BETH
He querido a Asher desde que tengo uso de consciencia, desde la infancia, en la adolescencia y ahora también en mi juventud. No hay nada que pueda hacer para cambiar mis sentimientos.
Ambos estamos estudiando el tercer año de preparatoria, con la única diferencia de que no asistimos en el mismo salón, ya que hace un año los profesores decidieron separar el grupo y, para mi desgracia, quedamos en grupos separados. Con el paso de los días me acostumbré a no verlo en los horarios de clase, porque en ninguna materia coincidíamos. Además, en los tiempos libres, él entrenaba con su equipo en las canchas deportivas y yo me mantenía ocupada con un libro entre las manos. Sabía que tampoco podía quejarme de ello porque fuera del colegio pasábamos gran parte del tiempo juntos, haciendo toda clase de cosas: estudiando, saliendo a caminar por las calles, mirando películas en su casa o en la mía. Así había sido desde siempre y aquella era una rutina de la que jamás me cansaría.
Su compañía siempre había sido indispensable en mi día a día. No me di cuenta de que esa dependencia se había convertido en algo más hasta que las cosas cambiaron. Al pasar del tiempo para mí fue inevitable no darme cuenta de lo mucho que él estaba cambiando, tanto en su aspecto como en su forma de pensar. ¡Y vaya cambiazo!
Él pasó de ser el chico popular de la clase al chico más atractivo de la academia. De pronto, todas las chicas se morían por él. Todas querían salir con él y deseaban recibir un poco de su atención. Y ya lo sé, no puedo quejarme de que todas estén detrás de él como abejas tras la miel, no puedo hacerlo cuando yo formo parte de ese grupo de chicas que están locas por estar con él.
Al menos yo tengo la ventaja de ser su mejor amiga, pero eso no significa que él vaya a fijarse en mí en algún momento, porque eso no va a pasar. Estoy convencida de ello. Asher jamás podrá verme de otra manera y mucho menos de ESA manera. Nuestra relación nunca va a cambiar y puedo vivir con eso. Sin embargo, con lo que no puedo lidiar es con la idea de verlo con alguien más. Para mi gran desánimo, esto último tiende a suceder cada vez que regresamos de las vacaciones de verano y volvemos al colegio, porque siempre hay una fila de chicas esperando la oportunidad para tirársele encima. Él, por su parte, no es inmune a sus encantos, sobre todo cuando hablamos de una rubia alta y guapa con aspecto de modelo, vestida con ropa ajustada que le queda dos o tres tallas más reducidas de lo normal.
Asher es mi amigo y es una buena e increíble persona, pero también es un hombre y las chicas que rondan a su alrededor son todo un encanto que nunca pasa desapercibido ante sus ojos.
Podría apostar a que ninguna de todas sus admiradoras sabe qué es lo que le gusta, ni cuál es su color favorito, las películas que le gustan, la música que escucha, los libros que le gusta leer, lo que más le apasiona hacer. Sí, yo sé la respuesta de cada una de esas cuestiones, pero solamente lo sé porque lo conozco de toda la vida.
En fin, la oportunidad de llegar a salir con él está fuera de mi alcance, y yo prefiero que así sea, manteniéndome como la chica que siempre he sido para él: su mejor amiga.
Cada año, el primer día de clases después de las vacaciones, Asher y yo acordamos reunirnos en la entrada del colegio en el que estudiamos para desearle suerte al otro antes de despedirnos e ir cada uno a su respectiva aula de clase. Eso era precisamente lo que estaba haciendo en ese momento. Había llegado temprano, al igual que algunos otros estudiantes que solían tomar el autobús escolar. La mayoría ya habían entrado al edificio, pero algunos, incluyéndome a mí, esperábamos pacientemente a la llegada de nuestros amigos para entrar juntos.
Apoyada en la pared junto a la amplia puerta principal, esperaba a Asher, quien pronto llegaría en su motocicleta roja. Aunque meses atrás no apoyaba la idea de que él condujera una motocicleta debido a los riesgos, tanto su madre como yo estábamos de acuerdo en ello. Sin embargo, él nos convenció de que siempre sería cuidadoso y prometió que jamás saldría de la ciudad con ella. A partir de ese día, la motocicleta lo había acompañado a cada lugar al que iba.
