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Capítulo 8.

Dilemas familiares.

—¿Puedo pasar?

Escuché la voz de mi hermano a través del espesor de madera que nos distanciaba. Aguanté la respiración aún con la espalda presionada contra la puerta y mis largas piernas —la sana y el hogar de Freddie— extendidas frente a mí.

Sé que había escuchado la conversación.

Aunque bueno, definir el intercambio de palabras que acababa de tener con mi madre como conversación era un tremendo eufemismo. La situación cada vez empeoraba entre ambas y tanto mi padre como Robert lo sabían.

Cada uno corría en direcciones opuestas cuando los portazos resonaban en la aparente tranquilidad de nuestra casa.

Muy despacio deslicé el trasero por el suelo para dejar el hueco suficiente como para que Rob pudiera pasar sin romperme la espalda.

—Adelante —logré murmurar antes de verme obligada a presionar los labios con fuerza.

Me negaba a derramar una lágrima en su honor. Jamás.

Con un chasquido la puerta se abrió y el rostro de mi hermano apareció en el hueco. Nuestras miradas hicieron contacto y un sollozo lastimero abandonó traicioneramente mi garganta. Este fue el último estímulo que Rob necesitaba para internar en el cuarto.

Se agachó frente a mí y las comisuras de sus labios decayeron en una mueca de angustia e impotencia. Sus ojos azules sondearon los míos y no hizo falta que pronunciara palabra.

Sus brazos me rodearon con fuerza y me aferré a él como un bebé koala. Los dedos de Rob se perdieron en mi melena que acarició suavemente durante un rato indefinido antes de incorporarse llevándome consigo.

Nos sentó en la cama y se apartó un poco.

—¿Quieres hablar de ello?

—¿Acaso serviría de algo? —mascullé y me sorbí los mocos finiquitando las ganas de llorar— ¿Quieres... ver un capítulo de Friends conmigo?

Robert sonrió.

—¿Cómo me podría negar, enana?

Gateé un poco por el colchón para alcanzar el ordenador y mi hermano se acomodó a mi lado. El corazón aún me latía demasiado deprisa en el pecho y toda la rabia que acumulé durante la pelea tardó en disolverse. Pero no existía mal que Chandler Bing jugando al escondite con un pato no fuera capaz de curar.

Incluso mi desastrosa relación con la mujer que me dio la vida.

Así muy despacio todo fue regresando a la normalidad forzada en la que estaba acostumbrada a vivir. Robert cerró la pantalla del portatil cuando el cuarto episodio llegó a su fin y se giró hacia mí. Tenía la cabeza apoyada sobre los brazos que le servían de almohada y sus ojos azules parecían más oscuros ante la falta de luminosidad del cuarto.

—Mañana Rowen y yo habíamos pensado en salir a cenar a un restaurante italiano. Hay uno cerca que tiene fama de ser bastante bueno. Me encantaría que nos acompañases.

Resoplé, sacudiendo la cabeza.

—¿Y estar de sujeta velas? Te quiero y también quiero a Rowen, pero no escatimáis en muestras de afecto en público, ¿no crees que sería un tanto incómodo?

—Podrías invitar a ese tal... Dylan.

Ese tono de fingida inocencia....

Entrecerré los párpados.

—Derek —corregí.

—Eso, Derek —Robert se incorporó hasta quedar sentado.

Ante su cambio de posición quedamos enfrentados, ambos con las piernas cruzadas, contemplándonos con una ligera nota de sospecha.

—Podría ir Noah —negocié presionado las manos contra mis rodillas y tratando de alzar una ceja.

Las dos siguieron el movimiento conduciendo al desastre mi rostro inquisitivo. Mi hermano se acarició el mentón no afeitado con semblante pensativo.

Estaba claro que aún no terminaba de encajarle la entrada de los chicos que me atropellaron en mi vida. Y mucho menos cuando ese tema fue abordado tras una larga conversación llena de amenazas de muerte hacia mi ex novio. Digamos que en esos momentos la confianza de Rob en mi gusto para los chicos estaba bastante mermada.

