six;
ALERTA PERMANENTE
White entró a la habitación de James sin tocar.
Y se lo encontró sentado al borde de la cama, calzándose un par de botas militares, solo usando un pantalón, sin camisa y dándole la espalda a la puerta, por lo que eso le dio a White una visión perfecta de su ancha espalda y las pequeñas pecas y lunares repartidas en sus omóplatos, rodeando el tatuaje de un león sobre sus dos patas, rugiendo con imponencia en medio de una llamarada de fuego.
— Sagrada mierda — balbuceó White. ¿Cómo es que se saltó el increíble panorama de esa espalda hacia un año? Por supuesto, los pectorales y su boca y el resto de su cuerpo le distrajeron; aun así, no era excusa. Merlín, por qué tenías que hacer a aquel hombre tan caliente. No era justo para su cerebro.
James se giró, levantando la ceja con extrañeza al verle ahí de pie. White parpadeó, obligándose a reaccionar para no incomodarlo. Se prometió, después del momento íntimo que compartieron en San Mungo, que olvidaría lo que ocurrió entre ellos y trataría de ser su amiga, de hacerle ver que no estaba solo como él creía. Y comérselo con los ojos no ayudaría a su causa, por mucho que quiera hacerlo.
— Lo siento — mintió, peinándose el cabello rubio hacía un lado. James se levantó de la cama y caminó hacía el armario pegado a la pared de la puerta, de la que sacó una camisa blanca sin mangas y se la colocó. El tatuaje desapareció de la vista, pero sus bíceps se flexionaron con el resto de su brazo gracias al movimiento. Oh, Morgana, ten piedad de su alma. — Debí tocar.
— No te preocupes — James sacudió la cabeza, sonriéndole tranquilamente mientras acomodaba el resto de su ropa tirada. Tenía el cuarto más ordenado de lo que White tenía el suyo, incluso cuando le daba la impresión de que él recién estaba levantándose. Le gustaría ese nivel de organización.
White se mordió el labio inferior.
— ¿El tatuaje es nuevo?
James no respondió al principio, rebuscando dentro de su armario el resto de su vestimenta. White miró a cualquier lado de la habitación excepto a él; el silencio que se extendía entre ellos le dio la sensación de haber invadido un ambiente que James no deseaba que invadiera. Se concentró en las fotos de una repisa sobre la cabecera de la cama, que documentaban distintos momentos de la vida de Harry y Rose, y también en los libros de aspecto antiguo con títulos escritos por letra cursiva, apilados encima del pequeño escritorio de madera frente a la ventana cerrada.
Al menos James adaptó este espeluznante lugar a él; White no se atrevió a tocar nada de lo que tenía el cuarto que Sirius le había dado su primera noche aquí, con la placa de Regulus Arcturus Black brillando dorado en la puerta. Kreacher, el elfo doméstico, casi escupió maldiciones asesinas por la boca cuando se dio cuenta de que invadieron el sagrado recinto de su amo favorito (y muy muerto). White sólo se quedó porque la segunda opción era compartir con las otras tres niñas en Grimmauld Place, y ella era una persona que apreciaba su espacio más que nada.
— No realmente — respondió, tomando la varita de la mesa de noche y moviéndola de un lado a otro. Las almohadas flotaron a su lugar contra la cabecera de la cama y la sábana se extendió, cubriendo el tendido — Lo tengo desde los dieciséis.
— Uh, los años de las rebeldías — bromeó White, cruzándose de brazos. — ¿Aprovechaste tu pronta mayoría de edad para que no te castigaran?
James se rió.
— Supongo que sí — se encogió de hombros — mis padres detestaron mucho la idea cuando se enteraron.
White silbó con impresión.
— Pude haber hecho eso en lugar de dormir con un profesor — reflexionó, imaginándose la reacción de Atenea si volvía a casa de ese campamento hippie con un tatuaje en lugar de la noticia de que Estudios Muggles no era una materia tan aburrida como parecía. Una serpiente que cubriera el costado de su cuerpo, uhm, no era tan mala idea.
Ahora le dieron ganas de tener un tatuaje, maldición.
— ¿Dormiste con un profesor? — repitió James, parpadeando incrédulo. White se congeló, dándose cuenta de lo que había dicho, e hizo un sonidito de afirmación para pretender que no le daba importancia, con la única intención de que él no le diera importancia. Tenía que trabajar en cuidar lo que salía de su boca; no deseaba que uniera cabos entre acostarse con un profesor y engañar a Bill. Para su buena suerte, James sacudió la cabeza y alejó esa imagen mental. — No quiero sonar grosero, pero ¿Qué haces aquí?