Tenía la mente absorta en mis pensamientos, estaba tan inmersa en ellos que, al sentir a alguien tocar mi hombro, mi cuerpo respondió con un sobresalto y dejé escapar una exclamación de sorpresa.
Volví mi mirada y me encontré con mi amiga, Melissa Brown, quien había sido mi compañera de clase desde la escuela secundaria. Durante todo ese tiempo, habíamos sido inseparables, pero había algo en mi amistad con Asher que siempre nos había mantenido un poco alejadas. En ocasiones, había llegado a creer que existía cierta rivalidad entre ellos para determinar quién era más importante para mí, lo lo cuál me parecía muy absurdo. Aunque ambos eran mis mejores amigos, con Melissa podía hablar sobre cualquier cosa, pero desde hacía tiempo, me costaba mucho hacerlo al estar con Asher. Sentía que a él ya no podía confiarle todo, especialmente en lo que respectaba a mis ocultos sentimientos no correspondidos.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó, apenas la divisé parada a mi lado.
—Lo mismo de siempre, Mel —respondí con tranquilidad.
—Ya claro, y yo me he pasado el verano metida en el campo —bromeó con una contagiosa sonrisa—. Déjame adivinarlo —puso cara de estar pensando—, estás aquí esperando a tu anhelado príncipe azul, como haces siempre a principios de curso.
Su confirmación me hizo resoplar con desánimo.
—No es mi príncipe, ya te lo dije un millón de veces —le aclaré mientras separaba mi espalda de la pared.
—Anda, sigue intentando convencerme de que Asher no te mueve ni un pelo; en el fondo sabes que tu corazón siente justo lo contrario, querida amiga —me guiñó un ojo y se subió los lentes de sol sobre el pelo para mirarme con sus ojos marrones ligeramente entrecerrados—. Recuerda que Melissa Brown jamás se equivoca —expresó con una reluciente sonrisa.
A continuación, extendió sus delgados brazos hacia mí y ambas nos abrazamos amistosamente. Teníamos la costumbre de irritarnos mutuamente para después reír juntas y terminar diciendo tonterías.
—Ya me hacía falta ver el rostro de mi gran amiga del alma. ¿Sabes lo aburrido que es pasarse las vacaciones en la hacienda de la tía Carlota, sin conexión a Internet ni medios electrónicos con los que puedas contactar con el mundo? —exclamó en un tono dramático, y no pude evitar reírme.
Hacer drama era lo suyo; quizá esa era la razón por la que había decidido estudiar actuación. Mi amiga era sumamente talentosa y estaba segura de que alcanzaría sus metas y cumpliría sus objetivos.
—Yo también comenzaba a extrañar tus comentarios dramáticos.
Ambas nos reímos y compartimos miradas divertidas.
—Tal como te decía Eli, mis vacaciones fueron una pesadilla, pero hubo un chico por ahí que me ayudó a no pasar los días tumbada en el sofá con la única compañía de mi consciencia —comentó, risueña, y inclinó la cabeza para guiñarme un ojo—. ¿Y las tuyas, qué tal? ¿Qué hicieron Asher y tú esta vez?
Antes de responderle, solté un suspiro profundo y me encogí de hombros.
—Pues no tengo idea de que hizo Asher este verano, pero en cuanto a mí, solo te puedo decir que me la pasé encerrada en casa realizando distintas actividades para no pasarme los días pensando en... —tuve que silenciar mi voz para no decir algo que podría dejarme en evidencia. Para reparar mi error, agregué—: Ya sabes, en mil asuntos sin importancia. Pero no fue tan malo como puede parecer, he tenido tiempo de sobra para convivir con mi familia y lo he pasado increíble. Me ha hecho bien mantenerme alejada de la rutina.
Al escucharme, Melissa entrecerró sus ojos y me miró con sospecha.
