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♡ 36

BETH

Habría querido que los días se pasaran más lentos; quise ralentizar los minutos y las horas para así evitar la llegada de ese día. Faltaban escasas horas para que tuviera lugar el baile de invierno de la academia en el asombroso salón de eventos "Palace Magic", el lugar más exclusivo y elegante de toda la zona.

Desde el medio día, me había convertido en un manojo de nervios: me sentía ansiosa, impaciente y agitada. Estaba completamente dominada por la intranquilidad.

Treinta minutos atrás, Asher me había llamado y dijo que pasaría por mí para irnos juntos, ya que Alan, mi acompañante, me había llamado en la mañana para informarme que tendría que acompañar a su madre a una cita médica. Dijo que irían a un hospital de la ciudad, motivo por el cual se encontraría muy lejos y no llegaría a tiempo para pasar por mí. A pesar de que me sentí desilusionada, quise ser comprensiva y le dije que lo entendía. Así que, finalmente, quedamos en vernos en el salón de baile a las ocho en punto.

Me encontraba sentada en el sofá. Me mordía el interior del labio ansiosamente, tenía las manos entrelazadas sobre mi regazo y sentía que todo mi cuerpo temblaba ante la expectativa de lo que podría pasar esa noche. Sumándole a eso el malestar insoportable que me producía estar vestida de esa manera que consideraba errónea. Indudablemente, no era yo; no me sentía como yo misma. Esa chica que se había mirado en el espejo de su habitación no era la Elizabeth auténtica.

Había dejado atrás a la chica que nunca se preocupaba por la opinión de los demás y me había convertido en la versión opuesta de todo lo que era: llevaba el cabello recogido en una media coleta, con ondas que caían sobre mis hombros; estaba usando aretes llamativos, un collar de perlas y uno de esos accesorios que recogen el pelo. Me había puesto un vestido rojo que me quedaba demasiado corto para mi gusto (porque efectivamente no era mío y le pertenecía a mi hermana Cassy), y llevaba zapatillas de plataforma y, como elemento final, había permitido que mi hermana y mi madre me maquillaran. Por todos esos detalles, en ese preciso instante estaba irreconocible.

Toda yo era la representación de una transformación en la que no podía encajar. No me abandonaba la idea de que lo que llevaba puesto no era más que un disfraz para ocultar a la desastrosa e insignificante chica que era en realidad. La sensación de incomodidad se había arraigado en mi sistema y no parecía querer abandonarme.

Aunque no estaba conforme con mi aspecto, me sentía increíblemente bonita esa noche. Tal vez la gente no mentía cuando decía que todo lo imperfecto puede volverse perfecto cuando llevas el atuendo y el maquillaje ideales.

No dejaba de pensar en Asher, en cómo reaccionaría al verme tan elegantemente vestida y arreglada. Probablemente lo asombraría, pero solo su novia conseguiría su total admiración y adoración, de eso no tenía duda. Ella era una chica bellísima; se veía sensacional al natural sin necesidad de ponerse vestidos llamativos ni productos cosméticos en su rostro angelical.

Asher nada más tendría ojos para ella; ya era momento de aceptarlo. Una parte de mí quería mantenerse inquebrantable e invulnerable, pero una pequeña parte se sentía dolorida y conmocionada.

Tal vez no lo demostraba por fuera, pero en mi interior todavía estaban cicatrizando las heridas que él dejó cuando habló de lo que sucedió entre ellos. Mi mente no asimilaba que ya eran pareja, que su noviazgo ya no era una especulación mía.

Quería reprimir mis sentimientos, ocultar mis emociones, mientras por dentro estaba destruida. Mi corazón se hundía cada día más en la tristeza. El desasosiego de haber perdido a Asher sin nunca haberlo tenido por completo era algo que me atormentaba con cada respiro.

Sacarlo de mi cabeza y de mi corazón se estaba convirtiendo en un constante tormento, porque cada vez que me alejaba un poco, los relámpagos venían a mi alcance y me bloqueaban todos los caminos de escape. Estaba inmensamente perdida en un laberinto devastado por un huracán cargado de electricidad y destrucción. Ya no tenía la certeza de que me liberaría de ese enamoramiento, porque sentir tanto era inexplicable en este idioma. Lo amaba demasiado, lo quería desde lo más profundo de mi alma. En mi corazón no había lugar para nadie más; le pertenecía plena y completamente a él. Era un amor irracional e inalterable.

