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♡ 9

BETH

La semana había pasado en un lapso demasiado corto. Recordaba perfectamente la mañana del lunes, cuando Asher corrió hacia mí en el pasillo de la academia. También guardaba el recuerdo de los dos juntos cantando una de mis canciones esa misma noche; eran imágenes fugaces de cada instante que hasta el momento habíamos compartido juntos.

Nos vimos cada día de la semana y en cada uno de esos encuentros había experimentado una emoción inexplicable que crecía dentro de mí. Solamente estando con él me sentía de esa manera tan especial.

Consideraba que el último día de la semana era el más especial de todos porque aquella misma noche del viernes, Asher y yo nos juntaríamos en mi casa para ver juntos un maratón de películas. Cada viernes de cada semana del mes, él venía a mi casa o yo iba a la suya, aquella era una costumbre que habíamos seguido desde que apenas éramos unos niños y no habíamos fallado ni una sola vez, a excepción de las fechas vacacionales.

Mi madre solía cuestionarse esa extraña costumbre. En ocasiones, me preguntaba si Asher y yo éramos algo más que amigos, porque notaba que pasábamos mucho tiempo juntos fuera del colegio. Pero yo siempre le respondía que no existía nada más allá de la asombrosa amistad que nos unía. Ella decía creerme; incluso papá decía creerme. Sin embargo, Cassandra, mi hermana menor, era la única de la familia que parecía darse cuenta de que yo estaba desesperada por convertirme en la chica de Asher.

Ya había perdido la cuenta de todas las veces que Cassy me había sugerido o insinuado que le hiciera ver a Asher lo que sentía por él. Claro que yo siempre me esforzaba en aparentar que ella estaba equivocada y le decía que yo no me moría por estar con él. Hiciera lo que hiciera o dijera lo que dijera, Cassy jamás me daba la razón y aguardaba el momento justo para echarme en cara que debía hacer algo al respecto o terminaría viendo al amor de mi vida entre las garras de otra chica.

En ese preciso instante, era ella la que me acompañaba en la cocina. Me había descubierto en la cocina preparando unas galletas horneadas, así que se quedó a acompañarme y tomó asiento junto a la barra, en espera de las galletas de chocolate que tanto le gustaban.

Cassy y yo éramos muy diferentes, y no lo digo solamente por el aspecto físico, sino porque nuestra personalidad era tan opuesta como el polo norte y el sur. Ella solía comportarse de una manera extravagante y despreocupada; nunca ocultaba sus sentimientos ni sus pensamientos, se expresaba libremente y no tenía miedo de mostrarse tal y como era delante de quien fuera. Eso era algo que a mí me costaba mucho. Yo era simple y sencilla, me guardaba mis opiniones y reservaba lo que sentía solo para mí misma.

Yo era mayor que Cassy; le llevaba un año y medio de diferencia, pero, comparándonos a las dos, por su aspecto uno podía decir que ella me superaba de edad: su vestimenta colorida, su manera llamativa de maquillarse y de teñirse el pelo de distintos colores, aunque nuestra madre solo le permitía teñirse las puntas. Ese factor también le propiciaba un aspecto de chica grande. Además, Cassy tenía el cuerpo que cualquier chica de su edad envidiaría. En comparación a ella, yo me veía demasiado fachosa y delgada.

Me habría gustado tener su color de pelo y sus llamativos ojos verdes esmeralda, pero no podía quejarme de parecerme más a mi padre, con mi pelo color caoba y mis ojos miel, porque esos rasgos eran los que me caracterizaban como Elizabeth Hayes.

—¿Cuánto tiempo más tendré que esperar? —cuestionó Cassy a mis espaldas.

Me volví hacia ella y apoyé las palmas sobre la superficie de la barra de mármol blanco que estaba centrada en la cocina. La contemplé impasible y ella me devolvió una mirada impaciente.

—No entiendo cómo hornear galletas puede ser tan tardado —exclamó con el ceño fruncido.