— ¡Ah, sí! — White sonrió, feliz de regresar a su tema de conversación inicial. — Quiero que me ayudes a mejorar mis habilidades de duelo.
James frunció el entrecejo.
— ¿Qué?
— Sí, ya sabes, venciste a cuatro mortifagos al mismo tiempo y ni te despeinaste — rápidamente, se retractó — bueno, es que siempre estás despeinado... Eso no es de lo que habló, me refiero a que a ti te salió perfecto la vigilancia y el duelo. Como tu superpoder. Mi superpoder es tener una cara bonita, pero eso no me va a servir para salir con vida. A menos que seduzca a un mortifago, sin embargo...
— No eres sólo una cara bonita — dijo James. Ella paró de hablar, quedándose con la boca seca, su balbuceo olvidado mientras procesaba esas palabras. Él, tras notar su repentina duda, se apresuró a añadir: — Y para haber sido tu primera vigilancia, no salió realmente mal. Siempre es complicado...
Dejó de escucharlo a mitad de la frase, como si zumbara a su alrededor. Lo veía abrir la boca y sacudir las manos, pero no era capaz de entender lo que decía, su sorpresa llevándole a las mil y un veces que se dijo a si misma que lo único bueno que tenía era su rostro, su belleza. No recordaba una vez, ni una sola vez, que alguien fuera de Atenea y Tonks haya tratado de rebatirle aquel pensamiento en toda su vida. ¿Él realmente creía eso o sólo lo decía para que no se sintiera mal?
— Además, es cosa de práctica — James seguía divagando cuando salió de sus caóticos pensamientos, revolviéndose el cabello en la parte inferior de su nuca; uno de los pocos gestos nerviosos que White se había acostumbrado a verle durante este tiempo conviviendo juntos. — Cuando te acostumbres a las misiones y las vigilancias, te darás cuenta que ninguno de nosotros aquí empezó siendo Merlín. Mucho menos yo, o Sirius, o Remus. Oh, deberías habernos visto en esa época...
— Bueno — carraspeó, volviendo a la realidad. Divagar también era otro de los grandes atributos de James, si le preguntaban a Sirius y Remus. Esos dos ya le habían advertido que no permitiera que fuera muy lejos o nunca escucharía el final de su diatriba. — Yo necesito que me enseñen, porque aprecio mi vida, no quiero morir y definitivamente no a manos de mortifagos. Mis habilidades de duelo son un asco, tú no eres un asco. ¿Si me enseñas, porfis?
James lucía indeciso, lo que obligó a White a usar su truco oculto bajo la manga, su otro superpoder: los ojitos de cachorrito. Era una técnica infalible solo perfeccionada por los más sabios.
— Bien — James bufó. White aplaudió, soltando un agudo Yei que lo hizo reír — Te ayudaré.
— ¿Mañana a las diez?
— ¿Por qué tan temprano? — James arrugó el ceño.
Luchó para no reírse de su cara. Ya había notado lo malo que era James en cuestión de levantarse temprano, era incluso peor que ella. La mayor parte del tiempo, Molly no dejaba de quejarse de él por eso; aunque James la ignoraba y decidía buena idea escaparse de Grimmauld Place lo que la señora Weasley necesitaba para que se le pasara el malhumor.
Sirius no perdía la oportunidad de recalcar que era un signo de vejez, lo que le jugaba en contra, porque James tampoco perdía oportunidad de recordarle a Sirius que él era mayor entre los dos. Las discusiones que tenían eran hilarantes, y que Remus se hartara de ellos y tratara de hechizarlos hasta que guardaban silencio le hacía reír durante horas.
— Ok, boomer — se burló, dándose la vuelta para salir de allí — ¡El tatuaje es muy bonito! ¡No deberías cubrirlo!
E incluso durante el resto del día, no pudo borrar la pequeña sonrisa que crecía en su rostro cada vez que recordaba que James no pensaba acerca de su persona sólo como una simple cara bonita.
Había muchos motivos por los que parecía alguien superficial; una de ellas resultó siendo que no quería darle la oportunidad a los demás, esos que le veían y pensaban de inmediato en la perfecta barbie humana, le hicieran sentirse como si fuera un problema. No, White le dio la vuelta al asunto y lo colocó a su favor. Fingir sentirse la barbie humana que creían que era le ayudó a sobrepasar los ataques de odio que recibía constantemente por elegir presentarse de forma femenina, por atreverse a gustar de los vestidos y los colores pasteles.
