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8. Cazadores

CAPÍTULO 8

Cazadores

Kirtan nos sacó a mis padres adoptivos y a mí de la casa en llamas antes de que los bomberos llegaran y nos condujo a una playa solitaria. No podía llevarnos a la Antártida, era un lugar demasiado frío para mis padres, de modo que acabamos en la arena frente a un mar iluminado por la luna terrestre.

Kirtan procedió a curar a papá y a mamá, quienes seguían dormidos. Sus quemaduras desaparecieron como si nada. Las habilidades de los infernales no dejaban de sorprenderme. Una vez finalizada la curación, Kirtan se sentó frente al mar y yo lo seguí para sentarme cerca de él, pero no demasiado.

—¿Qué pasará ahora? —le pregunté.

Ya podía moverme un poco mejor. Era una suerte que no quedara inconsciente como la primera vez que estallé en llamas. Tal vez las próximas dejarían de debilitarme tanto.

—Tenemos que esperar que lleguen los demás y luego veremos —respondió Kirtan. Me miró y sentí mariposas en llamas en el estómago.

—¿Los demás?

—No podemos ocultarle al Círculo Gris lo que pasó. —Kirtan resopló y perdió la mirada en el mar—. Tarde o temprano descubrirán que hubo actividad infernal en casa de tus padres. Me meteré en un montón de problemas, pero supongo que me lo merezco. —Sus ojos retornaron a los míos—. Yo te expuse a esto, Cassia. Si no te hubiera ayudado a regresar a la Tierra, no habrías estallado delante de tu familia. No debí traerte aquí... y no debí dejarte sola.

Mi corazón retumbó como loco. Era la primera vez que Kirtan me hablaba sin sentir el deseo de aniquilarme.

—¿Me sigues odiando?

—Por supuesto que sí. —Su rudeza regresó a la vida—. Esto no cambia nada.

Me limité a sonreír y a negar con la cabeza. El cálido viento primaveral me acariciaba el rostro.

—¿Qué hay de la gente a la que le pedirías que me regresaran al Infierno?

—Ya no será necesario pedirles ayuda. —Kirtan habló tan bajo que apenas lo escuché—. Puedes... quedarte en la academia.

—¿Qué? —No me lo creía.

Puso los ojos en blanco.

—Que puedes quedarte, ¿sí? No me hagas repetirlo. Puedes quedarte entre nosotros, pero ni creas que voy a entrenarte, eso sí que no. Y, por favor, trata de mantenerte alejada de mí. Sabes que no soporto ni tu olor ni tu presencia.

Quise llorar de felicidad. No sabía hasta entonces lo mucho que anhelaba quedarme en la academia. Apenas conocía a los miembros del Círculo Gris, pero ya no podía imaginar una vida en el Infierno sin ellos.

—Gracias, Kirtan. En serio.

—Sí, como sea.

Nos quedamos en silencio y admiramos la belleza de las olas iluminadas por la luna. La tranquilidad que me embargó no tenía precio.

—No creas que hago esto por ti, ¿eh? —Kirtan retomó la conversación—. Porque no es así. Lo hago solo por los demás.

—No hacía falta que lo aclararas. —Intenté reprimir una sonrisa, pero fallé.

Kirtan estaba tan avergonzado como yo. Que se negara a mirarme lo comprobaba.

—Y no creas que seremos amigos ni nada parecido, porque no pasará —continuó—. Por mi parte, fingiré que no existes.

—Está bien. —Fui yo quien puso los ojos en blanco esta vez, pero mantenía mi sonrisa—. Trataré de ser invisible para ti. Ni siquiera nos toparemos en la academia y, si no podemos evitar cruzarnos por ahí, aguantaré la respiración para no robar tu oxígeno. ¡Ah! Y me echaré veinte litros de perfume para no apestar a ángel. ¿Feliz?

—No te pases de lista. —Su mirada era fulminante—. No te he dado la confianza para bromear conmigo.

—Bueno, bueno, perdón... —Miré a otro lado, pero cuando regresé mis ojos a su rostro, noté que él reprimía una sonrisa.

—Y no le dirás a nadie sobre lo que pasó en la caverna, ¿entendido?

—¿Qué pasó en la caverna? —Fingí desconcierto—. No sé de qué hablas.