Sus dedos no dejaban de repiquetear. Su constante manía de mover las manos atrajo mi atención hacia sus uñas rojas y brillantes. Además de llevar esmalte rojo cereza, también llevaba puesta una chaqueta de cuero del mismo color, una blusa negra con un estampado de rosas marchitas, y los accesorios a juego eran unos aretes en forma de luna y un collar largo y plateado. Debía confesar que Cassy solía tener un estilo muy particular y llamativo, algo que sin duda la diferenciaba de mis estilos casuales de ropa.

—La espera vale la pena, Cass —le repetí por décima vez consecutiva.

—Supongo que eso aplica para ti, hermana, pero yo no soy particularmente paciente —dijo ella. Puse los ojos en blanco.

—Ya lo he notado; sin embargo, creo que deberías aprender a esperar el tiempo que haga falta cuando la situación lo requiere —le dije mientras observaba el largo cabello rubio que caía a ambos lados de su cara: el tono rojizo de las puntas resaltaba con intensidad debajo de los mechones rubios que lo cubrían.

—Vale, lo entiendo —exclamó, resignada. Apoyó su mejilla derecha sobre la palma de su mano antes de agregar—: Hablando de esperar, vas a decirme qué tienen preparado Asher y tú para este viernes de pelis.

La expresión de interés en su mirada dejaba en evidencia el brillo de diversión en sus profundos ojos claros.

—Ya entiendo por dónde vas, hermanita, y desde ya te digo que no va a suceder lo que sea que está pasando por tu cabecita conspiradora —le aclaré con los ojos entrecerrados.

Mi hermana se acomodó las gafas sobre el puente de la nariz con ayuda del dedo índice y me lanzó una mirada interrogante. Olvidé mencionar que Cassy usaba lentes desde que el primer año de secundaria, y la verdad era que no se veía mal con ellos. Tampoco le incomodaba usarlos, a diferencia de los jóvenes que preferían usar lentes de contacto para no verse como frikis intelectuales; de hecho, ella casi nunca se los quitaba.

—Mamá salió de la casa para su turno de la noche en el hospital y papá no regresará del trabajo hasta mañana por la tarde —me informó antes de guiñarme un ojo—. Yo estaré en mi habitación, muy ocupada con mis tareas, así que ustedes prácticamente se quedarán solos.

La fulminé con la mirada y me aclaré la garganta para decirle que dejara de hacerse películas románticas donde solamente existía amistad, pero en ese momento se escuchó la campanita del horno. Las galletas ya estaban horneadas.

—Puedes quedarte con nosotros si quieres. Asher es amigo de las dos y nunca le ha molestado contando con tu presencia para debatir sobre los finales sobreactuados de las películas de acción.

Al volverme, encogí los hombros para restarle importancia al tema. Antes de sacar las galletas del horno, tomé los guantes y me los puse. Más valía ser precavida que terminar con quemaduras de primer grado en una noche tan especial como aquella.

En el momento en que deposité las galletas de chocolate sobre la barra, Cassy se incorporó del banco y se acercó a la alacena para sacar algunos platos de su interior.

—No estoy interesada en ser el motivo de que ambos pasen la noche sentados de extremo a extremo en el sofá; al contrario, haz como que no existo si con ello puedo ayudar a que ambos lo pasen juntitos y cobijados en los brazos del otro.

Me crucé de brazos. Un minuto después, Cassy regresó a la barra con algunos platos de cerámica en las manos. Me lanzó una mirada risueña, y tuve que esforzarme mucho en no demostrarle que su comentario me había hecho gracia.

—Anda, hermana, en el amor todo se vale, así que más vale que le hayas puesto la poción secreta a estas galletas o tendrás que seguir fingiendo que no estás enamorada de él —exclamó mientras comenzaba a acomodar las galletas en los platos, formando distintas figuras con ellas.

—Ya te dije mil veces que lo que tengo con Asher no es amor. Somos amigos y nos queremos como amigos, siempre ha sido así.

Para no seguir discutiendo, interrumpí mis palabras, me giré hacia la estufa y puse toda mi atención en las tazas de café que acababa de servir, las cuales tenían escrito el nombre de cada uno en cursiva.

—¿Y por qué no puede ser de otra manera? —reiteró ella detrás de mí—. ¿Es por él o es por ti? Porque siempre que los veo, me doy cuenta de cómo se miran, y por lo que reflejan sus ojos, no hay manera de que solo sean amigos si se quieren con tanta intensidad.

—A veces no basta con querer a alguien; se necesita más que eso para que exista el amor —aclaré con la voz ronca. Sentía un nudo en la garganta que amenazaba con delatarme.

—Creo que tienes miedo de cruzar esa línea del cariño porque temes perder su amistad, Eli, pero eso nunca sucederá. Ustedes no pueden perder el lazo que los une porque sus corazones están conectados y lo estarán siempre.

Cerré los ojos al escucharla y deseé de todo corazón que tuviera razón y que nuestra amistad fuera lo suficientemente fuerte para estar presente en cada momento de nuestras vidas.

Estuve a punto de responderle, pero el ruido del timbre llegó a mis oídos antes de que pudiera emitir alguna palabra.

—Tu príncipe acaba de llegar, Eli. Es momento de que me marche —susurró mi hermana con una voz suave y tierna.

Al volverme, vi que salía de la cocina con un plato de galletas en su mano. Fui detrás de ella, la encontré cruzando el recibidor y oí que subía las escaleras hacia la segunda planta.

Escuché sus pasos lejanos mientras avanzaba hacia el vestíbulo para abrir la puerta.

Respiré hondo, me pasé el cabello por detrás de la oreja y caminé despacio a través de la alfombra café que decoraba el piso.

Me detuve a un paso de la puerta. Las puntas de mis zapatos quedaron rozando el tapete de bienvenidos que mi madre había comprado el año pasado en un viaje familiar.

Con la emoción inundando mi mente y mi cuerpo, extendí la mano y giré la perilla dorada. Al abrir la puerta, me encontré con él y con su eléctrica mirada azul.

El corazón me dio un vuelco al divisarlo. Asher estaba guapísimo esa noche; llevaba una camiseta oscura, una chaqueta negra sobre los hombros y unos jeans negros que estaban gastados de las rodillas.

Tan pronto como me vio, una amplia sonrisa apareció en sus labios. Noté que mi cuerpo se acaloraba al encontrar su mirada contemplando mi aspecto desaliñado.

Esa tarde me había esforzado en verme presentable y arreglada. Elegí ponerme una blusa tejida de color rosa que me cubría completamente los brazos, me puse un pantalón de mezclilla azul cielo y unos zapatos que estaban casi nuevos. Claro que, antes de acercarme a abrir, debí pensar en soltarme el pelo, ya que anteriormente, mientras preparaba las galletas, tuve que atarlo en un moño desaliñado que dejaba salir las puntas en todas las direcciones.

Mi intento de parecerle linda había sido un fracaso rotundo, pero afortunadamente él no estaba enterado de que su visita fue mi razón para esforzarme en verme así. No podía saber que el peinado improvisado no formaba parte de mi estilo de la noche, así que tuve que sonreír para ocultarle mi vergüenza. Él estaba allí de pie, con las manos metidas en los bolsillos de sus jeans. No había nada que no encajara en su aspecto.

A los pocos segundos, lo encontré mirando directamente mi cabello desastroso. Sentí el impulso de ponerle las manos sobre los ojos para acomodármelo adecuadamente, pero no lo hice.

—Hola —exclamé con alegría.

—Hola, Bethy —respondió él con los ojos brillantes.

Mi mente y mi cuerpo se adormecieron al verlo acercarse, y mi reacción inmediata fue actuar por encima de la razón.

Me pare de puntillas y, tomándolo desprevenido, dejé un beso delicado junto a sus labios. Fue suficiente con ese beso en su mejilla para despertar mil sensaciones diferentes en mi interior que no fui capaz de apagar y que explotaron como fuegos artificiales.

Francamente, me habría encantado dirigir mi boca a sus tentadores labios, pero estaba segura de que su reacción no sería muy agradable. Saqué de mi cabeza esa disparatada idea y enfoqué mi atención en sus ojos profundos.

Cuando me separé de él, mi corazón latía fuerte por la emoción.

—Adelante, la noche espera por nosotros —exclamé con una sonrisa amplia.

—Beth... —escuché que murmuró mi nombre.

Dejé fija mi mirada en la suya, esperando sus siguientes palabras, pero no hizo falta que dijera nada, porque supe lo que iba a decirme antes de que pudiera expresarlo.

Asher estaba allí, claro que había venido, pero en esa ocasión algo era diferente; era imposible no notarlo si mis ojos acababan de verlo a él y también a ella a sus espaldas.

No pude verla hasta que se hizo a un lado y vi una cabellera rubia deslumbrante detrás de él.

—Beth, Piper ha venido conmigo para hacernos compañía. Le comenté en la tarde que vendría contigo a ver películas y quiso acompañarnos esta noche... —distinguí el reflejo de duda en su mirada—. Le he dicho que no te molesta que vengamos juntos. ¿No te incomoda, verdad? —se apresuró a añadir él.

Exhalé lentamente, con la esperanza de aliviar la opresión en mi pecho, pero la horrible sensación de desaliento superó cualquier otra emoción que pude sentir anteriormente.

La chica que tomaba la mano de Asher me observo con una resplandeciente sonrisa y yo me sentí morir. Estaba muy claro que Piper Stevens no me agradaba en lo más mínimo y definitivamente la quería lo más lejos posible de Asher, pero si él la quería a su lado, debía ser capaz de lidiar con eso.

Reprimí el impulso de eludir la mirada de ambos y le devolví la sonrisa a medias. Evité desviar mis ojos hacia Asher o hacia el punto en el que sus manos se entrelazaban.

—Claro que no me molesta que Piper esté aquí, al contrario, me alegra que se una a nosotros —exclamé, mostrándome alegre.

Sentía dolorosas punzadas en el pecho. No podía hacer más que forzar una sonrisa y hacerme a un lado para dejarlos pasar.

—Adelante, pasen —añadí, ocultando mi malestar.

Asher se giró hacia Piper y le puso la mano en la cara. Le acarició la mejilla con el dedo pulgar hasta llegar a la barbilla. Quise desaparecer en el mismo instante en el que lo vi mirándola de aquella manera dulce que me oprimía el corazón intensamente.

—Te dije que serías bien recibida aquí, bella —murmuró y enseguida se inclinó para besarla.

Aparté la mirada de ellos justo antes de que sus labios se fundieran con los de ella. Quise ocultar la desagradable sensación que se apoderó de cada parte de mi ser y contemplé los cuadros que colgaban de las paredes de la entrada para no presenciar aquel beso que me rompería por dentro.

Algunos segundos más tarde, ambos se adentraron a la casa. Al verlos pasar delante de mí, absortos el uno en el otro, solo me sentí más miserable y dolida.

Me obligué a seguirlos a dos pasos de distancia y, una vez que todos atravesamos el vestíbulo y nos adentramos a la sala principal, decidí que era el momento adecuado para salir huyendo hacia la cocina.

—Pónganse cómodos, yo... iré a traer los aperitivos, en un segundo regreso —expresé con un nudo en la garganta.

—Eres muy amable, Beth —escuché que dijo ella con esa voz suave que solo me ponía de peor humor.

Les dirigí una breve sonrisa antes de cruzar la sala y empujar la puerta corrediza que conducía a la cocina.

Al encontrarme lejos de ellos dos me dispuse a cerrar la puerta y me acerqué a la barra para colocar las palmas sobre la superficie. Agaché la cabeza y cerré los ojos con fuerza, buscando controlar esos sentimientos que me cortaban la respiración.

No quería sentirme así, odiaba esa debilidad y esa horrible sensación de sentirme completamente perdida y sin rumbo, pero no podía reprimir mis emociones. Me sentía desplazada y herida, infinitamente herida de que hubiera aparecido en la puerta de mi casa con alguien más.

En cuando oí que alguien abría la puerta, rápidamente recuperé el control y avancé hacia el otro extremo de la barra para servir una taza de café para su acompañante.

No quise darme la vuelta porque sabía perfectamente que era él el que acababa de entrar, y en ese instante lo único que deseaba era hacerme invisible para que no pudiera leer a través de mí.

—Oye Beth...

Su voz ronca y profunda me provocó escalofríos al escucharla tan cerca a mí. No me había dado cuenta antes, pero se había detenido justo a mi lado.

—El café ya está servido y las galletas recién horneadas, igual que siempre —comenté, señalándole los platos que Cassy había dejado sobre la barra.

—Beth... —repitió él, y esta vez pude percibir el contacto suave de su mano sobre mi hombro. Me estremecí y me aparté rápidamente antes de que su proximidad terminara por dejarme una quemadura permanente.

—Me ayudas a llevar los platos a la sala —le pedí, con la voz a punto de quebrarse.

—¿Pasa algo Beth? —me preguntó. Casi pude sentir que su mirada me traspasaba la piel.

Di la vuelta y tomé las dos tazas faltantes. Entonces desde atrás, sentí como su mano me sujetaba la muñeca.

Mis dedos estaban crispados alrededor de las tazas que sostenía. Sus dedos rodeaban el contorno de mi muñeca y, a mis espaldas, sentía su pecho rozando mi espalda. Contuve la respiración y me congelé como un cubo de hielo, a pesar de que el calor se expandía donde su mano me tocaba.

—No esperaba que vinieras con ella, pero me parece bien que tu chica te acompañe; después de todo, eres libre de venir con quien quieras.

Lentamente, me separé de él mientras sentía mi corazón acelerado y agitado golpeando mi pecho.

Volví la cabeza hacia él y me encontré con su intensa mirada azul.

—¿Qué sucede? —le pregunté, arqueando las cejas.

—Pensé que tú...

No le permití terminar y di toda la vuelta alrededor de la barra para dejarlo atrás. Tuve que cruzar el umbral de la puerta con la valentía suficiente para soportar las tres horas de película que pasaría con ellos.

Supuse que venía detrás de mí al oír sus pasos resonando en cada zancada que daba.

Fue un verdadero alivio que la puerta que separaba la cocina del comedor y la sala de estar, estuviera abierta. Reprimí el nudo que me bloqueaba la respiración y no me detuve hasta depositar las tres tazas de café en la mesa de centro, que se encontraba a un metro de distancia del televisor.

Vi de reojo que Asher pasaba junto a mí y se inclinaba para depositar los platos de galletas en el otro extremo de la mesita.

—Ya está todo listo —exclamó él antes de dejarse caer en el sillón aterciopelado, el cual era el más amplio de los tres sillones en la sala.

De inmediato, su novia Piper, que se encontraba sentada en el mismo sillón, redujo la distancia entre ambos y le rodeó el torso con sus delgados brazos. Apreciar aquella cercanía me produjo una sensación punzante en el pecho.

—Pondré la película —dije y les di la espalda mientras me acercaba al televisor y le daba play al DVD.

Justo antes de volverme para sentarme en el sofá individual, pensé que no debía permitir que mis emociones me superasen. Debía ser fuerte y mostrarme inmune al dolor, aunque este me destrozara por dentro.

En cuestión de segundos, la película comenzó a reproducirse en el DVD y yo me forcé a quedarme inmersa en las escenas de acción a las que se enfrentaba el protagonista.

Casi me resultaba imposible no ladear la cabeza hacia ellos porque, cada tres minutos, Asher soltaba algún comentario al que yo normalmente respondería. Sin embargo, en esa situación, lo único que me atrevía a hacer era inhalar y exhalar para tranquilizar la agónica sensación que me presionaba la garganta.

Asher no debía notar el fatídico estado en el que me encontraba porque Piper se robaba completamente su atención. La presencia de ella opacaba la mía y me hacía sentir absolutamente insignificante.

Conforme avanzaba la película, oía que se reían juntos y compartían opiniones sobre los conflictos que se desarrollaban entre los personajes principales. Cuanto más tiempo pasaba, me sentía más fuera de lugar, distante de ellos y de su manera de comunicarse, como una simple extraña que estaba de más en ese lugar.

No podía ignorarlos, por más que intentaba no prestar atención a su conversación, por más que me esforzaba en sumergirme de lleno en la estúpida trama de la película. Nada de lo que hacía para sacar a Asher de mi cabeza funcionaba, y tampoco era de mucha ayuda que él estuviera a tres metros de mí, abrazando a una chica que apenas conocía.

Me desconcentré al oír la enérgica risa de Asher. Actúe sin pensar cuando desvié mi atención hacia ellos. Los observé de lejos y casi enseguida me arrepentí de haber volteado.

Ella sonreía ampliamente mientras él la contemplaba embelesado. Piper se separó de Asher para tomar algunas galletas de la mesa y luego se sentó muy cerca de él, le tendió una galleta hacia la boca y empezó a acariciarle el pelo con la mano libre. La molestia y la irritación se expandieron en mi sistema, recorriendo mi cuerpo como serpientes venenosas.

Asher mordió la galleta y le dirigió una mirada intensa que no pude contemplar por demasiado tiempo, ya que era difícil soportar ese indescriptible malestar cargado de conmoción. Reprimí la amargura en mi garganta tomándome un trago de café caliente; sentí que el líquido bajo por mi garganta, pero la sensación de quemazón no disminuyó.

Cuando volví a mirarlos, vi que ella levantó los brazos y los deslizó por sus hombros. Luego entrelazó las dos manos tras su cuello y Asher inclinó la cabeza para unir sus labios con los de ella.

Al momento que sus labios se fundieron, sentí que me ardían los ojos y bajé la mirada. Quise creer que podía soportar verlo con otra, pero la cruda realidad era que no podía con ello. Me costaba asimilarlo, me costaba presenciarlo y darme cuenta de que yo no era la chica de sus sueños y jamás lo sería.

Eché un breve vistazo hacia ellos mientras se besaban, fruncí la nariz con disgusto y aparté la vista para enfocarla en mis manos entrelazadas encima de mi regazo.

Exhalé larga y sonoramente, con la intención de deshacerme del molesto nudo que me cubría la garganta.

Mis ojos ardían de solo mirarlos besándose al otro lado del sofá, pero era tan masoquista que no podía evitarlo; sus manos sujetando la baja espalda de Piper, acariciando su cintura con una infinita delicadeza mientras ella deslizaba los dedos entre los mechones claros y rizados de su pelo.

Realmente habría deseado desaparecer y llegar a cualquier otro lugar en el que no estuviera el chico que amaba besando a otra, pero muchas veces la vida no nos concedía lo que más deseábamos y debíamos aprender a vivir con ello.

Mis manos se movieron por sí solas y tomaron el control de la mesita para subir el volumen de la televisión. Fue un acto muy inmaduro de mi parte, pero claramente lo hice para forzarme a prestar atención a algo que no fueran sus besos. No pensaba soportar la irritable voz de Piper pidiéndole a Asher que no parara de besarla. La envidia y los celos se avivaban en mi interior y me controlaban de manera irracional.

De algún modo, mis súplicas dieron resultado y el ruido atronador de la persecución en la TV fue tan intenso que provocó que Asher y Piper se separaran, poniendo fin a su efusivo beso.

Contuve las ganas de reír al ver que Piper se sobresaltaba ante el alto y ruidoso sonido del enfrentamiento armado entre la policía y los actores que llevaban luchando con sus enemigos dese el comienzo de la película.

Asher se enderezó un poco en el sillón antes de ladear la cabeza y mirarme con expresión de duda.

—¿Subiste el volumen? —cuestionó con el ceño fruncido.

—Disfruto mucho del desempeño audiovisual en las películas de acción —respondí en tono cortante y dejé ver una apenas perceptible sonrisa de satisfacción.

—Ya lo hemos notado —murmuró Piper en un tono despectivo.

—La próxima vez podrías... —Se interrumpió a sí mismo, como si lo que pensaba decir pudiera molestarme de alguna manera—. Olvídalo. Tienes razón, se debe disfrutar al máximo de estas películas, eso no puedo cuestionártelo.

Lo miré y asentí mientras se expandía una auténtica sonrisa en toda mi cara.

—Sabes que siempre tengo la razón —comenté alegremente, y en su rostro pude ver el indicio de una sonrisa que consiguió sacudir mi sistema de defensa.

Me miró con la cabeza ladeada cuando dijo:

—Vale, tú ganas. Podría fingir que te equivocas, pero no puedo mentirle a mi mejor amiga.

Hubo una pausa y no supe qué decir. El término "mejor amiga" en esa ocasión no logró desconcertarme tanto como lo hizo la manera en que lo dijo; hablaba con una infinita adoración, hasta la hueca de Piper parecía darse cuenta de ello.

Piper se aclaró la garganta y, cuando volteó, me fulminó con la mirada.

—Cariño, el aire acondicionado no debe estar funcionando —hizo una breve pausa y me lanzó una mirada de disgusto antes de dirigirse a él nuevamente—. Tengo mucho frío, abrázame.

La perforé con mis pupilas mientras veía que Asher se apoyaba en el extremo izquierdo del sofá y la rodeaba con su brazo por los hombros. Ella no dudó ni un solo segundo en tumbarse a su lado; apoyó su cabeza rubia en el pecho de Asher y colocó su mano al costado de su cuerpo, mientras que sus ojos azules se quedaban fijos en los míos y me contemplaban con superioridad.

Era evidente que esa chica era experta en el campo de manipular a los chicos. Supe que, por más afecto que Asher sintiera por mí, ella me superaba y yo quedaba en un lugar inferior en su vida. Ella era la novia, yo era la amiga, simplemente la amiga.

Tuve que soportar verlos abrazados durante un cuarto de hora que me pareció demasiado eterno. La película terminó con un final inesperado. Al ver aparecer los créditos en la pantalla, reprimí mis inmensas ganas de gritar de felicidad. Ya no tenía que soportar más a Piper ni el perfume floral que ya había invadido gran parte de la estancia de mi casa.

Al incorporarme del sofá, le puse pausa al televisor, y aquella fue mi demostración para dejarle claro a la rubia que había llegado el momento de que se fuera de mi casa.

—Me ha gustado mucho la trama, sobre todo la persecución para rescatar a la niña —comenté.

Aquella escena me gustó en particular porque sucedió en el momento justo en el que conseguí que ella separara sus brazos del cuerpo de Asher.

Asher y Piper se levantaron del sofá. Posteriormente, él me ayudó a llevar los platos y las tazas a la cocina. Luego, los dos regresamos a la estancia y Piper dijo que ya debía irse, pero que había disfrutado mucho la película.

Asher se ofreció a acompañarla a la estación de autobuses, pero ella le dijo que llamaría a su chófer para que fuera personalmente a recogerla. Los tres nos acercamos al recibidor.

Al llegar a la entrada, Piper se volvió y me dijo que esperaba repetir la ocasión. Para mis adentros, pensé que en mi vida volvería a permitir que alguien como ella se invitara sola a una reunión en mi casa.

Ambas nos despedimos con un abrazo forzoso y nos hablamos amablemente para aparentar que nos agradábamos. Luego, ella se despidió de Asher con un beso cariñoso y dijo que su chófer ya estaba afuera esperándola. Asher le abrió la puerta y la acompaño a la acera de la calle, donde efectivamente se encontraba aparcado un auto negro muy extravagante.

Observé que volvieron a besarse antes de que ella subiera al auto y el mismo se perdiera de vista cuando giró en el lejano camino de la avenida principal.

Solté un largo suspiro y me pasé las manos por el pelo enmarañado. Vi a Asher acercándose, subiendo el peldaño de las escaleras del porche.

—Bueno, Bethy, creo que también ha llegado el momento de que me vaya —exclamó, y luego apoyó la espalda en el umbral de la puerta y respiró hondo dos veces.

—Claro, es tarde y debes volver a tu casa —dije, mirando distraídamente el cielo y las estrellas sobre nuestras cabezas.

—Sí, ya empieza a bajar la temperatura.

Bajó la vista hasta su chaqueta, que yo sujetaba entre mis brazos. Se la tendí y él se la puso sin mirarme.

Cuando terminó de ponérsela, la solapa le quedó doblada y mi primer pensamiento fue acomodársela. Me acerqué un paso y coloqué mis manos a ambos lados de su cuello —en los extremos de su chaqueta—, a continuación, se la acomodé adecuadamente.

Tenerlo frente a mí resultaba tan embriagador que me sentía mareada. Su mirada azul me envió una descarga eléctrica que consiguió detenerme la respiración.

—¿Así está mejor?

—Mucho mejor —respondió con una alegre sonrisa mientras se metía las manos en los bolsillos de la chaqueta.

Al dar un paso hacia atrás para adentrarme a la casa, me aclaré la voz.

—Lo has pasado bien —susurré.

Él respiró hondo y se demoró veinte segundos para contestarme.

—Porque estaba aquí contigo.

Esa fue su respuesta y esa fue la razón que reanimó mi triste corazón.

Al oír su voz franca, volví a levantar la vista y lo miré a los ojos. Mi corazón latía aceleradamente, pero él no podía notarlo.

—Dices que... —comencé a decir y Asher me interrumpió.

—Sí, lo he pasado bien esta noche, pero ha sido porque estabas conmigo... No habría sido igual estando nosotros sin tu compañía.

Yo estaba destrozada emocionalmente porque creí que había disfrutado de estar con ella, pero él me estaba diciendo que sin mí no habría disfrutado de la película. Vaya ironía.

—Dime la verdad, ¿por qué has venido con ella?

Asher pareció dudar si responderme o no, pero finalmente decidió hablar.

—Ella quería ir a otro lugar y yo le dije que no podía acompañarla, entonces insistió en saber a dónde iría... Yo no podía fallarte Beth, por esa razón, después de decirle que vendría contigo, tuve que invitarla a venir —emitió un leve suspiro—. Podrán existir mil motivos que me impedirían estar aquí, pero ni Piper ni nadie harán que falte nunca a nuestro viernes de maratón.

Sus palabras despertaron un huracán de emociones en mi interior, y también me hicieron experimentar un cosquilleo en las yemas de los dedos. Mis manos sentían el deseo de sujetar sus mejillas para percibir el contacto de su piel y, después, solo tal vez, me atrevería a besarlo con intensidad para dejarle ver mis sentimientos hacia él.

No pude hacer más que sonreírle y retroceder otro paso más. Mi autocontrol podía colapsar si Asher volvía a mostrarse dulce. Una sola palabra más y mi corazón se convertiría en algodón de azúcar, absorbiendo su suave voz y sus delicadas palabras.

—Por cierto, estabas muy adorable con el moño atado en tu cabeza —agregó con una voz risueña y dulce.

Con una última sonrisa, se dio la vuelta, bajó los escalones del porche y comenzó a caminar rumbo a la acera, en dirección a su casa.

Al verlo alejarse, me sentí más confundida que nunca. Mi estómago estaba revuelto y mis pensamientos completamente confusos. Por un lado, me sentía terrible por quererlo tanto y desear estar en el lugar de Piper; pero, por otro lado, me sentía superada por la emoción de ser su única mejor amiga, porque ocupar ese lugar en su vida me garantizaba que siempre estaría para él y él para mí, aunque igual me atormentaba no ser la única razón de sus sonrisas.

Las luces de la calle me permitieron ver su silueta cada vez más lejana, hasta que la penumbra del anochecer no me dejó ver más allá de la intersección para cruzar la calle.

Me metí a la casa y cerré la puerta. Luego, con el ánimo por los suelos, subí las escaleras y me encerré en mi habitación.

No me demoré en quitarme los zapatos y desatarme el moño que sujetaba mi cabello para posteriormente dejarme caer de espaldas en el colchón de mi cama, que crujió al recibir todo mi peso.

Resoplé con frustración, coloqué las manos entre mis cabellos y entrelacé los dedos entre los largos mechones mientras contemplaba el techo y la luz blanca que iluminaba las cuatro paredes del dormitorio.

Tumbada en la cama, parpadeé con las manos a ambos lados de mi cabeza. Acto seguido, suspiré hondo, llena de frustración e impotencia.

Una sola cosa había averiguado y confirmado esa misma noche: En esta vida, él jamás podría ser mío, al menos no de la manera en que me gustaría.

Esa era mi realidad y ya no podía seguir negándolo. Debía ser capaz de afrontarlo o me volvería loca en el intento de asimilarlo.

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