—Supongo que al decir "rutina" te refieres a Asher y a tu mala costumbre de estar pendiente de lo que hace o deja de hacer las veinticuatro horas del día —exclamó en un tono de desaprobación—. Oye, no te lo tomes a mal; él me agrada y me simpatiza, y realmente sonaría absurdo que te dijera que es un engreído insoportable porque el chico es muy amable y más dulce que un panquesito de vainilla, y solo dios sabe cuanto amo los panques de vainilla, pero lo que intento decirte es que, a pesar de que me resulta agradable y encantador, en ocasiones se comporta como un imbécil integral por salir con esas chicas huecas en lugar de fijarse en ti, que eres increíble.
Sus palabras me dieron un poco de ánimo, pero no lo suficiente como para reprimir ese sentimiento abrumador que me oprimía el pecho.
—Mel, de verdad no tengo ánimo de hablar de esto —logré decirle con esfuerzo. La amargura en mi voz era como un alfiler raspando mi garganta.
—No quiero ser insistente, pero como tu amiga más cercana te aconsejo que hagas algo al respecto. No lo sé, tal vez deberías hablarle de lo que sientes o demostrárselo. Pero, en un caso extremo, si decides callarlo, deberías considerar distanciarte de él un tiempo; no te vendría mal —me aconsejó y tuve que esforzarme para no demostrar en mis expresiones cuánto me afectaba la idea de separarme de él. En el fondo, sabía que jamás podría hacerlo.
Antes de que pudiera decir nada, el ruido de la motocicleta de Asher adentrándose al aparcamiento atrajo toda nuestra atención. Me disgustó darme cuenta de que no era la única que lo observaba, ya que más de una docena de chicas (sus admiradas) se lo comían con los ojos mientras se bajaba de la motocicleta y se quitaba el casco de seguridad de la cabeza, dejando ver mechones castaños que se deslizaban a ambos lados de su frente, cubriendo sus cejas oscuras.
Él se inclinó para dejar el casco sobre el asiento de la motocicleta y luego deslizó los dedos por su cabello, peinándolo hacia atrás para apartárselo del rostro. Yo contemplé embelesada como su pelo caía en cascada junto a sus orejas. Me perdí en sus rasgos varoniles: la forma de sus cejas oscuras, su mandíbula ligeramente cuadrada, su fina nariz y sus delgados labios, que parecían irresistibles. Mi vista exploró su cuello y sus hombros anchos, siguiendo el recorrido de sus brazos musculosos y sus grandes manos, que sujetaban la correa de su mochila para colgársela sobre el hombro.
Fue allí donde me fijé en su uniforme: camiseta blanca, corbata azul marino, pantalones azules de vestir, junto con un chaleco azul y un suéter del mismo color con el escudo del instituto estampado en el lado derecho del pecho.
En la mayoría de los casos, los estudiantes se veían mal con uniforme, pero Asher no; a él le quedaba de maravilla. Al llevarlo puesto, se veía asombrosamente bien, en realidad.
La camisa blanca se le ajustaba al cuerpo y definía la forma de su ancha espalda y sus grandes brazos; y ni hablar de su pecho y los pectorales ocultos bajo la tela. Se había puesto la corbata azul de cualquier manera y llevaba sueltos los primeros dos botones de la camisa, razón por la que no pude apartar la vista al fijarme en la cadena que llevaba alrededor del cuello, aquella cadena de la que colgaba el dije de mejores amigos que yo le había obsequiado en su décimo octavo cumpleaños. Tal como me imaginaba, no lleva puesto el suéter y nada más se había dejado el chaleco; así era como acostumbra presentarse siempre.
Asher Bennett era todo un sueño: guapo, atractivo, atlético y absolutamente encantador. No había nadie en el colegio que no supiera del efecto que producía en las chicas. Con una mirada, hacía que se derritieran y babearan por él.
Cuando levantó la mirada, un par de ojos azules brillantes le dieron un vistazo a los alrededores. Una vez más, sus ojos profundos capturaron mi corazón y se robaron los suspiros de cada una de las chicas que pasaban cerca de él o lo contemplaban a distancia.
—A eso me refiero, apenas lo ves y te quedas así, petrificada como una estatua. Estás loca por él y se te nota.
Su comentario me trajo devuelta a la realidad. Reaccioné sacudiendo la cabeza y mordiendo mi labio inferior con nerviosismo.