Kirtan finalmente esbozó la sonrisa que contenía. Sin embargo, cuando se dio cuenta de que sonreía, se enserió y desvió la mirada.

Reí en silencio. A lo mejor, con el tiempo, Kirtan aceptaría mi esencia angelical y esta ya no sería un impedimento para llevarnos bien. Podríamos ser amigos... o tal vez algo más.

La tranquilidad de la playa llegó a su fin cuando un portal se abrió a unos metros de distancia de nosotros. Del arco de fuego salieron Dash, Rosson, Lisa, Darren y Zev, los que fueron mensajeados minutos atrás por Kirtan mediante un sofisticado teléfono celular capaz de comunicar entre mundos. Así como sus habilidades, la tecnología de los infernales era deslumbrante.

Los infernales recién llegados traían armas consigo. Rosson, Dash y Zev cargaban espadas enfundadas en la espalda; Lisa y Darren venían equipados con arcos y flechas. Las armas de todos parecían estar confeccionadas con los más finos y resistentes metales, pero gozaban de diseños sofisticados y meticulosos como si hubieran sido creadas con delicadeza. No dudaba de que tan solo un roce de las espadas o de las flechas me causaría graves heridas.

La ira de Dash era evidente en su rostro. Kirtan se levantó y se acercó a él a pasos un poco inseguros.

—Puedo explicarlo todo —dijo Kirtan.

Cuando se acercó lo suficiente a Dash, este le dio una bofetada que nos asombró a todos.

—¿Cómo pudiste? —Dash hablaba con una rabia que no creía posible.

Kirtan no respondió. Estaba tan impactado como los demás.

—¿Sabes cuánto hemos sacrificado por proteger a los colosales? —demandó Dash, sus puños temblaban de ira—. ¿Sabes cuántos miembros del Círculo Gris han muerto en los siete mundos por defender nuestros ideales?

La existencia de siete mundos habitables me dejó sin habla cuando me enteré al respecto hace horas. No solo existían la Tierra, el Cielo y el Infierno, sino que había otros cuatro mundos tan diversos como los tres mencionados en los que habitaba un sinfín de criaturas sobrenaturales. Los siete mundos estaban enlazados por conexiones dimensionales que permitían viajes interplanetarios y que hacían posible transportarse de un plano a otro. No voy a negar que me moría de ganas de conocer al menos dos mundos más.

Kirtan seguía sin decir nada, solo agachaba la mirada y fruncía el ceño como un niño siendo regañado por su padre.

—¿Cómo puedes ser tan egoísta? —presionó Dash—. ¿Acaso quieres muerta a Cassia?

—No —masculló Kirtan—. Solo la traje a la Tierra para que viera a sus padres.

—¡Y una mierda! —Dash se acercó un poco más. Kirtan no retrocedió, pero se sobresaltó—. Ambos sabemos que intentabas deshacerte de ella. ¿No te importa lo que le podría pasar? ¿Quieres que acabe igual que Elen?

Hasta para mí, fue un golpe muy bajo.

—No te atrevas a nombrarla —amenazó Kirtan entre dientes. El fuego destellaba en sus ojos—. Vuelve a decir su nombre y se me olvidará que eres el líder.

Dash no se inmutó ante la amenaza. No lo conocía bien, pero intuía que su poder era tan vasto como el de Kirtan, por algo era la cabeza del grupo de miembros del Círculo Gris radicados en la academia Alba. Había decenas de otros grupos de miembros en toda Averna; por lo que me dijeron, la mayoría ya se enteró de la noticia de mi hallazgo y de mi llegada al Infierno. Pronto tendría que enfrentarme a otros miembros del movimiento que me protegía.

—Si realmente valoras lo que Elen nos entregó, deberías perpetuar su legado como corresponde —aconsejó el líder—. Ella entregó su vida por defender nuestra causa, mientras que tú arriesgas la de un ser que juramos proteger. Si quieres muerta a Cassia, allá tú, pero aléjate del Círculo Gris si es así. Es evidente que no compartes nuestros ideales.

—No la quiero muerta. —Kirtan hablaba con dificultad—. Lo juro.

Mis mejillas ardieron.

—Pruébalo —desafió Dash—. Prueba que eres fiel a nuestra causa y que quieres lo mejor para ella.

