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FINAL



thirty eight;
EXCALIBUR





Decir que el caos estalló en el corazón del bosque de Sherwood sería un eufemismo. 

Más tarde, White podría relatarlo como algo demasiado rápido para recordar con exactitud. Se saltaría, a plena consciencia, el primer grito de dolor proveniente de James, cuando uno de los non-magicae activó el maleficio del control sobre el sabbat; se saltaría, a plena consciencia, el ladrido frenético de Sirius y lo fácil que le resultó saltar encima de la anciana mientras volvía a su forma animaga, colocarle los filudos colmillos al cuello y mordérselo, un río de sangre corriendo por el terreno desnudo a través de la piel abierta. 

La adrenalina rugía en los oídos de White, el latido acelerado de su corazón la mantenía lo suficiente activa durante la danza fúnebre a la que se enfrentaba, varita alzada y sombras rodeándole. Maleficio tras maleficio iluminaba su mente. El ataca, protege y defiende que James le metió a la cabeza tres años atrás, durante lo que ahora era un lejano tiempo de Grimmauld Place, cuando entrenaban. 

— ¿Recuerdas por qué lograron golpearte? — estaban solos ese día, la varita de White había rodeado lejos en la madera del suelo y el hecho de tenerlo tan cerca le distraía; los vellos de su nuca erizados y la respiración de los dos tan cerca del rostro ajeno. 

Él sonrió, quitó un mechón de cabello rubio e inclinó el rostro. Menos de una semana atrás se encontraban en una posición parecida. Y él le besó a mitad de la plaza muggle, aquella noche invernal, por primera vez admitiendo lo que sucedió cuando coincidieron en el bar desde que Atenea le dejó allí, conocer la poca familia que le quedaba y escapar de su vida sin sentido. 

Los ojos de James llameaban y White hubiera dado todo por quemarse a su lado si él le permitía hacerlo.

— Tengo una mala racha de duelos — dijo, con la voz vuelta un simple susurro. Aún le asustaba lo que llegaba a sentir, lo que la sola presencia de James le convertía. Había bromeado de su indecisión, lo había alejado sutilmente y él seguía regresando, de distintas formas, en un gesto o una mirada. Y quemaba, ardía, le incomodaba — Por algo entrenamos ¿cierto?

Quería más.

— No — James apoyó las manos a ambos lados de su cabeza, contra el suelo. 

Cualquiera podía abrir la puerta de la sala del tapiz de Grimmauld Place y verles, cualquiera podía notar lo que trataban de no decir a los demás acerca de la conexión que compartían. Lo único que existía para juzgarlos eran nombres y retratos inanimados de la familia Black, dibujos de rostros sobre quince generaciones de su familia que morirían de nuevo si supieran lo que White sentía por un traidor a la sangre.

Y no le importaba.

— Por favor — White arqueó una ceja, su dedo índice delineaba el contorno del hombro izquierdo de James y él sólo le miró, como si no hubiera pasado los últimos cinco meses aterrado de que alguien se enterara de la verdadera naturaleza de la cercanía que tenían — Recuerdo perfectamente tu explicación de ataca, esquiva, protege. ¿Cuál es el punto si no lo hago?

El recuerdo volaba a través de su mente mientras caía de rodillas, la brillo verde de la maldición asesina rozándole la nariz al pasar justo donde se hallaba su cabeza segundos antes. El hombre frente a White gruñó exasperado a la sonrisa ladina que le ofreció. Impulsó las rodillas y rodó hacia delante, con una voltereta, estirando su pierna para desestabilizarlo y enterrándole la varita en el costado, sin detenerse a disfrutar el grito de dolor que recibió. 

— Perra — el non-magicae escupió sangre.

— Gracias, me esfuerzo por serlo — White alzó la varita y la metió en la cuenca de su ojo derecho.

