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Capítulo 2

Isabelle llegó a su casa, el hogar que su abuela había mandado a construir para toda la familia cuando hizo fortuna en el barrio de Vieux Port. Aurore, su difunta abuela, había nacido a finales de la Segunda Guerra Mundial en un pequeño pueblo de la localidad de Saint Priest la Roche, comuna situada en la región de Ródano-Alpes, a unos kilómetros de allí. Sus padres eran bastante pobres, pero ella recibió educación y a los dieciocho años se convirtió en la acompañante de una dama que compró el Château de La Roche en la región, un impresionante Castillo medieval en los márgenes del río Loira.

Allí su abuela ganó cultura y una buena paga. A los diez años de trabajar allí pudo marcharse con una considerable cantidad de dinero que le permitió mudarse de región y establecerse en la próspera ciudad de Marsella, comprar un restaurante que denominó Belle Aurore y que se convirtió en un éxito y amasar una pequeña fortuna que se multiplicó con excelentes inversiones. Su abuela, además, había adquirido refinamiento, así que el restaurante era expresión de esa cultura que la dama ya poseía gracias a su estancia en el Château.

Isabelle entró a la casa y en el salón se encontró con su tía: Charlotte, una mujer de cincuenta años, holgazana y ambiciosa que le detestaba; a su lado, las gemelas, sus hijas: Helène y Henriette, menores que ella que se parecían a su madre: altas, de cabello rojizo y muchas pecas. Sus primas tampoco simpatizaban mucho con ella, puesto que le envidiaban por considerar que era Isabelle la nieta favorita.

—¿Qué tal la cárcel? —Fue el saludo de su tía—. ¡No debieron dejar salir a una asesina como tú! —gritó.

Isabelle dio un paso hacia ella, consciente de que lo mejor era no ripostar.

—Yo jamás le haría eso a abuela, estoy desecha con lo ocurrido y sabes cuánto la amaba… —contestó con los ojos vidriosos—. No sería capaz de algo tan terrible y espero que se demuestre mi inocencia y, más aún, que se halle al culpable de este crimen abominable.

—Serás condenada —dijo Helène—. Las pruebas son demasiado contundentes para que puedas evadirlas.

Isabelle respiró hondo.

—Si fuera así, el pesó de la ley caerá sobre mí, pero verán que están equivocadas y que no seré condenada.

Isabelle se acercó un poco más a su tía.

—Los ahorros que tenía los he invertido todos en la fianza… Por favor, te pido que me prestes algo de dinero para poder pagarle a mi abogado.

—¡Ni pensarlo! —vociferó Charlotte una vez más—. ¿Cómo voy a ayudar a la asesina de mamá? ¿Has perdido la cabeza? Pídele el dinero a otra persona, si es que te lo dan, o vende las joyas que mamá te obsequió y que no te bastaron en tu insaciable codicia…

Belle se sintió humillada.

—No podría hacer eso. No puedo vender algo tan sagrado como su anillo y su brazalete…

—¡Entonces búscate un defensor público! —le espetó su prima Helène.

Solo Henriette permaneció en silencio en esa conversación. Isabelle, ofendida ante lo sucedido, subió a su habitación y cerró con llave. Se despojó de la ropa sucia que llevaba y la dejó sobre el suelo, mientras entraba al baño. El agua caliente le acarició su figura desnuda y comenzó a llorar… Sus lágrimas se confundían con el agua que caía, pero las sentía brotar de sus ojos.

Había perdido a su abuela, a su alma gemela, a su compañera y confidente… La había perdido de una manera terrible y su propia familia la acusaba de lo sucedido, creyéndola capaz de hacer algo como eso.

Se prometió a sí misma que probaría su inocencia, que pediría el dinero prestado y saldría adelante.

Luego de la ducha se quedó dormida sobre su enorme cama que en nada se comparaba al lecho estrecho y duro de la cárcel. ¿Quién le diría que terminaría sin un centavo y acusada de asesinato?

En el curso de la semana Isabelle se desesperó más aún… Ninguna de las personas con recursos que conocía en la ciudad quisieron prestarle dinero, peor aún: le cerraban la puerta en la cara, creyéndola culpable.