La mirada de Kirtan se posó sobre mí. Así como sentí su furia, también percibí su desprecio. No sé cómo se me pasó por la cabeza que comenzaba a agradarle al menos un poco.

—¿Qué quieres que haga? —inquirió Kirtan, malhumorado.

—Primero, la llevarás a conocer Antorm —respondió Dash—. Cassia necesita conocer la capital si va a quedarse en el Infierno.

—Está bien. —Rodó la mirada—. La llevaré, pero...

—Hay más —interrumpió Dash—: vas a entrenarla. Le enseñarás todo lo que sabes y nos demostrarás por qué te uniste al Círculo Gris. Probarás tu lealtad a nuestro movimiento y, de paso, le rendirás honor a la memoria de Elen. Es lo que ella querría.

Usar a la exnovia de Kirtan para manipularlo era algo repulsivo, pero, para mi sorpresa, parecía funcionar.

Kirtan me escrutó por tantos segundos que me vi obligada a mirar hacia otro lado. Sus ojos en llamas lucían aterradores. Pensé que se negaría, pero me dejó atónita al decir:

—Está bien. Entrenaré a Cassia.

Y ese fue el inicio de mi verdadero infierno.

🔥

Luego de que Kirtan y Dash solucionaran sus problemas, Darren y Lisa llevaron a mis padres a un hotel de la ciudad en la que vivían. Papá y mamá no sabrían cómo llegaron ahí, pero al menos no recordarían lo sucedido en su casa. Me dolía que esta fuese consumida por las llamas que yo misma provoqué, pero no es como si yo hubiera querido quemarla.

Las palabras de papá resonaban en mi mente: "¡Y nosotros nunca debimos rescatarte de los brazos de la pordiosera que te trajo al mundo!". ¿A qué se refería con lo de "pordiosera"?

Quizá mi madre biológica vivía en la calle. Digo, era de esperarse. Escapó a un mundo que no conocía, un planeta con gente cruel que prefiere pasar de largo en vez de ayudar. Me cuesta imaginar lo dura que debió ser la vida de mi progenitora en la Tierra y lo desesperada que debió sentirse para dejarme ir... pero ¿me dejó ir en realidad? ¿Y si había mucho más de lo que yo no estaba enterada?

Desearía hablar con mis padres adoptivos otra vez, pero sabía que era una mala idea. Lo mejor sería no volver a verlos hasta tener el control absoluto de mis poderes, si es que algún día lo conseguía.

Kirtan, Dash, Rosson, Zev y yo regresamos a la Antártida a través de un portal creado por el líder. El cielo ya aclaraba; quería volver cuanto antes a la academia, necesitaba estar sola. Kirtan no me miraba desde su enfrentamiento con Dash. Me moría de ganas de hablar con él, de decirle que no era necesario que me entrenara ni que me hiciera un recorrido por Antorm, pero no tuve el valor.

Me costaba aceptar que viviría en el Infierno. Postergar mi entrada a la universidad y con ello mis sueños me causaba una profunda tristeza, pero me insistí en que sería algo temporal. No tendría que vivir en el Infierno para siempre, solo bastaba con aprender lo suficiente sobre mí misma antes de regresar a la Tierra y de tener la vida normal que siempre soñé.

Todo parecía marchar bien en el trayecto hacia el portal que nos llevaría de regreso al Infierno, hasta que, de pronto, un grupo de extraños cayó del cielo y aterrizó frente a nosotros, bloqueando nuestro camino hacia la montaña antártica.

Que volaran podía significar solo una cosa: eran celestiales.

Pero no eran celestiales cualquiera, claro que no. La tensión que presencié en los cuerpos de los infernales confirmaba que esos habitantes del Cielo eran de temer.

—Actúa normal —me advirtió Zev. Sus tatuajes de fuego ardían como nunca.

—Y no digas nada ni los mires a los ojos —añadió Rosson. Yo me encontraba entre Zev y él.

Los celestiales vestían ropa oscura y ligera. Esperaba verlos de blanco o que al menos desprendieran un brillo angelical, pero lucían como los infernales, con la excepción de que su aspecto era mucho más aterrador. Pese a su aura peligrosa, eran tan hermosos como los imaginaba. Sus facciones parecían talladas a mano, y sus pieles eran tan perfectas como la de un bebé.