El alarido congeló los cimientos del claro, sacudió la tierra y agitó los cielos. El sonido viscoso del orbe perforado llenó los oídos de White, la sangre salpicó y daría un brazo a que parte de esta cayó a su cara, pero no le importó. Conjuró un hechizo cortante no verbal. Lo vio estremecerse, una línea rojiza que iniciaba en su cráneo y se agrandó hasta su mandíbula volviéndose notable. Los tejidos se rompieron, los huesos crujieron y los músculos no tardaron en desgarrarse, parte del cerebro quedó sobre el suelo. 

El non-magicae no volvió a moverse. 

Un brazo rodeó su cuello y White pataleó, enviando codazos y sacudiendo el cuerpo, sin obtener mucho aparte de una risa diabólica contra su oreja. Lo peor de todo es que la reconoció.

— Voy a hacer que pagues por eso — prometió Stefan, colocándole la varita contra el vientre.

— ¿Ese era tu novio? — la burla escapó de sus labios antes de hacer el intento de detenerla, lo cual fue definitivamente suicida, porque la presión sólo se agrandó y el dolor subió por la espina dorsal de White.

Emitió un sonido agonizante que, incluso si no lo quisiera, colocó una sonrisa en la cara del psicópata que le retenía. Stefan besó su cuello y señaló a James, retorciéndose en el suelo bajo el comando de la varita de la anciana. El poco tejido que sostenía su cuello era el suficiente para mantenerla viva, Sirius no estaba a la vista y Remus se había ocupado ayudando a William. 

— Si no quieres que tu esposo muera ahora, vas a quedarte quieta y ser bonita ¿Lo harás, preciosura? — susurró, sin separarse de su piel. La forma que consiguió erizarle sólo le dio un incentivo, besando de nuevo a pesar del intento de White por alejarlo — No quiero que nuestros últimos momentos juntos sean horribles. El campamento fue muy especial.

— Te cortaré los huevos y se los daré a las ratas — amenazó, la sangre hervía en su cuerpo y White no quería perder el control ahora. 

Sufrió un escalofrío gracias al viento, la risa de Stefan volviéndose una extraña sinfonía al sentimiento de ahogo que apretaba sus pulmones. Otra memoria le recorrió la mente.

— ¡Quiero celebrar mi cumpleaños! — White a los cinco años, infantil, pura inexperiencia escrita en su rostro, pateó el suelo de la habitación que ocupaba en Nothing Hill, la casa de Atenea. Cerró la puerta antes de darle tiempo a su madre adoptiva de acercarse y se quejó, una vez más — ¿¡Por qué no puedo celebrar mi cumpleaños!? ¡Quiero, quiero, quiero!

White no había recordado eso desde que salió del velo. El fuego brilló tras sus parpados, las cortinas se iluminaron de naranja y White gritó, el pánico inundando cada uno de sus sentidos, la habitación consumida y el oxígeno haciéndose escaso. 

El día que inició su miedo al fuego. 

Tan rápido como llegó la neblina de su memoria perdida, se disipó. Stefan aún murmuraba contra su oído, Remus tenía la cara llena de sangre, William había perdido parte de su hombro y Sirius acechaba entre los árboles, a la espera del momento para atacar. White miró a James, y los ojos avellana refulgieron. 

— Si eres obediente, te recompensaré — Stefan volvió a besarle el cuello lascivamente. James apretó los puños, Sirius enseñó los colmillos y White sintió que esto había llegado demasiado lejos — Siempre te gustó que te recompensaran, cariño.

Las manos le brillaron. El frío metálico tocó sus venas, la forma nebulosa de una espada brillaba entre ellas. Stefan jadeó, aflojando su agarre y White no dudó al girarse, clavándole la punta en el estómago, que lo traspasó. El rugido de Sirius al cargar contra la anciana, las flamas azules de James, un hechizo conectivo de Remus y la sonrisa maquiavélica de William fue lo último de lo que White fue consciente que sucedía; entonces la ceguera volvió. 

Estaba en un prado verde cuando abrió los ojos. 

— ¿Qué demonios...?

— Bienvenido a Avalon, imbécil — White soltó la espada de neblina y le soltó un puñetazo directo a la nariz. 

