
La salud de Isa
EXCEPCIÓN DESDE EL POV DE LIV PORQUE YO ESCRIBÍ GRAN PARTE DE ESTO TAMBIÉN, COMO UN EXPERIMENTO DE PERSPECTIVA.
* * *
Vi que algo iba mal cuando Isa dejó la botella en la barra muy rápido, girándose para darle la espalda al idiota de Bruce Wayne que acaparaba su atención como siempre desde que entraba al lugar.
—¿Todo bien? —le pregunté en voz bajita. Más que nada porque ella jamás le daba la espalda al tipo ese, como yo bien me encargaba de señalarle para ver cómo se ponía roja.
Isa negó con la cabeza al mismo momento que tosía raro con la boca fuertemente cerrada, y no tardé ni un segundo en dejar todo lo que tenía en mis manos y agarrar a mi mejor amiga del brazo. Casi corriendo llegamos al baño del servicio y me encargué de cerrar la puerta mientras Isa tosía con libertad sobre el lavabo.
—Isa, eso es mucha sangre —comenté con una calma fingida. Interiormente estaba chillando.
Entre tos y tos, Isa se las arregló para responder.
—No es la primera vez, no pasa nada.
—¿Cómo que no pasa nada? —le chillé en una voz más alta y aguda de lo que planeaba—. ¡Estás tosiendo sangre, gorda! ¿Has ido al médico?
—Al principio, pero me dijeron que no era nada. Creo que tiene que ver con mi enfermedad.
—Tienes que ir de nuevo, pendeja. ¿Cuántas veces van que toses así?
Isa sacó el teléfono de su bolsillo y anotó algo antes de quedarse mirando la pantalla por un momento y luego responder.
—Ocho desde que comencé a anotar, en la segunda o tercera vez que me sucedió. Tengo que hacerme un estudio para definir si es esta enfermedad o qué.
—¿Y por qué no te lo has hecho ya?
Me miró poniendo los ojos en blanco. Se tapaba la boca con la mano, supuse que para que no viese el desastre con la sangre, y había dejado el agua del grifo corriendo.
—Sólo lo hacen en clínicas privadas y es carísimo. En su momento era imposible pensar en pagarlo, y sigue siéndolo. No puedo ahorrar para eso y vivir a la misma vez.
—Te doy de mi paga, Isa, no seas idiota —le recriminé, y luego tuve la idea más brillante hasta la fecha—. O pídele al imbécil ese de ahí afuera que te vive molestando con sus bebidas alcohólicas y sus propinas desmesuradas. Seguro que puede darte un par de miles de dólares y ni lo va a sentir.
Isa casi que me agujereó con la mirada, y me apuntó con un dedo.
—Liv, le dices a Bruce de esto y te mato. Te mato.
* * *
—Hola.
Alcé mi ceja izquierda, y ni siquiera le respondí el saludo. Bruce sonrió con burla, porque sabía que yo ni siquiera trataba de ocultar mi desagrado hacia él.
No necesitó pedir nada, preparé su copa y la puse sobre la barra.
—¿Dónde está...?
—Es la quinta vez que me pregunta lo mismo en menos de diez días, señor —arrastré las letras de la última palabra, y enfoqué sus ojos castaños—. Ya no me pregunte más por qué no vino. Ella no es de su propiedad. ¿Okay? ¿Se le ofrece algo más?
Era obvio que no le gustó ser interrumpido, pero no hizo comentarios sobre eso. En su lugar, arrastró la copa para quitarla del camino, en un claro gesto de que quería conversar.
—Por supuesto que Isa no es de mi propiedad —dijo, como si fuese obvio e indiscutible. Su comportamiento no lo dejaba tan evidente—. Pero me preocupa que se haya ausentado por tanto tiempo. ¿Por qué tiene un franco por enfermedad?
No sabía qué me ponía más furiosa: si el hecho de que él preguntase dónde estaba ella sabiendo de antemano que había pedido una temporada franca por su salud, o el hecho de que supiese de ello en primer lugar sin que fuera de su incumbencia.
—¿Sabes qué, Bruce? —No fui formal, y no me importó. Moví la bandeja y los cubiertos que tenía en frente, y me acerqué a él, retándolo—. Puede que muchos en esta ciudad te crean un dios todo precioso, pero para mí eres el hombre más imbécil que una madre ha parido sobre la tierra.
Torció las comisuras de su boca en una sonrisa irónica, esa misma de la que Isa me había hablado toda babosa más de una vez.
—Te aseguro que no eres la única que piensa eso, Liv. Es más bien la mayoría de Gotham. Pero no estoy discutiendo eso, más allá de que tengas razón o no. Me preocupa Isa, y te pregunto a ti porque eres la persona más cercana a ella.
Sonreí y negué a la vez, con el cinismo y el veneno brotando por todos mis poros.
