
♡ 6
ASHER
Ya era la una de la madrugada y el resultado seguía siendo el mismo tras todos mis intentos para sucumbir al sueño. Nada. No podía dormir, no podía cerrar los ojos porque la imagen de mi amiga Beth venía a alcanzarme para arrebatarme el sueño.
Tenía grabado en mi mente el recuerdo de los dos en su habitación, ella cantando y yo acompañándola con la guitarra. Luego, mi mente se desviaba al instante en el que le agarré el cabello y le rocé la mejilla con las yemas de mis dedos, provocándole un estremecimiento.
Eso nunca debió suceder, no debí dejarme llevar con ella y acariciarla como acostumbraba acariciar a las chicas que tanto me gustaban. Esa era la situación: Beth a mí no me gustaba, no podía gustarme si era mi mejor amiga de toda la vida y la conocía lo suficiente para saber perfectamente que ella jamás me vería de esa manera, ni yo a ella.
Tal vez simplemente actué sin pensar y quise apartarle el cabello negro del rostro, sin intención alguna de rozarle la piel, porque aquel gesto salió desde lo más hondo de mi inconsciencia y no se volvería a repetir, al menos no si yo estaba en mis cinco sentidos.
Seguramente le estaba tomando demasiada importancia, porque aún cabía la posibilidad de que a Beth ni siquiera le haya parecido raro. Seguramente había infinidad de chicos que hacían lo mismo que yo había hecho sin tener intenciones amorosas con la chica.
El estremecimiento que percibí de su parte tal vez fue producto de mi imaginación, una alucinación que alteró la realidad del momento. Me convencí de que eso había sucedido, no había nada más que agregar.
Nuestra amistad seguiría siendo la misma de siempre, porque tanto ella como yo teníamos claro que entre nosotros jamás existirían sentimientos que fueran más allá del afecto y el cariño de una amistad sincera.
Miré de reojo el reloj digital en la mesita de noche y comprobé que faltaban escasos minutos para que dieran las dos de la madrugada.
El tiempo se había pasado volando desde que había regresado de la casa de Beth. La había tenido en mis pensamientos desde que crucé la puerta de su habitación y me adentre en la mía.
Antes de cerrar los ojos, volví a repetirme que había una fuerte conexión que me unía a ella, pero que de esa conexión solamente derivaba una gran amistad. Ella lo tenía claro, así que yo debía tenerlo muy claro también.
♡
Al amanecer, me desperté muy temprano y me preparé para darme una ducha refrescante. Salí del baño con el pelo húmedo, frotándome la nuca con los dedos. Avancé descalzo por la habitación mientras iba colocando los botones de la camisa en su sitio, para después ponerme delante del espejo y anudar la corbata alrededor del cuello de la camisa. Procedí a ponerme los zapatos y, al incorporarme, caminé directo al closet para buscar mi loción en el cajón de objetos personales. Al encontrarla, me rocié la colonia de aftershave.
La tarde anterior, Piper me había comentado que le encantaba el aroma de esa colonia. Supuse que esa debía ser la razón de que se haya pasado todo el viaje en carretera con la nariz hundida en mi cuello.
Una sonrisa egocéntrica apareció en mis labios justo antes de volverme para tomar la mochila de la silla y colgármela en el hombro. Antes de salir, recordé que no me había secado el pelo, así que volví sobre mis pasos para agarrar la toalla que había arrojado sobre la cama y la coloqué sobre mi cuello para frotar los mechones más largos y secarlos.
Al cruzar el umbral, eché un último vistazo a mi habitación y logré visualizar algunas cuantas cosas desorganizadas. Por mi mente me pasaron los reclamos de Beth; en la mayoría de ocasiones no le parecía bien encontrar mi habitación hecha un completo desastre. Sin embargo, eso no suponía ningún problema para nosotros, ya que siempre que la invitaba a casa, los dos terminábamos recogiendo la habitación mientras conversábamos de cualquier cosa.