—¿Qué quieres decir? —me puse pálida y mi cuerpo se puso rígido—. ¿Crees que él lo haya notado? Me moriría si se da cuenta, no quiero que se entere nunca.
Mel negó con la cabeza y resopló antes de rodar los ojos. Yo volví la mirada al parking y lo encontré sonriendo en otra dirección. Seguí su mirada y mi vista se cruzó con Jaime Piper, una de las chicas de último curso. Ella era rubia, alta, muy delgada y super hermosa; podría hacerse pasar por una diosa.
Ella corrió directo a él, lo saludó con un beso en la mejilla y, al separarse, le alborotó el pelo. Ambos compartieron una sonrisa, y eso fue suficiente para que supiera que estaba sucediendo de nuevo. Él estaba coqueteando con ella, y lo único que podía hacer era mirar. Eso mismo había tenido que soportar durante tres años seguidos.
—No nota nada porque es un idiota. Ya te lo había dicho, los chicos como él solo tienen ojos para chicas como Jaime Piper, por ejemplo —mi amiga volvió a retomar la conversación y siguió diciendo—: Es la típica hermosura del instituto, todos se deslumbran tanto con su belleza que no son capaces de mirar más allá porque su panorama se nubla.
Me dispuse a apartar la mirada cuando ella le puso una mano sobre el hombro a Asher, quien, inclinándose ligeramente, ladeó la cabeza para susurrarle algo al oído.
—Aquí vamos otra vez, un año más que te aguantarás a las conquistas de Asher nada más porque lo quieres y eres su mejor amiga —exclamó ella con seriedad.
Resoplé y subí mis manos a mi cabeza para cubrirme los oídos con el gorro que llevaba puesto.
—Ser su mejor amiga no es tan malo; de hecho, me parece que es mejor ser su amiga a no ser absolutamente nada para él, ¿o no? —reflexioné con objetividad.
Mel puso los ojos en blanco y frunció el ceño antes de mirarme con desaprobación.
—Me parece que tú te mereces más que eso y que él no se merece ni tu amistad ni tu tiempo.
—¿Te parece que cambiaría algo que se entere de que llevo tres años enamorada de él? —cuestioné con voz melancólica.
—Sí, serviría para que le abras los ojos y se pregunte si podría corresponder a tus sentimientos. Aunque, siéndote franca, no se puede esperar mucho de los chicos que viven para el deporte; te lo digo por experiencia.
—Mel, tu tono irónico no pasa desapercibido.
—Pretendía que fuera así, era un comentario escéptico, Eli. Mira, yo no sé si él no se da cuenta de que te mueres por él o si simplemente finge, pero lo que está claro es que, al igual que todos los chicos, no puede ver más allá de sí mismo y de esas chicas rubias que merodean a su alrededor.
Solté un suspiro profundo porque sabía que ella tenía razón. No me gustaba que tuviera razón, pero era imposible negarlo.
—¿Qué puedo hacer yo si las chicas rubias y perfectas son su tipo? Tal vez solo notaría que existo si me tiño de rubia y me pongo pupilentes azules, y ya sabes... me hago una cirugía estética para verme igual de escultural que todas esas chicas con las que ha salido.
—De eso nada, no vas a cambiar tu forma de ser para que el tipo ponga los ojos en ti. Estaría bien que se fijará en ti porque le gustas tal y como eres, no por convertirte en uno de esos prototipos de modelo Barbie, que, por cierto, son una muy mala imitación —le dio un repaso disimulado a Piper—. Apuesto a que esa chica que está allá afuera charlando con él no tiene el pelo rubio natural.
—Pues muy mal no le queda, vista la manera en la que la mira... —expresé desde la profundidad de mis pensamientos.
Mel se me quedó mirando con seriedad.
—Beth, deja ya de atormentarte, no te subestimes, tú tienes algo que ellas jamás van a obtener por más arregladas y guapas que se vean.
—¿Ah, sí? ¿Qué?
—Su amistad, eso es algo que no te podrán arrebatar.
En eso último le di la razón, aunque una amistad nunca es suficiente cuando sientes algo más que cariño por esa persona.
—Supongo que sí, la amistad que nos une es lo único a lo que puedo aferrarme, y ninguna de ellas me arrebatará eso.