—¿Te preocupa? —Lo dio por sentado, porque ni siquiera asintió en un movimiento con su cabeza—. Pues deberías dejar de lastimarla, de confundirla y de jugar a ver quién cae primero, idiota. Está enferma, lo sabes, y en lugar de ocupar tu tiempo en visitarla lo gastas aquí preguntando por ella. No... —susurré cada vez más bajito—... te soporto. Déjala en paz.
Sonrió, pero se vio más falso que un anuncio de crema facial, y ni siquiera mostró los dientes. Por primera vez podía jurar que se veía dolido.
—Ella sabe, Liv —dijo con simpleza. ¿Saber qué? ¿Qué sabía Isa que yo no? Fruncí el ceño aún más para obligarle a seguir hablando, aunque ahora lo hizo en una voz tan baja que tuve que esforzarme para oírlo—. Sé que te contó sobre Batman. Él utiliza una máscara para proteger a quienes Bruce Wayne ama, pero si alguien lo reconociese, podría usar eso en su contra. Hay un paso más, difícil pero mucho más seguro, en el que Bruce Wayne protege a alguien pretendiendo que no conoce a esa persona.
¿Eso era todo lo que tenía para decir, porque creía que con palabras bonitas e inteligentes lo solucionaba todo?
—¿De qué la estás protegiendo, Bruce? —susurré aún más bajo, imitando su postura—. ¿De ti?
Sus ojos rasgados se quedaron en los míos por otro minuto, pude ver con claridad la velocidad en la que pensaba. Qué bien, punto para Liv. Había puesto a pensar al hombre que siempre ponía a pensar a todos.
—Está enferma —volví a decir, para dejarle claro y en evidencia que no era una simple gripe—. Si no desea nada más, señor Wayne, sigo con mi trabajo.
—Dijiste que muchos me ven como un dios, pero otros tantos o más me ven como un blanco al que disparar —El tipo volvió a la carga, como si yo no hubiese dejado implícito que la conversación había acabado—. No quiero a Isa en la primera plana del Gotham Times cada vez que yo hago algo, y menos aún deseo que alguien la utilice para chantajearme si se descubre mi identidad. No es tan fácil como lo pones, Liv. En absoluto.
Para ese punto ya me podía asesinar con la mirada, y distinguí al fin esa furia interior que según Isa contenían los ojos de Batman tras la máscara. Bruce Wayne sacó su billetera y me extendió una cantidad de billetes que yo nunca en mi vida había visto juntos.
—Para el estudio médico, y los medicamentos que precise —dijo, se bebió el vino de un trago y se levantó sin mediar más palabras.
—¡Ey! —le solté antes de que se terminara de mover—. Te esperas ahí.
Increíblemente se detuvo, y se volteó con más velocidad y más fuerza de la necesaria.
—¿Vas a volver a insultarme? —cuestionó, y entorné los ojos.
—Ganas no me faltan —sentencié—, pero no voy a insultarte, sólo voy a decirte que tarde o temprano estará en donde temes que esté —me moví de detrás de la barra, y me paré frente a él—. No sé qué es lo que quieres con ella, y si te molesto no me importa. Es mi mejor amiga, Wayne. Mi mejor amiga.
Lo reté otro poco con la mirada, y es que ya le había perdido el respeto. La rabia que me daba su tranquilidad era más fuerte que todo. Le di la espalda y regresé a mi puesto con el dinero para la consulta en la mano.
* * *
Abrí la puerta con cierta inquietud en el cuerpo, y me dieron ganas de volver a cerrarla de un golpe cuando vi a la persona que estaba del otro lado del umbral.
—Gorda, tienes visita.
Isa me miró sorprendida, porque pocas veces cualquiera de las dos éramos visitadas. Bruce cruzó la puerta, y automáticamente los vi conectar miradas. Hice una mueca, y giré los ojos en un gesto de cansancio. Verlo y que mi mejor amiga se pusiera toda babosa eran cosas iguales.
Me moví hacia el pequeño comedor para darles, o darme, un poco de espacio, pero no les perdí ni pies ni pisada.
—¿Cuáles fueron los resultados?
—Estoy bien, Bruce. Todo está bien.
Él medio que sonrió, pero fue una mueca diferente, una mueca... ¿Humilde? ¿Había humildad en ese hombre? Crucé mis brazos sobre mi pecho y apreté mis ojos. Un segundo después Bruce Wayne estaba acomodando el pelo desordenado de Isabel Gibert. El aire se estancó en mis pulmones, pero no los interrumpí. Ella se veía alegre y calmada, como si luego de ese instante pudiese morirse con tranquilidad.
—Me alegra saber eso.
Ella no le contestó, Bruce se quedó mirándola, y yo mirándolos. Se veían bien, me lo admitía, pero no todos aguantaban la estupidez del "señor".
De pronto, sin decir ni avisar, él la estrechó entre sus brazos. Parpadeé. Isa era demasiado pequeña en comparación a él, cualquier mujer lo era, pero ella era a quien estaba abrazando. Le respiró en el cabello, y por sobre su cabeza me miró a mí y me lo dijo todo.
Estaba tan enamorado de ella como ella de él.
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro