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11.- Juegos de mesa

—No es tan malo, ¿o sí? —preguntó Alexander a John.

Las estrellas adornaban el obscuro cielo, y los dos amigos estaban tendidos sobre la cama de su habitación sin poder diferenciar lo que cada uno veía por la evidente falta de luz.

—No, no lo es —respondió el pecoso—. La verdad me agrada estar contigo —sonrió.

Ya eran cerca de las tres de la mañana. Pronto amanecería y ellos se reunirían con Lafayette y Hércules (que tenían la habitación de enfrente).

—No puedo dormir. —Alexander volteó de lado, sin darse cuenta de que ahora estaba cara a cara con Laurens.

John abrió los dos ojos y se levantó repentinamente de la cama.

—Ni yo — hizo una mueca y prendió la luz de la habitación.

Hamilton seguía acostado y, a pesar del calor que hacía, estaba tapado con la cobija de la cabeza a los pies casi.

—¿Y si jugamos algo?

La puerta de la habitación de Hércules y Lafayette sonó fuertemente espantado al francés, quien se cayó de la cama repentinamente. Mulligan despertó por el golpe que escuchó y se rio al ver a su amigo tirado en el piso, pero la culpa lo invadió rápido y terminó por ayudarlo a levantarse.

—¡¿Qué quieren?! —les preguntó el francés a John y Alexander viéndolos por la mirilla de la puerta de mal humor.

—No podemos dormir y estamos aburridos —dijo Laurens con una sonrisa de cómplice adornando su rostro.

Uh, pues que mala suerte para ustedes, porque nosotros si podemos dormir —Hércules abrió un poco la puerta para decirles esto y aprovechó para sacarles la lengua en forma de burla.

Alexander impidió con uno de sus pies que volvieran a cerrar la puerta y metió la mitad de su cabeza a la habitación.

—¡Vamos!, ¿nos van a dejar morir de aburrimiento? —les preguntó Hamilton haciendo puchero.

—Sí — Lafayette cerró de un portazo y Alexander logró salir por las nerices antes de que lo machucara.

—¡Chicos! —les gritó el pecoso alargando innecesariamente la "o".

Una señora mayor abrió la puerta de su habitación y les hizo una clara seña de que se callaran.

Los dos chicos asintieron apenados y la mujer volvió satisfecha a sus aposentos.

—Abran —dijo como último intento John de que los dejaran pasar—. Tenemos esto.

Hércules dio otro vistazo a sus amigos a través de la mirilla, encontrándose con que sostenían una gran caja de cartón. Suspiró resignado y les abrió la puerta.

Cuando dieron las siete de la mañana el reloj natural de Angelica la hizo despertarse como de rutina, y ella no tardó ni un segundo en despertar también a sus dos hermanas.

—¡Cinco minutos más, Angelica! —gritó Peggy enrollándose aún más en sus sábanas.

— Estamos de vacaciones, déjanos ser felices —le dijo Eliza sentándose en la cama.

—Oh, que mal que no se quieran levantar... estaba planeando... ya saben —sonrió maliciosamente mientras abría la puerta de la habitación del hotel —. Quería que fuéramos a saludar a los chicos, pero en vista de su gran cansancio iré yo sola —dijo por último, saliendo de la habitación.

Antes de que la mayor de las hermanas cerrará la puerta tras de sí, Eliza la tomó del brazo.

—Danos cinco minutos y vamos contigo —dijo nerviosa Eliza.

—¡A mi no me incluyas —dijo Peggy.

—¿Qué se sentirá no tener hermanas? —preguntó la menor de las Schuyler mientras miraba a sus hermanas con desagrado.

Angelica rodó los ojos y paró de caminar abruptamente de un momento a otro. Ya habían llegado a la habitación de John y de Alexander.

Eliza no pudo evitar emocionarse, pero su emoción se fue repentinamente antes de que si quiera pudiera tocar la puerta; fue cuando las tres escuchar los ruidos de la habitación de enfrente.

¡No! —se podía distinguir perfectamente la voz de John. —¿Qué crees que haces, Alex?

¡Ni de broma vas a caber ahí, míralo, es muy angosto! —ese sin duda era Lafayette hablando.

—Oh. Por. Dios —dijo Eliza pálida sin saber cómo reaccionar.

¡Ahora! ¡Hazlo rápido! —gritó esta vez Hércules.

¡Ya les dije que no puedo ir tan rápido! —Alexander se quejó, exhausto.

Peggy tomó su celular y grabó todos los sonidos mientras se carcajeaba de la risa.

—Creo que quizá no debimos haber venido —murmuró Angelica meintras trataba en vano de cubrirle los oídos a Eliza.

—Eso suena a alguna clase extraña de orgía —dijo Peggy maliciosamente.

—¡Peggy!

— ¿Qué es una orgía? —preguntó Eliza, siempre inocente, aún pálida.

—¡Nada! —se apresuró en decir Angelica mirando mal a la menor.

Hércules no tardó en abrir la puerta de la habitación al escuchar las voces de las chicas del otro lado.

—Hey —dijo alegre.

—Ah... —Eliza no sabía que decir, bueno, ni ella ni las demás.

—¿Quieren pasar?

—¡Jugábamos Twister!, ¿quieren jugar?

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