Capítulo 9.
El profesor de Posesión había abierto un portal al mundo humano, y vigilaba que cada grupo pasara a su respectiva zona en donde se reunían con la bruja para cumplir con su examen, sin desviarse de lugar. En razón de la dificultad del trabajo, pasaba un grupo por vez: el de Crowley lo hizo en tercer lugar, por lo que el ángel tuvo tiempo de tomar algunas notas más observando a sus compañeros. En general parecían bien, aunque un par de ellos se veían visiblemente mareados. Una demonio de pelo rosa vomitaba sin parar en un balde. Tratando de ignorar eso, se volvió hacia Crowley y el pelirrojo le apretó la mano brevemente.
-Tranquilo, ¡nosotros lo haremos bien! No somos como estos perdedores.
-¿Oye, a quién le dices...?- empezó a atacarlo la demonio descompuesta antes de salir corriendo del aula, con su amiga detrás llevándole el balde. Zira soltó una risita nerviosa y no pudo evitar sentirse culpable.
-¡Oh, cielos! No debería reírme de ella, ¿verdad?
-Claro que sí. Aquí no somos delicados, si fallas y arruinas a tu equipo eres un perdedor. Sin ofender, Ligur.
-Ya, gracias, cuanto apoyo de tu parte...
-¿Y yo no lo arruinaré?
-Claro que no, ángel. Tú aprendiste del mejor y lo harás espectacular.
-Bueno, a ver, ¡ustedes el grupo tres!- los llamó el profesor a los gritos.- Dejen de perder el tiempo y prepárense. Abriré el portal para que pasen a la superficie... hoy les toca... el Soho de Londres. Es una zona bastante concurrida así que tendrán que esmerarse. ¿Está claro?
Zira tragó saliva y asintió. Era el momento de probar que merecía la confianza que Crowley y los otros habían depositado en él.
(...)
Era la primera vez que pisaba el mundo humano y todo se sentía nuevo y excitante: los edificios, el aire cargado, el murmullo de cientos de personas yendo y viniendo sin reparar en los cinco adolescentes que habían surgido prácticamente de la nada. Crowley era el líder así que los guió discretamente hasta un callejón en donde los aguardaba Anathema Device, su bruja asignada, una joven de diecisiete años que asistía a la escuela de brujas Agnes Nutter. Aziraphale tampoco había visto a una bruja antes, en los libros de su otra escuela las describían como mujeres perversas y feas, cuya malignidad quemaba y ofendía a la vista, pero Ana era una joven muy bien parecida, con un largo cabello negro, lentes de estudio y ropas anticuadas que la hacían ver como una bibliotecaria. Su apariencia no era ofensiva, y sus ojos no dejaban ver maldad, solo diversión y una gran confianza.
-Bienvenidos. ¡Llegan justo a tiempo! Las personas están yendo a sus trabajos así que las calles empezarán a quedar vacías. ¡Será perfecto para que ustedes avancen!
-Sin duda ayudará que haya menos personas dando vueltas. Ana, mira, te presento a Aziraphale, nuestro nuevo compañero.
-Ah, sí, el ángel... el director lo mencionó. ¿Cómo estás?- lo saludó con simpatía tendiéndole la mano. Zira se sintió mucho más seguro ante la bruja.
-Estoy bien, gracias por preguntar...
-Bueno, me encantaría invitarlos a tomar el té pero tenemos otras cosas que hacer. ¡Vamos! Sobre esta calle hay muchas víctimas potenciales. ¿Quién empieza?
-Yo- dijo Hastur con seguridad.- Ligur va a copiar mi estrategia así que quiero que me vea.
Todo fue vertiginoso y extrañanamente bien ejecutado. Hastur eligió como víctima a un sacerdote que encontró en una librería antigua, y lo obligó a pedir pornografía delante de una multitud de clientes. Zira se sintió mal por él pero cumplió con su rol, distrayendo al vendedor junto a Crowley para que Hastur pudiera abandonar el cuerpo sin que lo notaran. Mientras el sacerdote enrojecía ellos huyeron y enfilaron hasta su siguiente destino, un restaurante donde Ligur eligió a su víctima: un político conservador que acaba de gastar una enorme suma en un almuerzo privado. Zira estaba con Ana junto al mostrador de comida para llevar y oyó perfectamente cuando el político empezó a vociferar que estaba pagando el almuerzo con dinero de los contribuyentes.
-Oh, Dios, eso le traerá muchos problemas, ¿o no?
-Ese es el objetivo- señaló Ana.- Pero tú tranquilo, ¡que Ligur lo tiene bajo control! Ese muchacho ha progresado un montón... ¡Increíble!
El ángel se obligó a ignorar la cara de espanto del político al comprender lo que acababa de hacer, y se marcharon tan pronto como pudieron para que Dagon eligiera su víctima. Su compañera pareció disfrutar enormemente de avergonzar a una chica que estaba por confesarse a un muchacho en un puesto de helados: no solo le dijo al atónito joven un montón de puercadas, sino que se ofreció a ir con él para la zona de los moteles. Al abandonar el cuerpo, la chica quedó tan avergonzada que escapó corriendo entre las risas de algunos transeúntes.
-Al menos el chico fue tras ella para arreglar las cosas- lo consoló Crowley mientras él borraba las memorias de los comerciantes que habían presenciado el diálogo, para que la próxima vez que la pareja pasara por ahí nadie recordara el penoso momento.
-Sí, pero... empiezo a sentirme horrible... yo no sé si puedo humillar a alguien así, ¿no bastará con poseer un cuerpo y...?
-¿Y qué?- lo interrumpió Anathema, que acababa de asegurarse de que Dagon estuviera en buen estado tras la posesión.- ¿Poseerlo y después qué? ¿Cómo sabría tu profesor o cualquiera que has cumplido la consigna?
-Anathema, oye...
-No, Crowley, es mejor decírselo ahora para que entienda. Si lo sobreproteges no aprenderá que en la Escuela Infernal las cosas se hacen así. Para cumplir con el intercambio, tiene que hacer su parte y estudiar y aprender del modo en que un demonio lo haría.
Aziraphale se ruborizó terriblemente por el regaño, pero a la vez le dio la razón a la bruja. ¿Qué sentido tendría el intercambio estudiantil si no tomara las mismas clases y los mismos riesgos que los alumnos demonios? Hasta el momento había sido fácil, invocar cosas en un salón y aprender sobre magia negra en libros era algo que cualquiera podría hacer. Pero estaba en un examen: o lo hacía bien o reprobaría, así de fácil. Que le gustara la materia era otra cosa, pero él no estaba ahí para que le gustara o no. Estaba para aprender.
-Crowley, ¡te toca!- instó Hastur palmeándole el hombro. Crowley se quitó los lentes de forma innecesariamente dramática y miró a Aziraphale de reojo.
-Esto va por ti, ángel.
-¡Crowley, que galán!- se burló Anathema ante el evidente interés del pelirrojo por su nuevo compañero, el cual parecía demasiado nervioso como para entenderla. Anathema meneó la cabeza: los ángeles eran lentos de entendederas para los asuntos del corazón, pero, quien sabía... a lo mejor Crowley obraba un milagro.
"Debo impresionar a Zira. Debo mostrarle que soy el mejor" pensó Crowley eligiendo como víctima al dueño de una floristería, dos calles más allá del puesto de helados. El hombre estaba armando un costoso arreglo floral para una clienta adinerada, y su grupo se instaló de forma tal que pudieran verlo todo a la par que huir rápido si era necesario. Aziraphale tuvo la tarea de entrar con Anathema y fingir que eran hermanos que querían comprar un bello cisne de cerámica para su jardín.
-Ahora los atiendo, jóvenes, primero termino el encargo de la...