Sonreí al cerrar la puerta a mi espalda y comencé a frotarme el pelo con la toalla a la vez que bajaba las escaleras. Al llegar a la planta baja, me dirigí a la cocina; allí encontré a mi madre preparando el desayuno. En voz baja, tarareaba una canción que se reproducía en su radio antiguo.
—Buenos días, mamá —la saludé al entrar y me acerqué a ella para darle un suave beso en la mejilla—. ¿Te ayudo con algo?
—Claro que sí, tesoro —exclamó con voz alegre, señalando con la mirada el cuenco de frutas que había junto a la alacena—. Nunca está de más ayudar a una dama a preparar el desayuno. Sé un buen hijo y pica un poco de fruta para Alen y para ti. Yo ya estoy terminando de preparar esta delicia.
—A tus órdenes, ma —expresé y me puse a la tarea de picar un poco de fruta para acompañar el desayuno.
A mi madre le encantaba la cocina; era una experta en el arte culinario. En cualquier donde la encontraras, la veías leyendo recetas de cocina y, en sus tiempos libres, la veías preparando pasteles o alimentos de sus recetarios.
En nuestra familia nunca dejábamos de probar comidas nuevas, y a mí aquella tradición me resultaba absolutamente fascinante, porque si había algo que adoraba de todo corazón, era ver a mi madre haciendo lo que tanto amaba y compartiéndolo con nosotros, que éramos su familia.
—Cariño, en cuanto termines, ven aquí. Estoy segura de que esta nueva receta te resultará exquisita.
El tono entusiasmado de su voz me alegraba el día y me contagiaba su energía entusiasta.
—Voy en un segundo —dije con mucha alegría.
Corté el último trozo de fruta y, al volverme, vi entrar a mi padre y a Alen, quien corrió apresurado junto a mi madre para envolverle la cintura con sus brazos.
—Muy buenos días, mami —murmuró dulcemente.
—Ya algo me decía que los encontraríamos preparando el desayuno; ustedes dos son tan parecidos —dijo mi padre, plasmando su mejor sonrisa mientras se acercaba a la barra y se inclinaba a un lado para rodearle los hombros a mamá y darle un corto beso en los labios.
—Es verdad cielo, mi querido Asher tiene el mismo espíritu que yo para preparar deliciosos platillos —le escuché decir a mi madre y estuve totalmente de acuerdo.
A mí también me gustaba pasar tiempo en la cocina, preparando comida o postres que olían deliciosamente bien.
—Un don de familia, ¿que más puedo decir? —agregué yo con una sonrisa.
En ese momento, Alen vino hacia mí y tiró de mi brazo para llevarme al extremo izquierdo de la barra, donde se encontraban los banquillos de madera que aún eran demasiado grandes en comparación a su altura.
—Me ayudas a subir, porfa —me pidió, zarandeándome del brazo.
Yo le pasé la mano libre por el pelo bien peinado (solo para molestarlo) y, sin darle tiempo de protestar, le rodeé el estómago con un brazo y lo cargué para ayudarlo a sentarse en su banco favorito.
Al otro lado de la barra, nuestros padres seguían conversando y riendo juntos.
Me acerqué hasta ellos y mi madre me tendió los dos platos con el desayuno. Al tomarlos, volví sobre mis pasos para depositarlos en la barra, uno para Alen y el otro para mí.
Tomé asiento junto a mi hermano sin hacer ningún esfuerzo y apoyé los codos sobre la barra de mármol, para después enredar las manos en los mechones de mi pelo todavía húmedo.
—Acabas de comenzar una guerra —musitó Alen a mi lado, dándome un codazo en las costillas con su diminuto brazo.
Después de empujarme, agarró el tenedor de plástico y comenzó a comer de la porción de fruta de su plato.