Belle, a pesar de estar en una familia rica, no tenía más dinero. Su abuela le había hecho una cuenta, que Belle vació casi por completo para pagar la fianza. Aurore, al haber nacido pobre, tenía mano dura para el dinero y solía decir que las grandes sumas las obtendrían cuando ella partiera de este mundo.

En la ciudad había corrido, tanto en la tele como en los diarios, una noticia que ofendía a los marselleses: Isabelle Chapelle había matado a su abuela de una sobredosis de insulina. Ella era la única que se encontraba en la casa y quien acostumbraba a inyectarle. Las huellas fueron encontradas en la jeringa y medicamento, y le habían visto discutir dos días antes en la ciudad por un asunto no muy bien esclarecido. La opinión pública le condenó rápidamente. Los que le habían visto crecer y hacerse una mujer, ahora le daban la espalda… Los que se decían sus amigos le abandonaron, temiendo que pudiese ser cierto eso que decían de ella. Sus conocidos se apartaron, como si tuviese una enfermedad contagiosa.

Gastón, su ex novio, pudo haberle prestado algo de dinero, pero se encontraba de viaje en Canadá y no habían terminado de manera muy cordial. Fue así que Belle, al final de la semana, tuvo una cita con Millard en el despacho de la casa sin que hubiese encontrado dinero alguno. Su familia no se hallaba en casa, apenas le dirigían la palabra y ella prefería el silencio a los insultos.

El despacho de su abuela era amplio, lleno de estantes de madera repletos de libros; un escritorio, algunos muebles y una enorme lámpara de bronce y cristal que colgaba del techo.

Millard le saludó y, como era costumbre, le echó una ojeada a Isabelle: ella vestía de negro, se encontraba de luto. Un vestido hasta la rodilla de paño, y un ligero abrigo.

—Han fijado la fecha de la audiencia para dentro de dos semanas —le informó—. Ha sido rápido y tenemos poco tiempo para establecer una estrategia…

Isabelle se estremeció, estaba muy asustada con lo que estaba escuchando. En quince días empezaría todo, y como resultado de ese juicio podría perder su libertad.

Trató de mantener la compostura y le invitó a sentar. Millard se colocó frente a ella en un diván, podía observarla muy bien: aquel cabello castaño, sus ojos verdes que parecían oscuros, y los labios más sensuales que había visto en su vida…

—Hay un problema —le comentó Isabelle—, no he podido conseguir el dinero.

Millard puso los ojos en blanco.

—Me temo entonces que no podré representarte más…

—Hagamos un trato —le pidió ella—, usted me defiende y cuando ganemos el caso, yo le pago el doble de lo que me está solicitando, cuando pueda tomar la parte de la herencia que me corresponde.

Millard sonrió.

—Querida, creo que no te has dado cuenta aún de que puedes perder y, para ser honestos, yo no estoy tan interesado en el dinero…

—¿No? —Ella no le comprendía.

—Por supuesto que te voy a cobrar, pero no voy a sumir el riesgo de no poder tocar ni un centavo si el veredicto no te es favorable. En cambio, me sentiría resarcido y pondría todo mi empeño en tu defensa si tú fueses un poco colaborativa conmigo…

Millard puso su mano sobre el muslo de Isabelle y levantó ligeramente el vestido. Ella se levantó de un salto, comprendiendo lo que estaba sugiriéndole.

—¡Márchese inmediatamente de aquí! —le gritó—. ¡Jamás imaginé que fuese un ser tan deplorable!

Millard no se ofendió, se levantó del diván y se dispuso a irse.

—Está bien, me marcho. Eso significa entonces que a partir de ahora estás sola —le recordó—. Buenas tardes.

Millard cerró la puerta del despacho tras él e Isabelle se desplomó en el diván. Él abogado tenía razón: estaba sola, no tenía familia, ni amigos, ni dinero y acababa de perder a su abogado que, aunque ruin, era el mejor abogado penalista de Marsella. Volvió a llorar en silencio, lamentándose de su suerte, hasta que luego se armó de valor y tomó la única decisión que, en su situación, le pareció acertada: huir.

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