Lo malo fue cuando llegó al punto de dejar fingir de creerlo y se lo empezó a creer enserio.
Atenea muchas veces le recriminó aquello; dejarse llevar de la manera que lo hizo y arraigarse al pensamiento de que era el ideal de belleza hegemónico capitalista. Rubia, ojos grises, sonrisa perlada, cuerpo curvilíneo, ropa cara y muchos corazones rotos a su paso. Puede que no sea una chica, pero la gente le percibía como una, a diferencia de muchas personas en el espectro trans-no binario. Encajaba con el sistema. Misgender era el único inconveniente que eso le daba, y en este momento de su vida, a veces simplemente se cansaba de repetirlo y los dejaba pensar lo que quisieran; había queers con problemas más grandes que eso. Ella estaba bien.
¿Qué más podía pedir una persona? White tenía la vida de ensueño.
Porque la tenía ¿no?
— Oye, Altair — Tonks chasqueó los dedos frente a su rostro por la enésima vez en menos de cinco minutos. La metamorfomaga había hecho el turno de vigilancia la noche anterior, y Bill tenía un pase libre de ellos gracias a su trabajo en Gringotts, así que su mejor amiga lo aprovechó para iniciar lo que llamó reconciliación de los tres mosqueteros. White habría intentado ahogarla con la almohada si no le hubiera enseñado la botella de tequila que metió a la casa de contrabando bajo las narices de Molly. — ¿Estás escuchándome?
— Está soñando despierta — Bill se burló; luego de cinco chupitos de tequila, perdieron la noción de la realidad y volvieron a ser el par de desastres que hizo a McGonagall lloriquear cuando supo que se juntaron románticamente. Fueron los buenos días, en realidad. White lo extrañaba, aunque no iba a decirlo frente a él. Le agrandaría el ego.
Era una buena noticia que Arthur y Molly hubieran vuelto a la madriguera tras la partida de los niños a Hogwarts. Si ella los encontrara bebiéndose su peso en licor, seguro se le olvidaba que eran adultos desde hacia casi una década y los castigaría a terminar de limpiar el lugar. El entretenimiento de la manada de adolescentes se quedó a mitad de camino con el inicio del año escolar, pero eso no quitó que Molly buscara cualquier excusa, antes de irse, para colocarlos a barrer de arriba a abajo Grimmauld Place.
— Cállate, Guillermo.
— No me llames Guillermo, azul.
— Adoro nuestras peleas de nombres — Tonks suspiró con dramatismo. La primera vez que White supo cuál era la traducción del nombre de Bill a español, en cuarto curso, pasó una semana entera llamándolo por este, sólo porque le hacía reír a carcajadas la cara de confusión de Bill. Fue menos divertido cuando se enteró del motivo y, en represalia, empezó a llamarle por todos los colores excepto blanco. — Ya nos extrañaba ¿En qué pensabas, Altair?
— Nada en particular — respondió, con un encogimiento de hombros. Los siete chupitos de tequila que se había mandado hace menos de media hora no le emborracharon lo suficiente para querer empezar siquiera esta discusión con Tonks y Bill. Trabajando en un bar, una persona podía volverse inmune al licor. White era la prueba viviente de ello. — ¿Vas a contarnos de la bonita veela que conociste en Gringotts o no?
Bill se desparramó encima del sofá, gimiendo lastimeramente. A diferencia de White, él era de estómago débil tratándose de tequila. De verdad agradecían que los señores Weasley no estuvieran rondando por aquí; ver a su hijo mayor ser un borracho llorón seguro que los decepcionaría más que Charlie dedicando su vida entera a cuidar de dragones en Rumania. White todavía se preguntaba cómo es que nadie se daba cuenta que a ese chico simplemente no le interesaban las relaciones románticas.
— Les maldigo por obligarme a decirles — Bill se quejó, su rostro pecoso enterrado en las palmas de su mano, mientras Tonks se reía a todo pulmón. White se atragantó con su chupito de tequila al ver a la metamorfomaga tropezarse contra el mismo aire, desparramando licor sobre la alfombra. — ¡Te vas a matar, loca!