—Eh, no te metas conmigo, pequeño. Esa fue mi venganza contra ti por jugar en mi contra ayer y hablarle a Beth sobre lo que sucedió en el verano —le hice saber en un tono bajo y con la cara inexpresiva. Al igual que él, agarré el tenedor y comencé a partir en trozos el salmón que mi madre había preparado con una nueva receta—. Bien sabes que ella y yo solamente somos amigos, y vas y le dices que estuve todo el rato pensando en ella.
—No he dicho nada que no fuera cierto —afirmó en un murmullo que me produjo desconfianza. Tomó el vaso de zumo entre sus dos manos y le dio un sorbo antes de volver a hablar—: Los niños siempre decimos la verdad, ¿sabes? Y yo solamente le he dicho que no dejabas de pensar en ella porque eso es lo que cualquier amiga esperaría de un amigo. Pero no es mi problema si prefieres actuar como un insensible y fingir que no estuviste la mitad de las vacaciones encerrado en tu habitación escuchando esas canciones que ella compone para ti.
Acababa de tomar un trago de jugo de naranja y ahora me estaba ahogando después de escuchar a mi hermano menor acusándome de no ser del todo honesto con Beth.
Debía de admitir que sus palabras me tomaron por sorpresa. Joder. Alen era solo un niño y estaba tratándome como si él fuera el hermano mayor; y no solo eso, sino que también acababa de revelar esa verdad que yo mantenía en secreto. Realmente creí que nadie estaba enterado de todas esas tardes en las que me fundía en las letras de las canciones de Beth, en sus notas musicales, en su voz suave unida al vibrar de las cuerdas de la guitarra. Su soñadora voz era lo único que me había mantenido a flote aquellos días sombríos en los que descubrí el engaño de Belinda.
A los pocos segundos, caí en cuenta del impacto de sus últimas tres palabras: "compone para ti", pero eso no podía ser cierto. Las sinfonías que componía, las letras que iban unidas a las melodías, el sentimiento en su voz, todo eso no lo componía para mí; simplemente, era muy buena escribiendo y componiendo canciones. Ella no necesitaba de un chico para inspirarse, porque su amor por la música era su verdadera inspiración. Beth tenía talento, carisma y confianza, y esas eran las herramientas que la ayudarían a hacer realidad su sueño.
En mi imaginación podía verla triunfando; la veía feliz y radiante, cantando en un escenario frente a un público infinito, conquistando al mundo con su maravillosa voz. También me imaginaba apoyándola, aplaudiendo entre la multitud y sintiendo el orgullo de tenerla como amiga. Ya estaba orgulloso de ella por no tenerle miedo a nada y demostrarme cada día que hacer lo que más nos apasiona puede ser el comienzo de una felicidad gratificante.
—Si algún día te decides a ser honesto con Liz y le confiesas que la extrañaste tanto o más que yo, ese día serás el héroe que más admiraré, hermano —agregó Alen con suavidad.
Me había hablado al oído para que nuestros padres no pudieran escucharlo. Ese niño a veces desafiaba mi inteligencia.
—Vale, tú ganas. Puede ser que la haya extrañado demasiado, pero ella no necesita enterarse. Beth ya sabe que la quiero mucho y que la echo de menos cuando se encuentra lejos.
A mi hermano le brillaron los ojos con entusiasmo.
—¿La quieres y la echas de menos como en aquellas novelas que ve mamá en la TV? Entonces deberías ir y decírselo con un ramo enorme de rosas y después darle un beso para demostrarle tu amor; así sucede en las películas —me sugirió Alen, y yo casi terminé ahogándome —por segunda vez consecutiva— al haber tomado anteriormente un trago de jugo de naranja.
Al superar la sensación rasposa en mi garganta, le lancé una mirada de reproche y lo fulminé entrecerrando los ojos.
—Ni se te ocurra decir algo semejante cuando estemos en presencia de Bethy, o te juro que no respondo y dejaré de jugar videojuegos contigo en la consola durante lo que resta del año.