Una cabeza rodó cerca de White, las gotas de sangre empapando sus pies desnudos. La última expresión grotesca que pudo proferir la anciana antes de que Sirius le arrancara la cabeza le miró, y no aguantó su estremecimiento, buscando a su hermano mayor de inmediato. Sirius tenía la cara y la ropa empapada de sangre, de pie a su lado, varita alzada hacia Stefan. 

— Profesor descerebrado — Sirius sonrió, y la visión de la sangre revolvió el estómago de White. Sin embargo, una sensación de diversión le regresó mientras Stefan retrocedía, el miedo en sus ojos al viajar de Sirius a White — Por fin nos conocemos. 

— Eso era... eso era — tartamudeó, el pánico notable al encontrar las manos vacías de White — ¿Cómo? 

— Oh, pero pensé que ustedes los non-magicae lo sabían todo — White se burló — Sorpresa, patán imbécil, ya deberían haber aprendido que con la magia antigua no debían meterse.

— Eso es imposible — Stefan tragó saliva — Tendrían que... tendrían que...

— ¡Lupin, córtale la cabeza! — el grito de William los regresó a la realidad. El inmortal se había acercado hacia los indicios de un lago, una mirada loca flameaba en su cara mientras Remus le retorcía el cuello a la última non-magicae que los acompañaba. Ella pataleaba, sin embargo, no tener la varita le resultaba una gran desventaja contra el lobo que le sonreía y ejercía más presión a su agarre — ¡James, ve por al idiota!

James no tuvo que escucharlo dos veces. Cuando estuvo a dos metros de Stefan, encendió el sabbat y lo lanzó a su cara. Los alaridos desgarradores de Stefan activaron a White de nuevo, Sirius le cogió del brazo y ambos retrocedieron, conscientes de la parte del plan de William que debían llevar a cabo por si solos. Miró a James, y a la luz del fuego azul, la locura que transformaba su cara competía a la Black.

Viendo a Stefan retorcerse de dolor, su piel ennegrecida gracias al fuego, a White no le importó.

— ¿Cómo se supone que hacemos esto? — susurró.

— ¿No invocaste a la espada? — Sirius frunció el ceño.

— No sé cómo hice eso — admitió, retorciéndose mientras entrelazaba las manos con las de su hermano mayor — Sólo... recordé un poco lo que perdí cuando entramos al velo de la muerte y la espada apareció. ¿No recuerdas lo que perdiste?

— Ni idea — Sirius suspiró, el crujido del cuello de la non-magicae que Remus sostenía les alertó de que debían apurarse. Los ojos grises examinaron del hombre lobo a James, que disfrutaba cada vez más obviamente de los gritos de dolor que provenían del idiota — ¿Estás preparada?

— No.

— Bien, yo tampoco.

Ambos cerraron los ojos y recitaron las palabras que William les había enseñado horas antes.

Al principio, nada fue diferente. Los alaridos continuaban, el olor a quemado se intensificaban y la luz que provenía de la ubicación de William sólo se volvía más intensa. Luego, el aire pareció solidificarse y una mano extra sostuvo la de ellos. Sirius inhaló, reconociendo el aroma de la presencia que los acompañaba.

— Reggie.

Regulus Black les observó a ambos, una sonrisa de oreja a oreja creciéndole en la cara con la estupefacción evidente de Sirius, la postura rígida y la temperatura baja. White trató de no desmayarse por el asombro. Su hermano mayor muerto se veía bastante vivo, a decir verdad; el parecido que él y Sirius compartían era indiscutible, mandíbula cincelada, pómulos altos, labios rosados, ojos grisáceos, piel pálida, cabello negro azulado y una diversión cínica escrita en su mirada. 

Usaba ropa casual, como si acabara de dar un simple paseo y no haber pasado los últimos dieciocho años desaparecido.

