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13.- El auto rojo

Ah, una vez más de vuelta en la cafetería.

Las vacaciones habían durado poco, pero habían valido la pena para los cuatro chicos.

Gilbert atendía a un cliente cuando Alexander entró a la cafetería desbordando euforia.

—¡Lo encontré! —gritó cuando vio a John tras la caja registradora —¡Encontré mi auto en un corralón a unas cuadras! —le dijo al pecoso zarandeándolo.

—¿Tu auto rojo? —le preguntó Hércules mientras le servía café a una señora.

—Alexander, ¿podrías, por favor, callarte de una vez? ¡Me espantas a la clientela! —la señora que atendía Hércules dio un brinquito en su silla por el grito y se persignó por el susto que le había dado Lafayette.

—Sí, sí. ¡Mi auto rojo!

El francés se quitó de un solo jalón el mandil que llevaba amarrado al torso y lo azotó contra el piso. La señora se puso a orar.

—Eso es todo, los veo mañana —dijo masajeando sus cienes y saliendo de la cafetería.

Ni Hércules ni Alexander se inmutaron. Tampoco John.

—¿Me acompañan a recogerlo?

—Pero estamos trabajando —le respondió Laurens viendo al mayor.

—Puedo cuidar la cafetería mientras —se ofreció Hércules —. Así llamo a Laff y le pido que regrese —dramatizó.

—Oh, eso sería estupendo —dijo Alexander mirando a John con súplica—. ¿Vamos, vamos, vamos?

—Está bien.

—Que caro —se quejó Alexander después de haber tenido que pagar la multa.

—Pues yo creo que fue un precio razonable considerando que tuvieron que traerlo hasta aquí. Recuerda que estaba en la carretera.

—...

—Bueno, el punto es que ya lo tienes de vuelta —le sonrió Laurens.

Hamilton estaba por entrar al asiento del piloto cuando John se le adelantó; así que resignó a ir de copiloto solo por esta vez.

—No sabía que supieras manejar.

—Me enseñó mi papá hace mucho, saqué la licencia hace poco —sonrió mientras encendía el auto.

—Espero que manejes bien, porque valoro más este auto que mi propia vida...

—Ajá —dijo el pecoso—, y por eso lo dejas a mitad de la carretera, ¿no? —se burló.

—¡Solo fue esa vez, lo juro! Y lo dejé ahí con las llaves dentro porque me distraje —frunció el ceño y cruzó los brazos mientras veía el paisaje a través de la ventana.

—Ah, lo siento —dijo y guardó silencio por unos momentos —¿Tienes hambre?

Alexander no tuvo tiempo de contestar cuando John se había dispuesto a ir a algún lugar a comer algo con su mejor amigo.

Laurens se quedó pensado un momento, ya ni siquiera escuchaba lo que su compañero le decía. No sabía muy bien porque lo había invitado a comer. Desde la última noche en el hotel había comenzado a sentirse confundido cada vez que estaba con el moreno.

Estacionó el auto frente a un restaurante italiano no muy lejos de la cafetería donde trabajaba.

—¿Aquí comeremos? —le preguntó Alexander.

John pensó dos veces antes de hablar.

—Esto... ¿se podría decir que esta es una cita?

El corazón de Hamilton se aceleró desenfrenadamente al escuchar esas simples palabras.

—¿Qué?

¿Eso era una cita?

De un momento a otro las mejillas de Laurens se colorearon de un rojo intenso y Alexander sintió que era el mejor día de su vida.

—¡No! Eh... ¡Lo siento! Yo... —empezó a balbucear nervioso el menor sin saber muy bien que decir. Se empezaba a arrepentir.

—Puede serlo si tú quieres —le dijo Alexander haciendo un nulo intento por mantener la calma.

John ya no sabía qué hacer. Y en uno de sus impulsos le dijo a Alexander:

—No puedo. Sal del auto.

¿Qué?

—John. No voy a salir del auto si tú no sales —le dijo—. Es mi auto.

—Por favor —le dijo el pecoso  con la cabeza gacha.

Hamilton salió del auto y el menor se fue manejando sin mirar atrás.

¿Qué acaba de pasar?

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