Temía que esos sentimientos tan intensos fueran la destructiva colisión que me llevaría a la perdición. Temía que Asher pudiera enamorarse de Liliana; si eso sucedía, sentiría que me arrancaban el corazón. Le temía al dolor, al sufrimiento, al sentimiento de perdida, al más insufrible desconsuelo. Muchas veces, amar tanto a alguien resulta destructivo para uno mismo.

Ya no quería volver a sentir la misma melancolía que me devastaba de dolor. Deseaba dejar la nostalgia, el miedo y todas mis inseguridades atrás, escondidas en el baúl de las debilidades que quería erradicar de mi sistema. Ya me hería lo suficiente ser consciente de que el amor de mi vida nunca se enamoraría de mí.

Repentinamente, resonó en el pasillo el sonido del timbre y, en cuestión de segundos, logró traerme de vuelta a la realidad.

Mi primer pensamiento fue salir corriendo hacia la puerta para descubrir quién era, para saber si allí afuera me esperaba él. Afortunadamente, logré controlarme; inspiré profundamente, tratando de no perder el aliento mientras me incorporaba del sofá y me dirigía al pequeño vestíbulo de la casa.

Mi corazón latía agitado en mi pecho y el pulso de mi muñeca también palpitaba con fuerza. Al colocar la mano sobre la perilla, sentí que los dedos me temblaban.

Cuando reuní el valor suficiente, abrí la puerta y me encontré con una imagen absolutamente magnífica. Asher estaba sensacional: llevaba una camisa de vestir blanca, corbata, pantalones negros y un saco negro que le quedaba perfectamente a la medida. La tela refinada se ajustaba a su cuerpo musculoso: a sus hombros anchos y a su imponente espalda.

Y eso no era todo, porque además de verse increíblemente atractivo, su traje negro contrastaba con la palidez de su piel y la tonalidad azul celeste de su mirada. Ni hablar de ese cabello oscuro y salvaje que le caía a los lados de las sienes. Maldición, ya comenzaba a acostumbrarme a esa apariencia de chico malo que podía derretir los corazones de las chicas con solo cruzar miradas.

—¡Beth! —exclamó él con alegría.

Él me miró con ojos radiantes y me sonrió. Su sonrisa iluminó su semblante y me paralizó la respiración.

Vi que dio un paso hacia mí, lo sentí acercarse demasiado, percibí su respiración muy cerca, descubrí sus manos deslizándose a mi alrededor y me di cuenta muy tarde de su peligrosa proximidad. La voz en mi mente me gritó: «Apártate de él», pero mi cuerpo no respondió a las órdenes de mi cerebro.

Él no lo sabía, no tenía idea de que estaba rompiendo el espacio del que dependía para mantener mi estabilidad emocional en equilibrio.

Me envolvió en un abrazo que se vio tan natural, pero que, sin enterarse, provocó una devastación emocional en mí.

Siendo receptiva, lo abracé con fuerza, colocando mis manos en su espalda firme. Percibí su aliento junto a mi oreja, el roce de las puntas de su cabello en la zona entre mi cuello y mi hombro; incluso fui consciente de la delicada caricia de sus dedos sobre mis omóplatos. Tocarlo y sentirlo tocándome fue lo más sensacional que había experimentado en mi vida entera.

Me aparté de él con suavidad y pronto descubrí que todavía tenía las manos suspendidas sobre mis hombros. No rompió el contacto y se quedó mirándome.

Me permitió separarme unos centímetros para examinar mi aspecto con sus ojos; noté que primero recorrió mi rostro y después mi cuerpo. Sus iris brillaron de sorpresa cuando deslizó la vista para maravillarse con mi atuendo. El material sedoso del vestido caía en ondas hasta mis rodillas, y me veía más alta porque llevaba puestos unos zapatos de tacón plateados de diez centímetros. Nunca me había sentido tan rara por tener su espeluznante mirada detallando mi aspecto.

Me sentía absorbida por el cosquilleo que me sobrevenía con el anhelo indescriptible de su mirada azul. A pesar de intentarlo, no pude descifrar el resplandor en sus pupilas. Un escalofrío inquietante me traspasó la columna y sentí una vibración en el corazón que solamente podía derivar de la emoción.

Por muy seductora que fuera su mirada, era consciente de que esa noche estaría acompañado de su pareja de baile, y yo de la mía, así que no quise ilusionarme y apagué inmediatamente el interruptor que enlazaba mi mente con mis emociones.

Asher inhaló aire y lo expulsó en una exhalación profunda.

—Vaya, Bethy, tú... —una pequeña sonrisa elevó las comisuras de sus labios—, te ves radiante esta noche.

Una cálida expresión apareció en su mirada. Intenté sonreírle porque me sentía agradecida por su cumplido, pero tuve la impresión de que más que una sonrisa, fue una mueca.

—Gracias.

Me sentí aliviada cuando rompió el contacto de sus manos en mis hombros, pero enseguida caí en cuenta de que solo deslizó las palmas sobre mis brazos para tomar mis manos entre las suyas.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, haciendo una reverencia de chico encantador, viéndose irresistible ante mis ojos. No pude moverme cuando levantó nuestras manos entrelazadas, sujetó firmemente mi mano derecha, se la acercó a la boca y me besó fugazmente en los nudillos.

Mis ojos se posaron en su figura y vi que levantó el mentón en mi dirección para contemplarme directamente a los ojos.

—Qué bonita te ves cuando sonríes así.

Si él no me lo hubiera comentado, no me habría percatado de que sonreía como una tonta enamorada.

—¿Planeas halagarme toda la noche?

Asher se irguió y recuperó su postura antes de que su mirada volviera a encontrar la mía.

—Me resulta inevitable, Bethy. Apenas te he visto y luces como una verdadera princesa.

La sonrisa en mis comisuras se amplió.

—¿Es eso lo que le dices a tus conquistas?

—No, solamente te lo digo a ti, cariño —expresó con una expresión divertida y me guiñó un ojo.

Fruncí el ceño y mi expresión mostró bastante confusión. ¿Era mi imaginación o se estaba comportando de una manera diferente?

—Asher, ¿qué ocurre contigo? Estás muy...

Mi voz fue interrumpida por un par de saludos que oí desde el interior de la casa.

—Asher, cariño —saludó la alegre voz de mi madre.

—Hola, hola, joven Bennett, ¿o debería llamarte príncipe Asher? —expresó mi hermana con voz burlona.

—Hola señoritas, es un gusto saludarlas —les dijo Asher con amabilidad. Miró a Cassy con suspicacia y añadió—: Me alegro de verte, Cass Hayes. Sería un verdadero honor que me llamaras príncipe, pero te aviso desde ahora que esta noche solamente soy acompañante de tu bella hermana.

Mi hermana sonrió con picardía y supe desde el primer instante que había interpretado mal las palabras de Asher.

—Siempre la eliges a ella, ¿por qué será? ¿Qué se traen ustedes dos? Eh, par de tortolitos —soltó ella en un tono risueño.

Al voltear a verla, me di cuenta de que sus ojos claros brillaban de diversión y burla. Ya se las vería conmigo más tarde, pero por el momento solo podía dedicarle una mirada fulminante que iba cargada de advertencia.

Noté que Asher, que se encontraba a mi lado, desvió la mirada, incómodo. Yo quise evitar cualquier tipo de reacción, pero el rubor en mis mejillas pronto terminaría por delatarme.

Gracias al cielo, mi madre rompió la tensión del momento, reprendiendo a mi hermana con una mirada severa, pero enseguida suavizó su gesto al mirar a Asher.

—Discúlpala, le encanta soltar comentarios como ese para molestar a su hermana.

—No pasa nada, nosotros entendimos su broma —respondió Asher con una suave sonrisa. Miró brevemente el semblante burlón de mi hermana—. ¿Verdad que sí, Cass?

Cassy entornó sus ojos verdosos y se mordió los labios para reprimir una sonrisa.

—Claaaro, bromeamos siempre —alardeó con ironía.

Yo me crucé de brazos y me mantuve impasible. No pretendía decir nada que pudiera empeorar la situación.

Una vez más, mi madre salvó el momento al centrar su atención en él.

—Mira qué chico tan apuesto. Realmente, te ves muy encantador, muchacho —exclamó, irradiando orgullo y emoción. Su expresión demostraba un cariño significativo.

Lo miró con afecto y él la observó con calidez.

—Me halagas mucho, Clara.

—¿Podría tomarles una foto antes de que se vayan? Supongo que querrán recordar este momento —sugirió mi madre con una gran sonrisa.

Estaba a punto de decir algo cuando Asher tomó la palabra y dijo:

—Claro que sí, los recuerdos significan mucho —afirmó con entusiasmo. Al voltear a verme, su semblante se iluminó de alegría—. Nuestros recuerdos juntos, Beth.

¿Por qué me hacía esto? ¿Por qué decía cosas lindas cuando yo intentaba sacarlo de mi corazón y de mis pensamientos?

Les dirigí una suave sonrisa que no llegó a brillar en mis ojos.

—Vale, yo iré por la cámara —anunció mi hermana y se dio la vuelta para adentrarse al pasillo.

A los pocos segundos, volvió con una cámara entre las manos y se la tendió a mi madre. Asher se colocó a mi lado y me rodeó la cintura con su brazo; yo solamente me atreví a enroscar mis manos alrededor de su brazo e incliné ligeramente la cabeza hacia su hombro.

—Ustedes dos, júntense más, vamos, abrácense y sonrían a la cámara —dijo Cass, y en sus labios se dibujó una malévola sonrisa.

—Forman una linda pareja —expresó mi madre en una exclamación mientras sacaba algunas fotografías.

Le impedí a mi cuerpo demostrar cualquier tipo de emoción para no dejarle ver lo nerviosa que me ponía oír que alguien nos veía como una pareja. Mantuve mi sonrisa durante los pocos minutos que duró la sesión de fotos. Asher permaneció a mi lado, colocando sus manos sobre mis hombros, apoyando sus palmas en mis brazos e incluso, en una ocasión, sentí que se colocaba detrás de mí y me envolvía entre sus brazos acogedores. Plasmé la mejor de las sonrisas en la última fotografía.

—Disfruten mucho de la noche, chicos, y cuídense mucho, por favor. Asher, no pierdas de vista a mi pequeña; confío en que contigo volverá a casa segura.

Aparté la mirada de Asher para esconder lo avergonzada que me sentía por la sobreprotección de mi mamá. Él, por su parte, afirmó que me cuidaría y me dirigió una apenas perceptible sonrisita.

—Asher, ya debemos irnos —le dije, con la urgente necesidad de escapar de esa penosa situación.

—Vayan con cuidado —mi madre me dirigió una mirada cariñosa antes de acercarse a mí para darme un abrazo—. Quédate cerca de él, tiene mi absoluta confianza —me dijo junto al oído y yo asentí.

Mi hermana también se despidió de nosotros, y al acercarse a mí, me dijo en voz baja:

—No lo dejes ir, retenlo a tu lado cueste lo que cueste.

Puse los ojos en blanco y la miré con incredulidad, pero no tuve tiempo de reclamarle nada porque en ese instante sentí que Asher me agarraba la mano para llevarme tras de él. Me volví y le seguí el paso. A mitad de camino, escuché que se cerraba la puerta de entrada y supe que ya no tendría escapatoria.

Nos encontrábamos a pocos pasos del auto cuando él detuvo su caminar. Yo me detuve por inercia y elevé la mirada para buscar la suya. Al observar sus ojos ensombrecidos, carentes de su brillo habitual, tuve un terrible presentimiento.

—¿Qué ocurre, Asher? —cuestioné, confundida.

En lugar de responderme, liberó mi mano de la suya y deslizó los dedos tras su nuca con nerviosismo. Su actitud me resultó inusual, muy extraña.

—Beth, desde que llegué he querido decirte que...

Inesperadamente, una voz externa a la suya y a la mía, inundó mis oídos. De repente, él se quedó callado. Su voz se perdió y sus palabras quedaron suspendidas en el aire. No hizo falta que dijera nada más, porque cualquier destello de duda se volvió claro cuando ladeé la cabeza y la visualicé a ella.

Fui una ilusa, una completa tonta por pensar que él estaba allí solo para mí. Fui idiota al haber creído que nos encontrábamos solos. Evidentemente, cuando me llamó, Asher prometió pasar a recogerme a mi casa, pero nunca se me ocurrió considerar que antes de la hora de nuestro encuentro, él se tomaría la atribución de pasar por su pareja del baile. Era demasiado lógico que todo eso estuviera pasando; ellos eran novios, y aunque detestaba admitirlo, las parejas en la vida real siempre hacen todo lo posible por pasar el mayor tiempo juntos.

Me ganó la curiosidad y quise fijarme en la reacción de Asher. Se le veía relajado y contento, y la sonrisa luminosa y seductora que le dirigió solamente confirmó mis sospechas. Estaba fascinado con su chica.

Ella se inclinó junto a la ventanilla y expulsó el aliento para nublar el vidrio y dibujar un corazón flechado con las yemas de sus dedos. Tras algunos segundos, la chica bajó la ventanilla lateral y lo miró con una encantadora sonrisa. Me dolía darme cuenta de la magnífica relación que tenían.

—Amor, ya tenemos que irnos —la voz femenina que lo llamó desde el interior del auto hizo que mi pecho ardiera de dolor.

—En un momento vamos contigo —lo escuché decir.

Noté que su mirada recaía sobre mí, pero no me sentí capaz de devolverle la mirada. Crucé los brazos mientras negaba lentamente con la cabeza.

—Pensaba decirte que pasaría por ella también, yo...

Le impedí que pudiera terminar de excusarse porque ya no tenía ganas de oírle decir absolutamente nada. Le di la espalda y apresuré mis pasos para llegar al auto.

—Beth, no era mi intención...

Me giré enfurecida, dispuesta a enfrentarlo.

—No digas nada, se hace tarde y no quisiera hacer esperar a Alan —lo interrumpí de nuevo, hablando con voz cortante, mirándolo con desaprobación.

Él no insistió más y expulsó el aire de sus pulmones con aspecto serio.

Cuando Asher me abrió la puerta trasera del auto, me apresuré a subir mientras musitaba palabras de agradecimiento por su cortesía. No lo miré ni siquiera cuando escuché la puerta cerrarse; solo le vi dirigirse al lado contrario del automóvil y, posteriormente, observé que tomaba su lugar en el asiento del conductor.

Al estar compartiendo ese mismo espacio con ella, me vi obligada a saludarla, pero después no me atreví a decir nada. El auto se puso en marcha. Dirigí mi atención hacia la ventana, indispuesta a mirar a la parejita de enfrente.

En algún momento, crucé mis brazos sobre mi pecho en un gesto de autoprotección. Mi semblante se mantuvo inexpresivo durante lo que me parecieron horas.

Estaba tan enfadada que apenas lograba escuchar pequeños fragmentos inconexos de la conversación que mantenían. Honestamente, no tenía el menor interés en enterarme de si hablaban de plantas carnívoras o de lo mucho que se querían.

—Eres un cielo, amor. Ha sido muy considerado de tu parte que pasaras a recogerla —comentó la rubia, aparentemente comprensiva y conmovida.

Por mi parte, fruncí el ceño y apreté los labios con disgusto.

Me percaté de que ella echó un vistazo en mi dirección a través del espejo retrovisor.

—Siempre eres tan encantador. Me encanta que seas así; me hace feliz que ayudes a los que te necesitan —no me pasó desapercibido el tono frívolo en su voz.

Momentáneamente, al desplazar mi mirada hacia ellos, mis ojos detectaron un pequeño detalle: el contacto entre sus manos. No me había dado cuenta de ello porque estaba muy ocupada controlando mi molestia interna, pero ahora que veía sus dedos entrelazados sobre la palanca de cambios, mi corazón volvía a estrujarse con violencia.

Mis dedos rígidos agarraron con fuerza los bordes del vestido que tenía puesto. Levanté la vista y me quedé mirando con recelo a la chica guapa y rubia que se encontraba al otro lado, en el asiento del copiloto. La contemplé con detenimiento y, a pesar de esforzarme, no pude encontrarle ni una sola imperfección a su rostro ni a su apariencia de diosa inalcanzable. Definitivamente, me equivoqué al pensar que mi aspecto podría hacerle sombra a esa deslumbrante chica.

Mis ojos se posaron en sus manos enlazadas, y de repente, mis emociones se ensombrecieron, abriéndole paso a pensamientos oscuros. Quise separarlos de todas las maneras posibles, pero ni siquiera me atreví a moverme de lugar; permanecí impasible, observando cómo ella le sujetaba la mano en un acto posesivo.

—Este es el primer baile al que asiste Beth; solamente quiero que su noche sea perfecta e inolvidable —respondió él a algo que ella dijo y a lo que yo no presté atención.

—Te preocupas tanto por ella, seguramente la aprecias como a una verdadera hermana —enfatizó ella con detenimiento, lanzándome una mirada significativa a través del reflejo del espejo retrovisor.

Asher y yo reaccionamos de la misma manera. Nuestras miradas se vieron atraídas, y al voltear, lo encontré mirándome con disimulo. Su rostro estaba inexpresivo y serio, por lo que me fue imposible identificar cómo se sentía.

Evadí su mirada ensombrecida al entender que no diría nada para hacerla callar. Un suspiro lento salió de mis labios y la opresión en mi pecho aumentó. Su comentario me hizo sentir peor y provocó que mi estado de ánimo se hundiera despiadadamente entre las rocas de la cruda realidad.

—Ella es una gran chica, me parece increíble que nos acompañe.

Por un segundo, me pareció agradable, pero su máscara de hipócrita se cayó allí mismo y me quitó la venda de los ojos. Descubrí que todas sus palabras eran falsas cuando la oí decir:

—Pero apenas lleguemos, llevémosla con su acompañante y dejémosle su espacio, ya sabes, para que se sienta cómoda con él. Nosotros podemos divertirnos de innumerables maneras estando juntos, como la última vez.

Observándolo de reojo, noté que los músculos de su cuerpo se tensaron; de igual manera, su mandíbula se contrajo y la mano con la que conducía se aferró con fuerza al volante. Me pareció muy interesante su reacción y la única explicación que le encontré fue que el comentario de Liliana le provocó cierto malestar. Tal vez no se debió a que no quisiera estar con ella esa noche, sino porque le resultaba incómodo tocar ese tema en mi presencia y era comprensible, dado que reaccioné muy mal el día que me confesó que ya eran novios formales.

Si lo entendí bien, esa barracuda insolente pretendía deshacerse de mí esa noche para enredarse con él a la primera oportunidad.

¿Cómo pude dejarme engañar de esa manera? ¿Por qué creí que esa mala imitación de Barbie podría llegar a ser la indicada para él? ¿En qué cabeza cabía que las intenciones de una desconocida podían ser fiables?

En ese instante, contemplándola con desconfianza y recelo, me pregunté cómo podía gustarle tanto a Asher si lo que tenía de hermosa lo tenía de distraída, pesada y hueca. No lo decía con intención de ofender, pero, maldición, esa chica era de aquellas que te sacaban de quicio con cada palabra que brotaba de su boca.

Siendo honesta, ella tenía una voz chillona que me hacía imposible imaginar algo más terrible que eso: estar atrapada en un auto, de camino al baile de invierno, en compañía de Asher y su novia idiota. Se volvía una tarea insufrible tener que soportar su ruidosa y exasperante voz. Llevaba al menos veinte minutos escuchándola hablar sin parar y ya no la aguantaba más. Me irritaba, me fastidiaba y la detestaba.

Fijando mi mirada en el camino que quedaba atrás mientras atravesábamos las concurridas calles del pueblo de Carmel, un solo pensamiento se planteó en mi cabeza: No permitiría que una chica como ella intentara separarnos. Soportaría todas sus indirectas, pero jamás la dejaría ganarse un amor que no se merecía.

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