— Sorpresa, perra, a que nunca creíste volver a verme — anunció Regulus, afianzando el agarre que unía sus manos cuando White hizo el amague de soltarse. La mirada analítica encontró a White, y fue por costumbre que no se apartó. Al contrario de lo que creía, Regulus se suavizó con ello — Hola, Altair. No sabes cuánto dolor pasé pensando que nunca tendría la oportunidad de conocerte.

— Espera — Sirius se oyó muy ofendido — ¿Tú también sabías que existía?

— Sirius, el mundo se puede abrir a tus pies y no te darías cuenta hasta que cayeras por el agujero — Regulus rodó los ojos, aunque eso sólo afianzó la indignación del animago — Cállate y déjame hablar con mi hermanita.

— No sé por qué te extrañé — refunfuñó Sirius, e incluso si lo que acababa de decir era algo muy diferente, no dio señal de querer separarse un poco de Regulus. 

White no tenía la menor idea de lo que debía decir. Había pasado meses creyendo que jamás tendría la oportunidad de conocer al hermano que sacrificó su vida en un intento desesperado de remediar el error que cometió al unirse a Lord Voldemort; el hermano que Sirius extrañaba en silencio y del que se burlaba en voz alta, el hermano al que James y Remus sonreían con nostalgia si llegaba a preguntarles por él. 

— Atenea dice que tu estrella favorita era la estrella de Altair — susurró, dudaba de cómo proceder y la sonrisa alentadora de Regulus no hizo más que estrujarle el corazón — Me gustaba más que White.

— La idea vino en mi honor y no del cachorro con pulgas — comentó Regulus — Por supuesto que te gustó más.

— Sigo aquí, Reggie.

— No te eché de menos, oreo — dijo Regulus con simpleza. White se rió, recordando la cantidad de veces que había llamado galleta oreo a Sirius antes — Espero que mi sobrino crezca oyendo historias de su tío preferido, Ares es un nombre perfecto para un miembro de nuestra familia, Altair, tú y James hicieron una buena elección.

— Nuestra familia es todo menos guerrera.

— Déjalo, está amargado porque seré el tío preferido incluso muerto — Regulus le restó importancia, e ignoró otra vez la inhalación indignada proveniente de Sirius. — ¿Me prometes que le contarás a Ares de mi?

White asintió. Regulus parpadeó aliviado, un peso menos fuera de sus hombros que White vio sacudir agua. La pregunta de cómo murió su hermano exactamente le aturdió. ¿Había sido ahogado? Oh, Voldemort iba a escuchar unas cuántas palabras de su parte antes que Harry acabara con él. 

— ¿Nos dirás cómo hacer esto o sólo llegaste a molestar? — Sirius arrastró las palabras, de una manera que White nunca le escuchó hacer, pero que era nostálgica para Regulus, a juzgar por la sonrisa que le regresó al rostro.

— La espada está en nuestra sangre real — dijo Regulus, y la unión de sus manos juntas brilló de nuevo — Ragnor puede estar dando un pago por obtenerla al hada que la custodia en el lago, sin embargo, tanto como la espada de Gryffindor es propiedad de los Potter en derecho real, Excalibur nos pertenece de la misma manera. Usen a Excalibur, juntos, para derramar la sangre del cabeza de los non-magicae y les aseguro que toda esta pesadilla habrá terminado.

— ¿Podrás descansar en paz? — preguntó White, la lengua le picaba por obtener una respuesta positiva. No sabía qué haría consigo si Regulus llegaba a decirle que permanecería en un tormento eterno a pesar de sus esfuerzos por detener a los non-magicae.

— Lo haré — prometió, y sus labios rozaron la frente de White cuando dejó un beso dulce contra ella — Una de las cosas por las que más me arrepiento de mis decisiones es nunca tener la oportunidad de haberte conocido, hermana, pero estoy orgulloso de ti.

— ¿No hay un beso para mi? — bromeó Sirius, con los ojos aguados. Regulus lo miró, un entendimiento entre ellos que logró agitar cada célula de su cuerpo, la potencia del amor olvidado que Sirius y Regulus se tenían envolviendo a White — Lo siento, Reggie, debí haberte sacado de las garras de Orión y Walburga cuando tuve la oportunidad de irme con James. Todo se hubiera evitado si...

— Yo no quería que lo hicieras, Siri — Regulus sacudió la cabeza — Tuve que llegar hasta el corazón del bando tenebroso para darme cuenta de las cosas que hice mal. Mi creencia en la supremacía de sangre no es culpa tuya, y mi terquedad de enorgullecer a nuestros padres fue mi error. Eras el mejor de los dos, Sirius, desde el principio entendiste las cosas como eran de verdad.

— Aún así... — Sirius insistió, un sonido lastimero escapando de sus labios. 

La mirada de Regulus se suavizó de nuevo.

— Espero que obtener tus recuerdos otra vez explique el vacío que cubre tu corazón, hermano.

Y con eso, Regulus desapareció. 

En su lugar, una espada apareció en las manos de ambos. La sola sensación de sostenerla aclaró la neblina de la mente de White, devolviéndole el recuerdo completo de su incidente con el fuego; el dolor, el miedo y cada sentimiento que tenía su yo de cinco años se desvanecía, toda la atención en la espada. Era larga, el mango de oro y piedras preciosas, una de las más llamativas era el rubí con un tallado de dragón en ella, que a la luz del sol, parecía moverse. Una inscripción brillaba sobre la hoja metálica: Excalibur.

La visión del prado volvió a White por la desaparición de Regulus. El olor a quemado del cuerpo jadeante de Stefan llamó su atención, y compartiendo una mirada con Sirius, ambos corrieron hacia James, Remus y William sin soltar el agarre que tenían sobre la espada de Excalibur. 

— La invocaron — William pareció que iba a llorar.

— Nos dijeron la manera — dijo Sirius, sus ojos encontrando los de Remus con rapidez. 

— Son descendientes de Arturo — la voz de Stefan se escuchó ahogada, su rostro estaba en carne viva y el blanco del hueso ya empezaba a hacerse notar. Arrodillado ante ellos, completamente a merced de los cinco. 

James tenía una expresión maníaca cuando agitó la mano, el gesto silencioso que les decía que el estado de Stefan había sido obra suya. 

— De hecho — Remus ladeó la cabeza, como examinando lo que pasaría — Son de Uther.

— Pendragón equivocado, perra — White le sonrió.

Movió la espada al mismo tiempo que Sirius; el metal de Excalibur se balanceó en el aire, conectó la base del cuello descubierto de Stefan y la cabeza rodó fuera de sus hombros. La agitación del viento se detuvo y James y William inhalaron al mismo tiempo, el renovado golpe de poder llenándolos.

Como Regulus les dijo, la pesadilla había acabado.

White soltó a Excalibur y se refugió entre los brazos de James, sin notar la manera en que Sirius se movía para abrazar a Remus, quedándose allí más tiempo del natural. William recogió la espada y observó el cuerpo sin cabeza frente a ellos, una sonrisa tensa recorriéndole al sentir el poder que emitía el objeto mágico perteneciente a su mejor amigo fallecido.

— ¿Cómo estás? — susurró James, a su oído.

— Duele — murmuró White; a pesar del alivio que le provocaba la muerte de Stefan, el vacío en su estómago permanecía y la sombras que le rodeaban no habían desaparecido viéndolo allí, tirado en el suelo, condenado.

James suspiró y acarició su cabello. 

A White le tomaría más tiempo del que tuvieron superar lo que Stefan Martinelli le había hecho, lo mucho que él profanó en su ser y le arrebató, pero James estaba seguro que no se dejaría derrumbar. No ahora, ni nunca. Stefan Martinelli no era el comienzo o el final de White Altair Black, y tampoco se lo permitiría.

— Lo sé, amor — le aseguró, besándole la sien — Lo sé.

Y cuando White sollozó contra él, James se aseguró de sostenerle. No dejaría a White hundirse, no al amor de su vida. James apretó el agarre alrededor de su cintura, una promesa silenciosa de que lo haría por el resto de su vida.




FIN






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