Alen volteó a verme y me dedicó una mirada de absoluta inocencia, encogiéndose de hombros.
—Liz se dará cuenta sola, no necesito hablar para que lo note —me aseguró con una ligera sonrisa en el rostro.
—No pienso discutir más de este tema contigo, Alen —lo corté con determinación.
Me bebí el contenido del vaso, me comí el último trozo de fruta y me levanté del asiento antes de anunciarle a mi familia que ya tenía que irme a la academia.
—Ve con cuidado, cariño. Suerte en tus clases —exclamó mi madre, acercándose a mí y dándome un fuerte abrazo. La envolví entre mis brazos y cerré los ojos por tres cortos segundos.
Al separarse de mí, me acarició las mejillas con sus dedos y me sonrió con afecto.
—Vuelve temprano, por favor conduce con precaución.
—Siempre lo hago, mamá.
—Lo sé, pero nunca está de más recordarte que debes ir con cuidado.
—Puedo cuidarme perfectamente —le aclaré, separándome de su agarre y caminando en reversa.
—Vale, vete ya que no quiero que llegues tarde —me dijo, por último. Asentí y atravesé el umbral.
Caminé directo a la entrada, tomé el casco de la motocicleta del closet que había justo debajo de la escalera y extendí la mano para girar el picaporte de la puerta.
Justo antes de salir, oí la voz de mi madre hablándome.
—Asher, cariño —gritó con su voz suave desde la cocina—. Salúdame a Beth cuando la veas.
—Prometo que lo haré —respondí en voz alta.
De inmediato, cerré la puerta detrás de mí y bajé los escalones del porche. Me dirigí directamente a la cochera para sacar mi motocicleta.
La motocicleta había sido el regalo de mi padre cuando cumplí dieciséis años; era de color azul metálico y era de una marca muy reconocida: "HONDA".
Cuando mi madre se enteró de la sorpresa, no se lo tomó de la mejor manera. Le reclamó a mi padre el haberme comprado algo tan peligroso, pero yo le aseguré que esa moto era lo que yo más quería. Al final, me dejó conservarla y conducirla, pero con algunas advertencias de por medio.
Al entrar, dejé la cochera abierta y me subí al asiento de la moto mientras me colocaba el casco sobre la cabeza. A continuación, coloqué mis palmas a ambos lados del manillar y giré la llave para encender el motor, después de hacerlo, presioné la mano sobre el acelerador y salí del interior de la cochera.
Dejando atrás el porche de mi casa, me incorporé al asfalto de la calle y conduje por el camino que llevaba a la academia. El aire templado soplaba sobre mi rostro mientras veía pasar las calles del pueblo y contemplaba la luz del sol deslumbrando en todo su esplendor por encima de las ramas de los árboles.
El camino fue bastante tranquilo; no había tráfico y tampoco resultó un problema el incorporarme a la autopista para seguir el trayecto más corto hacia la academia. Transcurrían los segundos y yo avanzaba a una velocidad moderada, dejando atrás los paisajes montañosos y las zonas arboladas. En su lugar, ahora observaba campos espaciosos e interminables; algunos de ellos repletos de flores coloridas y otros de árboles enormes con hojas amarillentas y rojizas.
Antes de pasar de largo rumbo al camino del aeropuerto, reduje la velocidad y me incorporé al carril para salir de la autopista. Una vez devuelta entre las calles de la civilización, seguí mi recorrido hasta llegar al reconocido colegio: "La Academia Salle".
Me detuve frente a la entrada, buscando encontrar una cabellera pelinegra cubierta por un gorro azul marino, pero al no ubicarla, tuve que avanzar por el camino empedrado para estacionar mi motocicleta en el aparcamiento.
Al encontrar un sitio libre, estacioné la moto y, después de apagar el motor, me bajé de la misma.