—Así es —afirmó ella y me rodeó el brazo antes de agregar—: Entremos, la campana va a sonar en menos de tres minutos. ¿O te quedarás aquí esperando a Asher y a Jaime?
Definitivamente, esa no era una opción. Verlo con ella ya era lo suficientemente malo como para tener que soportar que me la presentara el primer día de clases. Ni hablar, ya le inventaría alguna excusa de por qué no lo esperé en la entrada como todos los años.
Me volví para darles la espalda y no presenciar una vez más como ella le deslizaba los dedos sobre el pelo.
—No, vayamos a clase, de todas maneras, él ya tiene compañía para un rato, ¿no? No me necesita —exclamé con la garganta hecha un nudo.
Mel se dio cuenta de mi mirada atormentada y apretó los labios con disgusto justo en el instante que miró a nuestras espaldas y les lanzó a Asher y a la chica una mirada fulminante.
—Ánimo, es el comienzo de curso y todo puede pasar —puntualizó con una gran sonrisa y tiró de mi brazo para que atravesáramos juntas la entrada.
La seguí al interior de las instalaciones y me vi deslumbrada al enfocar la vista en el pasillo blanco que dejaba paso a la luz del día a través de los ventanales laterales.
—Ya verás que conocerás entre estos pasillos a un chico que te querrá... —la escuchaba distraídamente, a mis oídos solamente llegaban algunas de sus palabras.
Quería estar sumergida en mis pensamientos para no recaer una vez más en los susurros de esa voz interna que me decía: «No puedes esperar a Asher toda la vida, debes hacer algo al respecto».
Me centré tanto en ignorar lo que mi cabeza me decía que no me esperaba oír una voz llamándome desde el otro lado del pasillo.
—Beth —su voz grave resonó en el extenso pasillo, atrayendo la atención de todo el alumnado que nos rodeaba.
Mi corazón se detuvo al reconocer esa voz que llevaba acompañándome toda la vida.
Al volverme en la dirección contraria, encontré a Asher corriendo apresurado hacia nosotras. Se notaba que había venido a toda prisa desde el parking solamente para alcanzarnos.
Las dos detuvimos nuestro paso y lo observamos mientras se acercaba. Mel se inclinó hacia mí para susurrarme:
—Juro que si no se disculpa contigo, lo golpearé.
—Te agradezco el gesto, pero no creo que haga falta.
—No lo defiendas o te prometo que...
Le di un leve golpe en el brazo con el codo para hacerla callar, y en ese preciso instante, Asher se detuvo a nuestro lado.
—¡Hey! ¿Cómo están mis dos chicas favoritas? —dijo él alegremente, ofreciéndonos una sonrisa.
Solamente Dios sabía cuánto me gustaba verle sonreír.
—Estamos bien, emocionadas por volver a clases —respondí, devolviéndole la sonrisa.
A diferencia de mí, Mel examinaba a Asher con una expresión seria y vacilante. Él la contemplaba sonriente, pero había un brillo de sospecha en sus ojos.
Ella lo observó detenidamente al momento de hablar.
—Pero mira quién ha llegado, es nada más y nada menos que el bombón de Asher, el mejor jugador de la academia, capitán del equipo de fútbol americano —exclamó ella, desbordando ironía.
—Yo también me alegro de verte, Mel. Nadie mejor que tú para alegrar mi mañana con sus comentarios de humor —dijo él.
Me aliviaba que tomara de forma personal los comentarios de mi amiga y que no se pusiera a la defensiva desde el primer momento.
—Eres exasperante —expresó ella con un resoplido—, pero te queremos de cualquier manera.
—Me alegra oír eso viniendo de ti —Su tono se volvió alegre y su voz se suavizó cuando sus ojos se posaron sobre mí—. ¿Me van a decir por qué se olvidaron de mí? No crean que no las vi entrando a la academia juntas, pasando por alto que acababa de llegar.
—Desde donde estábamos te veías realmente ocupado con esa chica, no queríamos interrumpir nada —soltó Mel con franqueza, y yo no tuve más alternativa que desviar la mirada para no cruzar mis ojos con los suyos y dejar en evidencia que pensaba lo mismo.
