Capítulo 19.
-Bueno... eso fue interesante- opinó Beelzebub después de cortar la llamada. Con pereza se levantó de su silla y se dejó caer en la cama, estirando las alas al máximo. Tenía ganas de dormir una siesta y no podría hacerlo con las alas contracturadas.
El arcángel Gabriel, aquel tipo pesado de bufanda lila, le había pedido "sutilmente" que le contara cosas de su mundo natal, más concretamente de la vida en la escuela de demonios. Ponía entre comillas lo de sutil porque Gabriel no era tan listo como creía, y se le habían notado las intenciones desde el principio. Si bien argumentaba que su interés era más bien académico, para comprender mejor el entorno que rodeaba a su pupilo, lo cierto era que se notaba su desconfianza y preocupación por la seguridad de Aziraphale. Supuso que sus preguntas eran una forma encubierta de espiar al ángel, para saber si lo dicho en sus informes era cierto o le estaba ocultando cosas.
"Bueno, no sé lo que ese ángel le habrá estado diciendo, pero sí sé lo que le voy a decir yo" pensó con un gran bostezo y otro estiramiento de alas. Aunque había decidido ayudarlo, eso no significaba que tuviera que involucrarse demasiado. Si Gabriel quería hacerse problemas por tonterías sería asunto suyo.
(...)
Los arcángeles de la residencia lo miraron feo desde el momento en que pisó su elegante jardín, lo que ya de entrada lo predispuso en contra suya. Esos idiotas con plumas actuaban como si su sola presencia fuera contaminante, cuando había sido su propia jefa diosa la que ordenara ese intercambio de estudiantes, con la colaboración de su lacayo el director Metatron. ¿Por qué entonces ese tratamiento desdeñoso? Si estuvieran en sus dominios se habría complacido en quemarles el trasero de una patada, pero no tuvo tiempo para pensar más porque ya Gabriel había llegado, avisado de su llegada. No le dio la mano pero sí hizo un gesto de saludo.
-Me dijiste que viniera aquí para hablar conmigo, así que dile a tus compañeros que dejen de mirarme tanto- pidió con una sonrisa falsa y ojos despiadados.- ¿O acaso no conocen los buenos modales?
-Te pido disculpas, olvidé avisar que vendrías y deben haberse sorprendido. Pero pasa, ponte cómodo que tenemos un excelente área de picnic para reuniones, ¿gustas tomar algo?
-¡No! Estar rodeado de tanto arcángel me da urticaria, así que prefiero terminar lo más rápido posible con esto. ¿Tú querías saber sobre la vida en mi escuela, no? Más concretamente la vida de mi curso, donde está tu alumno.
-En cierta forma sí, pero debes recordar que si deseo saber es porque...
-Tampoco me importa saber por qué quieres saber, ahórratelo. No es mi asunto. Así que bien, déjame despejar todas tus dudas de una vez: Aziraphale está perfecto, todo en el curso está perfecto, nada fuera de lo común ha pasado. El ángel se ganó el respeto de todos después de un examen de posesión donde lo hizo muy bien, y luego de eso ganó confianza suficiente como para mejorar su relación con los demás.
-¿En serio? O sea, sí sabía de ese examen, pero no que lo ayudara tanto con su socialización...
-Los demonios respetamos a quien demuestra poder, y al parecer fue muy poderoso. También es bueno en invocaciones, y Crowley me dijo que aprendió a plantarle cara a los mayores así que todo indica que lo está pasando bomba allí abajo. Ojalá yo pudiera decir lo mismo aquí arriba.
-¿Crowley? ¿Quién es ese?
-Un demonio de mi curso, un amigo. Ha estado ayudando a Aziraphale a adaptarse, y ahora son muy amiguitos. ¿No te alegra eso, por cierto?
-¿Alegrarme?
-Tenías miedo que Aziraphale la pasara mal o se granjeara enemigos, pero al parecer ha sido todo lo contrario. Tiene a dos mascotas infernales, compañeros buena onda y a Crowley para protegerlo si surgiera algún problema. ¡No necesita de tu preocupación en lo absoluto, al parecer!
Beelzebub se complació de notar que sus palabras, lejos de tranquilizar a Gabriel, lo habían puesto de mal humor. En primer lugar se alegraba porque no tenía derecho a preocuparse así, como si en el Infierno no supieran tratar bien a sus invitados y fueran todos un peligro potencial. Y en segundo lugar, porque para acudir a aquella reunión absurda había tenido que interrumpir su siesta, y odiaba con el alma que lo despertaran. La próxima vez se tendría que conseguir otro informante si quería andar de espía, porque él no pensaba volver a mover un dedo para ayudarlo.
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