—Son cazadores —anunció Dash en voz baja—. Prepárense para lo peor.

Se me retorcieron las entrañas. Eso explicaba las armas que portaban. Eran seis cazadores celestiales en total; tres de ellos traían espadas que desprendían un brillo azulado, los demás portaban armas diferentes. Uno poseía una especie de ballesta, otro un mangual cuya bola de púas era tan grande como una cabeza y un celestial de cabello blanco como la nieve recién caída cargaba un arco y flechas.

No sabía qué iba a pasar, pero no esperaba nada bueno. Los infernales estaban en desventaja tanto en número como en armas.

—Pero miren qué tenemos aquí —vociferó un celestial de piel oscura y de cabello trenzado—: un grupo de demonios que acaba de romper las reglas.

Me fijé en Kirtan y noté que su mirada reflejaba un odio enfermizo. Él apretaba los puños con tanta fuerza que rompería sus huesos si no se calmaba. Su mandíbula palpitaba y sus ojos ardieron con un fuego abrasador. Yo no compartía su desprecio, pero sí lo entendía. Fueron ángeles quienes le arrebataron a Elen, no sabía si puros o celestiales, pero ¿qué importaba? Kirtan odiaba la esencia angelical de todos modos.

—No sabemos de qué hablan —ladró Dash—. No queremos problemas.

—¿Nos van a decir que no tienen idea de lo que ocurrió hace minutos en una ciudad terrestre? —inquirió el celestial del mangual, el que sonreía con sorna. Tenía el cabello de un color anaranjado. Vestía una chaqueta de cuero abierta y sin nada debajo, lo que exhibía un torso desnudo y definido.

—No —respondió Rosson en lugar de Dash.

—Ocurrió un estallido de energía infernal hace poco más de media hora —prosiguió el celestial—. Y no es el primero en los últimos días, hubo otro de mayor magnitud hace una semana, pero no llegamos a tiempo para atrapar al culpable. ¿Saben que desatar su poder en la Tierra va en contra de las reglas de los Creadores?

Los Creadores eran las deidades que, por lo que averigüé, crearon los siete mundos, siendo la Tierra su obra maestra. Admiraban dicho planeta por evolucionar por sí mismo y a la humanidad por lograr avances impensables sin la intervención divina y, por ende, prohibían a las creaciones de los seis mundos restantes que revelaran su existencia a los humanos. Crearon a los ángeles para preservar la bondad y proteger a los débiles, y a los demonios para absorber la oscuridad de los terrestres, pero hace mucho que los propósitos iniciales de ambas especies se desviaron y se alteraron.

Al menos la regla de mantener su existencia en secreto seguía en pie, así como el juramento de no invadir ni poner en peligro la Tierra. Incluso Lucifer estaba de acuerdo con tal prohibición. Desafiar a los Creadores era enfrentarse a un poder que nada ni nadie podría vencer, ni siquiera mil colosales juntos. Tenían la capacidad de destruir el universo entero y de crearlo de nuevo si así lo deseaban.

—Por supuesto que sabemos de las reglas —afirmó Zev en voz alta—, y ninguno de nosotros las ha roto. Vinimos en busca de los culpables para llevarlos con las autoridades infernales.

—Ah, ¿sí? —El celestial del cabello trenzado se divertía con las mentiras de mis acompañantes—. ¿Y no saben nada sobre el infernal que desató su poder?

—No —respondió Zev con prepotencia. Sus puños, tal como los de Kirtan, eran oprimidos con furia.

—Pues no te creo.

—Vamos, Eloy, puede que digan la verdad —dijo un celestial de cabello rubio y de piel pálida. Era alto y de contextura atlética, parecía el menos aterrador del grupo—. Vámonos.

—Mi querido Zion, siempre tan inocente. —Eloy rio—. ¿No te he dicho mil veces que los infernales son unos mentirosos de primer nivel? Es una suerte que sus mentiras no puedan ocultar la energía que desprenden... —Me miró y me apuntó con su espada—. Esa chica de ahí, por ejemplo, está vibrando de energía y, si no me equivoco, esconde lo que tanto buscamos.

El pánico se apoderó de los infernales y de mí. Ninguno dijo nada, pero lo sentí. El terror carcomía mis entrañas y las de los demás.

Zion me observó con brillo en la mirada y con una admiración imposible de ocultar. Los demás celestiales me escudriñaban con pasmo y con ansia a la vez, como si estuvieran en presencia de una presa que por mucho tiempo persiguieron, pero que de todos modos temían. Me quedé muy quieta y contuve la respiración como si eso pudiera ocultar la energía que exultaba mi cuerpo tras el estallido, aunque sabía que no serviría de nada.

Los celestiales comenzaron a acercarse con cautela.

—No den un paso más —amenazó Dash—. Ya les dije que no queremos problemas.

—Nosotros sí que los queremos —espetó Eloy—. Y más si protegen a la colosal que tanto hemos buscado.

Zev dejó escapar un grito ahogado que no pudo contener. Su sorpresa fue inmensa, también la mía.

Los celestiales lo sabían. De algún modo, ellos descubrieron que yo era una colosal.

—¿Crees que es la colosal fugitiva? —preguntó el celestial de la ballesta. Era el más alto y corpulento de todos, no sería fácil de derrotar.

—No lo creo —respondió Eloy entre dientes. Me miraba con odio—; estoy seguro. Puedo sentirlo.

Mis sospechas eran ciertas. Tal como Kirtan, Eloy podía sentir mi esencia colosal sin siquiera tocarme.

Apenas terminó de hablar, Kirtan encendió llamas en sus manos y, liberando un grito cargado de furia, corrió en dirección a los celestiales. Los nuestros le siguieron.

Era el momento de pelear.

—¡Protege a Cassia a toda costa, Rosson! —ordenó Dash mientras corría al encuentro del par de celestiales que emprendieron el vuelo.

Rosson se acercó a mí y, haciendo ciertos movimientos de manos, formó una cúpula de fuego a nuestro alrededor. Mantenía sus palmas en alto para que la cúpula no se disipara. Mi corazón latía tan rápido que me sentí mareada. Nada de eso estaría pasando de no ser por mí; tenía que ayudar de alguna forma, pero no sabía cómo.

El fuego apenas me permitía presenciar la batalla, pero los espacios que se abrían entre las llamas me dejaban ver que Kirtan, Zev y Dash hacían lo posible por contener a los celestiales. Los ruidos de las espadas chocando entre sí me pusieron los pelos de punta. Todos parecían ser expertos en lo que hacían, los años de práctica se veían reflejados en sus movimientos al luchar.

Aunque me hablaron acerca de las habilidades de los celestiales, quedé boquiabierta al verlos manipular el aire con sus manos y lanzar vendavales contra sus oponentes. Esta vez, sí resplandecieron: sus cuerpos destellaban con luz propia. No necesitaban alas para tener un aspecto angelical, con su brillo era suficiente.

Los infernales esquivaban las corrientes de los celestiales y lanzaban tanto fuego contra ellos que temía que en algún momento se les acabaría. Mi experiencia con los estallidos me dejó claro que la energía infernal era limitada.

Las llamas iban y venían, también los ventarrones. Que los celestiales pudieran volar era una desventaja aún peor, pero los infernales preveían cada uno de sus movimientos como si hubieran sido entrenados para luchar contra criaturas voladoras. No debería sorprenderme, pues Kirtan acabó por sí solo con las bestias aladas, pero de todas formas era un espectáculo asombroso.

Pensaba que mis aliados tendrían una oportunidad de vencer hasta que una flecha atravesó el estómago de Zev y lo lanzó de golpe al suelo.

Solté un grito de horror. Zev no podía moverse; solo quedaban dos infernales contra seis celestiales que revoloteaban por los aires esquivando las llamas a la perfección. Era obvio que ganarían la contienda.

Mis ojos se llenaron de lágrimas. Me dolía pensar que las personas que me acogieron con tanto cariño perecerían por mi culpa. No era justo para ellos. No podían morir sin que yo intentara ayudarlos.

Las llamas, los reflejos y la precisión de Kirtan y de Dash eran monstruosas, pero insuficientes para contener a los seis celestiales que intentaban llegar a mí. Uno de ellos lo logró: Eloy, el celestial del cabello trenzado. Esquivó las llamas y blandió su espada en dirección a la fortaleza de fuego, la que, en segundos, se convirtió en una cúpula de hielo.

Rosson seguía lanzando llamas que bajaban de intensidad. Encontrarse en un ambiente tan frío como la Antártida y ahora encerrado dentro de una cárcel helada disminuyó su poder.

La espada fue retirada de la cúpula y esta se partió en miles de fragmentos. La protección había desaparecido.

Eloy estaba a punto de cargar su espada contra Rosson y contra mí, pero, milagrosamente, una poderosa corriente de viento lo alejó de nuestro alcance. Me quedé boquiabierta al descubrir quién fue nuestro salvador: Zion, el celestial rubio.

Zion se plantó en frente de Rosson y de mí para defendernos. Blandía su espada con la gracia de un caballero y embestía cada golpe de Eloy con precisión. Rosson no cuestionó por qué nos protegía, no hacía falta. El celestial estaba de nuestro lado y eso era lo único que importaba.

Rosson recuperó las fuerzas. Estaba formando una nueva cúpula de fuego cuando una flecha le dio en la espalda y lo desplomó contra la derretida nieve.

Miré atrás y vi al arquero celestial volando en mi dirección. Su sonrisa era siniestra. Zev y Rosson habían caído; Zion no podría defenderme, estaba enfrascado en una lucha de espadas y de aire contra Eloy, mientras que Kirtan y Dash hacían lo posible por contener a los otros celestiales que intentaban llegar a ellos —y de paso a mí— a través de las llamas.

No tenía quién me protegiera. Debía hacerlo yo misma.

El celestial aterrizó. Eché una breve mirada a Rosson y vi que desde la flecha se extendía el mismo hielo que congeló la cúpula de fuego que nos resguardaba. Más temprano que tarde, el hielo estaría por todo su cuerpo y el instructor se congelaría. ¿No se suponía que los celestiales controlaban solo el aire y la luz? ¿Quién les confeccionó aquellas armas de hielo?

—Si no quieres acabar como tus amigos, será mejor que vengas conmigo sin oponer resistencia —propuso el arquero celestial. Me apuntó una flecha directo al corazón.

Estaba aterrada, pero me percaté de que su miedo era tan evidente como el mío. Sus ojos brillaban tal como los de los infernales, pero no como si tuviera fuego en sus iris, sino luz. Su arco y flecha tiritaban al mantenerlos en alto.

El celestial me temía, tal vez porque no sabía que yo no tenía ningún tipo de control sobre mis poderes. Consciente de ello, me armé de valor y puse mi mejor cara de desafío, incluso sonreí un poco. Avancé hacia él y retrocedió un paso. Podría amedrentarlo o al menos distraerlo lo suficiente mientras Kirtan y Dash acababan con el resto.

Di otro paso al celestial, quien afianzó el agarre de la flecha.

—¡Un paso más y te atravieso el corazón! —amenazó.

Me quedé inmóvil en donde estaba, pero mantuve mi sonrisa desafiante. La verdad es que estaba a punto de mojar mis pantalones, aunque él no tenía por qué saberlo.

Traté de conectarme con mi esencia infernal. No pude. No sentía nada dentro de mí, tampoco sabía cómo activar mis poderes. Las dos primeras veces que estallé lo hice después de sentir una ira incontrolable. A lo mejor ese era el método para que mi fuego cobrara vida. No estallaba mediante el miedo, o habría explotado cuando fui capturada por la criatura alada y lo habría hecho ahora en presencia de los celestiales.

Me concentré en mi rabia mientras el arquero celestial se acercaba a mí. Rememoré algunas veces en las que fui humillada de niña, algunos de los insultos que recibí y la ira que sentí cuando mi padre adoptivo habló sobre mi verdadera madre, pero nada surtía efecto. Mi temor seguía siendo superior a la rabia y, por si fuera poco, estaba agotada.

El celestial ya estaba muy cerca. De quererme muerta, habría disparado la flecha mucho antes. Deduje que quería capturarme y, si seguía acercándose y perdiendo el miedo, lo lograría. Los demás estaban muy concentrados en la batalla como para darse cuenta de que Rosson había caído y con ello mi protección.

Estaba resignada a que acabaría en manos del celestial cuando oí un grito desgarrador que me congeló la sangre.

Miré atrás y vi que el estómago de Kirtan fue atravesado por una espada de hielo.

La ira me enloqueció y, de golpe, todo ardió en llamas a mi alrededor.

Mi poder había despertado.

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