-¿Puede prestarme atención a mí? Estos mocosos pueden esperar- interrumpió la petulante vieja, ganándose el inmediato odio de Crowley. Con una respiración profunda para darse impulso, el pelirrojo entró al cuerpo del florista y se hizo sonar los nudillos con placer.- ¡Qué sonido más desagradable!
-Igual que su cara, momia horripilante- ladró el vendedor para horror de la mujer y de los otros clientes presentes.- ¡Qué fastidio creer que por tener dinero puede portarse tan insoportable!
-¿Cómo... cómo se atreve...?
-¡Oh, cállese! Lleva un rato aquí y lo único que ha logrado es que las plantas se pongan mustias del hedor a veneno que emana de usted. ¿Para qué quiere un arreglo tan costoso de todas formas? La belleza de las flores no se le pegará.
-¡Buen Dios!- susurró Zira tan horrorizado como fascinado por la forma en que Crowley había dejado sin habla a la maleducada mujer, que se trabó al querer contestarle y terminó diciendo barbaridades peores de las que él escuchara en la escuela. A su lado Anathema se moría de risa.
-¡Sinvergüenza, nunca más volveré a comprar en este horrible local... es un majadero, un miserable, un...!
-¡Por mí puede marcharse usted enseguida, no piense que voy a detenerla!- aseguró alegremente Crowley saludándola de forma irónica cuando al fin la dama se marchó dando un portazo. Los otros clientes parecían entre reprobadores y divertidos, pero al final todos se terminaron marchando echándole miradas incómodas y cuchicheando entre ellos. La historia no tardaría en echarse a correr por todo el Soho, pero a Crowley no le importaba tres pimientos.
-¡Oye, fue fabuloso!- gritó Dagon partiéndose de risa.- Pero vamos, debemos irnos pronto para que Aziraphale haga su... ¿qué haces, Crowley?- se interrumpió a sí misma al ver a su amigo tomando todas las rosas lavanda del arreglo floral de la ofendida vieja, y atándolos con una cintita. Después se salió del cuerpo del vendedor (tan aturdido que ni los vio) y se las dio a Aziraphale al tiempo que le besaba la mano.
-Un pequeño recuerdo de este día, ángel.
-¡Eres un estúpido!- regañó Hastur rato más tarde, mientras corrían de forma poco discreta para que el vendedor no sospechara de los adolescentes a los que no recordaba haber atendido pero que se marchaban con sus valiosas flores.- ¿Cómo se te ocurre perder el tiempo para robarte unas rosas? ¿Enloqueciste o qué?
-¡Oh, no molestes, no fue para tanto! Además no pasó nada malo.
Zira llevaba las rosas con aspecto totalmente abochornado, pero no por el regalo en sí, sino por el hecho de que Crowley se tomara tantas molestias solo para hacerlo sentir cómodo. Su apoyo, la forma en que lo elogiaba, los regalitos... ¿por qué era tan bueno si era un demonio? Quería pensar en eso más a fondo pero no tenía tiempo, era su turno de poseer a alguien y no estaba concentrado en lo absoluto. Cuando Anathema los guió hasta la calle donde residía una famosa vidente, la bruja tomó el mando y le dijo, seria:
-Seguro que tienes ganas de volver a la escuela y de poner esas rosas en agua, pero no hay tiempo ahora para distracciones. Dame las flores, te las tendré mientras posees a alguien. ¡Ánimo! No esperes más tiempo o solo te costará más.
-De acuerdo. Allá... allá voy- se animó a sí mismo acercándose a la casa de la vidente y preguntándose como entrar sin quedar en evidencia. Allí difícilmente pasaran desapercibidos un grupo de adolescentes, pero Crowley le hizo el favor de simplemente abrir la puerta con un chasquido y sonreírle. Asustado por la idea de ser descubierto, avanzó rápido por un pasillo y vislumbró varias personas sentadas a una mesa de videncia. La mujer a cargo murmuraba cosas en tono místico, pero Zira supo de inmediato que era una charlatana. No tenía ni el menor rastro de poder espiritual.