— Muerta y loca, pero quiero oír de la bonita francesa — Tonks lo señaló con la boquilla de la botella, y procedió a darle un largo trago que nunca se atrevería a hacer delante de Andromeda. — ¿Ya le pediste que te enseñara francés? Dicen los rumores que lo más importante es la lengua ¿Qué tan bueno eres con ella?
Bill abrió la boca, la cerró y se quedó en blanco, no muy seguro de cómo responder a la insinuación estando ebrio. White sorbió de la rodaja de limón que mantenía cerca de su vaso, se tragó la mueca por lo amargo que sabia en su lengua y pasó los siguientes cinco minutos burlándose de las insinuaciones de Tonks a Bill, que balbuceó el nombre de Fleur Delacour antes de decidir que les odiaba y tratar de irse. Por supuesto, no llegó muy lejos: Tonks le saltó a la espalda y se colgó de él como mono.
James los encontró dando vueltas cerca del arco de entrada a la sala de estar, ya que casi chocaron contra él cuando trataba de entrar. Los ojos avellana observaron la botella de tequila en la mano de Tonks desparramar líquido al suelo, gracias a los movimiento tambaleantes de Bill, y se la quitó con diversión evidente. La metamorfomaga, demasiado ebria para darse cuenta, continuó riéndose al oído del pelirrojo.
— ¿Quiero saber incluso? — inquirió, dándole un sorbo a la boquilla de la botella.
— Ew — el sonido de asco salió de sus labios sin filtro. Cuando White tenía tragos encima, era una boqui-suelta. Puede que se no emborrachara, pero le encantaba hablar de más. El licor adormecía un poco su sentido del callarse. — Sírvete en un vaso, eso estuvo en la boca de Tonks.
— White, me enlisté en una guerra a los 18 años — James le miró con una sonrisa irónica. — He visto y he puesto cosas en mi cuerpo que son más asquerosas, no me importa un poco de baba.
Hubo un estruendo, interrumpiendo la posible respuesta de White. El alarido conocido de Walburga acompañó las risas atontadas de Bill y los quejidos de Tonks por tener que escuchar a la loca justo en su cara, a los que no tardaron en sumarse las respuestas hastiadas de Sirius al retrato de su madre y los forcejeos de lo que debió ser un esfuerzo conjunto entre él y Remus para cerrar las cortinas de nuevo.
— La pata de troll — ella decidió. Si Tonks se tropezaba sobria con la extraña reliquia familiar de los Black, no le sorprendería que Bill lo hiciera en estado de ebriedad. — Enserio ¿Por qué mantenemos esa cosa en el vestíbulo?
— Pregúntale a Sirius — James dio el último sorbo a lo que quedaba de tequila. — ¿Estás lista? Remus me ayudó a adaptar el cuarto de dibujo; no es lo mismo que en mi casa, pero se acerca lo suficiente.
White parpadeó, esperando trasmitirle de esa manera que no tenía idea de lo que le estaba hablando.
James suspiró.
— No lo recuerdas.
— Nop — sopló, cogiendo otra rodaja de limón. El sabor disminuía los ya de por si pocos efectos que el licor tenía en su sistema; años de trabajar en un bar le enseñaron unos cuantos trucos. James rodó los ojos con exasperación a su puchero de inocencia. — Puaj, odio los limones. Para que conste, no me pasé de tragos, sólo tengo muy mala memoria ¿Qué te pedí que hicieras?
— Mejorar tus habilidades de duelo, White.
— ¡Ah si! — ella aplaudió felizmente. — Te veías caliente sin camisa esa mañana, mi cerebro bloqueó lo demás — admitió, e internamente estaba dándose golpes por abrir la boca y decirle algo tan estúpido, pero él rio con suavidad, como si no le molestara el halago morboso. — ¿No podemos esperar hasta mañana? Quiero decir, soy bastante inmune a la borrachera, pero no creo ser capaz de mantener la varita erguida ahora. Y estoy en tacones.
— Aun mejor — James le dio una de sus sonrisas sin dientes, de esas que debían de ser inocencia sarcástica y que de alguna manera tenían la esencia de James Potter estampada en ellas. Llevaba menos de tres meses conviviendo todos los días con él y ya clasificó sus sonrisas; ella iba a eliminar esa información de su mente pronto. — Si eres capaz de esquivar mis maleficios luego de diez tragos de tequila, tus reflejos en el campo de batalla impresionarán hasta a Ojo loco. Créeme, Remus y yo lo probamos con Sirius una vez.