—¿Cómo se llamaba el otro? —me ignoró mi hermano ahondando en el tema que a él le interesaba.

—Luca —refunfuñé— El mismo que evitó.... bueno, ya sabes.

El chico se incorporó y elevó los hombros en un gesto de taimada rendición.

—Tú piensátelo, puedo recogerte después de clase mañana. Y ya sabes... si pasa cualquier cosa puedes llamarme. O llamar a cualquiera de mis amigos.

—Algún día tendré que empezar a solucionar mis problemas, ¿no crees?

Robert sonrió y volvió a acercarse. Lo alejé con la mano cuando me pellizcó una mejilla.

—Nunca. Tú siempre serás mi hermana pequeña y me tendrás ahí, solucionándote la vida.

—¡Luego que no maduro nunca!

Rob me sacó la lengua mientras se alejaba. Me tapé la boca cuando una discordante risa abandonó mis labios. Este hombre era imposible. Hacía menos de una hora tenía ganas de llorar y desmenuzar el mundo con las manos y ahora sofocaba carcajadas.

—Buenas noches, Eleanor. Te quiero.

—Buenas noches, Rob. No tengas sueños muy húmedos con Rowen.

Mi hermano se recargó contra el marco de la puerta.

—¿Para qué? Si la realidad supera a la ficción.

—SERÁS PERVERTIDO —estallé en risas y lancé mi cojín proyectil hacia su cabeza.

El tiro erró y se estampó contra el quicio de la puerta, demostrando una vez mi poca habilidad para los deportes. Robert me lanzó un beso antes de desaparecer cerrando con delicadeza. Me mordisqueé los labios unos segundos después de quedarme nuevamente en mi compañía.

Lancé un suspiro lastimero al aire antes de dejarme caer de espaldas sobre la cama. Permanecí en esa postura hasta que los párpados empezaron a pesarme. Liberé mi cama de la montaña de trastos que la acompañaban y me sepulté a mí misma entre las sábanas.

Sostuve el teléfono entre las manos. Mi pobre patatófono había sido sustituido por unos de los móviles antiguos de Troy. Iba un poco despacio y los controles eran extraños pero al menos me permitía tener aplicaciones inventadas después del nacimiento de Cristo.

Después de responder a los pocos mensajes de mis amigos y bloquear a un par de usuarios que empleaba el psicópata de Viktor para tratar de comunicarse conmigo me metí de nuevo en Instagram.

Había tecleado tantas veces el usuario de Derek que me salía el primero en el buscador. No me atrevía a pulsar un simple botón. A semejantes niveles de estupidez y vergüenza había llegado. Tenía que superar esas barreras o jamás volvería a echarme novio.

De perdidos al río.

Presioné el dedo sobre la pantalla con la adrenalina zumbando en las venas. Madre mía, el cardío extremo del siglo veintiuno. No perdía nada por deslizarme un puesto más abajo y repetir el proceso pero sin tanta tensión dramática con el perfil de Kavinsky.

Me quedé dormida antes de que ninguno de los dos diese señales de vida.

⚡⚡⚡

—Al parecer le han suspendido una semana por el incidente. Aunque creo que tomaron esta medida porque la subdirectora metió las narices en el asunto —comunicó Isaac mientras pelaba con toda la tranquilidad del mundo su mandarina— Pero los simios de sus amigos siguen por aquí.

—¿Por qué me pasarán estas cosas a mí?

Mi amigo me miró con una pizca de diversión. En su mirada estaba escrita la oración que no pronunció con tanta claridad que fue como escucharla.

¿De verdad quieres que te responda?

—Por suerte te tengo a ti para protegerme.

El castaño movió la cabeza negativamente.

—Soy alto, pero carezco de fuerza física.

—Pero eres rápido —debatí— al menos si nos persiguen puedes hacernos desaparecer en un instante. Además, ¿ser el redactor jefe del periódico no te da algún tipo de privilegio?

Isaac volvió a negar la cabeza sonriendo y se introdujo un gajo en la boca. Regresé la atención al libro que tenía entre las rodillas. Si quería aprobar el parcial del jueves debía ponerme seriamente con física o jamás iría a la universidad que quería.