"Lo siento, señora" pensó mientras se hacía incorpóreo y se acercaba flotando a ella con la intención de escogerla como víctima. Junto a ella había un joven de anteojos de aspecto muy tímido, que parecía no tener más de dieciocho, y cuya angustia lo distrajo por demás.
-¡Madame Tracy, ayúdeme! Este año me gradúo de la secundaria y es terrible. Para todos los trabajos es preciso manejar computadoras y yo soy un desastre, no puedo tocar una sin descomponerla. ¿Tengo una maldición? ¿Puede decirme si alguien del otro lado me ha echado mala suerte encima?
Aziraphale era muy sensible a la angustia ajena y el chico sin duda estaba angustiado, por lo que su concentración se rompió del todo y en lugar de entrar en el cuerpo de Madame Tracy, entró en el del muchacho de anteojos. Aterrado por el fallo, el ángel se apresuró a fijarse a ese cuerpo por instinto antes de siquiera pensarlo Fue una sensación fría y escalofriante, para nada parecida a cuando entrara en Crowley. Quien, por cierto, estaba atónito y le hizo una rápida seña a Anathema para que se acercara a ayudar.
-Señor Newton, cálmese, los espíritus tienen un mensaje para todos, siempre que prestemos...
-Oh, olvídelo- respondió Aziraphale con un tono que pretendía ser arrogante.- Debo haber estado desesperado para recurrir a una vidente por ayuda. ¡Cómo si estas tonterías fueran ciertas!
-¡Oye, respeta a Madame Tracy!- exigió una mujer sentada a la derecha que era de sus más fieles clientas.
-¿Qué pasó?- susurró Anathema al acercarse a Crowley y verlo agitado. En esos momentos la puerta volvió a abrirse y salió el joven de anteojos siendo expulsado por los otros tres miembros de la sesión espiritista, que quedaron chocados al ver a un grupo de adolescentes en su vereda. Aziraphale entró en pánico y Crowley no tuvo tiempo de decirle a la bruja lo que había pasado, por lo que el ángel tuvo que tragarse sus miedos e improvisar.
-¡Oh, pero si es la mujer de mis sueños! Mi verdadera guía al éxito. Mi musa.
-¿Eh?- Anathema se quedó descolocada de verdad. Aziraphale (Newton en realidad) se acercó a ella y soltó una sarta de estupideces que esperó jamás tener que volver a repetir a nadie.
-Me llamo Newton Pulsifer y soy tu futuro esposo, bella señorita.
-¿Pero quién diablos te has creído?- inquirió Anathema con las mejillas rojas de vergüenza, lo que aumentó cuando Newton le besó galantemente la mano.
-Si el destino me trajo hasta aquí fue para conocerte...
-¡Eres un atrevido!- siseó la bruja dándole una bofetada con la mano libre, lo que expulsó a Aziraphale del cuerpo como si nada. Recién allí ella comprendió y su confusión y vergüenza aumentaron en un mil por ciento; Crowley ya había corrido a ayudar al ángel, las personas de la mesa habían regresado a su sesión de espiritismo murmurando cosas sobre los amores de los jóvenes, y Hastur, Ligur y Dagon aguardaban muertos de risa a que ella borrara la memoria del chico para hacer su trabajo de limpieza.
-¿Qué pasó...? Lo siento, señorita, ¿te hice algo ofensivo para que me hayas pegado?
Crowley oyó eso y rió por lo bajo, pero no se detuvo a ayudar. Caminó con Zira de la mano hasta estar fuera de la vista de los otros, observando al tembloroso rubio con más respeto del usual si eso era posible. Había poseído bien a un humano, causado alboroto y avergonzado a una bruja. ¡Sin duda tendría la mejor nota de la clase!
-Crowley... ¿Lo hice bien o lo arruiné?
-Lo hiciste perfecto, Aziraphale. Mejor que yo. Mejor que nadie en toda la escuela de hecho. Serás el héroe de todos de a partir de ahora.
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