Al desabrochar la cinta del casco para quitármelo de la cabeza, mi vista viajo al otro lado del amplio estacionamiento, donde el autobús azul rey de la academia acababa de estacionarse, del cual bajaban uno a uno los estudiantes.
Cuando la vi salir detrás de algunas chicas, una amplia sonrisa apareció en mi rostro. Beth iba vestida con el uniforme formal del colegio, pero, al igual que el día anterior, llevaba ese distintivo gorro sobre la cabeza, bajo el cual su pelo liso y largo estaba revuelto.
Por alguna inexplicable razón, siempre que la contemplaba, sentía la emoción de volver a verla, como si hubiéramos estado separados durante semanas.
En el instante en que ella pisó el asfalto y se volvió para recorrer el patio y adentrarse a las instalaciones, yo comencé a avanzar en la misma dirección y, después de dar varias zancadas, logré alcanzarla.
Ella debió sentir mi mirada a sus espaldas porque, a mitad de camino, dio la vuelta y me encontró detrás de ella. Mi reacción fue justo la misma, detuve el paso antes de chocar contra su pequeño cuerpo.
—¡Qué alegría me da verte, Bethy! —exclamé en un tono casual que la hizo sonreír.
—Lo mismo digo, Asher —dijo sin apartar la mirada de mí—. No te he visto llegar, pero me alegra que, al menos por una vez, llegues a la misma hora que yo.
—Tuve suerte, hoy no me quedé estancado en el tráfico —confesé, y ella asintió despacio.
—Me alegro por eso —me contempló con mucha atención y vi aparecer en su expresión aquel gesto que la caracterizaba cuando se acordaba de algo—. Por cierto, toma.
Hasta el momento, no me había percatado de que llevaba sujeto en su brazo el suéter que le había prestado el día anterior cuando salimos de la institución. Me lo tendió con un semblante risueño y yo extendí la mano para agarrarlo, pero sin previo aviso lo lanzó al aire y se partió a carcajadas.
Yo sonreí al verla reír y alcancé a sujetar una de las mangas del suéter antes de que éste aterrizara en el suelo empedrado.
Mientras ella seguía riéndose de mí, se me ocurrió inclinarme a su altura y dirigir mis labios hacia su oído para murmurar junto a su pelo:
—Estás muy bromista hoy, ¿eh? —expresé con voz ronca.
Mi aliento acarició su mejilla y le rozó la oreja, lo que hizo que se estremeciera y dejara de reírse.
—Perdona, no debí hacerlo —dijo con expresión de pena y se movió de lugar para alejarse de mí.
—No pasa nada —solté, limitándome a alzar los hombros.
Agarré el suéter con una mano al mismo tiempo que soltaba la mochila y la dejaba caer al césped. Metí el brazo en una de las mangas y me lo subí hasta el hombro para hacer lo mismo con el otro lado, pero fue en esr momento cuando sentí a Beth acercarse. Ella tomó la otra manga del suéter y me agarró de la muñeca con su mano libre para indicarme dónde meter el brazo.
En el momento en que sus delgados dedos rozaron la piel expuesta de mi antebrazo, esa zona experimentó una desconcertante sensación de calor. Su suave piel me acarició el dorso de la mano justo antes de ayudarme a subir la manga del suéter por completo.
Ella me soltó para que yo pudiera acomodar el dobladillo de la camiseta por debajo de la tela del suéter. Justo después, coloqué mis dedos sobre los botones, pero fue ella quien se paró delante de mí y comenzó a cerrar uno a uno los botones del suéter. Se detuvo en el último botón, dándose cuenta de que su mano estaba apoyada justo en el centro de mi pecho.
Ambos levantamos la vista y cruzamos miradas. No pude leer a través de su tierna mirada acaramelada, pero sabía perfectamente que la mía debía ser tan legible como un libro abierto.