— No fueron diez — puntualizó, señalándolo con el dedo índice. — Fueron... no, sí fueron diez.
James le ayudó a colocarse de pie. Los dos sabían que no lo necesitaba, pero tampoco quisieron señalarlo; el musculoso brazo de James alrededor de su hombro mientras se dirigían al salón de dibujo, donde estaba el árbol genealógico de los Black bordado. Los tacones de punta que usaba hicieron sonar la madera del suelo, parpadeando ante la luz brillante que provenía de la rejilla de la puerta cerrada del salón.
— Molly vino hace un rato — le decía James, demorándose más de lo normal en abrir. White se apoyó contra su costado, sopesando la idea de quitarse los tacones antes de meterse en un duelo mágico con James. De práctica o no, sabía que ese hombre le destrozaría el culo... Y no en el buen sentido. — La reunión de la Orden comenzará dentro de unas horas, pero quiere preparar algo de comida. Dumbledore dijo que iremos para largo hoy. Realmente tienen suerte que no los haya visto bebiendo sus pesos en tequila.
— Espero que no se dé cuenta — murmuró entre dientes. — Ya me dieron la charla sobre el licor cuando tenía 16, no quiero una a los 25.
— ¿Ya cumpliste 25?
— Nop — su lengua chasqueó el sonido de una bomba de chicle reventándose al decir la p. — Pero está lo suficientemente cerca. Octubre 17, libra es el signo zodiacal supremo. ¿Qué me darás de regalo?
James sólo le sonrió.
Sirius y Remus tenían una conversación en voz baja dentro del salón de dibujo. Estaban tan cerca que bien podrían estar prácticamente sentados encima del regazo del otro, aunque Sirius daba la impresión de ello. A pesar de sus expresiones serias y los ademanes de mano exagerados, White pudo darse cuenta que no parecían tensos. Más bien, era como si estar de esa manera los calmara a ambos.
Oh Merlín, eso era tan gay. Que bien por ellos.
Le tomó cinco segundos darse cuenta del motivo por el que estaban allí.
— Remus tiene experiencia como profesor — explicó James tras notar la cara de White de por qué me haces esto a mí — Y hemos decidido no dejar a Sirius solo con Molly a menos que queramos que explote el lugar.
— Púdrete — escupió Sirius, contrayendo sus fosas nasales ofendido.
— Yo también te quiero, amigo — se burló James.
White estaba riéndose de su hermano, y sólo porque notó lo que James hacía por el rabillo del ojo, pudo quitarse a tiempo antes de que un rayo violeta pasara rozando su oreja a gran velocidad. Jadeó incrédulamente al ver la varita de James apuntándole ¿A qué hora la sacó de su bolsillo?
— ¿¡Qué fue eso!? — reclamó, tocándose el cabello y la cara para asegurarse que seguía intacta.
— Tienes buenos reflejos — comentó James. — Sólo debes pulirlos un poco.
— ¡No estaba lista! — protestó, tomando la varita del bolsillo trasero de su pantalón. Sus piernas temblaron un poco, pero consiguió mantener el equilibrio después de unos segundos de duda.
— No debes estarlo — opinó Remus, encogiéndose de hombros. Sirius se reía de su puchero de indignación. — Ojo Loco diría ¡ALERTA PERMANENTE! Le gustaba gritarlo a nuestros oídos cuando recién entramos a la Orden.
— Fueron días oscuros — añadió James, y él y Sirius se estremecieron con dramatismo. — Esperar un ataque es lo que mantiene alerta tus reflejos. Estudias la situación antes de meterte en ella; dejas que tu magia reaccione al peligro. Dominar ese método hace la diferencia entre salir vivo de un duelo y que te maten. ¿Cierto, Sirius?
— A Ojo loco también le gustaba lanzarnos maleficios mientras estábamos en reuniones — contó Sirius, como si hablara del clima de esa tarde. — Y una vez intentamos lanzar el maleficio devuelta.
— No te lo recomendamos — dijo Remus. — Pero sí te recomendamos que tomes el consejo, a menos que desees que él empieza a lanzarte maleficios en las reuniones.
— ¿Me están diciendo que quieren que sea Ojo Loco Moody 2.0?
James ladeó la cabeza, estudiándole.
— No, tenemos suficiente con uno. Aún así — White alzó la varita justo a tiempo para detener el hechizo que lanzó, casi sin mover la mano. James sonrió por su reacción rápida — Alerta permanente.
White asintió con decisión.
Era hora.
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro