel, pero su tono carecía de convicción.
No respondió. Su mente estaba atrapada en una lucha interna. No era solo la figura que había vislumbrado frente a la caseta; era algo más profundo, una sensación opresiva que no la dejaba respirar con normalidad. No puede ser real, se repetía una y otra vez, pero cada vez que cerraba los ojos, veía esa cuenca vacía observándola.
De pronto, Iker detuvo su paso en seco, levantando una mano para que los demás hicieran lo mismo.
—¿Qué pasa? —susurró Natasha.
—Escuché algo... —respondió él, girando lentamente sobre sus talones. Había algo en su expresión que no se podía ignorar: el tipo de miedo que surge cuando lo que uno teme podría estar a pocos pasos.
Luis había dicho que no miraran hacia atrás, pero ahora, con el silencio casi absoluto, cada uno de ellos estaba tentado a romper esa regla. El instinto de supervivencia luchaba contra una curiosidad morbosa.
—Debe ser un animal —intentó calmar Daniel, aunque su voz traicionó la frialdad de sus palabras.
Su hermana apretó con fuerza la linterna, enfocando la luz hacia adelante. Se negó a voltear, pero no podía evitar que su mente dibujara imágenes en la penumbra: pasos pesados que rompían ramas, una silueta alargada desplazándose entre los árboles. Era como si la presencia de Brown no fuera algo que simplemente se viera, sino que se sintiera, un peso invisible que deformaba el aire a su alrededor.
Finalmente, Natasha rompió el silencio.
—¿Y si es Luis? ¿Y si no es quien dijo ser?
Nadie respondió, pero la pregunta quedó flotando entre ellos, envenenando sus pensamientos. No podían asegurarlo, no después de lo que habían escuchado.
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