Justo antes de apartar sus manos, colocó el botón en su sitio y luego me acomodó el cuello de la camisa y me ajustó correctamente la corbata. Finalmente, retrocedió un paso y rompió el contacto visual.
—Me parece que esta vez vas a dejar a la profesora sorprendida —dijo muy apresurada.
El silencio entre nosotros se rompió y la incomodidad del momento pasó a segundo plano cuando yo extendí mi brazo y le rodeé los hombros para romper con la distancia entre uno y otro.
—Gracias por tu ayuda, Bethy —le di un par de palmadas en el hombro y desplacé mi boca hacia su oreja para susurrarle—: Yo creo que no solo impresionaré a mi profesora, también dejaré a todas las chicas impresionadas, y eso te lo deberé a ti.
Ella se puso rígida ante mi comentario y su rostro palideció; lo único que no cambió fue el brillo en su mirada cuando ladeó la cabeza hacia mí y dijo:
—Te ves estupendo con cualquier cosa que te pongas y lo sabes.
Su voz sonó distinta a las veces anteriores; fue una voz afirmativa que transmitía intensidad y honestidad.
—Eres una amiga increíble —le dije.
En un acto impulsivo, incliné el mentón y deposité un beso en su coronilla, causándole un sobresalto.
—Ya, y tú un gran engreído —soltó mientras me sonreía.
Sin darnos cuenta, habíamos ido caminando hacia la entrada y estábamos subiendo los escalones. A unos cuantos metros se visualizaba la puerta de entrada principal.
Alguien nos empujó desde atrás, causando que Beth perdiera el equilibrio y estuviera a punto de caer escaleras abajo. Pero yo tuve buenos reflejos y logré sostenerla de la cintura, rodeándola con mi brazo mientras ella se agarraba firmemente a mi cuello, de tal manera que sus antebrazos me rodearon la nuca y su pecho se apoyaba en mí.
Su rostro estaba cerca, a tan poca distancia que ahora podía admirar su piel clara en contraste con su sedoso pelo oscuro. Veía claramente sus ojos cafés, similares a los dulces de caramelo, y las delgadas pestañas que los cubrían de la luz del día. Al observar sus ojos, me sentí perdido en ellos; me fue imposible apartar la vista.
Beth siempre había llamado mi atención. Esa chica tenía algo que no podía describir con palabras, pero que era razón suficiente para mantenerla cerca de mí, formando parte de cada momento importante de mi vida. Jamás encontraría a una amiga más perfecta y más adecuada, porque para mí lo era todo y si contaba con ella, no necesitaba de nadie más emocionalmente. Ambos éramos incondicionales, cercanos e inseparables.
—¡Asher! —gritó una voz suave a la distancia, una voz que pertenecía a alguien que se aproximaba hacia nosotros.
Beth y yo reaccionamos al escucharla y nos separamos instintivamente.
No supe cómo sucedió exactamente; en un momento estaba parado junto a Beth, observándola, y al siguiente tenía a Piper pegada a mí, abrazándome con intensidad.
Cuando llegó a mí, ella se me lanzó al cuello y me dio un apasionado beso en los labios, reduciendo toda la distancia existente entre su cuerpo y el mío. Mis manos recorrieron su cintura y se cerraron alrededor de su espalda mientras le devolvía el beso con entusiasmo.
Nos pasamos los siguientes treinta segundos besándonos con locura. Al separarnos, nos encontramos con las miradas de todos los presentes puestas en nosotros, o quise decir, las miradas de casi todos, porque Beth evitaba vernos a toda costa.
—Elizabeth querida, no te había visto —exclamó Piper, con la cabeza apoyada en mi pecho.
Al instante, atrajo la atención de mi amiga, y ella pasó de mirarme a mí a mirarla a ella.
Sus brazos se deslizaron de mi cuello a mis hombros; luego, los fue bajando lentamente, recorriendo mis brazos con sus dedos, e hizo lo mismo al deslizarlos por mis antebrazos hasta acariciar mis manos con las suyas.