Asher se quedó mudo y todo rastro de sonrisa se le borró del semblante. Aunque no lo estaba mirando, sentí su mirada fija sobre mí. Se aclaró la garganta y se tomó unos segundos para articular una respuesta.
—La presencia de Beth jamás sería una interrupción para mí, todo lo contrario —admitió, y ahí sí mi corazón comenzó a latir acelerado—. Las mejores amigas tienen prioridad, y antes que hablar con una chica como Jaime, prefiero venir y estar con ella.
Sonreí para mis adentros. No podía decir que tenía toda la atención de Asher fija en mí, pero si había que recalcar que era un gran amigo que siempre me daba un lugar especial en su vida.
—Está bien que les dediques tiempo a esas chicas. Ya sabes, después de todo, ellas son las que te apoyan durante tus partidos, y muchas se mueren por salir contigo —le dije, procurando sonar despreocupada.
Él negó con la cabeza mientras se deslizaba una mano por el pelo.
—No intentes convencerme, tú estás antes que todas ellas.
Su boca dejó entrever una sonrisa y yo ya no pude controlar más las emociones que me sacudían cuando decía cosas así.
Antes de que pudiera decir nada, me rodeó los hombros con un brazo y alargó la otra hacia mi mejilla para apretarla ligeramente en un gesto tierno que acostumbraba a ser exclusivamente suyo.
—Cuando te lo propones eres adorable, eh —declaró mi amiga, mirándonos a los dos.
Asher me miró con una sonrisa inocente y después volvió la cabeza para observarla a ella.
—Me reservo mi lado adorable para mi chica favorita —exclamó con dulzura, y yo sentí enrojecer mis mejillas.
—Me parece que hay algo detrás de toda esa amabilidad —mencioné en un tono de sospecha.
Visto que Asher era mucho más alto que yo —y por mucho— tuve que elevar la cabeza para mirarlo a los ojos.
Su mirada azul me contempló y, acto seguido, sus ojos se entrecerraron y se rió. Su risa también era genial: grave, profunda y ronca; me estremecí al sentirla junto a mí, atravesando mis oídos y erizado mi piel.
—Vamos, ¿no puedo ser amable sin razón?
—Claro que puedes serlo, pero tengo mis sospechas —al hablar mantuve un tono de voz relajado y tranquilo, aunque no podía decir lo mismo de mi corazón acelerado.
Vi de reojo que la profesora de artes escénicas pasaba junto a nosotros en el pasillo.
—¡Buen día, chicos! Me alegro de verlos, en especial a usted, señorita Brown.
Nos saludó alegremente y siguió alejándose, de camino a la sala de profesores.
—Tengo que dejarlos, chicos —anunció Mel, repentinamente apresurada—. Debo ir a preguntarle algo a mi profesora de teatro. ¡Nos vemos!
Nos dirigió una sonrisa y se giró sobre sus talones, después escuché el ruido de sus tacones y sus pasos alejándose hasta perderse en la distancia.
—Ya hemos vuelto, otro año más de instituto —dije con entusiasmo.
—No es solo un año más, es nuestro último año antes de la universidad. Eso tenemos que celebrarlo, ¿estás de acuerdo conmigo?
Asentí, perdida en sus rasgos, siguiendo las líneas marcadas de su perfil. Me sentía incapaz de apartar la mirada de esos magnéticos ojos azules.
—Ve aquí, Bethy —le escuché decir.
Me tomó desprevenida al sostenerme entre sus brazos y agarrarme con firmeza para elevarme en el aire y darme vueltas.
Reaccioné agarrándome a sus hombros para no caerme, y una sensación emocionante se apoderó de mí mientras veía todo girar a mi alrededor y escuchaba la risa ronca de mi mejor amigo. Mi risa se unió a la suya, y tuve que reconocer que formábamos un hermoso dueto en lo que a risas refería.
Seguramente, la escena de los dos riéndonos a mitad de pasillo había atraído la atención de muchos estudiantes, pero eso me daba igual. Todo me daba igual cuando estaba con él. Podían juzgarme, podían detestarme y odiarme si querían, pero ninguna de esas chicas lograría tener esa complicidad con él.
En el momento en que él me bajó y mis zapatos volvieron a tocar el suelo, sentí que mi cabeza daba vueltas y un fuerte mareo me hizo tambalearme. Asher me agarró del antebrazo para sostenerme y yo se lo agradecí.
—Tu manera de festejar me ha dejado desorientada —admití, risueña, y esta vez fui yo la que tiré de su brazo para darle un ligero abrazo.
Él me recibió con los brazos abiertos. Antes de cerrar los ojos, divisé el indicio de una leve sonrisa en sus labios.
Me envolvió la calidez de su cuerpo y, después, un olor fuerte invadió el aire. Ese exquisito e inconfundible aroma desprendía de su ropa, de su piel. Olía de maravilla; su aroma era una mezcla de jabón con una colonia deliciosa.
Mis brazos no querían soltarlo; su cercanía, su presencia y ese aroma proveniente de él me ponían los sentimientos de cabeza.
Me pregunté para mis adentros si estaría fuera de lugar que me levantase de puntillas para hundir mi nariz en su cuello e inhalar ese aroma varonil que me tenía embriagada.
Mi lado racional respondió que estaba enloqueciendo y me reprimí porque no quería hacer nada que pusiera nuestra amistad en riego.
Juntando toda mi fuerza de voluntad, me aparté y dejé caer mis brazos a los lados. Asher también dejó cierta distancia entre los dos y en sus ojos distinguí un destello de disculpa.
Alcé la vista sin darme cuenta y lo miré con detenimiento. Observé cómo se contraían sus hombros por debajo de la camisa que llevaba remangada hasta los codos, el chaleco que le quedaba a la medida, observé el nudo desaliñado de su corbata y mi vista recorrió las venas que se escondían bajo el cuello de la camisa.
—Todo bien con el uniforme, pero me preguntaba donde te has dejado el suéter que va a conjunto —inquirí con inquietud.
Asher le dio un repaso a mi uniforme y luego le echó un vistazo al suyo, fue ahí donde cayó en cuenta de que no llevaba puesto el suéter.
—Demonios, he dejado el suéter en el compartimiento de mi motocicleta —exclamó, pensativo—. Me olvidé de ponérmelo cuando entré corriendo para alcanzarlas a ustedes —subió las mano a su frente y levantó la vista al techo, lamentádose—. Debo ir a buscarlo antes de... —comenzó a darse la vuelta, pero el ruido ensordecedor del timbre lo interrumpió a la mitad del acto.
—Será a la próxima, ahora debemos entrar a clase —le dije, señalando los megáfonos, y él asintió despreocupado.
—Vayamos entonces.
Caminamos juntos, dirigiéndonos al área de las aulas. Nos detuvimos delante de las puertas de las aulas A y B. Antes de entrar a nuestra respectiva clase, nos miramos el uno al otro y nos dirigimos una sonrisa de ánimo.
—Pásatelo bien —dijo él con el semblante sonriente. Su sonrisa me hizo derretir como un cubo de hielo en el desierto, pero no lo notó.
—Tú también —exclamé mirando sus ojos, sus pestañas, sus facciones y su boca. Me perdí en su boca, en el contorno de sus labios delgados y en la fina sonrisa que asomaba en ellos.
Justo antes de que rompiéramos el contacto visual, él deslizó sus manos entre mi cabello y me lo alborotó con los dedos.
Si no lo quisiera tanto, él estaría en serios problemas por meterse con mi adorado cabello, pero lo adoro mucho más a él.
—Te veo a la hora de la salida, Bethy —la dulzura con la que pronunció mi nombre hizo correr chispas por mi piel.
—Vale, nos vemos Asher.
Le sonreí y me di la vuelta, después, empujé la puerta para entrar al aula. Una vez dentro, me crucé con una docena de miradas, entre las que reconocí a mi amiga Mel, quien me había apartado un lugar delante de su pupitre. Caminé hacia allí y me dejé caer en la silla, sintiendo todavía la emoción vibrando en mi cuerpo.
¿Han oído eso que dicen de que nada es imposible en esta vida? Pues vaya que si resulta imposible cuando tu crush es nada más y nada menos que tu mejor amigo.
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