Mi vista se perdió entre los vectores de un campo magnético. A veces sospechaba que era disléxica porque era incapaz de interpretar semejante lío de direcciones y sentidos. Mastiqué la teoría como pude mientras mi amigo se terminaba su merienda.

Jossie no había asistido a clase ese día por motivos personales.

Motivos personales... por el mensaje que recibí la noche pasada aquellos motivos tenían poco de personales. O quizás el término fuese lo suficientemente amplio para englobar un viaje de esquí con tu novio, por supuesto.

—¿Al final vas a ir a la cena con tu hermano?

—No lo sé —admití abrazando el grueso tomo de física y fruncí la nariz— no quiero ser la tercera en discordia en la relación de mi hermano. Ya me he hecho bastante amiga de Rowen, pero no sé si le gustará que me inmiscuya en su cita.

Isaac meditó mis palabras.

—Siempre puedes venir con Anna y conmigo.

Mis labios se entreabrieron por la sutil sorpresa.

—¿A una conferencia de... a saber que científico que a descubierto a saber que cosa?

—¡Oye! —mi amigo arrugó el papel albal entre los dedos con expresión enfurruñada. Parecía un niño al que se le ha dicho que debe lavarse los dientes e irse a dormir— ¿Estás insinuando que nuestras citas son aburridas?

Dejé el libro a un lado en las gradas y le despeiné ganándome un alarido de puro ultraje.

—No lo insinúo, Kowalski. Lo afirmo.

—Serás... —empezó a peinarse con los dedos marcando su cara de contrariedad aniñada— la próxima vez no venimos a a espiar el entrenamiento de lacrosse.

Me puse roja ante su magistral jugada y cerré obedientemente la boca.

—No lo estamos espiando, estamos... tomando el fresco.

—Sobretodo esto.

Dicho esto, se subió hasta los topes su cremallera. La verdad es que el ambiente no era especialmente agradable para estar al aire libre. A estas alturas apenas sentía el trasero en contacto con el metal congelado pero las vistas merecían la pena. Iba a responder cuando mi móvil vibró en algunos de los bolsillos del amplio plumas amarillo que llevaba.

Noah.

Tu hermano envía a la caballería pesada. Me ha dicho que si te convezco para salir esta noche, me regala un brownie. Podemos compartirlo.

Yo.

¿Tan fácil eres de sobornar?

Noah.

La cuestión aquí es si tú lo eres también. Venga, dí que sí.

Chasqueé la lengua divertida y mis dedos se movieron sobre el teclado escribiendo una respuesta rápida. Bloqueé el dispositivo y volví a centrar la atención en el cambio. Había logrado adivinar que Derek llevaba el dorsal 11 y ahora trataba de encontrarlo entre los chicos que corrían en el campo un par de metros más abajo. En la portería se encontraba Kavinsky con su número 24 y su atención puesta en el resto de sus compañeros.

Me preguntaba que historia se escondía tras el chico de la cicatriz en el mentón.

Lo que no sabía es cuan cerca estaba de averiguarla ni lo que aquello implicaría.

Es martesss, y como cada martes, un nuevo capítulo de Kavinsky. Bueno, vamos avanzando con lentitud en las relaciones personales de nuestros personajes.

Parece que la vida de Eleanor no es de color de rosa. 

Quizás necesite a alguien para endulzársela, ¿ese alguien tendrá también sus dramas? LO IREMOS AVERIGUANDO.

OJO: LOS COMENTARIOS ANTERIORES AL 16 DE JULIO DE 2019 NO CORRESPONDEN CON ESTA HISTORIA.

HABRÁ DEDICACIONES A LAS PERSONITAS QUE MÁS COMENTEN O CUYOS COMENTARIOS ME SAQUEN UNA SONRISA.

Nos vemos el sábado con más.

Búscame en Instagram, como @comandanteprim y también a los perfiles de los personajes que se encuentran en la historia destacada que se llama igual que la novela, ¡no tiene pérdida!


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