Volvió a pararse de puntillas y dejó otro beso fugaz en mi boca antes de pasarme los brazos alrededor del torso y apoyar las manos en mis omóplatos. Beth presencio cada uno de sus movimientos sin inmutarse.
—Es una sorpresa que no me hayas visto si estaba parada justo al lado tuyo —dijo ella con escepticismo, mirándome de reojo—. Parecías demasiado ocupada cuando llegaste a tirarte encima de él, pero tranquila, que no pienso molestarlos más.
Hablaba con calma, pero se le veía molesta. La conocía mejor que a nadie; sabía leer a través de sus expresiones.
—No molestas... —comencé a decir yo, pero Piper me interrumpió enseguida.
—Claro que no molesta, es un encanto de chica —dijo ella, pegándose más a mí mientras le sonreía a Beth con dulzura.
Beth puso los ojos en blanco. Piper despego sus manos de mi espalda para rodearme el brazo con una de ellas.
—Me agrada mucho tu amiga, es muy amigable —agregó, besándome en el cuello y entrelazando nuestras manos.
Una vez más, Beth nos miró fijamente y, al observar la proximidad de Piper, apartó la vista.
—Me gustaría decir lo mismo, pero llego tarde a clases, así que lo dejaremos para otro día —comentó ella con una falsa sonrisa.
Sus ojos me contemplaron brevemente y volvieron a recaer en Piper. Observó nuestras manos unidas y una expresión indescifrable le oscureció el semblante.
—Los dejo —dijo sin dirigirnos la mirada.
Dio media vuelta y subió los últimos tres escalones para adentrarse a las instalaciones. La perdí de vista entre la multitud de estudiantes que atravesaban la entrada.
Solté un resoplido y regresé mi mirada a la rubia que me sujetaba del brazo.
—Me dio la sensación de que no le agrado mucho a tu amiga —dijo ella.
Sentí que tiraba de mí, la seguí y ambos nos dirigimos a la puerta principal.
—No es así, claro que le agradas —afirmé frunciendo el ceño.
Beth era una de las personas más amables y amistosas que conocía, y también era una chica que no juzgaba a los demás por su apariencia. Se daba la oportunidad de conocer a las personas antes de clasificarlas como no agradables, así que era imposible que a ella no le agradara Piper, porque apenas la conocía. Aunque yo también tuve la impresión de que no estaba cómoda, pero seguramente me confundí.
—Sí tú lo dices.
—Ya verás que se llevarán bien; ella solamente necesita darse la oportunidad de conocerte.
Piper me ofreció una dulce sonrisa.
—Yo no tengo problema, si es por ti, yo haré cualquier cosa, incluso intentaré llevarme bien con ella.
Sus brazos me liberaron de su agarre al momento que atravesamos el umbral de la puerta. El interior del pasillo estaba repleto de chicos y chicas que caminaban apresurados.
—Aprecio mucho que me digas esto, porque sería estupendo que mi mejor amiga y la chica con la que estoy saliendo se lleven bien —comenté, risueño.
—Te aseguro que nos volveremos cercanas.
Le sonreí y ella me devolvió la sonrisa con los ojos brillantes y resplandecientes.
Antes de llegar al aula, Piper volvió a rodearme el cuello y entrelazó sus dedos en mi pelo para besarme con desenfreno. Al separarnos, me despedí de ella y me alejé de su lado.
Mientras avanzaba entre el alumnado, me invadió una extraña sensación de confusión. Por un lado, me sentía genial al estar saliendo con Piper, pero, por otro lado, me sentía arrepentido, porque algo en mi interior me decía que ni a Beth ni a mí nos agradaba ver al otro en los brazos de alguien más. Tal vez era porque siempre estuvimos juntos, solamente ella y yo, pero ahora que habíamos crecido, era inevitable que cada uno se diera la oportunidad de conocer y salir con distintas personas.
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